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Llega la tercer novela de la saga de Anne. Anne deja su trabajo de maestra en Avonlea para cumplir su gran sueño: ir a estudiar a la universidad de Redmond. Algunos viejos amigos, y también otros nuevos, la acompañarán a recorrer un camino lleno de desafíos y aprendizajes. En esta nueva etapa, varios pretendientes le declararán su amor y ella tendrá que descubrir cuáles son los sentimientos que alberga en su corazón. ¿Habrá llegado al fin el príncipe azul con el que siempre soñó? L. M. Montgomery, con sus característicos toques de humor, no solo nos sumerge en la vida independiente de Anne en la gran ciudad, sino que también nos hace reflexionar, una vez más, sobre los grandes misterios de la existencia humana.
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Seitenzahl: 387
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Lucy M. Montgomery
Montgomery, Lucy Maud
Anne, la de la Isla / Lucy Maud Montgomery ; ilustrado por Pablo de Bella. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Catapulta , 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga Traducción de: Cristina Paoloni. ISBN 978-987-815-157-1
1. Narrativa Infantil y Juvenil Canadiense. 2. Infancia. 3. Novelas Realistas. I. Bella, Pablo de, ilus. II. Paoloni, Cristina, trad. III. Título.
CDD C823.9283
Anne, la de la Isla
Lucy M. Montgomery
Título original: Anne of the Island
Con ilustraciones de Pablo De Bella
Primera edición.
Colombia 260 - B1603CPH
Villa Martelli, Bs. As., Argentina
www.catapulta.net
Coordinación editorial: Florencia Carrizo
Traducción: Cristina M. Paoloni
Corrección: Gustavo Wolovelsky
Diseño de cubierta e interior: Verónica Álvarez Pesce
ISBN 978-987-815-157-1
© 2022, Catapulta Children Entertainment S. A.
Hecho el depósito que determina la ley N.o 11.723.
Libro de edición argentina.
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión, o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Digitalización: Proyecto451
—La cosecha terminó y el verano ya se fue —dijo Anne Shirley mientras contemplaba con ojos soñadores los campos segados. Ella y Diana Barry habían estado recogiendo manzanas en el huerto de Tejados Verdes, y ahora estaban descansando después de la tarea en un soleado rincón, donde etéreos filamentos de semillas se dejaban llevar por la brisa, que todavía era templada y estaba perfumada con el aroma de los helechos del Bosque Embrujado.
Pero todo el paisaje que las rodeaba anunciaba la llegada del otoño. El mar rugía a lo lejos; los campos estaban desnudos y secos, salpicados con varas de oro; la hondonada del arroyo que se encontraba debajo de Tejados Verdes estaba repleta de margaritas de un suave color púrpura y el Lago de las Aguas Refulgentes tenía un color azul… azul… azul, no el azul cambiante de la primavera ni tampoco el pálido azul del verano, sino un azul nítido, inalterable y sereno, como si el agua hubiese pasado por todos los estados de ánimo y emociones, y se hubiera calmado hasta lograr una tranquilidad imposible de quebrantar con caprichosos sueños.
—Ha sido un hermoso verano —dijo Diana mientras hacía girar el nuevo anillo que lucía en la mano izquierda con una sonrisa—, y la boda de la señorita Lavendar ha sido un espléndido broche de oro. Imagino que el señor y la señora Irving en este momento estarán en la costa del Pacífico.
—A mí me parece que pasó tanto tiempo desde que se fueron que les habría alcanzado para dar la vuelta al mundo —suspiró Anne.
—No puedo creer que solo pasó una semana desde su casamiento. Todo ha cambiado. La señorita Lavendar y los Allan se han ido. ¡Qué solitaria se ve la rectoría con las persianas cerradas! Anoche pasé por allí y tuve la sensación de que todo estaba muerto. Jamás conseguiremos otro pastor tan bueno como el señor Allan —dijo Diana, con una triste convicción—. Me imagino que tendremos toda clase de candidatos este invierno, y la mitad de los domingos no habrá prédica. Y tú y Gilbert se habrán ido, va a ser terriblemente aburrido.
—Fred va a estar aquí —insinuó Anne con picardía.
—¿Cuándo va a mudarse la señora Lynde? —preguntó Diana como si no hubiera oído el comentario de Anne.
—Mañana. Me alegra que venga, pero será otro cambio más. Marilla y yo quitamos todas las cosas que había en el cuarto de huéspedes. Ni te imaginas lo mal que me sentí al hacerlo. Será una tontería, pero me pareció que estábamos cometiendo un sacrilegio. Ese viejo cuarto de huéspedes siempre me pareció un lugar sagrado. Cuando era niña, pensaba que era la habitación más maravillosa del mundo. Recordarás cuánto deseaba yo dormir en un cuarto de huéspedes. Pero nunca en el de Tejados Verdes. ¡Oh, no, allí jamás! Hubiese sido terrible, no habría podido pegar un ojo en toda la noche por la fascinación. Ni siquiera caminaba por ese cuarto cuando Marilla me mandaba a buscar algo, no, por cierto, andaba en puntas de pie y contenía la respiración, como si estuviera en una iglesia, y me sentía aliviada una vez que salía.George Whitefield y el duque de Wellington, desde los cuadros colgados a ambos lados del espejo, me miraban con una expresión hosca cada vez que yo entraba allí; en especial si me atrevía a mirarme al espejo, que era el único en toda la casa que no distorsionaba mi rostro ni un poquito. Siempre me pregunté cómo Marilla se atrevía a limpiar ese cuarto. Y ahora no solo está limpio, sino también completamente vacío. George Whitefield y el duque de Wellington han sido relegados al salón que está en el piso superior. “Así pasa la gloria de este mundo” —concluyó Anne, con una risa que tenía algo de melancolía. No es agradable que nuestros antiguos santuarios se vean profanados, aunque ya seamos mayores.
—Me voy a sentir tan sola cuando te vayas —se quejó Diana por centésima vez—. ¡Y pensar que te irás la semana próxima!
—Pero todavía estamos juntas —dijo Anne con alegría—. No debemos dejar que la semana próxima nos robe la alegría de esta. Yo también detesto pensar en mi partida, ¡mi hogar y yo somos tan buenos amigos! ¡Y me dices que te sentirás sola! Yo soy la que debería apenarse. Tú estarás aquí con todos tus viejos amigos… y con Fred. Mientras que yo estaré sola entre extraños sin conocer a nadie.
—Excepto a Gilbert y Charlie Sloane —dijo Diana, imitando el tono con que Anne había resaltado las palabras y su comentario pícaro.
—Charlie Sloane será un gran consuelo, por supuesto —afirmó Anne sarcásticamente, tras lo cual las dos irresponsables damitas se echaron a reír. Diana sabía exactamente lo que pensaba Anne de Charlie Sloane. Pero, a pesar de haber compartido confidencias con su amiga, Diana no sabía lo que Anne pensaba de Gilbert Blythe. Seguramente, ni ella misma lo sabía.
—Tengo entendido que los chicos se alojarán en el otro extremo de Kingsport —dijo Anne—. Estoy contenta de ir a Redmond y estoy segura de que me va a gustar después de un tiempo. Pero las primeras semanas serán difíciles. Ni siquiera tendré el consuelo de la visita a casa los fines de semana, como cuando iba a la Academia de la Reina. Se me hará interminable esperar a que llegue la Navidad.
—Todo cambia… o va a cambiar —dijo Diana con tristeza—, tengo la impresión de que las cosas jamás volverán a ser como antes, Anne.
—Creo que ha llegado el momento de separarnos —dijo Anne, pensativa—. Tenía que llegar. ¿Te parece que crecer es tan maravilloso como lo imaginábamos cuando éramos niñas?
—No sé, tiene algunas cosas buenas —respondió Diana, acariciando otra vez su anillo con una sonrisita que siempre hacía que Anne se sintiera excluida e inexperta—. ¡Pero también hay tantas cosas desconcertantes! A veces pienso que me asusta ser adulta y que daría cualquier cosa por volver a ser una niña.
—Me imagino que con el tiempo nos acostumbraremos a ser adultas —dijo Anne, alegre—. A la larga, no habrá tantas cosas inesperadas. Aunque, después de todo, creo que son las cosas inesperadas las que le agregan pimienta a la vida. Ahora tenemos dieciocho, Diana. En dos años más, tendremos veinte. Cuando tenía diez años veía los veinte como una lejana edad. Dentro de poco tú serás una señora madura y formal, y yo seré la agradable y solterona tía Anne que vendrá a visitarte durante las vacaciones. Siempre tendrás un rinconcito para mí, ¿no es cierto, querida Di? No pretendo el cuarto de huéspedes, desde luego, las viejas solteronas no pueden aspirar a dormir en el cuarto de huéspedes. Y yo seré tan humilde como Uriah Heep y me contentaré con un cuchitril en algún rincón de la casa.
—¡Cuántas tonterías dices, Anne! —se rio Diana—. Te casarás con un hombre maravilloso y apuesto y rico. Y no habrá ningún cuarto de huéspedes en toda Avonlea digno de ti y mirarás a tus amigos de la juventud con la nariz levantada.
—Eso sería una lástima, ya que mi nariz es bastante bonita y temo que al levantarla se verá horrible —dijo Anne y acarició el órgano aludido—. No tengo tantos lindos rasgos así que no puedo darme el lujo de que se vea horrible. De modo que, aunque me case con el rey de las Islas Caníbales, prometo que no te miraré con la nariz levantada, Diana.
Las jóvenes rieron alegremente y se separaron: Diana regresó a la Cuesta del Huerto y Anne se dirigió a la Oficina de Correos, donde la esperaba una carta. Y cuando Gilbert Blythe la alcanzó en el puente sobre el Lago de las Aguas Refulgentes, ella desbordaba de emoción.
—¡Priscilla Grant también va a ir a Redmond! —exclamó Anne—, ¿no es maravilloso? Tenía la esperanza de que eso ocurriera, pero ella pensaba que su padre no la dejaría ir. Sin embargo, le ha dado permiso y vamos a alojarnos en el mismo lugar. Siento que con una amiga como ella a mi lado puedo enfrentarme a un ejército entero, o a todos los profesores de Redmond, lo que es peor.
—Creo que nos va a gustar Kingsport —dijo Gilbert—.Me contaron que es una linda ciudad antigua con el parque natural más hermoso del mundo y paisajes magníficos.
—No creo que sea más hermosa que esto —murmuró Anne, mirando a su alrededor con los ojos llenos de amor y fascinación, como los de aquellos que creen que el hogar siempre es el lugar más maravilloso del mundo, sin importar los paraísos que pueda haber bajo otros cielos.
Estaban inclinados sobre el puente de la vieja laguna, impregnados en el encanto del atardecer, en el mismo lugar en el que Anne había trepado desde su bote que se hundía el día en que Elaine flotaba hacia Camelot. El magnífico color púrpura del atardecer aún pincelaba los cielos del oeste, pero la luna se elevaba y el agua, bajo su luz, estaba quieta, como un sueño plateado. Los recuerdos entretejieron un hechizo mágico y sutil entre los dos jóvenes.
—Estás muy callada, Anne —dijo Gilbert por fin.
—Tengo miedo de hablar o de moverme y que toda esta belleza increíble se desvanezca como ocurre cuando se rompe el silencio —suspiró Anne.
Gilbert, de pronto, posó su mano sobre la mano delgada y pálida que estaba apoyada sobre la baranda del puente. Sus ojos color avellana se oscurecieron, sus labios, aún aniñados, se entreabrieron para decir algo sobre los sueños y esperanzas que estremecían su alma. Pero Anne retiró su mano y se dio vuelta rápidamente. El hechizo del atardecer se había roto para ella.
—Debo regresar a casa —exclamó con una indiferencia algo exagerada—. Marilla tuvo dolor de cabeza esta tarde y estoy segura de que los mellizos ya estarán haciendo alguna travesura. No debí quedarme fuera de casa tanto tiempo.
Anne estuvo hablando incansablemente sobre cosas sin importancia hasta que ambos llegaron al camino que conducía hacia Tejados Verdes. El pobre de Gilbert casi no tuvo oportunidad de decir ni una palabra. Anne se sintió casi aliviada cuando se separaron. Había en su corazón un nuevo y secreto sentimiento de incomodidad hacia Gilbert desde aquel efímero momento de revelación en el jardín de la Morada del Eco. Algo extraño se había colado en el antiguo y perfecto sentimiento de camaradería de los años escolares, algo que amenazaba con arruinarlo.
“Nunca antes me había alegrado de que Gilbert se marchara”, pensó, con un poco de resentimiento y pena, mientras caminaba sola por el sendero. “Nuestra amistad se va a arruinar si él sigue insistiendo con estas tonterías. No voy a dejar que eso ocurra. Oh, ¡por qué los chicos serán tan insensatos!”.
Anne tenía la molesta sensación de que no era muy razonable que ella todavía sintiera sobre su mano la tibia presión de la de Gilbert tan claramente como la había sentido durante los escasos segundos que él la había posado allí. Tampoco era razonable que la sensación fuera tan placentera, muy distinta a la que había sentido al recibir una demostración similar de parte de Charlie Sloane en una fiesta en White Sands tres noches atrás. Anne sentía escalofríos frente a ese recuerdo tan desagradable. Pero todos los problemas relacionados con sus enamorados se desvanecieron de su mente apenas ingresó en la atmósfera hogareña y poco romántica de la cocina de Tejados Verdes, donde un niñito de ocho años lloraba muy apenado sobre un sillón.
—¿Qué ocurre, Davy? —preguntó Anne mientras lo tomaba entre sus brazos—. ¿Dónde están Marilla y Dora?
—Marilla fue a acostar a Dora —dijo Davy acongojado—, y yo estoy llorando porque Dora se cayó de cabeza por la escalera del sótano y se raspó toda la nariz y...�
—Oh, bueno, no llores por eso, querido. Claro que es una pena, pero con llorar no resuelves nada. Ella estará bien mañana. Llorar nunca sirve para nada, Davy, y...
—No lloro porque Dora se cayó —dijo Davy, interrumpiendo, cada vez más acongojado, el sermón bien intencionado de Anne—. Lloro porque no estaba ahí para verla. Siempre me pierdo las cosas divertidas.
—¡Oh, Davy! —Anne contuvo una carcajada profana—. ¿Te parece divertido ver a la pobre Dora caerse por las escaleras y lastimarse?
—No se lastimó mucho —dijo Davy, desafiante—. Claro que, si se hubiera muerto, me habría dado lástima de veras, Anne. Pero los Keith no nos morimos tan fácil. Spongo que somos como los Blewett. Herb Blewett se cayó del pajar el miércoles pasado. Rodó por la rampa de los nabos hasta caer dentro de la caballeriza, donde tienen encerrado a un potro muy salvaje y violento, y fue a parar justo debajo de sus patas. Y así y todo salió con vida, solo se quebró tres huesos. La señora Lynde dice que hay tipos que no se mueren ni a palos. ¿Vendrá mañana la señora Lynde, Anne?
—Sí, Davy, y espero que siempre seas amable y bueno con ella.
—Seré bueno y amable con ella. ¿Pero va a llevarme a dormir todas las noches, Anne?
—Quizás... ¿por qué preguntas?
—Porque si lo hace, no diré mis oraciones delante de ella como lo hago contigo, Anne —dijo Davy, decidido.
—¿Por qué no?
—Porque no me gusta hablar con Dios frente a extraños, Anne. Dora puede decir sus oraciones frente a la señora Lynde si quiere, pero yo no lo haré. Esperaré a que se vaya. ¿Te parece bien?
—De acuerdo, siempre que no te olvides de hacerlo, Davy.
—No voy a olvidarme. Rezar es divertido. Pero no será tan divertido hacerlo solo, sin ti. Ojalá te quedaras en casa, Anne. No entiendo por qué quieres irte y dejarnos.
—No es exactamente que quiera, Davy, sino que debo hacerlo.
—Si no quieres irte, no te vayas. Eres una adulta. Cuando yo sea adulto, no voy a hacer ni una sola cosa que no tenga ganas de hacer, Anne.
—Toda tu vida tendrás que hacer cosas que no deseas, Davy.
—Claro que no —dijo Davy rotundamente—. ¡Ya verás! Ahora tengo que hacerlas porque, si no, tú y Marilla me mandan a la cama. Pero cuando sea mayor, ya no podrán hacerlo y nadie me obligará a hacer lo que no quiera. ¡Qué bien la voy a pasar! Anne, Milty Boulter dijo que su madre dice que te vas a la universidad para ver si consigues enganchar un novio. ¿Es cierto? Quiero saber.
Por un momento Anne se sintió furiosa. Después, se empezó a reír, ya que se dijo a sí misma que las palabras groseras de la señora Boulter no podían herirla.
—No, Davy, eso no es así. Voy a estudiar, a desarrollarme y a aprender muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—“De zapatos y barcos y lacre; y de repollos y reyes…” —citó Anne.
—Pero si de verdad quisieras enganchar un novio, ¿qué harías? Quiero saber —insistió Davy, quien estaba fascinado con ese tema.
—Mejor pregúntaselo a la señora Boulter —dijo Anne sin pensar—. Creo que seguramente ella lo sabe mejor que yo.
—Se lo voy a preguntar la próxima vez que la vea —dijo Davy seriamente.
—¡Davy! ¡Ni se te ocurra! —exclamó la muchacha al darse cuenta de su error.
—¡Pero si recién me dijiste que lo hiciera! —protestó el niño, agraviado.
—Es hora de dormir —ordenó Anne, para escapar del aprieto.
Una vez que Davy se fue a dormir, Anne caminó hacia la Isla Victoria y se sentó allí sola, bajo la tenue y sutil luz de la luna, mientras el agua del arroyo reía a coro con el viento. A Anne siempre le había gustado ese arroyo. Años atrás había tejido muchos sueños sobre sus aguas brillantes. Se olvidó de los jóvenes enamorados y de los comentarios desagradables de vecinas maliciosas y de todos los problemas de su vida juvenil. Navegó con su imaginación por los mares que bañan las distantes orillas de “las solitarias tierras de las hadas”, donde está la perdida Atlantis y los Campos Elíseos, con la estrella vespertina como guía hacia la tierra de los Anhelos del Corazón. Y esos sueños eran más valiosos para ella que la realidad, porque las cosas que se ven pasan, pero lo invisible es eterno.
La semana siguiente pasó rápido, llena de innumerables “cosas de último momento”, como las llamaba Anne. Había que hacer visitas de despedida, y también recibirlas; algunas eran más agradables que otras, según si los visitantes o los visitados apoyaban plenamente las ambiciones de Anne o si pensaban que a la joven se le habían subido los humos y que tenían la obligación de “bajarle el copete”.
Una noche, en casa de Josie Pye, los miembros de la Sociedad de Fomento de Avonlea hicieron una fiesta de despedida en honor a Anne y a Gilbert. Se había elegido ese lugar, por un lado, porque era una casa grande y cómoda y, por otro, porque existía la firme sospecha de que las Pye no participarían en nada si no se elegía su casa para la fiesta. Fue un momento agradable, ya que las Pye fueron amables y no hicieron ni dijeron nada que pudiera estropear la armonía de la ocasión, algo muy poco habitual en ellas. Josie estuvo tan increíblemente cordial que hasta se dignó a decirle a Anne:
—Tu vestido nuevo te queda bastante bien, Anne. De veras, podría decirse que estás casi hermosa.
—¡Qué amable de tu parte! —respondió Anne, con ojos risueños. Había desarrollado el sentido del humor, y las palabras que la hubieran lastimado cuando tenía catorce años ahora le resultaban divertidas. Josie sospechaba que Anne se estaba riendo de ella; pero se contentó con susurrarle a Gertie, mientras bajaban las escaleras, que Anne Shirley se daría aires de reina ahora que iba a ir a la universidad, de eso no había dudas.
Toda la pandilla estaba allí reunida, llena de alegría. Diana Barry, sonrosada y con sus holluelos, acompañada por el leal Fred; Jane Andrews, pulcra, sensata y sencilla; Ruby Gillis, más deslumbrante y hermosa que nunca, con una blusa de seda blanca y geranios rojos en su cabello dorado; Gilbert Blythe y Charlie Sloane, ambos intentando acercarse lo más posible a la escurridiza Anne; Carrie Sloane, pálida y melancólica porque, según se informó, su padre no permitía que Oliver Kimball se le acercara; Moody Spurgeon MacPherson, con la cara más redonda y las orejas más prominentes que nunca; y Billy Andrews, sentado en un rincón riéndose nerviosamente cuando alguien le dirigía la palabra y mirando a Anne Shirley con una sonrisa de placer en su cara ancha y pecosa.
Anne estaba enterada de que harían una fiesta, pero no sabía que ella y Gilbert, por haber sido los fundadores de la Sociedad, serían los destinatarios de un muy elogioso “discurso” y de unos “obsequios como muestra de estima” (a ella, las obras de Shakespeare y a Gilbert, una pluma fuente). Anne estaba tan sorprendida y complacida por las tiernas palabras del discurso leído en tono solemne de pastor por Moody Spurgeon que el brillo de sus grandes ojos grises quedó empañado por sus lágrimas. Había trabajado duro y fielmente para la SFA y el hecho de que sus integrantes premiaran sus esfuerzos de esa manera la conmovía profundamente. Y todos se mostraron tan amables y amistosos y alegres (incluso las Pye) que en ese momento Anne amaba al mundo entero.
Disfrutó esa noche completamente, pero el final casi arruina la fiesta. Gilbert otra vez había cometido el error de ponerse sentimental mientras cenaban a la luz de la luna en la galería, y Anne, para castigarlo, se había mostrado muy atenta con Charlie Sloane y le había permitido que la acompañara a su casa. Sin embargo, descubrió que a nadie hiere más la venganza que a quien intenta infligirla. Gilbert se marchó alegremente con Ruby Gillis, y Anne pudo escucharlos hablar, divertidos, mientras caminaban en la tranquila y fresca noche de otoño. Era evidente que lo estaban pasando de maravilla, mientras que ella se aburría como una ostra con Charlie Sloane, que hablaba sin parar y nunca, ni siquiera por error, decía algo que valiera la pena oír. Anne respondía ocasionalmente con un “sí” o un “no” y pensaba en lo hermosa que estaba Ruby aquella noche y en lo saltones que parecían los ojos de Charlie a la luz de la luna, mucho más que de día, y en que el mundo, de pronto, no era un lugar tan hermoso como había creído un rato antes.
—Simplemente estoy agotada, eso es lo que me pasa —dijo para sí cuando por fin se encontró sola en su propio cuarto. Y honestamente así lo creía. Pero, la tarde siguiente, su corazón brincó de alegría, como si se tratara de un manantial secreto y desconocido, al ver que Gilbert venía caminando por el Bosque Embrujado y cruzaba el viejo puente de troncos con su andar firme y rápido. ¡Así que Gilbert no iba a pasar su última tarde con Ruby Gillis a pesar de todo!
—Te ves cansada, Anne —le dijo.
—Lo estoy y, lo que es peor, estoy disgustada. Estoy cansada porque estuve empacando y cosiendo todo el día. Y estoy disgustada porque hoy vinieron seis señoras a despedirse de mí y todas ellas dijeron algo deprimente, algo triste y gris como un día de invierno.
—¡Viejas brujas! —fue el comentario de Gilbert.
—¡Oh, no, no lo son! —dijo Anne seriamente—. Ese es el problema. Si fueran viejas brujas, no me importaría lo que dijeran. Pero todas ellas son amables, buenas, maternales, me quieren mucho y yo también a ellas. Y es por eso que lo que dijeron, o sugirieron, tuvo tal efecto en mí. Me dejaron claro que era una locura ir a Redmond y tratar de obtener un título y, desde entonces, me estoy preguntando si acaso no tendrán razón. La señora Sloane suspiró y me dijo que esperaba que tuviera la suficiente fortaleza para soportar todos los años de estudio, y, de pronto, me imaginé con un ataque de nervios a final del tercer año. La señora Wright comentó que debía costar muchísimo dinero cursar cuatro años en Redmond, y sentí que era imperdonable de mi parte dilapidar el dinero de Marilla y el mío en semejante tontería. La señora Bell dijo que esperaba que la universidad no me convirtiera en una engreída, tal como había visto que ocurría con tanta gente. Y sentí que al terminar los cuatro años en Redmond me convertiría en una criatura insufrible, una sabelotodo, y que miraría con desprecio a todas las personas de Avonlea. La señora Wright dijo que tenía entendido que las chicas de Redmond, en especial, aquellas que se alojaban en Kingsport, eran “demasiado elegantes y muy presumidas” y que le parecía que yo no me sentiría muy a gusto entre ellas. Y yo me imaginé como una provinciana desaliñada, despreciada y humillada, arrastrando los pies con botas rústicas por los salones de estilo clásico de Redmond.
Anne concluyó con una risa amarga. Debido a su naturaleza sensible, todos los comentarios desaprobatorios pesaban sobre ella, incluso los de las personas a quienes no respetaba demasiado. Por el momento, la vida carecía de atractivo y sus ambiciones se habían esfumado como una vela apagada.
—No debes tener en cuenta lo que te digan —protestó Gilbert—. Ya sabes que tienen una visión muy limitada de la vida, aunque sean excelentes personas. El solo hecho de que quieras hacer algo que ellas jamás hicieron les resulta aborrecible. Eres la primera joven de Avonlea que va a ir a la universidad, y a todos los pioneros se los acusa de locos soñadores.
—Lo sé. Pero una cosa es saber y otra es sentir. Me digo todo lo que tú me has dicho, pero a veces el sentido común no tiene poder sobre mí. Y mi alma se siente dolida. Después de que la señora Wright se marchó, casi no me quedaron ganas de terminar de empacar.
—Solo estás cansada, Anne. Vamos, olvídate de todo y vayamos a dar un paseo; una caminata por el bosque más allá del pantano. Debería haber algo allí que quiero mostrarte.
—¿Debería haber? ¿Acaso no estás seguro?
—No, solo sé que debería estar allí por algo que vi en la primavera. Vamos, imaginemos que somos dos niños otra vez y que nos dejamos llevar por el viento.
Y se fueron alegremente. Anne, que recordaba lo desagradable que había sido la tarde, fue muy amable con Gilbert; y Gilbert, que estaba aprendiendo a ser un poco más cauto, se cuidó bien de no intentar ser algo más que el antiguo compañero de escuela. La señora Lynde y Marilla los vieron desde la ventana de la cocina.
—Algún día serán novios esos dos —dijo la señora Lynde con aprobación.
Marilla se sobresaltó levemente. En el fondo de su corazón esperaba que eso ocurriera, pero no le gustó el tono chismoso con que la señora Lynde había hecho ese comentario.
—Son dos criaturas todavía —dijo secamente.
La señora Lynde se rio con ganas.
—Anne tiene dieciocho años, yo ya estaba casada a esa edad. La gente mayor como nosotras, Marilla, siempre cree que los niños nunca van a crecer, eso es. Anne es ya una mujercita y Gilbert, un hombre que besa el suelo que ella pisa, como resulta evidente para todo el mundo. Él es un muchacho muy agradable y Anne no va a encontrar a otro mejor. Espero que en Redmond no se le metan tontas ideas románticas en la cabeza. No apruebo los establecimientos mixtos de enseñanza, jamás me han gustado, eso es. Los jóvenes en esas universidades no hacen otra cosa que coquetear —concluyó la señora Lynde solemnemente.
—También tienen que estudiar un poco —dijo Marilla con una sonrisa.
—Bastante poco —resopló la señora Rachel—, aunque creo que Anne sí lo hará. Nunca le gustaron los coqueteos. Pero no aprecia todo lo que vale Gilbert, eso es. ¡Yo sé cómo son las jovencitas! Charlie Sloane también está loco por ella, pero nunca le aconsejaría que se casara con un Sloane. Es gente buena, honesta, respetable, claro, pero, al fin y al cabo, son Sloane.
Marilla asintió. Para un extraño, la afirmación de que los Sloane eran Sloane quizás no significara nada, pero ella lo entendía perfectamente. En cada pueblo hay una familia como esta; personas buenas, honestas, respetables, pero que son Sloane y siempre lo serán, aunque hablen las lenguas de los hombres o de los ángeles.
Gilbert y Anne, felices y ajenos al hecho de que su futuro estaba siendo arreglado por la señora Lynde, caminaban entre las sombras del Bosque Embrujado. Más allá, las colinas segadas se iluminaban con el resplandor ámbar del atardecer, bajo un cielo pálido y etéreo pincelado de rosa y azul. El lejano bosque de abetos estaba teñido de bronce, y sus largas sombras formaban franjas en los campos de las tierras altas. Pero, alrededor de ellos, una leve brisa cantaba entre los abetos una tonada de otoño.
—Este bosque está realmente embrujado ahora... con antiguos recuerdos —dijo Anne inclinándose para juntar un ramillete de helechos blanqueados por la escarcha—. Me parece que las niñitas que fuimos Diana y yo aún juegan por aquí y se sientan junto a la Burbuja de la Dríada al atardecer, en una cita con los fantasmas. ¿Sabes que nunca puedo atravesar este sendero al anochecer sin sentir algo del antiguo temor y estremecimiento? Entre los fantasmas que habíamos inventado, había uno especialmente horripilante: el de una criatura asesinada que aparecía a tus espaldas y apoyaba sus helados deditos sobre tu mano. Confieso que, hasta el día de hoy, no puedo evitar imaginar sus pasos sigilosos y suaves a mis espaldas cuando vengo por aquí después del atardecer. No le tengo miedo a la dama blanca ni al hombre sin cabeza ni a los esqueletos, pero ojalá nunca se me hubiera ocurrido inventar el fantasma de la criatura asesinada. ¡Cómo se enojaron Marilla y la señora Barry cuando se enteraron de todo ese asunto! —concluyó Anne con una sonrisa ante el recuerdo.
El bosque que rodeaba la parte superior del pantano estaba teñido de distintos tonos de rojo. Después de pasar por un bosquecito de pinos y un valle soleado bordeado de arces, encontraron lo que Gilbert estaba buscando.
—¡Ah! Aquí está —dijo él, satisfecho.
—Un manzano... ¡y aquí, tan lejos! —exclamó Anne, encantada.
—Sí, un verdadero manzano cargado de manzanas, aquí en medio de pinos y hayas, lejos de cualquier huerta. Lo encontré cuando caminaba por aquí la primavera pasada, estaba lleno de flores blancas. Así que decidí que volvería en el otoño para ver si había dado frutos. Mira, está lleno de manzanas. Y además parecen muy buenas, con el típico color amarillento de las manzanas reinetas, pero con algunas pinceladas rojizas. La mayoría de los árboles silvestres tienen manzanas verduzcas poco tentadoras.
—Supongo que habrá brotado hace muchos años a partir de una semilla que cayó aquí por casualidad —dijo Anne, soñadora—, y después creció y dio flores ¡y se mantuvo firme, solo aquí entre extraños, valiente y decidido!
—Aquí hay un árbol caído con un colchón de moho. Siéntate, Anne, será como un trono en medio del bosque. Yo me voy a trepar para buscar algunas manzanas. Están bien arriba, el árbol tuvo que crecer muy alto para alcanzar la luz del sol.
Las manzanas resultaron ser deliciosas. Bajo la piel amarillenta, tenían una pulpa muy muy blanca, con ligeras vetas rojas y un sabor muy particular, algo silvestre pero delicioso, que las manzanas de la huerta no poseían.
—La manzana del Edén seguramente no tenía un sabor tan exquisito —comentó Anne—. Pero debemos regresar a casa. Mira, hace tres minutos estaba anocheciendo y ahora ya salió la luna. ¡Qué lástima que no pudimos captar ese momento de transformación! Pero supongo que esos momentos nunca pueden captarse.
—Rodeemos el pantano y regresemos por el Sendero de los Amantes. ¿Estás tan disgustada ahora como cuando salimos a pasear, Anne?
—No, esas manzanas fueron como maná del cielo para reparar mi corazón. Siento que me va a encantar Redmond y que pasaré cuatro años maravillosos allí.
—Y después de esos cuatro años... ¿qué harás?
—Oh, cuando llegue ese momento, estaré frente a otro recodo del camino —respondió Anne suavemente—. No tengo idea de lo que puede haber detrás ni tampoco quiero saberlo. Es mejor así.
El Sendero de los Amantes parecía realmente encantador esa noche: sereno y misteriosamente iluminado por el pálido resplandor de la luna. Lo recorrieron en medio de un agradable silencio, ninguno de los dos sentía deseos de hablar.
“Si Gilbert siempre se comportara como lo ha hecho esta tarde, qué agradable y sencillo sería todo”, pensó Anne.
Gilbert observaba a Anne mientras ella caminaba. Con su claro vestido y su figura esbelta y delicada, parecía un lirio blanco.
“Me pregunto si alguna vez podré hacer que ella me quiera”, pensó con desaliento.
Charlie Sloane, Gilbert Blythe y Anne Shirley se marcharon de Avonlea el lunes por la mañana. Anne había deseado que fuera un hermoso día. Diana iba a llevarla a la estación y ambas esperaban que ese último viaje que hacían juntas resultara agradable. Pero cuando Anne se fue a acostar el domingo a la noche, el viento del este gemía sobre Tejados Verdes como una profecía siniestra, que se confirmó a la mañana siguiente. Al despertar, Anne vio que la lluvia golpeaba contra su ventana y hacía círculos sobre la gris superficie de la laguna. Las colinas y el mar estaban escondidos por la neblina y el mundo entero parecía sombrío y deprimente. Anne se vistió en medio del amanecer triste y gris, ya que tenía que madrugar para alcanzar el tren. Luchó por contener las lágrimas que inundaron sus ojos a pesar de todos sus esfuerzos. Iba a alejarse del hogar que quería tanto, y algo le decía que se estaba alejando para siempre y que solo regresaría para pasar sus vacaciones. Las cosas jamás volverían a ser como antes, volver para las vacaciones no sería lo mismo que vivir allí. ¡Oh, cómo amaba ese lugar! La habitación blanca, un lugar sagrado para los sueños infantiles, la Reina de las Nieves en la ventana, el arroyo de la hondonada, la Burbuja de la Dríada, el Bosque Embrujado y el Sendero de los Amantes y los miles de lugares amados que guardaban recuerdos de los años pasados. ¿Podría llegar a ser realmente feliz en otro lugar alguna vez?
El desayuno en Tejados Verdes fue triste. Davy, por primera vez en su vida, probablemente, no pudo comer. Lloró a lágrima viva sobre su avena. Nadie parecía tener mucho apetito, excepto Dora, que comió su ración con toda tranquilidad. Dora, al igual que la inmortal y prudente Charlotte, que “seguía cortando el pan y la manteca” mientras el cuerpo de su frenético enamorado era llevado en ataúd, era una de esas criaturas afortunadas que rara vez se sentían conmovidas por algo. Era muy difícil alterar la placidez de Dora, por más que tuviera ocho años. Desde luego que lamentaba que Anne se marchara, pero esa no era una razón suficiente para no poder apreciar un huevo pasado por agua sobre una tostada. De ninguna manera. Y, como Davy no había comido el suyo, Dora se lo comió por él.
Puntualmente, Diana apareció en su calesa, con las mejillas rosadas encendidas por encima de su impermeable. Había llegado el momento de la despedida. La señora Lynde vino desde su cuarto para darle un abrazo cariñoso y le aconsejó que cuidara su salud. Marilla, áspera y sin derramar ni una lágrima, besó levemente su mejilla y le dijo que le escribiera cuando ya estuviera instalada. Un observador distraído podría pensar que la partida de Anne le importaba muy poco, a menos que dicho observador mirara con atención los ojos de Marilla. Dora besó a Anne con delicadeza y se secó dos decorosas lagrimitas. Pero Davy, que había estado llorando sentado sobre el escalón de la galería trasera desde que se habían levantado de la mesa, se negó a despedirse. Cuando vio que Anne se acercaba a él, se puso de pie de un salto, subió corriendo las escaleras y se escondió en un armario para la ropa, del que no quiso salir. Sus gritos sofocados fueron los últimos sonidos que Anne escuchó al marcharse de Tejados Verdes.
Llovió copiosamente durante todo el camino a Bright River, donde tenían que tomar el tren, ya que el ramal de ferrocarril de Carmody no empalmaba con el tren que combinaba con el barco. Charlie y Gilbert ya estaban en la plataforma de la estación cuando ellas llegaron, y el tren silbó anunciando su partida. Anne apenas tuvo tiempo de presentar su boleto y despachar su equipaje, despedirse a las apuradas de Diana y subir corriendo al tren. Hubiera querido volver a Avonlea con Diana, sabía que iba a extrañar su hogar terriblemente. ¡Y, ay, si tan solo esa deprimente lluvia dejara de caer, como si todo el mundo estuviera llorando por los veranos que se esfumaron y las pasadas alegrías! Ni siquiera la presencia de Gilbert la consolaba, ya que también estaba allí Charlie Sloane, y los Sloane solo podían tolerarse con buen tiempo. Eran totalmente insufribles en días lluviosos.
Pero cuando el barco partió del puerto de Charlottetown, las cosas mejoraron. Dejó de llover y el sol empezó a asomarse con todo su esplendor entre las nubes y le otorgó al mar gris un cobrizo resplandor e iluminó la neblina que envolvía la costa rojiza de la isla con un brillo dorado. Al final, se convirtió en un hermoso día. Además, Charlie Sloane de pronto se sintió tan mareado que tuvo que bajar, y Anne y Gilbert se quedaron solos en la cubierta.
“Me alegra mucho que todos los Sloane se mareen en cuanto se suben a un barco”, pensó Anne sin piedad. “Estoy segura de que no hubiera podido darle la última mirada de despedida a mi querida isla con Charlie de pie a mi lado con cara de fingida emoción”.
—Bueno, ya partimos —señaló Gilbert desprovisto de emoción.
—Sí, me siento como “Childe Harold”, de Byron, solo que no estoy contemplando mi tierra nativa —dijo Anne parpadeando con fuerza—. La mía es Nueva Escocia, supongo. Pero la tierra nativa es aquella que uno ama con todo su corazón y, para mí, es la Isla del Príncipe Eduardo. No puedo creer que no haya vivido allí siempre. Los once años anteriores a mi llegada a la isla me parecen una pesadilla. Han pasado siete años desde que hice el viaje en un barco como este, la tarde en que la señora Spencer me trajo desde Hopetown. Todavía puedo verme con aquel horrible y viejo vestido y el desgastado sombrero marinero mientras caminaba, fascinada y llena de curiosidad, por la cubierta y los camarotes. Era una hermosa tarde y ¡cómo brillaba la costa roja de la isla bajo el sol! Y aquí estoy, cruzando otra vez el estrecho. ¡Oh, Gilbert, de verdad espero que me gusten Redmond y Kingsport, pero estoy segura de que no será así!
—¿Adónde fue a parar tu filosofía, Anne?
—Está sumergida bajo una enorme ola de soledad y añoranza. Hace tres años que deseo ir a Redmond, y ahora que voy a ir, desearía no hacerlo. No te preocupes. Volveré a estar alegre y filosófica después de llorar un buen rato. Tengo que llorar, como despedida, pero, sin embargo, tendré que esperar hasta llegar a mi habitación esta noche, dondequiera que esté. Después volveré a ser la misma Anne de siempre. Me pregunto si Davy ya habrá salido del armario.
Eran las nueve de la noche cuando el tren llegó a Kingsport y los jóvenes se encontraron en medio de la multitud de la estación. Anne se sentía terriblemente desorientada, pero un minuto después fue rescatada por Priscilla Grant, que había llegado el sábado.
—¡Llegaste, querida amiga! Y me imagino que estarás tan cansada como estaba yo cuando llegué el sábado por la noche.
—¿Cansada? Ni me hables de cansancio, Priscilla. Estoy agotada, me siento desorientada, rústica y como si tuviera apenas diez años. Por amor de Dios, lleva a tu pobre y destartalada amiga a algún lugar lejos de esta multitud.
—Te voy a llevar a la pensión de inmediato. Tengo un coche esperando afuera.
—Es una bendición que estés aquí, Prissy. De lo contrario, creo que me sentaría sobre mi maleta, aquí mismo, a llorar con amargura. ¡Qué consuelo ver un rostro familiar en medio del griterío de tanta gente desconocida!
—¿Ese que está allá no es Gilbert Blythe, Anne? ¡Cómo ha crecido desde el año pasado! Era solo un niño cuando yo enseñaba en Carmody. Y por supuesto que aquel es Charlie Sloane. Él no ha cambiado en absoluto, ¡claro que no! Tenía esa cara cuando nació y la seguirá teniendo cuando tenga ochenta años. Por aquí, querida, estaremos en casa en veinte minutos.
—¡En casa! —gruñó Anne—. Querrás decir que estaremos en alguna horrible pensión y en una habitación aún más horrible todavía con vista a un patio trasero espantoso.
—No es una horrible pensión, Anne. Aquí llegó nuestro coche, sube, el conductor cargará tu baúl. Ah, sí, la pensión� es un lugar muy bonito, como ya admitirás mañana después de que una buena noche de sueño te cambie el humor. Es una casa de piedra gris, grande y antigua, sobre la calle St. John, muy cerca de Redmond. Fue “residencia” de gente acomodada, pero la calle St. John pasó de moda y sus mansiones ahora se conforman con anhelar los viejos tiempos de gloria. Son tan enormes que sus dueños han tenido que convertirlas en pensiones y así poder ocupar todas sus habitaciones. Por lo menos eso dijeron con mucho énfasis nuestras caseras. Ellas son adorables, Anne.
—¿Cuántas son?
—Dos. Las señoritas Hannah y Ada Harvey. Son mellizas y tienen unos cincuenta años.
—Parece que no puedo desprenderme de los mellizos, adondequiera que vaya me encuentro con ellos o ellas —dijo Anne con una sonrisa.
—Oh, ahora ya no son mellizas, querida. Después de los treinta años dejaron de serlo para siempre. La señorita Hannah envejeció no muy dignamente, y la señorita Ada se quedó en los treinta años, pero los lleva aún menos dignamente. No sé si Hannah puede sonreír, hasta ahora nunca pude pescarla; pero Ada sonríe todo el tiempo, lo que es mucho peor. Sin embargo, son agradables y buenas personas. Toman dos pensionistas por año porque Hannah es muy ahorrativa y no puede soportar “tanto espacio desperdiciado”. Y no es porque ellas necesiten el dinero, como la señorita Ada me lo ha repetido miles de veces desde el sábado por la noche. En cuanto a las habitaciones, tengo que admitir que son pequeñas y la mía da al patio trasero. La tuya da al frente y mira al cementerio Old St. John, que está justo del otro lado de la calle.
—¡Qué macabro! —dijo Anne con un escalofrío—. Creo que prefiero la del patio trasero.
—Oh, no, ya vas a ver. Old St. John es un lugar encantador. Ha dejado de ser un cementerio y se ha convertido en uno de los paseos de Kingsport. Ayer por la tarde lo estuve recorriendo, solo por placer. Está rodeado por un paredón de piedra y una hilera de árboles enormes y también hay arboledas en el interior. Tiene unas lápidas antiguas de lo más curiosas, con inscripciones muy pintorescas. Vas a ir a estudiar a ese lugar, ya verás. Claro que ahora ya no entierran a nadie allí. Hace algunos años erigieron un monumento en memoria de los soldados de Nueva Escocia caídos en la guerra de Crimea. Está justo frente al portón de entrada y “hay mucho espacio para la imaginación allí”, como tú solías decir. Aquí llega tu baúl por fin, y los muchachos vienen a despedirse. ¿Te parece que tengo que estrecharle la mano a Charlie Sloane, Anne? Tiene siempre las manos tan frías como pescados. Tenemos que invitarlos a que nos visiten de vez en cuando. La señorita Hannah me dijo seriamente que podíamos recibir “la visita de jóvenes caballeros” dos veces por semana, siempre que se retiraran a una hora razonable. Y la señorita Ada me pidió, con una sonrisa, que por favor no se sentaran sobre sus hermosos almohadones. Le prometí que cuidaría que no lo hicieran, pero no tengo idea de dónde se vanasentar, a menos que lo hagan en el suelo, ya que hay almohadones por todas partes. Hasta ha puesto uno sobre el piano.
Anne ahora se reía. La conversación alegre de Priscilla había logrado levantarle el ánimo. Su nostalgia había desaparecido por el momento y ni siquiera regresó cuando por fin se halló sola en su pequeña habitación. Fue a la ventana y miró hacia afuera. La calle estaba oscura y silenciosa. Del otro lado, la luna brillaba sobre los árboles del antiguo cementerio, detrás de la enorme y oscura cabeza de león del monumento. Anne se preguntaba si había sido realmente esa mañana que había partido de Tejados Verdes. Debido al viaje y a todos los cambios, sentía como si hubiera pasado una eternidad.
“Esta luna está brillando sobre Tejados Verdes en este mismo momento”, reflexionó. “Pero no voy a pensar en eso, así evitaré sentirme nostálgica. Tampoco voy a largarme a llorar. Lo voy a dejar para otra ocasión más adecuada. Ahora, me iré a dormir tranquila y sensatamente”.
