Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El Salmo 23 presenta la ternura y la misericordia de Dios como una escolta para el ser humano. Escoltar significa acompañar para proteger o custodiar. Saber que nuestros escoltas son la ternura y la fidelidad de Dios, es decir, su misericordia, nos permite caminar confiadamente todos los días de nuestra vida, incluso cuando caminamos por cañadas oscuras o nos perdemos por senderos escabrosos. Creemos que Dios, que tiene entrañas de misericordia y es siempre fiel, asegurará nuestros pasos guiándonos por el sendero justo. Este libro permite descubrir mejor al Dios con entrañas de misericordia que nos reveló Jesús, que nos dice: "Anda, déjate querer...".
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 227
Veröffentlichungsjahr: 2018
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Antonio González Paz
La misericordia es amar al prójimo con un amor tierno, compasivo, vivo, ardiente, solícito.
G. J. CHAMINADE, Écrits et Paroles
Descubrí por casualidad el cuadro El regreso del hijo pródigodel pintor James Tissot. Andaba buscando una imagen sugerente y poco conocida de esa parábola para una sesión de catequesis y, por azar, di con ella. Me sobrecogió. Ese caballero decimonónico, al que se le han removido las entrañas y ha corrido a abrazar a su hijo, encarna magistralmente la misericordia de Dios.
Huroneando por Internet descubrí que James Tissot (1836-1902) fue un pintor francés nacido en Nantes. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de París. Durante la guerra franco-prusiana tomó parte en la defensa de la Comuna, por lo que, al final de la contienda, se vio obligado a exiliarse en Londres (1871). Expuso su obra en la Royal Academy, en la Galería Grosvenor. Regresó a París en 1883 y allí hizo su primera exposición individual. Visitó Palestina y desde entonces dedicó el resto de su vida a la ilustración de la Biblia. Su obra se caracteriza por el realismo y la precisión en el detalle.
También aprendí que su magistral obra El regreso del hijo pródigoforma parte de un conjunto de cuatro cuadros, presentados por el artista en la Exposición Universal de París en 1889, que pretendía ser una recreación actualizada de la parábola evangélica. El primer cuadro, La partida, es un interior que recoge el momento en que el hijo menor, en presencia de toda la familia, reclama su parte de la herencia. El segundo, En un país lejano, representa el interior de una casa de geishas con las que el joven derrocha sus bienes. El tercero, El regreso del hijo pródigo, reproducido en la portada de este libro, recoge su vuelta a casa y el perdón de su padre. El último, El becerro cebado, plasmala fiesta organizada para celebrar su regreso. Actualmente los cuadros se exponen en el museo de Bellas Artes de Nantes.
Tissot, movido por el deseo de encarnar la parábola en el mundo moderno, ha situado El regreso del hijo pródigo en Londres, a orillas del Támesis. La luz suave y dorada de un amanecer frío y destemplado permite vislumbrar la escena. Un barco de carga ha atracado en el muelle. De su bodega han ido emergiendo cerdos y vacas, entre los que el joven ha vivido los últimos años, que, ente voces y palos, son conducidos a su destino, que probablemente no es otro que un matadero londinense. Su carne sacrificada será alimento de una ciudad oscura y desangelada que se intuye entre las jarcias y el velamen del carguero.
De ese barco, como un animal acorralado, ha bajado también un joven apaleado y vejado por la vida. Desorientado, mareado por la travesía, emocionado al reconocer el paisaje familiar, ha caminado trastabillando por la plataforma de madera del puerto. Partió hace años, no precisamente de la terminal de carga, hacia un país lejano. Entonces era rico en dinero y en futuro. Vestía lujosos ropajes, se cubría con un sombrero de fieltro, lucía anillos en los dedos. Ahora vuelve descalzo, con la cabeza descubierta y cubierto de andrajos. Partió rico y vuelve pobre, se sabía poderoso y se siente humillado, era un hijo y se considera un criado. Ahora tiene hambre de pan y de hogar...
Al descender del carguero, el joven ha paseado una mirada distraída por el muelle y ha descubierto en la dársena a alguien que ha acelerado su ritmo cardíaco. A la luz del frío y desangelado amanecer ha reconocido una silueta familiar. Allí, envejecido por el paso del tiempo y la erosión de una ausencia, está su padre...
El hombre, ahora envejecido y encorvado, pero conservando la elegancia y prestancia de un caballero inglés, no ha dejado de acudir al muelle ni un solo día desde que su hijo partió. Con fidelidad y esperanza ha aguardado cada mañana el atraque de los barcos y escrutado en silencio el desembarco del pasaje. Durante años ha comprobado, con dolor, que su espera, un día más, ha sido inútil. Ha vuelto a casa cada vez más solo y más triste. Es verdad que su hijo mayor vive y trabaja para él, pero es un ser distante, frío y oscuro, que nunca expresa el cariño ni se duele de una ausencia.
Esa mañana gris, el anciano ha vuelto una vez más al puerto, en esta ocasión acompañado por su hijo mayor y su nuera. Una vez más ha visto desembarcar el ganado y a los pasajeros. Pero esta vez ha reconocido entre los viajeros el perfil inconfundible del hijo de sus entrañas. Sin pararse a pensarlo, con el pulso acelerado, ha corrido a su encuentro, perdiendo el sombrero y los papeles. Sin reproches ni amenazas lo ha estrechado entre sus brazos, y, enternecido, le ha cubierto de besos... Le está diciendo sin palabras: «Anda, hijo, déjate querer...».
Su hijo, sorprendido por la reacción, ha caído de rodillas, ha hundido la cabeza en su regazo, ha empapado con lágrimas su levita de costoso paño y ha rodeado su cuerpo con sus brazos, fundiéndose con él en un largo abrazo. No ha dicho nada. Llora serena y entrecortadamente ante el recibimiento entrañable y desconcertante de su padre.
Contemplando la escena, sombríos y huraños, serios y distantes, su cuñada y su hermano permanecen, como la mañana, gélidos y destemplados. No han dado un paso, no se han emocionado, no han llorado. Sus oscuros y gruesos abrigos no pueden caldearles el frío corazón. Para ellos, ese que ha bajado del barco es solo un muerto y un perdido por cuya vuelta no vale la pena alegrarse y menos montar una fiesta. Ambos encarnan la «solitariedad» y la inmisericordia. Los dos tienen un corazón de piedra.
Ese padre, que ha sentido un vuelco en el corazón y una descarga de adrenalina, que, perdiendo la compostura y dignidad, ha salido corriendo a su encuentro, que estrecha emocionado a su hijo perdido, que no pide explicaciones y perdona incondicionalmente, encarna, por el contrario, la misericordia. Este decimonónico caballero inglés personifica al Dios con entrañas de misericordia que Jesús nos ha revelado. Como él, tiene ojos abiertos, oídos despiertos, corazón de carne y pies ligeros para acoger y perdonar al que llega maltrecho de un largo camino.
En las páginas que siguen encontrarás una serie de reflexiones sobre la misericordia de Dios articuladas en un proceso catequético. Cada capítulo termina con unas propuestas de oración que pueden ayudarte a interiorizar y «metabolizar» lo leído.
Quiero terminar esta presentación dedicando este libro a los religiosos marianistas que ejercen su ministerio en Cuba. Con ellos pasé un interesante y cálido verano. Gracias a su testimonio callado, alegre y elocuente, aprendí en esa isla del Caribe a ser un agente de misericordia entre los últimos.
ANTONIO GONZÁLEZ PAZ
1
Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado (Papa Francisco, Misericordiae vultus 2).
En la novela El tiempo mientras tanto, Carmen Amoraga narra la historia de María José, una chica de salud enfermiza, escasa aceptación social y tendencia a la obesidad, perdidamente enamorada de Joaquín, su vecino, con el que finalmente conseguirá casarse. Después de un corto período de convivencia, el matrimonio acaba divorciándose. María José intenta rehacer su vida. Una mañana, camino de su trabajo, un infortunado accidente automovilístico la hace entrar en un coma irreversible. Paco, su padre, un hombre profundamente bueno, camionero valenciano dedicado a transportar naranjas a Polonia, al conocer la noticia siente un dolor profundo que le desgarra por dentro, como si en vez de sangre circularan por sus venas cristales incandescentes.
Durante los seis meses en los que se prolongue la situación, el padre, que ha pedido una excedencia en el trabajo, consagrará fielmente las mañanas a estar junto a su hija desvalida, acariciándola, hablándole tiernamente, leyéndole el periódico, confesándole su cariño incondicional, tumbándose a su lado y achuchándola como cuando era pequeña. Impotente para devolverle la salud, vive desviviéndose por ella, hasta que finalmente la muerte la arranque de su lado. La conducta de este hombre es una encarnación de la concepción bíblica de la misericordia.
Si la Real Academia eliminara del diccionario esta palabra, si el colegio de licenciados en Psicología proscribiera ese sentimiento, estaríamos destruyendo casi lo más humano que hay en el hombre. Probablemente, sin misericordia la persona se convertiría en una máquina, preocupada por la eficacia y la producción, pero incapaz de vibrar con el dolor ajeno y de colaborar en su eliminación.
Un mundo sin misericordia, en el que las obras sociales y caritativas estuvieran exclusivamente en manos de funcionarios, correría el riesgo de suprimir el amor, la ternura, la comprensión, la delicadeza en aras de la eficacia.
«Eficacia» es una palabra fría, como «burocracia», «efectividad» o «utilidad». La efectividad soluciona problemas, pero rehúye el contacto humano. Aporta soluciones a las situaciones problemáticas, pero lo hace con la frialdad del hielo. Introduce al planeta en una nueva era glaciar en el que la vida es dura y difícil. En un mundo así, los cristianos estamos llamados a aportar misericordia, convirtiéndonos en los rompehielos Dios.
Debemos prepararnos para ser los rompehielos de Dios y estar dispuestos a ser el albergue de Dios para esos millones de gentes que se van a encontrar pronto gimiendo, heridos y solitarios. Debemos ser rompehielos, pero con el corazón tan lleno de amor de Dios y del hombre, tan llenos del fuego del Espíritu, que podamos penetrar en ese frío terrible que nos envuelve ya y que va a aprisionar cada vez con más fuerza el corazón de los hombres (Catherine de Hueck, Pustinia).
Todo un desafío y un programa para aquellos cristianos que quieran seguir siendo significativos para sus contemporáneos.
DOS PALABRAS HEBREAS
El concepto de misericordia tiene en el Antiguo Testamento una larga y sabrosa historia. Los libros sagrados emplean dos palabras hebreas – ḥésed y raḥamim– para designar la misericordia. Ambas tienen un rico contenido, con matices semánticos distintos y complementarios.
Ḥesed
La palabra ḥésed designa una actitud humana de profunda bondad. Cuando existe ḥésed entre dos personas, estas no son solo benévolas entre sí, sino, al mismo tiempo, recíprocamente fieles, con una fidelidad que brota de un compromiso interior, que tiene una base no solamente moral, sino casi jurídica. Es el amor previo al otro el que nos lleva a serle fiel, a no traicionarle nunca jamás, sea cual sea su comportamiento.
Cuando ḥésed se emplea para hablar de las relaciones de los hombres con Dios, ha de entenderse siempre en el marco de la alianza que el Señor rubricó libremente con su pueblo. Esta alianza, que nace de la bondad de Dios, compromete jurídicamente a las dos partes a permanecer siempre fieles a la palabra dada. Se sobrentiende que, si uno de los dos firmantes rompe su compromiso, deja al otro las manos libres para actuar como crea conveniente.
Sin embargo, cuando a lo largo de la historia del pueblo, Israel viola la alianza, Dios permanece fiel. En esos casos, el Señor parece que no se siente libre. Al recordar queḥésed supone también un amor que se da, un amor más fuerte que la muerte, un amor capaz de perdonar la traición, el Señor no olvida a su pueblo, sino que le ofrece el perdón, la restauración y la paz.
Esta fidelidad por parte de Dios forma parte de la fidelidad a sí mismo. En este sentido, el profeta Ezequiel pone estas palabras en boca de Dios: «No lo hago por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por vosotros» (Ez 36,22).Es decir, que Israel, convicto y confeso, puede seguir esperando el perdón y la misericordia de Dios, aunque no los pueda exigir, porque Dios es siempre fiel a sí mismo.
Raḥamim
La otra palabra hebrea que se traduce por misericordia es Raḥamim(réḥemraḥamimse manifiesta en la ternura, bondad, paciencia, comprensión, propensión al perdón..., que regula normalmente las relaciones entre ambos.
Cuando afirmamos que Dios nos ama con raḥamim, estamos diciendo que el Señor nos quiere visceralmente, con la ternura de una madre, con la fidelidad de un padre. Isaías llega a poner en boca de Dios: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré nunca jamás» (Is 49,15).El amor deraḥamim del Señor se manifiesta en el cuidado, atención, defensa, ayuda, perdón hacia su pueblo, fruto de sus entrañas maternales.
Las traducciones al español de estas dos palabras hebreas oscilan entre misericordia y amor, pasando por ternura, piedad, conmiseración, compasión, clemencia, bondad... A pesar de la riqueza de acepciones que esto supone, ninguna de ellas traduce adecuadamente el concepto bíblico de misericordia. Cuando la Escritura emplea ḥésed o raḥamim, está refiriéndose a esa ternura de Dios que se desencadena espontáneamente ante la miseria y el desvalimiento del hombre y se manifiesta en una fidelidad hasta la muerte.
La palabra española «misericordia» procede de dos latinas: miser (= desdichado) y cor (= corazón). Inicialmente designaba a la persona a la que se le rompe el corazón ante las desdichas de los demás y acude a socorrerle. Hoy designa más bien la inclinación a compadecerse y mostrarse comprensivo ante las miserias y sufrimientos ajenos. Ha habido un empobrecimiento semántico respecto a la acepción bíblica.
Uniendo el contenido de las dos palabras hebreas se podría afirmar que la misericordia es un sentimiento entrañable que tiene algo de irracional e incondicional, nace del corazón maternal de Dios o del hombre y lleva a perdonar siempre por fidelidad, a ese amor ilimitado. Todo esto hay que tenerlo en cuenta cuando afirmamos, por ejemplo, que Dios o el Paco de Carmen Amoraga son misericordiosos o que su misericordia no tiene fin.
UN DIOS TIERNO Y MISERICORDIOSO
El pueblo de Israel no llegó a confesar que Dios es «compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados» (Ex 34,6-7)por un proceso de elucubración mental o filosófico. Llegó a estas conclusiones contemplando su propia historia, releyendo los acontecimientos, observando el comportamiento de Dios cuando habían sido infieles a la alianza. Fue así como Israel, individual y comunitariamente, llegó a descubrir que el mejor adjetivo para describir el comportamiento de Dios con los suyos era ser misericordioso.
Nos cuenta la Escritura que Israel fue un pueblo que, liberado de la esclavitud de Egipto, firmó con su Dios una alianza que voluntariamente limitaba la libertad de ambos –como ocurre en cualquier pareja humana– por fidelidad al amor que les unía. La alianza brotó del amor del Señor, que había tomado la iniciativa al elegir a Israel. Su contenido se resume en una frase lapidaria que pone de manifiesto el compromiso y las exigencias mutuas: «Vosotros seréis mi pueblo, yo seré vuestro Dios» (Jr 30,22).
Desgraciadamente, el pueblo, con cierta frecuencia, rompió la alianza con su Señor. Fueron los profetas los que, a lo largo de la historia, denunciaron la situación, despertaron la conciencia adormecida del pueblo y le exhortaron a apelar a la misericordia divina, convencidos de que Dios es siempre fiel a su palabra.
Las palabras del profeta Miqueas expresan bien esta convicción y ponen de manifiesto las diversas facetas de la misericordia divina:
¿Qué Dios como tú
perdona el pecado
y absuelve la culpa
al resto de Israel?
No mantendrá siempre la ira,
pues ama la misericordia;
volverá a compadecerse,
destruirá nuestras culpas,
arrojará al fondo del mar
todos nuestros pecados.
Así serás fiel a Jacob y leal a Abrahán,
como lo prometiste en el pasado a nuestros padres (Miq 7,18-20).
Miqueas comienza su intervención afirmando que el Dios de Israel no es como esos dioses de los pueblos vecinos, que tienen muy buena memoria para el mal cometido por sus fieles. Ni olvidan ni perdonan. Por el contrario, Yahvé, gracias a sus entrañas misericordiosamente maternales, es propenso a no tener en cuenta y a olvidar el pecado de los suyos.
El profeta está convencido de que su Dios «es un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso, que se arrepiente de las amenazas» (Jon 4,13).Por eso apela, en un primer momento, a suraḥamim, convencido de que no puede mantener su enfado con aquellos que son objeto de su predilección. Miqueas razona como un niño que, justificadamente castigado, hace una morisqueta a su madre buscando su complicidad y su perdón. El chaval sabe que su estratagema saldrá adelante, porque la que le dio a luz está deseando tener una excusa para sepultar su culpa y su pecado.
Por si su primer razonamiento no da resultado, Miqueas, en un segundo momento, apela al ḥésed de Dios, invitándole a recordar lo prometido a Jacob y Abrahán: «Que nos concedería, ya liberados del poder del enemigo, servirle sin temor en su presencia, con santidad y justicia, toda la vida» (Lc 1,73-74).Estaba seguro de que, a pesar de la infidelidad de su pueblo, Dios sería siempre fiel y leal a su alianza.
Mientras otros dioses manifiestan su poder castigando, el Dios de Israel lo hace perdonando. Haciéndolo revela su ternura (raḥamim)y su fidelidad(ḥésed) a toda prueba.
El profeta Isaías, por su parte, ofrece al pueblo infiel unas palabras consoladoras que evocan la relación matrimonial como imagen de la alianza entre Dios y su pueblo:
Como mujer abandonada y abatida
te vuelve a llamar el Señor;
como a esposa de la juventud repudiada.
Por un instante te abandoné,
pero con gran cariño me volveré a reunir contigo.
En un arrebato de ira
te escondí un instante mi rostro,
pero con lealtad eterna te quiero.
Aunque se retiren los montes
y vacilen las colinas,
no te retiraré mi lealtad
ni mi alianza de paz vacilará (Is 54,6-8.10).
Para Isaías, Israel, al firmar la alianza con Yahvé, se había convertido en esposa del Señor y madre fecunda. Cuando, por debilidad, es infiel a su esposo –un auténtico adulterio en ese sentido–, Dios se ve inclinado a repudiarla y abandonarla. Entonces actúa el raḥamim de Yahvé, que no puede soportar la situación. Se siente impelido a ser con ella «compasivo y clemente, paciente y misericordioso» (Sal 103,8). Hablándole al corazón, sin exigirle ningún cambio previo de actitud, le anunciará: «Aunque sean tus pecados como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como nieve» (Is 1,18).
El divorcio de la pareja solo ha durado un instante. El Señor, movido por su amor misericordioso, ha vuelto a recibirla en casa, a tomarla de nuevo por esposa, a vivir con ella disfrutando de su compañía, a rodearla de cariño y ternura, a hacerla madre fecunda. La reconciliación de la pareja estaba asegurada por el ḥésed de Dios. La alianza de paz restaurada durará para siempre. Será más estable que las altas cordilleras, más firme que los montes, que no vacilan. Así el Señor pondrá de manifiesto una vez más su fidelidad y lealtad.
Esta imagen esponsal de la reconciliación de la pareja y del nuevo matrimonio adquiere en el profeta Oseas una densidad propia:
Me casaré contigo para siempre,
me casaré contigo
a precio de justicia y derecho,
de afecto y cariño.
Me casaré contigo
a precio de fidelidad,
y conocerás al Señor (Os 2,21-22).
Para Oseas, el adulterio, divorcio y posterior reconciliación de la pareja –que él, por mandato del Señor, vivió en su propia carne, convirtiéndose así en una parábola y profecía viva para el pueblo de Israel– es muy significativa. El nuevo matrimonio será perpetuo y definitivo, como subraya la afirmación: «Me casaré contigo», repetida tres veces. Los dones que la esposa recibirá el día de su boda –justicia, derecho, afecto, cariño, fidelidad–ponen de manifiesto que la pareja está edificada sobre roca firme – raḥamim y ḥésed–,que podrá resistir vientos y tempestades (cf. Mt 7,23-24).
Sorprendentemente, los dones que la esposa recibe son también el precio o dote (repetido dos veces) que el marido paga por adelantado. Esta muestra tan espléndida de confianza está pidiendo, no exigiendo, una respuesta análoga. Solo si la mujer, voluntaria y libremente, se llena de sentido de la justicia, de cariño y fidelidad, en una palabra, de misericordia, el matrimonio será perpetuo. Si la esposa, transformada por el amor del marido, logra responder con las mismas actitudes de su esposo, la relación tendrá futuro.
Resumiendo: en la predicación de los profetas, la misericordia del Señor se nos revela como una manifestación de la intensidad del amor de Dios, que, por fidelidad a sí mismo, prevalece sobre la infidelidad y el pecado de su pueblo.
LA EXPERIENCIA FUNDANTE DE ISRAEL
Los profetas no han inventado esta teoría por su cuenta. Ya desde los orígenes de Israel, su historia ha estado marcada por la misericordia de Dios. Fue precisamente esa ternura y fidelidad del Señor la que hizo posible su constitución como pueblo libre y soberano.
Israel –en sus antepasados– era un pueblo que, por la sequía y la hambruna, había tenido que emigrar de Canaán a Egipto, una auténtica potencia mundial de la época, buscando un futuro mejor en un país rico y poderoso. Años más tarde, en un período de crisis –de esas que cíclicamente asolan nuestro mundo–, un hebreo –José–, gracias a su habilidad política, consiguió salvar la economía egipcia. Era un cerebro extranjero puesto al servicio de los faraones. Elevado a la categoría de primer ministro, fue protegiendo a sus hermanos y familiares, instalándoles en despachos y puestos clave, de forma que, al cabo de algunos años, los hebreos se habían hecho con el poder económico y social. La colonia extranjera llegó a ser numerosa, fuerte e influyente.
Pero los hombres pasan y las cosas se olvidan. Vientos racistas y patrióticos recorrieron el Nilo. La corriente nacionalista y xenófoba temió que el excesivo poder acumulado por los hebreos acabara por desplazar la cultura, la lengua y las tradiciones locales. El nuevo faraón en el poder sería el motor del cambio de política.
Muerto José, los israelitas se multiplicaban, se hacían fuertes en extremo e iban llenando todo el país. Subió al trono en Egipto un nuevo faraón que no había oído hablar de José y dijo a su pueblo:
–Mirad, los israelitas se están volviendo más numerosos y fuertes que nosotros. Vamos a vencerlos con astucia, pues si no crecerán y, si se declara la guerra, se aliarán con el enemigo, nos atacarán y después se marcharán de nuestra tierra.
Así pues, nombraron capataces que los explotaran como cargadores en la construcción de las ciudades de Pitón y Ramsés. Pero, cuanto más los oprimían, ellos crecían y se propagaban más. Hartos de los israelitas, los egipcios les impusieron trabajos penosos y les amargaron la vida con dura esclavitud, imponiéndoles los duros trabajos del barro, de los ladrillos, y toda clase de trabajos del campo [...]
El rey de Egipto ordenó que, cuando [las comadronas] asistiesen en los partos a las hebreas, matasen a los niños, y a las niñas las dejasen con vida (Ex 1,1-16).
Las medidas represivas no nos sorprenden, porque son parecidas a las que vemos tomar actualmente en determinados países y situaciones: duras condiciones laborales, prohibición de matrimonios mixtos, xenofobia, asesinatos, violaciones, control de la natalidad... En nombre de la pureza de sangre, en defensa de la propia religión, de la propia cultura o del puesto de trabajo, un pueblo se empeña en esclavizar y destruir a otro.
Dios calla y contempla respetando la libertad de los hombres, hasta que la situación de los israelitas despierta su ternura y fidelidad hacia el pueblo que se había escogido como heredad:
Los israelitas se quejaban de la esclavitud y clamaron; los gritos de auxilio de los esclavos llegaron a Dios; Dios escuchó sus quejas y se acordó del pacto hecho con Abrahán, Isaac y Jacob; Dios se fijó en los israelitas y se ocupó de ellos (Ex 2,23-25).
Los israelitas, agobiados por la situación vital que sufren, toman conciencia de la esclavitud, se quejan y se lamentan ante el Dios de sus padres. Esperan que el Señor no les haya olvidado. Claman, gritan, aguardando que atienda a sus gemidos. Verbalizan su situación y manifiestan a gritos lo que están viviendo.
Ante este panorama de opresión, ¿cómo reacciona el Dios que había prometido fidelidad a Abrahán y a su linaje para siempre? ¿Permanecerá impasible ante tanto dolor? ¿Se le cerrarán las entrañas y se desentenderá de los suyos? El libro del Éxodo cuenta la reacción del Señor.
El Dios de Israel, como Paco en la novela de Carmen Amoraga, observa y calla. Sufre en silencio la situación que vive su pueblo. No dice nada, pero está atento para poder escuchar las quejas de los suyos. Cuando los israelitas tomen conciencia de la situación y la verbalicen, se despertará la fidelidad de Dios, recordará la promesa hecha al primer patriarca y, movido por sus entrañas maternales, se ocupará de ellos: es un Dios fiel, comprometido con su pueblo, que no falla jamás. Pero Dios está atado por la libertad regalada al hombre. Para poder actuar en la historia manifestando su fidelidad y misericordia necesita la colaboración y las manos de los hombres que él creó libres:
Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza». Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
–Moisés, Moisés.
Respondió él:
–Aquí estoy.
Dijo Dios:
–No te acerques, quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.
Y añadió:
–Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.
El Señor le dijo:
–He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, el país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos. El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y ahora marcha, te envió al faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas (Ex 3,1-10).
Preocupado por la situación que viven los suyos, Dios ha elegido a Moisés. Se ha manifestado ante él como un fuego abrasador. Le ha abierto su corazón, que arde en amor apasionado, en ternura que le abrasa las entrañas. Como es un Dios fiel a la promesa hecha a Abrahán, Isaac y Jacob, ha tomado conciencia de la opresión de su pueblo y quiere librarle de la situación que vive. Para poder hacerlo deberá contagiar su pasión a Moisés, transformándolo en agente de su misericordia.
