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Escribí este libro tras la muerte de mi padre, ocurrida en febrero de 2022. El libro contiene el relato personal de aquellos días, pero es también un ensayo filosófico sobre la muerte y el duelo. Me propuse dar palabras a mi duelo, porque muy pronto me di cuenta de que las palabras disponibles, convencionales, no me servían. Eso me condujo a revisar también las ideas sobre la muerte propuestas por algunos filósofos a los que había estudiado, especialmente Sören Kierkegaard, y a contrastarlas con mi propia experiencia. De ese modo descubrí que Kierkegaard y otros filósofos han hablado mucho sobre la muerte propia, pero han descuidado la experiencia de la muerte del otro y la importancia que esta tiene para nosotros. Por último, en algunas de las reflexiones que contienen estas páginas me pregunto por el significado que tienen la religión y el culto a los muertos para una persona atea como yo. «La muerte es la maestra de la seriedad», escribió Kierkegaard. Este libro sostiene que esta frase es correcta, pero que no conduce a las conclusiones que Kierkegaard extrajo de ella.
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Seitenzahl: 241
Veröffentlichungsjahr: 2024
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José Luis López de Lizaga
Sobre la muerte y el duelo
Primera edición: mayo 2024
© José Luis López de Lizaga © de esta edición: Laertes S.L. de Ediciones, 2024 www.laertes.es
ISBN: 978-84-19676-47-4 Fotocomposición y diseño cubierta: JSM
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A mi hermana Ana. Y a Mónica, y a Bimba.
Y alguien soplará en ellas para que al fin me pierda, y borraré conmigo también la vida tuya.Francisco Brines
Mi padre se llamaba José Luis, igual que yo. Murió en Almería, en el Hospital Universitario Torrecárdenas, en la tarde del cuatro de febrero de 2022. Tenía setenta y siete años. La causa de su muerte fue un ictus, o más bien dos. El primero no fue grave, aunque le dejó algunas secuelas. El segundo se produjo tres semanas después, cuando nadie lo esperaba, y fue mucho peor. Acabó con su vida en pocos días. Mi padre había nacido en Madrid, y allí vivió siempre, pero murió en Almería porque en sus últimos años, ya jubilado de su profesión de abogado, se instaló con su mujer en Rodalquilar, un pueblo de la costa almeriense, aunque seguía viajando con frecuencia a Madrid, donde mantenía alguna actividad profesional.
Cuando sufrió el primer ictus, yo me encontraba en un pueblo del valle de Chistau, en el Pirineo aragonés, donde me había retirado para leer y escribir. Tenía algunos proyectos en mente, buscaba un tema para un libro. Llevé conmigo muchas lecturas y algunos cuadernos, y comencé a escribir algo parecido a un diario. Y aunque tengo alguna idea de hacia dónde me habrían conducido aquellas lecturas y reflexiones, nunca sabré cuál era el libro que hubiera escrito, porque la muerte de mi padre lo trastocó todo. El libro que finalmente escribí es este.
La muerte de mi padre dejó una muesca en mi vida. Abrió una grieta que queda reflejada en la separación entre las dos partes del libro. La primera contiene las anotaciones de mi diario en el valle de Chistau, en las que fue abriéndose paso, como un presagio, la preocupación por la muerte. La segunda parte, más extensa, está escrita en Zaragoza durante el año posterior a su muerte, y por tanto pertenece ya a este lado de la grieta. En esa segunda parte me propuse, ante todo, dar palabras a mi duelo, porque muy pronto me di cuenta de que las palabras disponibles, convencionales, no me servían. Eso me condujo a revisar también las ideas sobre la muerte propuestas por algunos filósofos a los que yo había estudiado, y en cierto modo a contrastarlas con mi propia experiencia. Y por último, en muchas de las reflexiones que contienen estas páginas me pregunté por el significado que tienen la religión y el culto a los muertos para una persona atea, como lo soy yo. Pero sólo cuando terminé el primer borrador del libro fui consciente de que estos son los temas que abordan sus páginas, porque no lo escribí siguiendo un plan previo, sino obedeciendo únicamente a la necesidad de articular en palabras mi conmoción y mi tristeza.
Nuestra relación estuvo siempre muy mediada por la música, una pasión que compartíamos y que nos unió mucho. En su funeral se escuchó la pieza Ich ruf zu Dir, Herr Jesu Christ (BWV 639), de Johann Sebastian Bach, en la transcripción para piano de Ferrucio Busoni, y en la interpretación de Alfred Brendel. Y mientras trabajaba en este libro, que me resultó muy doloroso escribir, escuché muy a menudo, a veces casi en bucle, la Sonata en si menor, K. 27, de Domenico Scarlatti, interpretada por la pianista Anne Queffélec.
Zaragoza, 4 de mayo de 2023
Hay un aspecto de la concepción cristiana de la vida —una concepción dura y culpabilizadora— que persigue también a los ateos, y que me ha afectado mucho desde mi juventud. Se trata de la exigencia autoimpuesta de traducir en algo palpable toda experiencia que nos haya impresionado, o incluso toda experiencia placentera. No podemos enamorarnos sin escribir un poema, no podemos viajar a Groenlandia sin escribir un libro de viajes, no podemos quedar fascinados por una ciudad sin ponernos inmediatamente a estudiar el idioma del país, etcétera. Veo en esto una necesidad injustificada de corresponder, de compensar, más que de agradecer (puesto que el agradecimiento no tiene mucho que ver con compensaciones ni correspondencias), y por tanto una pizca de mala conciencia, que seguramente no es ajena a cierta mentalidad que Rafael Sánchez Ferlosio denominó «expiatoria». Si la vida nos ha dado algo bueno, nos parece que tenemos que devolvérselo de alguna manera; si una experiencia nos ha impresionado, nuestra obligación es hacer algo con ella, y cuando digo «hacer algo» me refiero a producir algo, o por lo menos a dejar constancia, dar testimonio, registrar de algún modo. He conocido a personas que no sienten esa necesidad, y siempre las he admirado. Suelen ser personas muy vitalistas, muy valientes, capaces de embarcarse en aventuras o de enamorarse completa y perdidamente de un día para otro, pero no sienten la necesidad de hacer nada con todo eso, salvo vivirlo. A diferencia de todos aquellos que jamás se conmueven realmente por nada, estas personas a las que me refiero son capaces de apasionarse, pero a diferencia de mí y de quienes son como yo, su apasionamiento no les hace sentir que deben algo a cambio. A mí me parece que vivir la vida como realmente habría que vivirla tiene que ver con esa actitud. Yo no la tengo, ni la he tenido nunca, aunque también es verdad que ese vitalismo un poco nietzscheano requiere algunas condiciones en las que no siempre reparamos, y que no dependen de nosotros. Requiere ser guapo, por ejemplo. Y sospecho que ser mujer también ayuda mucho a vivir de ese modo, aunque esta impresión probablemente se debe a que las personas que he conocido con esa disposición hacia la vida eran casi siempre mujeres, y eran guapas. Quienes no somos ni lo uno ni lo otro tenemos más dificultades para el apasionamiento nietzscheano, porque estamos mucho más expuestos a la frustración de nuestras expectativas dionisiacas y a la soledad. Quizás por eso nos refugiamos en otro género de apasionamiento, más reconcentrado y más frío. Sea como fuere, a mí siempre me parece que tengo que «hacer algo» con aquello que me impresiona o me apasiona, «aportar algo» a mi vez, responder o corresponder de alguna manera: un imperativo productivista que acompaña mi vida y que no estropea las vivencias, pero las complica.
Pero este imperativo también podría interpretarse de otro modo: como el resultado de una necesidad interior, más bien que como el reflejo de alguna extraña y culpabilizadora imposición de procedencia religiosa. Siempre me ha desconcertado que los autores que han protestado, con razón, contra la compulsión al rendimiento, que nos come la vida, fueran incapaces de vivir sin producir, sin escribir, como si sólo la escritura tornase sus vidas no ya interesantes, sino simplemente soportables. Veo esto en Nietzsche, o en Kierkegaard, o en Adorno. Con argumentos diferentes, estos filósofos lamentan que la vida se limite hoy —es decir: en la sociedad moderna— a trabajar, a rendir, a producir cosas. «Rien faire comme une bête, flotar en el agua y mirar pacíficamente el cielo»: así caracteriza Adorno la vida lograda, oponiéndose a cierto ideal contemporáneo de «actividad sin trabas, de creación ininterrumpida, (...) de libertad como pleno rendimiento», y al correspondiente imperativo secretamente productivista de «realizarse», de agotar todas las posibilidades y exprimir la vida al máximo.1 De acuerdo, pero a pesar de eso Adorno no dejó de trabajar incesantemente en sus propios libros, y me pregunto cuántos días o semanas era capaz de aguantar sin trabajar, sin sentarse a su escritorio para continuar con su tarea. Pero si estos filósofos, que rechazaron el productivismo febril de nuestra época, no podían soportar la vida sin trabajar ni producir, entonces sus propias vidas son la prueba de que hay una forma de vivir que no es ni la de quien no se apasiona por nada, ni la de quien se apasiona y se limita a ser feliz sin hacer nada —sin expiar su felicidad produciendo algo a cambio—. A esa otra forma de vida, feliz pero productiva, tendría que aspirar yo, y por eso debería escribir más, y hacerlo más libremente.
Pero al pensar de este modo, ¿no me dejo arrastrar nuevamente a la trampa de la culpabilización? Quizás sí. Aunque más bien me parece que no sé vivir de otra forma, y que la inquietud y la melancolía que suelen dominarme y atormentarme remiten especialmente —quizás únicamente— cuando estoy trabajando, y tanto más cuanto más absorbente es el trabajo. Cada artículo académico logra ese efecto cuando se produce cierto anclaje particular de las ideas y los argumentos, a partir del cual ya sólo se trata de avanzar por un raíl, casi como si ya no fuera uno mismo quien está escribiendo. Y sobre todo, experimenté esa delicia de la desconexión casi completa de mí mismo cuando escribí el libro sobre mi viaje al Ártico. Desde entonces echo de menos la felicidad incomparable de ver cómo se me van las horas muertas, la sensación de dejarme atrapar por la escritura, una tarea que en mi caso no suele ser torrencial, sino que discurre lentamente, como el trabajo de un artesano. Así querría vivir yo siempre. No sé si sería muy vitalista, dionisiaco o nietzscheano ese modo de vida, aunque intuyo que, por lo que respecta al propio Nietzsche, se parecería más a su realidad que a sus palabras, a su práctica que a su prédica. Y para acercarme a esa forma de vivir, he venido a pasar un mes a San Juan de Plan, en el valle de Chistau, a solas y en pleno invierno.
* * *
Hoy está lloviendo y es domingo, así que no saldré del apartamento para ir a algún sitio (al monte, o al único bar de Plan que abre en estas fechas, aunque no los domingos). Pero me encuentro bien aquí, porque este piso ha tenido desde el primer momento la rara cualidad de resultarme totalmente familiar. Hace dos o tres días comprendí la razón de esa familiaridad. Se parece a otros lugares que he apreciado mucho, y en los que he sido muy feliz: el piso que teníamos en Los Molinos, en la sierra de Madrid, cuando era niño; o la casa grande y destartalada que alquilé durante un tiempo en Ourol, una aldea de la provincia de Lugo; o el apartamento de Sabiñánigo en el que vivía Mónica cuando nos conocimos. Desde hace un par de días el silencio es completo, porque ya se marchó una pareja joven que ocupaba el apartamento de arriba. Tengo dos habitaciones y un balcón desde el que se ven los tejados del pueblo y, tras ellos, dominando el paisaje, la enorme masa de las montañas del otro lado del valle.
Salgo cada día a caminar (salvo hoy, que está lloviendo), y como ayer era sábado, me aventuré a una excursión más larga hasta el ibón del Sen. No pude llegar, porque olvidé traer de Zaragoza mis crampones y encontré mucha nieve helada a partir de cierta cota. De hecho tuve un pequeño accidente, afortunadamente sin mayores consecuencias que algunos rasguños en los dedos, que estuvieron sangrando durante un rato. A la altura del refugio de Las Pardas el camino se perdía un poco, porque muchas de las marcas de la ruta estaban cubiertas por la nieve. Otras quizás eran visibles, pero no para mí, porque no llevaba conmigo mis gafas graduadas (primer error). Me pareció que el camino correcto atravesaba una ancha superficie de nieve helada, así que intenté cruzarla a pesar de no llevar crampones (segundo error). Durante el camino ya había cruzado otras pendientes en las que la nieve estaba bastante blanda y podía hundir las botas pateándola un poco. Además, esta nueva superficie nevada estaba al sol, así que pensé que también podría cruzarla. Avancé por ella, pero al cabo de unos metros me di cuenta de que el siguiente paso me obligaba a poner el pie sobre un tramo de nieve dura, completamente helada. Quise retroceder, pero resbalé. Caí boca arriba y me deslicé sin control como por un tobogán, aunque por suerte cruzó por mi mente una técnica de «autodetención» en la nieve que practiqué alguna vez, y que exige, ante todo, darse la vuelta y ponerse de cara a la nieve. Lo hice sin soltar los bastones, y logré detenerme clavando los dedos en la nieve helada, pero en el momento de cruzar aquella superficie nevada hacía calor y no llevaba puestos los guantes (tercer error), así que las yemas de algunos dedos quedaron entumecidas, y otras sufrieron rasguños que después sangraron bastante. Una vez detenido y boca abajo, repté lateralmente hasta alcanzar la hierba. Ya en terreno seguro, me enfadé conmigo mismo y me dije en voz alta: «eres un novato, eso es lo que te pasa». Con el agua de mi botella y unas tiritas lavé y curé los rasguños de los dedos, y después me tumbé al sol sobre la hierba seca, dando más o menos por finalizada la caminata. No me pasó nada, pero el accidente podría haber sido más grave, si no hubiera sido capaz de darme la vuelta y detenerme pronto cuando me deslizaba pendiente abajo. Lo tomo como un aviso, como una novatada montañera.
Pese a aquel percance, me sentí muy feliz tumbado al sol sobre la hierba, contemplando ya desde muy arriba los montes impresionantes que rodean el valle de Chistau. Son los mismos montes que ahora veo frente a mí, a través de la ventana del apartamento, pero allí arriba el campo de visión se ampliaba muchísimo, como si hiciéramos retroceder el zoom de una cámara. Me pareció que no necesitaba nada más en la vida, y que podría vivir siempre en un pueblo como este saliendo a caminar regularmente por el monte. El día que llegué a San Juan de Plan eliminé la aplicación de WhatsApp del teléfono móvil, tras informar a mis amigos y a mi familia mediante un mensaje. Ya antes les había pedido que no me llamaran durante este mes si no había ningún motivo urgente, una petición que quienes me conocen entendieron perfectamente, y que da un poco de envidia a más de uno. Mi propósito era regresar por un tiempo a la época anterior a la colonización de nuestras vidas por el teléfono móvil y los mensajes incesantes. Mi objetivo era el silencio, la desconexión y la calma. Y he logrado las tres cosas al cabo de una semana. No veo a nadie, no hablo con nadie, salvo con los dependientes del supermercado o con la camarera del bar de Plan, al que me acerco a tomar café al regresar de mis caminatas, justo antes de que se haga de noche. Y sobre todo, he logrado desintoxicarme de esa urgencia estúpida y febril que suele inducirme a consultar el correo electrónico varias veces al día, o a atender de inmediato a los mensajes instantáneos, que nos mantienen constantemente alerta, pendientes y disponibles (y eso que yo recibo pocos). Esta desconexión es seguramente lo que más necesito. Si llevo ahora un rato largo escribiendo en este cuaderno, en un silencio completo que sólo altera el rumor de la lluvia y el ladrido de algún perro, es porque he cegado desde hace días esas dos fuentes de distracción e inquietud. Si no logro nada más a lo largo de este mes, ya habré logrado algo valioso, en cualquier caso.
* * *
No tengo la sensación de haber dejado mi casa por un tiempo, sino más bien todo lo contrario: la de haber llegado a ella. Las caminatas diarias por el monte —subo cada día hasta Gistaín por un sendero, y luego hago alguna ruta más o menos larga que termina casi siempre en Plan, desde donde regreso a San Juan por el camino que remonta el río— me recuerdan a los largos y solitarios paseos de mi infancia por el campo en Los Molinos. Y la vista desde el apartamento, la presencia imponente de estos montes que marcan las horas por la posición del sol —las Diez, las Once y Mediodía—, me recuerda también a la amplia panorámica de La Peñota y los Siete Picos que se veía desde la terraza del piso que tenían mis padres en aquel pueblo de la sierra madrileña. Lo que estoy haciendo aquí enlaza, pues, con cosas que ya hice muchos años atrás, y entre ellas podría incluirse también escribir en este cuaderno, que pronto se convertirá en un diario, si mantengo la constancia de anotar en él mis reflexiones. Lo único que me pesa es que estoy bastante ocupado. Habría sido perfecto venir aquí sin obligaciones, con sólo tres o cuatro libros escogidos caprichosamente. O al contrario: venir con el objetivo de, por ejemplo, escribir un libro, y entonces concentrarme completamente en esa tarea. Pero lo que yo tengo que hacer es, como siempre, preparar clases, un trabajo de Sísifo que se convierte fácilmente en una trampa, en un sumidero de tiempo, en un agujero negro, porque las clases nunca están bien preparadas, nunca salen del todo bien, y año tras año tengo que revisarlas cuidadosa y pacientemente, incluso si no abordo temas nuevos. No es un trabajo obsesivo, ni en general penoso. Y tiene su recompensa, porque las clases mejoran cada curso. Pero es un trabajo interminable, que podría engullir todo mi tiempo impidiéndome ampliar mis lecturas, y por supuesto escribir. También ahora preferiría no tener tanto que hacer.
* * *
En la carretera que termina en Gistaín, justo a la entrada del pueblo, he visto hoy un pequeño cobertizo en el que no me había fijado antes. Construido en piedra, abierto, recogido, y con tejado a dos aguas. Lo he visto de lejos y estaba lloviendo bastante cuando he pasado por allí, pero me ha parecido que en el techo tiene una bombilla, y por tanto está iluminado. Tiene todo el aspecto de una ermita modesta, de un lugar recoleto, apto para la oración, la ofrenda humilde, la devoción sencilla. Pero yo diría que es, más bien, una parada de autobús. Y esto me ha hecho pensar en la filosofía neorrural de Heidegger.
En uno de sus escritos tardíos más celebrados, Heidegger distingue las construcciones en las que es posible habitar propiamente, y aquellas otras, inhóspitas, en las que, no obstante, pasamos nuestro tiempo o nuestras vidas. «No todas las construcciones son moradas», escribe Heidegger, y añade, con su habitual solemnidad, que no en todas «acontece un habitar».2 Cualquiera que esté familiarizado con la última filosofía de este autor ya puede figurarse cuáles son las verdaderas moradas, y cuáles las construcciones en las que el «habitar» no «acontece». Las moradas habitables son, en general, las que pertenecen a épocas preindustriales, mientras que las construcciones inhóspitas corresponden más bien a nuestro propio tiempo, que Heidegger contempla siempre con una mirada distanciada y sombría. Una casa campesina es una morada, un puente de madera pertenece a un mundo todavía habitable, mientras que una autopista, una fábrica o una central eléctrica han perdido toda cualidad hogareña. El mundo surgido de la revolución industrial, tecnificado y repleto de artefactos, es para Heidegger un mundo cada vez menos acogedor, y por eso también nuestras viviendas han dejado de ser moradas. No importa mucho cómo sean: pueden ser cómodas, pueden ser amplias, «tener una buena distribución, facilitar la vida práctica, tener precios asequibles, estar abiertas al aire, la luz y el sol»,3 pero nada de esto garantiza que en ellas sea posible habitar en sentido propio. Naturalmente, uno se pregunta en qué consiste, entonces, ese «habitar» que parece que hemos perdido, o que estamos perdiendo, en las sociedades industriales. Y para responder a esa pregunta, Heidegger echa mano de la etimología, que emerge como la diosa Erda desde las profundidades de la lengua para advertirnos que, en realidad o «esencialmente» —es decir: aunque no lo parezca en absoluto—, las arcaicas palabras alemanas bauen (construir), buan (habitar) y bin (soy, ser) forman una aleación conceptual de la que cabe obtener alguna pista sobre «cómo debemos pensar el habitar». Según esas asociaciones etimológicas, construir es habitar, y habitar es ser. O por decirlo de otro modo: «el hombre es en la medida en que habita».4
Como suele suceder en los textos de Heidegger, especialmente en los últimos, estas conexiones de ideas son más asociativas que argumentativas, y las frecuentes excavaciones hasta la raíz de las palabras posiblemente no tengan mucha credibilidad filológica. No obstante, está bastante clara la idea que Heidegger quiere expresar mediante ese recurso, quizás innecesario, al arcaísmo lingüístico: las construcciones habitables son aquellas en las que podemos ser, o existir, o sencillamente vivir, de un modo propiamente humano. Y para Heidegger, el modo de habitar propiamente humano —o auténtico, o esencial— exige de nosotros algo que en nuestra época estamos perdiendo: cierta contención, cierta mesura, incluso cierta austeridad. Todas estas virtudes nos resultan cada vez más ajenas, pero aún perviven en el mundo rural, donde habitar todavía significa cuidar la tierra, cultivarla, tal como hace la agricultura preindustrial, pero ya no la agricultura intensiva, y desde luego no la industria. La Modernidad, nuestro propio tiempo, la época de la industrialización y de la técnica, es una época de desmesura, de exceso, y de una voluntad de poder desbocada que se expande en todas direcciones como una mancha de aceite, convirtiendo la Tierra en un desierto, en un lugar inhabitable.
A la aridez del mundo moderno contrapone Heidegger su famoso y un poco pintoresco concepto de «Cuaternidad», que en el fondo no es otra cosa que la evocación embellecida de una sociedad preindustrial y no del todo secularizada.5 Antes de nuestra propia época, la Tierra, el Cielo, los Divinos y los Mortales formaban una «cuaternidad», algo así como un rombo o una polifonía a cuatro voces. Los mortales —nosotros— aún sabían cómo cuidar y habitar la Tierra sin dominarla ni explotarla, y tenían, por tanto, una conciencia de sus límites más clara que la nuestra. Por eso también «acogían el cielo como cielo», y no aspiraban a conquistar las estrellas, ni a abolir la sucesión natural de las estaciones, ni a suprimir la diferencia entre el día y la noche transformando la vida en «una carrera sin reposo». En cuanto a los dioses, quizás ya se habían ausentado de ese mundo, pero algo de ellos habían dejado atrás, puesto que aquellos hombres —a diferencia de nosotros— aún sabían «esperar las señas de su advenimiento, y no desconocían los signos de su ausencia», y eran también «capaces de la muerte como muerte», es decir: entendían y aceptaban su finitud mejor que nosotros. Los vestigios de aquella extinta forma de habitar el mundo los hallamos aún en esas construcciones premodernas —puentes de madera, casas campesinas, templos griegos— que parecen aferrarse a su tranquila existencia anacrónica, mientras a su alrededor se construyen autopistas, polígonos industriales o centros comerciales, y sube imparable la marea de lo inhóspito.
Volvamos ahora al cobertizo que vi cerca de Gistaín. «Las auténticas construcciones —escribe Heidegger— marcan el habitar llevándolo a su esencia y alojan esta esencia.»6 De acuerdo, bien. Pero si las construcciones recoletas y edificadas en piedra, cumpliendo todos los requisitos del «construir» que es también un «habitar», son hoy, en realidad, paradas de autobús, ¿qué validez tiene toda esta filosofía? ¿A qué mundo pertenecerá una construcción de este tipo? ¿Al de la «Cuaternidad» o al nuestro? ¿Al rural o al industrial? ¿Al premoderno o al inhóspito? Veo en Heidegger una enorme mistificación (e idealización) de lo rural, que a mi juicio tiene más valor como síntoma que como diagnóstico de su época. La última filosofía de Heidegger es el canto del cisne del mundo preindustrial. Registra, como lo haría un sismógrafo, la consumación de la industrialización, de un modo no muy distinto a como el ludismo registró la sustitución de las manufacturas por las máquinas. Pero el contenido teórico de esos últimos escritos heideggerianos es tan desesperadamente anacrónico, tan regresivo, que en el fondo resulta irrelevante, más allá de su condición testimonial de un cambio de época. A mí Heidegger, que me fascinó en Ser y tiempo, me produce verdadero bochorno en algunos pasajes de sus ensayos tardíos. Por ejemplo cuando, en ese mismo ensayo sobre el construir y el habitar, se refiere, por supuesto elogiosamente, a esas casas de campesinos «de la Selva Negra» en las que todavía se reserva un rincón para «la imagen de Nuestro Señor». Quizás se debe a que no me crié en la Selva Negra, pero a mí la evocación de las viviendas de los campesinos preindustriales más bien me recuerda a la miserable covacha de la Régula y Paco «el Bajo» en Los santos inocentes de Miguel Delibes. Además, estoy convencido de que los campesinos que tengan un hueco libre en el salón de su casa, más que «la imagen de Nuestro Señor» pondrán ahí un mueble y un televisor. Esto ya era así, o estaba empezando a ser así, en la época en la que Heidegger escribía esas frases, y si algo puede aprenderse de esos últimos textos suyos es la irrelevancia a la que se verá condenada, antes o después, toda filosofía que vuelva completamente la espalda a su época. El nombre de Heidegger perdurará con toda justicia como el del autor de Ser y tiempo, pero esos otros escritos posteriores a la famosa Kehre están muertos. A los estudiosos de mi edad todavía pueden interesarnos, pero me pregunto si alguien seguirá leyéndolos dentro de, digamos, treinta o cincuenta años.
Pero un rato después, ya en el mirador que, en lo alto de Gistaín, ofrece una vista del pueblo y de Plan (pero no de San Juan, que queda oculto en el fondo del valle), he vuelto a pensar en Heidegger. Ese Ser que no es en modo alguno un ente, pero que sostiene todo ente —a la manera en que las manos de Dios sostienen el caer o el discurrir de las cosas en un extraordinario poema de Rilke—, bien podría ser el silencio que acompaña al caminante en la montaña, sobre todo si, como creo que hacía Heidegger, no se aleja mucho de los pueblos, de los lugares habitados, y contempla las casas, los rediles y los campanarios desde la distancia y desde cierta altura. Ahí uno tiene realmente la sensación de que, además de cuanto hay, hay Algo Más que lo envuelve todo, y ese algo es la quietud, que deja de ser mera ausencia de ruido y trasiego para adquirir una cualidad tangible, un espesor propio. Por supuesto, Heidegger me reprocharía no haber entendido sus ideas. El Ser no es el silencio porque el Ser no es un ente, y el silencio es algo empírico, una entidad tal vez ontológicamente más sutil y esquiva que una sustancia aristotélica o que un objeto cartesiano, pero desde luego no menos óntica que esas otras cosas. De acuerdo, admito que estoy malinterpretando a Heidegger. Pero es Heidegger mismo quien, contradiciendo su propia distinción entre Ser y Ente, emplea continuamente una metáfora sensorial para referirse al primero: la metáfora de lo abierto, la claridad, la luz. El Ser es —dice Heidegger, retomando imágenes que aparecen frecuentemente en los escritos de teólogos, poetas y místicos desde la Edad Media— el claro que se abre en la espesura, o la luz en la que se muestran las cosas, sin ser ella misma una de esas cosas que se muestran:
Por encima y más allá de lo ente, aunque no lejos de él, sino ante él (...) se presenta un lugar abierto. Hay un claro. (...) Este centro abierto no está rodeado de ente, sino que el propio centro, el claro, rodea a todo lo ente como esa nada que apenas conocemos.7
Pues bien, si Heidegger emplea una metáfora visual, yo propongo utilizar una metáfora sonora o auditiva, y entonces diré que el Ser «que sostiene en sus manos, con infinita delicadeza, este caer»,8 es, efectivamente, el silencio que envuelve los montes en los alrededores de los pueblos, especialmente en otoño o en invierno, y especialmente a la caída de la tarde. El Silencio (el Ser) resalta todavía más cuando suenan al fondo del valle las campanas de la iglesia dando la hora, y no hay en el mundo nada más heideggeriano que todo esto.
* * *
