Aliada del villano - Hannah Nicole Maehrer - E-Book

Aliada del villano E-Book

Hannah Nicole Maehrer

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Vuelve esta divertidísima comedia romántica grumpy x sunshine ambientada en un mundo de fantasía de la autora superventas número 1 del New York Times y sensación en TikTok. SE OFRECE RECOMPENSA: Se busca a la aprendiz de El Villano por (leve) traición, (presunto) daño a la propiedad mágica y un incidente perpetrado con un bollito (arrojado con mucha puntería). Vista con frecuencia acompañada de una rana (criticona y cascarrabias) que lleva una corona. Responde al nombre de «Evie» o «Deja eso». Evie Sage no tenía intención de convertirse en la mano derecha de El Villano más temido del reino. Un día estaba postulándose para un puesto que prometía «un poco de papeleo y decapitaciones ocasionales» y, al siguiente, estaba metida de lleno en un follón mágico con asesinatos de por medio y un flechazo totalmente inapropiado por su jefe, un ser siniestro, melancólico y de mandíbula marcada. Ahora, con una profecía mágica que se empieza a cumplir, asesinos en la sala de descanso del personal y una cantidad sospechosa de ranas que llevan coronas, Evie tiene que averiguar cómo sobrevivir a su trabajo sin destruir el reino (ni su dignidad, que pende de un hilo muy sarcástico). En su plan a cinco años vista no estaba incluido acercarse tanto al mal. Aunque, claro, tampoco lo estaba enamorarse de El Villano.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Para mis abuelos,Georgann, mi querido Richard, que ya no está con nosotros, Rosalie y James por haberme transmitido con tanta generosidad vuestro amor por las historias.Os quiero con todo mi corazón.

Y para todos vosotros,así es como creo que sería ser la aliada moralmente cuestionable de un villano fantástico

Aliada del villano es una novela de romance y fantasía para partirse de risa en la que aparecen extremidades amputadas y lanzadas por el balcón por diversión y duendecillos envenenando el brebaje de Edwin. La historia también contiene elementos que pueden no ser adecuados para todos los lectores, como sangre, muerte, batallas, heridas graves, dolor extremo, tortura, distanciamiento familiar, lenguaje explícito, situaciones sexuales, abuso infantil y animales en cautiverio. Aquellos lectores que seáis sensibles a estos temas, por favor, tenedlo en cuenta.

PRÓLOGO

Érase una vez…

El primer mes de Evie Sage trabajando para El Villano había sido poco convencional, aunque al menos no catastróficamente espantoso. Un brebaje de Edwin derramado por aquí, un becario envenenado por allá… Sin embargo, había ocurrido algún que otro… suceso extraño. El más reciente había sido el día que le habían pedido que fuera a trabajar dos horas antes de lo habitual para una reunión que estaba casi segura de que podría haber sido una nota breve enviada mediante un cuervo mensajero.

¡Encuentra mejores cosas de las que quejarte, Evie! ¡Como la mano que encontraste en el contenedor de reciclaje la semana pasada!

Aunque eso al menos le había dado la oportunidad de preguntarle al jefe si necesitaba que le echara «una mano extra». Casi se mea de la risa al ver la cara de espanto que puso.

Resultaba un poco desconcertante que le escandalizaran más sus bromas inofensivas que arrojar partes del cuerpo de a saber quién al mismo cubo al que tiraban el pergamino desechado (Becky se tomaba muy en serio el reciclaje de pergamino y odiaba que lo mezclaran con otras cosas), pero, bueno, ese no era el tema.

Evie suspiró mientras con una mano se frotaba los ojos para quitarse el sueño y con la otra tocaba la barrera invisible que rodeaba la Mansión Masacre hasta que se empezó a agitar bajo sus dedos. Se quedó mirando el sol naciente y el color que arrojaba sobre un cielo todavía oscuro. Parecía que alguien hubiera derramado tinta naranja y rosa sobre un tapiz gris. Era bonito, si es que existía ese concepto antes de las ocho de la mañana.

Marv, el guardia de la puerta principal, la saludó con la mano. Ella le sonrió y le lanzó un beso que lo hizo sonrojar.

—¡Buenos días, señorita Sage! A quien madruga los dioses le ayudan. —Su pelo, normalmente alborotado, estaba ese día recogido bajo el casco de cuero rojo, mientras que Evie lo llevaba trenzado, colgando por delante de uno de sus hombros, con algunos cabellos sueltos alrededor de la cara que se mecían con la brisa matutina.

Dio un paso atrás mientras la gran puerta de madera se abría con un chirrido familiar. El frío húmedo del vestíbulo le refrescó las mejillas y le llenó los sentidos de olor a leña quemada y paredes mohosas.

—Más bien, a quien madruga no lo despiden, y… conociendo al jefe, me temo que el sentido de la frase es literal.

Con los tacones repiqueteando sobre la piedra, entró al edificio y siguió andando, dejando atrás el sonido de la risita de Marv. La luz de la antorcha iluminaba la estancia y calentaba un poco el ambiente fresco de la mañana. Un gruñido grave resonó en el otro extremo del gran espacio, cerca de la única esquina que estaba totalmente a oscuras.

Frunció el ceño e hizo un gesto con la mano.

—¿Quién hay ahí? Sea cual sea el sonido espeluznante que intenta emitir, ¿le importaría hacerlo a la luz de las antorchas para que pueda verlo? Así podré gritar a gusto.

—¿Sage? —El tono áspero de la voz de El Villano hizo que un cosquilleo le recorriera la columna vertebral—. Usted no debería estar aquí —espetó mientras se acercaba al punto donde acababan las sombras que lo cubrían.

Ella resopló y volvió a fruncir el ceño. Después se echó la espesa trenza por detrás del hombro y se cruzó de brazos.

—En eso estamos de acuerdo. Donde debería estar es en la cama, acurrucada contra mi compañero nocturno favorito.

El Villano hizo un ruido parecido a un atragantamiento.

—¿Compañero? —El extraño deje de advertencia en su tono le provocó un escalofrío.

—Sí. —Se cruzó de brazos—. Se llama señor Muffins.

—¿Señor Muffins? —Vio su sombra acercándose a la luz. Tenía la voz ronca y cargada de confusión—. ¿Se acuesta con un hombre llamado señor Muffins? ¿Quién demonios tiene un nombre tan ridículo?

Ella se mordió el labio para no sonreír ante su evidente indignación.

—Un osito de peluche que tengo desde los seis años.

Se hizo un largo silencio antes de que una palabra lo rompiera:

—Ah.

Evie resopló y se acercó a él. El Villano hizo lo mismo, dejándose alumbrar por fin por la luz de las antorchas y los colores que se empezaban a filtrar por las ventanas. Se detuvo a unos metros de su jefe y no pudo evitar poner cara de consternación al verlo. Las palabras se le escaparon sin pensar:

—Vaya, tiene usted muy mala cara.

La parte lógica de su cerebro suspiró y se dio la vuelta para no tener que presenciar lo que venía a continuación.

La barba incipiente de El Villano estaba mucho más larga de lo habitual, llevaba la camisa desabrochada, el pelo despeinado y los pantalones, normalmente planchados, más arrugados de lo que se podría considerar razonable.

—Le ruego que no me haga cumplidos, Sage. Nunca sé qué responder.

Evie notó que la preocupación se agolpaba en su vientre. Incluso ese comentario seco parecía forzado, demasiado cauteloso. Se aclaró la garganta y se acercó para verlo mejor. Un color púrpura debajo de los ojos, los dedos flexionados, la mandíbula tensa y la vena palpitándole en la frente.

Chasqueó la lengua.

—¿Algún becario se ha atrevido a darle los buenos días otra vez? Les dije que los saludos cordiales estaban terminantemente prohibidos.

Él cerró los ojos un momento y apretó los labios hasta formar una fina línea, como si con ellos quisiera aplastar cualquier emoción que estuviera a punto de asomarse.

—Por mucho que me guste culpar a los demás de mis errores, me temo que no hay nadie a quien responsabilizar de mi aspecto desaliñado; es todo cosa mía. —Sus ojos oscuros recorrieron el vestido naranja pastel que Evie llevaba ese día. Por la forma en que apretó los puños, resultó obvio que no aprobaba la elección del color—. Y suya, supongo. Por tener el descaro de presenciarlo.

La puerta se cerró de golpe y Evie se sobresaltó. Se llevó una mano al pecho al notar que se le aceleraba el corazón.

—No me parece justo que me culpe dado que ha sido usted quien me ha pedido que viniera tan pronto.

Él frunció más el ceño, si es que eso era posible, lo que lo hizo parecer aún más atractivo…

Si es que eso era posible.

Estaba molesta y cansada, no tenía suficiente paciencia para esperar a que captara lo que le estaba diciendo.

—Usted me mandó un cuervo. —Cuando vio que la miraba con cara de no entender nada, ella siguió balbuceando palabras, ansiosa por sacarse todos los pensamientos de la cabeza para hacerles sitio a los nuevos—. Se ha presentado en mi ventana a las cuatro de la mañana y me ha dado un susto de muerte. Llevaba una nota que decía que hoy teníamos una reunión a primera hora sobre algo urgente.

Trystan emitió un murmuro ronco sin despegar los labios. Ese sonido la terminó de despejar, como una taza del brebaje de Edwin, pero mejor, más cálido.

—No recuerdo haber escrito o enviado… Mi autocontrol está bajo mínimos esta mañana, Sage, y, aparentemente, mi memoria también. Debo haberlo escrito sin estar del todo lúcido. Por favor, no haga caso del mensaje que le ha traído el cuervo.

En el patio trasero se oyó un ruido metálico: lo más probable era que la Guardia Malévola estuviese haciendo ejercicios matutinos con sus armas letales. Una imagen acertada, ya que en ese momento se imaginaba agarrando algo afilado y apuñalando a su jefe en un dedo del pie.

—¿Que no haga caso? Bien podría haberlo decidido antes de que el maldito pájaro me quitara dos años y medio de vida, ¿no cree?

—Esa es una cifra muy concreta —dijo él poniendo los brazos en jarra.

—Bueno, es que para mí ha sido muy molesto —contestó ella, y se rio cuando él la fulminó con la mirada.

—Procuro tener siempre mi magia bajo control, pero creo que a veces, cuando duermo o me relajo, se alborota y me impide descansar bien.

Una punzada en el pecho que identificó como empatía hizo que su enfado se disolviera como sombras a la luz del sol.

—Lamento oír eso. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarle?

Él relajó la mandíbula.

—¿Ayudarme con… mi magia mortífera? ¿La que hace que la mayoría de la gente salga corriendo dando gritos?

Ella parpadeó con inocencia.

—Puedo hacer eso después de ayudar, si es preciso.

Evie notó que la expresión incrédula de El Villano estaba a punto de transformarse en una carcajada; solo tenía que darle un empujoncito y…

Pero, cómo no, justo entonces tenía que pasar algo.

De repente, Trystan se cayó al suelo de rodillas y empezó a respirar con pesadez.

—Qué cojones… Me arden las manos y el brazo. —Se llevó una mano a la altura del bíceps.

Ella apoyó la palma con suavidad sobre la de él, tratando de mostrar ternura con un hombre que era evidente que no estaba acostumbrado a recibirla. Y, efectivamente, su respuesta fue sobresaltarse y ponerse a la defensiva. Tanto que se apartó de un tirón como si ella le hubiera prendido fuego.

—Sage, ¿está mal de la cabeza? Ahora mismo soy peligroso.

—Lo sé —respondió ella en voz baja—. Aún no se ha tomado su taza de brebaje.

—No tiene gracia —replicó jadeante.

Ella se acercó un poco más, inclinándose hacia abajo para mirarlo bien a la cara.

—Dioses, pero tampoco hace falta echarse a llorar. Yo también creo que usted tiene menos gracia que un entierro y no me va a ver tirándome de rodillas al suelo para quejarme.

La expresión de Trystan se había suavizado cuando levantó la vista, perplejo. Luego negó con la cabeza, aunque de un modo más amable.

—Sage. ¿Cómo demonios ha llegado hasta aquí?

Ella se cruzó de brazos.

—Andando.

—Era una pregunta retórica —dijo con un tono menos despreocupado de lo normal en él. Estaba perdiendo la compostura.

—Son las más divertidas de responder.

El Villano soltó un suspiro. Era de derrota; ella sabía diferenciarlos.

—¿Y eso por qué, Sage?

Evie se apoyó una mano en la cadera para inclinarse más hacia abajo.

—Porque le pone de los nervios.

El áspero suspiro que salió de sus labios casi podría considerarse una carcajada si le ponía la suficiente imaginación. Cuando Trystan volvió a erguirse, frotándose los nudillos con movimientos tranquilizadores, las últimas arrugas de preocupación de su rostro desaparecieron y recuperó su habitual inexpresividad.

Ni ella ni nadie podían ver su magia, y probablemente siempre sería así, pero notaba algo oscuro moviéndose por la habitación con ellos, quizá con menos intensidad que hacía un instante, a pesar de lo cual debería haberse encogido de miedo. Y, sin embargo, se sentía cómoda, casi… ¿reconfortada?

Decidió quedarse donde estaba.

—¿Se encuentra mejor, señor?

Giró lentamente la cabeza hacia ella, juntando esas cejas oscuras y tupidas.

—Sí. ¿Cómo lo ha…?

Ella se encogió de hombros y se fijó en que le brillaba la frente por el sudor.

—Creo que es más difícil concentrarse en el dolor cuando uno está distraído, y a mí se me da de maravilla distraer a la gente.

Sacó un pañuelo amarillo del bolsillo, dio un paso adelante y empezó a secarle la piel, apoyándose en su brazo con la otra mano para mantener el equilibrio. Ese hombre era más alto de lo racional.

Tomó nota de que debía ponerse tacones más altos.

Para que darle lecciones fuera más eficaz. No por otra cosa.

El antebrazo de El Villano tenía la piel de gallina. Evie supuso que era porque el frío de la estancia se había apoderado de él después del pico de adrenalina.

—G-gracias, Sage. —Trystan agarró el pañuelo y lo apretó contra sus dedos; el color vivo contrastaba con su vestimenta negra—. Se lo devolveré en cuanto pueda. Limpio, por supuesto.

Ella negó con la cabeza, sonriendo.

—Quédeselo. De todas formas, su armario necesita un toque de color.

Él asintió, procesando las palabras como si anotara algo en un inventario.

—De acuerdo.

Se oyó un canto de rana al otro lado de la habitación y Evie lo siguió con la mirada hasta que vio el brillo de la corona de Reymundo y el resplandor de sus ojos dorados. Esa ranita tan peculiar le había caído en gracia en el poco tiempo que llevaba trabajando ahí, y sus encantadores cartelitos daban un toque adorable a los días, que habían resultado ser más sangrientos de lo que ella esperaba.

—Buenos días, Reymundo. Qué guapo estás hoy.

La rana volvió a croar y su jefe puso los ojos en blanco, fastidiado. Demasiadas cortesías, sin duda.

—Tiene cara de estar maquinando algo. ¿Qué haces aquí abajo, Reymundo? ¿Otra vez tratando de fugarte?

—Quizá ha venido a ver cómo estaba usted —sugirió Evie, aunque la última palabra se desvaneció en un susurro cuando el jefe le dedicó una mirada asesina. Retrocedió unos pasos con cuidado, acercándose a las escaleras y a Reymundo, que estaba garabateando algo con furia en un cartelito.

—Lo dudo —contestó el jefe con rotundidad.

Pasó al lado de Evie y subió a grandes zancadas un par de escalones, que crujieron. Lo cual, pensó ella, no tenía mucho sentido. No deberían haber crujido. Más que nada porque las escaleras eran de piedra.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó mirando a un lado y a otro, en busca de la fuente. Qué tonta. Debería haber mirado hacia arriba.

—¡Sage!

Notó que la empujaban hacia delante como a una muñeca de trapo. Emitió un grito de espanto cuando oyó un gran estruendo detrás de ella. Se levantó una nube de polvo que la hizo toser y entonces se dio cuenta de que, de repente, entraba luz por el techo.

—¿Se ha hecho daño? —le preguntó el jefe, y el timbre grave de su voz frenó la avalancha de pensamientos provocados por la adrenalina.

La estaba escrutando con sus ojos oscuros y tenía las manos apoyadas sobre sus hombros. Le recordaba al primer encuentro que habían tenido en el bosque. Evie creyó que solo necesitaba un momentito para superar el impacto de que la hubiese tocado, pero no fue así.

Solo fue capaz de asentir antes de que él apartara las manos y se dirigiera hacia el pedazo de techo que había estado a punto de aplastarla.

—¿Quiere que llame a alguien para que repare el tejado, señor? —preguntó con cautela, sorprendida de la firmeza de su voz a pesar de tener el corazón a punto de salirle por la boca.

—¿Me pregunta por el tejado después de estar a punto de morir aplastada? —Se quedó mirándola, levemente indignado.

Ella se encogió de hombros.

—Lo crea o no, no es el día que más peligro he corrido durante una jornada laboral.

El rostro de El Villano se oscureció. Más de lo normal. Se quedó mirando el agujero del tejado durante unos segundos, respirando hondo.

—Acaba de empezar, Sage. No se preocupe. Todo llegará.

Ella se rio mientras él puso una cara propia del que se come una uva agria.

—Bueno, pero ¿qué ha pasado con el techo?

—La mansión es antigua. Probablemente se deba al deterioro natural. Quizá hayan cedido algunos tornillos oxidados. Le pediré a alguien de la oficina que lo revise y que repare el agujero. No volverá a ocurrir.

Evie suspiró.

—Lástima. Estar a punto de morir va de maravilla para despejarse.

—Déjele esa labor al brebaje de Edwin, Sage. Y, ya que estamos, tráigame una taza. La quiero en mi mesa en veinte minutos. Tenga cuidado con este desastre al pasar.

Le dio una patada al trozo de techo como si le tuviera una profunda rabia, lo que Evie consideró una señal de que podía retirarse. Dio saltitos para esquivar los escombros y volvió a toser un poco cuando respiró el polvo que habían levantado sus pies. Pisó algo que emitió un leve chirrido contra el suelo. Casi tropieza al inclinarse para recogerlo. El metal brillaba en su mano. Tornillos. Para nada oxidados. De hecho, parecían intactos.

—Le he dicho que tuviera cuidado. —Las palabras la detuvieron y, cuando se volvió para mirarlo, El Villano parecía más viejo de lo que ella sabía que era. Resultaba obvio que estaba agobiado y que cargaba con algo que nunca jamás iba a compartir con nadie más que consigo mismo.

Ella esbozó una sonrisa alegre, tratando de no ofenderse cuando vio que él hacía una mueca de desagrado.

—Se me da fatal escuchar.

—Me temo que eso le va a traer problemas tarde o temprano.

Ella arrugó la nariz antes de darse la vuelta. El vestido se agitaba en torno a sus piernas mientras se dirigía a las escaleras para ir a buscar un par de tazas de brebaje. Reymundo dio un salto para ponerse a su lado, balanceando con pericia un cartelito donde ponía la palabra que antes estaba escribiendo.

peligro.

Evie sonrió.

—La advertencia llega un pelín tarde, Reymundo.

Le enderezó la corona con cuidado y continuó subiendo las escaleras. Entonces se giró y lanzó los tornillos. El jefe los atrapó al vuelo y se quedó mirándolos con el ceño fruncido.

—Creo que será a usted a quien mi incapacidad para escuchar le traerá problemas.

Escuchó a El Villano susurrar algo a su espalda y casi se detiene de nuevo.

Le pareció que era algo así como:

—Ya lo ha hecho.

CAPÍTULO 1

REYMUNDO

Había cabezas cortadas colgando del techo… y una de ellas pertenecía a Trystan Maverine.

Alexander Reymundo Kingsley se despertó con el corazoncito desbocado dentro de su pecho verde y viscoso. Sus patas palmeadas estaban aferradas a los cojines de la camita dorada donde dormía. Desde su lugar de descanso colgante, miró al hombre que estaba acostado en la otra cama. Consiguió relajarse al ver que el pecho de Trystan Maverine se movía a un ritmo pausado y un leve ronquido escapaba de sus fosas nasales.

Una horrible pesadilla. Solo había sido eso.

Alexander decidió no darle importancia, ya que iba a volverse loco si tenía que explicarle a alguien lo que había soñado escribiendo una palabra en cada cartelito. Era temprano, ya se escuchaba el canto de los pájaros afuera y él se había despertado…

Otro día más en el cuerpo de una rana.

Esa era otra pesadilla, o eso pensaba antes, al menos. A lo largo de la década que había pasado echando de menos su vida como humano, Alexander había ido descubriendo las múltiples ventajas de su situación:

1. Las agotadoras expectativas de ser siempre galante y caballeroso se habían esfumado (porque ¿quién en su sano juicio esperaría tal cosa de una rana?).

2. No tenía que mantener conversaciones inútiles para llenar los silencios (de hecho, había descubierto que, en la mayoría de los casos, una sola palabra bastaba para comunicarse).

3. Era lo bastante pequeño como para escabullirse por la mansión y vigilar de cerca a sus amigos (y faltan palabras para expresar lo mucho que sus amigos necesitaban ser vigilados de cerca).

4. La gente a menudo se olvidaba de que antes era humano, lo cual significaba que hacían confesiones, contaban secretos y hasta hablaban de sentimientos delante de él sin preocuparse demasiado (¡chismes frescos cada día!).

5. Y, por último, lo más divertido de todo era ver cómo su mejor amigo, El Villano, un hombre que Alexander pensaba que jamás abriría su frío y hermético corazón, se enamoraba con locura, pasión y desenfreno de Evie Sage.

Se oyó un chillido en el pasillo y Trystan se despertó sobresaltado, como Alexander hacía un momento.

—¿Qué demonios…? ¿Quién está gritando? —refunfuñó con aspereza, y se giró hacia Reymundo con el rostro inexpresivo—. Es una de las chicas Sage, ¿verdad?

Habían pasado dos semanas desde que la Guardia Valerosa había atacado la mansión, desde que se habían llevado a la gubre embarazada y desde que Nura, la madre de Evie, había regresado de su escondite entre las estrellas. Dos semanas enteras en las que Evie y Trystan no se habían dirigido la palabra, en parte debido al imprevisible impacto errático que ella parecía ejercer sobre la magia de El Villano, y en parte también —como sospechaba Alexander—a que ambos preferían darse cabezazos contra la pared antes que enfrentarse a sus sentimientos.

Alexander había empezado a referirse a esa evasión silenciosa como «tortura para las masas».

Trystan soltó un gruñido, apartó las sábanas y se puso la camisa que había en la silla, junto a su nuevo escritorio. Por algún motivo, el movimiento se sincronizó casi a la perfección con Lyssa Sage entrando a toda velocidad por la puerta, soltando una risita y deteniéndose en seco al ver el ceño fruncido de Trystan.

—Evie dice que, si siempre pone esa cara, un día se le quedará así, lord Trystan —dijo la niña mientras saludaba a Alexander con la mano.

Alexander levantó la patita y le devolvió el saludo. Lyssa Sage era un deleite constante, igual que todos los niños que aún no habían vivido los horrores de la edad adulta.

Y la depravación del sentido común.

—Mejor. Prefiero que mi cara sea así —refunfuñó Trystan. Se metió el bajo de la camisa en los pantalones mientras Lyssa iba a correr las oscuras cortinas para que entrara la luz de primera hora de la mañana.

La niña lo miró con cara de confusión.

—¿La prefiere así? ¿Por qué?

—Me gusta parecer enfadado e intimidante —contestó Trystan metiendo un pie en cada una de sus botas desgastadas.

Lyssa apretó los labios antes de murmurar:

—Pero no es el caso. Solo parece que le hace falta ir al baño.

Riéndose para sus adentros, Alexander anotó frenéticamente una palabra en uno de sus cartelitos. Aquella le había parecido una hazaña difícil cuando Trystan le había presentado la idea. Su amigo llenó el despacho y todas las habitaciones con cestas de letreritos y tizas para uso exclusivo de Alexander. Las primeras veces, su caligrafía era pésima, pero, tras diez años de práctica, ya nadie tenía problemas para descifrar lo que quería decir.

Levantó el cartel con orgullo.

sip.

—¡Voy a tirar todos esos puñeteros cartelitos a la basura! —le espetó Trystan. Era una amenaza sin fundamento que le había lanzado innumerables veces a lo largo de los años y que Alexander sabía que nunca se atrevería a cumplir.

—¡Lyssa! —Otra voz aguda resonó por el pasillo—. ¡El desayuno te espera en la cocina!

Alexander identificó la voz como la de Evie Sage, la recién ascendida a aprendiz de El Villano. Y, si no la hubiera reconocido por la voz, solo habría hecho falta ver lo rígido que se había puesto Trystan al oírla. Como si estuviera a una palabra más de partirse en dos.

—¿Viene a desayunar, lord Trystan? —Lyssa lo miró parpadeando y luego le dedicó una amplia e inocente sonrisa a Alexander.

El Villano se quedó mirando fijamente la puerta, como si estuviera deseando que Evie se mantuviera alejada de ella. Pero Alexander conocía la guerra interna de su amigo lo bastante bien como para comprender que, al mismo tiempo, deseaba con todas sus fuerzas verla entrar. En su opinión, aquello se había convertido en un ritual masoquista.

Que El Villano había estado echándole miraditas a la joven cada dos por tres no era nada nuevo. Habían empezado siendo vistazos curiosos, como si estuviera estudiando un espécimen de laboratorio, luego pasaron a miradas intrigadas, aunque a regañadientes, y finalmente a la etapa actual: una mirada de pura agonía y desesperación. Sin embargo, las dos últimas semanas habían llevado la autoflagelación de su amigo a un nuevo extremo. En los últimos quince días, El Villano se había estado arrastrando por las esquinas, quedándose en los umbrales de las puertas y pegando la oreja a cualquier pared tras la que ella se encontraba.

No es que eso difiriera mucho de lo que hacía antes…

Excepto por los constantes gruñidos.

—Desayunaré en mi despacho. —Trystan se detuvo a medio camino de la puerta—. Su hermana… ¿viene a buscarla?

Lyssa negó con la cabeza.

—No. Solo acaba de volver de hacer un recado.

La expresión de Trystan no cambió, pero su mirada se volvió más alerta. Clavó los ojos en la niña, pero suavizó la mirada al doblar la rodilla para ponerse a su altura.

—¿Qué quiere decir, pequeña villana? ¿Qué recado?

Lyssa se encogió de hombros y señaló con una mano hacia la puerta donde acababa de sonar la voz de Evie.

—No lo sé. Solo me ha dicho que era fuera de la finca, que iba con Keeley y que yo no podía acompañarlas.

A Alexander no le sorprendió que Trystan flexionara la mandíbula ni la evidente preocupación que ensombreció su mirada. La mansión había sido localizada y la cara de Evie estaba repartida por todo Rennedawn en un panfleto de se busca que ofrecía una generosa recompensa. La única protección que tenían ahora era un bosquecillo de espinas plantado por un jardinero del mercado negro, que hasta el momento había demostrado ser un eficaz elemento disuasorio para los hombres del rey. No obstante, fuera de los límites de la mansión… el peligro era real. Y abundante.

Aun así, el hecho de que Keeley, la jefa de la guardia de El Villano, hubiera estado presente era un indicio de que Evie seguramente no había corrido un grave peligro. Esa joven había sido puesta al mando por muy buenas (y violentas) razones.

Desde un punto de vista lógico, Alexander sabía que no tenía de qué preocuparse. Sospechaba que Trystan también lo sabía, y es que, a pesar de que él fuera una rana y no supiera leer la mente, cuando pasas diez años seguidos observando a todo el mundo a todas horas, te conviertes en una especie de observador experto. Sin embargo, eso apenas importaba.

No hacía falta ser ningún experto para ver a Trystan Maverine y saber que lo que sentía en su interior no era más que pura ira.

Pero Trystan no mostró ninguna de esas emociones a Lyssa, que lo miraba con preocupación con esos grandes ojos marrones.

—Ya que Evie está tan ocupada, ¿qué le parece si hacemos nuestra fiesta del té hoy, lord Trystan?

Pareció aliviado por el cambio de tema. Asintió con una media sonrisa en los labios.

—Supongo que puedo posponer mi sesión de tiro de esta tarde.

Lyssa soltó un chillido de emoción y se dirigió a la puerta. Con suerte, todavía no se había enterado de que los objetivos de las sesiones de tiro eran los becarios.

Mientras Alexander y Trystan veían desaparecer la oscura melena de Lyssa Sage, un ambiente sombrío se apoderó del espacio, ahora vacío y triste. Trystan suspiró antes de abrir el armario y sacar algo que Alexander sabía que era muy importante para su amigo: el pañuelo que Evie le había regalado en su fatídico primer encuentro. Observó con dolorosa empatía cómo Trystan se llevaba el pañuelo a la cara y cerraba los ojos.

Presenciar aquello era demasiado deprimente hasta para una rana maldita.

Alexander Reymundo Kingsley bajó la mirada al suelo mientras su amigo lamentaba estar predestinado a algo que la rana estaba segura de poder evitar.

Salvo porque no era lo bastante humana para conseguirlo.

CAPÍTULO 2

EL VILLANO

Trystan Arthur Maverine se tomaba la tortura muy en serio, pero la última quincena había sido demasiado hasta para él.

Intentar mantener las distancias con Sage era similar a un espectáculo de terror que había visto en el teatro unos años antes: algo sangriento, horrible y que le obligaba a cuestionarse su capacidad para tomar decisiones sensatas. La puerta estaba abierta de par en par y el murmullo matutino de los trabajadores le producía dolor de cabeza. Aun así, era incapaz de cerrarla.

Porque, a pesar de que Sage estaba en la otra punta de la amplia oficina, y aunque tenía que esforzarse para conseguirlo, aún podía oírla tararear.

No iba a cerrar la puerta y renunciar a eso.

Aunque aquel sonido lo destrozara tanto como lo sanaba.

El barullo de la oficina se hizo más fuerte, señal de que había un nuevo chisme del que Tatianna se enteraría antes de que terminara la jornada. A él le daba igual; su mal humor había arrasado con cualquier sentido del decoro social que pudiera tener. Y tampoco es que tuviera mucho de por sí, ni siquiera antes de alejarse de Evie por el bien de ella. Sage creía que se habían distanciado para proteger la magia de Trystan, pero en realidad eso a él le era indiferente. Lo que más le importaba era preservar el frágil hilo que los unía sin que el destino lo partiera en dos.

«Evie Sage está predestinada a ser tu perdición, y tú su ruina.»

Era raro ver a un monstruo del porvenir; la mayoría de la gente los consideraba un simple mito, criaturas que existían antes de la creación del continente mágico, esperando a que los dioses lo pintaran de magia y color.

El monstruo del porvenir en la fortaleza de la familia Fortis había anunciado su trágico futuro como si fuera inevitable, pero Trystan se convenció a sí mismo de que podía evitarlo… si la evitaba a ella.

Su silla chirrió contra el suelo de piedra cuando la empujó hacia atrás hasta chocar contra la pared. La madera crujió al agarrar la puerta por el borde, pero antes de que pudiera cerrarla de un portazo y conseguir la paz que tanto ansiaba, se abrió la entrada principal de la oficina.

Y lo que vio lo obligó a detenerse.

Sage apareció, andando en línea recta, con ambas piernas cubiertas por unos pantalones. No le quedó más remedio que abrir del todo la puerta del despacho, alejarse de su refugio y ocupar el lugar en el que anteriormente se encontraba el escritorio de su asistente.

Los duendecillos expulsaban chorros de aire fresco por los conductos de ventilación de la oficina para compensar el calor empalagoso del exterior. A pesar de que a Trystan el aire le incidía en el cuello, no notaba ninguna diferencia. Todo en él estaba ardiendo.

Cuando Sage entró, las conversaciones en voz alta se redujeron a murmullos mientras echaba a andar por el centro de la planta, directa hacia él. El Villano intentó permanecer impasible a pesar de la determinación que detectaba en su mirada mientras iba balanceando las caderas en su dirección y fijando la vista en él por primera vez en trece días y medio.

Trystan cruzó de brazos y se apoyó en la jamba de la puerta, esperando, observando, intentando mostrar indiferencia. Respondió al desafío de su mirada con ojos también desafiantes. Solo vaciló cuando se dio cuenta de que algunos trabajadores se fijaban en cómo se le ceñían a Sage los pantalones, en cómo se cruzaba las manos en la espalda, en cómo levantaba el pecho en un ángulo que derretía el alma o en la leve curva de sus labios rojos al ser interceptada por uno de los del Departamento de Finanzas. La miró de soslayo y le susurró algo al oído que la puso colorada. Fue solo un destello de incomodidad, después lo apartó con educación y continuó su camino.

Suficiente.

Por fin, pensó como si tuviera un episodio maníaco. Ya tengo excusa para quemar todos los libros de aritmética en un radio de quince kilómetros.

La risa de Sage hizo estallar la diatriba interior de Trystan mientras veía cómo la mujer le daba un suave golpe de cadera al de finanzas. Demasiado suave para su gusto. Necesitaba usar más fuerza. O una piqueta.

Trystan tomó nota mentalmente de que debía dejarle una en su despacho envuelta con un lazo azul.

Mantener las distancias no implicaba que no pudiera regalarle armas. Eso no significaba tentar a la suerte o al destino o a cualquiera que fuera la puta fuerza que había decidido que si estaban juntos serían la perdición y la ruina el uno del otro.

Como si percibiera la confusión de sus pensamientos, los ojos claros de Sage volvieron a posarse en los de Trystan. A juzgar por la expresión fría en la cara de ella, su estoicismo ensayado estaba surtiendo efecto. Sage odiaba que él se pusiera en modo impasible. Lo que ella no sabía era que, debajo de esa expresión neutra, había tantos sentimientos que casi se le salían por las orejas. Era horrible.

Se detuvo frente a él, demasiado cerca para su comodidad; demasiado cerca para poder respirar.

—Buenos días, señor. —Sus rizos estaban recogidos con pequeños mechones sueltos a ambos lados de la cara.

Hacía quince días que no se dirigía directamente a él, y aquellas tres palabras hicieron que su oscuro corazón se le atascara en la garganta.

—Buenos días, Sage. —Trystan tragó saliva y casi se le escapa una mueca al darse cuenta de lo ronca que sonaba su voz.

Sin ningún tipo de reparo, le estampó contra el pecho unas páginas atadas con hilo marrón. Fue entonces cuando él comprendió por qué llevaba las manos entrelazadas a la espalda: no era solo para torturarlo. Al menos, eso fue lo que Trystan dedujo al mirarle los delicados dedos con más curiosidad que espanto.

—Enseguida le pediré que me explique qué documentos son estos, Sage, pero antes creo que prefiero hablar de lo evidente.

Solo los dioses saben por qué la reacción de ella fue mostrar confusión, arrugando el ceño y la nariz.

—¿Qué?

—Sus manos —dijo Trystan con ironía, señalándolas. Su paciencia estaba andando por la cuerda floja y sin red de seguridad.

Está claro que se está haciendo la tonta.

Sage bajó la mirada. Al ver que se le ponían las mejillas blancas, supo que algo iba mal.

—¿Qué les pasa?

Trystan alzó las cejas.

—¿Hay alguna razón en particular? —Se pasó una mano por la barbilla.

—¿Para qué?

—Para que estén cubiertas de sangre.

CAPÍTULO 3

EVIE

Para ser sincera, Evie había tenido tiempo más que suficiente para lavarse la sangre de las manos antes de volver a la mansión.

Pero eso no habría sido ni la mitad de satisfactorio que mirar al jefe a los ojos por primera vez en dos semanas y mantener una expresión serena mientras él la observaba alarmado y preocupado. Se hizo un silencio incómodo entre ellos. A Evie no le importaba; estaba acostumbrada a la incomodidad. Mantenía con ella una vieja y disfuncional amistad.

—Ah. ¿Esta sangre? —Hizo ademán de examinarse las manos, girando las muñecas, escaneándolas desde todos los ángulos. Su actuación era exagerada, casi teatral, pero el objetivo no era engañar a El Villano.

Era sacarlo de sus casillas.

Ella se encogió de hombros, disfrutando en silencio del tic en la ceja de su jefe. Se apartó un mechón de los ojos y ladeó la cabeza con curiosidad.

—¿Por qué lo pregunta?

El tic se convirtió en una sacudida de cabeza y ella casi dio un saltito de alegría. Cómo echaba de menos eso de arrancarle reacciones emocionales hasta llevarlo al borde de un ataque.

¡No atormentes al jefe, Evie!

¡A menos que se te ocurra una forma superdivertida de hacerlo!

—Es usted un peligro —gruñó él.

Ella sonrió con modestia mientras hacía una pequeña reverencia.

—Qué amable cumplido por su parte.

Hubo una pausa que El Villano aprovechó para respirar hondo. Estaba pendiendo de un último hilo que se deshilachaba por momentos, un empujón más y Evie lo rompería como a una ramita bajo su bota.

Frunció el ceño para sus adentros. Lo que estaba haciendo… se dio cuenta de que era bastante cruel.

Su ceño fruncido enseguida se convirtió en una sonrisilla.

Darse cuenta de la encantadora evolución de su carácter bastó para mitigar el sentimiento de culpa que le provocaba causar molestias a propósito. Normalmente, ocurría de modo accidental y lo intentaba enmendar. Ahora era como si le hubieran soltado la correa a su cerebro, y su boca estaba entusiasmada de poder disfrutar de esa libertad.

Había sido lo bastante amable como para darle una tregua de dos semanas. El descanso de El Villano había terminado, al igual que su paz.

Con un suspiro de desesperación y varios mechones cayéndole sobre la frente, la miró con impaciencia y cansancio.

¡Yuju!

—Sage, tengo asuntos más urgentes que atender que ponerme a adivinar a quién ha mutilado esta mañana. Cuéntemelo.

En lugar de responder como él le pedía, cogió el pañuelo que sobresalía del bolsillo de su jefe y se empezó a limpiar las manos. La tela granate enmascaraba la sangre con la que ahora la estaba manchando. Su intervención provocó un grito ahogado colectivo, y Evie sintió la mirada de todos los compañeros de oficina clavada en ella, incluso la de aquellos que fingían revolver papeles, utilizando el bajo murmullo de las conversaciones para disimular que estaban escuchando. Miró a Trystan para ver si los reprendía, pero estaba demasiado ocupado observándola a ella como un animal acorralado, listo para saltar ante la siguiente amenaza.

—¿Ha terminado? —le preguntó con tono aburrido, pero el leve movimiento de sus párpados lo delató.

—Casi. —Evie volvió a sonreír, pero esta vez con más ganas, enseñando los dientes.

Después terminó de pasarse el pañuelo por cada dedo con un gesto dramático, lo dobló con cuidado y lo colocó en la palma abierta de la mano de El Villano.

Esperó varios segundos antes de hablar, solo para comprobar si podía conseguir que la vena de la frente de su jefe sobresaliera aún más. Se quedaron mirándose en silencio unos instantes.

Misión cumplida.

Utilizó esa victoria como un llamamiento a la piedad.

—He ido con Keeley a los suburbios del este —dijo cortante y concisa, como si estuviese contando que había ido a dar un paseo por un prado lleno de narcisos y gominolas, y no a uno de los barrios más peligrosos de Rennedawn, lugar de reunión de los maleantes del reino.

Incluido su jefe.

Él abrió los ojos sorprendido y apretó tanto la mandíbula que parecía que sus dientes iban a quedar reducidos a polvo. Qué maravilla.

—¿Y le importaría decirme qué fue a buscar ahí? —Trystan se acercó con una mirada severa y, por primera vez desde que había entrado en la oficina, Evie sintió que su control flaqueaba. Era la primera vez en dos semanas que estaba lo suficientemente cerca como para oler su aroma a canela y ver cómo sus ojos negros la atravesaban hasta llegar al corazón.

—Pues… Eh… —De repente, se había quedado sin palabras. Lo que en sí mismo indicaba un completo y total desastre. Se aclaró la garganta y se golpeó el pecho con una mano, como si se le hubiera atascado un poco de saliva—. Hemos ido a buscar pistas sobre la profecía de Rennedawn. La magia está menguando, y cada vez va a peor. Se han registrado informes acerca de grandes trozos de tierra grises, despojados de color, como si toda la magia se estuviera replegando. —Evie se mordió el labio y El Villano desvió la mirada—. Si queremos tener alguna esperanza de cumplir la profecía antes que Benedict, toda pista cuenta. La Guardia Malévola ha recibido un chivatazo esta mañana sobre un anciano caballero que iba soltando frases poéticas sin sentido sobre la leyenda. Al parecer, su bisabuelo fue uno de los primeros consejeros del rey y le había dejado leer el libro de pequeño. —Señaló los papeles que él tenía en las manos, ahora arrugados—. Lo hemos encontrado, y ha bastado con pestañear un poco y soltar un par de suspiros de desamparo para que desembuchara todo lo que recordaba. Lo cual, a decir verdad, no ha sido gran cosa…

Los ojos de Trystan se dirigieron de nuevo a la sangre de sus manos, esta vez con más intensidad.

—¿Así que ha decidido castigarlo?

Ella titubeó al recordar a los otros hombres del bar agarrándola, la cicatriz del hombro hormigueando en respuesta a la daga, oculta en su muslo.

—Algunos de los clientes de la taberna se enteraron de quiénes éramos e intentaron entregarme para hacerse con la recompensa.

Él tensó el brazo, y eso le recordó a Evie que, bajo esa camisa de lino almidonado, había una marca dorada idéntica a la que ella tenía en el dedo. Una hora antes, esa marca debería haberle advertido con claridad de que Evie estaba en peligro de muerte, de que Keeley y ella habían sido acechadas como presas por un grupo de hombres. ¿Quizá lo sabía y no le importaba?

Sus emociones desenfrenadas se aferraron a lo primero que encontraron para cubrir el agujero que se le estaba abriendo en el centro del pecho.

—He apuñalado a uno de ellos —soltó.

Perfecto.

El Villano alzó las cejas, atónito. Volvió a mirarle las manos mientras preguntaba con una tranquilidad mortífera:

—¿Solo a uno? ¿Y el resto?

Evie acortó la distancia que los separaba, inclinó la cara hacia arriba para acercarla a la de Trystan y observó con satisfacción cómo tragaba saliva y flexionaba la mano. No le parecía bien que estuviera pasando por alto su primer acto violento desde que la había ascendido.

—Lo apuñalé en el cuello. ¿No le parece suficiente?

Él negó con la cabeza, muy serio.

—No si la llegó a tocar. Ese o cualquiera de los demás.

Ella separó los labios sorprendida y se quedó parpadeando.

—¿Acaso importa?

Vio un destello de ira en los ojos oscuros de Trystan, pero segundos después se desvaneció y, con un suspiro de derrota, los cerró.

—Por supuesto. —Dijo las palabras con cuidado, como si, de soltarlas con demasiada fuerza, fueran a destrozar algo—. Por supuesto que importa.

Evie inclinó la cabeza y rozó ligeramente el pecho de El Villano a la altura del corazón.

—¿Por qué? —susurró.

Él no abrió los ojos, pero su cabeza se inclinó más hacia ella, como si no pudiera resistir la atracción, como si estuviera agonizando. Movió los hombros en un intento de sacudirse el dolor.

—Porque, Sage…

En un relámpago que los hizo retroceder a ambos, la niebla oscura de magia mortífera, esa que solo Trystan y ella podían ver, empezó a desprenderse de él en oleadas, arremolinándose a los pies de Evie antes de extenderse hacia el resto de la habitación.

—¡No! —exclamó Trystan—. ¡Vuelve aquí, no te he invocado!

Pero era demasiado tarde.

La magia oscura invadió la estancia, envolviéndolo todo a su paso. La niebla gris se enredó en los tobillos, las muñecas y los rizos sueltos de Evie con tanto ímpetu que hasta notó en las mejillas el cosquilleo de la energía que emanaba.

—¡Sage, atrás! —bramó Trystan extendiendo las manos, con la cara tensa, intentando recuperar el control.

Cabe señalar que el primer instinto de Evie fue resistirse a la petición y quedarse a su lado hasta que el poder se calmara, pero, en un giro humillante de los acontecimientos, se dio cuenta de que la única forma de calmarlo, de calmar la magia… era mantenerse alejada.

La lámpara de araña cubierta de telarañas se empezó a balancear por la fuerza de la niebla y el folleto enmarcado de se busca con el dibujo de El Villano traqueteó contra la pared.

—Vale. ¡Voy a retroceder! —le anunció a la magia, intentando apaciguarla. No lo consiguió.

Para nada.

El panfleto de se busca cayó al suelo y se escuchó un horrible estrépito al romperse. El marco se había partido por la mitad con el impacto, igual que el cristal, y este había rasgado el pergamino justo por en medio de la cabeza en llamas de El Villano.

—¿Qué ha sido eso? —gritó uno de los becarios cuando la niebla apagó varias antorchas, oscureciendo aún más el espacio. Varios ojos acusadores se posaron en su jefe, que seguía luchando por recuperar el control.

—Es una nueva técnica para la Jornada de Dispersión —se apresuró a responder Evie. Si no podía ayudarlo, tenía que buscar otra manera de ser útil.

Y esa manera era deshaciéndose de los trabajadores.

Entonces El Villano ordenó con voz áspera:

—Calma. Que no cunda el pánico.

—El jefe ha soltado un fantasma por la oficina. La primera persona a la que posea se quedará… ¡sin cabeza! —exclamó Evie, y luego se llevó las manos a los labios como si hubiera sido otra persona la que había dicho aquello.

Hubo un momento de silencio seguido por una avalancha de gritos. Los trabajadores echaron a correr hacia la salida, tropezándose los unos con los otros. Los duendecillos iban revoloteando de un lado a otro entre chillidos, con una estampida de becarios siguiéndoles. Después de que saliera la última persona a trompicones, el silencio se hizo abrumador.

Su jefe se quedó mirándola fijamente con una expresión indescifrable. Empezó a andar como si nada hacia una de las sillas abandonadas al otro lado de la sala, alejándose de ella. El poder iba deslizándose hacia él en lentas ondulaciones, algunas de las cuales seguían a los pies de Evie hasta que, con un sonido parecido a un aullido mezclado con un último aliento, abandonaron sus botas y regresaron al lado de El Villano. Sus ojos ya no estaban clavados en ella; estaba recostado en la silla, con los brazos cruzados como un rey indolente mientras suspiraba.

Ella se estremeció, como si aquel suspiro fuera acusatorio, y se vio obligada a levantar las defensas.

—No pensé que saldrían todos corriendo.

—Les ha amenazado con que había un fantasma —dijo él frotándose la barbilla—. ¿Qué esperaba?

—No les he amenazado. Solo les he advertido —lo corrigió acercándose al retrato destrozado de se busca y recogiendo los restos de la falsa representación de El Villano que tanta alegría le había proporcionado antaño—. ¿Prefiere que les explique que su magia está fuera de control cada vez que se acerca demasiado a mí? Ya puestos, también podemos contarles que toda la magia de Rennedawn está fallando porque la profecía no se está cumpliendo. O podríamos decirles que, si no logramos completarla nosotros, el rey Benedict se apoderará de todo el reino, probablemente para siempre. Seguro que eso les daría mucho que hablar en la sala de descanso.

Los ojos de su jefe adquirieron un brillo peligroso y ella se arrepintió de lo que había dicho al ver el impacto que había tenido. La magia volvió a acercarse a ella, la niebla danzó alrededor de sus pies y le subió por los tobillos. Era una magia temible, lo que había convertido a su jefe en «El Villano», pero no podía evitar que ese poder oscuro le resultara agradable. Reconfortante, incluso. Como volver a un hogar en el que nunca había estado.

—Sage, creo que debería regresar a su nuevo despacho, dado que estoy tan… —tragó saliva— fuera de control.

El corazón de Evie se ablandó y sintió que su alma se hacía jirones, igual que el retrato que tenía en las manos.

—Sabe que no lo he dicho en ese sentido —dijo ella en voz baja.

—Váyase.

La palabra era dura y fría. Nada propia del hombre al que había llegado a amar. No había ningún indicio de él tras los muros que estaba reconstruyendo a su alrededor.

Bajó la mirada hacia el marco que tenía cogido entre los dedos, aún rosados como consecuencia de la escaramuza matutina, y se lo acercó al pecho. Se sorbió los mocos y enderezó los hombros. Después se dirigió hacia donde él estaba sentado y se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.

—No.

Él levantó la cabeza, entreabrió los labios y sus ojos negros brillaron.

—Sage…

—¡Señorita Sage! ¡Señor Villano! —Uno de los becarios más nuevos irrumpió por la puerta, jadeando y agitando los brazos—. ¡Es horrible!

El Villano se puso en pie de un salto e intercambió una mirada con Evie mientras se preparaban para lo peor.

—¡Hemos encontrado al fantasma!

CAPÍTULO 4

EVIE

—Pensaba que no creía en los fantasmas —dijo Evie mientras bajaban a grandes zancadas hacia las cocinas de la oficina, donde se encontraba el supuesto «fantasma».

—Así es, no creo —refunfuñó su jefe.

—Entonces, ¿por qué viene conmigo? —le preguntó mirándolo con desconfianza mientras doblaban la esquina. Por una rendija de una ventana abierta les llegó una brisa cálida y el dulce olor a hierba.

—Porque, si es cierto que hay un espíritu rondando por mi cocina, no quiero que su primera impresión de los vivos sea la que le dé usted. Se asustaría.

Evie resopló y le dio un empujón con el hombro. La niebla la ayudó y formó una línea frente a los pies de Trystan para que se tropezara. Casi se estampa de cabeza contra la pared.

—¡Sage!

Ella se encogió de hombros inocentemente, se dio la vuelta y siguió andando marcha atrás hacia la entrada de la cocina, dirigiéndose a él con los ojos muy abiertos.

—Lo lamento. ¿Lo he asustado?

Cuando volvió a girarse, soltó un grito de espanto.

—¡Dioses! Mamá, ¿qué estás haciendo?

Nura Sage estaba ante ellos, gimiendo sobre el fregadero de la cocina con un paño enrollado en el dedo. Llevaba puesto uno de los enormes delantales de Edwin y la prenda le quedaba tan sumamente grande que parecía un espíritu… acechando el horno, supongo. Su madre se echó los rizos hacia atrás con una mano. Su piel dorada brillaba por el sudor.

—Me he enterado de que el chef de la mansión se había tomado el día libre y he querido preparar uno de tus postres preferidos, pero creo que he sido demasiado ambiciosa. La última vez que usé un horno fue para el decimoquinto cumpleaños de Gideon. —Sonrió con timidez—. Me he quemado, y me temo que mis quejidos han podido asustar a algunos empleados. Había olvidado lo torpe que soy en la cocina.

—Eso no es nada, señora Sage —dijo su jefe con sequedad—. Su hija parece ser torpe en todas partes.

Evie lo fulminó con la mirada, indignada.

—No soy yo la que se acaba de tropezar con su propia magia.

—Ay, no —dijo Nura en voz baja—. No pretendía causar problemas. Quizá será mejor que me retire…

—¡No! —gritaron los dos, y volvieron a mirarse.

Irónicamente, por mucho que los quisiera, había dos personas en el mundo con las que Evie no quería quedarse a solas en ese momento, y ambas estaban frente a ella. Al menos por ahora. Había demasiados sentimientos esparcidos por todos lados. Quería mantener la calma y reclamar su poder, pero con Trystan no podía hacerlo, ya que las ganas de estrangularlo se lo impedían.

Y con su madre, bueno… La presencia de Nura le hacía sentir un poco como si la estuviera estrangulando a ella.

—De acuerdo —dijo su madre con cuidado, alejándose del fregadero con una mirada serena.

La mujer tranquila que Evie tenía delante era una desconocida. Había pensado que durante esas últimas semanas se acostumbraría de nuevo a la presencia de su madre, como le había pasado con Gideon, pero esta vez era diferente. Por supuesto, le había dolido que su hermano se hubiera alejado de forma voluntaria durante tantos años, pero su caso no había empezado de la misma manera. No siempre había tenido elección.

Nura Sage, en cambio, sí que la había tenido y, por mucho que se alegrara de reencontrarse con ella, y por más que supiera que su madre había sufrido, no podía evitar sentirse resentida por haberla obligado a sufrir también a ella durante todos esos años. Sola.

Nura le dedicó una sonrisa maternal y nostálgica. A Evie se le revolvió el estómago al verla, pero le devolvió la sonrisa de todos modos, rezando para que su madre aún no pudiera distinguir cuándo era sincera o falsa.

—¿Podrías quedarte, entonces, Evie? Supongo que Trystan debe volver al trabajo, pero nosotras podríamos intentar salvar esta masa.

Se la veía tan esperanzada… Cada centímetro del alma de Evie le gritaba que accediera, que le dijera que sí, que ya la había evitado durante demasiado tiempo. En las dos últimas semanas solo había visto a Nura cuando Gideon también estaba presente o en las contadas ocasiones en las que Lyssa había ido a hablar con su madre. No era que Evie no se alegrara de que su madre estuviera a salvo y disfrutara de esta nueva estabilidad emocional. Era que no podía confiar en ella.

Ni siquiera sabía cómo hacerlo.

Cuando vives una infancia regida por los patrones de los demás, aprendes a identificarlos. Y, según la costumbre, siempre que la madre de Evie tenía un buen día, lo seguían varios malos.

—Me encantaría, mamá —empezó a decir, sintiéndose un poco como un conejo en una trampa—, pero estoy trabajando. Quizá otro día. ¿Durante el fin de semana, por ejemplo?

La sonrisa de Nura vaciló. Evie reconoció cierta tristeza detrás de sus cálidos ojos marrones.

—Ay, claro, qué tonta. No debería haber dado por hecho que…

—Yo no tengo trabajo que hacer hoy —dijo Trystan cruzando las manos, expectante.

Evie y su madre se lo quedaron mirando, esperando una explicación.

—Tampoco hace falta presumir. —Evie inclinó la cabeza mientras lo estudiaba. ¿Acaso esas dos semanas de distanciamiento habían anulado por completo su capacidad para leerle el pensamiento? ¿Qué demonios había sido ese comentario?

Él la miró enarcando una ceja antes de girarse para dirigirse a su madre.

—Lo que quiero decir es que estaría encantado de ayudarla a hornear si necesita que le echen una mano.

Ah.

No había por qué alarmarse.

Lo único que quería ese hombre era hacerle explotar el corazón, nada más.

Esa sensación terriblemente cálida que se extendía por su pecho empeoró al ver cómo se iluminaba el rostro de su madre y se le enternecía la mirada, esperanzada.

—Ay, Trystan, querido, no puedo pedirte que hagas tal cosa. Estoy segura de que tienes muchos asuntos que atender.

Su jefe empezó a subirse las mangas de la camisa hasta dejarlas a la altura de los codos. Los antebrazos (que Evie estaba segura de que no debían considerarse una parte sensual, pero igualmente no pudo evitar mirarlos embobada) quedaron al descubierto, y sintió que se sonrojaba.

—No hay ningún asunto que atender ahora mismo —respondió Trystan acercándose a la masa y mirándola como si fuera un explosivo—. La ventaja de ser el jefe es que tengo libertad para elegir mi horario sin que ninguno de mis subordinados pueda decir nada al respecto.

Evie refunfuñó:

—Es que no iba a decir nada.

El Villano le dirigió una mirada mordaz mientras sacaba un delantal bastante más corto de un armario y se lo entregaba a Nura sin mediar palabra. Su madre sonrió y se fue a un rincón de la sala a ponérselo.

—«Subordinados» implica que tengo algún tipo de control sobre ellos, Sage —dijo Trystan en voz baja mientras se daba la vuelta para atarse su delantal—. Y yo diría que usted, sin lugar a duda, no está por debajo de mí.

—Aunque le encantaría que estuvieras debajo de él. —Blade apareció sonriendo junto al hombro de Evie. Al ver que ella ponía los ojos en blanco, la rodeó con un brazo cuyas mangas verdes se extendían desde el chaleco cobrizo hasta las muñecas.

Una cuchara de metal surcó el aire y le golpeó justo entre los ojos.

—¡Ay! —exclamó el domador de dragones. Soltó a Evie para frotarse el lugar del impacto con una mirada acusadora.

—La madre de Evie está presente; no sea patán y muestre respeto. —El Villano dio un paso amenazador hacia Blade.

Este seguía frotándose la frente.

—No soy yo el que desnuda a su hija con la mirada.

Las fosas nasales de El Villano se ensancharon y Evie se interpuso entre los dos antes de que su jefe pudiera dar un paso más. Extendió la mano para detenerlo.

—Estoy bastante segura de que mi madre encontraría más ofensivo un asesinato violento que una insinuación.

—No tiene por qué ser violento —replicó su jefe antes de darse la vuelta para atender el cuenco de la pobre masa mutilada—. Esto, en cambio…

Nura dio un paso adelante. Su sonrisa de desconcierto ante aquel numerito pasó a ser una mueca de dolor al contemplar su creación.

—Sé que no tiene remedio. Pensé que esa extraña harina rosa ayudaría, pero tengo la sensación de que solo ha empeorado la textura.

—¿Has usado mi harina rosa?

Lyssa estaba de pie en la puerta, con el pelo negro recogido en dos trenzas adornadas con cintas rojas. Sus ojos oscuros y redondos estaban llenos de lágrimas y tenía los puños apretados.

—Era para las galletas del té que preparamos Edwin y yo.

Su madre parecía no saber qué hacer con las manos mientras intentaba encontrar algo que decirle a su hija, que la había ignorado casi por completo desde su regreso. Lyssa había rechazado casi todos los intentos de Nura de llamar su atención, y esta, pese a sus defectos, se lo había tomado con serenidad.

Hasta ahora.

—Lyssa… —Nura tendió la mano hacia su hija pequeña y se estremeció al ver que la niña se acercaba más a Evie—. Lo… lo siento mucho; no tenía ni idea. ¿Me perdonas, por favor?

Las oscuras cejas de Lyssa se juntaron y Evie sintió cómo las manos de su hermana temblaban contra su cintura.

—No. Eso era mío y lo has fastidiado. Lo has fastidiado todo.

—Lyssa —dijo Evie con cuidado, agachándose para estar más cerca de su hermana pequeña. Lyssa se apartó y salió corriendo de la habitación.

Se hizo una larga pausa en la cocina durante la cual nadie se movió ni un milímetro hasta que Gideon asomó la cabeza, con el pelo castaño peinado hacia atrás.

—¿Todo bien por aquí? Me he cruzado con Lyssa y parecía disgustada.

Cuando por fin Evie encontró el valor para mirar el rostro de su madre, supo con certeza que el buen día de Nura había terminado.

Así que se preparó.

Para un día malo.

CAPÍTULO 5

EVIE

A la mañana siguiente, apenas había salido el sol cuando Evie se sentó en la cama, agarrándose el pecho, sintiendo un enorme dolor, como si alguien la hubiera vaciado por dentro y solo le hubiera dejado desolación.

Lyssa roncaba tranquilamente a su lado. No se inmutó cuando Evie se levantó de un salto, llevó a cabo todas las abluciones matutinas reglamentarias, se vistió y salió cerrando la gran puerta de madera con cuidado. Su horario de sueño estaba hecho un desastre; a menudo se despertaba varias veces a lo largo de la noche hasta que acababa dándose por vencida.

La luz del sol acababa de empezar a asomar cuando se acercó con sigilo a una ventana y apoyó el brazo en el alféizar para contemplar el amplio bosque de Hickory. Estaba tan ensimismada que no oyó los pasos que se acercaban.

—¡Buenos días, señorita Sage! —la saludó Marv intentando evitar que se le cayera una caja que se tambaleaba demasiado hacia la izquierda.

Evie se apresuró a agarrarla por el otro lado para ayudarlo a colocarla en el suelo.

—Dioses, Marv. ¿Estás de mudanza?

Marv se ajustó el cuello de la camisa con timidez, mirando la caja.

—No, solo estoy llevando las donaciones a la entrada hasta que vengan a recogerlas. ¡Muchos tesoros para los menos afortunados! Fue idea de su hermana.

La caja estaba llena de recuerdos: un retrato ovalado de una mujer muy guapa, un pisapapeles con forma de flor, un puñado de bolígrafos, una cajita de herramientas y algunas cosas más.

Evie se agachó y cogió un paquete de plumas para escribir informes.