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Vislumbrar el hilo dorado que nos conecta con el origen. Preguntarnos para qué vivimos. Entender al ser humano a la vez como encuentro y exilio. Entrañarnos en nuestro tiempo y espacio para saborear la eternidad. Abrir el corazón, templo en el que el cielo se une con la tierra. Encontrar el milagro en cada callejón sin salida. Tejer puentes en los abismos. Y maravillarnos de hallar compañeros de aventura. A medio camino entre la autobiografía y el ensayo, la poesía mística, la historia y la filosofía, Mardía Herrero plantea en esta pequeña obra maestra la noción de hermandad transversal, una comunidad sutil sostenida por la conciencia compartida de que lo vertical y lo horizontal son uno, lo trascendente y lo inmanente, lo absoluto y lo relativo, el misterio y lo conocido. Amarás es un testimonio apasionado de amor humano y divino, una exploración del mensaje esencial de las tradiciones, una respuesta entusiasmada a los desafíos, personales y colectivos, de nuestro tiempo.
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Seitenzahl: 97
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Editorial Siglantana S. L., 2023
© Mardía Herrero, 2023
www.siglantana.com
Instagram: @siglantana_editorial
YouTube: www.youtube.com/siglantanalive
Cubierta: Silvia Ospina Amaya
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ISBN: 978-84-18556-52-4
A mis hermanos transversales. Gracias.
«Yo era un tesoro escondido y amé ser conocido.»
Dicho del profeta MUHAMMAD, como canalizador de la voz divina
«Una historia —una historia verdadera— puede curar tanto como la medicina.»
Eben ALEXANDER, La prueba del cielo
«—Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la ley?
Jesús contestó:
—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas.»
Evangelio de MATEO 22, 36-40
1. El hilo de oro
2. Somos uno. Somos únicos
3. Decirme
4. Intención y sentido. ¿Alguien sabe para qué vivimos?
5. Mi historia
6. Transversal. O del corazón
7. Hermandad universal y hermandad particular
8. Elementos de una hermandad transversal
9. Cómo convertirnos en tejedores de puentes
10. Epílogo:Francisco y el sultán. Francisco y la hermandad
Bibliografía
El hilo y el tejido son motivos constantes en la mitología.
Ariadna, hija del rey de Creta, se enamora perdidamente de Teseo cuando este se dispone a entrar al laberinto a matar al Minotauro. Ella le entrega un hilo mágico —al parecer no se enredaba, quizá no se rompía— que el joven deberá extender según camina y que le permitirá, una vez vencido el monstruo, regresar a casa. A la entrada del laberinto.
Al origen de toda aventura.
Ariadna le da el hilo a Teseo porque lo ama y le hace prometer que se casará con ella cuando regrese. Es decir: el hilo es una señal del amor que hay en el origen y una promesa de lo que sucederá tras el reencuentro. Eso significa la continuidad del hilo: la profunda unidad que habita en la conciencia de la fuente y que se vierte a la vez en la nostalgia y la esperanza.
Teseo mata al Minotauro, recorre de vuelta el laberinto y regresa vivo. Se marcha con Ariadna en barco y entonces aparece el dios Dionisos y le dice que Ariadna no es para él y que debe renunciar a ella. Romper (¿cortar el hilo?) su promesa.
Teseo no puede decirle que no al dios.
Abandona, mientras duerme, a Ariadna en la isla de Naxos. Ella despierta sola. En el horizonte, el barco de Teseo se aleja.
He imaginado muchas veces la desesperación de Ariadna en esa playa. La modernidad me parece, a veces, el estado de Ariadna en esa playa.
Yo he sido a veces Ariadna en esa playa.
La imagino llorando. Desconsolada. Desconcertada. Confusa. Las herramientas que tenía para interpretar la vida ya no le sirven. Siente mucho dolor. Lo único que la mantiene con vida es el simple acto de tejer, que es, en el fondo, una manera de respirar. Nada tiene sentido ahora. Pero aún respira.
Ulises permaneció vivo porque Penélope no acabó de tejer nunca la mortaja para su suegro.
La continuación del hilo en el tejido es la afirmación de la vida. Más allá incluso de la muerte de la esperanza. Esa continuidad es conexión con el origen, como el cordón umbilical es conexión del bebé separado con la madre que lo llevó en su vientre. El hilo indica la entrada y la salida de cada laberinto. Nos habla de una conexión que es vertical y horizontal: entre nosotros y el misterio; entre nosotros y los demás seres. Entre nosotros y nosotros mismos.
La diosa china Hsi Wang Mu, diosa de la fertilidad, la maternidad, la abundancia, usa un hilo dorado para tejer una tela que se extiende por el cielo y conecta a todas las personas y cosas del mundo.
Vicente Ferrer decía que nuestra vida era como un tejido. Mientras estábamos a este lado solo podíamos ver los nudos y burdas imágenes confusas. El dibujo permanecía velado, pero se descubría claro, plagado de sentido y amor, cuando pasábamos al otro lado. Ensamblado con hilos de oro.
Ariadna sigue tejiendo y al final se casa con un dios. Seguir respirando cuando algo duele nos abre a veces a horizontes insospechados.
El hilo es dorado y también invisible. O al menos se vuelve invisible a nuestros ojos, entrenados para no verlo.
A veces tengo la sensación de que el gran problema del mundo actual es la desconexión. Esto suena paradójico, porque a la vez estamos más conectados que nunca. Octavio Paz decía que la modernidad era una tradición de la destrucción: su pasión crítica acababa por destruir todo lo que creaba; una tradición de la tijera, podríamos decir.
Pero, como todo lo que se manifiesta, la modernidad ha sido también revelación. Necesitaba revisar lo dado por bueno para limpiar la tradición de sus traiciones, como fuego purificador. Me explico. Toda circunstancia histórica nace de la creatividad del uno transformándose en dos. La dualidad sostiene la existencia. Así, toda tradición cumple una doble función: la de guardar el tesoro que la originó, que no es otra cosa que la continuidad del hilo dorado y su conexión con el origen, el hecho de que en realidad somos dos pero somos uno; y a la vez, la de traicionar ese acto originario, o sepultar el hilo bajo capas de polvo que lo vuelven casi invisible.
El extremo de la propuesta moderna es el olvido del hilo. O la creencia (¡sí, una creencia a pesar del racionalismo!) de que no hay hilo. O la voluntad de cortarlo para hacernos independientes. Algunas de las vanguardias literarias llegaron al punto radical de solo generar incomunicación a través de la palabra. Porque, en el fondo, no hay comunicación sin hilo.
No hay esperanza sin hilo. Ni sentido. Ni amor detrás de lo que ocurre. Ni deseos de continuar como humanidad. Sin hilo, Ariadna, una vez abandonada, se hubiera dejado morir.
Esta tentación moderna de alcanzar la independencia o desconexión con la fuente nos asoma a lo que podríamos denominar el mal puro, identificado por los cabalistas como Amalek. Para místicos sufíes como Ibn Arabi, todo lo que se manifiesta revela, por el mero hecho de aparecer, una porción de la luz divina. Lo que no participa de lo divino, no puede ser manifestado. El mal puro, por tanto, se destruye inmediatamente a sí mismo. Cortar el hilo es a la vez morir.
Es decir, vivimos porque el hilo está. Muchos lo veíamos cuando éramos niños y lo olvidamos enfrascados en los quehaceres de la vida adulta. Otros lo descubrimos de repente detrás de las sincronías. Hay quienes lo reconocen sin dificultad tirando del corazón y quienes lo atisban después de prácticas continuadas de meditación, oración o ayuno. Algunos se tropiezan con él mientras caminan por el bosque, otros lo sienten latir en la obra de arte, otros lo habitan detrás del amor familiar o la vocación laboral, el servicio o la caricia.
Ahí está. Es el hilo que nos conecta, en sagrada continuidad, con lo divino y el misterio, con lo más hondo de nosotros mismos, y con las demás personas, seres de la creación, animales, plantas, piedras, el universo entero. Descubrirlo es entender que hemos nacido, en realidad, para tejer con él. Para amar desde nuestras circunstancias relativas. Para ser amor que atraviesa el tiempo y el espacio.
La máxima hermética «como es arriba es abajo» se encuentra de un modo u otro en todas las tradiciones. «En la tierra como en el cielo», rezó Jesús. «Kéter (la corona) es Maljut (el reino)», dicen los cabalistas. «Conócete a ti mismo y conocerás a tu señor», dijo el profeta Muhammad, conectando su corazón con una frase muy similar a la que inspiraba al buscador que llegaba hasta el templo de Apolo en Delfos.
Saborear estas palabras nos convierte, automáticamente, en tejedores de puentes con hilos de oro. La modernidad busca sedienta volver a conectarse. La etimología de religión tiene que ver con esa religación, aunque no siempre se puso a su servicio.
Hay tejedores de puentes con hilos de oro floreciendo por todas partes. Los psicólogos transpersonales, por ejemplo, han tendido espacios de encuentro entre la tradición y la modernidad, y la psicología y la espiritualidad.
Hay tejedores de puentes intentando unir el individualismo y la pluralidad del ser, abrazados por el mundo moderno, con la unidad última y el misterio o lo divino. Lo absoluto y lo relativo. Lo material y lo espiritual, a través de lo que denominamos una espiritualidad encarnada.
Jorge Ferrer, el teórico del giro participativo en psicología transpersonal, habla en sus obras de la posibilidad de desplazar la experiencia de la unidad desde la búsqueda de un megasistema religioso, que nos unifique, hacia la conciencia, y el gozo, común a todos, de la fuerza generativa del misterio.
Me explico. Todos somos hermanos si ponemos nuestra mirada en la matriz. La pluralidad de seres, creencias y formas religiosas se vuelve experiencia de beatitud y comunión cuando no hemos soltado el hilo de oro que nos conecta con esa especie de madre divina. Cuando nos saboreamos Uno. La experiencia de asombro ante la belleza de la creación se vuelve entonces inefable. La diversidad cobra su verdadera dimensión. Imagina flores nunca vistas, piedras preciosas donde hay rocas, esa realidad que no se agota nunca en la multiplicidad de la manifestación para poder ir ensanchando la capacidad de acogida de tu corazón.
La espiritualidad encarnada me lleva una y otra vez a santa Teresa. Recuerdo la diferencia que había para ella, en Las moradas o El castillo interior, entre la sexta y la séptima morada. En la sexta, habiendo el orante entregado su voluntad a la voluntad divina, siente a la vez dolor y dulzura en el corazón. El dolor depende de su conciencia de estar aún en esta vida de separación («vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero», decía). La dulzura se da por la experiencia de la unión y por el hecho de empezar a saborear muchos secretos. En la séptima morada, sin embargo, la pena se marcha, porque el fin último de quien ora son las obras y el alma se entrega ya por completo a Su servicio. «No solo no desean morirse», dice Teresa, «sino vivir muy muchos años padeciendo grandísimos trabajos, por si pudiesen que fuese el Señor alabado por ellos, aunque fuese en cosa muy poca» (Las moradas, 7ª morada, 3, 6).
Cuando Treya, la mujer que cocreó con Wilber la historia que se narra en el maravilloso libro Gracia y coraje, está a punto de morir, regalándole al filósofo las horas más alucinantes y tiernas de su vida, le pide, por favor, que vaya a buscarla. Estas palabras se quedan pendidas del relato como el corazón ante un abismo. Wilber aprenderá a ver a Treya, después, en las hojas que caen del árbol, los pájaros asomados a la ventana o la brisa que le roza el rostro. Pero el lector sigue preguntándose, una y otra vez, si realmente Treya se ha fundido con el todo tras fallecer, como la gota en el océano, o si es el océano el que cabe en una gota.
