Aprender con referentes femeninos - Ana López Navajas - E-Book

Aprender con referentes femeninos E-Book

Ana López Navajas

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Beschreibung

Transmitimos una visio´n desde las aulas en la que ma´s del 92% de los referentes nombrados son masculinos. Las implicaciones que tiene esta ausencia nos conciernen de igual manera a mujeres y a hombres. Suponen una gran pe´rdida cultural.Entre los fines de la educacio´n esta´ educar en igualdad de oportunidades y es de lo que vamos a tratar en este libro, de co´mo podemos incluir tambie´n referentes femeninos y adecuar el relato de la escuela a un enfoque de igualdad.La correccio´n de esa visio´n tan sesgada, mediante la incorporacio´n del saber de las mujeres, ampliari´a nuestra perspectiva histo´rica, social y cultural y representari´a la legitimacio´n de las mujeres como protagonistas de la historia y del conocimiento.

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Seitenzahl: 352

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Prólogo

Marina Subirats Martori estudió filosofía y sociología en Barcelona y en París. Ha sido catedrática de sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), directora de la encuesta Metropolitana de Barcelona, directora del Instituto de la Mujer del Ministerio de Asuntos Sociales, concejala de educación del Ayuntamiento de Barcelona y presidenta del Consejo Económico y Social de Barcelona. Ha escrito diversos libros y numerosos artículos sobre aspectos de género, educación y estructura social de Catalunya. Actualmente es catedrática emérita de sociología de la UAB. Entre sus libros, cabe destacar Forjar un hombre, moldear una mujer, Coeducación, apuesta por la libertad y Mujeres y hombres, ¿un amor imposible?, escrito en colaboración con M. Castells.

No digáis que no hay mujeres

A medida que las feministas fuimos comprobando, también en España, que había pocas imágenes y escritos de mujeres en los periódicos, en las librerías, en las exposiciones, en la política, en la ciencia, comenzamos a pedir a todas estas instituciones que tuvieran en cuenta que existíamos, que habíamos existido, pensado e investigado desde siempre. Y la respuesta era invariablemente la misma “Mujeres, ¿qué mujeres? Las mujeres no han sido científicas, ni escritoras, ni inventoras, ni artistas. Dadnos nombres y las incluiremos en todas partes. Dadnos nombres y las tendremos en cuenta”.

Y, ciertamente, no siempre era fácil dar nombres, porque nosotras mismas los desconocíamos. ¡Tan pocas se habían salvado del olvido! Marie Curie, excepción que confirma la regla, casi la única de la que había yo oído hablar en mi infancia. ¡Una “rara avis”, una mujer dedicada a la ciencia y reconocida con dos premios Nobel! Una imagen severa, sin una sola sonrisa, mostrando cierta fragilidad y a la vez determinación. Aparentemente, una mujer que había negado su feminidad, precio de su dedicación a la investigación científica.

¿Otras mujeres habían producido conocimiento, arte, filosofía, política, creaciones culturales de algún tipo? Aparentemente, no. Las imaginábamos a todas absortas, como nuestras madres y abuelas, en cocinas y lavaderos, entre la costura y la plancha, o en el huerto y la fábrica. ¿Cómo hubiera podido ninguna de ellas hacer algo distinto, si este era el destino obligado y, casi siempre, asumido por todas las mujeres? ¿Si, desde muy jóvenes, habían tenido que cuidar, parir, amamantar, limpiar y preocuparse por el sustento de toda su prole?

Y, sin embargo, algo nos decía que no era posible, que el afán de creación, más allá de la familia, estaba inscrito en nosotras y, por tanto, también en todas aquellas que nos precedieron. Que algunas no se habían casado, habían sido monjas o beguinas, o nobles damas exentas de labores domésticas. Brillaban algunos destellos de talento, aunque fuera a través de correspondencias, de poemas, de ciertas novelas. Y así empezamos a buscarlas, a investigar sobre nombres olvidados, casi perdidos, a escudriñar biografías masculinas en las que, por algún azar, habíamos descubierto la influencia de una mujer creadora, oculta, a menudo, por la sombra del marido. Y, poco a poco, fueron apareciendo, surgiendo del silencio, mostrando sus tesoros, sus hallazgos de todo tipo, sus inventos, sus cuentos, sus músicas, sus obras de teatro. Sus hallazgos matemáticos. Su profundidad filosófica.

Hoy tenemos ya largas listas de nombres de mujeres que crearon y construyeron saber y belleza. Quienes lean este libro se asombrarán de ver cuán numerosas han sido y cómo han podido ser ninguneadas a pesar de la calidad de sus trabajos. Sin duda, nos faltan aún muchas, muchísimas; algunas irán apareciendo tras nuevas investigaciones, otras están, tal vez, perdidas para siempre, porque sus nombres fueron borrados de la historia, sus obras desaparecidas o atribuidas a hombres que se las apropiaron. Pero el feminismo sigue su trabajo, topo incansable y esforzado que ha decidido reconstruir lo que fue y lo que fueron, el largo trayecto silenciado de las creaciones de las mujeres a través de los siglos, precisamente para que surja una nueva imagen de lo que somos, lo que podemos y lo que queremos.

Este libro es parte de ese trayecto, y una parte muy importante, porque es un libro innovador, un paso más, pero un paso nuevo, un salto, por así decir, en el camino de reencontrar y normalizar el conocimiento de las creaciones y aportaciones de las mujeres a la cultura universal. O, mejor dicho, para convertirla realmente en universal, puesto que no lo es todavía. La cultura académica que conocemos, lo que podemos llamar “alta cultura” ha sido elaborada por los hombres y reviste un carácter estrictamente androcéntrico. Hasta ahora, —y he utilizado a menudo esta imagen porque creo que es una metáfora perfecta para entender lo que es hoy por hoy la cultura académica y validada como tal— solo es visible una parte de la cultura humana, como solo es visible una cara de la luna. Sin embargo, sabemos que la luna tiene dos caras, o, más exactamente, que es una esfera de la que siempre vemos la misma mitad; pero de la que sabemos que es mucho más que lo que vemos, y que se mantiene en el cielo y cumple sus funciones precisamente por esta razón, porque no es un disco plano sino una esfera que podríamos ver desde distintos ángulos si nos alejáramos de la tierra. Es decir, que se mantiene porque es mucho más de lo que vemos. Exactamente igual que nuestra cultura humana, elaborada para mantener y expandir la vida, y, por tanto, con muchos más materiales que los que vemos habitualmente, porque solo se han resaltado, expuesto y contemplado los que quedan iluminados por la luz androcéntrica, por los valores y referencias basados en la creación e intereses masculinos.

¿Por qué razón este libro constituye un salto, un avance significativo en la tarea de incorporar a la cultura el saber de las mujeres? Pues bien, porque, en cierto modo, es un libro que equivale a un puente, que construye un nuevo paso en un objetivo marcado desde hace algún tiempo, pero que, por el momento, no tenía aun diseñada una metodología para alcanzarlo.

En efecto, ya desde los años setenta y ochenta del pasado siglo múltiples investigaciones, en Europa y Estados Unidos, mostraron que uno de los problemas graves en la educación de las niñas es la falta de mujeres referentes en ámbitos no considerados tradicionalmente como femeninos. Aprendemos por imitación, nos construimos a partir de referentes que, a menudo durante nuestra niñez, conocemos y nos llaman la atención, y cuyas trayectorias estimulan nuestra imaginación y nos ayudan a canalizar los deseos de ser y de hacer en el futuro, en nuestro tiempo de vida. Los ejemplos, las historias de nuestros antecesores, son como las migas de pan de los cuentos, nos permiten encontrar nuestro camino y concretar nuestros objetivos. Esta es precisamente la fuerza de la educación, de lo que se nos transmite en la etapa infantil y juvenil, y es ahí donde queda marcada la gran diferencia de oportunidades que más tarde tienen las personas en función de todo aquello que se ha puesto a su alcance al inicio de la vida.

Pues bien, en España, los primeros análisis conocidos del contenido de los libros de texto, y especialmente el libro de Pilar Careaga y Nuria Garreta, Modelos masculino y femenino en los libros de texto de EGB, publicado en 1987, en el que se contabilizaban los personajes de cada sexo que aparecían en los libros de Lengua y Ciencias Sociales de aquel momento, pusieron de manifiesto este fenómeno; estas autoras hallaron que tan solo un 25,6 % de los personajes nombrados eran mujeres, y que, además, cuando se las nombraba era habitualmente para describirlas en tareas tradicionalmente femeninas. Es decir, las niñas van a la escuela estudian con unos libros en los que encuentran poquísimas referencias a las mujeres en la historia, en la ciencia, en la literatura. Cuando se nombra a alguna mujer, suele aparecer en papeles tradicionales. Así pues, todo tiende a indicar a las niñas que ese es su destino, porque así es su naturaleza, de la que no es posible escapar. Mientras los niños encuentran en los textos ejemplos de héroes, guerreros, reyes, científicos, aventureros, sabios, es decir, mil posibilidades en las que encauzar su ilusión y su futuro, las niñas no encuentran nada de ello, solo el cuidado y el sacrificio para que los hombres vivan y gocen de las diversas posibilidades que les ofrece la sociedad.

No solo esto: las niñas ven también los ejemplos masculinos y la diferencia que suponen, es decir, comienzan a interiorizar que ellas no podrán ser protagonistas de nada, ni siquiera en el hogar, donde los hombres han ejercido de patriarcas durante milenios. Pero ven que sus compañeros sí podrán tener otros destinos, otras posibilidades, otros mundos que explorar, más allá de sus ámbitos familiares. Y, por consiguiente, las niñas comienzan a sentirse excluidas, inseguras de cuáles son sus posibilidades reales; intrusas incluso, si, tratando de superar los límites marcados por su género, intentan aventurarse en los ámbitos públicos, en los saberes académicos o bien obtener alguna parcela de poder.

Comienza así la interiorización de la pertenencia al segundo sexo, al sexo no protagonista, menor, el que vive a la sombra del verdadero dueño del mundo, el sujeto por antonomasia. Aunque sea evidente que también entre los hombres hay jerarquías durísimas y grados muy diversos de protagonismo y de poder.

A la vez, también los niños aprenden que las niñas pertenecen al segundo sexo, que no están en nada de lo que a ellos les importa, que las cuestiones que ellas puedan plantear carecen de relevancia cuando ellos discuten sobre sus temas. Es decir, los libros de texto, como la gran mayoría de los cuentos y de los materiales escolares al uso, contribuyen de una manera decisiva a la interiorización de unos géneros creados en otras etapas de la historia, obsoletos en nuestra sociedad y enormemente perjudiciales para unas y otros, en tanto que limitan sus posibilidades. Unos géneros que, sin embargo, les seguimos transmitiendo e inculcando sin ni siquiera ser conscientes de ello. Unos géneros que se perpetúan como parte de un orden aparentemente inmutable y eterno, inscrito en la naturaleza, cuando no es otra cosa que una construcción cultural basada en formas de dominación y poder que ahora, teóricamente, ya no reconocemos ni nos parecen justas, pero que siguen perpetuándose por la falta de voluntad para cambiarlas.

Conocemos esta situación, en España, desde los años ochenta, y no a través de suposiciones sino de minuciosos trabajos de análisis de los libros de texto en uso en nuestros centros escolares. Se podría pensar que, en casi cuarenta años, las cosas habrían evolucionado y mejorado y que, como se nos prometía, cuando diéramos los nombres de las mujeres creadoras serían incluidos en la cultura. No ha sido así. Desde las instituciones creadas para avanzar en la igualdad entre hombres y mujeres se impulsó, ya desde finales de la década de los ochenta, el posible cambio e introducción de las referencias a mujeres en los libros de texto. El Instituto de la Mujer del Gobierno de España, poco después de su creación en 1983, creó un premio para editoriales que introdujeran ampliamente a mujeres referentes en sus libros de texto. Los prejuicios, las rutinas, el propio desconocimiento académico, hicieron fracasar el intento. Leyes posteriores, como la Ley contra la violencia de género, de 2004, y la Ley de Igualdad, de 2007, incluyeron como una de las medidas impulsoras de la igualdad el cambio en los libros de texto, la eliminación de los estereotipos sexistas y la inclusión de las referencias a mujeres. De nuevo, con escasísimo éxito: el estudio elaborado en la década pasada precisamente por nuestra autora, Ana López-Navajas, Las mujeres que nos faltan. Análisis de la ausencia de mujeres en los manuales escolares, mostró los escasísimos avances realizados, e incluso ciertos retrocesos, en comparación con las investigaciones realizadas tantos años antes.

Sea por rutina, por desconocimiento o por desidia, los libros de texto seguían ignorando las creaciones de todo tipo de las mujeres y, por tanto, la gran mayoría de las instituciones educativas en España, comenzando por las universidades, que son las que suelen establecer los cánones de conocimiento que se transmitirán también en la Educación Primaria y la Educación Secundaria, seguían transmitiendo a las nuevas generaciones una cultura androcéntrica y una visión totalmente parcial del conocimiento y de las aportaciones de las mujeres a la construcción del saber humano. Seguían dejando a las niñas y muchachas frente a un vacío que tiende a indicarles que, a pesar de los cambios que se han ido sucediendo, no se espera de ellas que contribuyan al aumento del saber, sino que sigan asumiendo las tareas tradicionales a las que se supone que las destina su sexo. Cosa que explica perfectamente las dificultades que las mujeres seguimos encontrando para abrirnos camino y ser reconocidas en el ámbito público, así como la escasa elección de estudios técnicos por parte de las muchachas.

Pues bien, hecho el diagnóstico, conocido el vacío de menciones a las mujeres en los libros de texto, las consecuencias negativas que ello conlleva para las nuevas generaciones y teniendo ya, al mismo tiempo, mucho trabajo realizado para conocer los nombres y las obras de tantas de ellas a través de los siglos, hay que dar un salto, y acercar de una manera práctica estos conocimientos al profesorado y al ámbito educativo. Eso es precisamente lo que emprende Ana López-Navajas en este nuevo libro. No se trata ya de mostrar un vacío cultural injusto y ampliamente documentado, ni de insistir en la necesidad de un cambio. Se trata de crear todos los instrumentos para facilitar ese cambio, para poner en manos del profesorado, de la manera más asequible y fácil posible, los nombres y las obras de las que fueron y crearon. Y así, ¡no digáis que no hay mujeres! Se acaba la excusa de la inexistencia o la ignorancia de las aportaciones de las mujeres y comienza a construirse, de verdad, una cultura universal. Ojo, es solo el comienzo, lo sabemos, costará llegar a la total normalización, pero podemos esperar que, una vez iniciado este proceso, ya no pueda detenerse. Sobre todo, porque la calidad y la importancia de las creaciones culturales que vamos descubriendo en las mujeres ya no permite que puedan ser ignoradas y silenciadas, o que algún hombre se las atribuya sin caer en la vergüenza ajena.

Pero Ana López-Navajas va incluso más allá. No solo enumera a las autoras e investigadoras y a sus obras y hallazgos, sino que indica en qué ámbitos curriculares, en qué temas, pueden ser mencionadas y estudiadas, según el tipo de aportaciones que realizaron. Y más allá todavía: qué tipo de ejercicios prácticos pueden realizarse para facilitar al alumnado la comprensión de tales hallazgos para convertirlos en parte de sus propios recursos cognoscitivos. No se trata ya solo de saber que sí hay mujeres que han hecho ciencia, arte o filosofía. Se trata de aprovechar sus obras, de incorporarlas activamente a nuestra cultura y nuestra mentalidad, de hacerlas nuestras, en una palabra, en la medida en que son útiles e incluso indispensables, como hemos hecho con tantas y tantas obras de científicos y escritores, a quienes siempre agradecemos todo lo que nos legaron.

Cuando normalicemos la mención de todas estas obras, podremos probablemente responder a una pregunta sustantiva: ¿las mujeres nos aportan lo mismo que aportaron los hombres?, ¿hay alguna diferencia sustantiva entre sus creaciones y las masculinas? No se trata tanto de pensar si hay una ciencia en femenino y una en masculino que presenten diferencias fundamentales en cuanto a los problemas y soluciones que plantean; no se trata de cuestionar la unidad de la ciencia o de las problemáticas que plantea cada especialidad, sino de saber si hay puntos de vista específicos, diferenciados, o si hay temas más frecuentes en unos o en otras. Porque históricamente se ha educado de un modo distinto a hombres y a mujeres, se les ha obligado a desarrollar aptitudes diferentes, en función del trabajo social que se les ha atribuido. Y, por tanto, no es descartable que haya matices distintos, intereses diferentes y aun contrapuestos, entre lo que ha despertado la atención de las mujeres y de los hombres. Lo cual, lejos de ser un inconveniente, es, precisamente, una riqueza: la de poder ver todas las caras de la luna. ¿Encontraremos un hilo distinto en las obras de las mujeres, no derivada de ningún esencialismo, sino de su diferente construcción social? O, por el contrario, al haber asimilado las normas y metodologías ya existentes en cada ámbito del saber, forjados claramente desde una visión androcéntrica, ¿las creaciones de hombres y de mujeres serán totalmente intercambiables? Desde mi punto de vista, no será así; todavía hoy la construcción social de la feminidad y la masculinidad presenta unos mandatos tan diferenciados que, si las mujeres consiguen expresarse libremente, aportarán puntos de vista distintos, probablemente inéditos, no porque no hayan sido expresados anteriormente sino porque nunca fueron escuchados ni tenidos en cuenta.

Pero, sobre todo, si conseguimos normalizar la presencia de las mujeres en los libros de texto y en los materiales escolares habremos comenzado a socavar gran parte del androcentrismo académico y educativo, y a eliminar de la transmisión a las nuevas generaciones los prejuicios machistas que todavía arrastramos y que, no lo olvidemos, tienen consecuencias nefastas sobre la vida de las mujeres y los hombres. Por ellas y por ellos, por las nuevas generaciones, hay que hacer un esfuerzo de normalización cultural que integre de una vez, en pie de igualdad, las creaciones culturales de mujeres y de hombres.

Por todo ello, hay que saludar efusivamente la aparición de este libro, que representa un enorme esfuerzo, y que no debería faltar en el baúl pedagógico de ningún docente, porque les será de gran utilidad no solo para ampliar sus propios conocimientos en relación con los protagonistas principales en la creación de conocimiento, sino también, y ello es fundamental, para la transmisión a su alumnado de un acervo cultural humano mucho más rico y diverso del que hemos conocido hasta ahora.

Introducción

¿Qué pasa cuando no están ellas?: la pérdida cultural

Las mujeres son las grandes ausentes de la visión del mundo que forjamos en nuestro sistema educativo. Y eso constituye uno de los instrumentos más importantes de deslegitimación para las mujeres y de pérdida cultural para todos. Es una de las bases estructurales de las desigualdades porque nos hace compartir una memoria colectiva y cultural donde las mujeres, que apenas forman parte de ella, aparecen como secundarias. Eso naturaliza las desigualdades y fundamenta las discriminaciones, que asumimos con normalidad. La pronunciada ausencia de referentes femeninos en los materiales didácticos que utilizamos en nuestras aulas tiene importantes implicaciones que no siempre se perciben con claridad. Apenas un 7,6 %1 de las mujeres aparecen en la totalidad de las materias que se estudian en los cuatro cursos de la ESO. Unos índices tan bajos de presencia nos confirman que las mujeres no aparecen como protagonistas ni de la historia ni de la cultura ni de la ciencia que se reflejan en los libros de texto. Un estudio que realicé hace algunos años, La ausencia de las mujeres en la ESO, donde se analizaron todas las materias de 1º a 4º cursos de ESO2, que constituye la última etapa obligatoria de la educación y es la que cursamos la totalidad de la población, así lo ponía en evidencia.

Transmitimos una cultura desde las aulas donde más del 92% de los referentes nombrados son masculinos —sean escritores, artistas, gobernantes, músicos, militares, reyes, científicos y tecnólogos, inventores, expedicionarios, rebeldes, activistas, filósofos, deportistas, aventureros, visionarios, pensadores… entre otros—. Es decir, proyectamos una visión de mundo muy masculinizada —androcéntrica—, donde todo está focalizado en los hombres y la proponemos como universal, excluyendo a las mujeres. Y esto tiene importantes implicaciones de índole social, cultural y educativa.

Las implicaciones sociales provienen de la exclusión de las mujeres de la visión de mundo que proporciona la Educación Secundaria. Esto es una falta de reconocimiento explícito de sus méritos, que deslegitima socialmente a las mujeres, lo que perpetúa y sustenta patrones de desigualdad. A quien no se le reconocen las contribuciones culturales, no se le concede valor social. Eso se concreta en el tratamiento excepcional que reciben las pocas mujeres que aparecen siempre como únicas en un mundo de hombres. Con esta excepcionalidad se consigue presentar a las mujeres, no como parte de una tradición cultural colectiva y continuada en el tiempo, sino como elementos sueltos que contribuyen de forma excepcional e individual al desarrollo cultural y social. Hacen desaparecer el sentido de esa tradición cultural consistente y la importancia de la aportación colectiva de las mujeres. Es la forma en las que se les quita su papel de sujetos protagonistas de la historia y la cultura. Existe un contexto amplio de creación femenina en todos los ámbitos del saber, pero la excepcionalidad con las que se las presenta rompe esa idea y las convierte en elementos secundarios. La supresión de la tradición cultural de las mujeres es responsable del desconocimiento cultural y lleva a creer que no ha existido dicha genealogía del saber femenino, que ellas no han participado activamente en la cultura. Esto les otorga un estatus de marcada irrelevancia social. Al no poder anclarse en una tradición cultural que las autorice, su posición en la sociedad se debilita y les dificulta alcanzar la legitimidad social que, como individuos de pleno derecho, les corresponde. Esta deslegitimación afecta considerablemente, y desde bien pronto, a las niñas que ven mermadas sus posibilidades de desarrollo personal y profesional y mediatiza su socialización. Sin embargo, ellas han sido auténticas protagonistas de la historia y de la cultura en su más amplia consideración, sujetos activos en el desarrollo social.

Por otro lado, la falta de modelos que se les ofrece a las estudiantes es otro de los factores que contribuye a la creación de patrones de desigualdad: la propia formación obligatoria parece mostrar que las mujeres no han hecho nada verdaderamente importante y han sido elementos subsidiarios, sin ninguna diversidad, como indica esta falta de modelos a lo largo de la historia. Así, esta ausencia de referentes articula una de las formas más activas de discriminación que, actualmente, se manifiesta en aspectos como la brecha digital de género, el techo de cristal o la violencia de género. La vulnerabilidad social en la que quedan fomenta estas situaciones discriminatorias. Una discriminación que, no olvidemos, transmitimos desde nuestras aulas.

Por su parte, las implicaciones culturales de esta ausencia conciernen a la totalidad de la población, a mujeres y a hombres de igual manera, porque supone una importante pérdida cultural para ambos como receptores de cultura y porque propone como universal una visión parcial que solo recoge las aportaciones y los hechos masculinos. Al ser ocultadas sus contribuciones y, por tanto, quedar excluidas de la memoria cultural colectiva, se legitima esta ausencia y se olvida ese legado, lo que provoca una gran pérdida cultural. Cuando nos vamos dando cuenta no solo de cuántas mujeres relevantes ha habido a través de la historia, sino de cómo el entero colectivo de mujeres ha sido creador de cultura y conocimiento, cómo sus preocupaciones e intereses han contribuido al avance social y de qué manera lo han hecho, es entonces cuando se va conformando otra visión de mundo, cuando se pone en evidencia la amplitud de nuestro desconocimiento y también el alcance de sus implicaciones.

Con un 93 % de menciones a hombres en todas las materias, resulta evidente que el relato de la historia y la cultura que encontramos en las aulas nos habla solo de ellos. Su producción y sus hechos son los que copan abrumadoramente esos contenidos escolares. Por eso, resulta un fraude cultural para todos presentar una cultura que se refiere a los hechos masculinos, como si fuera universal. Es decir, hacer pasar un relato androcéntrico y parcial por uno universal, referente de mujeres y hombres. De esta manera, forjamos una visión de mundo desigual como si fuera “natural”, a través de una mirada androcéntrica que lo envuelve todo. Y eso naturaliza las desigualdades, convirtiéndose esta transmisión cultural fallida en uno de los mecanismos más potentes de articulación de las desigualdades.

Esto representa un verdadero fracaso social, ya que a todos incumbe ese conocimiento y a todos nos es sustraído. No conocer partes significativas de nuestro pasado y nuestro bagaje cultural nos deja, a hombres y mujeres, con menos recursos para afrontar los nuevos retos del presente y el próximo futuro. Ese desconocimiento nos debilita como sociedad. Por eso es necesario recuperar y restituir esa parte de nuestro patrimonio cultural que nos ha sido hurtado, para construir una memoria verdaderamente colectiva que nos represente a todos y nos proporcione recursos y conocimiento que ahora nos faltan.

Por último, en el ámbito educativo, directamente implicado en este proceso, la escasa presencia femenina muestra unos contenidos escolares con graves carencias. Estas carencias desvirtúan dos de sus principales objetivos explícitamente reconocidos: formar académicamente y educar en valores de igualdad. No se puede proporcionar una formación académica rigurosa escamoteando y minusvalorando las aportaciones de las mujeres en las distintas materias y ramas educativas, porque el relato disciplinar queda incompleto y mermado si aquellas no se consideran. No se transmiten los referentes culturales esenciales y esto constituye, a estas alturas, un fallo metodológico a la hora de abordar cualquier área que lastra enormemente la docencia. El desconocimiento de estas contribuciones no puede ser ya, en esta tercera década del siglo XXI, una excusa.

Y en cuanto a educar en valores de igualdad, la flagrante ausencia de referentes femeninos en los libros de texto constituye una enorme brecha entre la realidad social y la transmitida en los manuales, que tiende a perpetuar las desigualdades. Está claro que no son iguales los que siempre aparecen como protagonistas del desarrollo histórico, que las que nunca lo hacen. Sin embargo, si lo observamos bien, no es difícil entender que no es posible presentar una cultura y una historia donde las mujeres no estén presentes.

Así pues, la vasta carencia de la educación que revelaron estos datos llevaron al análisis de las necesidades, para poder determinar líneas de actuación en el lugar de donde parten los cambios, en el aula, en el espacio escolar, los espacios que compartimos profesorado, alumnado y la entera comunidad escolar. Y allí, ver cómo ir forjando una cultura colectiva más compartida, más real.

Eso es de lo que vamos a tratar en este libro. De cómo podemos incluir y adecuar ese relato cultural que transmitimos desde las aulas, tan excluyente y parcial, para que ellas vean reconocidas sus creaciones y su papel de sujetos históricos, lo que sería legitimarlas socialmente a ellas y devolvernos, a todos, esa parte de la cultura que desconocemos. Esta legitimación, derivada del reconocimiento a su papel protagonista en la historia, actuaría de forma efectiva sobre las bases profundas de las desigualdades. Además, eso implicaría la restitución de un amplio legado cultural, el producido por las mujeres, que en este momento desconocemos casi al completo, que nos proporcionaría claves diferentes, así como una perspectiva más completa para entender quiénes somos. Y para que todos, mujeres y hombres, podamos aprender y disfrutar de una producción cultural y de una faceta social que desconocíamos y que hasta este momento nos ha sido hurtada.

En esa línea de trabajo y como respuesta a esta situación, se está desarrollando, mientras se escribe este libro, un proyecto Erasmus+ Women’s Legacy: our Cultural Heritage for Equity3, que se propone restituir el legado cultural femenino en los contenidos educativos de todas las áreas de la Educación Secundaria Obligatoria, que es la etapa que tiene mayor ámbito de influencia porque alcanza a la totalidad de la población. El objetivo del proyecto es proporcionar recursos al profesorado y a las editoriales para la inclusión de esas mujeres en el aula, en la práctica docente, sean cuales sean los materiales didácticos que use. Del proyecto saldrán cinco productos que estarán en abierto: un gran banco de recursos que tendrá incluidas actividades y obras de autoría femenina e indicaciones didácticas para usar en el aula, en cada materia y en cada curso de 1º a 4º ESO. Un enfoque que facilita mucho el empleo por parte del profesorado, y eso resulta esencial porque facilita su uso en el aula y contribuye a la transmisión efectiva de ese conocimiento.

También se realizarán tres catálogos de autoría femenina: un catálogo literario, un catálogo artístico y un catálogo musical, que contengan obras de autoría femenina adecuadas para utilizar en el aula. En este caso no solo de secundaria, sino también en los Conservatorios y Escuelas de Arte y Diseño.

Finalmente, también se creará y ofertará al profesorado de ciencias y tecnología tanto de secundaria como profesorado universitario que imparte clases en los másteres de secundaria en el ámbito STEM una formación que permita poner en práctica un sistema de actualización de contenidos que incluya a las científicas y tecnólogas a través de sus aportaciones. Estas no solo son bastante desconocidas, sino que, sobre todo, están poco insertadas en el discurso de la ciencia, que se muestra como un constructo fundamentalmente masculino.

Queremos subrayar que uno de los elementos más importantes del proyecto será su transferibilidad. El modelo que proponemos será transferible a cualquier sistema educativo y se podrá adecuar a cualquier cambio de leyes educativas, porque perspectivas, figuras y creaciones femeninas irán enlazadas a los contenidos y estos son los elementos que hacen transferible estas contribuciones.

El proyecto tiene alcance europeo y su finalidad es proporcionar instrumentos de intervención didáctica en el aula que faciliten la inclusión de referentes femeninos, sus creaciones y sus perspectivas en cualquier sistema educativo. Pretendemos que sea un cambio que se produzca desde la práctica educativa y que contribuya, así, en la práctica, a erradicar la visión androcéntrica que lastra enormemente la educación. Un androcentrismo que nos provoca una pérdida cultural a todos; perdemos la memoria del pasado y el talento del presente. Además, conlleva una deslegitimación —por exclusión— de las mujeres que constituye una de las bases estructurales de las desigualdades. De ella es cómplice la educación y somos víctimas el entero colectivo de hombres y mujeres.

En el libro hemos propuesto esta metodolología, pero hemos ampliado el enfoque para abarcar las etapas previas —Infantil y Primaria— y posterior —Bachillerato—, de manera que se puedan adaptar las líneas metodológicas para cualquier nivel.

La corrección de esa visión tan sesgada sobre la cultura, que solo atiende a producciones masculinas, y la incorporación de ese saber de las mujeres ampliaría indudablemente nuestra perspectiva histórica, social y cultural y representaría la legitimación de las mujeres como protagonistas de la historia y de la cultura y la recuperación de ese legado para hombres y mujeres. Esto incidiría favorablemente sobre las bases estructurales de las desigualdades, pues la idea de cultura que compartimos se vería completada de una forma más acorde con la realidad al contar con los referentes femeninos y el reconocimiento de sus producciones y actuaciones. En definitiva, sería un auténtico logro social. Vamos a ello.

Capítulo uno

¿Cómo incluir a las mujeres en el contenido del aula?

Esta inclusión representa todo un reto. En muchas ocasiones pensamos que por colgar una relación de científicas de las paredes de las aulas o de los propios centros educativos aprovechando alguna efeméride —como el 11 de febrero, o el 8 de marzo— es suficiente. Eso, es cierto, nos sirve para sensibilizarnos, pero también para adormecernos: pensamos que con tener un listado expuesto lo tenemos todo hecho y, sin embargo, en nuestras aulas mantenemos un discurso férreo donde ellas no están presentes y adonde no consiguen llegar. El salto de las paredes a los contenidos es difícil de dar. No las entretejemos en nuestras aulas, sino que hablamos de ellas, si lo hacemos, casi siempre en grupo, casi siempre en apartes alejados de los contenidos. Romper ese discurso sin ellas, larvado durante siglos de predominio masculino, donde la cultura parecía ser patrimonio exclusivo de los varones, no es tan fácil. Por eso, hemos hecho esta propuesta basada en el análisis de los datos y la situación de cada materia.

Antes que nada, debemos hacer una reflexión sobre el marco de la coeducación donde se inserta este método. El sexismo —tratar de forma distinta a chicas y chicos— se muestra a través de rasgos de carácter inconsciente que generalmente no percibimos. Es habitual encontrar a muchas personas —profesorado y progenitores, en especial— que piensan que educan en igualdad. Por eso, el primer paso es hacer una reflexión sobre nuestra práctica docente en relación con algunos de aspectos esenciales que comprende la coeducación, es decir, la educación para la igualdad de oportunidades. La rúbrica que aparece a final del libro puede ayudarnos a hacer esa reflexión. Con ella se pueden valorar aspectos como la utilización adecuada del lenguaje y las imágenes, la distribución del espacio en los centros educativos, el buen trato, la corresponsabilidad o la ética de los cuidados como ejes vertebradores de la educación o una adecuada educación emocional, afectiva y sexual que les permita desenvolverse con respeto y felicidad en las relaciones personales. Uno de los aspectos más difícilmente visible, que no se percibe con facilidad, es la socialización diferencial, el hecho de que educamos de forma distinta a niñas y a niños y proyectamos sobre ellos diferentes expectativas Este desajuste está directamente relacionado con el aspecto que abordamos en este libro: la existencia de una visión de mundo donde las mujeres, por estar excluidas, aparecen como irrelevantes. Esta minusvaloración de las mujeres, que tenemos interiorizada, es la que aspiramos a corregir desde la práctica del aula. La inclusión de los referentes y la tradición de saber femenina en el discurso global de los contenidos educativos debería actuar como un revulsivo de esta visión androcéntrica y contribuir, de manera activa, a forjar una visión de mundo realmente universal, habitada por mujeres y hombres, que desarticule, desde la base, las desigualdades. Una visión de mundo que no naturalice la preponderancia de varones sobre mujeres y que permita entender el mundo en su riqueza y complejidad.

Para articular la inclusión de las mujeres en las diferentes áreas, desde las ciencias y las tecnologías hasta la literatura, la música, el arte o la historia, hace falta, de un lado, atender a los fallos que presenta este relato cultural e histórico y, de otro, plantear un método que a la vez sea sistemático y que tenga en cuenta la especificidad y las necesidades de cada una de las áreas, ya que, como se mostró en un estudio que analizaba estas materias (López-Navajas, 2015), cada una de las áreas se encuentra en diferente situación y requiere actuaciones diferenciadas.

El análisis de la ausencia de referentes femeninos derivado del estudio realizado de López-Navajas nos muestra tres aspectos carenciales de los contenidos en los manuales escolares:

1. El planteamiento didáctico y el relato de los contenidos

• Por un lado, existe una falta de consideración de las mujeres como sujetos históricos y sujetos culturales. Ellas no aparecen como protagonistas del desarrollo social o histórico que presentan los textos, y tampoco están incluidas en los contextos culturales y científicos que se estudian.

• Por otro lado, se produce una sistemática omisión de la tradición cultural e histórica femenina, así como de la perspectiva que las mujeres proporcionan. Asimismo, tampoco se tienen en cuenta ni sus espacios de creación, su situación social —diferenciada de la de los hombres— ni su diferente cronología: las distintas épocas han transcurrido de forma distinta para unos u otras, pero de eso no queda huella en los contenidos educativos. Tampoco está presente la idea de que ellas forman parte de una tradición cultural ininterrumpida. Por eso, se presentan como excepciones, siempre desmarcadas del contexto de creación femenina de la época, no como sujetos que forman un activo colectivo universal, presente en todos los momentos de la historia y participando de ellos. Para recuperar a las mujeres como sujetos del relato de la historia y la cultura se necesita una participación combinada de todas las áreas donde se entreteja un discurso que contemple estos aspectos.

2. La ausencia sistemática de referentes femeninos en todas las materias.

Esta ausencia implica no solo la falta de modelos, sino también la falta de variedad de modelos, pero, sobre todo, esta ausencia es lo que naturaliza un panorama cultural de donde las mujeres están excluidas. No aparecen tipos de mujeres, no se conoce a las mujeres de acción, o a las pensadoras o escritoras, o a las que hacían música. No se sabe cómo se ha sido mujer así. Las escasas mujeres mencionadas se presentan descontextualizadas del marco cultural general que parece envolver solo a los hombres, a pesar de toda la constancia habida ya de la importante y decisiva participación femenina en cada época. No aparecen como herederas de nadie y tampoco se suele mostrar la repercusión de sus contribuciones, en muchas ocasiones, además, atribuidas erróneamente a hombres. Por citar algunos ejemplos, tenemos a Eunice Footh, la primera persona que teorizó sobre el cambio climático —no Tyndall, a quien se le atribuye esto— o a Hilma af Klint, la primera pintor abstracto —no Kandinski, considerado aún el precursor— o, en otro orden de cosas, a Hildegarda de Bingen, referente absoluto de la Edad Media. Ninguna de ellas aparece en su lugar. Las que son nombradas, son presentadas como excepcionales. Y la naturalización de esa excepcionalidad —que admitimos sin planteárnosla críticamente, sin percibir su desatino— no es más que una forma de exclusión del discurso cultural. Porque hace inviable la idea de una tradición cultural continuada protagonizada por las mujeres. Esto se convierte en uno de los mecanismos más activos para la deslegitimación social de las mujeres. Pero una educación que tiene como objetivo la igualdad de oportunidades y proporcionar una base cultural amplia, no puede presentar a las mujeres como completamente secundarias en el desarrollo histórico, científico y cultural. Esta ausencia nos lleva a pensar, equivocadamente, que ellas no han participado en ese proceso de desarrollo social. Un error importante.

3. La carencia de obras de autoría femenina en todos los ámbitos.

Esta carencia está presente en el arte, la literatura, la música y la danza, la ciencia y la tecnología, el deporte, el pensamiento, el activismo social y político y en todas las áreas del saber y el hacer. La inmensa mayoría de la producción cultural de las mujeres está excluida, ausente de los manuales. Todo ello implica una marcada pérdida del patrimonio cultural que nos pertenece, y este empobrecimiento cultural (no conocemos las creaciones literarias, artísticas o científicas que ellas han realizado, en circunstancias y formatos diferentes a los que han elegido los hombres) nos deja más desvalidos a la hora de enfrentarnos a los nuevos retos del futuro porque contamos con menos conocimiento, con menos instrumentos y con una memoria cultural amputada.

Los tres aspectos anteriores muestran los mecanismos que operan para conservar esta tradición cultural de autoría femenina fuera de los libros de texto y, por tanto, también marcan las líneas de intervención que se deben seguir para la inclusión de las mujeres y su producción dentro de los manuales. Se trata de carencias que articulan los principales ejes metodológicos que se deben implementar: adecuar el planteamiento y enfoque que presentan los contenidos curriculares; incluir el protagonismo femenino, tanto de forma individual como colectiva; y conocer y trabajar la producción cultural femenina en todos los ámbitos.

Así pues, la metodología que proponemos se basa en las cuatro líneas de actuación siguientes:

• La mención de mujeres relevantes en cada materia en relación con sus contribuciones.

• La utilización de las obras de autoría femenina como elemento esencial para su conocimiento.

• La adecuación del relato, incluyendo temática, géneros, intereses y creaciones, tanto individuales como colectivas, de las mujeres que completen la visión de mundo transmitida en las aulas, de manera que se vean reconocidas también como sujetos protagonistas de cada época.

• El trabajo coordinado entre las distintas materias que permita abordar a un mismo personaje desde varias de ellas, integrándolo así en un contexto cultural amplio.

Uno de los aspectos más innovadores de la propuesta es que enmarca las aportaciones y la producción femenina con los contenidos normativos de cada área, lo que posibilita la inclusión de las mujeres en los contenidos del aula y, con ello, reconstruir en profundidad el relato cultural y científico que transmitimos en las clases.

No obstante, queda mucho trabajo por hacer ya que cada área necesita una revisión concienzuda. En esta línea, se está desarrollando, mientras se escribe el presente libro, un proyecto Erasmus+ que se centra en este objetivo, Women’s Legacy: our Cultural Heritage for Equity4: . Los productos que saldrán de él proporcionarán instrumentos de intervención en el aula que servirán tanto al profesorado como a las editoriales didácticas: propuestas de actividades enmarcadas en niveles y temas, obras o fragmentos de ellas también enmarcadas y las indicaciones para trabajar con ellas. Estas se podrán utilizar incluyéndose en los materiales didácticos de uso o en la creación de materiales didácticos propios. Así, al facilitar su aplicación en las clases, se permite incidir en la transmisión cultural que se realiza desde las aulas, contribuir a conocer el legado histórico de las mujeres y transformar el propio relato de la cultura.

Los principales ejes sobre los que pivota esta inclusión de las mujeres son los siguientes:

1. Conocer a las mujeres que han trabajado en aspectos relacionados con cada área. Conocerlas es lo primero, y después, debemos conocer los contenidos curriculares de cada curso o los aspectos esenciales de cada área de conocimiento. De esta manera, las mujeres se podrán incluir en relación con sus contribuciones y estarán debidamente contextualizadas.

Para ello, aportamos una breve bibliografía básica de algunas materias a la que puede acudir el profesorado para ampliar el conocimiento de su propia área. Además, en el apartado de cada área proporcionamos una breve reseña o comentario sobre algunas mujeres cuyas aportaciones son significativas o resultan imprescindibles en dichos contenidos. Se trata de trenzar estas aportaciones femeninas con los contenidos reales que transmitimos. No se trata de hablar de mujeres en nuestras clases, se trata de incluirlas en los contenidos que impartimos en el aula. Se trata de transmitir una cultura, un relato cultural, que las tenga presentes. En lugar de construir discursos sobre ellas, debemos dejarles espacio, darles voz, iluminarlas, dar a conocer su producción, sus creaciones artísticas y de cualquier tipo, sus formas de expresión y su situación particular en cada momento histórico.