Amor o traición - Laura Martin - E-Book
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Amor o traición E-Book

Laura Martin

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Beschreibung

Amber necesitó de toda su habilidad como actriz para infiltrarse en el imperio económico del millonario Michael Hamilton, pero la determinación de vengar a su hermanastra le ayudó a conseguirlo. Michael era un maniático de la ediciencia y Amber no había trabajado jamás en una oficina. Su aspecto era el de una secretaria personal pulcra y competente, ¿pero cómo podría estar a la altura de un jefe tan exigente? Un viaje de negocios a Amsterdam la puso a prueba. Tendrían que trabajar juntos noche y día. Pero las exigencias del trabajo no eran lo único que le preocupaba. ¿Cómo iba Amber a evitar enamorarse del hombre al que se había propuesto traicionar?

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Seitenzahl: 197

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1997 Laura Martin

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor o traición, n.º 908- agosto 2022

Título original: Falling for the Boss

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1141-083-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Amber, ¿estás loca? Michael Hamilton no es ningún estúpido; es un lobo con piel de lobo y una mente que parece una trampa de acero. Te descubrirá enseguida.

—No, no lo hará —sonrió Amber a su hermanastra, quien yacía tumbada en su cama apretando un pañuelo empapado entre los dedos—. No me voy a meter en esto con los ojos cerrados. He investigado —sostuvo el elegante traje azul marino contra su cuerpo y se miró al espejo—. ¿Qué te parece? No soy yo exactamente, ¿verdad?

—Demasiado elegante —repuso Beatrice—. Y parece caro. ¿De dónde lo has sacado? —preguntó con suspicacia.

—Es prestado —anunció Amber con satisfacción—. ¿Te acuerdas de Carol, que dejó la universidad y ahora dirige una agencia de publicidad? Tiene un guardarropa del tamaño de esta habitación. Filas y filas de trajes de todos los colores…

—¡Tú no has hecho eso!

—Claro que sí. ¿Por qué no? —se encogió de hombros—. No le ha importado. A decir verdad, le ha gustado mi idea. Carol siempre ha sido muy osada —subió hacia arriba sus trenzas—. ¿Me hago un moño? Supongo que quedará más sofisticado.

Se volvió al ver que la otra no contestaba.

—Vamos, deja ese aire de desaprobación —suspiró—. A Carol no le ha importado prestarme ropa. ¿Qué tiene de malo recurrir a una amiga en un momento de necesidad?

Fijó sus ojos dorados en su hermanastra y maldijo a Michael Hamilton por enésima vez.

—Tú acudiste a mí, ¿no?

Beatrice suspiró.

—Te llamé en busca de apoyo. No esperaba que llegaras hasta ese punto —se mordió el labio inferior con preocupación—. Michael Hamilton es un hombre poderoso y no quiero que te metas en líos a causa de mis problemas. ¿No crees que este plan tuyo sólo conseguirá empeorar las cosas?

—¿Es que pueden empeorar? —preguntó Amber con brusquedad.

Apartó un mechón de pelo del rostro de su hermana. Quería mucho a Beatrice, era una chica llena de dulzura.

Recordaba todavía el momento en que fueron presentadas. Aunque eran muy opuestas, se cayeron bien desde el principio y no tardaron en empezar a quererse. Había sido estupendo tener a alguien con quien compartir cosas y saber que su madre volvía a ser feliz después de sufrir tanto. Y el padre de Beatrice era un buen hombre, no tan maravilloso como su padre, pero amable, divertido y comprensivo, en especial con la decisión de Amber de seguir utilizando su apellido paterno después del nuevo matrimonio de su madre.

Pensó con alivio que eso les serviría en aquel momento, ya que el diabólico jefe de Beatrice no podría relacionarla con su hermanastra.

—Vamos, Bea, deja de preocuparte tanto. Michael Hamilton te ha tratado muy mal y lo sabes. Nunca te había visto tan disgustada. Tú no estás dispuesta a vengarte de ese gusano, pero yo puedo intentarlo —tragó saliva—. No podemos dejar que trate a la gente como si fueran objetos de su pertenencia. No es justo. Hay leyes contra el acoso sexual.

—No me acosó exactamente… —empezó a decir Beatrice.

—Pero se insinuó, ¿no? Y tú dijiste que te hizo la vida imposible cuando rechazaste sus avances. De no ser así, ¿por qué ibas a haber dimitido tan de repente?

Volvió la vista y no vio el ceño preocupado de su hermana.

—Carol me ha dado también unas referencias estupendas. Habla tan bien de mi integridad y responsabilidad que casi empecé a creer que había trabajado para ella. Menos mal que acabé aquel curso de mecanografía y taquigrafía y sé bastante francés. Parece que voy a necesitar todo eso, ¿eh?

—Sólo si consigues el empleo —repuso Bea—. Y, para ser sincera, Amber, no te imagino haciéndolo. Ya sé que te consideras una buena actriz, pero no será fácil ser ayudante personal de alguien como Michael Hamilton —levantó las manos en un gesto de desesperación—. No sabrás ni por dónde empezar. ¿Y qué hay de tu amiga Carol? ¿No se buscará problemas? Unas referencias falsas pueden considerarse como un fraude o algo peor.

Amber apretó los labios con resolución. No quería pensar en lo que ocurriría si la descubrían. Su lema siempre había sido mostrarse positiva y le había servido hasta entonces. Suspiró. Menos mal que era optimista, ya que los últimos meses habían sido una especie de desastre; había acabado la universidad con la esperanza de encontrar un puesto de profesora pero, hasta el momento, no había conseguido nada.

—No temas; aprenderé sobre la marcha —dijo, poniéndose la chaqueta del traje—. Siempre lo he hecho.

—Te advierto que Michael es un maniático de la eficacia —murmuró Beatrice—. Es duro como el acero. Si alguien no está a la altura, se lo hace pasar mal.

—¿En serio? —Amber mantuvo la vista fija en el espejo—. ¿Cómo de mal?

—Muy mal. Una bronca y una expulsión sin darte una segunda oportunidad. Sabe cómo humillar a la gente —sollozó—. Créeme, ese hombre puede aniquilar la autoestima de una persona con unas cuantas palabras.

—Vamos, Bea. No dejes que lo ocurrido con ese cerdo te afecte más. No vale la pena.

—Pero…

—Y no te preocupes por mí. Sé cuidarme sola. Sé que crees que esto es una locura, pero es mejor que quedarse sentadas sin hacer nada, ¿no?

En su opinión, cualquier cosa tenía que ser mejor que eso.

 

 

—Puedes hacerlo. Eres una buena actriz. El grupo de teatro de la universidad lloró en pleno cuando te marchaste. Esto es un papel más.

Amber echó la cabeza hacia atrás y miró el alto edificio de cristal que brillaba bajo el sol de un día de primavera. Pensó que era un monumento a la riqueza del imperio de construcción Hamilton y trató de ignorar el nudo nervioso que se había formado en su estómago. Era un edificio tan elegante como cualquier otro del corazón de la ciudad: exudaba éxito y poder.

Respiró hondo y se acercó a la puerta mirando su reloj con nerviosismo. Faltaban cinco minutos para su entrevista. ¿Tendría buen aspecto? Había pasado mucho rato cerciorándose de que cada detalle era correcto; llevaba el traje azul marino y unos zapatos elegantes de poco tacón con los que se sentía distinta. El pelo tampoco era el mismo de siempre: domesticar sus rizos y formar con ellos un moño en la parte baja del cuello había sido una pesadilla.

Vaciló en la puerta y se detuvo a mirar su reflejo en el cristal. ¡Maldición! Los rizos empezaban a escaparse ya.

Dejó su maletín en el suelo de la entrada y se los arregló con rapidez. Sabía que, si no hacía algo en ese momento, parecería una mujer salvaje antes de la entrevista.

Retrocedió para verse mejor en el cristal oscuro y al momento siguiente cayó al suelo de culo, con la falda hasta la mitad de los muslos.

—¡Por el amor de Dios!

Atónita por la inesperada colisión, levantó la cabeza. Vio un traje oscuro, una corbata de seda y una mano larga que avanzó hacia ella y la puso en pie sin ceremonias.

—¡Qué lugar tan estúpido para pararse!

No le gustó la voz; podía ser profunda y resonante, pero el tono resultaba completamente irritante.

Amber levantó la barbilla.

—Debería mirar por dónde va.

Unos ojos azules se posaron en su rostro. La boca, bien definida, se apretó en una línea fina.

—¿Eso cree?

La joven tragó saliva antes de mirarlo con desafío. Era alto, moreno y muy atractivo, pero no permitiría que eso la afectara.

—Sí —repuso, bajándose la falda—. Debería. Podría haberme dado un buen golpe.

Unos ojos inteligentes recorrieron su figura antes de descansar sobre su rostro.

—Pero no ha sido así, ¿verdad? —la atractiva boca consiguió sonreír—. ¡Qué suerte!

Amber respiró hondo y decidió que a él eso no le importaba en absoluto. Las únicas emociones que se leían en su rostro eran impaciencia e irritación, junto con un ligero regocijo.

—Al menos podía disculparse —la joven apretó los labios e hizo lo posible por ignorar lo embarazoso de la situación. Varios peatones habían visto su ignominiosa caída y un par de ellos seguían la conversación con interés—. Me he golpeado el codo y me duele mucho —añadió malhumorada.

—Mis disculpas —aquellos ojos azules eran especiales; en combinación con la voz profunda, resultaban positivamente letales. Avanzó un paso hacia ella—. Déjeme ver el daño.

—¡No! —se apartó con rapidez de su camino—. Estoy bien.

—Hace un momento ha dicho que le dolía mucho. Eso es lo que yo llamo una recuperación rápida.

El sarcasmo de su voz la irritó tanto que decidió mostrarse sincera.

—Está bien; he mentido.

—¿En serio?

—Sí —levantó al barbilla con desafío—. Escuche, no puedo quedarme todo el día aquí de charla. Tengo cosas que hacer.

Trató de pasar alrededor de él, pero la figura atlética del hombre le bloqueó el paso.

—¿Tiene que ver a alguien?

Se burlaba de ella. En su interior admitió de mala gana que no podía culparlo por ello. Normalmente, cuando chocaba con alguien, era la primera en disculparse. ¿Por qué se mostraba tan desagradable en esa ocasión?

—Exacto —repuso con brusquedad—. Y voy a llegar tarde.

—Necesitará esto —se inclinó hacia el maletín y se lo tendió con manos grandes, bronceadas e increíblemente sensuales—. Supongo que es suyo.

—Gracias.

Tendió la mano para quitárselo, pero justo cuando pensaba que era la única que lo sujetaba, él tiró del maletín y ella se vio empujada contra su pecho.

Dio un respingo y levantó la vista. Era más alto de lo que había imaginado al principio; de cerca, su amplio pecho parecía envolver por completo la figura pequeña de ella. Levantó una mano hacia su rostro y ella sintió una oleada de calor en todo el cuerpo. Podía oler el aroma de su colonia, ver las líneas finas en torno a sus ojos y sus espesas pestañas. Se dijo que debía moverse; quería hacerlo, pero, de algún modo, su cerebro fue incapaz de dar esa orden a sus miembros.

Tragó saliva y recordó que tenía una voz y era capaz de hablar.

—¿Qué se cree que está haciendo? —preguntó.

—Nuestro choque le ha estropeado el peinado. Voy a arreglárselo —apartó un mechón de su rostro y lo metió detrás de la oreja—. Después de todo, parece que se ha vestido para algo importante; sería una lástima arruinar ese efecto.

Su tono era distinto ya: suave, seductor y extremadamente peligroso. Amber tragó saliva al ver que la boca de él se curvaba y se acercaba más a su rostro.

Se preguntó, mareada, si aquel hombre poseería habilidades hipnóticas. Una parte de su mente seguía pensando en la entrevista, pero al resto sólo le interesaba lo que ocurriría a continuación, hasta dónde se atrevería a llegar él. Hasta dónde quería ella que llegara.

Estaba jugando con ella. Lo sabía, pero eso no parecía importar. Su cuerpo ardía con una mezcla indefinida de emociones: disgusto y atracción, irritación y admiración.

—¡Ya lo hago yo!

Recordó al fin que también era capaz de moverse y se apartó al tiempo que se colocaba el cabello con dedos nerviosos. Miró su reloj y lanzó una maldición.

—¿Llega tarde?

La joven levantó la vista y vio que él la miraba divertido.

—Sí —repuso. Miró a su alrededor en busca de su maletín y reparó en que todavía lo sujetaba él. Tendió una mano y esperó con impaciencia a que se lo devolviera.

—¿Trabaja usted aquí?

—Tengo… algo que hacer aquí —repuso ella, con aire evasivo. Miró el rostro bronceado y atractivo de él—. ¿Y usted?

—¿Si trabajo aquí? —hubo una ligera pausa—. A veces sí —su voz se volvió de repente fría e impersonal. Se apartó el puño de la camisa y miró su Rolex brillante—. Y yo también llego tarde. Y todo porque usted ha decidido que debía arreglarse el pelo.

Amber abrió mucho la boca.

—¡Pero no ha sido culpa mía…! —empezó, decidida a no permitir un comentario tan injusto.

El hombre la interrumpió con frialdad.

—Me temo que, por mucho que me guste esta conversación, no puedo entretenerme más. El trabajo me espera —sonrió con burla—. A lo mejor nos tropezamos alguna otra vez… figurativamente hablando, por supuesto.

Entró por la puerta del edificio sin mirar atrás y Amber se quedó sola en la acera, sintiéndose estafada y curiosamente vacía.

 

 

—¿Señorita King? —una mujer de edad mediana la miró con suspicacia cuando se acercó a la zona de espera—. Llega tarde. Al señor Hamilton no le gusta esperar.

—Sí, lo siento mucho —jadeó Amber. Como de costumbre, había rechazado la velocidad del ascensor en favor de las menos claustrofóbicas escaleras y estaba sin aliento—. He tenido algunos problemas…

La mujer no se mostró interesada. Apretó los labios con desaprobación y cortó sus explicaciones.

—Siéntese, por favor. Voy a ver si el señor Hamilton puede recibirla todavía. Ha salido de su despacho hace un momento hacia otro lado del edificio.

Amber se sentó en un sofá de cuero negro y miró la enorme moqueta gris pálido que cubría el suelo. Pensó que lo había estropeado todo antes incluso de llegar a la entrevista. ¿Qué le diría a Bea? A pesar de las protestas de ésta, estaba segura de que deseaba que tuviera éxito. Al menos, la mirada de desesperación había desaparecido de su rostro, aunque sólo fuera para ser sustituida por otra de ansiedad nerviosa.

¡Maldito Michael Hamilton! Si se negaba a recibirla sólo porque llegaba unos minutos tarde… Miró su reloj; bueno, se había retrasado un cuarto de hora, pero aun así…

—Señorita King —dijo la mujer—, ¿quiere seguirme, por favor?

Amber no supo si sentirse aliviada o lo contrario, pero siguió a la otra. Atravesaron un corredor amplio de moqueta gruesa y llegaron a unas puertas dobles.

—El señor Hamilton estará con usted enseguida —la mujer abrió las puertas ceremoniosamente y Amber cruzó el umbral—. Siéntese, por favor.

Hubo un silencio casi reverente. El fuerte sol y el calor de mundo exterior, el movimiento de la gente en la calle y en el edificio parecían a mundos de distancia de ese santuario del último piso.

Mientras las puertas se cerraban tras ella, pensó que eso eran el poder y el dinero; ese despacho discretamente amueblado con obras de arte de buen gusto y maderas preciosas transmitía señales inconfundibles de éxito. Era el lugar desde un hombre autocrático y arrogante llamado Michael Hamilton dirigía su imperio.

Una idea cruzó por su mente. Una idea tan increíble que le resultaba horrible considerarla. Movió la cabeza. No, no podía ser. Se estaba dejando llevar por su imaginación. Tragó saliva y descubrió que su boca estaba tan seca como un desierto. Se dijo que debía calmarse. No podía ser él. El destino o la casualidad o lo que quiera que fuera lo que gobernaba el mundo no podía ser tan cruel.

Respiró hondo y trató de poner sus pensamientos en orden. Pero una vez que aquella posibilidad había entrado en su mente, no le resultaba fácil pensar con lógica. Su mente retorcida seguía sugiriéndole posibilidades horribles, demasiado ridículas para creerlas.

Michael Hamilton debía ser más mayor. Un hombre escurridizo y repugnante. Amber había imaginado incluso un rostro implacable con una nariz ganchuda.

Por supuesto, era pura imaginación. Bea había hablado poco de su aspecto físico. A decir verdad, nunca había sido una persona que hablara mucho de su trabajo. Y después de presentar su dimisión estaba demasiado alterada para mostrarse detallista.

Amber apretó los labios con determinación. ¡Maldito cerdo! ¡Intentar seducir a su hermana, que era demasiado inocente para su bien! ¡Ella le daría una lección que no olvidaría nunca! ¡Sólo tenía que intentar hacerle lo mismo a ella!

El corazón le latía como una locomotora a vapor. Si Michael Hamilton se atrevía a entrar en ese momento, no creía que fuera capaz de contenerse.

Pero no lo hizo. Pasó el tiempo. Amber se esforzó por calmar su temperamento. Fijó la vista en el escritorio que tenía delante. Los papeles estaban bien ordenados en su bandeja. Había un libro abierto, con un marcapáginas negro encima. Un jarrón chino contenía una buena selección de bolígrafos y lápices. Se levantó y estaba a punto de levantarlo para ver si la porcelana era tan cara como parecía, cuando oyó que la puerta se abría a sus espaldas.

Se dio la vuelta con tal rapidez que volcó el jarroncito con el codo y vio con desmayo cómo caía sobre la moqueta esparciendo los bolígrafos y lápices a sus pies.

Pero no se inclinó a recogerlos. No se movió. Permaneció como en trance, mirando con ojos abiertos como platos al hombre que había en la puerta.

—¿Se ha roto?

Así que el destino había decidido ser cruel. Ponerla a prueba de un modo increíble.

Un traje oscuro, corbata de seda…

Michael Hamilton la miraba desde el umbral y su voz no revelaba ninguna sorpresa; era profunda, inflexible y precisa.

—¿Y bien? Es usted propensa a los accidentes, ¿verdad, señorita King? —se acercó a ella con pasos lentos—. ¿No ha oído lo que he dicho? ¿Se ha roto?

Amber tragó saliva. Empezaba a recuperarse lentamente. Miró el jarroncito en el suelo como si lo viera por primera vez, y se agachó para levantarlo y colocarlo de nuevo en el escritorio con manos temblorosas.

—No, no… —volvió a agacharse y reunió los lápices y bolígrafos—. No, no lo está.

—Menos mal. Sus probabilidades de obtener este puesto se habrían visto muy mermadas si llega a romper una antigüedad de tres mil libras. ¡Déjelos! —colocó una mano sobre los dedos de Amber para impedirle seguir con los lápices—. No quiero que se caiga otra vez; en ese caso, no tendría usted tanta suerte.

No parecía divertido. Pasó al otro lado de su escritorio con aire intimidatorio, algo que consiguió por el sencillo procedimiento de achicar los ojos y apretar los labios.

Amber respiró hondo y se preguntó si tenía algún sentido seguir allí. No parecía probable. Había ido a solicitar un puesto de gran responsabilidad, un puesto que requería eficiencia, tacto e inteligencia…

Hizo una mueca y levantó la vista. Los ojos azules de él observaban su rostro. Michael Hamilton le leía el pensamiento.

—No ha sido el mejor de los comienzos, ¿verdad, señorita King? —anunció con brusquedad—. Imagino que desearía poder retrasar el reloj y volver a empezar.

—Sería agradable —asintió ella con rapidez—. No parece sorprendido de verme en su despacho —añadió, decidida a no dejarse dominar completamente por él—. ¿Sabía usted en la calle que había venido por el puesto de ayudante personal?

—Esa idea se me ha pasado por la cabeza.

—¿Antes o después de chocar conmigo? —preguntó ella, enojada por su respuesta.

—Hoy había mucho tráfico —comentó él con sequedad—. Le he dicho a mi chófer que me dejara más allá. La he visto cruzar la calle, cómo miraba el edificio —su boca se curvó levemente—. El lenguaje corporal puede revelar mucho sobre una persona. Ahora me indica que no está acostumbrada a vestir tan elegante. Le sugiero que deje en paz su traje, señorita King. Está usted bien.

Amber apretó los puños a los costados.

—Estoy un poco nerviosa, nada más —repuso—. No esperaba que esto resultara tan… embarazoso.

—¿Resultara? —se burló él—. Pero si ni siquiera hemos empezado. Todavía nos falta mucho camino —le hizo una seña con la mano—. Siéntese.

La joven obedeció. Debería haberle dicho allí mismo lo que podía hacer con su empleo y haber salido de su despacho, pero no lo hizo.

Se alisó la falda con dedos temblorosos y, al notar la mirada de él, dejó las manos quietas.

Probablemente era ya inútil, pero después de tanta preparación no podía rendirse sin hacer un esfuerzo. Pensó en Bea, quien se había visto obligada a marcharse después de años de trabajar duro porque no podía soportar estar ni un momento más con aquel tipo dominante.

Tenía que conseguir el empleo para poder planear la venganza apropiada.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Amber se levantó con decisión, se acercó a la mesa y tendió su mano, concentrándose rabiosamente en su papel.

Probó su mejor sonrisa, capaz, según le habían dicho, de paralizar a los hombres a treinta pasos.

—Escuche, siento el desafortunado comienzo, señor Hamilton —murmuró con suavidad—. ¿Podemos volver a empezar? En la calle no sabía quién era y…

—De haberlo sabido, ¿se habría usted portado de un modo distinto?

La joven pensó en ello. Levantó la barbilla unos centímetros.

—No —repuso—. Creo que no.

—Comprendo.

¿En serio? Confiaba en que no fuera así. Infiltrarse en el imperio de Michael Hamilton no había sido buena idea. ¿Qué esperaba lograr con eso?

El hombre levantó la vista con una sonrisa de diversión en los labios.

—Acepto sus disculpas, señorita King. No soy una persona rencorosa. Puede usted considerar que acabamos de empezar.

Tendió una mano larga y bronceada y establecieron contacto por tercera vez aquel día.

Fue un apretón firme, que no mostraba nada que no fuera un profesionalismo frío, pero, desgraciadamente, eso no parecía importar…

Amber pensó con rabia que Michael Hamilton producía un efecto extraño en ella. Desde que le puso la vista encima, fue como si hubiera explotado una bomba y padeciera todavía sus efectos.

—Su solicitud de trabajo es impresionante. Sobre el papel, tiene usted todo lo que busco en una ayudante personal. Sobre el papel —la repetición implicaba un millar de dudas—. Por supuesto, las cualificaciones académicas no significan nada si no van acompañadas de la personalidad adecuada.

Hizo una pausa y volvió la vista a la solicitud totalmente ficticia que Amber había pasado mucho tiempo preparando.

—¿Por qué quiere trabajar para mí, señorita King?

Lo directo de su pregunta, añadido al miedo de que la hubiera descubierto y al hecho de que él era el hombre más atractivo y perturbador que había visto nunca, le impidió pensar con claridad. Olvidó de inmediato todas las respuestas que había ensayado.

Lo miró, embrujada por sus increíbles ojos, consciente de haber repasado mil veces en su mente la respuesta a aquella pregunta, pero incapaz de formar una sola sílaba.