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Poemario de gran factura estética en lo formal, donde predomina la belleza, el ritmo poético y un sentido de la poesía que parecía olvidado en nuestros días. El autor, da continuidad a una tradición familiar que se remonta a su abuelo Alberto Rubio.
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Seitenzahl: 67
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© LOM ediciones Primera edición, abril 2024 ISBN impreso: 9789560018083 ISBN digital: 9789560018786 RPI: 2024-A-2456 Motivo de portada: Dibujo de Rafaela Esperanza Rubio Díaz Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile
Ya es la alborada. Amaneció el caballo. A relinchos relumbra en el potrero y así en galope bruñidor de rayo alborota de sol el campo entero. Los pastos gimen. Arde el sol severo empinado en el cielo veleidoso atizando al caballo venidero que relincha a lo largo de su gozo. Tranquilamente los corderos pacen los pastos frescos en el santo día y las mulas rebuznan castamente. Y a la sombra del sol, la luz renace al fondo de las viejas lecherías do tañen las campanas de repente.
Es hora ya de huir por los potreros. Arrecia. El padre apilará la leña para el próximo invierno. Los corderos lamen la sombra de un pastor que sueña. El hijo arrastrará carretas lentas por el ocaso. El campo se hará viejo de tanta mula en torno: ¿habrá tormenta? Tiemblan las briznas. Huiremos lejos del sol, hacia la noche de los valles. Relinchará relámpago el caballo y habrá silencio allá en las lecherías. El cielo no hablará por los que callen. Y ha de llover el oro de los rayos sobre la pobre oscuridad del día.
Hoy es tarde de campo. En el estero las aguas son esposas que saludan enamoradas claras, novias mudas que hacen su venia al sol de los potreros. El potro sigue el viejo derrotero en los campos arados por los rayos mientras relinchan áureos los caballos orillando los cercos y senderos. En los graneros, arderá el plumaje de gallos y gallinas bulliciosas. Levitarán las yeguas mientras tanto bajo cielos ramajes donde la luz se empinará gozosa a darle rienda al viento, sol al canto.
Oh, rayo tentador de los graneros: desmiénteme la cruel verdad del hambre. El sol vendrá a la casa del mediero a dar su sombra en nombre del enjambre. ¡Ya se acercan carretas que rebosan duraznos rojos: ascuas del verano! ¡Alboradas recientes y olorosas a Dios, madurarán la luz del grano! ¡Adiós, difunto Agosto!… ¡Como un bruto cosecharé la rabia que me ofrezco por devoción al mes más disoluto! ¡Octubre el mes que apenas agradezco me brindará la sombra de sus frutos trayéndome el olor del polen fresco!
Atardece. Yo, siervo estremecido, labro las piedras del remordimiento. La flauta del pastor ha enmudecido apacentando al sol en un momento. El sol arroja rayos a raudales. Arde la gracia maliciosamente mientras el sol ensaña sus puñales contra el breñal que ahoga la simiente. Vendrá la muerte a cosechar el día –brasas de Dios: los frutos del verano arrancados al sol de la sequía–, Yo, labrador voraz, labriego eterno, bajo la noche apuraré la mano para arrancar los frutos del infierno.
Estoy roto por dentro y estoy roto por fuera, roto, roto del alma; roto, roto del cuerpo. Y sin embargo, oh madre, la voz me sale entera, por más que yo esté roto, de la sangre hacia adentro. De la sangre hacia arriba, me ahogaré en el vino que me borra la cara de los muertos que quiero. Roto, desheredado de Dios, soy el camino por el que se perdieron los pasos del abuelo… De la sangre hacia adentro, de la sangre hacia afuera, seré la voz que huye por un hueco del cielo y me habré roto más que la espiga postrera que un dios muele aporreando la piedra del mortero. Habrá madre en la noche del amor, habrá pena... me verán anunciando mis silencios devotos, con mi hija en los ojos, y mi hermana en las venas y mi padre en la sangre, y roto y roto y roto!
Gozosamente el hombre se prolonga en el hombre como la luz del rayo se prolonga en el rayo. Relincha un dios furioso: no tiene nombre el nombre cuando lo nombra el goce, vestido de caballo… Relámpago que alumbra lo tierno, lo desnudo, lo vivo, lo que brama, lo que eyacula y besa. Lo látigo, lo trueno, lo trémulo, lo rudo: lo que se engoza ardiendo de sed en la belleza que deslumbra los cuerpos. Al hombre entra el enjambre del hombre y lo relumbra. Lo muerde, lo destrenza como si lo pariera un tigre tras la sombra de un quejido, si bruñe el relincho del Hambre que no punza ni piensa eso que no se nombra.
Trina la luz: el canto que me encumbra alto en el cielo y alto en el abismo hace nacer en mí lo que me alumbra campanada de Dios, que soy yo mismo. Rayo que reza: el sol hila la lumbre encumbrándose sobre el horizonte, mientras las cabras parten por las cumbres –alborotadas nubes– de los montes. Reza la savia en mí. La Novia trisca –cabra de asombro– sombra enternecida: y la pastora llévame consigo. Descarriada la luz, se vuelve arisca de crines enroscadas en las bridas
Yo no sé de otra sed que la sed de arruinarme ni de otro deseo que el de verme sin mí. La piedra escupe al musgo. El mar odia al oleaje. Señor, yo sólo vivo, porque no sé morir.
(Para Enrique Lihn) Nunca salí de la horrorosa métrica. No me tentó la libertad, no quise –o no pude– ceder a su desidia. Fui férreo. Amé el olor de los caballos de los ejércitos de salvación… el fulgor de las armas como el brillo del mar bajo el sol del verano. Porque todo lo vence el trabajo del hombre: la muerte, por ejemplo, única madre de todas las consignas no es la excepción que confirme la regla. No me tentó la libertad ni el ocio. Ni me sedujo el malditismo espurio del burgués ejemplar. Hice lo que pude y lo que pude es mucho para lo poco y nada que se hace. No imaginé jamás otra manera de ejecutar las cosas. Nunca, nunca reparé en la belleza del desorden. Hubiera sido fácil después de todo, abandonar la mano a la mala de Dios. Y no diré «fue un tormento del infierno». Debo ser cauto, Oh Dios, la libertad, qué aberración más bella, más injusta y al mismo tiempo cuán innecesaria, como un cielo sin pájaros. Me enternecieron todos los oficios. Hubiera dado el alma por contener las lágrimas de los oprimidos. No fui capaz. No me sopló Calíope una sílaba ni me dictó Polimnia un solo hexámetro. Oh, sudor del obrero, perfume de las musas. Pero la tradición es el hambre del pueblo. Viva el Pueblo borracho, el Pueblo libre como un río sin ley, el Pueblo que no sabe encabalgar un verso pero vive la vida a espaldas de la muerte, qué vamos a pedirle más pobreza! Oh, abuelo, te agradezco la condena que me hizo libre de lo Libre Oh, padre? Nunca saldré de la horrorosa métrica Perdón.
Compañeros! Ha llegado la hora de los epitalamios. Dignidad: orden de arresto pronunciada en sordina como un secreto a voces, que conocen los muertos del pantano. Ah, silencio, batalla contra el Nombre de los pájaros. Nadie tomaría muy en serio la pureza del polvo cuando hay tantas razones para adorar los cuerpos de los jóvenes hermosos como espadas de alabastro. Veneramos a un Dios, como a un hombre desnudo. En un país de exilios y prebendas solo lo bello es Justo. Nosotros preferimos el relincho de un potro en la montaña a todas las proclamas que defienden los derechos del Pueblo. Porque de qué nos sirve la palabra si no es para glorificar al sol que ya no alumbrará para nosotros ni para los que vieron el amanecer en la culata del fusil. O en el cuchillo del carnicero. Ya no comulgamos con el amor de Dios, pero nuestras acciones
