Anne, la de Álamos Ventosos - Lucy M. Montgomery - E-Book

Anne, la de Álamos Ventosos E-Book

Lucy M. Montgomery

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Beschreibung

Anne Shirley comienza una nueva etapa en su vida como directora del colegio de Summerside mientras Gilbert estudia Medicina en Redmond. Desde el primer día, tendrá que enfrentarse con una poderosa e influyente familia, los Pringle, que le hacen la vida imposible y dejan bien en claro que no la quieren allí. Anne, con su buen corazón, su eterno optimismo y su enorme habilidad para solucionar problemas, se involucrará en las vidas de los habitantes de Summerside y se ganará el cariño de todos. En esta cuarta novela de la serie de Anne, Lucy M. Montgomery intercala el formato epistolar y el narrativo para desplegar situaciones graciosas, románticas y dramáticas. Con su prosa ágil y sus típicas pinceladas de humor, la autora nos transporta a una época lejana en la que los personajes viven situaciones con las que podemos identificarnos hoy en día. Y, una vez más, nos invita a soñar.

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Seitenzahl: 444

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Anne, la de álamos ventosos

Anne, la de álamos ventosos

Lucy M. Montgomery

Índice de contenido
Portadilla
Legales
PRIMER AÑO
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
SEGUNDO AÑO
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
TERCER AÑO
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce

Montgomery, Lucy Maud

Anne, la de álamos ventosos / Lucy Maud Montgomery ; ilustrado por Pablo de Bella. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Catapulta , 2023..

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga Traducción de: Cristina Paoloni. ISBN 978-987-815-160-1

1. Narrativa Infantil y Juvenil Canadiense. 2. Infancia. 3. Novelas Realistas. I. Bella, Pablo de, ilus. II. Paoloni, Cristina, trad. III. Título.

CDD C823.9283

Anne, la de Álamos Ventosos

Lucy M. Montgomery

Título original: Anne of Windy Poplars

Con ilustraciones de Pablo De Bella

Primera edición.

Colombia 260 - B1603CPH

Villa Martelli, Bs. As., Argentina

[email protected]

www.catapulta.net

Coordinación editorial: Florencia Carrizo

Traducción: Cristina M. Paoloni

Edición: Alejandro Palermo

Corrección: Gustavo Wolovelsky

Diseño de cubierta e interior: Verónica Álvarez Pesce

ISBN 978-987-815-160-1

© 2022, Catapulta Children Entertainment S. A.

Hecho el depósito que determina la ley N.o 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión, o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Digitalización: Proyecto451

PRIMER AÑO

Capítulo uno

(Carta de Anne Shirley, licenciada en Letras, directora de la Escuela Secundaria de Summerside, a Gilbert Blythe, estudiante de Medicina de la Universidad de Redmond, Kingsport).

Álamos Ventosos

Calle del Fantasma

Summerside

Lunes 12 de septiembre

Mi amor:

¿Qué te parece mi dirección? ¿No tiene un nombre adorable? “Álamos Ventosos” es el nombre de mi nuevo hogar, y me encanta. También me gusta la Calle del Fantasma, aunque no es su nombre verdadero. En realidad, se llama calle Trent, pero nadie usa ese nombre, excepto el Weekly Courier, las raras ocasiones en que la menciona, y, cuando eso ocurre, las personas se miran entre sí y preguntan: “¿Dónde está ese lugar?”. Se la conoce como la Calle del Fantasma… aunque no podría decirte por qué motivo. Ya se lo he preguntado a Rebecca Dew, pero lo único que sabe es que siempre se ha llamado la Calle del Fantasma, y que hace años se contaba una historia acerca de que estaba embrujada. Pero ella jamás ha visto allí nada más extraño que a sí misma.

Pero no debo adelantarme con la historia. Aún no conoces a Rebecca Dew. Pero la conocerás, claro que sí. Presiento que Rebecca Dew aparecerá con frecuencia en mi correspondencia futura.

Es la hora del crepúsculo, querido mío. (A propósito, ¿no te parece que “crepúsculo” es una palabra deliciosa? Me gusta más que “anochecer”. Suena tan aterciopelada, llena de sombras y… y… crepuscular). De día pertenezco al mundo… de noche, al sueño y la eternidad. Pero a la hora del crepúsculo, estoy libre de ambos y solo pertenezco a mí misma… y a ti. Así que reservaré esta hora sagrada para escribirte. Aunque esta no va a ser una carta de amor. La pluma que tengo es áspera y no puedo escribir cartas de amor con una pluma así… ni con una pluma de punta afilada… ni de punta roma. De modo que solo recibirás ese tipo de cartas de mi parte cuando tenga la pluma adecuada. Mientras tanto, te contaré sobre mi nueva casa y sus habitantes. ¡Gilbert, son tan encantadoras!

Vine ayer en busca de una pensión. La señora Lynde me acompañó, en teoría, para hacer compras, pero en realidad sé que fue para elegirme un lugar donde vivir. A pesar de mi título de licenciada, la señora Lynde aún piensa que soy una jovencita inexperta que necesita ser guiada, dirigida y supervisada.

Vinimos en tren y, oh, Gilbert, tuve una aventura muy graciosa. Ya sabes que soy de la clase de personas a las que las aventuras se les presentan sin que las busquen. Parecería que las atraigo.

Ocurrió justo cuando el tren se detenía en la estación. Me puse de pie y al recoger la maleta de la señora Lynde (ella iba a pasar el domingo en lo de una amiga en Summerside), apoyé los nudillos con fuerza sobre lo que pensé que era el brillante brazo de un asiento. Al instante, recibí un violento golpe que casi me hizo lanzar un alarido. Gilbert, lo que pensé que era el brazo del asiento era la cabeza calva de un hombre. Me miraba con furia y era evidente que acababa de despertarse. Me disculpé humildemente y me bajé del tren tan rápido como pude. Lo último que vi fue su mirada enfurecida. ¡La señora Lynde estaba horrorizada y a mí todavía me duelen los nudillos!

No esperaba tener mucho problema en encontrar pensión, ya que la esposa de un tal Tom Pringle ha alojado a los directores de la escuela durante los últimos quince años. Pero, por alguna razón desconocida, se había cansado de “sufrir esas molestias” y no quiso alojarme. Muchos otros lugares aceptables dieron amables excusas. Otros no eran aceptables. Caminamos por el pueblo toda la tarde hasta acabar acaloradas y cansadas y tristes y con dolor de cabeza… por lo menos yo me sentía así. Desesperada, estaba lista para rendirme… ¡y entonces, apareció la Calle del Fantasma!

Habíamos ido a ver a la señora Braddock, una vieja amiga de la señora Lynde. Y ella dijo que pensaba que “las viudas” podrían alojarme.

—Oí que buscaban una pensionista para poder pagarle el salario a Rebecca Dew. Ya no pueden darse el lujo de retenerla a menos que obtengan una renta extra. Si Rebecca se va, ¿quién va a ordeñar la vieja vaca colorada?

La señora Braddock me echó una mirada severa, como si hubiera pensado que yo tenía la obligación de ordeñar la vaca colorada, pero no me habría creído, ni siquiera bajo juramento, si yo le hubiera asegurado que sabía hacerlo.

—¿Qué viudas? —preguntó la señora Lynde.

—Pues la tía Kate y la tía Chatty, claro —respondió la señora Braddock, como si todo el mundo, incluso una ignorante licenciada, debiera saberlo—. La tía Kate era la esposa del capitán Amasa MacComber y ahora es su viuda, y la tía Chatty era la esposa de Lincoln MacLean y ahora es una simple viuda. Pero todos las llaman “tías”. Viven al final de la Calle del Fantasma.

¡La Calle del Fantasma! Eso lo decidió. En ese momento supe que sencillamente tenía que alojarme con las viudas.

—Vayamos a verlas de inmediato —le rogué a la señora Lynde. Me parecía que, si perdíamos el tiempo, la Calle del Fantasma se esfumaría y volvería al País de las Hadas.

—Puedes ir a verlas, pero es Rebecca quien en realidad decide si te aceptan o no. Rebecca Dew es quien lleva la voz cantante en Álamos Ventosos, te lo aseguro.

¡Álamos Ventosos! No podía ser cierto… no, no podía ser cierto. Debía estar soñando. Y entonces la señora Rachel Lynde empezó a decir que era un nombre muy extraño para una casa.

—Oh, el capitán MacComber le puso ese nombre. Era su casa, ¿saben? Él plantó todos los álamos que la rodean y estaba muy orgulloso, aunque rara vez iba allí y nunca se quedaba durante mucho tiempo. La tía Kate decía que ese era un inconveniente, pero jamás entendimos si se refería a que se quedaba durante poco tiempo o a que volvía. Bueno, señorita Shirley, espero que puedas alojarte allí. Rebecca Dew es una buena cocinera y su ensalada de papas es excelente. Si le caes bien, serás tratada como una reina. Pero si le caes mal… bueno, no. Es así. Me enteré de que hay un banquero en el pueblo que está buscando una pensión y es posible que lo prefiera a él. Es curioso que la esposa de Tom Pringle no te alojara. Summerside está lleno de Pringles y medio Pringles. Los llaman “la Familia Real” y tendrás que llevarte bien con ellos, señorita Shirley, o jamás lograrás tener éxito en la escuela secundaria de Summerside. Siempre tuvieron la voz cantante por estos pagos… hay una calle que lleva el nombre del viejo capitán Abraham Pringle. Son varios los que forman el clan, pero las dos señoras de Maplehurst son las que lo dirigen. Oí decir que tú no les agradabas.

—¿Pero por qué? —exclamé—. Ni siquiera las conozco.

—Bueno, una prima tercera de ellas se postuló para el puesto de directora y toda la familia está convencida de que tendría que haberlo obtenido. Cuando te nombraron a ti, el clan entero echó la cabeza hacia atrás y lanzó tremendos alaridos. Bueno, la gente es así. Hay que aceptarlos tal como son. Serán suaves como la seda contigo, pero siempre tratarán de causarte problemas. No es mi intención desalentarte, pero es mejor prevenir que curar. Espero que te vaya bien, aunque sea solo para fastidiarlos. Si las viudas te alojan, no tendrás inconveniente en comer con Rebecca Dew, ¿no? Ella no es una criada propiamente dicha. Es una prima lejana del capitán. No se sienta a la mesa cuando hay invitados… sabe cuál es su lugar en esos momentos… pero si tú te alojas allí, no te considerará una invitada, claro.

Le aseguré a la preocupada señora Braddock que me iba a encantar comer con Rebecca Dew y arrastré a la señora Lynde fuera de allí. Tenía que llegar antes que el banquero.

La señora Braddock nos acompañó a la puerta.

—Y no hieras los sentimientos de la tía Chatty, ¿quieres? Es muy fácil herir sus sentimientos. Es tan sensible, pobrecita. Verás, ella no tiene tanto dinero como la tía Kate… aunque la tía Kate tampoco tiene demasiado. Y además la tía Kate quería a su marido de verdad… a su propio marido, me refiero… pero la tía Chatty no quería… mucho al suyo. ¡Y no es de extrañar! Lincoln MacLean era un viejo cascarrabias… pero ella cree que la gente se lo echa en cara. Es una suerte que sea sábado. Si fuera viernes, la tía Chatty ni siquiera consideraría la posibilidad de alojarte. Uno creería que la supersticiosa es la tía Kate, ¿no? Los marineros son un poco así. Pero la supersticiosa es la tía Chatty… aunque su esposo era carpintero. Era muy bonita cuando era joven, pobrecita.

Le aseguré a la señora Braddock que los sentimientos de la tía Chatty serían sagrados para mí, pero ella nos siguió por el camino.

—Kate y Chatty no hurgarán en tus pertenencias cuando estés fuera. Son muy consideradas. Rebecca Dew tal vez lo haga, pero no irá con cuentos sobre ti. Y si estuviera en tu lugar, yo no iría por la puerta principal. Solo la usan en ocasiones realmente importantes. No creo que la hayan abierto desde el funeral de Amasa. Ve por la puerta lateral. Guardan la llave bajo un macetero que está en el alféizar de la ventana; así que, si no hay nadie en casa, abre la puerta, entra y espera. Y por lo que más quieras, no se te ocurra alabar al gato, porque Rebecca Dew lo detesta.

Le prometí que no alabaría al gato y por fin nos fuimos. Enseguida llegamos a la Calle del Fantasma. Es una calle lateral muy corta que da a un campo abierto; a lo lejos, una colina azul hace de hermoso telón de fondo. A un lado, no hay ninguna casa y la tierra desciende hacia el puerto. Al otro lado, hay solo tres. La primera es solo una casa… nada más que decir. La siguiente es una enorme mansión, imponente y lúgubre, de ladrillo rojo y con una buhardilla llena de claraboyas, una barandilla de hierro en la parte superior plana, y tantos abetos rojos y blancos alrededor que apenas si se distingue la casa. Debe ser espantosamente oscura adentro. Y la tercera y última es Álamos Ventosos, justo en la esquina; una calle cubierta de hierba en el frente y un verdadero y hermoso camino campestre, sombreado de árboles, del otro lado.

Me enamoré de ella al instante. Ya sabes que hay casas que te impresionan a primera vista por alguna extraña razón difícil de comprender. Álamos Ventosos es así. Podría describirla como una casa de madera blanca… muy blanca… con persianas verdes… muy verdes… con una “torre” en una esquina y una claraboya a ambos lados, una pared baja de piedra que la separa de la calle, con álamos que crecen a intervalos a lo largo y un gran jardín en la parte trasera con flores y vegetales entremezclados deliciosamente. Sin embargo, no lograría transmitirte todo el encanto que tiene. En síntesis, es una casa con una personalidad encantadora y con algo que me recuerda a Tejados Verdes.

—Este es el lugar indicado para mí… estaba predestinado —comenté, encantada.

La señora Lynde me miraba como si no confiara demasiado en la predestinación.

—Será una larga caminata hasta la escuela —dijo, algo dubitativa.

—No me importa. Será un buen ejercicio. Oh, mire ese adorable bosquecito de abedules y arces del otro lado del camino.

La señora Lynde lo miró, pero lo único que dijo fue:

—Espero que no te devoren los mosquitos.

Yo también lo esperaba. Detesto los mosquitos. Un mosquito puede mantenerme más despierta que los remordimientos de conciencia.

Me alegré de que no tuviéramos que entrar por la puerta principal. Se veía tan imponente… una enorme puerta de madera veteada de doble hoja, con paneles laterales de vidrio rojo con un diseño de flores. No parecía tener nada que ver con la casa. La pequeña puerta lateral verde, a la cual llegamos después de atravesar un encantador sendero de piedritas planas y delgadas, por tramos cubierto de césped, era mucho más amigable y atractiva. El sendero estaba bordeado de prolijas franjas de hierba, corazones sangrantes, lirios atigrados, claveles, abrótanos, margaritas blancas y púrpuras y las flores que la señora Lynde llama “pionías”. Por supuesto que no estaban todas en flor en esta época, pero se veía que habían florecido a su debido tiempo y lo habían hecho bien. Había una parcela con rosas en un rincón alejado entre Álamos Ventosos y la lúgubre casa, cerca de una pared de ladrillos cubierta por una enredadera y, en el centro, una puerta de un desteñido color verde con un enrejado en forma de arco por encima. La puerta estaba atravesada con ramas de hiedra, de modo que era evidente que no la habían abierto en mucho tiempo. En realidad, era una media puerta, ya que la mitad superior era un simple óvalo abierto a través del cual se alcanzaba a ver un selvático jardín del otro lado.

Justo cuando atravesamos el portón del jardín de Álamos Ventosos, percibí una pequeña mata de tréboles junto al sendero. Un impulso me llevó a agacharme para observarlos. ¿Puedes creerlo, Gilbert? Allí, delante de mis ojos, ¡había tres tréboles de cuatro hojas! ¡Hablando de presagios! Ni siquiera los Pringle pueden luchar contra eso. Y estaba segura de que el banquero no tenía ni la más mínima oportunidad.

La puerta lateral estaba abierta, así que era evidente que había alguien en casa y no fue necesario buscar la llave debajo de la maceta. Golpeamos a la puerta y Rebecca Dew la abrió. Supimos que era ella porque no podría haber sido ninguna otra persona en todo el mundo. Y no podría haberse llamado de ninguna otra manera.

Rebecca Dew tiene unos cuarenta años; y, si a un tomate le creciera pelo negro desde la frente, tuviera pequeños y brillantes ojos negros, una nariz diminuta con una punta prominente y una boca en forma de ranura, tendría el mismo aspecto que ella. Todo en ella es demasiado corto: brazos, piernas, cuello y nariz… todo menos la sonrisa. Es tan larga que va de oreja a oreja.

Pero no la vimos sonreír en ese momento. Tenía una expresión muy seria cuando le pregunté si podía ver a la señora MacComber.

—¿Se refiere a la señora del capitán MacComber? —preguntó en tono de reproche, como si hubiera por lo menos una docena de señoras MacComber en la casa.

—Sí —dije sumisamente. Y de inmediato nos condujo a la recepción y nos dejó allí. Era una sala bastante agradable, algo abarrotada de tapetes en los respaldos de los sillones, pero con una atmósfera serena y amistosa que me gustó. Cada mueble tenía su propio lugar particular que había ocupado durante años. ¡Cómo brillaban esos muebles! No hay abrillantador en el mercado que produzca ese brillo de espejo. Yo sabía que se debía al trabajo duro de Rebecca Dew. Sobre la repisa de la chimenea, había un navío con todas sus velas dentro de una botella que despertó el interés de la señora Lynde. No podía entender cómo había podido ir a parar allí… pero pensaba que le daba al salón “un toque náutico”.

Entraron “las viudas”. Me agradaron de inmediato. La tía Kate era alta, delgada y gris, y tenía un aspecto algo severo, exactamente como el de Marilla; y la tía Chatty era baja, delgada, gris y un poco melancólica. Es posible que haya sido muy bonita alguna vez, pero ya no queda nada de su belleza, excepto los ojos. Son adorables: dulces, grandes y castaños.

Les expliqué mi situación y las viudas se miraron entre sí.

—Tenemos que consultarle a Rebecca Dew —dijo la tía Chatty.

—Sin duda —agregó la tía Kate.

En consecuencia, llamaron a Rebecca Dew, quien vino desde la cocina. El gato también vino con ella, un enorme y peludo gato maltés, con el pecho y el collar blancos. Me hubiera gustado acariciarlo, pero recordé la advertencia de la señora Braddock y lo ignoré.

Rebecca me miró sin un atisbo de sonrisa.

—Rebecca —dijo la tía Kate que, según descubrí, no malgasta sus palabras—, la señorita Shirley quiere alojarse aquí. No creo que podamos admitirla.

—¿Por qué no? —preguntó Rebecca Dew.

—Tendrías demasiado trabajo —dijo la tía Chatty.

—Estoy muy acostumbrada al trabajo —replicó Rebecca Dew. No se pueden separar esos nombres, Gilbert, es imposible… aunque las viudas lo hacen. La llaman Rebecca cuando se dirigen a ella. No sé cómo lo logran.

—Estamos bastante mayores para soportar jóvenes que entran y salen —insistió la tía Chatty.

—No generalice —señaló Rebecca Dew—, yo solo tengo cuarenta y cinco años y aún conservo todas mis facultades intactas. Y creo que sería agradable tener a una joven en la casa. Una mujer es mejor que un varón, sin duda. El varón se la pasaría fumando día y noche… nos incendiaría la casa. Si tienen que tomar a un pensionista, yo les aconsejo que la tomen a ella. Pero por supuesto que es su casa.

Después de hablar, se esfumó… como tanto le gustaba decir a Homero. Sabía que el asunto estaba decidido, pero la tía Chatty dijo que yo debía subir a ver si la habitación me parecía adecuada.

—La alojaremos en el cuarto de la torre, querida. No es tan amplio como el de huéspedes, pero tiene un hueco para el conducto de una estufa, para el invierno, y una vista mucho más bonita. Se puede ver el cementerio desde allí.

Supe enseguida que me encantaría la habitación… tan solo el nombre, “el cuarto de la torre”, hacía que sintiera estremecimientos. Me sentía como si fuera parte de aquella canción que cantábamos en la escuela de Avonlea sobre una señorita que “vivía en una torre alta junto al mar gris”. Resultó ser un lugar encantador. Subimos por una escalerita curva que llevaba a un descanso. La habitación era bastante pequeña, pero no tan pequeña como aquel horrible cuarto del pasillo que tuve durante mi primer año en Redmond. Tenía dos ventanas, una que miraba al oeste y otra más grande que miraba al norte; y en la esquina formada por la torre, había otra ventana de tres hojas que se abría hacia afuera y estantes debajo, para mis libros. El piso estaba cubierto con alfombritas redondas y bordadas. La gran cama tenía un dosel y una colcha de plumas, y se la veía tan lisa y estirada que daba lástima estropearla durmiendo en ella. Y, Gilbert, es tan alta que para subirme a ella tengo que trepar por una graciosa escalerita movible que durante el día se esconde debajo de la cama. Al parecer, el capitán MacComber compró el artefacto en algún lugar del “extranjero” y lo trajo a casa.

En uno de los rincones había un bonito armario con estantes adornados con papel blanco festoneado y ramilletes de flores pintados en la puerta. Había un almohadón azul sobre el asiento bajo la ventana… un almohadón con un botón en el centro, de modo que parecía una dona gorda y azul. Y había un lavabo con dos estantes, en el superior apenas cabían una jarra y una jofaina azules; y en el inferior, una jabonera y una jarra para agua caliente. Tenía un cajoncito con un tirador de bronce lleno de toallas y, sobre el estante que estaba encima, descansaba una dama de porcelana blanca, con zapatitos rosados, moño dorado y una rosa roja de porcelana en sus cabellos rubios.

La habitación entera estaba bañada por la luz que llegaba a través de las cortinas color maíz, y las paredes blancas estaban cubiertas con un estupendo tapiz donde caían las sombras de los álamos que estaban fuera: un tapiz viviente, vibrante y en permanente cambio. Me pareció una habitación muy alegre. Me sentí la muchacha más rica del mundo.

—Estarás segura allí, eso es —dijo la señora Lynde cuando nos íbamos.

—Supongo que algunas cosas me parecerán algo opresivas después de la libertad que tenía en la Casa de Patty —dije en tono de broma.

—¡Libertad! —resopló la señora Lynde—. ¡Libertad! No hables como una yanqui, Anne.

Me he mudado hoy, con mis bolsos y todo mi equipaje. Por supuesto que fue triste abandonar Tejados Verdes. No importa con qué frecuencia y por cuánto tiempo me aleje de allí, en cuanto llegan las vacaciones, vuelvo a ser parte de Tejados Verdes como si jamás me hubiese ido y mi corazón se desgarra cuando tengo que partir. Pero sé que me gustará estar aquí. Y le agrado a esta casa. Siempre sé si le agrado a una casa o no.

La vista desde mis ventanas es hermosa, hasta la del antiguo cementerio, que está rodeado por una hilera de oscuros abetos y al que se llega por un camino sinuoso con acequias a los costados. Desde la ventana del oeste, puedo ver el puerto a la distancia, sus costas brumosas, los encantadores veleros que tanto me gustan y los barcos que parten hacia “puertos desconocidos”… ¡qué frase tan fascinante! ¡Hay tanto espacio para la imaginación en ella! Desde la ventana que da al norte veo el bosquecito de abedules y arces que está del otro lado de la calle. Sabes que siempre adoré los árboles. Cuando estudiábamos a Tennyson en las clases de Literatura en Redmond, siempre me sentía identificada con el pobre Enone, que penaba por sus pinos destrozados.

Más allá del bosque y del cementerio, hay un adorable valle, atravesado por una calle que parece una cinta roja brillante y salpicado de casitas blancas. Algunos valles son adorables… no podría decirte por qué. El solo hecho de mirarlos causa placer. Y más allá está mi colina azul. La llamaré el Rey de las Tormentas… por la pasión dominante, etcétera.

Puedo estar completamente sola aquí arriba cuando lo desee. Sabes que es agradable estar sola de vez en cuando. El viento será mi amigo. Gemirá, suspirará y cantará alrededor de mi torre… el viento blanco del invierno… el viento verde de la primavera… el viento azul del verano… el viento púrpura del otoño… y los vientos desenfrenados de todas las estaciones… “viento de tormenta que cumple su promesa”. Siempre me encantó esa frase bíblica, como si cada viento tuviera un mensaje para mí. Y siempre envidié a ese muchacho del cuento de George MacDonald que voló con el viento norte. Alguna noche, Gilbert, abriré la ventana de la torre y me dejaré abrazar por el viento… y Rebecca Dew nunca sabrá por qué mi cama quedó intacta esa noche.

Mi amor, espero que cuando encontremos nuestra “casa de ensueño” haya vientos alrededor de ella. Me pregunto dónde estará esa casa desconocida. ¿Me gustará más a la luz de la luna o al amanecer? Ese hogar futuro donde habrá amor y amistad y trabajo… y algunas aventuras divertidas para hacernos reír en la vejez. ¡La vejez! ¿Seremos viejos alguna vez, Gilbert? Me parece imposible.

Desde la ventana izquierda de la torre veo los techos de la ciudad… este lugar donde viviré por lo menos un año. Las personas que viven en esas casas serán mis amigos, aunque aún no los conozca. Y tal vez, también mis enemigos. Pues las personas del tipo de las Pye se encuentran en todas partes, con diferentes apellidos; y, según parece, tendré que lidiar con los Pringle. Mañana comienza la escuela. ¡Tendré que enseñar Geometría! Seguramente no será peor que aprenderla. Le ruego al cielo que no haya genios de las matemáticas entre los Pringle.

Solo hace medio día que estoy aquí, pero siento como si hubiese conocido a las viudas y a Rebecca Dew toda mi vida. Ya me pidieron que las llamara tías y yo les pedí que me llamaran Anne. Una vez llamé a Rebecca Dew “señorita Dew”.

—¿Señorita qué? —exclamó.

—Dew —dije sumisamente—, ¿no es ese su nombre?

—Bueno, sí, pero no me han llamado así en tanto tiempo que me causó impresión. Mejor no lo haga más, señorita Shirley, no estoy acostumbrada.

—Lo tendré en cuenta, Rebecca… Dew —dije, haciendo el mayor esfuerzo por suprimir el Dew, pero sin lograrlo.

La señora Braddock tuvo razón al decir que la tía Chatty era sensible. Lo descubrí a la hora de la cena. La tía Kate dijo algo acerca del “cumpleaños número sesenta y seis de Chatty”. Por casualidad, miré a Chatty y vi que… bueno, no había exactamente estallado en llanto, esa sería una expresión demasiado explosiva para su actitud. Simplemente se desbordó. Las lágrimas inundaron sus enormes ojos castaños y desbordaron, sin que pudiera retenerlas en silencio.

—¿Y qué es lo que ocurre ahora, Chatty? —preguntó la tía Kate con algo de aspereza.

—Es que… solo cumplí sesenta y cinco —señaló la tía Chatty.

—Discúlpame, Charlotte —dijo la tía Kate. Y el sol volvió a salir.

El gato es precioso y tiene ojos dorados, un elegante pelaje maltés e irreprochable linaje. Las tías lo llaman Dusty Miller, puesto que ese es su nombre, y Rebecca Dew lo llama “ese gato” porque está molesta con él y con el hecho de tener que darle cinco centímetros de hígado todas las mañanas y noches, limpiar los pelos del sillón de la sala con un viejo cepillo de dientes cada vez que él se sube allí y salir a buscarlo a la noche si ha salido.

—A Rebecca Dew nunca le gustaron los gatos —me contó la tía Chatty— y detesta a Dusty en especial. El perro de la vieja señora Campbell (tenía uno en aquel entonces) lo trajo en la boca hasta aquí hace dos años. Supongo que pensó que no valía la pena llevárselo a la señora Campbell. Pobre gatito, todo mojado y muerto de frío, se le notaban todos los huesos. Ni un corazón de piedra le hubiera negado refugio. Así que Kate y yo lo adoptamos, pero Rebecca Dew jamás nos lo ha perdonado. No fuimos muy diplomáticas aquella vez. Tendríamos que habernos negado a adoptarlo. No sé si has notado… —agregó la tía Chatty mientras miraba con cautela en dirección a la puerta que separaba el comedor de la cocina— la forma en que nos conducimos con Rebecca Dew.

Yo sí lo había notado… y era algo digno de verse. Summerside y Rebecca Dew pueden creer que ella lleva la voz cantante, pero las viudas saben que no es así.

—No queríamos alojar a un banquero. Un hombre joven hubiera sido muy complicado y tendríamos que habernos preocupado si no iba a la iglesia regularmente. Pero fingimos que sí queríamos y Rebecca Dew no quiso saber nada con alojarlo. Me alegra tanto tenerte, querida. Estoy segura de que será un placer cocinar para ti. Espero que nosotras te agrademos. Rebecca Dew tiene muy buenas cualidades. No era tan prolija como lo es ahora cuando vino aquí hace quince años. Una vez Kate tuvo que escribir su nombre, Rebecca Dew, en el espejo de la sala para que ella viera que estaba cubierto de polvo. Pero jamás tuvo que volver a hacerlo. Rebecca Dew puede captar una indirecta. Espero que te resulte cómoda tu habitación, querida. Puedes abrir la ventana por la noche. A Kate no le gusta el aire nocturno, pero sabe que los pensionistas deben tener sus privilegios. Ella y yo dormimos juntas y acordamos que una noche dejamos la ventana cerrada, a su gusto, y la siguiente la dejamos abierta, al mío. Siempre se pueden arreglar esa clase de problemas, ¿no te parece? Si hay buena voluntad, siempre se encuentran soluciones. No te alarmes si oyes a Rebecca caminar por la noche. Siempre escucha ruidos y se levanta para investigar. Creo que por eso no quería que alojáramos al banquero. Tenía miedo de toparse con él en camisón. Espero que no te importe que Kate sea callada. Es su manera de ser. Y seguramente tiene tantas cosas que contar… recorrió el mundo entero con Amasa MacComber cuando era joven. Me gustaría tener los temas de conversación que tiene ella. Yo jamás salí de la Isla del Príncipe Eduardo. A veces me pregunto por qué las cosas son así: a mí me encanta hablar y no tengo nada para decir y Kate, que tiene tantas cosas que contar, odia hablar. Pero supongo que la Providencia sabrá.

Si bien la tía Chatty es conversadora, no me contó todo esto sin hacer ninguna pausa. Yo interpuse comentarios en los momentos adecuados, pero son irrelevantes.

Tienen una vaca que pasta en la propiedad del señor James Hamilton, más arriba, y Rebecca Dew va hasta allí a ordeñarla. Hay una gran cantidad de crema y tengo entendido que todas las mañanas y todas las tardes Rebecca Dew le pasa un vaso de leche recién ordeñada por la abertura del portón a “la mujer” de la señora Campbell. Es para “la pequeña Elizabeth”, que debe beberla por orden del médico. Quiénes son “la mujer” y “la pequeña Elizabeth” tengo que descubrirlo aún. La señora Campbell es la ocupante y propietaria de la fortaleza que está al lado, que se llama Siempreverde.

Creo que esta noche no voy a poder dormir… nunca duermo la primera noche que me acuesto en una cama desconocida, y esta es la cama más extraña que he visto en mi vida. Pero no me importa, siempre me encantó la noche y no tendré problema en quedarme despierta pensando en las cosas de la vida, en el pasado, el presente y el futuro. Especialmente, en el futuro.

Esta es una carta despiadada, Gilbert. No volveré a castigarte con una carta tan larga. Pero quería contarte todo para que pudieras imaginar mi nuevo entorno. Ahora ha llegado a su fin, ya que, a lo lejos, en el puerto, la luna “se hunde en la tierra de sombras”. Aún tengo que escribirle una carta a Marilla. Llegará a Tejados Verdes pasado mañana y Davy la llevará a casa desde el correo, y él y Dora se apretujarán alrededor de Marilla mientras ella la abre y la señora Lynde abrirá bien las orejas… ¡ayyyy! Esto me ha hecho sentir nostalgia. Buenas noches, mi amor, te desea quien es y será para siempre tuya, con todo cariño,

Anne Shirley

Capítulo dos

(Extractos de varias cartas de la misma remitente al mismo destinatario).

26 de septiembre

¿Sabes adónde voy a leer tus cartas? Al otro lado de la calle, al bosquecito. Allí hay una hondonada donde el sol salpica los helechos. Un arroyo la atraviesa y hay un tronco mohoso y retorcido sobre el cual me siento, y una adorable hilera de jóvenes abedules. De ahora en más, cuando tenga un sueño especial… un sueño verde y dorado, surcado de carmesí… el sueño de todos los sueños… imaginaré que vino de mi hondonada secreta de abedules y que nació de una cierta unión mística entre el abedul más esbelto y ligero y el melodioso arroyo. Me encanta sentarme allí y escuchar el silencio del bosque. ¿Has notado cuántos silencios diferentes existen, Gilbert? El silencio de los bosques, de la playa, de las praderas, de la noche, de las tardes de verano. Todos son diferentes porque cada uno de ellos tiene un tono diferente. Estoy segura de que, si fuera totalmente ciega e insensible al calor y al frío, podría saber exactamente dónde estoy por la clase de silencio que me rodea.

Hace dos semanas empezaron las clases y tengo todo bastante bien organizado. Pero la señora Braddock tenía razón: los Pringle son mi problema. Y todavía no sé exactamente cómo voy a resolverlo a pesar de mis tréboles de la buena suerte. Como dice la señora Braddock, son tan suaves como la seda… e igual de escurridizos.

Los Pringle pertenecen a la clase de clanes en los que todos los miembros están pendientes unos de los otros, se pelean bastante entre sí, pero se apoyan mutuamente frente a un extraño. He llegado a la conclusión de que hay dos clases de personas en Summerside: los Pringle y los que no lo son.

Mi aula está llena de Pringles y muchos de los alumnos que tienen otro apellido también llevan sangre Pringle en las venas. La jefa del clan parece ser Jen Pringle, una chiquilla de ojos verdes que tiene el mismo aspecto que debió tener Becky Sharp cuando tenía catorce años. Creo que está organizando deliberadamente una sutil campaña de insubordinación e irrespetuosidad, con la que no me va a ser fácil lidiar. Tiene la habilidad de hacer caras irresistiblemente graciosas y, cuando oigo risas ahogadas a mis espaldas, sé perfectamente cuál es la causa, pero hasta ahora no he podido atraparla in fraganti. También es inteligente, la muy desgraciada. Escribe composiciones que son casi obras literarias y, ¡ay de mí!, es brillante en Matemáticas. Hay cierto brillo en todo lo que dice o hace y tiene sentido del humor, lo que podría resultar un lazo entre ambas si no hubiera comenzado odiándome. Como están las cosas, temo que va a pasar mucho tiempo antes de que Jen y yo podamos reírnos juntas de algo.

Myra Pringle, la prima de Jen, es la más hermosa de la escuela… y aparentemente carece de cerebro. Dice algunas burradas divertidas, como, por ejemplo, la que dijo hoy en la clase de Historia: que los aborígenes pensaban que Champlain y sus hombres eran dioses o “alguna cosa inhumana”. Socialmente, los Pringle son lo que Rebecca Dew llama “la er-lite” de Summerside. Ya me han invitado a cenar en dos hogares Pringle… porque lo correcto es invitar a cenar a la nueva maestra y los Pringle no van a dejar de cumplir los gestos de cortesía apropiados. Anoche fui a la casa de James Pringle, el padre de Jen. Tiene el aspecto de un profesor universitario, pero es en realidad tonto e ignorante. Habló mucho sobre la “disciplina” golpeando el mantel con la uña del dedo (la cual no estaba impecable) y destrozando, ocasionalmente, la gramática. La escuela secundaria de Summerside siempre había necesitado una mano firme, un maestro con experiencia, de ser posible, varón. Temía que yo fuera demasiado joven: “un defecto que el tiempo remediará muy pronto”, dijo con pesar. Yo no respondí, porque, de haberlo hecho, habría dicho demasiado. Así que fui tan suave como la seda, igual que todos los Pringle, y me conformé con mirarlo con candidez y decir para mis adentros: “¡Viejo cascarrabias prejuicioso!”.

Jen debe haber sacado la inteligencia de su madre, quien me resultó muy agradable. Jen, en presencia de sus padres, fue un modelo de buen comportamiento. Pero, aunque sus palabras fueron corteses, el tono fue insolente. Cada vez que decía “señorita Shirley”, hacía que pareciera un insulto. Y cada vez que me miraba el pelo, yo sentía que era sencillamente de color rojo zanahoria. Ningún Pringle, estoy segura, admitiría jamás que es caoba.

Me gustó mucho más la familia de Morton Pringle, aunque él jamás escucha nada de lo que uno dice. Te dice algo y, mientras contestas, él está pensando en lo que te dirá a continuación.

La señora de Stephen Pringle, la viuda Pringle (en Summerside abundan las viudas), me escribió ayer. Una bonita, cortés y venenosa carta: Millie tiene demasiada tarea, Millie es una niña delicada y no hay que hacer que trabaje demasiado. El señor Bell jamás le daba tarea para hacer en casa. Es una niña sensible que necesita comprensión. ¡El señor Bell la comprendía tan bien! La señora Pringle está segura de que yo también lo haré si de veras lo intento.

Estoy segura de que la esposa de Stephen Pringle cree que yo hice sangrar la nariz de Adam Pringle en clase hoy, razón por la cual el niño tuvo que volver a su casa. Y anoche me desperté y no me pude volver a dormir porque me acordé de que no le había puesto punto a la “i” en una palabra que escribí en el pizarrón. Estoy segura de que Jen Pringle se dio cuenta y el chisme correrá por todo el clan.

Rebecca Dew dice que todos los Pringle me invitarán a cenar, excepto las ancianas de Maplehurst, y luego me ignorarán para siempre. Como ellos son “la er-lite”, esto puede significar que quede socialmente excluida en Summerside. Bueno, ya lo veremos. La batalla aún no ha sido ganada ni perdida. Sin embargo, me siento un poco triste por todo esto. No se puede entrar en razones con la gente prejuiciosa. Sigo siendo igual que cuando era niña… no soporto que la gente no me quiera. No es agradable pensar que las familias de la mitad de mis alumnos me odian. Y no por algo que yo haya hecho. Lo que me molesta es la injusticia, ¡ahí van unas itálicas! Una palabra en itálicas por cierto que alivia los sentimientos.

Más allá de los Pringle, me agradan mucho mis alumnos. Hay algunos inteligentes, ambiciosos y trabajadores, que realmente están interesados en obtener una educación. Lewis Allen paga su hospedaje con tareas domésticas en la pensión donde vive y no está en absoluto avergonzado por ello. Y Sophy Sinclair monta a pelo sobre la vieja yegua gris de su padre y cabalga diez kilómetros de ida y diez de vuelta todos los días. ¡Ahí tienes a una chica con agallas! Si yo puedo ayudar a una chica como ella, ¿qué pueden importarme los Pringle?

El problema es que… si no puedo ganarme a los Pringle, no tengo muchas posibilidades de ayudar a nadie.

Pero adoro Álamos Ventosos. No es una simple pensión, ¡es un hogar! Y les agrado a todos… incluso Dusty Miller me aprecia; aunque a veces está resentido conmigo y lo demuestra sentándose deliberadamente de espaldas a mí y echándome una mirada dorada de vez en cuando por encima del hombro para ver cómo lo estoy tomando. No lo acaricio demasiado cuando Rebecca Dew está cerca porque realmente le molesta. Durante el día, es un animal hogareño, tranquilo y meditabundo… pero por la noche, es una criatura decididamente extraña. Rebecca dice que eso se debe a que jamás se le permite quedarse fuera cuando oscurece. Ella detesta quedarse de pie en el jardín de atrás llamándolo. Dice que los vecinos se reirán de ella. Produce unos gritos tan feroces y resonantes que, en una noche tranquila, puede escuchársela por toda la ciudad: “Michi… michi… ¡MICHI!”. A las viudas les daría un ataque si Dusty Miller no estuviera dentro cuando ellas se van a dormir.

—Nadie sabe lo que yo he pasado por culpa de ese gato… nadie —me aseguró Rebecca.

Con las viudas no voy a tener problemas. Cada día que pasa me agradan más. La tía Kate no aprueba la lectura de novelas, pero me informa que no tiene intenciones de censurar mi material de lectura. A la tía Chatty le encantan las novelas. Tiene un “escondite secreto” donde las guarda: las trae de contrabando de la biblioteca pública junto con un mazo de cartas para hacer solitarios y todo aquello que no quiere que la tía Kate vea. El escondite está en el asiento de una silla, el cual solo la tía Chatty sabe que no es un mero asiento. Ha compartido este secreto conmigo porque tengo la fuerte sospecha de que quiere que la ayude y la cubra con el ya mencionado contrabando. No debería ser necesario tener escondites en Álamos Ventosos, ya que jamás vi una casa que tuviera tantos armarios misteriosos. Aunque, seguramente, Rebecca Dew no permitirá que sean misteriosos. Siempre los está limpiando ferozmente.

—Una casa no se limpia sola —dice con pesar cada vez que alguna de las viudas protesta. Y estoy segura de que, si encontrara una novela o un mazo de cartas, los haría desaparecer al instante. Ambos resultan una afrenta para su alma ortodoxa. Rebecca Dew dice que las cartas son los libros del demonio y que las novelas son algo peor. Lo único que lee Rebecca, además de la Biblia, son las columnas de Sociales en el Montreal Guardian. Le encanta saber todo sobre las casas, los muebles y las actividades de los millonarios.

—Imagínese lo que será bañarse en una bañera de oro, señorita Shirley —dijo melancólicamente.

Pero realmente es un encanto. Ha encontrado, Dios sabe dónde, un cómodo sillón tapizado de un brocado desteñido, que me encanta, y me dijo:

—Este es su sillón. Lo reservaremos para usted.

Y no deja que Dusty Miller duerma allí, no sea que la falda que uso para ir a la escuela se llene de pelos y los Pringle tengan de qué hablar.

Las tres están muy interesadas en mi sortija de perlas… y en lo que significa. La tía Kate me mostró su anillo de compromiso (no puede usarlo porque le queda chico) adornado con turquesas. Pero la pobre tía Chatty me confesó con lágrimas en los ojos que nunca había tenido un anillo de compromiso: su marido creía que era “un gasto innecesario”. En ese momento estaba en mi habitación humectándose la cara con suero de mantequilla. Lo hace todas las noches para cuidar el cutis, y me ha pedido que jure que guardaré el secreto, porque no quiere que la tía Kate se entere.

—Pensará que es vanidoso y absurdo para alguien de mi edad. Y estoy segura de que Rebecca Dew cree que no es de buena cristiana esforzarse por verse hermosa. Antes bajaba a la cocina a hacerlo cuando Kate se había ido a dormir, pero siempre tenía miedo de que Rebecca Dew apareciera. Tiene el oído tan sensible como el de un gato, incluso cuando está dormida. Si pudiera venir aquí todas las noches a hacerlo… ay, gracias, mi querida.

Me he enterado de algunas cosas de nuestras vecinas de Siempreverde. La señora Campbell (¡que era una Pringle!) tiene ochenta años. No la he visto aún, pero tengo entendido que es una anciana muy seria. Tiene una criada, Martha Monkman, casi tan anciana y seria como ella, a quien todos conocen como “la mujer de la señora Campbell”. Y tiene una bisnieta, la pequeña Elizabeth Grayson, que vive con ella. Elizabeth, a quien jamás he visto a pesar de que hace dos semanas que estoy aquí, tiene ocho años y va a la escuela pública que está junto al “camino de atrás”, un atajo que atraviesa los jardines traseros, de modo que jamás me he encontrado con ella, ni cuando va ni cuando vuelve. Su madre, que falleció, era nieta de la señora Campbell, quien también la crio, ya que sus padres habían muerto. Se casó con un tal Pierce Grayson, un yanqui, como diría la señora Rachel Lynde. Murió cuando Elizabeth nació y como Pierce Grayson tuvo que partir inmediatamente de América para hacerse cargo de una sucursal de su compañía en París, enviaron a la beba a la casa de la anciana señora Campbell. Se dice que él “no podía soportar verla” porque le había costado la vida a la madre, y jamás le prestó ninguna atención. Estos, por supuesto, pueden ser solo chismes, porque ni la señora Campbell ni la mujer jamás dijeron ni una sola palabra acerca de ese hombre.

Rebecca Dew dice que son demasiado estrictas con la pequeña Elizabeth y que la niña no la pasa nada bien con ellas.

—No es como las otras niñas, es demasiado madura para sus ocho años. ¡Las cosas que dice a veces! “Rebecca”, me diz un día, “imagínese si cuando está por meterse en la cama, siente que le muerden el tobillo”. Con razón tiene tanto miedo de acostarse en la oscuridad. Y ellas la obligan a hacerlo. La señora Campbell dice que no hay espacio para cobardes en su casa. La vigilan como si fueran gatos mirando a un ratón y se pasan el día entero dándole órdenes. Si la niña hace el más mínimo ruido, a ellas les da un ataque. Siempre le dicen “Shh, shhh”. Le digo que con tanto “shhh” van a matar a esa chiquilla. ¿Y qué se puede hacer? ¿Qué, realmente?

Me gustaría verla. Me da un poco de lástima. La tía Kate dice que, desde el punto de vista físico, está bien cuidada. Lo que la tía Kate realmente dijo es: “La alimentan y la visten bien, pero una niña no puede vivir solo de pan”. Jamás olvidaré cómo fue mi propia vida antes de mi llegada a Tejados Verdes.

Regresaré a casa el próximo viernes por la noche para pasar dos hermosos días en Avonlea. La única desventaja es que todos los que vea me preguntarán si me gusta enseñar en Summerside.

Pero ahora pienso en Tejados Verdes, Gilbert… el Lago de las Aguas Refulgentes cubierto con una neblina azul... los arces del otro lado del arroyo estarán comenzando a ponerse rojos… los helechos marrones dorados del Bosque Embrujado y las sombras del atardecer en el Sendero de los Amantes, ese lugar encantador. Dentro de mi corazón desearía estar allí en este momento con… con… ¿adivina con quién?

¿Sabes, Gilbert? ¡Hay momentos en los que tengo la firme sospecha de que te amo!

Álamos Ventosos

Calle del Fantasma

Summerside

10 de octubre

Honrado y respetado señor:

Así comenzaba una carta de amor de la abuela de la tía Chatty. ¿No es encantador? ¡Qué sensación de superioridad debía darle al abuelo! ¿No lo preferirías a “Querido Gilbert, etc.”? Pero en realidad, me alegro de que no seas el abuelo… o cualquier abuelo. Es maravilloso pensar que somos jóvenes y tenemos toda la vida por delante… juntos… ¿no es así?

(Se omiten varias páginas, pues la pluma de Anne evidentemente no estaba ni demasiado afilada ni roma ni oxidada).

Estoy sentada en el asiento de debajo de la ventana de la torre, contemplando los árboles que se agitan contra un cielo color ámbar y el puerto, que está más allá. Anoche di un hermoso paseo en soledad. Realmente tenía que ir a alguna parte, ya que había un ambiente algo deprimente en Álamos Ventosos. La tía Chatty estaba llorando en la sala porque habían herido sus sentimientos y la tía Kate estaba llorando en su habitación porque era el aniversario de la muerte del capitán Amasa y Rebecca Dew estaba llorando en la cocina sin ninguna razón aparente. Nunca había visto llorar a Rebecca Dew. Pero cuando intenté con mucha delicadeza descubrir lo que le pasaba, me preguntó, malhumorada, si una persona no podía disfrutar de un buen llanto cuando se le antojaba. Así que levanté campamento y la dejé que siguiera disfrutando de su llanto.

Salí y bajé por la calle que lleva al puerto. Había un agradable y helado aroma a otoño en el aire mezclado con un delicioso olor a campos recién arados. Anduve y anduve hasta que el atardecer se transformó en una noche de otoño iluminada por la luna. Estaba sola pero no me sentía sola. Mantuve una serie de conversaciones imaginarias con compañeros imaginarios y se me ocurrieron tantos epigramas que me sentí gratamente sorprendida de mí misma. No pude evitar divertirme a pesar de las preocupaciones vinculadas con los Pringle.

Mi espíritu me lleva a proferir profundas quejas respecto de los Pringle. Odio admitirlo, pero las cosas no van para nada bien en la secundaria de Summerside. No hay ninguna duda de que han organizado una conspiración en contra de mí.

Para empezar, los Pringle y los medio Pringles jamás hacen la tarea. Y no sirve de nada hablar con los padres. Son amables, educados y evasivos. Sé que todos los alumnos que no son Pringle me aprecian, pero el virus Pringle de la desobediencia está minando la confianza de toda la clase. Una mañana, encontré el escritorio patas arriba con los cajones abiertos. Nadie sabía quién lo había hecho, por supuesto. Y otro día, tampoco nadie sabía (o no quería decir) quién había dejado encima del escritorio una caja de la que, al abrirla, salió una serpiente artificial. Pero todos los Pringle de la escuela se rieron a carcajadas por la cara que puse. Me imagino que seguramente habré puesto una buena cara de susto.

Jen Pringle la mitad de las veces llega tarde a la escuela, siempre con una excusa perfecta, expresada en tono cortés con una insolente sonrisa. Pasa notas en clase bajo mis propias narices. Hoy, cuando fui a ponerme el abrigo, encontré una cebolla pelada en el bolsillo. Tendría que encerrar a esa niña a pan y agua hasta que aprenda a comportarse.

Lo peor hasta la fecha fue la caricatura de mi persona que encontré en el pizarrón cierta mañana, realizada con tiza blanca y con un pelo rojo encendido. Todos negaron haberla hecho, Jen junto con todos los demás, pero yo sabía que ella era la única alumna del salón capaz de dibujar de esa manera. El dibujo estaba muy bien hecho. Mi nariz, que, como sabes, siempre ha sido un motivo de orgullo y alegría para mí, tenía una joroba; y mi boca era la de una solterona avinagrada que había estado dando clases durante treinta años en una escuela llena de Pringles. Pero era yo. Me desperté a las tres de la madrugada aquella noche retorciéndome ante el recuerdo. ¿No es extraño que las cosas que nos hacen sentir mal durante la noche rara vez son cosas malas? Solo son cosas humillantes.

Se corre toda clase de rumores. Se me acusa de haberle puesto una mala nota a Hattie Pringle en el examen solo porque es una Pringle. Dicen que “me río cuando los niños cometen errores”. (Bueno, sí me reí cuando Fred Pringle dijo que un centurión era un hombre que había vivido cien años. No pude evitarlo).

James Pringle dice: “No hay disciplina en la escuela, ninguna disciplina”. Y circula un informe que sostiene que soy una “huérfana abandonada”.

Empiezo a toparme con el antagonismo de los Pringle también en otras áreas. Tanto en la vida social como en la educativa, Summerside parece estar bajo el influjo de los Pringle. Con razón los llaman “la Familia Real”. No me invitaron al paseo organizado por Alice Pringle el viernes pasado. Y cuando la esposa de Frank Pringle organizó un té para colaborar con un proyecto de la iglesia (¡Rebecca Dew me informó que las señoras van a “levantar” una nueva torre!), yo fui la única persona de toda la iglesia presbiteriana que no fue invitada a ocupar una mesa. Me he enterado de que la esposa del pastor, que es nueva en Summerside, sugirió pedirme que cantara en el coro y le informaron que todos los Pringle dejarían de asistir si lo hacía, y que el coro se quedaría con tan pocos integrantes que no podría seguir funcionando.

Por supuesto que no soy la única maestra que tiene problemas con los alumnos. La mitad de los alumnos que me envían los otros maestros para yo que los “castigue” (¡cómo odio esa palabra!) son Pringle, pero nunca hay quejas sobre ellos.

Dos días atrás, retuve a Jen después de clase para que hiciera un trabajo que deliberadamente no había hecho. Diez minutos más tarde, un coche procedente de Maplehurst se detuvo frente a la escuela y la señorita Ellen se presentó en la puerta: una anciana sonriente, maravillosamente ataviada, con elegantes guantes de encaje negro y una fina nariz aguileña. Tenía el aspecto de alguien que acaba de salir de una caja de sombreros de 1840. Lo lamentaba mucho, pero ¿podría llevarse a Jen? Iba a visitar a unos amigos en Lowvale y les había prometido que la llevaría. Jen se fue, triunfante, y yo volví a tomar conciencia de las fuerzas desplegadas en mi contra.

Cuando mi estado de ánimo es pesimista, creo que los Pringle son una mezcla de Sloanes y Pyes. Pero sé que no es así. Creo que podrían agradarme si no fueran mis enemigos. Son, en su mayoría, un grupo franco, alegre y leal. Hasta podría agradarme la señorita Ellen. Jamás he visto a la señorita Sarah. Hace diez años que no sale de Maplehurst.

—Demasiado delicada… o al menos eso cree ella —dice Rebecca Dew con desdén—. Pero a su orgullo no le pasa nada. Todos los Pringle son orgullosos, pero esas dos viejitas los superan a todos. Tendría que oírlas hablar de sus ancestros. Bueno, su padre, el capitán Abraham Pringle, era un caballero refinado. Su hermano Myrom no lo era tanto, pero los Pringle no lo