Asistente del villano - Hannah Nicole Maehrer - E-Book

Asistente del villano E-Book

Hannah Nicole Maehrer

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Beschreibung

La mezcla de Érase una vez y The Office viral en TikTok. Un ser de luz empieza a trabajar como la asistente de un Malvado Villano... y un inesperado romance surge entre ambos SE BUSCA ASISTENTE: Célebre villano de alta categoría busca asistente leal y sensata para llevar a cabo tareas administrativas no especificadas y ofrecer asistencia al resto del personal en las situaciones caóticas y terroríficas que puedan surgir, entre otros Asuntos Siniestros En General. Se requiere discreción. Excelentes condiciones. Dado que Evie Sage es quien debe encargarse de mantener a su hermana y a su padre enfermo, su situación laboral no es meramente importante; es vital. Así que, cuando un percance con el Villano más infame de Rennedawn acaba en una oferta de empleo, no tiene más remedio que aceptar. Ningún trabajo es perfecto, claro, pero menos aún cuando te enamoras de tu terrorífico, temperamental e innegablemente atractivo jefe. No encuentres al mal tan atractivo, Evie. Justo cuando se está acostumbrando a ver cabezas cortadas colgando del techo y a la extraña sensación de pisar un globo ocular extraviado mientras anda, Evie empieza a sospechar que entre esas mazmorras se esconde una enorme rata... y no solo en sentido literal. Algo podrido está emergiendo en el reino de Rennedawn, y alguien quiere acabar con El Villano y con todo su perverso imperio. Ahora Evie no solo va a tener que evitar babear por su jefe, sino también que averiguar quién es exactamente la persona que lo está saboteando para que él pueda hacérselo pagar. Pero es que, claro, cuesta mucho encontrar un buen trabajo.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Para mamá y papá,por las horas que pasasteis contándome cuentos cuando era pequeñay los años que pasasteis escuchando los míos,que sepáis que los vuestros siempre serán mis preferidos.

Y para todos vosotros,así es como creo que sería ser la asistentemoralmente cuestionable de un villano fantástico

PRÓLOGO

Érase una vez…

Evie conoció a El Villano un día cualquiera.

Un día más, su paso por la feria de empleo del pueblo no había sido fructífero. Un día más, no tenía una fuente de ingresos. Un día más, había decepcionado a su padre enfermo y a su hermana pequeña. Por culpa de estas preocupaciones, su mente andaba distraída mientras deambulaba en dirección a los árboles alineados como si fueran una valla que delimita el bosque de Hickory, hasta que acabó adentrándose en él.

Años atrás, mucha gente frecuentaba el bosque, pero ahora era el último lugar por el que alguien con sentido común elegiría pasear. Sobre todo si iba solo. Bueno, a menos que te llamaras Evangelina Sage y la idea de andar por un bosque prohibido te pareciera mucho más atractiva que la de volver a casa y admitir ante tu familia que por fin habías encontrado un trabajo… y se lo habías cedido a otra persona.

Evie suspiró y estiró el brazo para recorrer con los dedos la corteza rasposa de los árboles que le quedaban cerca. Aquel bosque era realmente precioso.

De todos los reinos encantados, el de Rennedawn era uno de los más modestos, y evitar el bosque de Hickory, teniendo en cuenta que ocupaba gran parte de su territorio, era todo un reto. Aun así, sus ciudadanos se las habían arreglado bastante bien hasta entonces.

La situación llevaba siendo así desde la aparición de un oscuro individuo conocido como El Villano, hacía casi diez años. Corrían demasiados rumores de que se escondía cerca de la linde del bosque para secuestrar víctimas a las que torturar. Evie sabía poco sobre esa malvada criatura, pero estaba casi segura de que tenía mejores cosas que hacer que acechar entre los árboles como un duendecillo del bosque. Aunque tampoco había llegado a ver nunca a uno de esos; solían vivir más al norte.

—El Villano —se burló Evie mientras seguía adentrándose entre los árboles y metía las manos en los bolsillos de su sencillo vestido marrón—. Quizá no asesinaría tanto si no tuviera un apodo tan ridículo.

A menos, por supuesto, que el nombre le hubiera sido otorgado al nacer, en cuyo caso tenía que aplaudirle a su madre por ese increíble don para prever el futuro.

Entonces tropezó con una rama rebelde y tuvo que sacarse las manos de los bolsillos para agarrarse a un árbol cercano. Después empezó a caminar siguiendo el murmullo de un arroyo.

Mientras andaba, repasó lo poco que sabía sobre aquel hombre. La mayor parte lo había aprendido de los folletos de SE BUSCA, que incluían dibujos de una calidad cuestionable. En ellos, siempre aparecía retratado como un hombre mayor, con una barba gris interrumpida por grandes cicatrices que le habían provocado sus víctimas al forcejear con él, y sus dientes se dibujaban a menudo afilados, como si fuera capaz de arrancarte el corazón de un mordisco. O quizá solo le hacía falta ir al dentista.

Habían corrido tantos rumores por esas tierras sobre el mayor enemigo del reino que Evie no sabía qué creer. Sabía que El Villano había quemado uno de los pueblos pesqueros del oeste de Rennedawn hacía años. El reino estuvo devastado por el hambre durante meses debido a la pérdida de la pesca, hasta que finalmente lo reconstruyeron. Y había muchas otras historias de terror. Los pequeños hurtos también parecían ser un elemento básico en la lista de tareas de El Villano, puesto que a menudo robaba en casas nobles para asustar a las familias y hacerse con sus preciadas reliquias.

Mientras se acercaba lentamente al arroyo, más ancho de lo que pensaba, Evie quedó maravillada por la belleza del sol que se colaba entre los huecos de los árboles y les daba un resplandor etéreo a las flores que recorrían la orilla. Por un momento, casi se olvidó de su situación. Las vistas eran tan impresionantes… Pero entonces todos los recuerdos volvieron de golpe.

Su padre aún no sabía que el mes pasado había perdido el trabajo en la herrería. Estaba tan segura de que encontraría otra cosa antes de que su familia se diera cuenta de que la comida en la mesa era un poco más escasa o de que hacía más frío en su pequeña casita por la falta de leña… Pero ya no podía esperar más, iba a tener que contárselo esa noche. Se les habían acabado las escasas reservas de alimentos.

Con un pesado suspiro, se arrodilló junto a la orilla del arroyo y hundió las rodillas en el esponjoso musgo. Metió las manos en el agua cristalina y se echó un poco de ese frío líquido en la cara y el cuello con la esperanza de calmar su corazón acelerado.

Esta vez se había metido en una buena. Y no por culpa de un villano legendario.

No. Se lo había buscado ella solita.

Lo peor de todo era que había estado a punto de conseguir un buen empleo. En la feria de esa mañana, le habían ofrecido el único puesto de criada que había para una familia noble en una finca no muy lejos de su pueblo. No era lo ideal por la distancia, pero estaba dispuesta a aceptarlo encantada. Hasta que, cómo no, se giró y vio a otra mujer de pie a su lado con unos ojos rodeados de arrugas y tan llenos de esperanza que a Evie se le encogió el corazón. Más aún cuando vio a tres niños pequeños detrás de la mujer.

Le entregó el certificado de trabajo y vio como se le iluminaba la cara mientras la abrazaba y le daba un beso en cada mejilla.

Si he hecho lo correcto, ¿cómo es que siento este vacío en el pecho?

Suspiró y se echó otro poco de esa agua roja en la cara mientras empezaba a hacer una lista mental de las próximas ferias de empleo. Quizá podía ir a una de las villas vecinas y…

Espera… ¡¿Roja?!

Evie ahogó un grito y retrocedió aplastando las flores. Sintió que los ojos se le abrían de par en par por el horror al ver el agua, antes de un azul clarito, ahora enturbiada con un profundo color carmesí.

Sangre.

Cerró los ojos y trató de controlar la respiración. Después de contar hasta diez, se puso en pie. Estuvo a punto de tropezarse con la falda de su propio vestido, pero logró incorporarse y acercarse despacio al agua. Estaba claro que la sangre procedía de más arriba.

Dio un paso en esa dirección, poniendo una bota de cuero delante de la otra, sin tener ni idea de lo que iba a encontrarse.

Aquello, cuanto más subía, más empezaba a parecer un río de sangre, y el rojo opaco engullía cualquier resto de azul. Debía de tratarse de un animal herido, uno grande, a juzgar por la cantidad de sangre. Desde luego, no era algo que justificara esa necesidad de investigar por parte de Evie.

Y, sin embargo, ahí estaba, siguiendo un río de sangre en el bosque, que cada vez se iba oscureciendo más a medida que el sol comenzaba a descender tras los árboles.

Negó con la cabeza y sintió como sus pies aplastaban las plantas al detenerse de repente. Iba a darse la vuelta. De hecho, su cuerpo estaba a medio girar cuando divisó una bestia de pelaje negro encorvada y ligeramente oculta entre la hierba alta que rodeaba un árbol gigante junto al arroyo.

Fuera la criatura que fuera, estaba viva: se escuchaban gruñidos y quejidos ahogados desde esa dirección. Evie se agachó y se levantó un poco las faldas para coger la navajita que guardaba para emergencias en una funda alrededor del tobillo.

Iba a acabar con el sufrimiento de la pobre bestia. No le costaba nada tener algo de compasión con ella. Sin embargo, cuanto más se acercaba, menos parecía que fuera una criatura. Casi hubiera dicho que parecía…

Una mano humana salió de debajo del pelaje negro, que en ese momento se dio cuenta de que no era pelaje, sino una capa oscura. La mano la agarró por una muñeca y tiró de ella hacia abajo.

—¡Ay!

Evie se dio un fuerte golpe contra el suelo. Quedó con el hombro en contacto con la tierra mientras que un brazo la rodeaba por la cintura y tiraba de ella contra su cuerpo. Estaba tumbada de lado, apoyando la espalda contra algo sólido y cálido que tenía detrás, y fue entonces cuando su sentido común se activó y empezó a retorcerse y a gritar.

El brazo que le rodeaba la cintura la apretó más y una mano le tapó la boca. Una voz grave le llegó al oído, provocándole escalofríos por todo el cuerpo:

—Cállese, señorita, o hará que nos maten a los dos.

Justo entonces, Evie vio otra figura amenazante en el lado opuesto del arroyo. Varias, de hecho. Todos hombres vestidos de plata. Llevaban armas muy grandes, algunas de ellas brillaban. ¡Los Guardias Valerosos del rey!

Luchó para deshacerse de la mano, pero el otro brazo del hombre la aprisionaba contra él mientras le sujetaba los tobillos con la pierna, dejándola inmóvil.

—¡Suóltuemue!

Al caer se le había escapado el cuchillo, así que empezó a buscarlo entre la hierba con el brazo que tenía libre.

—Cálmese —le ordenó el hombre de nuevo.

Ya, claro. Cómo no se iba a calmar, teniendo en cuenta que un hombre extraño, que estaba segura de que era lo que esos guardias estaban tratando de cazar, la tenía inmovilizada en el suelo. Pero ella se lo había buscado, ¿no? Literalmente, había seguido un río de sangre, ¿qué pensaba que iba a pasar?

—Suerué tuontua… —Evie soltó un suspiro largo y tendido.

De repente, la mano ya no estaba sobre su boca y la voz volvía a estar en su oído.

—¿Cómo dice?

—Esto es tan típico de mí —susurró.

—¿Que la tire al suelo un desconocido? —preguntó él con un tono que sonó sospechosamente curioso.

—Bueno, no esta situación exacta. Pero si le contara a la gente cómo he acabado aquí, a nadie le parecería algo fuera de lo normal. —Entonces le dio un codazo en las costillas a su captor, a quien se le escapó un gruñido y algún insulto—. Uy, perdón. ¿Le ha dolido? —preguntó, y volvió a darle otro para dejar clara su postura.

—¡Basta! —susurró él antes de señalar a los hombres que lo buscaban entre los árboles desde el otro lado del arroyo—. A esos hombres no les importa que sea una pobre inocente que se ha tropezado con un demonio. La matarán sin dudarlo ni un instante y lo harán con una sonrisa en la boca.

—¿Un demonio? —Evie se rio en voz baja a la vez que intentaba girarse para echar un vistazo a ese hombre que tenía un concepto tan alto de sí mismo, pero sus brazos la rodearon una vez más, manteniéndola en su sitio.

—Sabe quién soy, ¿no? —preguntó sin un ápice de arrogancia en el tono.

Y, sin embargo, la despreocupación que mostraba ante la reputación que sabía que lo precedía hizo que el estómago de Evie diera un vuelco.

La habían llamado muchas cosas despectivas en su vida. Curiosamente, todas empezaban por la letra C. Cursi, cansina, chapucera… y, tras un extraño giro de los acontecimientos, por fin podía añadir la última C.

Condenada.

Lo sabía. No sabía por qué lo sabía, pero lo sabía.

El Villano, rey de las Tinieblas, Acechador de Sueños, la tenía rodeada con sus brazos. Y lo que es peor, no estaba todo lo asustada que debería. De hecho, no estaba para nada asustada, tanto es así que…

Madre mía. ¿Se estaba riendo?

Pues efectivamente. No podía evitarlo, y, si alzaba un poco más la voz, esos hombres se presentarían ahí en cuestión de segundos. El Villano también pareció darse cuenta, porque en un abrir y cerrar de ojos volvía a tener su mano sobre la boca de ella.

—Vamos a arrastrarnos muy despacito hasta llegar a ese árbol. —Incorporó un poco el cuerpo de Evie para que pudiera ver el gran roble en cuestión—. Y luego vamos a correr.

—¿Cuómuo que vuamuos? —preguntó ella.

De repente estaba girada bocabajo y alguien la estaba empujando en dirección al árbol. No había tiempo para discusiones, así que, tal y como le habían ordenado, se agachó y gateó hasta apoyarse detrás del tronco; a salvo. Con la respiración agitada y asustada tras ver que tenía el dorso del brazo lleno de sangre, Evie se volvió para ver si El Villano seguía allí.

Se había ido.

—¿Dónde diantres se ha…?

—Aquí.

Se giró en dirección a esa voz, aturdida.

—Pero cómo ha pasado por encima de… —Al verlo, se le cortó el habla.

En su defensa, hay que decir que había mucho que asimilar.

Lo primero que pensó fue que los carteles de SE BUSCA estaban mal. No era un hombre mayor con cicatrices y barba canosa. De hecho, no había ni una sola cana entre su espesa melena de color oscuro. Tenía unos pómulos altos que asomaban por encima de la barba de tres días que le recorría toda la mandíbula, extremadamente marcada. Supuso que no sería más de seis o siete años mayor que ella. Si tenía que decir un número, no le echaba más de… ¿veintiocho? ¿Veintinueve? Pero no podía ser. Seguro que existía algún tipo de norma que obligaba a los señores del mal a tener un mínimo de cincuenta años, sesenta si la apurabas.

Pero de ninguna manera podían ser jóvenes. Y menos aún guapos, ¡dónde va a parar!

Sin embargo, él lo era. Su piel estaba bronceada y parecía suave, como si, cuando se tomaba unos días libres en medio de su labor de aterrorizar a la gente, se los pasara tumbado en la hierba, puede que dando delicados sorbos a una taza de té y leyendo poesía con el meñique levantado.

La idea le provocó una risita histérica. El Villano levantó una de esas gruesas cejas que enmarcaban los ojos más oscuros que Evie jamás había visto. Ojos que la observaban con una pizca de confusión. Parecía que no acababa de ser consciente de que ella era otro ser humano que también vivía y respiraba, porque la miraba como si su mera existencia fuera un misterio.

—No debería tener este aspecto —le dijo, y se sorprendió a sí misma al pensar que la expresión de desconcierto que tenía él en el rostro le resultaba entrañable.

¡Es un asesino!, gritó su conciencia rebelde, pero el resto de su persona, las partes que no estaban unidas a su sabio cerebro, lo encontraban demasiado guapo como para que les importara.

Evie dio un paso vacilante hacia él y trató de buscar en su interior el miedo que sabía que había por algún lado. En cualquier momento se quedaría paralizada por el susto y empezaría a gritar y a correr en otra dirección, pero en ese instante él estaba a un brazo de distancia y todavía no había sentido ganas de darse la vuelta.

Hmm. No sentía miedo, pero sí una leve preocupación; un buen indicador de que no había perdido del todo el sentido común. Hasta que, por supuesto, esa leve preocupación se vio empañada por los embarazosos pensamientos sobre a qué debía de oler él y qué pasaría si se acercaba y lo olfateaba.

—¿Hay algo en mi cara… que le desagrada? ¿O es acaso el hecho de estar sangrando por tres heridas distintas cortesía de los hombres de su aldea? —Su voz era tranquila y por fuera parecía calmado, pero Evie podía ver una furia silenciosa detrás de sus ojos.

¿Acaso creía que ella lo estaba juzgando?

—Emm… sí. La sangre no ayuda, pero me refería al hecho de que parece esculpido en mármol y es que creo que, como regla general, la gente intrínsecamente malvada debería tener un aspecto grotesco. —La furia que antes había visto se desvaneció como si nunca hubiera existido, y su única respuesta fue parpadear—. No puede matar a gente y ser atractivo. Confunde al personal.

Evie empezó a quitarse la bufanda de lana que su hermana pequeña, Lyssa, le había regalado en su último cumpleaños. Se acercó a él mientras la sostenía en alto en señal de paz.

—Para la sangre, Su Malignidad.

La agarró de un zarpazo, se la enrolló alrededor de la cintura y la apretó para detener la hemorragia.

—¿Cree que soy atractivo?

Por extraño que parezca, Evie tuvo la sensación de que hubiera preferido que le llamaran grotesco, solo hacía falta verle la mueca de desagrado en el rostro.

—La cosa no va de lo que yo piense, es un dato objetivo. Mire qué simétricos son sus pómulos. —Acortó la distancia que los separaba y le puso las manos a ambos lados de la cara.

Sus ojos se abrieron de par en par y los de ella también cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

—Me está tocando la cara —dijo él.

—... Sí.

—¿Está conforme con esa decisión? —Volvió a levantar una de las oscuras cejas.

Es un asesino profesional, ¿no? Quizá acabe conmigo ahora si se lo pido muy amablemente.

—Intentaba demostrar que tengo razón. —Evie se encogió de hombros y dejó caer las manos a los costados.

Él, mientras negaba con la cabeza y con una pequeña dosis de asombro en los ojos, dijo:

—Es usted un caos.

—¿Le importaría incluir eso en una carta de recomendación? Seguro que en cuestión de una semana conseguiría trabajo y lo necesito desesperadamente.

Antes de que pudiera responder, se oyó un ruido procedente de los arbustos que había junto a ellos y a ella se le erizó el vello de la nuca.

Giró la cabeza en dirección al ruido y dio un paso cauteloso hacia El Villano, que la agarró por los hombros con la rapidez de un rayo y tiró de ella hacia él.

—¡Qué…?

Oyó la flecha antes de sentirla.

El dolor le atravesó la piel de la espalda cuando el proyectil le rozó los hombros, haciéndola chocar contra la solidez del pecho de El Villano.

—Eso ha dolido. —Las palabras le salieron como si nada, como si acabara de clavarse una astilla.

Los habían localizado, pero seguía sin haber ni un ápice de pánico en la voz de él cuando dijo:

—Solo la ha rozado. Sé que duele, pero debemos huir.

Le hizo dar la vuelta rápido, pero con suavidad, y emprendieron la marcha. El Villano iba cojeando un poco a causa de sus heridas.

—Rodéeme con el brazo. —Hizo una mueca de dolor mientras corrían alrededor de varios árboles. Evie iba un paso por detrás.

—¿Por qué? —preguntó entre jadeos mientras él la acercaba hacia sí—. Va igual de lento que yo.

Un destello de diversión cruzó el rostro de El Villano como una estrella fugaz: un segundo de resplandor y belleza para luego desaparecer en el horizonte.

—Voy más despacio para seguirle el ritmo.

Fue entonces cuando Evie se dio cuenta. En un periodo alarmantemente corto, su situación había pasado de ser la hija desempleada del carnicero a la cómplice del mayor enemigo del reino.

Caramba, quizá sí que era un caos. ¿Cuánto había pasado? ¿Media hora como mucho?

Lo cual la llevaba a hacerse una pregunta muy delicada. Una que habría sido mejor guardarse para ella. Pero ya era demasiado tarde: la idea llegó a sus labios antes de que pudiera pararla.

—¿Por qué se molesta en seguirme el ritmo siquiera? Le sería más fácil dejarme tirada en el suelo y utilizar la ventaja para escapar.

Muy bien, Evangelina. Dale razones para dejarte atrás y trata de explicarle a esa gente del pueblo por qué estabas corriendo con El Villano. Firma tu sentencia de muerte, claro que sí.

El Villano le sostuvo la mirada durante un segundo y, sin romper el contacto visual, se las arregló para esquivar una flecha. Eso le dio envidia. Ella no sería capaz ni de esquivar un árbol muerto aun mirándolo de frente.

—Qué idea tan despiadada, ¿señorita…?

Ella se alegró al notar indicios de fatiga detrás de sus palabras. No era un corredor experto. No era perfecto, no era invencible.

Sea como fuere, le estaba preguntando su nombre.

—Evangelina Sage… pero puede llamarme Evie. —Vale, quizá la voz de él sonaba un poco cansada, pero es que la suya sonaba como si la hubieran pasado por un rallador de queso.

Nunca había sido muy amiga del correr, y correr rápido, creía ella, era su peor enemigo.

—Ajá. —Fue su única respuesta, lo cual era desconcertante, ya que no había revelado si iba a seguir el vil consejo de dejarla atrás.

Era probable que alguno de los hombres del pueblo la reconociera, pero las posibilidades de que la dejaran vivir cuando parecían tan sedientos de sangre eran escasas. Sobre todo teniendo en cuenta que corría al lado de la persona a la que estaban cazando, que probablemente estaba a punto de hacerle la zancadilla para dársela de comer a los lobos.

Por supuesto, como el universo estaba en su contra, no necesitaba esperar a que él hiciera nada. Había una rama oculta bajo la zarza que sobresalía lo suficiente como para que la punta de su bota quedara atrapada, y entonces se estampó contra el suelo.

Los gritos de esas voces masculinas estaban casi encima ellos. Estaban jodidos.

O, mejor dicho, ella estaba jodida. El Villano probablemente se llevaría su bufanda de lana y correría con su malvado semblante hacia el horizonte. Le miró la nuca desde el suelo. Su cuerpo se movía de una forma limpia y eficiente, como si el mundo estuviera hecho para plegarse a su voluntad.

Observó cómo aquella cabeza ridículamente perfecta se giraba hacia el lugar vacío que había quedado a su lado y luego hacia donde estaba ella, indefensa, tirada en el suelo. La espalda le escocía, el hombro le dolía. Con el añadido de un gran moratón que se estaba formando tras golpearse contra el suelo por segunda vez ese día.

Las voces se acercaban y parecían enfadadas. Evie intentó ponerse en pie para, al menos, encontrar un escondite, pero una mano familiar apareció frente a ella y la agarró a pesar de que el shock había anulado su capacidad de decisión.

—Se cae a menudo. —El Villano la miró de arriba abajo mientras lo decía. Parecía que estaba catalogando el hecho, como si aquello fuera un descubrimiento científico—. En marcha, Sage.

Haciendo caso omiso de la formalidad con la que usaba su apellido, ella le espetó:

—¡La primera vez que me caí fue porque usted tiró de mí! —Se agarró al brazo que él le ofrecía para apoyarse y siguieron alejándose de sus perseguidores tan rápido como pudieron.

—Pero se cayó muy fácilmente. Casi ni tiré.

—No me puedo creer que me esté culpando por no ser lo bastante fuerte como para soportar que alguien me tire de la muñeca.

Él no tuvo el detalle de dignificar su comentario con una respuesta, simplemente la agarró con más fuerza mientras atravesaban el bosque como un par de bandidos. Al rato, el paisaje de árboles interminables comenzó a adquirir un tono más oscuro. No solo por lo rápido que se iba la luz del sol, sino porque el color de los árboles era diferente cuando te adentrabas tanto en el bosque. Ramas y troncos largos y retorcidos sostenían hojas de un exuberante color musgo, y el agudo canto de pájaros extraños inundaba el aire, provocándole escalofríos profundos e inquietantes.

—¿Adónde vamos? —preguntó Evie, vacilante.

La poca luz que quedaba en el cielo pareció desvanecerse en cuestión de segundos y la noche los cubrió como un manto inoportuno. Inoportuno al menos para ella. El Villano miró a su alrededor, hacia la negrura, y, por primera vez desde que se lo había encontrado, vio un brillo realmente malvado en sus ojos.

Él formaba parte de esto, de la noche, de la oscuridad. Le pertenecía.

Y Evie… seguía sin tener miedo.

Qué raro todo.

—A un lugar seguro. A mi casa y al lugar desde donde llevo mis negocios.

Evie trató de tirar de su brazo y girar en la otra dirección.

—¿Seguridad en un lugar que la gente ha apodado Mansión Masacre? Gracias, pero no. Prefiero enfrentarme a los hombres del pueblo.

El brazo de él era un gancho de acero alrededor del suyo y no podía moverse ni un centímetro. Poco más y se podría considerar que estaban soldados.

—Si la quisiera muerta, la habría dejado atrás hace rato.

Ella arqueó una ceja. Avanzaban a un ritmo mucho más pausado que antes. El murmullo de las voces a sus espaldas se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer.

Les habían dado esquinazo. Por ahora. Esa sensación de seguridad hizo que la inapropiada curiosidad de Evie se apoderara de ella:

—Pero ¿por qué le perseguían? —preguntó. Inclinó la cabeza hacia él y hacia la bolsa que llevaba a su lado—. ¿Ha robado algo? ¿Armas? ¿Dinero? ¿El primogénito de alguien?

El Villano se detuvo un momento y Evie chilló al ver que la bolsa se movía. Antes de que pudiera decir nada, él metió la mano dentro y sacó una rana de un tamaño superior a la media, de un verde tan brillante que casi se confundía con sus ojos dorados. Se posó tranquilamente sobre la mano de él y se quedó contemplándola. Ella le devolvió la mirada.

—¿Lleva una corona o me lo parece a mí? —preguntó Evie tras unos instantes de silencio.

El Villano ignoró la pregunta y levantó un poco más a la rana.

—No negaré que robar es una de mis mayores habilidades. Sin embargo, en este caso, eran esos hombres quienes intentaban robarme a mí.

Se estaban atando los cabos, lo único que de una forma tan enrevesada que ni siquiera Evie lo entendía.

—¿Robarle… una rana… que lleva una corona?

El Villano se dio la vuelta y continuó caminando, y Evie le siguió en silencio.

—No es una rana cualquiera —le explicó—. Puede… entender y comunicarse con los humanos tan bien como si fuera uno de ellos. —La rana croó con ganas, como para demostrar sus finas habilidades comunicativas, pero El Villano la ignoró—. Y está bajo mi tutela. —Esas palabras hicieron que a Evie se le erizara la piel, como si de una advertencia se tratara—. Los animales mágicos se subastan por bastante dinero. Los hombres de su pueblo pensaron que sería prudente averiguar cuánto les costaría robármela durante mi paseo diario.

Evie ahogó un grito de horror.

—Y lleva corona porque…

El Villano hizo una pausa y levantó hacia Evie la mano que sostenía la rana, como si la razón fuera obvia.

—Se llama Reymundo.

Evie se quedó parpadeando un momento.

—¿Lo dice en serio?

—¿Le parece que estoy de broma?

Buen argumento. En realidad, Evie esperaba que no se le ocurriera hacer nunca una broma. Tal shock podría provocarle un jamacuco.

Levantó la bolsa y, con cuidado, volvió a meter a la rana Reymundo dentro. Después se giró hacia ella.

—No falta mucho para llegar a la mansión.

Evie continuó siguiéndolo, pero esa vez no en silencio.

—¿Cómo sé que no me está manteniendo con vida para poder matarme más tarde de una forma más entretenida?

—Me pregunto qué entenderá usted como una forma entretenida de matar a alguien. —Su rostro era inescrutable, pero ella se dio cuenta de que lo había vuelto a sorprender.

—Pues no lo sé, pero vaya, entiendo que si uno lleva a cabo una actividad tan a menudo será porque le encuentra cierto gusto. —Alzó un brazo para agarrarlo del hombro y estabilizarse tras pisar un tronco caído.

El hombro de El Villano se tensó al entrar en contacto con sus dedos (algo que a Evie no terminaba de disgustarle), pero su rostro permaneció impasible.

—Tiene razón. Hay algunas formas más entretenidas que otras —contestó, y se apartó hasta quedar fuera de su alcance una vez que ella hubo sorteado el tronco sana y salva, por lo que volvió a dejar caer el brazo a un lado—. Pero no creo que vaya a necesitar ponerlas en práctica porque con esos dos pies izquierdos que tiene dudo que sea necesaria mi intervención.

—Por última vez, no soy torpe. Solo me he caído una vez. Ah, y la primera ha sido culpa suya —dijo de brazos cruzados y pavoneándose mientras se ponía frente a él—. Tendré mis defectos, Su Malignidad, pero caerme no es uno de…

¡Plaf!

La cabeza de Evie se echó hacia atrás de golpe. Ay.

Se quedó parpadeando, totalmente confundida por lo que acababa de ocurrir.

El Villano soltó un fuerte suspiro detrás de ella y pasó por su lado para poner la mano contra el atacante invisible. Pero, en cuanto sus dedos tocaron la superficie, una barrera comenzó a disolverse mientras desprendía un destello de luz azul. Las esquinas del paisaje se fundieron y revelaron unos grandes muros empedrados y una puerta de hierro negro. Detrás se alzaban unas altas torres de piedra.

Su castillo estaba oculto por la magia, que era lo que le había dado el golpe a Evie en la cabeza.

La puerta se abrió y El Villano le hizo un gesto para que pasara ella delante. Como si estuviera resignada a lanzarse de cabeza a un foso de dragones marinos hambrientos, siguió sus indicaciones. A ver, llegados a este punto, ¿qué otra cosa podía hacer? Había agotado todas las opciones al aceptar ayudarlo y dejar que él la ayudara a cambio. Ya puestos, mejor llevar esto hasta su amargo y sangriento final.

La Mansión Masacre era demasiado grande como para ser considerada solo una mansión. Es probable que ahí dentro cupiera todo el pueblo, más otros dos pueblos del mismo tamaño, cómodamente. Estaba en ruinas y algunas partes se estaban desmoronando, pero ese aspecto descuidado tenía cierto encanto. Las piedras que componían la estructura eran de colores grises y marrones apagados, y había musgo y enredaderas creciendo entre los huecos y grietas. Sin embargo, el estar desaliñada la hacía atractiva y misteriosa.

Puede que incluso un poco reconfortante.

Pasaron al lado de fuentes agrietadas cubiertas de más musgo mientras la mirada de Evie iba de aquí para allá, admirando el jardín circundante. Estaba sorprendentemente bien cuidado. De hecho, estaba segura de haber visto unos cuantos narcisos y casi se le escapa una risita.

No obstante, lo más aterrador era sin duda lo grande que era aquel sitio. No sabía cómo, pero parecía hacerse más grande a medida que se acercaban, como si fuera aumentando al mismo ritmo que el inminente final de Evie.

En resumen, era enorme; y menudo lugar para morir.

Evie tragó saliva y se quedó contemplando la madera oscura del portón. Entonces se volvió hacia El Villano y lo miró con ojos dubitativos.

—Si la empuja un poco, la puerta se abrirá. —Había una confusa sequedad en todo lo que decía. Como si tuviera un sentido del humor secreto o creyera de verdad que todo el mundo era un incompetente.

—Sé cómo funcionan las puertas —contestó ella, exasperada.

Él entornó los ojos, como si no acabara de creérselo.

—Entonces, ¿por qué no se ha abierto todavía?

Ya veo, Su Malignidad, todo el mundo es un incompetente para usted.

—¡Permítame, señor! —Una voz grave sonó desde la ventana que había encima de ellos.

Del susto, Evie soltó un gritó y volvió a tropezar con El Villano.

—Deprisa, Marvin. La señorita Sage parece estar sufriendo algún tipo de ataque.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí arriba? —preguntó mientras se apartaba de la solidez de su pecho y se alarmaba al percibir la frescura de su aroma. ¿No debería oler a muerte en vez de a una mezcla entre canela, whisky y clavo?

—Es uno de mis guardias. Siempre está ahí arriba.

Justo en ese momento, como si estuviera todo calculado, la pesada puerta se abrió con un ominoso crujido.

Evie lo siguió hasta el mal iluminado vestíbulo.

—Bien, ya estoy dentro de su guarida, Su Malignidad. ¿Por qué me ha traído aquí?

Él puso los ojos en blanco y avanzó por la enorme sala hacia unas escaleras de piedra que se recostaban contra la pared del fondo, que conducían a quién sabe dónde.

—Si va a trabajar para mí, Sage, no puede seguir llamándome así.

Sus zancadas eran largas y Evie se apresuró a alcanzarlo cuando empezó a subir.

—¿Trabajar para usted? —La idea era demasiado ridícula—. No puedo hacer eso. Usted es… es… malvado.

El Villano se quedó inmóvil al llegar al segundo piso y se apoyó en una vidriera.

—Así es —dijo, sin intentar negarlo. Se acercó a ella, amenazante. Evie sabía que estaba tratando de intimidarla—. Pero ha dicho que necesitaba un trabajo.

¿Le había dicho eso? Ah, sí, lo había dicho, cuando estaba divagando. Evie estaba acostumbrada a que la gente pasara por alto esas cavilaciones en vez de considerarlas solicitudes de empleo.

—Sí —admitió con cansancio—, pero ¿por qué iba a ofrecerme un trabajo? ¿Qué ha visto en mí que le haya hecho pensar que estoy cualificada para llevar a cabo cualquiera de las labores que hace usted?

—Tiene una forma de pensar despiadada que considero valiosa y me ha ayudado a pesar de conocer mi reputación —contestó, y entonces miró el pañuelo empapado de sangre que llevaba alrededor de la cintura.

—¡Sus heridas! —Evie dio un paso atrás y se lo quedó mirando con incredulidad—. Me había olvidado por completo. ¿Le duelen mucho?

Hizo una mueca, pero no se quitó la bufanda de la cintura.

—Me curo rápido. ¿Qué hay de sus heridas?

En la cadera le iba a salir un cardenal muy feo y muy morado. En cuanto al arañazo de la flecha que casi le había arrancado la piel de la espalda, le escocía, pero lo peor ya había pasado.

—Sobreviviré. —Se encogió de hombros, sin mencionar la herida adicional que llevaba en el hombro izquierdo. Se la había hecho su último jefe con un cuchillo.

Esa todavía dolía muchísimo.

Él asintió, extendió la mano y dijo:

—¿Qué me dice, Sage?

Evie hizo una pausa y, a pesar de saber que lo que iba a admitir podía costarle la vida, no se atrevía a mentir:

—¿Sigue en pie la oferta para el puesto… sea cual sea… aun sabiendo que mi padre en su día fue un caballero del rey?

Su rostro permaneció impasible; de hecho, parecía aburrido.

—¿Sigue siéndolo?

—¡No, no! Fue mucho antes de que yo naciera. Solo fue una forma de ahorrar dinero para abrir una carnicería. Se retiró después de casarse con mi madre. —La siguiente parte era dolorosa, así que la soltó rápido—. De todos modos, está demasiado enfermo como para seguir trabajando y su única lealtad es hacia su familia.

El Villano se encogió de hombros.

—Entonces no veo por qué debería ser un problema.

Bueno, aun dejando esa cuestión de lado, estaba segura de que no le costaría encontrar otros motivos de disputa.

—¿En qué consistiría trabajar para usted? —preguntó mirándole la mano como si fuera a la vez un salvavidas y una sentencia de muerte—. No tengo ningún interés en hacerle daño a la gente ni en ayudar a que usted le haga daño a la gente. Tampoco en ser una de sus… amiguitas.

Él dejó caer la mano a un lado y torció los labios hacia arriba, casi como si intentara… ¿sonreír?

—No es usted el tipo de mujer que me llevaría a la cama.

A Evie se le puso la cara hecha un tomate y, en ese momento, el escozor que sentía en el hombro no tenía ni punto de comparación con la sensación de rechazo que sentía en el pecho. Lo cual era ridículo porque ni siquiera quería que ese hombre la deseara, pero eso no quitaba que tuviera un poco de orgullo.

El Villano volvió a tenderle la mano y su bello rostro se convirtió en un muro impasible, vacío de emoción salvo por la leve suavidad en torno a sus ojos. Entonces dijo:

—Seré franco. No voy a forzarla a tomar esa decisión, pero hay que tener en cuenta que ahora ya sabe dónde se encuentra la «Mansión Masacre», un nombre muy elocuente, por cierto. También sabe que no soy inmune a la hoja de una espada y, lo peor de todo, me ha visto la cara. —Se quedó mirando fijamente un rizo que a ella le colgaba sobre la frente. Debía de estar hecha un cuadro después de correr por el bosque como una criminal—. Es un cabo suelto, y no tengo el tiempo suficiente para que Tatianna se pasee por su mente y elimine los recuerdos de este día. Mi camisa favorita está empapada en sangre. Necesita trabajo y estoy dispuesto a darle un buen puesto con un salario aún mejor. —Al ver que ella no se movía, suspiró y añadió—: Y puedo asegurarle que nunca he hecho daño a nadie inocente.

—¿Y qué hay de mi pueblo? —soltó ella antes de poder pensárselo mejor—. ¿Y si le tengo que ayudar a hacer daño a alguien que conozco?

—Sería una situación realmente incómoda para usted —respondió sin pizca de compasión.

Ella entrecerró los ojos hasta que él cedió.

—Dejaré a los aldeanos de su pueblo al margen de mis maquinaciones asesinas. —Su tono era complaciente, pero Evie no podía evitar tener la sensación de que sus palabras escondían más de lo que ella lograba entender.

No podía creer que se lo estuviera planteando, pero la idea de ser capaz de mantener a su familia hizo que el corazón se le acelerara. Sin saber muy bien cómo, cuando se quiso dar cuenta, se estaban dando la mano.

Esperaba que estuviera fría, pero era cálida, y la sensación de esos dedos enroscados en los suyos la hacía sentir como bajo los efectos de alguna droga.

—Está bien, acepto su oferta. ¿Qué cosas depravadas voy a tener que hacer para usted, Su Malignidad?

Con las manos entrelazadas, y mientras seguían mirándose a los ojos, El Villano dejó que una sonrisa se dibujara en sus carnosos labios.

—Enhorabuena, Sage, a partir de hoy es usted mi nueva asistente personal. —Le soltó la mano y se dio la vuelta para subir las escaleras, pero apenas había dado tres pasos cuando se volvió hacia ella, que seguía aturdida—. Y si necesita dirigirse a mí de alguna manera, con que me llame «señor» me conformo.

CAPÍTULO 1

EVIE

Cinco meses después…

Había cabezas decapitadas colgando del techo otra vez.

Evie suspiró y saludó a Marvin con la mano mientras cerraba la pesada puerta del castillo tras de sí y cruzaba el vestíbulo principal a grandes zancadas; el leve tacón de sus zapatos resonando en el suelo de piedra al compás de los latidos de su corazón.

El Villano estaba de mal humor.

Una cabeza decapitada era lo habitual. Era preocupante lo mucho que Evie se había acostumbrado a ese hecho tras llevar un tiempo trabajando ahí. Pero ahora colgaban tres cabezas de hombre con la boca abierta en un grito silencioso, como si hubieran dejado atrás esta vida aterrorizados. Y si se acercaba lo suficiente…

Puaj, a uno de ellos le faltaba un globo ocular.

Evie inspeccionó el suelo exasperada antes de dar otro paso, pues quería evitar aplastarlo con el pie, tal y como había sucedido unas semanas atrás, cuando se había aventurado a entrar en la cámara de tortura del jefe para entregarle un mensaje. El grito que soltó ese día no fue más que un leve pitido, pero si volvía a ocurrir, no estaba segura de poder mantener la compostura. Podía soportar un dedo de la mano cortado o incluso uno del pie, pero los globos oculares estallaban al pisarlos y allí es donde ella ponía su límite.

Resopló mientras seguía andando. Un límite bastante razonable, en mi opinión.

Pero no estaba por ningún lado. Los horrores con los que se cruzaba en su día a día no la alteraban como deberían. Su necesidad de normalidad había ido disminuyendo poco a poco desde que había empezado a trabajar ahí, pero no le importaba. Lo «normal» era para aquellos que no tenían la capacidad de llevar la mente más allá de lo inalcanzable. Era algo que su madre le había repetido mucho cuando era pequeña y, por alguna razón, era el único consejo que a Evie le resultaba imposible ignorar.

En cualquier caso, no podía evitarlo. Al fin y al cabo, era la ayudante personal de El Villano. Se rio entre dientes al pensar en el título de su puesto e imaginó lo ridículo que sería verlo anunciado en un panfleto de noticias.

SE BUSCA PERSONA MUY ORGANIZADA, QUE LE GUSTE TRABAJAR HASTA ALTAS HORAS DE LA NOCHE Y DISFRUTE REDACTANDO DOCUMENTOS EXTENSOS.

IMPRESCINDIBLE QUE SE SIENTA CÓMODA E INCLUSO APOYE LA PIROMANÍA, LA TORTURA Y EL ASESINATO.

ABSTÉNGANSE QUIENES NO PUEDAN EVITAR GRITAR SI DE VEZ EN CUANDO APARECE UN CADÁVER EN SU MESA.

En defensa del jefe, tenía que decir que eso último solo había pasado una vez desde que había empezado a trabajar ahí. Fue un día que llegó puntual, como siempre, cruzó la oficina y enseguida vio el cadáver de un hombre corpulento tendido sobre su mesa. Tenía cortes por todo el cuerpo y le faltaban trozos de carne.

Lo habían torturado antes de matarlo, eso estaba claro, y al jefe no se le había ocurrido otra cosa que dejarlo sobre el reluciente escritorio de color blanco y perfectamente organizado que tenía Evie, y que estaba pegado a la puerta de su muy grande y desorganizado despacho. Nunca olvidaría la expresión de su cara cuando la vio entrar, percatarse de la presencia del cadáver y luego darse cuenta de que él estaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho. Estaba de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en ella.

Ah, ya, pensó Evie. Me está poniendo a prueba.

El hecho de que él no estuviera dando por hecho que iba a fallar esa prueba ayudó bastante.

Evie ya se había acostumbrado a que los aldeanos la miraran de esa manera y lo había catalogado en su mente como una de las cosas que la hacían querer recurrir a la violencia.

Así que, en lugar de eso, repasó mentalmente cuáles eran las reacciones que mejor le podían venir en ese momento (es decir, aquellas que le permitirían conservar su trabajo) y, al final, optó por ser ella misma.

Bueno, ella misma con un cadáver mutilado en su mesa.

Miró a su jefe y se le encogió el pecho al ver la intensidad con la que le devolvía la mirada. Era casi como si estuviera deseando que no fracasara, lo cual no tenía ningún sentido. Tal vez solo tenía una indigestión; eso de torturar a alguien de buena mañana no puede ser bueno para la salud intestinal.

—Buenos días, señor. ¿Quiere que trabaje con este caballero al lado? ¿O es esta su manera sutil de decirme que le gustaría trasladar el cuerpo a un lugar más apropiado? —preguntó con una sonrisa amable.

Él se limitó a levantar una ceja, se apartó del marco y caminó hacia el escritorio (y el cadáver). Al inclinarse sobre la mesa, sus muslos hicieron que el cuero negro de los pantalones que llevaba se estirara y Evie tuvo que tragarse un suspiro. Que conste que fue porque se echó el cuerpo sin vida sobre el hombro con la misma facilidad que si fuera un saco de patatas, no porque tuviera unos muslos muy bonitos. No rompió el contacto visual con ella mientras se enderezaba y llevaba al hombre hacia la ventana más cercana para acabar arrojándolo por ella.

Evie se tragó también un grito, decidida a demostrar su valía. Además, este trabajo seguía siendo mucho mejor que el anterior.

Tomó una gran bocanada de aire y le sostuvo la mirada a El Villano mientras conseguía hacer caso omiso a su nuevo interés por la ropa de cuero o, más peligroso aún, por sus muslos.

—Un método de eliminación de residuos muy creativo, señor… ¿Le apetece que le traiga una taza del brebaje de Edwin?

El ogro que trabajaba en la cocina preparaba a diario tandas de ese líquido marrón hecho con semillas mágicas, además de dulces recién horneados. Nunca antes había oído hablar de esa bebida, pero aumentaba la productividad en el trabajo y parecía poner a todo el mundo de mejor humor a pesar de los cadáveres.

El Villano había levantado las comisuras de los labios y sus oscuros ojos danzaban de alegría. No estaba sonriendo del todo, aunque se había quedado lo bastante cerca como para que a Evie el corazón le latiera con fuerza en los oídos.

—Sí, Sage, ya sabes cómo lo tomo.

Desde entonces, no había vuelto a encontrarse otro cadáver en su mesa al ir a trabajar, pero eso no significaba que los últimos meses no hubieran sido difíciles. Normalmente, El Villano solía ausentarse mucho. Daba por hecho que era porque debía estar ocupado haciéndoles cosas de villano a los habitantes de los pueblos cercanos, cosas en las que ella no quería pensar mucho. Habían hecho una especie de pacto por el cuál él no llevaría a cabo sus maldades dentro del pueblo de Evie. Bueno, al menos ella tomó su gruñido como una confirmación. Pero, aun así, algo le decía que incluso un cadáver en su mesa iba a ser algo más divertido que el humor que él traía ese día.

Y es que los signos de decapitación excesiva solo podían significar una cosa: uno de sus planes había fracasado por tercera vez en los últimos dos meses.

Soltó otro suspiro mientras se acercaba a la interminable escalera de caracol. Se quedó mirándola un momento, preguntándose por qué había suficiente magia en las paredes de esa casa como para que los objetos se movieran por sí solos y se mantuviera una temperatura agradable, pero no la suficiente como para hacer que las escaleras fueran menos… en fin, horribles. Negó con la cabeza. Lo añadiría al buzón de sugerencias.

Nota mental: sugerir que se ponga un buzón de sugerencias.

Al comenzar a subir, como le tocaba hacer todos los días, evitó la puerta que quedaba a su izquierda después del primer tramo. Era la que conducía a los aposentos personales del jefe.

Solo los dioses sabían lo que ese hombre hacía en su espacio personal en ese gran y extremadamente sombrío edificio de piedra.

No pienses en su vida personal, Evie.

Otra buena norma que añadir a la lista que llevaba a rajatabla desde su primer día allí.

Deja de intentar hacer reír al jefe, Evie.

No le toques el pelo al jefe, Evie.

No encuentres atractiva la tortura, Evie.

No le digas a Edwin que el brebaje es demasiado fuerte, Evie.

Empezó a faltarle el aire cuando iba por el segundo piso. Rodeó la barandilla iluminada con velas en dirección al siguiente piso. Las pantorrillas le empezaban a arder bajo la gruesa falda azul que le rozaba la parte superior de los tobillos. Un grito estridente, que procedía de las cámaras de tortura de las mazmorras, hizo que se detuviera en seco. Se quedó parpadeando un momento, sacudió la cabeza y luego siguió subiendo las escaleras.

A pesar de sus otras conductas obviamente nefastas, el jefe tenía unas extrañas y confusas pautas morales que seguía con bastante diligencia; la primera de las cuales era no dañar nunca a inocentes, para alivio de ella. Su maldad era más bien del tipo vengativo. También le gustaba que sus pautas morales incluyeran tratar a las mujeres con el mismo nivel de respeto y estima que a los hombres. Lo cual, en perspectiva, no era mucho, pero al menos las normas en la oficina eran más coherentes que la forma en que funcionaba el mundo exterior.

Antes de trabajar para el señor del mal, Evie se ganaba la vida ayudando al herrero del pueblo, Otto Warsen. Le organizaba las herramientas y le pasaba cualquier instrumento que necesitara para que pudiera emplearse duro en la forja, sin distracciones. Era un trabajo decente que le permitía mantener a su padre enfermo y llegar a casa a tiempo para prepararles la cena a él y a su hermana pequeña.

O al menos fue un puesto bastante decente hasta que dejó de serlo.

Evie se palpó el hombro. Debajo de la camisa de lino se ocultaba una cicatriz hinchada y dentada. Si hubiera sido una cuchilla normal, se habría curado bien, pero la magia que había incrustada en esa daga blanca vivía ahora bajo su piel como una maldición. Una tan maligna que cada vez que sentía un ápice de dolor en cualquier parte de su cuerpo, la cicatriz brillaba. Era un fastidio, ya que los objetos inanimados parecían interponerse en su camino a un ritmo alarmante.

Si había algo con lo que tropezar, sin duda encontraba la forma de llegar a ella.

Se rio entre dientes a pesar de la falta de aire mientras emprendía el último tramo de escaleras. ¿Una guarida lo bastante grande como para albergar un pueblo y tenían que trabajar en el último piso? Ay, maldad, tienes nombre de villano. No obstante, continuó su marcha hacia la persona que había alterado el curso de su vida.

Parecía poco convincente referirse a su jefe como una «persona». En muchos sentidos, era un ser extraordinario, sin embargo, el hecho de que ella tuviera que encargarse de todos sus deseos y necesidades lo había humanizado. El velo de misterio que lo cubría cuando empezó a trabajar para él se había desvanecido y en su mente se había formado una imagen mucho más clara.

Aun así, le quedaba mucho por aprender.

Como qué clase de penurias lo acechaban para que hubiera tres cabezas decapitadas colgando del techo.

Llegó al último escalón y se pasó una mano por la frente sudorosa, desesperada por haber perdido el tiempo poniéndose presentable aquella mañana. No necesitaba un espejo para saber que tenía las mejillas sonrojadas y que los cabellos sueltos de la trenza se le habían pegado a la frente. Al avanzar por el pasillo, sentía las gotas de sudor deslizándose por el interior de los muslos.

Se le pasó por la mente la tentadora idea de ponerse unos pantalones anchos.

El jefe había dejado muy claro que no había reglas en la forma de vestir de sus empleados, lo que significaba que, por primera vez en la vida laboral de Evie, se le permitía llevar algo que no fueran vestidos de colores monótonos. Pero temía que llevar algo tan escandaloso como unos pantalones llamara demasiado la atención.

¿Las mujeres? ¿Tienen piernas? ¡Alertad al pregonero!

No, ya despertaba suficientes sospechas en su pequeño pueblo por desaparecer a diario para acudir a su «misterioso» puesto de trabajo. Lo mejor era pasar desapercibida para que nadie se dignara a mirarla de cerca.

Si alguien preguntaba, decía que había conseguido un puesto de criada en una gran finca de un pueblo vecino.

No era del todo mentira. Siempre estaba limpiando desastres que El Villano iba dejando a su paso, aunque normalmente estos incluían sangre de por medio.

Al llegar al final del pasillo, tiró del candelabro de oro que estaba más cerca de la vidriera y retrocedió mientras la pared de ladrillo se abría lentamente, revelando el salón de baile oculto que servía de lugar de trabajo. Se apresuró a entrar en la gran sala, la pared se cerró tras ella y respiró hondo. El fresco olor a pergamino y tinta que impregnaba el aire le resultaba reconfortante y familiar, y siempre conseguía sacarle una sonrisa.

—Buenos días, Evangelina.

A la mierda su día.

Rebecka Erring estaba sentada a la izquierda con su grupo de profesionales administrativos y todos habían parado un momento de trabajar para mirar a Evie. Rebecka le sostenía la mirada desde detrás de unas gafas grandes y redondas. Evie respondió:

—Buenos días, Becky.

Con la palma de la mano se alisó la parte delantera del vestido de cuello alto que llevaba y que le quedaba dos tallas grande.

—Eso está por ver —contestó, y acto seguido los otros seis pares de ojos de la sala volvieron a centrarse en sus pergaminos, ya que todo parecía indicar que ese día no se iba a derramar sangre.

Lo cierto es que Becky era bastante guapa. Solo tenía dos años más que Evie, pero esos dos años, en su cabeza, debían de sumar como diez en cuanto a superioridad se refiere.

Su piel morena estaba impecable y su forma de sonreír con los labios apretados no le restaba nada a sus llamativos rasgos. Los pómulos y la mandíbula tenían la misma anchura, lo que atraía la mirada hacia todas esas partes que le sobresalían del rostro. Si su personalidad hubiera conseguido reflejar una pizca de su belleza física, Becky quizá hubiera sido la mejor persona que Evie había conocido nunca.

Pero, por desgracia, era odiosa.

—¿Trabajando duro esta mañana? —preguntó Evie mientras sonreía con dulzura y se colocaba un mechón suelto detrás de la oreja.

La otra mujer le devolvió la sonrisa, pero fue un gesto tan exagerado que se notaba a la legua que era forzado.

—He sido la primera en llegar esta mañana, así que he ido adelantando trabajo. —En la jerga de Becky, eso se traducía en: He llegado antes que tú, por lo tanto, soy mejor que tú. Si quieres te enseño mi fantástico récord de asistencia.

Evie mantuvo los ojos fijos al frente para no ponerlos en blanco y se abrió paso entre la multitud que se agolpaba en la sala a un ritmo vertiginoso. El jefe exigía eficiencia a todos sus empleados y todos los presentes estaban desesperados por demostrar que eran indispensables.

La sala oculta era grande y de concepto abierto, con mesas y escritorios por todas partes. Las vidrieras, que representaban diversas escenas de tortura y maldad, estaban espaciadas de manera uniforme a lo largo de las paredes de ladrillo beige y aportaban a la estancia una gama de luz cálida. La lámpara de araña repleta de telarañas que había sobre sus cabezas brillaba cuando la luz incidía en ella, lo cual le recordó a Evie que abajo todavía había cabezas decapitadas colgando de las vigas. Tenía la esperanza de que aquel grito procedente de las cámaras de tortura no significara que iba a haber otra cabeza a punto de ser exhibida.

Solo había estado en las mazmorras un par de veces, pero nunca el tiempo suficiente como para evaluar con precisión la sala de los horrores. Sin embargo, algunas de las becarias sí que la conocían bien. Era el tema principal de sus remilgadas conversaciones cerca de las cocinas.

—Huele a carne podrida y a desesperación —dijo una de ellas.

Evie no pudo evitar preguntar a qué olía la desesperación, pero las otras chicas se limitaron a seguir cuchicheando.

Nunca se le había dado bien hacer amigos.

Por alguna razón, desde que su madre desapareció cuando ella era una niña, Evie se había vuelto demasiado buena en eso de dejar que las cuestiones serias le resbalaran como aceite; era una buena forma de evitar que llegaran a hacerle daño.

Por un momento, pensó que ese trabajo le daría un aire más sombrío. Que la gente la miraría y vería a alguien sofisticado y con experiencia en la vida. Pero, a pesar de la cantidad de razones que tenía para convertirse en una persona oscura y amenazante, Evie seguía siendo exactamente la misma de siempre: una chica optimista, algo no muy recomendable si trabajas en la oficina de un villano, claro está. Desde luego, ella no quería volverse malvada, pero cuando te pasas la mayor parte de tu vida tratando de ver el sol, empiezas a desear que llueva.

En la intimidad, se preguntaba cómo sería no volver a sonreír, ser temida como lo era su jefe. Pero Evie Sage no era una villana y a cualquiera que lo sugiriera se le iban a reír en la cara.

Claro que, ¿acaso era de extrañar que todo el mundo siguiera viéndola igual cuando ella seguía sonriendo y soportando cualquier cosa que le echaran? Al igual que al resto de su pueblo, Evie le había mentido a su padre y les había ocultado a él y a Lyssa adónde iba cada día. En realidad, era por su propio bien. Su padre ya se preocupaba lo suficiente por la carga que les suponía a sus hijas, ya que, desde que contrajo el mal místico (una dolencia que había asolado el reino durante los últimos diez años), estaba enfermo y no podía trabajar.

Esa enfermedad atacaba sin ton ni son y, al parecer, seleccionaba a sus víctimas al azar. Había quien moría al cabo de poco tiempo de contraerla. A esos se los consideraba los más afortunados. Otros quedaban demasiado debilitados como para levantarse de la cama mientras la enfermedad les iba robando la vida poco a poco, como el peor de los ladrones.

Su padre la había padecido durante suficiente tiempo como para que el curandero les asegurara a ella y a Lyssa que no lo iba a matar, al menos por ahora, pero estaba demasiado débil como para seguir ejerciendo la profesión a la que se dedicaba antes.

Por suerte, había sido carnicero, lo cual fue de gran ayuda para Evie, puesto que había crecido rodeada de sangre y cadáveres, y ahora ese mismo oficio era su profesión. Aunque ver cadáveres de animales era muy diferente a ver cadáveres de seres humanos.

Al sentarse en su mesa y empezar la tarea diaria de cuadrar los libros de contabilidad, se dijo a sí misma que al menos hoy el escritorio estaba limpio. Cuando solo llevaba una hora trabajando, algo se estrelló contra la pared que tenía detrás. Del susto, dio un salto y cayó de culo al suelo, emitiendo un ruido humillante. Además, al caer, los brazos se habían llevado por delante los papeles que había sobre la mesa, por lo que en ese momento había el equivalente a dos horas de trabajo organizando facturas cayendo a su alrededor como si fueran copos de nieve.

Muy de novata eso, Evie.

Al tener la mesa tan cerca del despacho del jefe, ya sabía que tenía que estar siempre alerta.

Observó cómo la última hoja le caía sobre el pecho. No se había molestado aún en levantarse ni en recoger los papeles. Con toda seguridad, algo o alguien se había chocado contra la pared… Se oyó otro golpe, seguido de dos golpes más suaves y cristales que se rompían.

Adiós al cuadro que volví a enmarcar y a colgar la semana pasada.

Evie se sentía ridícula ahí en el suelo, por lo que se dio la vuelta y se puso de rodillas para recoger los papeles.

—Ay —murmuró en voz baja mientras se frotaba el trasero.

Aunque bien podría haber gritado, dada la forma en que la puerta negra del despacho de El Villano se abrió, tan de golpe que hizo temblar las paredes y paralizó al resto de los trabajadores. Evie levantó lentamente la vista de los papeles que tenía en las manos y se fijó primero en la punta de una brillante bota negra. Luego fue subiendo hacia arriba. Los pantalones oscuros pretendían ser holgados, pero, en vez de eso, rodeaban unos muslos musculosos que se unían a un torso impresionante.

Sus ojos pasaron de largo el holgado cuello en V de su camisa negra, que le dejaba al descubierto la parte superior del pecho. Incluso así, desarreglado, le resultaba extremadamente atractivo.

Cuando su mirada llegó por fin al rostro, tuvo que tragarse un suspiro y enterrarlo donde nadie pudiera encontrarlo. Pero ¿cómo no iba a suspirar? Su mandíbula era lo bastante afilada como para ser considerada un arma y estaba lo bastante marcada como para que a Evie le palpitaran todos los órganos.

No permitas que el jefe te haga palpitar ningún órgano, Evie.

Antes pensaba que lo que más le costaba era mirarlo a los ojos. Eran de un negro asombroso que te atraía como una red destinada a atraparte el alma. Eran el tipo de ojos que te suplican que apartes la mirada, pero Evie ignoraba esa súplica porque le resultaba agradable mirarlos.

Y su boca.

Tal vez la parte más expresiva de su rostro, todo cambio era leve pero rico en significado, tanto que había empezado a catalogarlos. Por ejemplo, ahora tenía la boca apretada. Cuando volvió a mirarle a los ojos, él la estaba observando. Tenía la cabeza ligeramente inclinada y le dio un vuelco el estómago al preguntarse qué estaría pensando al verla ahí de rodillas, como si estuviera fingiendo ser una rana.

¿Estará confundido? ¿Desconcertado? ¿A punto de matarme por ser tan torpe?

Lentamente, El Villano flexionó las rodillas y se arrodilló hasta quedar a la altura de sus ojos.