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«Veronique se ha deslizado tan cerca de nosotros que le cuesta trabajo mantener los talones sobre el auto, así que levanto una de sus piernas y apoyo la bota en mi hombro. Mounir entiende lo que me propongo e inmediatamente toma la otra pierna. Y así queda ella, justo frente a nuestros ojos: temblando, con las piernas abiertas mientras se acaricia y masturba a mi compañero. La mera vista podría hacerme acabar». En este relato salvaje y erótico, los cadetes de policía Patrik y Mounir conocen a Veronique, una artista del grafiti. La atracción y la excitación se hacen evidentes de inmediato. Patrik, el más inocente, sigue sus deseos ciegamente y los tres terminan experimentando cosas con las que solo habían soñado hasta ahora. Y el resultado del experimento es el éxtasis absoluto.
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Seitenzahl: 44
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Vanessa Salt
LUST
Arte de grafiti - Primera parte
Original title:
Spray - Del 1
Translated by LUST
Copyright © 2019 Vanessa Salt, 2020 LUST
All rights reserved ISBN 9788726415155
1st ebook edition, 2020. Format: Epub 2.0
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—¿Lindén?
—¡Aquí!
—Ely-Elyoun-Elyouns...
—Elyounoussi.
Se escuchan risitas discretas y carcajadas ahogadas por doquier.
Le echo un vistazo al hombre que está junto a mí: es un poco más alto que yo, tiene el cabello negro y peinado meticulosamente, lleva una camiseta blanca, impecable y tan ajustada que se distingue cada uno de sus músculos abdominales bajo la tela. Nuestros brazos casi se tocan por estar sentados tan cerca —casi pegados— en un par de sillas plegables e incómodas, en la primera fila de una pequeña sala que generalmente parece un salón de clases deteriorado. El hombre exuda esencias orientales, huele a canela, o tal vez lo imagino. Su olor es tan agradable como su voz; al responderle a la instructora, esta se sonroja de manera visible en contraste con la tela amarilla que proyecta su presentación de PowerPoint.
—Sí, eso mismo —dice ella en un débil intento por mantener su dignidad, aunque probablemente solo quiera afirmar su autoridad sobre nosotros, los cadetes, los aspirantes a oficiales de policía. ¿Oficiales de policía?
«¿Qué diablos estoy haciendo?», me pregunto.
—Tú y Lindén vigilaréis el área bajo el puente de Saint Eric, al final de la calle Norrback, justo donde están las escaleras que conducen al puente; el lugar mejor conocido como el Muro de Atlas. Sospechamos que es el lugar de reunión de grafiteros que divulgan mensajes subversivos por toda la ciudad. —Hace una pausa para recuperar el aliento, su rostro está muy rojo y no le quita los ojos de encima al hombre junto a mí. ¿Tal vez lo encuentra atractivo? ¿Le estará mirando los enormes abdominales y bíceps?
«Maldita sea, Patrik, deténte.Eres tan apuesto como él».
Noto que los labios del hombre esbozan una sonrisa y de repente se gira hacia mí, un par de ojos marrones miran directamente a mis ojos grises.
—Mi nombre es Mounir —dice en voz baja y extiende su mano. Se la estrecho en un acto reflejo, sin tomar en cuenta lo sudada que está mi mano.
«¡Mierda!», pienso.
—Patrik.
Mounir no mueve ni un solo músculo, sonríe brevemente y detecto un toque de picardía en él, pero la instructora nos interrumpe para decirnos que podemos presentarnos más tarde. Su mano sigue en la mía y se siente cálida y seca, tengo que aplicar más presión para igualar su apretón. Nuestros muslos se rozan y el tiempo se congela mientras nos saludamos de una forma que no se adapta mucho a las circunstancias.
La instructora carraspea y separamos nuestras manos, pero Mounir no se molesta en despegar su muslo del mío. Todo lo contrario.
*
—¿Buscar artistas callejeros? —Mounir me dirige una mirada escéptica, como buscando consenso al respecto de que todo esto es completamente ridículo. Levanta las cejas y espera mi respuesta.
—Sí, pero están difundiendo mensajes subversivos... —Suena tan estúpido y mi tono de voz es exageradamente alto y dudoso. Lo miro e intento descifrar sus verdaderas intenciones.
«¿Podrías dejar de mirarme fijamente con esos ojos color chocolate?».
Debe pensar que quiero hacer algo con él, y yo no soy ese tipo de persona.Definitivamente no...
—Las sociedades no son entidades estáticas —dice— y deben ser capaces de tolerar la crítica y la burla.
—¿Qué?
—Pero aquí hay mucha libertad. En Beirut, podría pasarte cualquier cosa si te atrapan.
Levanta la mirada al techo como si estuviera recordando experiencias pasadas.
—¿Entonces te gustan los grafitis y cosas por el estilo? —De inmediato me arrepiento de mis palabras, es una batalla que nunca podría ganar y estamos en medio de una misión. Me inclino y le pongo una mano en el hombro—. Después lo discutimos, supongo que también hay buenas pinturas hechas con grafiti.
Posa su cálida mano sobre la mía, la aprieta un poco antes de que yo la retire y me invade la misma sensación de antes: una combinación entre suavidad y dureza.
«Detente, Patrik...», me ordeno.
—Claro, podemos discutirlo luego, aunque prefiero llamarlo “arte de grafiti”.
Hasta sus ojos color chocolate sonríen.
—Si ya habéis terminado de coquetear, me gustaría daros cierta información. —La instructora está de pie frente a nosotros con los brazos cruzados, como salida de la nada, y su voz trémula esconde algo que solo puedo interpretar como celos.
«Excepto que no hay razón para que lo esté...»
—Debéis estar atentos y comunicar cualquier hecho ocurrido, eso es todo. —Deja de hablar y nos observa allí sentados, los únicos dos cadetes rasos—. Sin arrestos ni co-co-coerción.
«¿Ahora tartamudea?».
—Por supuesto que no —responde Mounir con agilidad, mientras mis ojos parecen magnetizados por los labios de la instructora: dos líneas pálidas en un lienzo color rosado brillante. Parece que de nada se sonroja—, solo somos cadetes atentos. —Él mantiene la calma y no mueve ni un músculo, justo como cuando estrechó mi mano sudada—. ¿Nos podéis prestar una cámara de luz infrarroja y unos binoculares? —continúa con un tono indiferente.
