Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Esta obra de Guadalupe Amor (1920-2000), construida en armonioso desorden, oscila entre la novela y el libro de memorias. Como en un calidoscopio giran en estos capítulos, henchidos de verdad y de misterio, cuantos personajes, hechos y objetos sirven de marco para las experiencias y sentimientos de una niña terrible y siempre sola en medio de los salones y los sótanos del caserón aristocrático de su niñez.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 232
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
ANTOLOGÍA POÉTICA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, FCE Chile, 1994 Segunda edición, FCE México (Tierra Firme), 1995 Tercera edición (Conmemorativa 70 Aniversario), 2005 Cuarta edición (Poesía), 2011 Quinta reimpresión, 2018 Primera edición en libro electrónico (Conmemorativa 70 Aniversario), 2012 Segunda edición en libro electrónico, 2018
D. R. © 1994, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México Comentarios: [email protected] Tel. (55) 5227-4672
Diseño de interiores y portada: León Muñoz Santini
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-5890-6 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo, Guadalupe Flores Liera
I. Horal [1950]
II. La señal [1951]
III. Adán y Eva [1952]
IV. Tarumba [1956]
V. Diario semanario y poemas en prosa [1961]
VI. Yuria. Algunos poemas [1967]
VII. Maltiempo. Algunos poemas [1972]
VIII. Poemas sueltos [1951-1991]
IX. Algo sobre la muerte del mayor Sabines [1973]
Bibliografía
Cronología
Índice
GUADALUPE FLORES LIERA
Sin la poesía de Jaime Sabines la literatura en México definitivamente no sería lo que es. Estación obligatoria, si se quiere entender todo lo que ha sido escrito después de haber publicado él sus libros.
La crítica se resistió casi siempre a su seducción: a veces el beneplácito ante lo nuevo; otras, la displicencia, la sorpresa, cuando no la exasperación, fueron la respuesta que algunos de los estudiosos le depararon. No así sus lectores: la recomendación de boca en boca, el entusiasmo casi fervor, la entrega incondicional, lo convirtieron en autor de libros agotados, de innumerables reediciones y traducciones, capítulo en todas las antologías, presencia necesaria de todas las revistas literarias: compañero ausente de todas las pláticas.
El poeta que escribe como un acto de afirmación en el mundo —que quiere convencernos de que es un hombre común y corriente, sólo que con un poco menos de piel— podría llenar todo un estadio y no faltaría nadie a la invitación: los de siempre y los que se han ido agregando acudirán llamados por la convicción de que esa poesía fue escrita con dedicatoria especial para cada uno. Quien lo lee por primera vez no lo abandona nunca, convencido de que ha sido deletreado.
En efecto, desde hace más de tres décadas Jaime Sabines sorprende y conmueve, aparece con cada libro como una nueva ráfaga y lo transforma todo. Se le puede comparar con los estados de ánimo más profundos y radicales, con las experiencias límite, lo único que no se puede es pasar a la línea siguiente sin haber advertido esa corriente de luz o de dolor, de ternura o de alegría, de conmoción o ironía que lo ha penetrado todo para metamorfosearlo, que lo despoja a uno de su máscara de lector y lo convierte en un hombre frente a otro hombre, en la desnudez de la palabra hecha verdad.
Su poesía es esa llamada de atención que advierte sobre lo apenas visto, que descubre y deslumbra respecto de todo aquello que concierne a los habitantes del mismo tiempo y el mismo espacio, pero que tiene la virtud de ser comunicado como si fuera la primera vez.
Nacido en el estado de Chiapas, en el sureste de México, en 1926, Jaime Sabines pertenece a ese grupo de escritores que de tanto querer transformar la realidad, transforman primero la literatura; quién sabe si con la confianza en que atreviéndose a afrontar de cara a la verdad y en nombrarla avasallando con ello todas las mitologías y todas las sublimaciones, el paso del dicho al hecho se acorte para volverse la revelación de una nueva posibilidad de la vida.
Francotirador de las letras, llamó Fernández Retamar a esta voluntad de afrontar la creación como una necesidad casi fisiológica y ontológica y, simultáneamente, como una imposición de hablar sólo desde la experiencia, sin ponerse como meta la construcción de un mundo ideal, sino el descubrimiento de las potencialidades que convierten a la tarea en el mundo de ser hombres en un acto de dignidad.
Para Sabines la escritura es nada más un testimonio de lo que pasa, jamás un acto premeditado. Es un acontecimiento humano que se encuentra en todos los escenarios: la calle, la escuela, el parque, el burdel, el hospital, el cine, la habitación, donde la vida ocurre igual que la poesía, impúdica, sorpresivamente, a todas horas.
En 1950 con Horal asombró desde el título, pero su obra sólo ha sido la continuidad de sí misma a través de los años y ese libro fue recibido como un distinto oxígeno que resaltaba en su particularidad. Singular porque no pretendía llamar la atención mediante los recursos del intelecto, sino que era claro, lejano al estereotipo, y no buscaba manifestar prioritariamente un credo, sino ahondar en la intuición de que todo es poesía en el mundo.
Desde entonces, Sabines ha transitado siempre por el mismo camino y le han salido al paso el amor, la vida y la muerte en todas sus infinitas manifestaciones. Pero como el condenado que bebió una vez una droga y no pudo dejarla nunca, la poesía le puso otros ojos para ver y le arrancó la piel para que sintiera aun el doloroso peso de una pluma, lo que lo obliga a dejar constancia de todo, y a asumir incluso la culpa por escribir del amor, de la intimidad y del encuentro sexual, de la muerte que es hachazo y pérdida irreparable, del sustraerse de la dicha de contemplar un árbol que reverdece para ponerse a hablar del campo, y de todo lo que significa, en fin, sentirse un escribano a sueldo de la vida, sin posibilidad de distracción, sino debiendo asumir en toda su desgarradura el destino de un señalado a existir en el mundo, que descubre para otros los vericuetos de su intimidad y las verdades que la experiencia le ha ido develando. Receso en la vida, la escritura es para Sabines una forma de que ésta no se desvanezca.
Así, consiguió devolver a la poesía al lugar en donde se produce, que es la vida de todos los días, y la hizo hablar en el idioma de la cotidianidad. Le devolvió al lenguaje la sangre y el alma que decenios de academicismos y oficialismos le habían arrebatado y contribuyó a que los conceptos de escritura en México sean hoy día otros. Está firmemente convencido de que si la literatura no le habla al hombre acerca de lo humano, si no sabe encontrar sin artificios el camino de su corazón, entonces carece de función y de razón de ser.
Pero no bastan las palabras de cada día para crear un poema, si éste no lleva el contenido de vida que pueda dejarle al hombre testimonio de sus días sobre la tierra.
Complejo de emociones, palabras y sentimientos, la poesía, como la vida, debe ser sólo una forma de ejercer la libertad, en medio de las alegrías, esperanzas, dolores y el amor que reparte a todos por igual la existencia.
Para Sabines no hay grandes temas, cualquier hecho en el que caben todas las cosas de lo humano es ya por esto abordable, y si hay reincidencias es sólo porque la vida misma le va trayendo esos asuntos, se los va imponiendo, transformándose en fluido de palabras que llegan cuando no puede contenerse más ese complejo emotivo y hace falta crear el puente con los otros hombres, como un acto simple de confesión que confirma la fe en el prójimo y en uno mismo.
Hombre con gloria, con infierno y con dolor humano, como él se ha descrito, ve en la poesía la posibilidad de salvarse de sí mismo, de poder decirlo todo, y afirmar su libertad en el descubrimiento de que la vida está por delante y antes que todo. Y que estar en ella de pie cuesta trabajo. Más aún cuando la aventura del poeta es optar por la honradez humana en un tiempo deshonrado, como afirmó al recibir en 1959 el Premio Chiapas.
Una literatura donde el hombre se reconozca: canto o lamento, queja o protesta, grito o balbuceo, Jaime Sabines ha dicho también que el poema debe ir siempre oscuro del hombre, gloriosamente, y que toda arte poética debe estar subordinada al arte humano, al arte de vivir.
Quizá por esto mismo, en 1956, Tarumba significó más que el colmo para la crítica. Bien acogido por su acento renovador, quedaba sin embargo el desconcierto de la angustia y la desesperación vueltas palabras, casi pedrada sobre un espejo. El sarcasmo, el cinismo, el descubrimiento de las heridas y el lenguaje del exabrupto descubrían una juventud inconforme y en choque con su entorno, pero su “terrible sinceridad”, como fue llamada, puso a la crítica en estado de alerta frente a un poeta que a fuerza de sorprender dejaba sin palabras a sus interlocutores. Una cosa, sin embargo, quedaba clara, que la poesía había dado un giro y que había un escritor joven, vivo, que conocía muy bien el precio de estar en la vida y que al afirmarse en la escritura, afirmaba al mismo tiempo su ser en el mundo.
Alguien ha dicho que Jaime Sabines estuvo esperando a sus lectores más de treinta años. Que él, que nació maduro ya desde sus primeras publicaciones, debió esperar una generación para ser comprendido, y que éste es el destino de los innovadores. Hoy, el veredicto es unánime: que Sabines es un gran poeta, que ha sobrevivido al peso de los años y a los cambios de cada día. O, como ha escrito José Emilio Pacheco, se trata de uno de los escasos poetas mexicanos que verdaderamente ha hecho una obra, y muchos de sus poemas están entre los grandes de su lengua y de su siglo.
De este poeta del estar-aquí, que devuelve al lector a su mundo concreto —a su dimensión de criatura en el mundo y en el tiempo—, que asume por igual el dolor y la muerte, el sufrimiento y el goce, sólo puede afirmarse una cosa: que sin él —juntos el autor y el hombre— no sólo la literatura en México, incluso quizás la vida literaria no serían lo mismo; pero tampoco sus lectores.
Este libro no es sino el lugar del encuentro, el sitio de donde emerge todo el pequeño, el inmenso territorio del hombre convencido de que alegría y dolor son su tarea.
México, 18 de febrero de 1994
Y será como el que tiene hambre y sueña, y parece que come, mas cuando despierta, su alma está vacía…
ISAÍAS, 29, 8
Amaneció sin ella.
Apenas si se mueve.
Recuerda.
(Mis ojos, más delgados,
la sueñan.)
¡Qué fácil es la ausencia!
En las hojas del tiempo
esa gota del día
resbala, tiembla.
El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada…
LENTO, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
SOMBRA, no sé, la sombra
herida que me habita,
el eco.
(Soy el eco del grito que sería.)
Estatua de la luz hecha pedazos,
desmoronada en mí;
en mí la mía,
la soledad que invade paso a paso
mi voz, y lo que quiero, y lo que haría.
Éste que soy a veces,
sangre distinta,
misterio ajeno dentro de mi vida.
Éste que fui, prestado
a la eternidad,
cuando nací moría.
Surgió, surgí dentro del sol
al efímero viento
en que amanece el día.
Hombre. No sé. Sombra de Dios
perdida.
Sobre el tiempo, sin Dios,
sombra, su sombra todavía.
Ciega, sin ojos, ciega,
—no busca a nadie,
espera—
camina.
VIEJA la noche, vieja,
largo mi corazón antiguo.
¡Qué de brazos adentro
del pecho, fríos,
se mueven y me buscan,
viejo amor mío!
La noche, vieja, cae
como un lento martirio,
sombra y estrella, hueco
del pecho mío.
Y yo entretanto, ausente
de mi martirio,
entro en la noche, busco
su cuerpo frío.
No hay luna, locos,
desde hace siglos.
Sólo un breve milagro
cuando hace frío.
Me busca, viejo, el llanto,
y, sombra, río.
YO NO lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)
ME GUSTÓ que lloraras,
¡Qué blandos ojos
sobre tu falda!
No sé. Pero tenías
de todas partes, largas
mujeres, negras aguas.
Quise decirte: hermana.
Para incestar contigo
rosas y lágrimas.
Duele bastante, es cierto,
todo lo que se alcanza.
Es cierto, duele
no tener nada.
¡Qué linda estás, tristeza,
cuando así callas!
¡Sácale con un beso
todas las lágrimas!
¡Que el tiempo, ah,
te hiciera estatua!
ES LA sombra del agua
y el eco de un suspiro,
rastro de una mirada,
memoria de una ausencia,
desnudo de mujer detrás de un vidrio.
Está encerrada, muerta —dedo
del corazón, ella es tu anillo—,
distante del misterio,
fácil como un niño.
Gotas de luz llenaron
ojos vacíos,
y un cuerpo de hojas y alas
se fue al rocío.
Tómala con los ojos,
llénala ahora, amor mío.
Es tuya como de nadie,
tuya como el suicidio.
Piedras que hundí en el aire,
maderas que ahogué en el río,
ved mi corazón flotando
sobre su cuerpo sencillo.
Es mi cuarto, mi noche, mi cigarro.
Hora de Dios creciente.
Obscuro hueco aquí bajo mis manos.
Invento mi cuerpo, tiempo,
y ruinas de mi voz en mi garganta.
Apagado silencio.
He aquí que me desnudo para habitar mi muerte.
Sombras en llamas hay bajo mis párpados.
Penetro en la oquedad sin palabra posible,
en esa inimaginable orfandad de la luz
donde todo es intento, aproximado afán y cercanía.
Margie (Maryi) se llama.
Estaba yo con Dios desde el principio.
Él puso en mi corazón imposibles imágenes
y una gran libertad desconocida.
Voces llenas de ojos en el aire
corren la obscuridad, muros transitan.
(Lamento abandonado en la banqueta.
Un grito, a las once, buscando un policía.)
En el cuarto vecino dos amantes se matan.
Y música a pedradas quiebra cristales,
rompe mujeres encinta.
En paz, sereno,
fumo mi nombre, recuerdo.
Porque caí, como una piedra en el agua,
o una hoja en el agua,
o un suspiro en el agua.
Caí como un ojo en una lágrima.
Y me sentí varón para toda humedad,
suave en cualquier ternura,
lento en todo callar.
Fui el primero —hasta el último—
en ser amor y olvido,
ni amor ni olvido.
(Porque soles opuestos…
Siempre el mismo y distinto.
Igual que sangre en círculo, al corazón, igual.)
El porvenir que cae me filtra hasta perderse.
Yo soy: ahora, aquí, siempre, jamás.
Un barranco y un ave.
(Dos alas caminan en el aire
y en medio un madrigal.)
Un barranco.
(Ya no lo dijo. Calló, de pronto,
hoscamente, para callar.)
Un
(quién sabe. Yo).
Cualquier cosa que se diga es verdad.
Antes de mi suicidio estuve en un panal.
(Rosa —Maryi que ya rosal,
cualquier muerte es mortal.)
Ahora voy a llorar.
Pero nací también (porque nací)
al sexto sol del día,
en el último vientre de mi madre.
(Mi madre es mujer
y no tuvo ningún que ver con Dios.)
Hasta agotar sus senos me desprendí
(leche de flor bebí).
Mi padre me dijo: levántate y anda
a la escuela.
No lo he olvidado:
aire — piedra deshecha por una decepción,
río — el alba antes de abrir los ojos,
montaña — el cielo sembrado de árboles,
vuelo — amor.
A los quince ya sabía deletrear una mujer.
(A la orilla del tren capullos de luciérnagas
maduraban luces, hojas. Ausencia.)
Yo traía un amor reteadentro,
sin hablar, al fracaso.
Uva de soledad.
Sin luna el mar.
Algas en el subsuelo de mis ojos.
(Mudé de piel a cada caricia.)
Margie, la luna es rusa.
El cuello de Margie es alto y blanco,
como de blando oro blanco. Ducal.
Y en sus redondos cabellos
mi mirada sueña.
Cuando me mira —algún día podría mirarme—
la conozco de rosa a abril.
Yo me moriría, si pudiera morirme,
al pie de sus ojos en sazón.
(Porque me duelen las manos de tanto no tocarla,
me duele el aire herido que a veces soy.)
Palabras para el fin:
Hebra de anhelo, sol menguante.
Ovejas en la tarde sur.
Tibia la mansa hora de dormir.
Que todos mueran a tiempo, Señor,
que gocen, que sufran hoy.
Desampárame, Señor,
que no sepa quién soy.
Levanta las estrellas
y acuesta el reloj.
… Y fue en el día último cuando Se hizo Dios.
Amanece de tarde. Sin sol.
(Para sus manos un guante: mi corazón.)
Yo le hubiera injertado mis labios
en sus muslos, de dos en dos.
Ya no me alegro cuando estoy triste.
Apenas frío. Minuto en ron.
A lo largo de mí todos los muertos
bien muertos son.
(A las 5. Puntuales.
En el número 5 del panteón.)
Y la tarde nerviosa, se sacudió
el rocío llorón.
Entonces se enviaban suspiros en las rosas,
besos-palomas de balcón a balcón.
Pero la sucia noche revolvía alfileres,
sábanas, rezos, cruces, luto de amor.
Caras agrias, en sombra, el deseo encendió.
(¡Cuántos hijos tirados en paredes,
pañuelos, muslos, manos, por Dios!)
Muro de agua, la angustia, se levantó.
Humo rojo en mis venas. Transfigurado cielo.
De polvo a polvo soy.
Mina de minerales obscuros, de ciegos diamantes
tala de esmeraldas.
Agua tierna del pájaro
(húmedas ya de música las ramas),
buches de piedras que hace la pequeña cascada.
Milperío de tortillas para el indio,
indios de amor quemado y brazos todavía
(le podan esperanzas a su genealogía).
Una vereda buscando la llanura.
Y una brizna en mis ojos, de agua dura.
Magia de amor errante.
Fantasma, sombra, umbral.
Algo que soy, me viene a llevar.
(Hay un aroma obscuro
desde su cuello musical.)
Eso que nunca he dicho
empiezo a callar.
¡Lleva ya tanto tiempo
de ser fugaz!
(Le prestaré mis ojos
cuando quiera llorar.)
¡Cómo el viento en retazos,
cómo la lleva en granos,
cómo de azul cristal!
UNO es el hombre.
Uno no sabe nada de esas cosas
que los poetas, los ciegos, las rameras,
llaman “misterio”, temen y lamentan.
Uno nació desnudo, sucio,
en la humedad directa,
y no bebió metáforas de leche,
y no vivió sino en la tierra.
(La tierra que es la tierra y es el cielo
como la rosa rosa pero piedra.)
Uno apenas es una cosa cierta
que se deja vivir, morir apenas,
y olvida cada instante, de tal modo
que cada instante, nuevo, lo sorprenda.
Uno es algo que vive,
algo que busca pero encuentra,
algo como hombre o como Dios o yerba
que en el duro saber lo de este mundo
halla el milagro en actitud primera.
Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,
fácil y rigurosa y verdadera
toda intención de amor que nos habita
y toda soledad que nos perpetra.
Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende
—alegría y dolor— toda presencia;
el corazón constante, equilibrado y bueno,
se vacía y se llena.
Uno es el hombre que anda por la tierra
y descubre la luz y dice: es buena,
la realiza en los ojos y la entrega
a la rama del árbol, al río, a la ciudad,
al sueño, a la esperanza y a la espera.
Uno es ese destino que penetra
la piel de Dios a veces,
y se confunde en todo y se dispersa.
Uno es el agua de la sed que tiene,
el silencio que calla nuestra lengua,
el pan, la sal, y la amorosa urgencia
de aire movido en cada célula.
Uno es el hombre —lo han llamado hombre—
que lo ve todo abierto, y calla, y entra.
SITIO de amor, lugar en que he vivido
de lejos, tú, ignorada,
amada que he callado, mirada que no he visto,
mentira que me dije y no he creído:
en esta hora en que los dos, sin ambos,
a llanto y odio y muerte nos quisimos,
estoy, no sé si estoy, ¡si yo estuviera!,
queriéndote, llorándome, perdido.
(Ésta es la última vez que yo te quiero.
En serio te lo digo.)
Cosas que no conozco, que no he aprendido,
contigo, ahora, aquí, las he aprendido.
En ti creció mi corazón.
En ti mi angustia se hizo.
Amada, lugar en que descanso,
silencio en que me aflijo.
(Cuando miro tus ojos
pienso en un hijo.)
Hay horas, horas, horas, en que estás tan ausente
que todo te lo digo.
Tu corazón a flor de piel, tus manos,
tu sonrisa perdida alrededor de un grito,
ese tu corazón de nuevo, tan pobre, tan sencillo,
y ese tu andar buscándome por donde yo no he ido:
todo eso que tú haces y no haces a veces
es como para estarse peleando contigo.
Niña de los espantos, mi corazón caído,
ya ves, amada, niña, qué cosas dijo.
Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay una mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
Miss X, sí, la menuda Miss Equis,
llegó, por fin, a mi esperanza:
alrededor de sus ojos,
breve, infinita, sin saber nada.
Es ágil y limpia como el viento
tierno de la madrugada,
alegre y suave y honda
como la yerba bajo el agua.
Se pone triste a veces
con esa tristeza mural que en su cara
hace ídolos rápidos
y dibuja preocupados fantasmas.
Yo creo que es como una niña
preguntándole cosas a una anciana,
como un burrito atolondrado
entrando a una ciudad, lleno de paja.
Tiene también una mujer madura
que le asusta de pronto la mirada
y se le mueve dentro y le deshace
a mordidas de llanto las entrañas.
Miss X, sí, la que me ríe
y no quiere decir cómo se llama,
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,
que me ama pero que no me ama.
Yo la dejo que mueva la cabeza
diciendo no y no, que así se cansa,
y mi beso en su mano le germina
bajo la piel en paz semilla de alas.
Ayer la luz estuvo
todo el día mojada,
y Miss X salió con una capa
sobre sus hombros, leve, enamorada.
Nunca ha sido tan niña, nunca
amante en el tiempo tan amada.
El pelo le cayó sobre la frente,
sobre sus ojos, mi alma.
La tomé de la mano, y anduvimos
toda la tarde de agua.
¡Ah, Miss X, Miss X, escondida
flor del alba!
Usted no la amará, señor, no sabe.
Yo la veré mañana.
MI CORAZÓN emprende de mi cuerpo a tu cuerpo
último viaje.
Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. Ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
Quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes.
Quiero esa tensa humedad que te palpita,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de obscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta,
agua abierta, cosa que se abre.
Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.
NADA. Que no se puede decir nada.
Déjenme hablar ahora; no es posible.
Quiero decir que eso, que lo otro, que todo
aquí me tiene muerto, medio muerto, llorando.
Porque nos pasa a veces, nos sucede que el mundo
—no sólo el mundo— se complica, se amarga,
se vuelve de repente un niño sin cabeza,
idiota, idiota, idiota.
Y el café ya no sirve, ni el cigarro,
ni hablar de soledad, de insomnio, de locura,
ni el lamentar a voces el corazón de rana que uno tiene en el pecho,
ni el sollozar tan largo que nadie nos escuche.
Es cierto que la paz, que el equilibrio,
que el cielo puro y tonto,
es cierto, es cierto.
Pero si soy este que soy, ¿qué queda?
No es que alguna mujer —puede que sea—
nos haga falta ahora.
(Una mujer. Quién sabe. A veces nos ocurre
pensar que estamos solos.)
Es que el día renace,
es que la noche sobrevive.
