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Hacía seis años que Jean-Luc Manoire había abandonado a Rachel Ward sin mirar atrás. Ella nunca había conseguido perdonarlo, pero ahora necesitaba ayuda y él era la única persona que podía ofrecérsela. Rachel había heredado una enorme casa que estaba a punto de perder a manos del banco. Necesitaba dinero urgentemente y, con toda seguridad, Jean-Luc lo tenía. Con la ayuda financiera de él y la pericia en los negocios de ella, formarían el equipo perfecto, ¡siempre y cuando el millonario francés comprendiera que el hecho de que lo compartieran todo en los negocios, no le daba derecho a compartir también su camal!
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Laura Martin
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor de verano, n.º 1378 - febrero 2022
Título original: Charlie’s Dad
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-554-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
JEAN-LUC Manoire frunció el ceño. No estaba completamente seguro de que estuviese haciendo lo que debía. Sin embargo, aquella indecisión no encajaba con el impulso que le había llevado a aquel lugar y, además, esa forma de actuar ni siquiera encajaba con su personalidad.
Pero ya era demasiado tarde. Ya estaban allí. Jean-Luc indicó al chófer que parara con un ligero golpe en el hombro y contempló las imponentes verjas de hierro. Hablaban por sí solas, tan bien como podría hacerlo un objeto inanimado. Oxidadas, colgaban de una forma poco decorosa del muro de piedra medio derruido que rodeaba la finca. Respiró profundamente, más consciente que nunca de las contradictorias emociones que se agitaban en su interior.
—D´accord, Emile. Continuez!
El coche avanzó lentamente. Los árboles a ambos lados del camino estaban a punto de brotar. Mirando las ramas, altas y esculturales, recordó que eran tilos, de aproximadamente cien años.
La casa parecía vacía y abandonada. Jean-Luc esperaba que las indagaciones que había realizado fueran de fiar. El tiempo era dinero para él, y le resultaría bastante irritante haber ido hasta un lugar tan apartado de Londres, con una agenda tan apretada, para encontrarse con que ella no estaba en casa.
El teléfono móvil sonó y Jean-Luc lo sacó del maletín y contestó la llamada que llevaba tanto tiempo esperando. Con respuestas breves y concisas, escuchó a su ayudante personal, que se encontraba a muchas millas de allí, en París, y confirmó que una importante transacción financiera había salido a pedir de boca.
Los negocios. Eso era en lo que se tenía que concentrar en aquellos momentos. El resto… las otras razones, más complejas de su presencia allí tenían que quedarse a un lado, o si no, ¿cómo podría hacer frente a aquella situación?. Todavía dudaba de su habilidad para comportarse con total compostura. Llevaba días pensando en aquel encuentro. Le había bastado una esquela en los periódicos ingleses para que los recuerdos sobre ella, ausentes durante tanto tiempo, le persiguieran día y noche. No podía dormir, casi no podía comer, los negocios no resultaban tan interesantes.
Con la excepción de aquél… Ella accedería. Resultaba imposible negar la generosidad de la oferta. Los consejeros de Rachel prácticamente la obligarían a aceptar. Pero, ¿y si no era así?
Ya contaba con el hecho de que ella habría cambiado. Porque, si fuera la misma, ¿cómo podría él afrontar…?
¡Arretez! El aspecto de Rachel después de aquellos años o cómo reaccionara al verlo no era algo que tuviera que tener en cuenta. Necesitaba mantener el control de la situación. Su relación había acabado, y aquel encuentro sólo iba a confirmarlo. La palabra desolación había sido la definición perfecta del estado de ánimo de Jean-Luc, pero eso había sido hacía seis años.
Se maldijo en silencio cuando le vino a la memoria una imagen de Rachel, tumbada debajo de él, con la rubia melena extendida y los ojos llenos de amor y confianza. Parecía mentira que unos días después le hubiese abandonado, sin tener en cuenta lo que había habido entre ellos…
Sólo negocios. Eso era lo que debía tener en cuenta.
—¡Aquí estás! Me preguntaba dónde te habías ido.
Rachel se volvió de repente cuando oyó la voz de la anciana mujer. Mientras Naomi se aproximaba, la observó con una sonrisa forzada.
—¿Cómo has descubierto que estaba aquí?
—Te vi desde una de las ventanas del piso de arriba —respondió Naomi. A continuación, cruzando los brazos sobre el pecho—. Tu tía Clara lo guardaba todo, no hay ninguna duda. Ahí arriba queda un buen montón de trastos para tirar.
—Sí, debería hacer algo al respecto —respondió Rachel, poniéndose de pie—. Lo siento, Naomi, no quería dejarte tanto tiempo sola. Pero necesitaba un poco de aire fresco.
—Vamos, no seas tonta. No me estoy quejando. Necesitabas darte un respiro. El entierro de tu tía fue hace más de una semana y, desde entonces, no has parado ni un minuto —dijo la anciana mujer, pasándole un brazo por encima de los hombros—. He venido a buscarte porque tienes una visita
—¿Otro acreedor? —preguntó Rachel con voz cansada—. Pensé que ya habíamos llenado el cupo.
—Yo también, pero hay que afrontar este tipo de cosas. Me dio su tarjeta —añadió Naomi, mientras le extendía una tarjeta de visita a Rachel—. Es de alguna empresa o de algo por el estilo. Te diría lo que pone en la tarjeta, pero no veo nada sin las gafas de cerca. Pero parece importante, si su aspecto físico y el coche que trae quieren decir algo. Y rico.
—JSJ Corporation —dijo Rachel, encogiendose de hombros al leer el nombre—. No me dice nada, pero tampoco me lo decían el montón de hombres con los que se presentó el contable —añadió con un suspiro—. Venga, pongamos manos a la obra. Es mejor que sepa lo que quiere este hombre para acabar con ello lo antes posible. En cualquier caso, mañana es el día decisivo. Tengo que ir a ver al director del banco para saber exactamente hasta dónde estamos metidos y decidir, o mejor dicho que me digan, lo que tengo que hacer.
—Son tiempos difíciles, querida. Si hubiera sabido lo que estaba pasando, tal vez no estarías metida en este jaleo.
—No es culpa tuya La tía Clara era… Bueno —se interrumpió con una sonrisa—, era lo que era, una mujer muy obstinada. No dejaba que nadie la aconsejara. Cuando decidía lo que se tenía que hacer, lo hacía, sin importarle lo que le aconsejaran los demás. Nadie hubiese podido hacer nada, aunque nos hubiésemos dado cuenta de lo que estaba pasando. Y lo sabes tan bien como yo.
—Sí —respondió Naomi, arrugando la frente—. Tienes mucha razón —asintió. Luego guardó silencio durante un momento—. ¿Te he dicho que Shaun te ha llamado otra vez? —añadió en un tono más alegre.
—Sí —respondió Rachel con un profundo suspiro—. Ya me lo has dicho. Naomi… ya no hay nada entre nosotros. Sé que lo aprecias mucho, pero…
—¡Pero si estáis hechos el uno para el otro! Yo estoy convencida de ello y Shaun también.
—No —replicó Rachel, sacudiendo la cabeza—. Naomi, no quiero desilusionarte porque Shaun es tu sobrino…
—Sobrino nieto —la corrigió Naomi—. Su madre es la hija de mi hermana.
—Pero es familia tuya —añadió Rachel—. Me cae bien, pero… lo nuestro no funcionaba.
—Necesitas a alguien —la espetó Naomi con voz firme—. A alguien como Shaun.
Rachel no se molestó en seguir discutiendo. En muchos aspectos, Naomi se parecía mucho a su tía Clara, testaruda, segura de sus puntos de vista. En cualquier caso, las dos mujeres habían crecido juntas, a pesar de que una había sido la señora y la otra simplemente una criada. A continuación, las dos mujeres, tan distintas en edad y aspecto, se dirigieron en silencio a la parte de atrás de la casa, sumidas cada una en sus propios pensamientos.
—Le he llevado al salón —le informó Naomi al llegar a la cocina—. ¿Quieres asearte un poco antes de recibirle?
Rachel reflexionó brevemente, contemplando su imagen en la ventana de la despensa. La larga melena rubia estaba limpia y brillante, aunque algo despeinada. La cinta que le sujetaba el pelo le colgaba suelta por la espalda. Se la apretó y dijo:
—No tengo tan mal aspecto, ¿verdad?
—Las ropas que llevas no son demasiado elegantes —le replicó Naomi con su habitual franqueza—. Es mejor que le causes una buena impresión.
Rachel se miró los vaqueros, que, aunque limpios, estaban algo raídos, y el jersey violeta.
—Bueno, no importa —respondió—. No creo que mi aspecto vaya a cambiar las cosas. Además, no me merece la pena cambiarme, ya que quiero seguir examinando las cosas de la tía Clara. Todavía sigo creyendo que me voy a encontrar un tesoro escondido que nos saque de nuestros apuros económicos —añadió con una sonrisa burlona—. Algo así como una pintura de Constable, una primera edición única, ya sabes.
—Por lo que yo he visto, tienes tantas probabilidades de que eso ocurra como yo de ganar la lotería —le espetó Naomi con un bufido.
—Pero tú nunca juegas a la lotería —dijo Rachel con los pensamientos puestos en el hecho de que tenía que volver a tratar con otro acreedor.
—¡Por eso! —replicó Naomi con una sonrisa.
Rachel se detuvo antes de entrar en el salón. Estaba tan cansada… Nada podía haberle preparado para los acontecimientos de los últimos días. La repentina muerte se su tía había sido un duro golpe, pero el descubrir que la situación económica dejaba mucho que desear, la había deprimido aún más.
Sin embargo, estaba decidida a salir de que aquel lío como fuera. Sabía que era su deber proteger The Grange todo lo humanamente posible. Había sido propiedad de la familia durante generaciones, y siempre había dado por hecho de que continuaría siendolo, a pesar de que odiaba los largos y fríos pasillos y los techos altos de las habitaciones. Sin embargo, no quería que pasara a ser propiedad del banco.
Sonia, una de las mujeres del pueblo que llevaba trabajando en The Grange tanto tiempo como le alcanzaba su memoria, la sonrió afectuosamente mientras bajaba por las escaleras con otro saco de basura de las habitaciones de la tía Clara.
—Ya va estando mejor —comentó—. Dentro de poco estará todo ordenado, no se preocupe.
Rachel le devolvió la sonrisa y se preparó para abrir la puerta del salón, deseando compartir la confianza de la mujer.
—Siento haberle tenido esperando —dijo rápidamente al entrar en el salón—. Como se podrá imaginar, todo anda un poco revuelto por aquí.
El hombre, que estaba de pie al lado de la chimenea, se volvió al oír su voz. Rachel sintió como si le clavaran un puñal en el estómago al reconocerlo. Lo miró fijamente, con los ojos azules llenos de sorpresa. Sin darse cuenta, se llevó las manos al pecho, como para protegerse el corazón, que le latía tan fuertemente en aquel instante como cuando lo había visto por primera vez.
Era… No. ¡No! Contuvo la respiración. Sí ¡Sí! Era él. No era producto de su imaginación. La pena y el estrés no le habían hecho perder la razón. Estaba allí, en aquel luminoso y soleado salón, en el que parecía estar más fuera de lugar que nunca.
Rachel contempló el pelo, oscuro y sedoso, bien peinado y muy corto, con un estilo casi severo, la fuerte mandíbula y la moldeada boca y sintió como una sensación de mareo se apoderaba de ella.
¡Jean-Luc! Extendió las temblorosas manos y se aferró al respaldo de una silla cercana.
—Hola Rachel —dijo con voz profunda, suave, con menos acento que antes, pero todavía con la misma cualidad hipnótica—. ¿Cómo estás?
Entonces dudó un momento, para luego cruzar la habitación con una mano extendida para un saludo formal, como si aquella manera de saludarla fuera la más natural del mundo.
Jean-Luc no había esperado que ella fuera a tener casi el mismo aspecto que antes. Sabía que profesionalmente ocupaba un puesto importante, por lo que se había convencido de que tendría un aspecto más sofisticado, más de mujer de mundo, más del tipo de mujeres con las que él solía salir. Pero no era así. Ahí estaba, seis años después, y todavía tenía un aspecto fresco y juvenil y estaba tan bella como antes…
Rachel tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de mirar al rostro de Jean-Luc. Observó, aturdida, sus dedos fuertes, bronceados, durante un momento y se sorprendió estrechándole la mano.
—Estoy… bien —murmuró automáticamente—. Bastante bien.
—He venido en un momento difícil.
—Sí.
Rachel no podía poner sus pensamientos en orden, casi no sabía lo que pensar. Tenía un aspecto más maduro, si cabe más atractivo, pero parecía distinto. Más apuesto, más elegante, más… distinguido y refinado, no como el Jean-Luc Manoire que ella había conocido y amado.
—Lo sentí mucho cuando me enteré de la muerte de tu tía.
—¿Sí? —preguntó Rachel. Después de la sorpresa inicial, estaba empezando a pensar con más claridad—. No entiendo por qué —añadió—. Mi tía nunca te cayó bien.
—Y eso significa que me tengo que alegrar porque haya muerto, ¿verdad? —replicó con voz suave, aunque con dureza.
Rachel respiró profundamente. Había dicho una tontería, producto de la conmoción y los nervios. Bajó los ojos, intentando desesperadamente recuperar la compostura.
—No, claro que no.
—Pareces agotada. Tienes un aspecto…
—¡Sé el aspecto que tengo! —replicó Rachel muy enojada. Frunció los labios, dispuesta a evitar que la mintiera—. ¡Estoy hecha un desastre! —dijo con voz temblorosa. Luego se aclaró la garganta. Normalmente presentaba un aspecto inmaculado, como correspondía a su puesto como directora de un pequeño, pero prestigioso hotel en la zona de los Cotswolds. Rachel pensó que era lo típico, que el día que se volvían a encontrar estuviera así, tan mal vestida y con tan mal aspecto. Luego añadió:
—Olvidémonos de las formalidades, ¿te parece? Me gustaría saber qué es lo que te ha traído aquí.
Con aquellas palabras, Rachel dejó muy claro cómo se sentía. Ella observó el rostro de Jean-Luc. No tenía ni siquiera la más ligera expresión en el rostro, tan sólo la mandíbula estaba algo más tensa y la mirada de aquellos ojos de ébano era más dura. Ahora sabía cómo se sentía, cómo quería que fuesen las cosas y cómo tenían que ser.
—Todo esto ha cambiado muy poco —comentó Jean-Luc, recorriendo la habitación con la mirada que efectivamente parecía haber estado metida en un túnel del tiempo durante cincuenta años. A continuación, dirigió la mirada al pálido rostro de Rachel—. Excepto tú.
—¡Soy más vieja! —respondió Rachel simplemente.
«Pero no más sabia», pensó consciente de la agonía que sentía en el corazón.
—Y más pobre, según tengo entendido —replicó Jean-Luc con una mirada fría, controlada, casi cruel que inspeccionó pausadamente el rostro de Rachel.
Jean-Luc se preguntó si sería capaz de seguir actuando, de actuar como si no le afectara en absoluto el estar delante de ella. Él era un hombre que, supuestamente, disfrutaba con los desafíos, pero aquél era el desafío más grande al que se había enfrentado, con la excepción del de intentar olvidarla.
Rachel afrontó la mirada con una expresión fría, maravillándose de su propia capacidad para incluso poder continuar con aquella conversación.
—Sí, bastante pobre —afirmó con una voz gélida.
—Supongo que ha sido una sorpresa muy desagradable —prosiguió Jean-Luc—. Tu tía daba la impresión de ser una mujer acaudalada.
—Y lo era —replicó Rachel con rapidez—. Sólo tomó algunas decisiones equivocadas, invirtió donde no debía… —dijo Rachel, cuya voz se fue desvaneciendo poco a poco—. Entonces, ¿tengo que creerme que has hecho un camino tan largo sólo para darme el pésame? —preguntó tras una ligera pausa—. Llegas tarde. El entierro fue a principios de la semana pasada y, como puedes ver —explicó, echando un vistazo a la desordenada habitación—, todavía estoy examinando todo y tirando lo que no sirve. Así que si me perdonas…
—Me has mal interpretado, Rachel —replicó Jean-Luc secamente, impidiendo su retirada hacia la puerta—. Ésta no es una visita de cortesía.
—¿No?
—Supongo que Naomi te dio mi tarjeta, ¿verdad?
Rachel casi se había olvidado de aquel detalle. Se metió una mano en el bolsillo y la sacó.
—Así fue —afirmó. A continuación dudó un momento y luego se dirigió lentamente a una mesa donde había una selección de botellas y vasos. Se sirvió un vaso de agua mineral, tomó un buen sorbo, ya que tenía la boca tan seca que le impedía continuar hablando—. Aunque no me dice nada. ¿JSJ Corporation? Otra de esas grandes empresas anónimas, ¿trabajas para ellos?
—En cierto modo —dijo Jean-Luc, dirigiéndose hacia donde ella estaba—. ¿Te importa? —preguntó mientras se servía un vaso de whisky antes de que Rachel le pudiera contestar—. Me sorprende que no hayas oído hablar de esta empresa. JSJ está metida en varios asuntos importantes.
A continuación enumeró una serie de proyectos muy conocidos por todo el mundo. Rachel finalmente tuvo que admitir que había oído hablar de algunos de ellos.
—¡Vale! ¡Vale! Ya sé de qué empresa me hablas. JSJ es una empresa real —exclamó dirigiéndose hacia la ventana, ya que estar tan cerca de Jean-Luc después de tantos años era una verdadera tortura.
Entonces vio el coche de Jean-Luc. Era muy caro y muy elegante. Encajaba a la perfección con la nueva imagen de Jean-Luc, perfecta, poderosa, con una presencia que hacía que se volvieran a mirarlo y que, en cualquier caso, no le hacía pasar inadvertido.
Resultaba evidente que le había ido muy bien. Rachel se había creído que su propio éxito en el hotel era bastante impresionante, considerando que había empezado de recepcionista a tiempo parcial y había ido ascendiendo gracias a su tenacidad e instinto natural. Pero estaba claro que sus logros resultaban mínimos comparados con los de él.
Rachel se dio la vuelta y dijo:
—Perdóname por ser tan corta, pero todavía no alcanzo a entender lo que una empresa como JSJ encontraría de interés aquí, en esta propiedad venida a menos. ¿Es que tu jefe está loco?
—Estoy empezando a creer que sí.
Rachel lo miró. Había algo en el tono de su voz… Jean-Luc prosiguió:
—Entonces, las iniciales de la compañía no te dicen nada, ¿verdad?
—No —replicó Rachel encogiéndose de hombros mientras se volvía de nuevo hacia la ventana, con los recuerdos bombardeándole la mente—. ¿Por qué?
—Jean-Luc, Saul, Jerome. Siempre pensé que era un número excesivo de nombres, pero mis padres sólo me tuvieron a mí.
—¿JSJ…? ¿Es tu empresa? —preguntó en tono de incredulidad. A pesar de lo mucho que lo intentó, no pudo ocultar su asombro. Contempló al nuevo Jean-Luc, apuesto y duro, tan diferente del hombre que ella había adorado, e intentó comparar sus recuerdos del pasado con lo que tenía ante sus ojos—. ¿De verdad que…?
La incredulidad que sentía le impidió terminar la pregunta, y lo miro fijamente, intentando hacerse a la idea de que Jean-Luc, el estudiante, se había transformado en un magnate de los negocios.
—Seis años es mucho tiempo. ¿Qué esperabas? ¿Que se detuviera el tiempo? ¿Que todavía seguiría cuidando de los jardines de otros?
—No, claro que no. Pero tampoco hace tanto tiempo… —dijo. Entonces se dirigió hacia la puerta, con las piernas como de gelatina—. ¿Te importaría marcharte? —preguntó, deseando que él no viera las lágrimas que tenía en los ojos—. No creo que tengamos mucho que decirnos.
—Sigues tan cortés, señorita Shaw —replicó Jean-Luc con la voz llena de burla intencionada—. Ya veo que no has perdido tus exquisitos modales ingleses que yo recordaba tan bien.
—¡No quiero hablar contigo! —exclamó Rachel. Poco a poco iba perdiendo el control—. No entiendo qué es lo que te ha hecho volver aquí.
—Esta finca tiene muchas deudas. Estás a punto de perderlo todo. Es cierto, ¿verdad?
—¡Qué listo eres! —le espetó Rachel con dureza—. Así que todo el mundo conoce mi situación financiera.
—No. Yo tuve que hacer mis indagaciones para descubrir qué es lo que está pasando aquí, eso es todo.
—¡Ah! ¿Por qué? ¿Acaso tengo que sentirme halagada de que te hayas tomado tantas molestias?
—¿Halagada? —preguntó pretendiendo que no sabía de lo que le estaba hablando—. No creo que los halagos tengan cabida en este asunto. ¡Ah!, ya entiendo —añadió con crueldad—. Tal vez pensaste que siento cierto apego a este lugar por los recuerdos del pasado. El ser sentimental —concluyó con una mordaz sonrisa—, nunca ha sido una de mis cualidades.
Rachel se llevó una mano a la frente. Le estaba costando bastante afrontar todo aquello. Ya era lo suficientemente malo estar a punto de perder su casa como para tener que tratar el tema con Jean-Luc.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Puedo ayudarte.
—¿Ayudarme? ¿Estas loco? —pregunto mirándolo a los enigmáticos ojos oscuros—. ¿De verdad crees que yo querría que tú me ayudaras?
—Si lo quieres o si no, no importa —respondió él con frialdad—. Lo necesitas. No has hecho más que encontrarte con deudas desde que llegaste por la incapacidad de tu tía para aceptar consejos financieros, y mañana el banco va a ejecutar la hipoteca. ¿Me equivoco?
—Yo… yo tengo dinero propio —le dijo Rachel—. No soy inmensamente rica, pero tengo recursos.
—¿Los suficientes para calmar las garras insaciables del banco? —preguntó Jean-Luc, mientras sacudía la cabeza—. ¡Deja de engañarte! Puede que hayas estado ahorrando cada penique que hayas podido durante los últimos años, pero eso son migajas comparado con lo que necesitas para salir del apuro y pagar el mantenimiento de una finca tan grande —concluyó mientras se aproximaba a ella—. ¿Estás dispuesta a perder este lugar sólo porque eres demasiado testaruda como para escuchar lo que tengo que proponerte? No me puedo creer que seas tan tonta.
—¡Cree lo que te parezca! —replicó Rachel con voz temblorosa—. ¡Después de todo, fui lo suficientemente tonta como para permitir que un francés me metiera en su cama con bonitas palabras durante todos aquellos años!
Como respuesta sólo obtuvo silencio. Incluso parecía que el reloj de encima de la chimenea había dejado de sonar.
—¡Si recuerdo bien, la primera vez que hicimos el amor fue en la hierba.
—¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a irrumpir en esta casa y decirme que tengo que escucharte? ¿Quién te crees que eres?
—Sé lo que fui.
Rachel sofocó un grito mientras una mano de Jean-Luc le impedía salir corriendo. Cuando la atrajo hacia sí, fue como hacía seis años, excepto que en aquel momento había una expresión dura en el rostro de Jean-Luc cuando miró el rostro tembloroso de ella.
—Este lugar significa mucho para ti —añadió—. No seas tonta y no dejes que los prejuicios te nublen el juicio sólo porque una vez fuimos…
—¡Suéltame! —exclamó Rachel mientras se soltaba. No necesitaba que le recordara lo que una vez habían sido el uno para el otro. Cada nervio de su cuerpo vibraba con el recuerdo, con un anhelo insoportable que había vuelto a la vida en el momento que le había vuelto a ver—. ¿Te crees que puedes volver después de todos estos años y suponer que puedes decirme lo que siento?
—Yo no supongo nada, lo sé —le dijo Jean-Luc con desconcertante arrogancia. Así que aquélla iba a ser su actitud, se dijo. Y pensar que había sido lo suficientemente tonto como para imaginarse que ella lo había amado tanto como él a ella—. Ahora escúchame. He venido aquí con una proposición de negocios. ¿Te vas a dejar de comportar como una niñata malhumorada y me vas a escuchar, o es que lo quieres perder todo? Piensa bien lo que vas a hacer, Rachel.
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