Aquí vivía yo - Joan Vich - E-Book

Aquí vivía yo E-Book

Joan Vich

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Beschreibung

En la primera edición del Festival Internacional de Benicàssim, celebrada en 1995, Joan Vich Montaner despachaba bebidas en una de las barras. En la última edición hasta la publicación de este libro —la de 2019—, se había convertido en codirector del célebre festival. Durante esos veinticinco años, además de haberse ocupado de otras tareas como la programación musical, fue recogiendo muchas historias que comparte en estas páginas. Algunas de ellas tienen como protagonistas a artistas célebres: Lou Reed, Morrissey, Noel Gallagher, Amy Winehouse… Pero otras tienen a personajes menos conocidos que también contribuyeron a que el FIB se convirtiera en el estandarte de los festivales españoles. Aunque este libro no es solo una recopilación de anécdotas jugosas o una aproximación —tan rigurosa como divertida— al funcionamiento de la industria musical, sino también un homenaje sincero a un evento que moldeó los gustos culturales y los veranos de muchos españoles, y un reconocimiento emotivo a la manera en la que la música se entreteje con nuestras biografías. Si has vibrado en algún festival durante el último cuarto de siglo, seguro que reconoces muchas de las emociones que describe el autor.


SOBRE EL AUTOR


Joan Vich Montaner trabajó en el FIB desde su fundación en 1995 hasta 2019. Entre medias, ha sido músico (en The Frankenbooties, Patrullero Mancuso, Jonston, Single), periodista musical (en Diario de Mallorca, TVE, IB3, Público, Rockdelux, LDNM, Mondosonoro, El Mundo, Diari de Balears), hostelero y mánager de artistas como Melenas, Adiós Amores y Ghouljaboy. En resumen, más de tres décadas viviendo del cuento y demostrando a sus atónitos padres que aquella obsesión infantil con los discos y la música podía tener más salidas que la carrera de Derecho que abandonó a falta de dos asignaturas. Ahora vive con su esposa y sus dos gatas en el Puerto de Santa María, Cádiz, y trabaja lo menos posible, dentro de lo razonable.

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Seitenzahl: 313

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Joan Vich Montaner

Aquí vivía yo

Una crónica emocional

de mis 25 años en el FIB

primera edición: mayo de 2022

© Joan Vich Montaner, 2022

© Libros del K.O., S.L.L., 2022

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-19119-07-0

código ibic: avgp,dnj

diseño de cubierta: Artur Galocha

Foto de portada: Pau Bellido

Foto de la página 226: Liberto Peiró

maquetación: María OʼShea

corrección: Zaida Gómez

A Ernesto González

«There is a sense in which all reminiscence is fiction»

Earthly Powers, Anthony Burgess

PRÓLOGO

Empecé a escribir los primeros apuntes para este libro en el otoño de 2019, cuando se consumó definitivamente mi salida de la que había sido mi casa durante más de media vida. Veinticinco años, se dice pronto, en los que empecé en el FIB de camarero y acabé de codirector del festival. Aunque leo la frase que acabo de escribir («empecé de camarero y acabé de codirector») y me sonrojo un poco ante mi propia arrogancia. A ver quién se habrá creído este, con la meritocracia. La realidad es menos épica. También es menos simple y mucho más modesta.

Los amantes de la música pop sabemos que, en la escena musical anglosajona, de una anécdota aparentemente irrelevante son capaces de sacar una leyenda que se recuerde durante décadas y que marque, incluso, la evolución del canon cultural internacional. Aquí, en cambio, recelamos bastante más de la épica. La dejamos para los ridículos personajillos del ultranacionalismo y la ultraderecha, nostálgicos de un tiempo supuestamente glorioso que nadie en su sano juicio se acaba de creer, al menos tal y como nos lo cuentan. Me temo, por tanto, que en estos textos no va a encontrar el lector mucho material legendario, sino, más bien, una colección de recuerdos más o menos inconexos, a veces incluso insignificantes, pero que quizá, si se van uniendo por la línea de puntos, pueden acabar dando una idea muy parcial pero sincera de lo que fueron los primeros veinticinco años del Festival Internacional de Benicàssim. Y, aunque pueda parecer paradójico, dado el título y el objeto del libro, quiero pensar que todos los textos que van a leer a continuación comparten también un enfoque ausente de nostalgia. Aquí vivía yo fue el título del disco de despedida de Le Mans, en mi opinión uno de los mejores discos de la historia del pop en España. Y, a partir de estas primeras líneas, es también uno de los muchos guiños que encontrarán en este libro a esa historia reciente del pop en nuestro país. Pero, insisto, sin nostalgia —aunque pueda acabar, inevitablemente, cayendo en ella por momentos—. Fuck la nostalgia. Fuck el estilo. Lo mejor de nuestra vida aún está por ocurrir.

Este libro es una crónica emocional, una colección personal de historias recordadas, y creo que la mejor manera en la que sedimentamos nuestros recuerdos es contándolos muchas veces. Al final, no queda claro si recuerdas lo que pasó o si, más bien, lo que recuerdas es tu relato de lo que pasó. Si no lo has contado nunca antes, es probable que aquello que recuerdas no fuera exactamente como lo estás contando ahora. La memoria engaña mucho. En mi caso, todas estas historias las he contado anteriormente. Es posible que, en algunos detalles, no reflejen con exactitud científica la realidad de lo que pasó, pero sí son, eso puedo asegurarlo, relatos honestos y fieles a la imagen que quedó guardada en mi memoria.

Empecé trabajando de camarero en 1995, en una de las barras menos transitadas de aquella primera edición del FIB —arriba de las gradas, a la derecha del escenario, en el punto más alejado de la puerta de entrada—, porque mi grupo publicaba sus discos a través de Elefant Records y había tocado varias veces en la sala Maravillas y me llevaba muy bien con Luis Calvo, con Joako Ezpeleta y con Jose y Miguel Morán, los cuatro directores y promotores iniciales de la historia, y allí todos los que trabajábamos éramos amigos unidos en una misión casi evangelizadora.

Acabé de codirector en 2019, básicamente, porque dos décadas y media después era ya casi el último mohicano; porque llevar toda la vida en la casa me confería una cierta autoridad; porque Ernesto, que era la autoridad personificada, ya no estaba; porque hablo inglés y ponía cara de haber entendido todo cuando Melvin nos decía algo; y también, que no todo van a ser casualidades, porque había demostrado solvencia, decisión y capacidad de liderazgo en mis puestos anteriores. Por unas razones o por otras, fui subiendo en el escalafón y acabé de codirector del FIB como ejemplo claro del principio de Peter, ese que dice que todos ascendemos en la escala profesional hasta nuestro máximo nivel de incompetencia.

Acabé de codirector, todo sea dicho, contra mi voluntad. Yo solo quería seguir programando el cartel artístico y preocupándome de seguir al día de la actualidad musical, como he hecho siempre. Nunca quise saber cuánto costaba el metro de rafia para vallar el recinto ni cuál era el precio de los baños químicos o de los generadores eléctricos. Y tampoco tuve mucho tiempo para demostrar mi idoneidad para el cargo. David Díaz y yo fuimos codirectores de un festival que sufrió un recorte brutal de presupuesto respecto a los años anteriores (un millón de euros menos en contratación artística, por ejemplo, y más de un 20 % de recorte en producción) e hicimos lo que pudimos para que no se notase demasiado. Intentamos mantener el tipo y dejar el listón a una altura más o menos digna de la historia del FIB. Creo que bastante bien lo hicimos, dadas las circunstancias.

Una de las primeras cosas que hacía todos los años al volver a casa, después de cada edición del festival, era cortar la pulsera de mi muñeca. Siempre me ha dado un poco de vergüenza ajena esa costumbre de mantener durante muchos meses en la muñeca, ennegrecidas por el sudor y creciendo hasta el antebrazo, las pulseras de los festivales a los que has asistido ese año. Respeto a quien lo hace y entiendo sus motivos, pero tendrán que reconocer que no es una costumbre muy higiénica. Ni siquiera creo que sea estéticamente favorecedora. Pero la pulsera del FIB de 2019 sí me la dejé puesta unos meses más, me costó deshacerme de ella. Sabía que era la última y, además (rebajemos de nuevo la épica con una bofetada de realidad), me prometí no quitármela hasta que me hubiesen pagado el finiquito. Eso sucedió, por fin, en noviembre. Recogí el cheque, firmé el acuerdo y le pedí al abogado unas tijeras. Miré hacia atrás y pensé en todo lo que había vivido entre las vallas del recinto de la carretera N-340 en veinticinco años. Empecé a tomar notas y a escribir algunos textos, no sabía si para una serie de artículos en alguna revista musical (de las pocas que aguantan) o si para un blog o si alguien se animaría a publicarlas en un libro como este.

Poco después, llegó una pandemia mundial y di gracias todos los días por no ser ya el codirector de un gran festival musical internacional, cancelando, posponiendo, reprogramando y volviendo a reprogramar distintas versiones del mismo cartel e ideando diferentes soluciones logísticas para poder cumplir con los cambiantes requisitos de aforo y de distancia social. Pero, por encima de todo, di las gracias todos los días por no haberme gastado aún el dinero del finiquito.

VELÓDROMO I

El Velódromo es el templo primigenio, la semilla inicial, el mito nuclear del FIB. La piedra angular sobre la que se fue construyendo un relato, el de la música indie en España, que con el paso del tiempo llegó a convertirse en hegemónico. Al menos, hasta hace muy poco. Pregunten, si no, a los fibers más veteranos por el aura mítica del Velódromo. Hago aquí un inciso, que será el primero de muchos: uso el término fibers para entendernos y porque está plenamente asumido, a pesar de que siempre me ha dado un poco de grima la expresión. Ya que usamos un anglicismo, para hacerlo con propiedad debería escribirse fibbers; pero es que, en tal caso, su traducción sería «¡mentirosillos!». Por otro lado, también es justo reconocer que, al menos durante un tiempo, el término ayudó a cohesionar un inusual sentimiento de comunidad entre los asistentes más fieles, que repetían año tras año. Casi llegó a tener la consideración de una tribu urbana propia, efímera y poco consistente pero bastante uniforme en su composición. Hay, incluso, una estatua un poco absurda dedicada a una festivalera, con gorrito y mochila y camiseta de tirantes, en la entrada al núcleo urbano de Benicàssim. Pero, uf, es que FIBERS. Cuesta decirlo sin tonillo.

Pero vayamos al lío. El FIB se celebró en ese mítico Velódromo de Benicàssim en sus tres primeras ediciones (1995, 1996 y 1997) y, durante varios años más, se hizo también allí la fiesta de bienvenida del jueves por la noche, antes de iniciar los fastos más oficiales del fin de semana en el nuevo recinto. El Velódromo estaba pegado —literalmente, pared con pared— a algunas casas donde vivían vecinos y familias de Benicàssim, que no tenían por qué ser fans de Suede. Esa ubicación en una zona residencial hacía imposible su continuidad como sede principal de un festival que, para 1997, se iba acercando ya peligrosamente a los veinte mil asistentes. Los residentes de Benicàssim veían con buenos ojos la invasión de fibers (ay) y la inyección económica que traían consigo. Se agotaban las existencias en los supermercados, se acababan los condones y los ibuprofenos en las farmacias, los bares y restaurantes estaban a rebosar. Incluso recuerdo una tienda de deportes que, en 1997, tras dos años haciendo caja, colgó una berlanguiana pancarta en la fachada con el texto: «Deportes Fulanito da la bienvenida al festival de Benicàssim». Pero el centro de la ciudad no podía soportar a tantísimas personas con ganas de fiesta desbarrando a la vez por todas sus calles, y el Velódromo, aun con su campo de fútbol adyacente, tampoco permitía un crecimiento que, a esas alturas, ya se antojaba inevitable.

Los más veteranos recordamos aquellos tres primeros años del Velódromo como los más especiales, porque veníamos del desierto más absoluto y porque añoramos la inocencia, el asombro y la incredulidad que experimentamos al encontrarnos de repente con otros raros-del-pueblo que, para nuestra sorpresa, se contaban por miles. En 1995 era muy difícil sentirse parte de una comunidad cultural más allá de las fronteras geográficas de tu pueblo o, con suerte, y si te movías mucho, de tu provincia. No teníamos acceso a internet, ni siquiera teléfonos móviles. Por supuesto, no usábamos mensajería instantánea de ningún tipo. Los que no éramos de Madrid ni de Barcelona basábamos nuestros gustos e íbamos modelando nuestra personalidad con lo que rascábamos de escuchar Radio 3 y de leer las revistas musicales y fanzines que conseguíamos, intercambiábamos y nos pasábamos de mano en mano con nuestros amigos más cercanos. Conocer a gente con tus mismos intereses era algo que se lograba muy poco a poco y con mucho esfuerzo. Ibas por la calle, entrabas en un bar o llegabas a clase el primer día, veías a uno con una camiseta de un grupo que te molaba y ahí mismo decidías que esa persona iba a ser tu amiga para siempre. Conocí a uno de mis mejores amigos en una excursión de la parroquia del barrio: yo llevaba el pelo tirando a largo y unas incipientes patillas de adolescente, que me había dejado crecer porque me gustaban los Beatles y Lenny Kravitz. Él gastaba unos vaqueros viejos, pintarrajeados a bolígrafo con nombres de grupos. The Smiths, Joy Division, Echo & The Bunnymen, The Cure, Bauhaus, The Jesus & Mary Chain. Pero-pero-pero, espera un segundo, ¡si esos grupos eran míos! ¡Solo los conocíamos mi vecino y yo! ¿De dónde diablos había salido ese chaval? Allí nació una bella amistad que aún perdura.

Esto fue unos diez años antes del primer FIB, pero la sensación en esa primera edición de 1995 también fue un poco así, solo que más a lo bruto. Paseabas por el Velódromo o por el centro de Benicàssim y no parabas de ver a gente con pintas, vistiendo camisetas de grupos que te flipaban. ¿Toda esa gente también conocía a esos grupos? Pero, vamos a ver, ¿realmente somos tantos? Primero, alucinamos con la posibilidad de que se celebrase un festival a la manera de Reading y Glastonbury, que, aunque fuera mucho más modesto, estaba claramente inspirado en aquellos lugares míticos sobre los que leíamos en la prensa inglesa y con los que fantaseábamos cada verano. Una vez en el festival, lo verdaderamente increíble era comprobar que estaba allí, igual de ilusionada que tú, toda la gente de todo el país que habías conocido viajando a conciertos, girando con tu grupo o intercambiando fanzines y discos por correo, además de muchísimos otros que no sabías que existían y que quizá también habían vivido aislados, incomunicados, ajenos a la existencia de los demás. ¡Éramos más de los que creíamos, y teníamos un evento común para reunirnos! El Velódromo era nuestro canal de Reddit, nuestro hogar elegido, nuestro lugar favorito en el mundo entero.

La ubicación en Benicàssim se eligió casi por azar. Lo único que estaba claro, en las conversaciones en la barra del fondo de la sala Maravillas de Madrid, era que el festival tenía que celebrarse en un sitio de costa. Al final, se optó por Benicàssim porque un amigo tenía el contacto de alguien del ayuntamiento. En un primer momento no había una distribución muy clara de tareas, todo el mundo hacía de todo. Tampoco ayudaba el hecho de tener a cuatro directores a la vez. Una mañana estaban todos buscando a Miguel Morán, porque había que tomar una decisión importante, y Miguel no aparecía. Cuando por fin regresó, al cabo de un rato que se hizo eterno, lo hizo cargando con una bolsa de barras de pan. Había ido al pueblo a comprarlas porque en el catering se le habían acabado a Flequi Berruti, el cocinero. Que era también, claro está, un amigo de las noches de la sala Maravillas. ¿Uno de los directores del festival yendo a comprar el pan (no olvidemos el detalle: sin teléfono móvil)? ¡Pues claro que sí! Veníamos del do-it-yourself y del espíritu punk del que nació la escena indie original. El espíritu punk, ojo. La actitud rebelde ante las convenciones burguesas, la vida predestinada y el arte establecido. No tanto el nihilismo destructivo ni la ley de la calle ni la vida al límite, que muchos conocíamos solo por el cine y las lecturas. En ese sentido, el verdadero peligro lo trajo mucho más tarde el trap y el género urbano, la nueva hegemonía cultural juvenil que, además, es mucho más diversa. Me temo que el indie era, en gran medida, menos progresista, más consciente de la tradición (aunque fuera para romperla) y, además, con menos orgullo de clase y más aspiraciones de clase media universitaria: en los noventa aún podías aspirar a vivir mejor que tus padres. Pero independencia no equivalía a individualismo. La mayoría veníamos de hacer fanzines colectivos fotocopiados o programas en radios libres o de crear sellos discográficos o promotoras de conciertos independientes. Veníamos de crear un tejido comunitario donde antes no había nada. El espíritu punk, el indie de los primeros noventa, el DIY: todo aquello era lo mismo. Lo importante era sacar las cosas adelante. Ya aprenderíamos a hacerlas por el camino.

En 1995, yo solo observaba todo esto desde lejos. No hablo en sentido figurado, realmente estaba lejos: aún no vivía en Madrid, acababa de volver a Mallorca tras pasar una temporada trabajando en Londres de lo que surgiera (de camarero, principalmente). Volví de Londres a Mallorca cargado de discos, libros y recuerdos imborrables de conciertos fantásticos. Me apunté a la aventura del FIB en el último momento, tras una providencial llamada telefónica de Luis Calvo, y la labor que se me encomendó fue encargarme de la barra de arriba, a la izquierda del escenario, la más alejada de la puerta de entrada y del backstage. Desde aquella barra se veían los conciertos razonablemente bien y además teníamos poco trabajo, creo que fue la barra menos frecuentada del festival porque estaba lejos de todo. Pero, al estar tan ladeada, el sonido dejaba bastante que desear, y yo me moría de ganas de ver a Supergrass. En Londres había estado escuchando todas las noches el programa de Steve Lamacq en la BBC, The Evening Session. Allí, en el fragor del brit-pop, mientras las revistas que compraba cada semana discutían sobre quiénes eran mejores, si Blur u Oasis, me salté el debate, juré amor eterno por Jarvis Cocker y me enamoré incondicionalmente del primer disco de Supergrass, que aún hoy me sigue pareciendo un ejemplo insuperable de rock adolescente: frenético, inconsciente, glamuroso y exultante de vitalidad.

En el FIB pedí permiso para dejar la barra durante su concierto y me situé en primera fila, agarrado a la barrera antiavalanchas y disfrutando al máximo del privilegio increíble de poder estar allí, formando parte de aquello desde dentro. Joder, si es que también había conocido a The Pastels, otro de mis grupos favoritos desde hacía años. Estaba como en una nube, metido hasta el cuello en una historia con la que había soñado tanto. Aquel festival era una fantasía hecha realidad. A quién le importaba que la feria discográfica consistiera en cuatro mesas con sombrillas de playa en el pasillo de entrada al Velódromo, lo importante era que estaban allí todos los sellos independientes del momento. Lo importante era que podías ver los discos y las camisetas antes de comprarlos, en vez de hacerlo por correo, y además podías conocer en persona a la gente que los editaba, que en el fondo eran chavales como tú.

En aquel primer año, el festival perdió dinero. Los siete mil abonos vendidos fueron muy insuficientes para cubrir el coste de un evento ambicioso desde su mismo nacimiento, pero, igualmente, la sensación general era de euforia y todo el mundo esperaba con muchísimas ganas la siguiente edición. Para el segundo intento, en 1996, hubo miedo al batacazo hasta el último momento. El cartel del festival Doctor Music era imposible de igualar y su entorno natural en los Pirineos era mucho más atractivo, a priori, que el de un FIB aún en pañales y con una producción que se iba definiendo por el método de prueba y error. Al final, se salvó la cara y se vendieron de nuevo unos siete mil abonos: éramos prácticamente los mismos, otra vez. Nos saludábamos con familiaridad, aún frotándonos los ojos y comprobando que aquello iba en serio. El festival seguía sin ser rentable, pero qué sabía la gente y qué le importaba si aquello era rentable o no. Lo que veían era que la feria ya tenía módulos panelados, que todo era mucho más profesional y, sobre todo, lo que veían era que el cartel había dado un salto cualitativo. Para empezar, ya había dos escenarios, en vez de uno. El escenario grande, en el campo de fútbol junto al Velódromo, ya tenía unos rudimentarios cubrepeas de lona (el nombre que se da a las telas que cubren las grandes torres de sonido, la PA en la jerga técnica) con los logos de la sala Maravillas o de Elefant Records. Esta vez sí vinieron The Jesus & Mary Chain, que habían cancelado el año anterior, y quizá para compensar tocaron dos veces, una de ellas por sorpresa en el escenario pequeño.

También vino Dominique A, con una nutrida parroquia francesa entre la que destacaba gran parte de la redacción de la revista francesa Magic!, autodefinida como «revista de pop moderno». Los primeros adalides internacionales del festival. El cartel también se había abierto a la electrónica, con Orbital y Chemical Brothers como punta de lanza. El año anterior, en una de las fiestas previas al festival en una discoteca de Benicàssim, los selectores de Cosmos Records pincharon algo de house, y los indies más cerrados, que eran muchos, se sentaron en mitad de la pista de baile en señal de protesta, entre pitidos a los DJ. Pero en 1996, tan solo un año después, el enfoque ya había cambiado. Fue el primer año en el que la electrónica (a través del big beat, el trip-hop o el drum ‘n’ bass) empezó a comercializarse con el foco puesto en el público del pop y del indie. Y hasta hoy.

Los indies, en España, han sido siempre bastante conservadores. Podríamos dividirlos en dos grandes grupos. El más esnob y conscientemente elitista, el de los que unos amigos míos llamaban «indietrágicos», lo formaba un tipo de gente que era muy fan de los Smiths y se tomaba muy en serio la melancolía. Como decía Rob, el protagonista de la novela Alta fidelidad de Nick Hornby, no sabían si escuchaban música pop porque estaban tristes o si estaban tristes porque escuchaban música pop. La mayoría de estos indietrágicos eran o querían ser cosmopolitas, hablaban o entendían inglés razonablemente bien y muchos escribían en revistas o fanzines. También odiaban el fútbol, o al menos lo aparentaban, como actitud ante la vida. Su némesis colectiva, el otro gran grupo poblacional del indie patrio, mucho más numeroso y también más variado, eran los que otros amigos míos llamaban «agroindies»: más campechanos y, en el fondo, mucho más simpáticos y menos pretenciosos, pero también un poco paletos, más conservadores y alérgicos al riesgo. Les fascinaba la escena musical anglosajona, pero, en general, no entendían una palabra en inglés y lo que les movía era el fervor de la masa (a estos sí les gustaba el fútbol), sin mucho espíritu crítico, pero con ansias de modernidad. Sin embargo, a pesar de esas ansias, eran muy reacios a los cambios y a la evolución, como demostraron con ese rechazo inicial a la incorporación de la electrónica en el festival. Por otro lado, y aquí radicaba su encanto, eran capaces de reírse de sí mismos y también de ridiculizar y nunca tomar demasiado en serio a cualquiera de sus ídolos. En parte, porque sus ídolos no hablaban castellano y cualquier comunicación en forma de diálogo se descartaba de antemano. Here we are now, entertain us, hubieran cantado, pero es que no entendían la frase. La fiesta comunitaria, en todo caso, iba siempre por encima del ego y de la idolatría. En el fondo, me parece una actitud sanísima para la salud mental de cualquier aficionado a la música pop, por mucho que pueda exasperar a algunos artistas o a los fans más elitistas y sin sentido del humor.

Cuando fui a ver a los Pixies, al último Primavera Sound que se hizo en el Poble Espanyol antes de mudarse al Fòrum, iba un poco nervioso. Verlos repetir año tras año el mismo repertorio de viejos éxitos underground acabaría siendo decepcionante, pero yo quería que me gustase aquel concierto porque los Pixies habían sido uno de los pilares de mi formación musical. La primera vez que viajé solo fuera de Mallorca fue con dieciocho años, cuando los vi junto a unos Pale Saints que acababan de publicar The comforts of madness. Vaya doble cartel alucinante. A la salida de aquel concierto, aún en éxtasis poscoital, subimos a casa de mi amigo que estudiaba en Barcelona a buscar un cuchillo con el que arrancar de una fachada un póster-sábana del concierto, que luego decoró la pared de mi cuarto durante años. Mucho después, en aquel último Primavera Sound de Montjuïc, yo quería repetir aquella sensación de la primera vez. Pero estábamos en un festival y los Pixies ya no eran un grupo que conocíamos unos pocos. Empezaron a tocar una de las canciones que más me gustaban de su miniálbum de debut. Los alegres muchachos que me habían tocado al lado empezaron a cambiar la letra y, en el estribillo, en vez de «Caribou», coreaban, entre risas: «Carrefouuuuuur». Adiós, cualquier atisbo de belleza sublime; hola, carcajada colectiva y cachondeo comunitario. Obviamente, nos unimos a los mozos en aquella fiesta mayor con banda sonora internacional y dejé atrás mi juventud y mi carnet de indietrágico honorífico. Nótese también cómo, ironías del destino, en mi último año en el FIB cerramos un acuerdo de esponsorización con esa misma cadena de supermercados. En mi mente sonaba cada día, cuando veía la cartelería del festival, aquella melodía de los Pixies.

Por supuesto, había muchos más perfiles de chavalerío indie y, en el fondo, todos teníamos desde el principio una pizquita de indietrágico y un buen toque de agroindie. Rollito indie. Los polos de cada arquetipo se atraían morbosamente y deseaban, casi como si de un placer culpable se tratara, convertirse en su némesis. Al año siguiente de aquella sentada de protesta en la pista de baile de la discoteca K’sim, la electrónica estaba ya plenamente aceptada y Chemical Brothers asistieron por primera vez al festival, provocando el éxtasis colectivo. Fue la primera de muchas: vinieron tantas veces seguidas que, al cuarto año consecutivo, en un gesto digno de la imaginación de Rafael Azcona, se les hizo entrega de una placa conmemorativa. Una plaquita de esas metálicas, con marco de madera, que se encargan en las tiendas de trofeos y que van perdiendo el brillo con los años. Una plaquita que me gusta imaginar decorando la estantería del salón de los padres de Tom Rowlands, en Hampton Wick («a los Chemical Brothers, por su fidelidad al Festival Internacional de Benicàssim»), quizá ocupando un estante sobre la tele junto a una flamenca, recuerdo de Alicante, y un cenicero con el toro de Osborne.

STUART

6 de septiembre de 2001, quedan pocos días para que el mundo se ponga patas arriba con el atentado de las Torres Gemelas. En la plaza de Callao de Madrid, la oficina de Maraworld —la empresa organizadora del FIB— sigue llena de cajas sin abrir. El festival ha acabado hace ya un mes, pero la resaca aún pesa y el retorno a la normalidad queda todavía muy lejos. Estamos en ese período liminal que Ernesto González, nuestro director de comunicación y gurú del ala izquierda del equipo, llamaba «descompresión nihilista»: tras la actividad frenética de los últimos tres o cuatro meses, y con la perspectiva de la siguiente edición del festival a casi un año vista, la sensación es de pereza extrema y los movimientos son lentos, como si estuviéramos debajo del agua. Se va poniendo en marcha, poco a poco, la inercia que alcanzará de nuevo su pico de máxima velocidad dentro de once meses, cuando estemos otra vez corriendo y solucionando incidencias en el recinto de conciertos, en Benicàssim. Empieza a remitir el calor asfixiante del verano madrileño y se van cerrando, muy despacio, los últimos flecos administrativos. Se archivan los contratos, se pagan las últimas facturas y se pasan muchos ratitos fumando y charlando en el balcón, apoyados sobre la lona con los nombres más destacados de esa edición recién finalizada.

A esa oficina embotada y resacosa llega un fax. Su contenido circula de mano en mano por todas las mesas y nos sacude con el estruendo de dos grandes rascacielos al derrumbarse sobre sí mismos: el texto, escrito a mano, está fechado justo un mes antes y lleva la firma de Stuart Murdoch, líder y cantante principal del grupo escocés Belle & Sebastian.

A los organizadores del festival de Benicàssim:

Solo quería daros las gracias por un maravilloso fin de semana, en nombre de Belle & Sebastian y de todo nuestro equipo.

Rebobinemos un par de años, hasta 1999. En el pub Nice N Sleazy de Glasgow, donde se reúne cada noche lo más granado de la siempre brillante escena musical de la ciudad, Neil Robertson y Stevie Dreads (mánager y tour manager de Belle & Sebastian, respectivamente) están sentados en los sofás de escay, tomando unas pintas de cerveza y filosofando sobre la vida, cuando reciben una propuesta inesperada. Tras una breve deliberación, Neil telefonea a su mujer:

—Voy a llegar un poco tarde a casa.

—¿Cómo de tarde?

—Como una semana.

Esa misma noche, Neil y Stevie emprenden camino a Benicàssim para llevar el equipo de sus paisanos y amigos Arab Strap. Ya he dicho antes que la escena musical de Glasgow es siempre brillante. Varios días después, agotados por el largo camino, llegan al recinto del festival y lo primero que ven es a dos miembros de Mogwai (¿he dicho que la escena de Glasgow es siempre brillante?) en calzoncillos, haraganeando en la piscina del backstage. Olvidado el cansancio, recuperado el brillo en la mirada, Neil y Stevie corren hacia el agua mientras van quitándose la ropa y la lanzan hacia atrás sobre sus cabezas, dejando un rastro de camisetas, zapatos y calcetines sobre el césped.

La piscina del backstage era uno de los grandes activos del festival. El Velódromo tenía a su espalda una piscina olímpica, y allí se ubicó la zona de artistas en las tres primeras ediciones. La piscina y los jardines colindantes eran un lujo que, en aquellos años, no tenía ningún otro festival en Europa —y no sé si en el mundo—. Cuando, en 1998, el FIB cambió su ubicación del Velódromo de Benicàssim al nuevo recinto, al otro lado de la carretera N-340, estaba claro que no se podía perder el atractivo de la piscina en el backstage. Comparado con las acampadas en el barro de los eventos en los que nos queríamos reflejar (Reading y Glastonbury, principalmente), aquello convertía al FIB en un destino casi paradisíaco: sol, piscina, amigos y buen cartel de conciertos, ¿dónde hay que firmar?

Una vez decididos los terrenos del nuevo recinto, a pocos metros del escenario principal se diseñó una piscina de obra que se iluminaba por la noche, rodeada de césped, palmeras bajas y tumbonas de loneta. Súmale la barra libre de alcohol y los solícitos servicios de Frida, a quien van a conocer muy pronto, y comprenderás por qué el backstage del FIB adquirió un aire mítico entre los parroquianos del Nice N Sleazy y más allá. Todos los grupos escoceses querían venir a Benicàssim, aunque más de uno estuviese a punto de morir ahogado por meterse completamente borracho en la piscina, como le pasó a Stewart Henderson de The Delgados. Paul Savage, también de The Delgados, nos hizo dudar de si su apellido era real o un apodo tras un conato de coma etílico sumado a insolación grave por pasar demasiado tiempo bebiendo al sol junto a la dichosa piscina. Bajaban las cuestas a tumba abierta, los Delgados. Pero el momento más sangriento protagonizado por el contingente escocés no fue en la piscina, sino en el circuito de karts que hay al lado del recinto. John Disco, de Bis, apuró tanto una curva en la carrera que acabó necesitando puntos de sutura en el escroto, para gran regocijo de sus alcoholizados compatriotas y mayor gloria de un anecdotario turulato que no paraba de crecer año a año.

El fax de Stuart continuaba así:

La fama de este evento había llegado a nuestros oídos, y no es casualidad que fuera el primer festival en el que nos planteamos actuar.

¿Cómo no iba a llegar la fama del evento a sus oídos? No creo que se hablase de otra cosa, en el Nice N Sleazy, en los días posteriores al festival. Me imagino la escena:

—No veas, Benicàssim. Vimos a todos estos grupos buenísimos, estuvimos tumbados al sol en la piscina ¡y a John Disco le han tenido que poner puntos en el escroto!

La fama del evento había llegado a sus oídos, ciertamente. Pero lo importante de verdad para nosotros, lo que cambiaba las reglas del juego, era lo que decía inmediatamente después: «No es casualidad que fuera el primer festival en el que nos planteamos actuar». Hasta el año 2001, B&S tenían como norma no tocar en festivales. Actuaban en iglesias, en plazas recoletas (como cuando los vimos en la plaça del Rei de Barcelona, en un inolvidable cartel doble junto a The Magnetic Fields), pero nunca habían tocado, ni se lo habían planteado, en un gran festival de verano. Aquello no era para ellos y, en realidad, les daba bastante miedo y hasta un poco de rechazo. El viaje improvisado de su mánager dos años antes, sumado a las historias que les contaban sus amigos, convencieron al grupo de aceptar nuestra oferta. No sin sus reticencias: como no habían actuado nunca en un festival de nuestras características, insistieron mucho en tener toda la mañana para probar sonido, así que hubo que colocarlos en el segundo escenario, aunque intuíamos que se iba a quedar pequeño. Pero todos sus deseos fueron concedidos. El FIB era el mejor lugar del mundo para los artistas que adorábamos.

Nos parece un gran privilegio haber sido invitados a tocar, especialmente a la vista de la calurosa acogida que recibimos tanto por parte del público como de los organizadores. Era difícil distinguir entre asistentes y organizadores, y eso es algo buenísimo. Creo que demuestra que los organizadores son ante todo fans de la música y quieren que el fin de semana sea muy especial. ¡Y lo fue!

Desde aquel primer concierto de Supergrass en 1995, todos los años escogía uno o dos conciertos para escaparme del trabajo y verlos enteros desde el escenario, y el de B&S era el candidato irrenunciable para mí en 2001. La carpa estaba a reventar, con muchísima gente intentando ver algo desde fuera. No cabía un alma más entre el público ni tampoco junto a la mesa de monitores, en el lateral del escenario, con tantos integrantes del equipo del festival como nos habíamos juntado para ver aquel concierto. Era el único que daban en Europa ese verano y era tanta la expectación que no sé si esto lo he soñado, pero juraría que incluso se emitieron las imágenes y el sonido del concierto por las pantallas del escenario principal. No hubiera podido comprobarlo, yo estaba junto a la mesa de monitores, a un par de metros del grupo, en el escenario. La comunión entre el público y los músicos era muy especial y creo que todos los que estuvimos allí lo recordamos como un momento mágico. Neil Robertson me reconoció, algunos años después, que lloró un poco aquel día porque era el concierto más grande que habían hecho nunca y, contra todo pronóstico en un grupo hasta entonces tan amateur, había sido posiblemente el mejor de su carrera. Algunos mánager son buena gente, ténganlo por seguro.

Al día siguiente, aún en las nubes después del éxtasis comunitario de la noche anterior, se corre la voz en la carpa de prensa: «los de Glasgow», que se quedan todo el fin de semana, están buscando contrincantes para una pachanguilla por la tarde. Han traído un balón de fútbol y quieren jugar un amistoso, España-Escocia. Varios miembros del tour party de Mogwai y varios de B&S, entre ellos un Stuart Murdoch que demostró ser de lejos el mejor jugador del partido, se enfrentaron a un combinado de fanzineros patrios (gente del Fanzine de Colores, Desaparezca Aquí, El Planeta Amarillo, Segundos de Luz…) y también se sumaron un par de redactores del Fiber, el periódico oficial del festival. El partido improvisado se celebró en el sitio más amplio posible, la explanada frente al escenario principal, antes de que se abrieran las vallas para dejar pasar al público a esa zona. Un par de mochilas en el suelo marcaban las porterías respectivas, como en el patio de un colegio. Cada cierto tiempo, el juego se detenía para dejar paso al camión-cisterna que baldeaba el asfalto en preparación para la noche. Hacía tanto calor que no se sabía si el suelo estaba mojado por los manguerazos del camión o si aquel brillo en el asfalto sobre el que corría el balón era un espejismo, provocado por la temperatura sofocante o por el incontenible entusiasmo de unos chavales que, aunque llevasen acreditaciones de prensa, en el fondo eran fans que tenían que pellizcarse para reconocer que estaban jugando al fútbol contra sus ídolos.

Ferran Llauradó y Diego Ríos entraron en la redacción del Fiber, al fondo del pasillo de la carpa de prensa, rojos por el sol y por el esfuerzo físico, empapados en sudor. Allí, Elena Cabrera coordinaba al equipo que escribía las noticias y reportajes que leerían miles de personas al día siguiente. Visto hoy, con la distancia que da el tiempo, parece una maravillosa anomalía que llegase a existir algo como el Fiber. Un diario en papel (¡diario! ¡y en papel!) que se mandaba a las rotativas del periódico Mediterráneo de Castellón sobre las siete de la mañana —los primeros años, en disquetes físicos que se llevaban en taxi porque los archivos pesaban demasiado para las conexiones tan frágiles de internet—, para que los asistentes al festival pudieran recogerlo al despertar. Los fibers desayunaban leyendo en el Fiber las crónicas sobre lo que habían visto la noche anterior y las reseñas sobre lo que les esperaba esa misma noche (también hay que reconocer que había quien lo cogía, en la cola de entrada al festival, solo para ponérselo sobre la cabeza, a modo de sombrero, y protegerse del sol). En aquel momento, bendita inocencia, aquello de tener un diario del festival en papel nos parecía algo normal y no el milagro que parece ahora. El partido de fútbol había sido solo una anécdota simpática, pero se ganó una nota a pie de página, con foto incluida y titular que hacía referencia al resultado (5-4, ganó España). Las anécdotas simpáticas siempre encontrarán su hueco en la prensa diaria.

B&S volvieron al FIB al año siguiente. Esta vez, como no podía ser de otra manera, al escenario principal. Para entonces, Neil Robertson y yo hablábamos —y seguimos hablando— con cierta regularidad. En una ocasión, comentando las bondades de MySpace, la red social que acababa de ser comprada por el magnate Rupert Murdoch, le dije:

—MySpace es un gran invento, si no fuera por Mr. Murdoch.