Arte para servir a Dios - Fray Alonso de Madrid - E-Book

Arte para servir a Dios E-Book

Fray Alonso de Madrid

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Beschreibung

DE ESTA OBRA MAESTRA COMENTA SANTA TERESA DE JESÚS: "PUEDE EL ALMA EN ESTE ESTADO HACER MUCHOS ACTOS PARA DETERMINARSE A OBRAR MUCHO POR DIOS Y DESPERTAR EL AMOR; OTROS, PARA AYUDAR A CRECER LAS VIRTUDES A LO QUE DICE UN LIBRO LLAMADO ARTE PARA SERVIR A DIOS, QUE ES MUY BUENO Y APROPIADO PARA LOS QUE ESTÁN EN ESTE ESTADO". EL AUTOR RECORRE LOS ENGAÑOS E ILUSIONES DE LA VIDA INTERIOR, EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO Y EL AMOR DIVINO.

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Seitenzahl: 194

Veröffentlichungsjahr: 2025

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FRAY ALONSO DE MADRID

ARTE PARA SERVIR A DIOS

Segunda edición

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Primera edición en Neblí: 1960

Segunda edición: 2025

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7217-5

ISBN (edición digital): 978-84-321-7218-2

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7219-9

ISNI: 0000 0001 0725 313X

ÍNDICE

Presentación

Prólogo

PRIMERA PARTE

Notable I

Notable II

Notable III

Notable IV

Notable V

Notable VI

Notable VII

SEGUNDA PARTE

1. De la contrición

2. Del propio aborrecimiento

3. De tres cosas necesarias para adornar el alma

4. DE la oración

5. De algunas virtudes en común

6. De la humildad

7. De la vanagloria

8. De la paciencia

9. De las pasiones del alma

TERCERA PARTE

1. Del amor de Dios

2. Del amor del prójimo

3. Del amor de sí mismo

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

Presentación

Puede decirse que el Siglo de Oro de la literatura ascético-mística española —con las salvedades a que han de someterse afirmaciones de un tal tenor— comienza el año 1500 con la publicación en el Monasterio de Montserrat del Ejercitatorio de la vida espiritual, de García Jiménez de Cisneros, O. S. B. Cronológicamente, la segunda obra cumbre está constituida por el Arte para servir a Dios, de fray Alonso de Madrid, O. F. M., publicado por primera vez en Sevilla en 1521, mientras san Ignacio de Loyola era herido de una pierna en la defensa de Pamplona e iniciaba su conversión a Dios. Ambos libros llegaron a ser prontamente fuentes literarias fundamentales para nuestros místicos y ascetas de los siglos xvi y xvii. Del Ejercitatorio del primer abad reformado de Montserrat ya hablamos en su día1; nos basta ahora el siguiente dato, referente al Arte de fray Alonso: de 1521 a 1600 se conocen de él, por lo menos, quince ediciones en castellano, seis en latín y cuatro en francés.

¿Qué representa el libro de fray Alonso de Madrid en la historia literaria de la espiritualidad española? Nada menos, quizá, que la primera exposición sistemática del método, arte, para ordenar las facultades anímicas al conocimiento de sí mismo y, sobre todo, a la operación de laborar el terreno del alma para hacer prender en él, con todo vigor y presteza, el amor de Dios, vínculo y esencia de la perfección cristiana.

El Ejercitatorio, de García de Cisneros, fue el libro que primeramente explicó en habla castellana y con mano segura y experta cómo se hace oración, qué métodos se deben seguir, cuán necesario es tener un plan de vida —según diríamos hoy— si se quiere caminar seriamente hacia la santificación y, finalmente, qué actos y ejercicios fundamentales deben integrar ese plan de vida. El Arte, de fray Alonso, fue correlativamente, el primero que expuso con maestría el método para mover la voluntad y el entendimiento en orden a poner por obra todo cuanto en los libros de espiritualidad se había mostrado que es preciso normalmente hacer para alcanzar la santidad de vida. En este sentido y en cuanto al tiempo, fray Alonso de Madrid es el primer escritor de la mística española, pues él inicia vigorosamente la corriente de la sana y profunda introspección psicológica, nota la más característica y sobresaliente de nuestros autores espirituales del Siglo de Oro y que daría los frutos más logrados en san Ignacio, de una parte, y en santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Juan de los Ángeles, de otra.

Hoy día habrá que dar por seguro el hondo y fundamental influjo que el Arte para servir a Dios tuvo en nuestros grandes místicos posteriores y que, en gran parte, fue en él donde aprendieron a hacer con hondura el fino análisis de los movimientos de su propia alma. Santa Teresa, con su acostumbrada intuición, ya había dicho de este libro: «Puede [el alma] en este estado hacer muchos actos para determinarse a hacer mucho por Dios y despertar el amor; otros para ayudar a crecer las virtudes, a lo que dice un libro llamado Arte para servir a Dios, que es muy bueno y apropiado para los que están en este estado...»2. Elogios semejantes salieron de otros muchos varones ilustres de aquellos tiempos, como Ambrosio de Morales, Francisco Doms, Lucas García, fray Juan de los Ángeles, fray Diego Murillo, etc., y, más tarde, de todos los estudiosos de este género literario, desde Menéndez y Pelayo hasta Sainz Rodríguez.

El Arte para servir a Dios está dividido en tres partes. La primera contiene los principios generales de la perfección cristiana, y pone en guardia a los lectores contra las ideas engañosas acerca de la vida, interior, como las manifestaciones demasiado sensibles de la piedad. La segunda enseña principalmente el conocimiento de sí mismo, el modo de practicar las virtudes y de entregarse a la vida de oración. La tercera es, quizá, la parte más relevante y original: es en esta donde enseña, con verdadera pericia pedagógica, el camino del amor de Dios y los actos que se han de hacer para progresar en él.

La idea central de esta tercera parte podría ser resumida según la fórmula que el mismo fray Alonso enuncia y explica: que todo debemos hacerlo no solo con amor, sino con amor y por amor: «Notemos... aquello que nuestro Redentor dice en la dicha segunda manera, esto es: Ven y sígueme, que quiere decir a cada uno y a todos que cumplamos cuanto está escrito para nuestra doctrina, haciéndolo no solamente con amor, pero con amor y por amor juntamente, porque estas son las pisadas que Él nos amonesta seguir...»3.

Fray Alonso había concebido su libro haciendo esta reflexión: «En esta propiedad se diferencia el hombre de los otros linajes de animales: porque estos todos se rigen sin arte, por un natural instinto; pero el hombre por arte y razón»4.

De aquí saca la consecuencia de que para servir y amar a Dios, operación la más humana y principal del hombre, debe este actuar como en las demás obras, esto es, con arte para llevarla a cabo; precisamente, la falta de este arte es lo que frustra los esfuerzos de muchos para conseguir la santidad de vida. Es por esto por lo que Alonso de Madrid dice de su libro «que casi todo él se ocupa principalmente en dar arte y manera para mover el entendimiento y voluntad, a saber, cómo habemos de poner en obra las grandes cosas de que todos los libros están muy llenos»5. Era, pues, consciente fray Alonso de la novedad de su libro, y con tal propósito lo escribió, para que sirviera de introducción a los demás libros, «declarador de todos ellos, como de hecho ya lo han experimentado muchos que a él se han dado», según él mismo dice en la segunda edición, hecha en Alcalá de Henares en 1526.

La vía mística de fray Alonso de Madrid, como buen franciscano, es la que se ha convenido en llamar vía voluntarista: su meta es directamente el amor de Dios, y los medios y razonamientos por los que discurre el pensamiento cuadran mejor con lo que podría llamarse filosofía del amor. Era el camino ya iniciado por la mística hispano-franciscana de la Baja Edad Media, cuyos representantes más egregios habían sido san Antonio y el beato Raimundo Lulio. Es una vía más sencilla que la intelectualista; por ella pueden ir incluso las inteligencias menos cultivadas y es la que principalmente seguirá la mayor parte de la mística española, no solo la franciscana, sino también la carmelita de santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Miguel de la Fuente.

Por los años en que escribe fray Alonso, la prosa castellana dista mucho aún de la agilidad y elegancia que conseguiría nada más que unos treinta años más tarde. No es de extrañar que el estilo de nuestro autor sea aún algo embarazoso, aunque sí castizo: repite palabras, denotando escasez de vocabulario, y se revuelve poco ágil en expresiones lentas y farragosas. Está, pues, lejano aún de la fluidez, perfección y donosura de un fray Luis de Granada, por ejemplo, de la facilidad de un Juan de Ávila o de la gracia y genio de santa Teresa, y se puede observar en él todavía el influjo estilístico de los maestros escolásticos latinos: precisión conceptual, desaliño y despreocupación estética, escasez de vocablos, esquematismo y orden perfectos.

Estas circunstancias harán, alguna que otra vez, menos agradable la lectura a las personas no encariñadas con el castellano antiguo. No obstante, hemos respetado los giros y expresiones del autor —otra cosa hubiera sido profanar su estilo y aun la misma lengua castellana—, salvo en contadas ocasiones, en que el sentido hubiera permanecido excesivamente dificultoso. Así, por ejemplo, hemos sustituido la arcaica preposición ca por sus equivalentes porque, pues, allí donde hubiera presentado oscuridad para ciertos lectores.

Para nuestra publicación hemos seguido no la edición príncipe de Sevilla de 1521, sino la segunda, hecha en Alcalá de Henares en 1526, corregida por el mismo Alonso de Madrid. Esta edición presenta bastantes ventajas sobre la príncipe. Modernamente la edición de Alcalá ha sido reeditada por Miguel Mir en el vol. 16 de la “Nueva Biblioteca de Autores Españoles”, Madrid, Bailly Baillière, 1911, y seguida también por el Padre Juan Bautista Gomis, O. F. M., en el vol. 38 de la “Biblioteca de Autores Cristianos”, Madrid, 1948. La edición de la B. A. C. es notoriamente superior a la de Mir, a la que se escaparon abundantes erratas y aun pequeñas omisiones. Además, la del Padre Gomis ha verificado las citas explícitas de la Sagrada Escritura, que hemos podido aprovechar para la nuestra.

En cuanto a la puntuación y a la corrección de la ortografía nos ha sido también muy útil la edición de la B. A. C. En general, hemos preferido B. A. C. sobre Mir. En algunas contadas ocasiones, puntuación y ortografía han sido enmendadas respecto a las ediciones precedentes a la nuestra, en gracia a la mayor claridad del texto y facilidad de nuestros lectores y conforme a las costumbres y reglas de la sintaxis actual.

El Arte para servir a Dios se hace más interesante y sugestivo a medida que se progresa en su lectura. Por ello no debe desanimarse el que lo empiece si en las primeras páginas fray Alonso se demora en advertencias preliminares; al contrario, siga adelante y comprobará la oportunidad de ellas y podrá saborear la muy decantada doctrina del autor y el fruto tan sano y eficaz de sus palabras.

Muchos sentirán una legítima curiosidad por saber algo más de la vida de fray Alonso de Madrid. Desgraciadamente, apenas se tienen datos para su biografía. Únicamente que debió nacer en la que luego sería corte y capital de España: que por la fecha de publicación del Arte hay que suponer que vería la luz poco antes del descubrimiento de América; que ingresó en la Orden de san Francisco de Asís, de la Provincia de Castilla; que fue buen teólogo y muy buen confesor y director de almas, según el testimonio experimental del docto Ambrosio de Morales, que fue dirigido suyo en Salamanca; que los bibliógrafos han conservado una tradición constante sobre la fama de sus virtudes, y, finalmente, que escribió otros libros notables de espiritualidad, como Espejo de ilustres personas (del que se han hecho por lo menos doce ediciones en castellano, seis en latín, tres en francés y dos en italiano), Memorial de la vida de Cristo, Siete meditaciones de la Semana Santa y Tratado de Doctrina Cristiana.

J. M.ª C.

Prólogo

Prólogo en el cual se declara de cuánta necesidad es haber escrito Arte para servir a Dios; donde también el autor da cuenta de algunas adiciones que hizo en ella, después de haber sido impresa en diversas partes, y que se añadió sin deshacer lo que primeramente fue impreso; el cual comienza de esta manera:

Como diga el bienaventurado san Ambrosio que la ignorancia de la orden y manera con que debemos obrar turba mucho la forma del merecer, y no se debe pensar, según él mismo dice, que tenemos perfecto conocimiento de la cosa si sabemos lo que debemos hacer y dejamos de saber el orden de proceder, se manifiesta aquí que poco podría aprovechar saber todo lo que está escrito para servir a Dios si no supiésemos qué manera y orden debemos tener para ponerlo por obra. Y como quiera que el arte para todo bien venga del soberano artífice, que es Dios, y muchos sean de su bondad alumbrados y prevenidos en bendiciones de suavidad y dulzor, no por eso debemos dejar ni se nos quita la obligación de hacer lo que en nosotros es, escudriñando sus mandamientos y querer y cuanto fuere menester para perfectamente cumplirlo.

Será, pues, para esto provechosa la breve forma o arte que se sigue para saber poner en obra las grandes cosas que la Santa Escritura nos enseña; para lo cual no parece menos justo buscar arte que para otra cualquier cosa que deseamos bien obrar y saber; y en buscar este arte han gastado mucho tiempo los doctores santos y católicos, y le escribieron por luengas palabras en diversos escritos; de lo cual todo se escribe aquí un breve sumario de ahí recogido. Y porque esta pequeña obra se ha de enderezar principalmente a los ejercicios del alma, parecerá a las veces algo dificultosa a los no ejercitados en el conocimiento de los oficios de las potencias del alma; y por ocasión de esta dificultad, y por ir en forma de arte, que requiere mucha práctica, se repetirán y dirán algunas palabras que sin esta ocasión se pudieran excusar.

Y comenzando de añadir, notaremos que por esta misma ocasión, conocida más enteramente por relación de algunos que sintieron tal dificultad leyendo la presente obra después de publicada y algunas veces impresa, pareció al autor de ella hacer algunas adiciones muy provechosas. No, empero, por estas adiciones se contradice ni muda algo de lo contenido en las partes primero impresas, mas en tanta manera se quedan en su fuerza, que quien las tuviere no ha menester lo que aquí se añade, salvo para mejor sentir y entender lo contenido en ella y para responder en algunas dudas que suelen ocurrir a quien flacamente sintiere. Solamente se muda todo el primer notable en otro que pareció ser más provechoso.

Y proveyendo en este Prólogo algo, para cumplir con todos, pareció en especial muy oportuno mostrar en él algo más largamente la necesidad que hay de tener por escrito Arte para servir a Dios. Para lo cual notaremos que no es otra cosa decir que no es menester arte, sino decir que no es menester dar avisos para saber cómo nos debemos ayudar para servir a Dios, como (según verdad) toda Escritura testifica que son menester avisos; y san Pablo dice que ayudadores de Dios somos1 y no ayuda bien el que no ayuda en cuanto puede y debe. Y no es otra cosa bien ayudarnos, sino mover nuestra alma en cuanto hiciéramos, según las reglas de la presente arte, como toda la teología lo manifiesta por más largas palabras.

Y miremos que aun el mismo filósofo dice en su Metafísica que el linaje de los hombres vive por el arte; en que parece mostrar que en esta propiedad se diferencia el hombre de los otros linajes de animales, porque estos todos se rigen sin arte por un natural instinto, pero el hombre por arte y razón; y se podría decir que casi como con natural instinto sirve a Dios el que se guía en su servir por donde más consolación siente, no mirando con el entendimiento y razón que Dios le dio si hay manera con que más altamente puede servir.

Ni aun puede alguno excusarse diciendo que la unción del Espíritu Santo enseña de todas las cosas; porque así es la verdad si nosotros nos ayudamos, escudriñando y obrando según en la Sagrada Escritura y en la presente Arte se nos enseña. Pero faltando nosotros en esto, no tenemos razón de creer que la tal unción nos enseña.

No tenemos también, porque a ninguno parezca grave el suave yugo del Señor, que si para alcanzar tan alta sabiduría gastáremos algunos días en sabernos aprovechar de este arte, no nos debemos espantar; porque si en el arte de la gramática o lógica, que son artes bajas, se gastan tres y cuatro años y aun la vida del hombre si quiere ser en ellas perfecto, mire cada uno cuán mejor empleada será su vida si se gastase en alcanzar en perfección arte tan soberana como esta que el soberano maestro Jesucristo nos vino a enseñar y con tanto trabajo.

Debe considerar el principiante de este arte que le acaecerá como al niño recién nacido, el cual ni con el alma usa de la razón, ni aun con el cuerpo que tiene pies y piernas puede andar; y aun cuando comienza ya de crecer y comienza ya de moverse, lo hace con mucha dificultad y cayendo, hasta que ya con la más edad y continuo ejercicio anda tan bien que corre cuando quiere. Y así acaece en los principios del verdadero servir a Dios, que, aunque el ánima está entera, pero tenérnosla tan atada y tan agravada y tan sin fuerzas para moverse por el camino perfecto, que el santo Evangelio nos muestra y este arte nos declara que del todo no sabemos andar; o si nos movemos, es con tanta graveza que nuestro andar es poco más que nada. Pero prosigamos varonilmente, que cuando no nos catáremos correremos por tan altos caminos que se verifique en nosotros que nuestros movimientos y meneos más son de ángel reinante que de hombre caminante.

Debemos mucho notar que ninguno se debe excusar de servir, según aquí se muestra, cuasi contentándose solamente con la guarda material de su regla o mandamiento de Dios, diciendo que esto le basta para salvarse, porque la voluntad de Dios es nuestra santificación, como dijo san Pablo2. Y pues que no se contentan los mundanos con las riquezas que tienen, pero desean siempre más, mandándoles Dios lo contrario, no nos contentemos nosotros sin acrecentar cada día la muy alta virtud y el premio que esperamos, pues que Dios es tan deseoso de que lo tengamos. Y si nuestro apetito no se extendiere a ello por lo que a nosotros cumple, extiéndase por saber que es la voluntad de Dios que seamos engrandecidos en todo como hijos de quien somos, que es del mismo eterno Padre, que está en los cielos, el cual nos amonesta diciendo: Sed santos, porque yo Señor, Dios y Padre vuestro soy3.

La manera de proceder en lo que se ha de decir será poner aquí algunos notables, como reglas comunes que nos enderecen en todo lo que hiciéremos, y después algunas cosas particulares de las más necesarias para el servicio de Dios, dando tal arte y manera para que aquellas se pongan en obra, que con los tales notables comunes sirva de arte para todas las otras que quedarán.

Se podrá llamar este tratado Arte para servir a Dios, y habrá en él tres partes principales. La primera tendrá los notables comunes. La segunda tiene algunas particulares cosas en que el siervo de Dios se debe ejercitar para reparar el estrago que los pecados han hecho en su alma. Y en la tercera se hablará del amor con que habemos de amar a Dios y a quien él manda, en el cual amor está el cumplimiento de toda ley, todo nuestro bien. Y acuérdese quien esto leyere cuánta diligencia pone el que en cualquier arte quiere ser buen artista, y cuán más justa y necesaria es aquí la diligencia. Y con estas consideraciones, y más principalmente con ayuda de nuestro soberano maestro Jesucristo, Dios eterno y Señor nuestro, se comienza, según se sigue, la presente Arte.

PRIMERA PARTE

Que contiene unos notables comunes para todas las obras, según pertenece obrarlas el que de verdad quiere servir a Dios, y se pondrá en principio de cada notable un sumario muy provechoso.

Notable I

En que después de algunos avisos y consideraciones generales, pone un sumario de la evangélica perfección, y pone también dónde viene parecer este libro en algunas partes dificultoso de ser entendido; pero que se puede decir tan claro, que ayuda mucho a entender los otros libros que comúnmente se leen.

Y en este primer notable pareció que sería bien poner algunos avisos para el que de esta obra se quisiere aprovechar, pues que él mismo ha de ser maestro y discípulo con ayuda del soberano Maestro. Y lo primero que al presente notaremos es que, según que de la Santa Escritura se colige, todos somos nacidos en este perecedero mundo, no para reposar ni gozar en los bienes de esta tierra, porque son pequeños y viles, pero para que, tomando de ellos lo que Dios manda para nuestro mantenimiento, ocupemos toda la vida en entender en las muy altas riquezas de aquel gran Dios que nos crio para hacernos bienaventurados y poseedores de sí mismo, que es bien infinito, en quien tenemos todos los bienes muy más en abundancia que bastamos pensarlo.

Y con esto notaremos también que aunque Dios nuestro Señor no nos quiso necesitar, so pena de muerte eterna, a que siempre entendiésemos en su servicio, pero solamente cuando se ofreciere mandarnos algo, esto es, en sus diez mandamientos; pero por ley de bondad que nos pertenece guardar como a hijos de tan gran Padre, tenemos no solo las personas religiosas, pero todos, obligación de procurar muy alta santidad, y siempre servir a tan gran Señor y Padre, porque de todos dijo Su Majestad: Hagamos al hombre a nuestra semejanza1; y según declaran los doctores santos, entonces es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, todo junto, cuando se ocupa y entiende en conocer sus grandezas y amarlas, gozándose de ellas muy altamente.

Y en el Evangelio dijo Cristo: Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos2. Cierto es muy justo que sea santo quien es hijo de Padre a quien sin nunca cesar llaman santo los serafines, porque nunca, olvidando nosotros de quién somos hijos, no nos contentamos hasta ser santos según nuestra flaqueza, esto es, hasta que apartemos nuestro corazón del amor de toda cosa terrenal y le pongamos en nuestro Padre, que es de bondad infinita, alumbrador y santificador, muy ganoso de quien a su Majestad se allega como a Padre tan alto y de tan infinitas grandezas y excelencias; y ayuda aún para más movernos a esto lo que arriba se dijo.