Anne, la de Avonlea - Lucy M. Montgomery - E-Book

Anne, la de Avonlea E-Book

Lucy M. Montgomery

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Beschreibung

Anne, la de Avonlea continúa la historia de Anne Shirley, la imaginativa y romántica pelirroja que ya tiene dieciséis años y se ha convertido en una maestra llena de ideales y nobles principios en la escuela de Avonlea. Sin embargo, a pesar de las nuevas responsabilidades, no ha abandonado la costumbre de meterse en problemas.   L. M. Montgomery narra con su esmerada prosa los esfuerzos de esta jovencita por inspirar a sus alumnos, ayudar a criar a unos mellizos revoltosos y mejorar su querido pueblo junto con su antiguo rival de la escuela, Gilbert Blythe, a quien ahora mira con otros ojos. Las aventuras de Anne capturarán los corazones y encenderán la imaginación de los lectores. Un libro tierno y entretenido, con personajes adorables y situaciones divertidas.

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Seitenzahl: 439

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Anne, la de Avonlea

Anne, la de Avonlea

Lucy M. Montgomery

Índice de contenido
Portadilla
Legales
1. Un vecino furioso
2. Una venta rápida y un arrepentimiento instantáneo
3. En casa del señor Harrison
4. Opiniones encontradas
5. Una maestra de cuerpo entero
6. Toda clase y condición de hombres... y de mujeres
7. El sentido del deber
8. Marilla adopta mellizos
9. Una cuestión de color
10. Davy busca emociones
11. Realidad y fantasía
12. Un día desastroso
13. Una excursión dorada
14. Un peligro esquivado
15. Comienzan las vacaciones
16. La esencia de lo que deseamos
17. Un capítulo de accidentes
18. Una aventura en el Camino de los Conservadores
19. Nada más que un día feliz
20. El modo en que a menudo ocurren las cosas
21. La dulce señorita Lavendar
22 Noticias varias
23. El romance de la señorita Lavendar
24. Un profeta en su tierra
25. Escándalo en Avonlea
26. El recodo del camino
27. Una tarde en la casa de piedra
28. El príncipe regresa al palacio encantado
29. Poesía y prosa
30. Una boda en la casa de piedra

Montgomery, Lucy Maud

Anne, la de Avonlea / Lucy Maud Montgomery ; ilustrado por Pablo de Bella. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Catapulta , 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga Traducción de: Cristina Paoloni. ISBN 978-987-815-155-7

1. Narrativa Infantil y Juvenil Canadiense. 2. Orfandad. 3. Novelas Realistas. I. Bella, Pablo de, ilus. II. Paoloni, Cristina, trad. III. Título.

CDD C823.9283

Anne, la de Avonlea

Lucy M. Montgomery

Título original: Anne of Avonlea

Con ilustraciones de Pablo De Bella

Primera edición.

Colombia 260 - B1603CPH

Villa Martelli, Bs. As., Argentina

[email protected]

www.catapulta.net

Coordinación editorial: Florencia Carrizo

Traducción: Cristina M. Paoloni

Corrección: Gustavo Wolovelsky

Diseño de cubierta e interior: Verónica Álvarez Pesce

ISBN 978-987-815-155-7

© 2021, Catapulta Children Entertainment S. A.

Hecho el depósito que determina la ley N.o 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión, o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Digitalización: Proyecto451

Para mi primera maestra, Hattie Gordon Smith, en agradecimiento a su estímulo y apoyo.

Las flores florecen donde ella camina;

los caminos prudentes del deber,

nuestras firmes y rígidas líneas de la vida,

con ella son curvas fluidas de belleza.

WHITTIER

CAPÍTULO UNO

Un vecino furioso

Una alta y delgada muchacha, de poco más de dieciséis años, con ojos grises y serios y un cabello que sus amigos llamaban color “caoba”, se había sentado una hermosa tarde de agosto sobre el ancho umbral de caliza roja en una granja de la Isla del Príncipe Eduardo, firmemente decidida a traducir unos versos de Virgilio.

Pero la tarde de agosto, con las brumas azules que ornaban las cuestas cultivadas, las brisas susurrantes como duendes entre los álamos y un danzarín esplendor de rojas amapolas que brillaban contra el oscuro seto de abetos jóvenes en un rincón del bosque de cerezos, se prestaba más para soñar que para las lenguas muertas. El libro de Virgilio se deslizó descuidadamente al suelo y Anne, con el mentón apoyado sobre las manos y los ojos fijos en un espléndido grupo de mullidas nubes que se amontonaban justo sobre la casa del señor J. A. Harrison como si fueran una gran montaña blanca, estaba muy lejos, en un mundo delicioso, donde cierta maestra de escuela estaba realizando una labor magnífica, modelando los destinos de futuros estadistas e inspirando las mentes y los corazones juveniles con elevadas ambiciones.

Hablando con franqueza, si se miraba la cruda realidad (cosa que, debemos confesar, Anne hacía muy pocas veces y solo por obligación), no parecía haber material muy prometedor para futuras celebridades en la escuela de Avonlea, pero nunca se sabe qué puede pasar si una maestra emplea su influencia para bien. Anne poseía ciertos ideales de color de rosa sobre qué podía lograr una maestra solo con tomar por el camino correcto e imaginaba una escena, que ocurriría cuarenta años en el futuro, con un famoso personaje (el motivo exacto de su fama era dejado en una conveniente nebulosa, aunque Anne pensaba que sería muy hermoso que se tratara del rector de una universidad o de un primer ministro del Canadá), quien se inclinaba hacia sus arrugadas manos y le aseguraba que ella había sido quien encendiera por vez primera su ambición y que todo el éxito en su vida se debía a las lecciones que ella le había inculcado mucho tiempo atrás en la escuela de Avonlea. Esta placentera visión fue destrozada por una interrupción de lo más desagradable.

Una vaca jersey apareció corriendo por el sendero y unos segundos más tarde llegó el señor Harrison… si es que “llegar” era el término apropiado para describir su manera de irrumpir en el jardín.

Saltó la cerca sin esperar a abrir la puerta y confrontó enojado a la sorprendida Anne, que se había puesto de pie de un salto y lo contemplaba algo perpleja. El señor Harrison era su nuevo vecino y ella nunca había hablado con él, aunque lo había visto de lejos un par de veces.

A principios de abril, antes de que Anne regresara de la Academia de la Reina, el señor Robert Bell había vendido su granja, que lindaba con la de los Cuthbert por el oeste, y se había mudado a Charlottetown. Su granja había sido comprada por un cierto señor J. A. Harrison, cuyo nombre, junto con el hecho de que era originario de Nueva Brunswick, era todo cuanto se sabía de él. Pero, antes de cumplir su primer mes en Avonlea, se había ganado la reputación de ser un hombre raro, un “cascarrabias”, como dijera la señora Rachel Lynde. La señora Rachel era, por cierto, una mujer que no tenía pelos en la lengua, como recordarán aquellos que ya la conocen. El señor Harrison era ciertamente muy distinto de las otras personas, y esa es la característica fundamental de un cascarrabias, como todo el mundo sabe.

En primer lugar, manejaba la casa él solo y había declarado públicamente que no quería en sus posesiones a ninguna tonta mujer. El sector femenino de Avonlea se había vengado mediante horribles historias respecto de su cocina y la limpieza de su casa. Él había contratado al joven John Henry Carter, de White Sands, quien dio origen a las habladurías. Antes que nada, nunca había un horario fijo para las comidas en la granja del señor Harrison. Él “comía algo” cuando tenía hambre, y si John Henry estaba a mano en la ocasión, se acercaba a comer su parte; pero si no lo estaba, debía esperar hasta el próximo ataque de hambre del señor Harrison. El joven aseveraba tristemente que se hubiera muerto de hambre si no se hubiese ido a su casa los domingos a llenarse bien la panza y si su madre no le hubiese dado siempre una cesta de comida para que llevara de vuelta consigo a la granja los lunes por la mañana.

En lo que se refería a fregar los platos, el señor Harrison nunca encontraba la excusa para llevar a cabo esa tarea a menos que lloviera un domingo; entonces, lavaba todos los platos juntos en el barril del agua de lluvia y los dejaba escurrirse.

Además, el señor Harrison demostró que era tacaño. Cuando se le pidió que contribuyera para pagar el sueldo del reverendo Allan, dijo que primero esperaría a ver cuántos dólares valía su prédica… Él no creía en eso de comprar las cosas a ciegas. Y cuando la señora Lynde fue a pedirle una contribución para las misiones, y de paso a echar una mirada a su casa, le dijo que había más paganas entre las viejas chismosas de Avonlea que en cualquier otra parte que él conociera y que con muchísimo gusto colaboraría en la misión de cristianizarlas, si es que ella se hacía cargo de esa labor. La señora Rachel Lynde salió furiosa diciendo que era una suerte que la pobre señora Bell estuviera en su tumba, pues le hubiera roto el corazón ver el estado en que se encontraba la casa de la que ella tanto se enorgulleciera.

—¡La pobre fregaba el piso de la cocina cada dos días —le dijo la señora Lynde a Marilla Cuthbert con tono indignado—, y si pudieras verlo ahora! Tuve que levantarme la falda para poder caminar.

Y para colmo, el señor Harrison tenía una cotorra llamada Ginger. Nadie en Avonlea había tenido hasta entonces una cotorra; en consecuencia, el hecho fue considerado como muy poco respetable. ¡Y, además, qué cotorra! Según los dichos de John Henry Carter, no había pájaro más hereje, ya que decía muchísimas malas palabras. La señora Carter se hubiera llevado inmediatamente a su hijo de allí si hubiera estado segura de conseguirle enseguida otro trabajo. Además, Ginger le había arrancado un trozo de cuello a John Henry un día en que él se había acercado demasiado a la jaula. La señora Carter le mostraba la marca a todo el mundo cuando el infortunado joven regresaba los domingos a casa.

Todas estas cosas cruzaron por la mente de Anne cuando el señor Harrison se quedó parado frente a ella, al parecer, mudo de ira. Aun en un estado más amigable, no se podía considerar al señor Harrison como un hombre atractivo: era bajo, gordo y calvo; y ahora, con su redonda cara enrojecida por la ira y sus prominentes ojos azules que casi se salían de las órbitas, le pareció a Anne la persona más horrible que hubiera visto jamás. De pronto, el señor Harrison recuperó el habla.

—Esto no lo voy a soportar —estalló— ni un solo día más, ¿me oye, señorita? Por mi alma, es la tercera vez, señorita… ¡la tercera vez! La última vez le advertí a su tía que no permitiera que volviera a ocurrir… y ella la dejó… ella hizo… Qué es lo que significa esto, eso es lo que me gustaría saber y por eso he venido hasta aquí, señorita.

—¿Me hace el favor de explicarme qué es lo que ocurre? —preguntó Anne con su acento más digno. Lo había estado practicando a menudo últimamente para tenerlo bien ensayado cuando comenzaran las clases. Pero el acento pareció no producir ningún efecto sobre el furioso señor Harrison.

—¿Qué ocurre, señorita? Ya lo creo que ocurre algo, algo muy serio. Lo que ocurre, señorita, es que he vuelto a encontrar la vaca de su tía entre mi avena, no hace ni media hora. Es la tercera vez. Fíjese: la encontré el martes pasado y otra vez ayer. Vine a decirle a su tía que no permitiera que eso volviera a ocurrir. Y ella ha dejado que ocurra otra vez. ¿Dónde está su tía, señorita? Quisiera verla para decirle en la cara lo que pienso… lo que piensa J. A. Harrison.

—Si se refiere a la señorita Marilla Cuthbert, ella no es mi tía, y se ha ido a East Grafton para ver a un pariente lejano que está muy enfermo —dijo Anne, subrayando con dignidad cada palabra—. Siento mucho que mi vaca haya irrumpido en su avena; es mi vaca y no de la señorita Cuthbert. Matthew me la regaló hace tres años cuando era una ternera, se la compró al señor Bell.

—¡Que lo siente mucho! El sentirlo mucho no arregla nada. Vaya a ver los estragos que ha hecho su vaca en mi avena; la ha pisoteado toda.

—Lo siento muchísimo —repitió firmemente Anne—, pero quizás si usted conservara su cerca en mejor estado, Dolly no hubiera podido pasar. El otro día noté que la parte de la cerca que separa nuestro prado de su avena no estaba en muy buenas condiciones.

—Mi cerca está bien —gruñó el señor Harrison, más enfadado que nunca ante esta entrada del enemigo en su propio terreno—. La reja de una cárcel sería inútil para mantener fuera a esa vaca endemoniada. Y le digo, pelirroja insignificante, que, si esa vaca es suya, como dice, mejor sería que usted la vigilara de cerca para que no pisoteara el grano de los demás en lugar de quedarse ahí sentada leyendo noveluchas de cubierta amarilla —concluyó echando una mirada al inocente libro de Virgilio con cubierta amarillenta que estaba a los pies de Anne.

En esos momentos había algo más rojo aún que el cabello de Anne, que, como sabemos, era su punto débil.

—Prefiero tener el cabello rojo a no tener nada, o solo un poco alrededor de las orejas —contestó.

El tiro había dado en el blanco, pues el señor Harrison era muy sensible a su calvicie. La ira lo dejó sin habla otra vez y solo atinó a contemplar mudo a Anne, quien recobró su tranquilidad y aprovechó la ventaja.

—Lo puedo perdonar, señor Harrison, porque tengo imaginación. Puedo imaginar qué difícil debe ser encontrar una vaca en su avena y no le guardaré rencor por lo que ha dicho. Le prometo que Dolly nunca más volverá a entrar en su campo. Le doy mi palabra de honor.

—Bueno, ocúpese de que sea así —murmuró el señor Harrison en un tono algo más suave. Pero se alejó dando fuertes pisotones y bastante enojado, y Anne siguió oyendo sus protestas hasta que se perdió en la distancia.

Profundamente alterada, Anne cruzó el jardín y encerró a la traviesa Dolly.

“No hay posibilidad de que salga, a menos que haga pedazos la cerca”, reflexionó. “Ahora parece bastante tranquila. Me atrevería a decir que la avena le ha sentado mal. Ojalá la hubiera vendido al señor Shearer cuando me la quiso comprar la semana pasada, pero me pareció que era mejor esperar a la subasta de ganado para venderla junto con el resto. Creo que es verdad que el señor Harrison es un cascarrabias. Por cierto, él no es para nada un alma gemela”.

Anne siempre estaba buscando almas gemelas.

Marilla Cuthbert entraba en el jardín con el coche justo cuando Anne regresaba del establo y la muchacha corrió a preparar el té. Hablaron sobre el asunto en la mesa.

—Me alegraré cuando haya terminado la subasta de ganado —dijo Marilla—. Es demasiada responsabilidad tener tanto ganado suelto y nadie, aparte de ese Martin, que es muy poco confiable, para cuidarlo. Todavía no ha vuelto y eso que me prometió que regresaría anoche si le daba el día libre para ir al funeral de su tía. Te aseguro que no sé cuántas tías tiene. Es la cuarta que se le muere desde que lo contratamos hace un año. Estaré agradecida cuando llegue la cosecha y el señor Barry se haga cargo de la granja. Tendremos que tener encerrada a Dolly en el corral hasta que venga Martin, pues debemos ponerla en el prado trasero y las cercas que están allí necesitan arreglo. Tengo que admitir que en el mundo hay muchísimas dificultades, como dice Rachel. Ahí tienes a la pobre Mary Keith muriéndose y no sé qué será de sus dos pequeños. Tiene un hermano en la Columbia Británica y le ha escrito sobre ellos, pero aún no ha tenido noticias.

—¿Cómo son los niños? ¿Qué edad tienen?

—Poco más de seis años… son mellizos.

—¡Oh, como la señora Hammond tuvo tantos, siempre me interesaron los mellizos! —dijo Anne—. ¿Son lindos?

—Te aseguro que no lo sabría decir; estaban muy sucios. Davy había estado fuera jugando con barro y Dora salió a buscarlo. Davy la metió de un empujón dentro de un montículo de barro y entonces, como ella lloraba, se metió él también y se revolcó ahí dentro para demostrarle que no había motivo para llorar. Mary dijo que Dora era realmente una buena niña, pero que Davy hacía muchas diabluras. En realidad, no ha tenido nunca una educación. Su padre murió cuando era apenas un bebé y Mary ha estado enferma casi siempre desde entonces.

—Siempre siento pena por los niños que no han tenido educación —dijo Anne seriamente—. Usted sabe bien que yo tampoco la había tenido hasta que se hizo cargo de mí. Espero que su tío se ocupe de ellos. Dígame, ¿qué parentesco hay entre la señora Keith y usted?

—¿Entre Mary y yo? Ninguno. Su marido era… primo tercero nuestro. Ahí viene la señora Lynde. Supongo que vendrá a preguntar por Mary.

—No le cuente lo del señor Harrison y la vaca —imploró Anne. Marilla lo prometió, pero la promesa fue innecesaria, pues la señora Lynde no había terminado de sentarse cuando dijo:

—Vi al señor Harrison echando a tu vaca de su campo de avena cuando regresaba a casa desde Carmody. Me pareció que estaba bastante enojado. ¿Hizo mucho alboroto?

Anne y Marilla intercambiaron furtivamente una sonrisa divertida. Pocas cosas en Avonlea podían escapársele a la señora Lynde. Aquella misma mañana, Anne había dicho: “Si uno entrara a su propia habitación a medianoche, cerrara la puerta, bajara la persiana y estornudara, la señora Lynde le preguntaría al día siguiente cómo estaba del resfrío”.

—Creo que se enfadó mucho —contestó Marilla—. Yo no estaba en casa. Le dio un buen sermón a Anne.

—Me parece un hombre muy desagradable —dijo Anne, con un movimiento resentido de su rojiza cabeza.

—Nunca has dicho una verdad más grande —confirmó solemnemente la señora Rachel—. Supe que habría problemas cuando Robert Bell vendió su granja a un hombre de Nueva Brunswick, eso es. No sé qué será de Avonlea, con tanta gente nueva. Pronto, ni siquiera estaremos seguros en nuestra propia cama.

—¿Es que vienen más forasteros? —preguntó Marilla.

—¿No lo sabías? Ahí tienes a la familia Donnell, en primer lugar. Alquilaron la vieja casa de Peter Sloane. Peter contrató al marido para que se ocupe de su molino. Vienen del este y nadie sabe nada de ellos. Luego está la familia del vago de Thimothy Cotton, que se mudará desde White Sands y será una carga pública. Él consume mucho alcohol… cuando no roba… y su mujer es una comodísima criatura que no mueve ni un dedo. Lava los platos sentada. La señora Pye se ha hecho cargo del sobrino huérfano de su marido, Anthony Pye. Será uno de tus alumnos, Anne, de manera que puedes esperar problemas por ese lado; eso es. Y también tendrás otro alumno forastero. Paul Irving viene de los Estados Unidos a vivir con su abuela. ¿Recuerdas a su padre, Marilla… Stephen Irving, el que dejó plantada a Lavendar Lewis de Grafton?

—No creo que la dejara plantada. Tuvieron una pelea… Supongo que fue culpa de ambos.

—Bueno, de todos modos, no se casó con ella y la pobre se ha vuelto muy rara desde entonces, según dicen, vive sola en esa pequeña casa de piedra a la que llaman la Morada del Eco. Stephen se fue a los Estados Unidos y se dedicó a los negocios con su tío; allí se casó con una yanqui. Desde entonces, nunca volvió a su casa natal, aunque su madre fue a visitarlo un par de veces. Su mujer murió hace dos años y él mandó a su hijo para que se quedara aquí, con su abuela, por un tiempo. Tiene diez años y no sé si será un alumno muy recomendable. Nunca se sabe con esos yanquis.

La señora Lynde contemplaba a todos aquellos que habían tenido la desgracia de nacer fuera de la Isla del Príncipe Eduardo con un decidido aire de duda. Podían ser buenas personas, desde luego, pero era preferible dudarlo. Tenía un prejuicio en particular contra los yanquis. Una vez, su marido había sido estafado con diez dólares por una persona para la que él trabajaba en Boston y ni los ángeles ni los príncipes ni poder alguno sobre la Tierra podrían haber convencido a la señora Rachel de que todos los Estados Unidos no eran responsables por aquello.

—A la escuela de Avonlea no le hará mal un poco de sangre nueva —dijo Marilla secamente—, y si este chico se parece en algo a su padre, será un buen chico. Steve Irving era el muchacho más agradable que haya vivido por estos lugares, aunque algunos lo tildaban de orgulloso. Creo que la señora Irving estará muy contenta de recibir a su nieto. Ha estado muy sola desde que murió su marido.

—Oh, el chico podrá ser bueno, pero será distinto de los niños de Avonlea —dijo la señora Rachel, poniendo punto final al tema. Sus opiniones sobre cualquier persona, lugar o cosa eran siempre contundentes y definitivas—. ¿Qué es eso que he oído de que vas a formar una sociedad de fomento en el pueblo, Anne?

—Solo hablé del tema con mis compañeros en el Club de Debates —dijo Anne ruborizándose—. Les pareció muy bien, al igual que al señor Allan y a su esposa. Muchos pueblos tienen sociedades de fomento para mejorarlos hoy en día.

—Bueno, tendrás un sinfín de dificultades. Es preferible que no te metas, Anne, eso es. A la gente no le gusta que la “mejoren”.

—Pero no vamos a tratar de “mejorar” a la gente, sino al pueblo de Avonlea. Hay muchísimas cosas que podrían hacerse para embellecerlo. Por ejemplo, ¿no sería algo bueno que pudiéramos convencer al señor Levi Boulter de que derribara esa horrible vieja casa que hay en sus tierras?

—Por cierto que sí —admitió la señora Rachel—. Esa vieja ruina es una vergüenza para la comarca desde hace años. Pero si los de la sociedad de fomento logran instar a Levi Boulter a que haga algo por la comunidad sin cobrar nada, me gustaría estar allí para verlo y oírlo, eso es. No quisiera descorazonarte, Anne, pues hay algo de bueno en tu idea —aunque supongo que la habrás sacado de alguna inútil revista yanqui—, pero estarás muy ocupada con la escuela y te aconsejo, como amiga, que no te preocupes por mejorar nada. Aunque sé que seguirás adelante si se te ha metido en la cabeza. Siempre fuiste de las que llevan adelante lo que se proponen.

Algo en el gesto decidido de los labios de Anne sugería que la señora Rachel no estaba errada en sus aseveraciones. Anne estaba decidida a formar la sociedad de fomento del pueblo. Gilbert Blythe, que enseñaría en White Sands pero regresaría a casa los viernes por la noche y se quedaría hasta los lunes por la mañana, estaba entusiasmado con la idea y los demás jóvenes apreciaban cualquier cosa que significara reuniones ocasionales y, en consecuencia, algo de diversión. Ahora bien, respecto de cuáles serían las mejoras, nadie, excepto Gilbert y Anne, tenía una idea muy clara. Ellos habían conversado sobre el tema y habían planeado todo hasta crear una Avonlea ideal, aunque solo existiera en su imaginación.

La señora Rachel tenía otra noticia.

—Le han dado la escuela de Carmody a una tal Priscilla Grant. ¿Tú no fuiste a la Academia de la Reina con alguien con ese nombre, Anne?

—Sí, así es. ¡Priscilla va a enseñar en Carmody! ¡Qué bien! —exclamó Anne, y sus ojos grises se encendieron como estrellas en la noche, de modo que la señora Lynde se preguntó si alguna vez podría decidir a su entera satisfacción si Anne Shirley era o no una chica hermosa.

CAPÍTULO DOS

Una venta rápida y un arrepentimiento instantáneo

Anne fue de compras a Carmody la tarde siguiente y llevó a Diana Barry consigo. Diana era, desde luego, un miembro activo de la sociedad de fomento del pueblo y las dos muchachas no hablaron de otra cosa durante el viaje.

—Lo primero que debemos hacer tan pronto empecemos es pintar ese salón —dijo Diana cuando pasaron frente al salón de actos de Avonlea, un edificio algo destartalado construido en una hondonada del bosque con abetos a su alrededor—. Es un lugar de aspecto desagradable y debemos arreglarlo antes de que consigamos que el señor Levi Boulter derribe la casa de su terreno. Papá dice que no tendremos éxito en eso. Levi Boulter es demasiado mezquino para emplear su valioso tiempo en hacerlo.

—Quizá deje que los muchachos la derriben si le prometen que cargarán las maderas, las hacharán y le darán la leña —dijo Anne esperanzada—. Debemos hacer cuanto podamos y contentarnos con ir lentamente al principio. No podemos esperar que todo salga bien de improviso. Primero debemos educar el sentimiento popular.

Diana no estaba muy segura de qué significaba exactamente eso de educar el sentimiento popular, pero sonaba bien y se sentía orgullosa de pertenecer a una sociedad de fomento que tuviera tales miras.

—Anoche pensé algo que podíamos hacer, Anne. ¿Has visto el terreno triangular donde se juntan los caminos de Carmody, Newbridge y White Sands? Está cubierto de maleza, ¿pero no quedaría bien si lo limpiáramos y dejáramos solo los dos o tres abedules que hay allí?

—Espléndido —dijo Anne alegremente—. Y colocaremos un asiento rústico bajo los abedules. Y, cuando llegue la primavera, haremos un cantero de flores en el medio y plantaremos geranios.

—Sí, pero debemos inventar algo para lograr que la anciana señora Sloane no deje su vaca suelta en el camino o, de lo contrario, se comerá los geranios —rio Diana—. Empiezo a comprender lo que significa educar el sentimiento popular. Ahí tienes la vieja casa de Boulter. ¿Has visto algo más destartalado? Y está ubicada muy cerca del camino. Una casa vieja, sin ventanas, siempre me hace pensar en algo muerto y sin ojos.

—Creo que una casa vieja y desierta es un espectáculo muy triste —dijo Anne soñadoramente—. Siempre me da la impresión de que la casa debe estar pensando en su pasado y que llora al recordar sus antiguas alegrías. Marilla dice que una gran familia vivió en esa vieja casa hace ya muchos años y que era un lugar muy bonito, con un hermoso jardín y rosales que trepaban por todas partes. Estaba llena de niños, risas y canciones, y ahora está vacía y nada vaga por allí, excepto el viento. ¡Qué triste y solitaria debe sentirse! Quizá todos ellos regresan en las noches de luna, los fantasmas de los niños de otros tiempos y de las rosas y de las canciones… y por un ratito la vieja casa puede soñar que es otra vez joven y alegre.

Diana hizo un movimiento con la cabeza.

—Ahora ya no imagino esas cosas sobre los lugares, Anne. ¿No te acuerdas cómo se enojaron mamá y Marilla cuando imaginamos que había fantasmas en el Bosque Embrujado? Aún hoy no puedo cruzarlo tranquila al anochecer; y si empiezo a imaginar tales cosas sobre la vieja casa de los Boulter, también tendré miedo de pasar por allí. Además, esos niños no han muerto, han crecido y les va muy bien. Uno de ellos es carnicero. Y, de todas maneras, no existen los fantasmas de las flores y de las canciones.

Anne suspiró levemente. Quería a Diana con toda el alma y siempre habían sido buenas amigas. Pero Anne había aprendido mucho tiempo atrás que cuando ella se aventuraba en el reino de la fantasía, debía hacerlo sola. Era una senda encantada por donde no podía seguirla ni el ser más querido.

Mientras las chicas estaban en Carmody, cayó un chaparrón; no duró mucho, de manera que el camino de vuelta a casa, por sendas donde las gotas de lluvia chispeaban sobre las ramas y por valles cubiertos de hojarasca donde los helechos mojados llenaban el aire de fragantes aromas, fue delicioso. Pero justo cuando doblaron para entrar en el sendero de los Cuthbert, Anne vio algo que echó a perder la belleza del paisaje.

Ante ellas, a la derecha, se extendía, húmedo y exuberante, el amplio campo verde grisáceo del señor Harrison sembrado de avena tardía; y allí, de pie, justo en el medio de los cultivos abundantes, mirándolas tranquilamente por encima de las espigas, pastaba una vaca jersey.

Anne dejó caer las riendas y se puso en pie, con un duro gesto en los labios que no presagiaba nada bueno para el depredador cuadrúpedo. Ella no dijo ni una palabra, pero bajó ágilmente del coche y saltó por encima de la cerca antes de que Diana pudiera entender qué había ocurrido.

—Anne, regresa —gritó Diana, como si hubiera recobrado su voz—. Vas a estropear tu vestido con el grano húmedo... lo vas a arruinar. ¡No me escucha! Bueno, no logrará sacar de ahí a esa vaca ella sola. Debo ir a ayudarla, sin dudas.

Anne corría entre el grano como enloquecida. Diana dio un salto con energía para bajar del coche, ató el caballo a un poste, se echó las faldas de su lindo vestido a cuadros sobre los hombros, cruzó la cerca y empezó la persecución de su frenética amiga. Podía correr más rápido que Anne, a quien le molestaba la falda empapada, y pronto la alcanzó. Tras ellas dejaron un rastro que le rompería el corazón al señor Harrison cuando lo viera.

—Anne, detente, por el amor de Dios —dijo jadeando la pobre Diana—. Estoy sin aliento y tú estás empapada hasta los huesos.

—Tengo… que… sacar… esa… vaca… antes de que... el señor Harrison... la vea —dijo casi sin aliento Anne—. No… me importa… si me quedo sin aire… si… tan solo…podemos… hacer eso.

Pero la vaca jersey parecía no ver razón de peso para ser apartada de su sabrosa y abundante comida. Tan pronto como las dos exhaustas muchachas se acercaron a ella, la vaca giró y salió corriendo hacia el extremo opuesto del campo.

—¡Desvíala! —gritó Anne—. ¡Corre, Diana, corre!

Diana corrió; Anne también, y la maldita vaca dio vueltas por todo el campo como posesa. Para sus adentros, Diana creía que lo estaba. Pasaron unos buenos diez minutos antes de que pudieran desviar su rumbo y guiarla hacia la senda que llevaba al campo de los Cuthbert.

Es innegable que Anne estaba de muy mal humor en ese preciso momento. Y su humor no mejoró en lo más mínimo cuando vio una calesa detenida del otro lado del camino en la que estaban sentados el señor Shearer y su hijo, ambos de Carmody, con una amplia sonrisa en la cara.

—Sospecho que más le hubiera valido haberme vendido esa vaca cuando quise comprársela la semana pasada, Anne —dijo entre risas el señor Shearer.

—Se la vendo ahora si la quiere —dijo la arrebatada y desgreñada dueña—. Se la puede llevar en este mismo momento.

—Trato hecho. Le daré los veinte dólares que le ofrecí antes, y Jim llevará la vaca a Carmody. Saldrá con el resto del embarque esta noche. El señor Reed de Brighton quiere una vaca jersey.

Cinco minutos más tarde, Jim Shearer y la vaca subían por el camino, y la impulsiva Anne marchaba hacia Tejados Verdes con sus veinte dólares.

—¿Qué dirá Marilla? —preguntó Diana.

—Oh, no le importará. Dolly era mi vaca y seguramente no habría conseguido más de veinte dólares en la subasta. Pero, querida, si el señor Harrison ve ese sembrado, sabrá que la vaca entró otra vez, y yo le di mi palabra de honor de que eso no volvería a ocurrir. Bueno, me ha servido de lección: no dar mi palabra de honor por una vaca. Y una vaca que puede saltar una cerca y escaparse de un establo no merece confianza alguna.

Marilla había ido a visitar a la señora Lynde, y cuando regresó ya sabía todo respecto de la venta de Dolly, pues la señora Rachel había visto desde su ventana la mayor parte de la transacción y había adivinado el resto.

—Supongo que es mejor que se haya ido; pero tienes la costumbre de hacer las cosas de una manera demasiado precipitada, Anne. Lo que no entiendo es cómo pudo salir del establo. Debe haber roto las tablas de madera.

—No se me ocurrió mirar —dijo Anne—, pero ahora iré a ver. Martin no ha regresado. Quizá se le han muerto algunas tías más. Eso me recuerda la historia de Peter Sloane y los octogenarios. La otra noche, la señora Sloane estaba leyendo un periódico y le dijo a su marido: “Veo que acaba de fallecer otro octogenario. ¿Qué es un octogenario, Peter?”. Y el señor Sloane le contestó que no lo sabía, pero que debían ser criaturas muy enfermas, porque lo único que se sabía de ellas es que se morían. Ocurre lo mismo con las tías de Martin.

—Martin es igual que todos esos franceses —dijo Marilla disgustada—. No se puede confiar en ellos para nada.

Marilla estaba revisando las compras de Anne cuando oyó un grito que provenía del establo. Un minuto después, la muchacha entró corriendo a la cocina con las manos apretadas.

—Anne Shirley, ¿qué ocurre ahora?

—Oh, Marilla, ¿qué voy a hacer? Esto es terrible. Y es culpa mía. ¿Alguna vez aprenderé a reflexionar antes de actuar con imprudencia? La señora Lynde siempre dijo que yo haría algo terrible algún día y ahora ha llegado ese momento.

—¡Anne, eres un ser exasperante! ¿Qué es lo que has hecho ahora?

—¡He vendido la vaca jersey del señor Harrison, la que él le había comprado al señor Bell, al señor Shearer! Dolly aún está en el establo.

—¿Anne Shirley, estás soñando?

—Eso quisiera. No es un sueño, aunque parece una pesadilla. Y la vaca del señor Harrison debe estar a estas horas en Charlottetown. Oh, Marilla, creí que había terminado mi etapa de meterme en líos y aquí estoy otra vez, metida en el peor lío de toda mi vida. ¿Qué puedo hacer?

—¿Hacer? No hay nada que hacer, niña, excepto ir a ver al señor Harrison. Le podemos ofrecer nuestra vaca si no quiere aceptar el dinero. Es tan buena como la suya.

—Estoy segura de que se enfadará muchísimo —se quejó Anne.

—Ya lo creo. Parece ser una persona muy irritable. Yo iré a explicarle todo si quieres.

—No, no puedo permitir que haga eso —exclamó Anne—. Todo ha sido culpa mía y por cierto que no voy a escapar al castigo. Iré sola y ahora mismo. Cuanto antes termine, mejor, pues será muy humillante.

La pobre Anne tomó su sombrero y sus veinte dólares y, cuando estaba saliendo, se le ocurrió mirar por la puerta de la despensa. Sobre la mesa reposaba una tarta de nueces que ella misma había horneado aquella mañana... una tarta particularmente sabrosa, con un glaseado de azúcar rosa y adornada con nueces. Anne la había preparado para el viernes por la noche, cuando los jóvenes de Avonlea pensaban reunirse en Tejados Verdes para organizar la sociedad de fomento. Pero ¿qué eran ellos comparados con el lógicamente ofendido señor Harrison? Anne pensó que esa tarta ablandaría el corazón de cualquier hombre, especialmente, el de uno que tenía que cocinar su propia comida, así que rápidamente la metió en una caja. Se la llevaría al señor Harrison como ofrenda de paz.

“Eso si me da oportunidad de decir algo”, pensó con tristeza, mientras cruzaba la cerca y tomaba el atajo que atravesaba los campos dorados por la luz del magnífico atardecer de agosto. “Ahora sé perfectamente cómo se sienten las personas cuando van camino a la horca”.

CAPÍTULO TRES

En casa del señor Harrison

La casa del señor Harrison era un antiguo edificio blanqueado con cal, de aleros bajos, emplazado frente a un espeso bosquecillo de abetos.

El señor Harrison estaba sentado en la galería bajo la parra, en mangas de camisa, disfrutando de su pipa y del atardecer. Cuando se dio cuenta de quién venía por el sendero, se incorporó rápidamente, se metió en la casa y cerró la puerta. Su reacción fue simplemente el resultado de su desagradable sensación de sorpresa, mezclada con bastante vergüenza por su arranque temperamental del día anterior. Pero esta actitud casi acabó con el poco valor que quedaba en el corazón de Anne.

“Si está tan malhumorado ahora, cómo se pondrá cuando se entere de lo que he hecho”, reflexionó miserablemente mientras llamaba a la puerta.

Pero el señor Harrison abrió la puerta sonriendo con timidez y la invitó a pasar con tono amable y amistoso, si bien no exento de nerviosismo. Había dejado su pipa y se había puesto la chaqueta; le ofreció amablemente a Anne una silla polvorienta y su recibimiento podría haber pasado por agradable si no hubiera sido por los dichos de una cotorra que estaba espiando a través de los barrotes de una jaula con perversos ojillos dorados. Apenas Anne se sentó, Ginger exclamó:

—¡Bendito sea Dios! ¿A qué viene esta insignificante pelirroja? —Sería difícil determinar qué rostro estaba más rojo, si el del señor Harrison o el de Anne.

—No le haga caso a la cotorra —dijo el señor Harrison, echándole una furiosa mirada a Ginger—. Está... está siempre diciendo tonterías. Me la dio mi hermano, que era marinero. Los marineros no suelen usar un lenguaje muy fino y a las cotorras les gusta imitar sonidos.

—Es lo que pensé —dijo la pobre Anne; el recuerdo del motivo por el que estaba allí aquietó su enojo. No podía darse el lujo de desairar al señor Harrison dadas las circunstancias, de eso no había duda. Cuando le has vendido la vaca a un hombre sin que él lo sepa ni haya dado su consentimiento, no te puede importar que su cotorra haga comentarios desagradables. De todos modos, “la insignificante pelirroja” no se encontraba tan sumisa como lo habría estado en otras circunstancias.

—He venido a confesarle algo, señor Harrison —dijo resueltamente—. Es… es sobre… la vaca jersey.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó el señor Harrison nervioso—, ¿otra vez ha entrado a pisotear mi avena? Bueno, no tiene importancia… no importa si lo ha hecho. No hay ningún problema… en absoluto. Yo… yo estuve muy brusco ayer. No se preocupe si ha entrado otra vez.

—Oh, si solo fuera eso —suspiró Anne—. Pero es diez veces peor. Yo no…

—¡Bendito sea Dios! ¿Quiere decir que se ha metido en mi trigo?

—No… no… en el trigo no. Pero…

—¡Entonces, en los repollos! Se ha metido entre los repollos que yo estaba cultivando para la exposición, ¿eh?

—No tienen nada que ver los repollos, señor Harrison. Se lo contaré todo… a eso he venido; pero, por favor, no me interrumpa. Me pone nerviosa. Déjeme hablar y no diga nada hasta que haya terminado (y no hay dudas de que entonces sí que hablará) —concluyó Anne, diciendo esto último para sus adentros.

—No diré ni una palabra —dijo el señor Harrison y se quedó callado. Pero Ginger no había prometido nada y seguía gritando a intervalos “pelirroja insignificante”, hasta que Anne terminó por enfurecerse bastante.

—Ayer encerré mi vaca jersey en nuestro establo. Esta mañana fui a Carmody y, cuando regresaba, vi una jersey entre su avena. Diana y yo la perseguimos y no puede imaginarse el trabajo que nos dio. Yo estaba terriblemente mojada y cansada y enojada, y en ese preciso momento apareció el señor Shearer y me ofreció comprar la vaca. Se la vendí al instante por veinte dólares. Ese fue mi error. Debí haber esperado y haberle consultado a Marilla, por supuesto. Pero tengo una terrible predisposición para hacer las cosas sin pensar; todos los que me conocen pueden dar fe de ello. El señor Shearer se llevó la vaca enseguida para despacharla en el tren de la tarde.

—¡Pelirroja insignificante! —chilló Ginger en tono de profundo desprecio.

Al llegar a este punto, el señor Harrison se levantó y, con una expresión que hubiera aterrorizado a cualquier pájaro que no fuera una cotorra, se llevó la jaula de Ginger a una habitación contigua y cerró la puerta. Ginger gritó, insultó y se comportó a tono con su reputación, pero al ver que la habían dejado sola, cayó en un triste silencio.

—Discúlpeme y continúe —dijo el señor Harrison tomando asiento nuevamente—. Mi hermano, el marinero, nunca le enseñó educación a ese pájaro.

—Llegué a casa y después del té fui al establo, señor Harrison. —Anne se inclinó hacia delante, apretó las manos con su viejo gesto de la infancia, mientras sus grandes ojos grises se clavaban implorantes en el turbado rostro del señor Harrison—. Encontré mi vaca encerrada en el establo. Era su vaca la que le había vendido al señor Shearer.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó el señor Harrison, que no salía de su asombro ante este desenlace—. ¡Qué cosa tan extraordinaria!

—Oh, no es extraordinario en lo más mínimo que yo me meta en problemas y ponga en aprietos a otras personas —dijo Anne tristemente—, me distingo por eso. A usted puede parecerle que ya estoy demasiado grande para ello. Cumpliré diecisiete años en marzo...pero parece que sigo haciéndolo, señor Harrison: ¿sería pedirle demasiado que usted me perdonara? Me temo que es demasiado tarde para recuperar la vaca, pero tengo el dinero que me dieron por ella o puede quedarse con la mía si lo prefiere. Es una vaca muy buena. No puedo decirle cuánto lamento todo esto.

—Bueno, bueno —dijo el señor Harrison vivamente—.Ni una palabra más sobre el asunto, señorita. No tiene importancia...ninguna importancia. Se trata de un accidente. Yo también soy a veces muy precipitado, señorita, demasiado precipitado. Pero no puedo evitar decir todo lo que pienso y la gente tiene que aceptarme como soy. Ahora, si esa vaca hubiera pisoteado mis repollos...Pero no importa, no lo hizo y todo está bien. Creo que más bien me quedaré con su vaca, ya que quiere usted desembarazarse de ella.

—Oh, gracias, señor Harrison. Estoy tan contenta de que no esté enojado. Tenía miedo de que se enfadara.

—Y supongo que habrá estado muerta de miedo mientras venía hasta aquí a contármelo después del alboroto que armé ayer, ¿eh? Pero no debe hacerme caso. Soy un viejo que no mide sus palabras, eso es todo… Siempre listo para decir la verdad, sin importarme que sea un poco dura.

—Igual que la señora Lynde —dijo Anne sin poder evitarlo.

—¿Quién? ¿La señora Lynde? No me diga que me parezco a esa vieja chismosa —dijo el señor Harrison irritado—. No me parezco ni un poquito. ¿Qué hay en esa caja?

—Una tarta —dijo Anne, risueña. Aliviada ante la inesperada amabilidad del señor Harrison, se sentía muy animada—. La traje para usted… pensé que no comería tarta muy a menudo.

—Tiene razón, es cierto, y me gusta mucho. Le estoy muy agradecido. Tiene muy buen aspecto. Espero que también sea sabrosa.

—Lo es —dijo Anne muy segura—. En otra época de mi vida hacía tartas que no lo eran, como puede dar fe la señora Allan; pero esta está muy buena. La había hecho para la sociedad de fomento, pero puedo hacer otra para ellos.

—Muy bien, pero le diré, señorita, que debe ayudarme a comerla. Pondré agua a calentar y tomaremos una taza de té. ¿Qué le parece?

—¿Puedo prepararlo yo? —preguntó Anne dubitativamente.

El señor Harrison rio entre dientes.

—Veo que no confía usted mucho en mi habilidad para preparar el té. Está equivocada… Puedo hacer el mejor té que ha probado en su vida. Pero ocúpese usted. Afortunadamente, el domingo llovió, así que tengo un montón de platos limpios.

Anne dio un salto con energía y comenzó a trabajar. Lavó la tetera varias veces antes de poner a reposar el té. Luego limpió la cocina, sacó los platos de la despensa y puso la mesa. El estado de la despensa la horrorizó, pero sabiamente no dijo ni una palabra. El señor Harrison le indicó dónde estaban el pan y la mantequilla y una lata de duraznos. Anne adornó la mesa con un ramo de flores del jardín e hizo la vista gorda con las manchas del mantel. Pronto estuvo listo el té y Anne se encontró sentada a la mesa frente al señor Harrison, sirviéndole el té y hablando libremente de la escuela, sus amigos y sus planes. Apenas podía creerlo.

El señor Harrison había traído de vuelta a Ginger con el argumento de que el pobre pájaro debía sentirse muy solo y Anne, dispuesta a perdonar todo y a todos, le ofreció una nuez. Pero los sentimientos de Ginger habían sido gravemente heridos y rechazó todo intento de amistad. Malhumorada, se quedó sentada en su percha y acomodó sus plumas hasta que quedó convertida en una pelota verde y oro.

—¿Por qué le puso Ginger? —preguntó Anne, a quien le gustaban los nombres apropiados y pensaba que Ginger no combinaba en absoluto con ese magnífico plumaje.

—Mi hermano, el marinero, la bautizó así. Quizá tenga algo que ver con su temperamento. Yo le tengo mucho cariño a este pájaro. Usted se sorprendería si supiera cuánto. Claro está que también tiene sus defectos. Me ha causado muchos disgustos. Mucha gente se queja porque dice malas palabras, pero no le puedo quitar esa costumbre. Lo he intentado y también lo intentaron otras personas. Algunos tienen prejuicios contra las cotorras. Es una tontería, ¿no es cierto? A mí me gustan. Ginger me hace mucha compañía. Nada podría obligarme a abandonarla...nada en el mundo, señorita.

El señor Harrison pronunció la última frase con tanto sentimiento como si hubiera sospechado que Anne estaba pergeñando un plan para persuadirlo de que abandonara a Ginger. Sin embargo, Anne estaba empezando a encariñarse con ese extraño, inquieto y quisquilloso hombrecito y, antes de que terminaran de tomar el té, se habían convertido en dos buenos amigos. El señor Harrison se interesó en la sociedad de fomento y aprobó la idea.

—Muy bien. Adelante. Hay muchas cosas que mejorar en este pueblo y también personas.

—¡Oh! No sé —dijo Anne con rapidez. Para sí misma o entre sus íntimos amigos, podía admitir que Avonlea y sus habitantes tenían algunas imperfecciones fácilmente remediables. Pero que lo dijera un forastero como el señor Harrison era algo completamente distinto—. Creo que Avonlea es un lugar encantador y que la gente también es muy agradable.

—Creo que tiene usted un fuerte temperamento —comentó el señor Harrison, examinando las arrebatadas mejillas y los indignados ojos que lo miraban del otro lado de la mesa—. Avonlea es un lugar bastante aceptable o yo no me hubiera establecido aquí; pero supongo que hasta usted admitirá que tiene algunos defectos.

—Me gusta más por ese motivo —respondió Anne lealmente—. No me gustan los lugares ni las personas que no tienen imperfecciones. Pienso que una persona verdaderamente perfecta sería algo muy poco interesante. La esposa de Milton White decía que ella nunca había conocido a una persona perfecta, pero que sí había oído hablar hasta el hartazgo sobre una: la primera esposa de su marido. ¿No le parece que debe ser muy desagradable estar casada con un hombre cuya primera esposa ha sido perfecta?

—Sería más desagradable estar casado con la esposa perfecta —declaró el señor Harrison con repentina e inexplicable intensidad.

Cuando terminaron de tomar el té, Anne insistió en lavar los platos, aunque el señor Harrison le aseguró que aún quedaban en la casa platos limpios suficientes para varias semanas. También hubiera deseado con todo su corazón barrer, pero no vio la escoba por ningún lado y no quiso preguntar dónde estaba por temor a que no hubiera ninguna.

—Venga a verme para charlar de vez en cuando —sugirió el señor Harrison cuando Anne ya se iba—. No estoy lejos y todos deberíamos ser buenos vecinos. Me interesa la sociedad que van a fundar, parece que va a ser divertido. ¿A quién van a atacar primero?

—No vamos a entrometernos con las personas… solo tenemos intenciones de mejorar los lugares —dijo Anne con dignidad. Sospechaba que el señor Harrison se estaba burlando del proyecto.

Cuando ella se fue, él se quedó observándola a través de la ventana: una figura ágil y aniñada que daba pasos ligeros, despreocupada y alegre, a través del campo en el resplandor crepuscular.

—Soy un viejo malhumorado, difícil y solitario —dijo el señor Harrison en voz alta—, pero hay algo en esa chiquilla que me hace sentir joven otra vez y es una sensación tan agradable que me gustaría que se repitiera de vez en cuando.

—¡Pelirroja insignificante! —chilló Ginger.

El señor Harrison amenazó con el puño a la cotorra.

—Pájaro maleducado —murmuró—, ojalá te hubiera retorcido el pescuezo cuando mi hermano, el marinero, te trajo a casa. ¿Nunca dejarás de meterme en líos?

Anne corrió a su casa alegremente y relató su aventura a Marilla, quien, preocupada por su larga ausencia, había estado a punto de salir a buscarla.

—El mundo es hermoso después de todo, Marilla —concluyó Anne—. La señora Lynde se quejaba el otro día de que el mundo no valía mucho. Dijo que cada vez que uno espera algo placentero, es seguro que se desilusiona, que nada ocurre como uno espera. Bueno, quizá sea verdad. Pero también podemos ver el lado bueno. Las cosas malas tampoco suceden como uno espera… casi siempre resultan mucho mejor de lo que pensamos. Yo esperaba tener una experiencia terriblemente desagradable cuando fui a ver al señor Harrison esta tarde y, en lugar de ello, él fue muy amable y casi puedo decir que pasé un buen rato. Creo que seremos verdaderos amigos si nos hacemos unas cuantas concesiones el uno al otro. Pero, sin embargo, Marilla, le aseguro que jamás volveré a vender una vaca sin asegurarme antes de quién es el dueño. ¡Y no me gustan las cotorras!

CAPÍTULO CUATRO

Opiniones encontradas

Una tarde, mientras caía el sol, Jane Andrews, Gilbert Blythe y Anne Shirley estaban de pie junto a una cerca bajo las ramas de los abetos que el viento agitaba suavemente, donde un atajo, conocido como el Sendero de los Abedules, se unía al camino principal. Jane había ido a pasar la tarde con Anne, quien la había acompañado parte del camino de regreso a su casa. En la cerca se habían encontrado con Gilbert y, en aquel momento, los tres estaban charlando sobre el incierto futuro: el primero de septiembre, día en que empezarían las clases. Jane enseñaría en la escuela de Newbridge y Gilbert, en White Sands.

—Ustedes dos tienen una ventaja sobre mí —suspiró Anne—. Les enseñarán a niños que no los conocen, pero mis alumnos son mis antiguos compañeros de escuela y la señora Lynde dice que tiene miedo de que no me respeten como lo harían con un extraño, a menos que sea muy severa desde el comienzo. Y yo no creo que una maestra deba ser muy severa. ¡Oh, qué responsabilidad tan grande!

—Creo que nos irá bien —dijo Jane en tono reconfortante. Ella no estaba preocupada por la necesidad de ejercer una influencia benéfica sobre sus alumnos. Tenía intención de ganarse honradamente su salario, ser aceptada por los consejeros escolares y conseguir que su nombre estuviera en la lista de honor del inspector escolar. No tenía más ambiciones—. Lo principal es mantener el orden y un maestro debe ser severo para conseguirlo. Si mis alumnos no hacen lo que les digo, los castigaré.

—¿Cómo?

—Dándoles una buena tunda, desde luego.

—¡Oh, Jane, no lo harás! —gritó Anne sorprendida—. ¡Jane, no puedes!

—Desde luego que sí, si es que lo merecen —contestó Jane decidida.

—Yo jamás podría azotar a un niño —dijo Anne con igual decisión—. No creo en absoluto en esas cosas. La señorita Stacy nunca nos azotó y mantenía la clase en un orden perfecto, y el señor Phillips siempre lo hacía y no podía mantener el orden en absoluto. No, si yo no puedo arreglármelas sin azotes, renunciaré a la enseñanza. Hay mejores modos de manejar a los alumnos. Trataré de ganarme su afecto y entonces ellos querrán hacer lo que yo les diga.

—Supongamos que no hacen lo que les dices —dijo la práctica Jane.

—De todos modos, no los azotaría. Estoy segura de que no serviría para nada. Querida Jane, no azotes a tus alumnos, no importa lo que hagan.

—¿Cuál es tu opinión, Gilbert? —preguntó Jane—. ¿No te parece que hay niños que merecen unos azotes de vez en cuando?

—¿No te parece que azotar a un niño... cualquier niño... es cruel y bárbaro? —exclamó Anne, con la cara enrojecida por la indignación.

—Bueno —dijo Gilbert lentamente, dividido entre sus convicciones y el deseo de estar a la altura del ideal de perfección de Anne—, creo que ambas tienen algo de razón. Yo no creo que deba azotarse mucho a los niños. Creo, como tú dices, Anne, que hay mejores maneras de manejarlos y que el castigo corporal debe ser el último recurso. Pero, por otro lado, como dice Jane, creo que hay niños a los que no queda más remedio que darles algún que otro azote de vez en cuando. Mi regla será: el castigo corporal como último recurso.

Gilbert, al tratar de complacer a ambos bandos, no consiguió, como suele ocurrir, quedar bien con ninguno. Jane movió la cabeza.