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¿Y si la bebida que acabas de tirar, el tren que acabas de perder o el boleto de lotería que acabas de encontrar no fuera un suceso fortuito? ¿Y si este suceso formara parte de un plan mayor? ¿Y si no existiesen los encuentros casuales? ¿Y si unos desconocidos decidieran nuestro destino? ¿Y si estuvieran planeando incluso el destino del mundo? Dan, Emily y Eric son artífices del azar, miembros de una organización secreta dedicada a crear coincidencias. Estos sucesos en apariencia aleatorios son, en realidad, cuidadosamente orquestados y puestos en marcha por los artífices del azar para desencadenar cambios importantes en la vida de sus objetivos: futuros amantes, científicos a punto de realizar un descubrimiento y atormentados artistas faltos de inspiración. Un día, Dan recibe la misión de mayor nivel que jamás ha visto, y que resultará ser la coincidencia más complicada y peligrosa que ha tenido que organizar. Esto cambiará las vidas de los tres artífices del azar y les enseñará la auténtica naturaleza del destino y el libre albedrío y el verdadero significado del amor.
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2018
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El azar no existe. Dios no juega a los dados.
Albert Einstein
Einstein, deja de decirle a Dios qué hacer con sus dados.
Niels Bohr
Mirad la línea del tiempo.
Por supuesto, solo es una ilusión. El tiempo es espacio, no una línea.
Pero para nuestros propósitos, mirad la línea del tiempo.
Observadla. Advertid que, en ella, cada acontecimiento es tanto causa como efecto. Tratad de localizar su punto de partida.
No lo habréis conseguido, por supuesto.
Cada ahora tiene un antes.
Este parece ser el problema primordial, a pesar de no ser el más evidente, con el que nos toparemos como artífices del azar.
Por lo tanto, antes de estudiar la teoría y la práctica, antes de las fórmulas y estadísticas, antes de empezar a construir casualidades, comencemos con el ejercicio más simple.
Volved a mirar la línea del tiempo.
Encontrad el punto justo, poned encima el dedo y simplemente decidid que este es el comienzo.
También aquí, como siempre, la sincronización lo era todo.
Cinco horas antes de ponerse a pintar la pared sur de su apartamento, cosa que había hecho ya doscientas cincuenta veces, Dan estaba sentado en la pequeña cafetería tratando de tomarse el café con deliberada lentitud.
Tenía el cuerpo un poco inclinado hacia atrás, apoyado en una posición que supuestamente debía reflejar una calma engendrada por muchos años de autodisciplina, y sostenía suavemente entre los dedos la tacita de café, como si fuera una caracola preciosa. Con el rabillo del ojo seguía el avance del segundero en el gran reloj colgado por encima de la caja. Como siempre, en los últimos minutos antes de la cuenta atrás, volvió a descubrir la frustrante sensación de tener conciencia de su respiración y de los latidos de su corazón, que de vez en cuando vencían al tic-tac de los segundos formales.
La cafetería estaba medio llena.
Paseó la mirada entre las personas y mentalmente volvió a ver las telarañas que atravesaban el aire, los hilos delgados e invisibles que las conectaban.
Frente a él, al otro extremo, una joven de cara redonda apoyaba la cabeza en el cristal de la ventana, dejando que la música producida por los alquimistas del marketing, especializados en el romanticismo de adolescentes ingenuas, le inundara las ideas a través de los finos cables de los auriculares. Los ojos cerrados, las facciones relajadas: todo indicaba una especie de serenidad. Dan no sabía lo suficiente de ella para determinar si aquello era serenidad. En ese momento la joven no formaba parte de la ecuación. No debía formar parte de ella, sino ser solamente su zumbido.
En la mesa de enfrente, una pareja intentaba tímidamente, en una primera o segunda cita, abrirse camino en lo que tal vez era una conversación amistosa, o una entrevista de trabajo para el puesto de pareja, o una tranquila guerra de agudezas, camuflada con sonrisas y miradas, desviadas de vez en cuando para evitar la mutua contemplación que pudiera crear una falsa sensación de intimidad. De hecho, la pareja era una especie de prototipo de relación demasiado apresurada, de las que giran nerviosas sobre sí mismas y proliferan sin que importe hasta qué punto el mundo intente evitarlas.
Un poco más allá, en la esquina, un estudiante estaba todavía ocupado en borrar de su pecho el rostro de un viejo amor, ante una mesa repleta de papeles cubiertos con una caligrafía densa, mirando el tazón de chocolate, inmerso en una ensoñación sueño disfrazada de concentración académica. Dan ya conocía su nombre, su historial clínico, su historia emocional, sus reflexiones, sueños y pequeños miedos. Todo lo tenía archivado, en alguna parte… Todo lo que supuestamente debía saber para adivinar las posibilidades y tratar de ordenarlas según las complejas estadísticas de causas y efectos.
Finalmente, dos camareras esbeltas, de mirada cansada, pero que de algún modo seguían sonriendo, mantenían una intensa conversación en voz baja junto a la puerta cerrada de la cocina. Una dirigía la conversación. La otra escuchaba, asentía de vez en cuando y daba señales de vida, como indica el protocolo predeterminado del te escucho, pero parecía estar pensando en otras cosas.
También su historia le era conocida. O por lo menos así lo esperaba.
Dejó la taza de café y comenzó la cuenta atrás mental.
Faltaban diecisiete minutos para las cuatro de la tarde, según el reloj de encima de la caja.
Sabía que el reloj de cada uno de los presentes marcaría una hora algo distinta. Medio minuto antes o después daba igual, en realidad.
La verdad es que las personas no se distinguen unas de otras solamente por el lugar. También se manejan en tiempos distintos, en cierta medida se mueven dentro de una burbuja temporal que les es propia. Parte de la cuestión de este trabajo, como había dicho el General, era lograr que los tiempos se encontraran sin que pareciera artificial.
Dan no tenía reloj. Se había dado cuenta de que no lo utilizaba. Era tan consciente del tiempo que no lo necesitaba.
Siempre le había gustado esa sensación cálida, que le invadía casi hasta los huesos, durante el último minuto de la cuenta atrás antes de una misión. La sensación de estar a punto de tocar con un dedo la Tierra, o el cielo, y desplazarlos un poco. El conocimiento absolutamente personal de estar desviando de su órbita regular y conocida cosas que un segundo antes se movían en una dirección completamente distinta, y de ver cómo se creaba algo nuevo. Como un artista que pinta paisajes enormes y complejos, pero sin pincel ni pintura, simplemente haciendo girar precisa y delicadamente un gran caleidoscopio.
«Si yo no existiera —había pensado más de una vez—, tendrían que inventarme. Deberían hacerlo.»
Miles de millones de movimientos de dedo como ese se dan a diario, se comunican, se anulan, se acomodan en una danza tragicómica de futuros posibles, y ninguno de ellos conmueve a sus propietarios. Y él, con una simple decisión, ve el cambio que está a punto de producirse, y entonces lo ejecuta. Con elegancia, con calma, de forma tan confidencial que, aunque se descubra, nadie podrá creer lo que tiene detrás. Y aun así, antes siempre se estremece un poco.
«Ante todo —les había dicho el General—, sois agentes secretos. Solo que los otros son, en primer lugar, agentes, y después, también secretos, pero vosotros sois ante todo secretos y, en cierta medida, también agentes.»
Dan respiró profundamente y todo empezó a suceder.
La joven de la mesa de enfrente se movió un poco mientras una canción terminaba y empezaba otra. Acomodó la cabeza en el cristal de la ventana, abrió los ojos y miró hacia fuera.
El estudiante sacudió la cabeza.
La pareja que conversaba se puso a reír un poco incómoda, como si en el mundo no hubiera otras risitas.
El segundero ya había dado un cuarto de vuelta.
Dan exhaló un poco de aire.
Se sacó la cartera del bolsillo.
Justo a tiempo, una orden corta y tajante separó a las dos camareras y mandó a una a la cocina.
Dejó un billete sobre la mesa.
El estudiante empezó a recoger sus papeles, todavía lento y pensativo.
El segundero llegó a la mitad del recorrido.
Dan dejó la taza, aún medio llena, exactamente a dos centímetros del borde de la mesa, encima del billete. Cuando la manecilla del reloj alcanzó los cuarenta y dos segundos, se levantó y saludó con la mano a la camarera que se había quedado fuera de la cocina, con un ademán que denotaba a la vez agradecimiento y despedida.
Ella le devolvió el saludo y se dirigió a la mesa.
Cuando la manecilla pasó por el punto en el que completaba las tres cuartas partes de la vuelta, Dan salió a la calle soleada y desapareció de la vista de los clientes de la cafetería.
Una, dos y…
* * *
El simpático estudiante de la esquina empezó a prepararse para salir.
La mesa era de Yuli, pero evidentemente tendría que ocuparse de ella. No le importaba. A ella le gustaban los estudiantes. Y los chicos simpáticos. A decir verdad, ser estudiante y ser simpático es una combinación ganadora.
Shirley movió un poco la cabeza.
¡No! ¡Hay que frenar estos pensamientos inmediatamente! Ya basta con eso de simpáticos, encantadores o cualquier otro adjetivo que sientas la necesidad de arrojar.
Lo has intentado, has estado allí, lo has examinado, lo has comprobado, te has elevado y te has estrellado. Y ahora has aprendido. Basta, se acabó. Se-a-ca-bó.
El chico de los ojos tristes levantó la mano mostrándole el billete que dejaba sobre la mesa.
Ella ya lo conocía, si es que a su visita semanal y silenciosa se la podía llamar conocer. Seguro que se ha tomado todo el café, así lo hacía siempre, dejando la borra abajo, como si esperara a una adivina que no vendría, y el billete delicadamente doblado debajo de la taza.
El chico salió de la cafetería, y a ella le pareció detectar cierta tensión en sus pasos. Se acercó a la mesa teniendo mucho cuidado de no mirar al estudiante.
Al fin y al cabo, era humana. Y desde entonces solamente había pasado un año. Claro que todavía sentía la necesidad de algún tipo de afecto. No había conseguido acostumbrarse a que el estar sola de ahora equivale al estar en compañía de antes. A que hay que ser fuerte. Auténtica, una loba solitaria y hermosa en la nieve, o una leoparda en el desierto, o algo así. Años y años de películas de chicas, de empalagosas canciones pop y de libros de una sola dimensión habían logrado erigir en su mente un sólido sistema de reductos de ilusiones románticas.
Pero irá bien.
Todo irá bien.
Tiende la mano, un poco perdida en sus pensamientos.
Oye un ligero ruido tras ella y vuelve la cabeza. Es la chica con los auriculares, tarareando ensimismada.
Aun antes de darse la vuelta otra vez, comprende que ha cometido un error.
Su cerebro capta los acontecimientos, los predice, los sincroniza con la precisión de un reloj atómico, pero siempre con un retraso de una milésima de segundo.
Su mano mueve un poco la taza en lugar de asirla.
La taza, que esta vez está muy cerca del borde por alguna razón, pierde el equilibrio.
Extiende la otra mano para impedir la caída, da un traspié, la taza se hace añicos en el suelo y ella, frustrada, lanza un grito agudo.
El estudiante —un joven, un chico nada interesante— levanta la cabeza hacia el grito, mueve la mano en dirección equivocada y derrama inadvertidamente el chocolate sobre los papeles.
Y Bruno sale de la cocina.
Shit!
* * *
«A veces os veréis obligados a ser un poco puñeteros —solía decir el General—. Eso pasa. Es necesario. Yo mismo he disfrutado siéndolo. Pero no hace falta ser unos pequeños sádicos para comprenderlo. El principio es bastante sencillo.»
Dan camina por la calle, cuenta los pasos hasta que pueda permitirse mirar desde lejos hacia atrás. La taza ya debería haberse caído. Echará un vistazo, solo una furtiva miradita, para asegurarse de que todo va bien, para confirmarlo. No es nada infantil, sino sana curiosidad. Nadie se dará cuenta, no en vano está al otro lado de la calle. Puede hacerlo.
Y luego irá a sabotear la tubería.
* * *
Shirley ve al estudiante maldecir y estirar el brazo en un intento de rescatar los apuntes escritos en apretada caligrafía.
Se inclina rápidamente, empieza a recoger los pedazos con las manos y se da de cabeza contra la mesa. Shit número dos.
Intenta recoger los grandes sin cortarse. Los zapatos se le han cubierto de pequeñas motas de café, como manchas de una jirafa vacilante, que se absorben rápidamente y acaban formando parte de la textura del zapato.
¿Las manchas de café se van al lavarlas? ¿Se podrán lavar esos zapatos?
Maldice en silencio al mundo entero. Es la tercera vez que le pasa. Bruno había dejado muy claro lo que sucedería si había una tercera.
—Déjalo —oye un murmullo.
Bruno se agacha a su lado, rojo de ira.
—Lo siento —dice ella—. De verdad. No… no ha sido a propósito. Justo me he girado, medio segundo de distracción. En serio.
—Es la tercera vez —masculla Bruno entre dientes. No le gusta gritar delante de los clientes—. La primera vez lo dejé pasar. La segunda, te lo advertí.
—Lo siento, Bruno.
La fulmina con la mirada.
¡Oh! Big mistake.
No le gusta en absoluto que lo llamen por su nombre. Ella no suele cometer estos errores. ¿Qué le pasa hoy?
—Déjalo —dice esto en voz baja, acentuando cada sílaba—. Devuelve el uniforme, toma tu parte de las propinas de hoy y lárgate. Ya no trabajas aquí.
Antes de que consiga decir nada, él se levanta y vuelve a la cocina.
* * *
Ahora Dan ya está corriendo.
Le tiene que dar tiempo a hacer algunas cosas. Es imposible prepararlo todo de antemano. Hay cosas que deben hacerse a última hora, o al menos comprobar que ocurren como es debido en su momento.
Todavía no había llegado al nivel en el que simplemente podía dejar que las tazas se cayeran y sentarse a ver cómo un acontecimiento seguía a otro. Todavía tiene que dar él mismo un ligero empujón a los acontecimientos en tiempo real.
* * *
Tendría que volver a fotocopiar la mayor parte del material.
La otra camarera, no la que está recogiendo los trozos del suelo y parece a punto de llorar, se acerca a él con un gran rollo de papel de cocina y le ayuda a enjugar lo que las páginas aún no han absorbido. Limpian la mesa en silencio y rápidamente. Él deja la mayor parte de los papeles.
—Puedes tirarlos —le dice—. Volveré a fotocopiarlos.
—Vaya follón —dice ella, frunciendo los labios con expresión de condolencias.
—Tráeme ya la cuenta, creo que me voy.
Ella asiente y se da la vuelta, él percibe una pizca de su perfume. Una alarma leve y antigua resuena callada en su cabeza. El perfume de Sharon.
Lo que le faltaba.
Parpadea y sigue metiendo en la cartera los papeles secos. Luego, cuando la mesa ya reluce, la camarera le da la cuenta.
Ni siquiera siente que deja de respirar cuando ella se acerca para no cometer el error de olerla.
Ella se aleja, él levanta la mirada de la cuenta y ve a la otra camarera, la que había hecho caer la taza, saliendo de la cafetería vestida con ropa de calle.
* * *
Dan se sentó en la parada del autobús y abrió la libretita.
Estaba en un lugar donde supuestamente ella no podía verlo, pero por si acaso, fingía estar interesado en la libreta.
La abrió en una de las primeras casualidades que había construido. La misión era hacer que cierto empleado de una fábrica de zapatos perdiera el empleo. El tipo era un compositor genial que nunca había sabido que lo era. En la primera etapa, Dan tenía que arreglárselas para que lo despidieran, y en la segunda, exponerlo a la música de tal manera que le hiciera intentar componer algo.
Una tarea bastante compleja para un artífice del azar principiante, pero menos estimulante que otras misiones con las que soñaba.
En aquel entonces, Dan era bastante pretencioso. Había intentado hacer algo que sobrepasaba en mucho sus habilidades de planificación. Releyendo las notas en la libreta, recordó que se había utilizado una cabra particularmente irritable, vacunas contra la gripe y un apagón que paralizó toda la fábrica.
Falló, por supuesto. Despidieron a otro porque él no había calculado correctamente el horario de llegada de los empleados. Eso ocurrió en una época en la que solo se fijaba en el individuo en lugar de contemplar todo el contexto, sin hacer caso de lo que el General había intentado explicarles. No había prestado suficiente atención a los atascos de los jueves por la mañana en el barrio donde vivía su compositor, y otro había estado allí en el lugar y la hora que había programado.
De hecho, el procedimiento que había intentado ejecutar estaba trazado delante de él, en cuatro páginas de la libreta. ¡Cuatro páginas! Maldito sea, ¿quién se había creído que era?
Fue otro el que arregló el despido al cabo de cinco meses. Y también le devolvió al despedido de Dan el puesto que había quedado vacante. Dan no tenía ni idea de quién lo había hecho. Suponía que el coste de su error era que algunas partituras nunca se escribirían.
No todos sus errores se habían reparado de la misma forma. No siempre hay una segunda oportunidad.
Desde el otro lado de la calle vio que la camarera que había hecho caer la taza llegaba a la parada del autobús.
* * *
El mundo entero parece girar en torno al golpeteo rítmico de sus pasos en la acera en este momento. El sonido de su brazo al rozar la ropa, el contacto de la etiqueta en la parte de atrás de la blusa.
Cuando está nerviosa se fija en detalles poco importantes.
No hace mucho que lo ha descubierto.
Es extraño, pero el despido rápido y brusco no es lo que ahora la preocupa, sino la sensación de que no fuera como lo había imaginado. ¿Todo cambia así, sin más, en un segundo? La vida no debería tratarte así. Se supone que va anunciándote lentamente las noticias, sean buenas o malas. No arroja esas piedras en tu estanque y señala los círculos que perturban la tranquilidad del agua con una sonrisa maliciosa. ¿Por qué tiene la sensación de que lo que ha ocurrido equivale a una colisión frontal con un conocido lejano, justo a la vuelta a la esquina?
Había llovido y, a pesar del sol cálido y brillante que ahora inunda la calle, el aire huele a nuevo y un riachuelo marrón fluye por los bordes de la calle hacia la alcantarilla. Justo en el lugar que permite al autobús insolente que pasa por su lado salpicarla y volver a mojarle los zapatos. Otro de esos días.
Simplemente tiene que pasarlo sin lesiones corporales graves, o algo parecido. El día siguiente será más razonable. Tendrá tiempo de evaluar los daños, de examinar meticulosamente sus reductos básicos y de tomar una decisión racional sobre qué camino debe seguir. Y hacia dónde.
Se reprocha su vena dramática. Total, ha sido solo un despido. No es una experiencia determinante para contar a los nietos o al psicólogo. En resumen, un día jodido. Ya has conocido días así. Sois buenos amigos. Nada de dramas, por favor.
Levanta la mano. El autobús puede tardar una hora. Mejor hacer autostop, tomar una larga ducha y meterse en la cama hasta mañana. Ya veremos. Veremos si hay trabajo en alguna parte, qué hacer con el alquiler del próximo mes, cuáles son las instrucciones para lavar los zapatos.
* * *
Dan observa preocupado. Ella no parece suficientemente desanimada. Esperaba un nivel de fastidio medio-alto.
En el fondo, que no esté tan desanimada es bastante bueno. Se mantendrá abierta a otras ideas.
Por otra parte, una ligera frustración sazonada con una pizca de tristeza podría hacerle buscar a alguien en quien apoyarse.
O simplemente empujarla a apartarse de la gente.
«Debería haber cerrado ese ángulo, idiota de mí. Calcular de antemano y con precisión el potencial de fastidio. Es preciso reducir los riesgos de error en todo lo concerniente a la elección. Es la primera lección del curso. De acuerdo, no exactamente la primera. Tal vez más cerca de la quinta.
»¿O era la décima? Ya no lo recuerdo bien.
»En cualquier caso, no parece lo bastante fastidiada.»
* * *
—¿Qué pasa allí? —pregunta él.
—¿Qué? —dice uno que va por la acera y se detiene.
—¿Qué pasa allí? —vuelve a preguntar—. ¿Por qué nadie se mueve?
—Ha reventado una tubería —dice el hombre—. Han cerrado esa calle.
—Ah, ya veo, gracias.
Dará una vuelta. Si gira aquí a la derecha y luego a la izquierda, debería circular por la calle paralela y llegar a… No, esa es de sentido contrario. Tal vez podría girar dos veces a la derecha y luego a la izquierda por aquella calle de sentido único. O puede que no sea de sentido único, sino una calle sin salida. Sharon siempre se reía de él.
—¿Cómo?, ¿cómo pudiste terminar el curso de oficiales si ni siquiera consigues orientarte dentro de la ciudad?
—En la ciudad es diferente.
—Debería ser aún más fácil.
—En el curso no te tenía al lado. Me desconcentras por completo.
Ella solía sonreír de aquel modo tan suyo, con la cabeza un poco gacha. La sonrisa de la Mona Lisa en offside.
—No, no, en serio —decía él—. Mapas, calles, planos, puntos cardinales. Todo se me enreda. Por lo que a mí concierne, en este momento hay solo dos lugares: a tu lado y no a tu lado. Así que, ¿cómo se supone que voy a recordar el camino al cine, eh? Dímelo tú.
Ella se inclinaba un poco y le susurraba al oído: «A la izquierda, al final a la derecha, y en la rotonda, recto, comandante».
Así que los apuntes se han perdido, qué más da. No va a permitir que eso le estropee el día. Cualquier día. Ningún día.
Llegará a casa, arrojará todos los papeles podridos al rincón más oscuro, bajará y sacará del videoclub alguna comedia, la más estúpida que encuentre, alguna de chicos en universidades americanas, o de británicos neuróticos, o de chicas españolas que hablan muy muy rápido, se sentará con una cerveza y cacahuetes, y disfrutará sin sentimiento de culpa.
O tal vez vaya a la playa, es otra posibilidad.
En todo caso, esta noche la cerveza es importante. Se ofendería si la dejaran de lado. Uno no debe meterse con las cervezas, esto lo aprendió por las malas.
Echa la cabeza atrás y ruge. Cada vez que se ve obligado a posponer una tarea relacionada con los estudios, se pone de muy buen humor. Se siente lleno de vida. Le encanta esta zona. Su zona feliz y agradable, la que logra ver en la vida algo que va más allá de lo que hay que hacer, algo que debe fluir a través de él.
«Un día seré maestro zen —piensa—. Meteré a gente en coches y dejaré que se desgañiten a puro rugido.»
Pero hasta entonces, nos conformaremos con ser amables. Ayudar a una anciana, recoger a un autostopista, comprar una flor y dársela a cualquier chica que pase por la calle.
Vuelve a rugir.
* * *
Las personas reaccionan ante las cosas de distintas maneras.
Las personas también tienen debilidades distintas. Él descubrió las de su joven en alguna parte a lo largo de la investigación.
Ninguna de esas debilidades preocupaba a Dan en particular, salvo la dificultad de orientarse por las calles de la ciudad.
Así que le organizó un documental militar la tarde anterior. Le encantaba introducir cambios en la parrilla de transmisiones para influir en el pensamiento de la gente. Es relativamente fácil, y tiene el aroma agradable de una apuesta. Ya no se atrevía a arriesgarse con una apuesta mayor.
Pero ayer, después de ver el documental, tuvo la sensación de que, cuando su estudiante se preguntara por dónde ir ahora, muy posiblemente le viniera en mente algo parecido a izquierda, derecha, izquierda.
En cualquier caso, las otras calles no estarían abiertas.
* * *
Ha pasado demasiado tiempo, piensa ella. Tiene que hacer autostop. O subir a un autobús. Lo que llegue antes. Levanta la mano perezosamente, tratando de calcular las posibilidades de encontrar un nuevo trabajo esa misma semana.
Llega a la conclusión de que no hay ninguna, y justo entonces un pequeño coche azul se detiene a su lado y se abre la ventanilla.
Sin prestar mucha atención, informa en pocas palabras adónde quiere ir y sube al coche. Un segundo después de cerrar la puerta, se percata de que quien está sentado a su lado es el estudiante de la cafetería.
Él mete la marcha, le sonríe de soslayo y arranca.
Y ahora, cuando ya están circulando, aunque la tierra quisiera, no podría tragársela.
* * *
Es encantadora, y callada. Según él, una combinación demoledora.
«Parece que no puedes abstenerte de imaginar que tienes una relación con cualquier criatura del sexo femenino que aparece en tu camino —se reprocha—. Sigue con tu vida, querido.
»Pero, en realidad, si vamos a la playa con una cerveza…»
* * *
En favor del estudiante, hay que decir que justamente había hecho un auténtico esfuerzo.
Ella contó los segundos mentalmente, casi un minuto entero, hasta que él dejó de resistirse y empezó a hablar.
—Espero que no te haya gritado demasiado, ¿eh? —dice sonriendo.
—No, no es de los que gritan. Cuando está nervioso, simplemente habla de una manera muy enfática.
—¿Enfática?
—Acentuando cada palabra. Como. Arena. En. El. Ojo.
—¿Hasta qué punto ha estado enfático esta vez?
—Me ha despedido. —Ella se encoge de hombros.
Medio mirando, medio preocupado:
—¿Qué me dices?
—Lo que te digo. —Nunca había sido tan contundente. «Esa ha sido, querido, la última palabra de la conversación, —piensa—. Espero que lo hayas comprendido.»
Ella tiene un lado así.
Un lado al que le gusta ser cruel en medio de conversaciones corteses, romper la secuencia habitual de preguntas y respuestas obvias, decir la palabra o la frase inapropiada que hará que todos se callen, se sientan molestos, se muevan incómodos y piensen: «Vale, parece que de verdad no quiere hablar».
«No me hables de mi trabajo. No me digas nada. Conduce y basta. Estoy aquí por casualidad. Limítate a conducir.»
—Yo, mmm…, lamento oírlo.
—Yo lamento lo de tus papeles. Vi que todo se te derramaba encima de los apuntes.
—Tonterías. Volveré a fotocopiarlos. —Es su turno de encogerse de hombros.
—Vale.
—Son tonterías, en serio.
—Entiendo. Vale. Pues entonces no lo lamento —se sonríe.
—Mmm… Sí. Soy Ron.
—Shirley.
—Tengo una prima que se llama Shirley.
«Y a mí qué me importa…»
—¿De veras? Qué curioso…
—Sí.
* * *
Dan volvía a contar respiraciones. Es supuestamente más eficaz que contar segundos, lo sabe, pero es problemático cuando el ritmo de tu respiración es irregular.
Sacó el móvil de la cartera y esperó un poco.
Y otro poco.
A esta conversación se la podría llamar póliza de seguro, ¿no?
Marcó el número.
* * *
—Te dejaré en la esquina anterior, ¿de acuerdo? Si entro por aquí, se convierte en una calle de sentido único. Mmm…, me parece.
—Está bien. Ningún problema. —Ella se permitió esbozar una sonrisa.
—Vives cerca de la playa, ¿no?
—Sí, bastante. —Avanzamos un paso.
—¿Vas a la playa a menudo?
—A veces. No mucho. —Retrocedemos dos pasos.
—Yo suelo ir de vez en cuando, me despeja mucho la cabeza.
—Es que a mí no. El ruido de las olas me desconcentra.
—No tienes que concentrarte para despejar la cabeza.
—Si tú lo dices…
Ella sonrió. Una sonrisa buena. Es decir, las sonrisas son siempre buenas, ¿no?
—Puede que vaya esta tarde. ¿Te apetece venir?
—Verás…
—De verdad, no es nada especial. Yo llevaré cerveza, si quieres puedes llevar algo para picar. Nos sentaremos y hablaremos. Lo digo en serio.
—No lo creo.
—Por lo general, esperaría hasta que se desarrolle una conversación, por supuesto. Te cautivaría con todo tipo de agudezas banales. De verdad, no soy de esos tipos que se apresuran, pero, sencillamente, estamos llegando y…
—No estoy en esa onda.
—¿Qué onda?
—La de las relaciones.
—¿Para nada?
—Para nada.
—¿Es una especie de abstinencia?
—Más bien una especie de huelga.
—¿Por qué?
—Es complicado.
—¿Cuánto tiempo llevas en huelga?
—No creo que valga la pena… ¿Qué es ese ruido?
—Creo que viene de tu bolso.
—¡Uy! Es mi móvil, shit. —Busca, busca, busca—. ¿Hola?
—Hola.
—¿Sí?
—¿Eres Miranda?
—No. —Nota que la ceja se le arquea sin querer, está nerviosa.
—¿Hola?
—No, no, no soy Miranda.
—¿Miranda?
—Aquí no hay ninguna Miranda. Se ha equivocado. ¿Hola?
—¿Hola?
—¡Equivocado! ¡Equivocado! —grita.
Cierra el móvil y lo tira en el bolso, que está en el suelo, a sus pies.
—¡Uf! ¡Qué día de locos!
* * *
Dan volvió a guardar el móvil en el bolsillo.
Ya está, ahora solo le queda esperar e irse a casa.
Y pintar la pared.
* * *
—Bien. Me parece que hemos llegado.
—Excelente. Gracias.
—¿Así que no te veré más allí?
—No, me han despedido.
—¿No hay ninguna posibilidad de que rompas la huelga?
—No.
—Estoy mentalmente sano. Del todo. Me han examinado destacados especialistas.
—Estoy segura.
Una última sonrisa, las cejas levantadas.
—¿Ni siquiera una apuesta de uno a mil? ¿Ni me dejarás un número de teléfono?
Debería haber renunciado hace rato.
—No, gracias.
«Me largo.»
* * *
En la pared había un diagrama gigantesco y detallado de la última misión, con un círculo dentro del cual ponía Shirley, otro donde ponía Ron, e innumerables líneas que salían de ellos.
A un lado había largas listas de rasgos de carácter, aspiraciones y deseos.
Y muchísimos círculos unidos entre sí con líneas azules (tareas por ejecutar), rojas (riesgos), punteadas (cosas que podrían suceder) y negras (conexiones que deben tenerse en cuenta). Dentro de cada círculo, con letras pequeñas y vacilantes, ponía Bruno, Yuli, tubería de agua o autobús 65, y unas decenas más de elementos que aparentemente no tenían ninguna relación, como Entrenamiento de reclutas y sueños: el documental,David, técnico de la compañía de TV por cable, o Monique, esposa de David. En el ángulo inferior izquierdo estaba el área de cálculo. Cuánto café haría falta para que la caída de la taza fuera suficientemente espectacular, cuánto perfume debería quedar en el frasco de Yuli, cuántos metros cúbicos de agua fluyen por hora en la tubería, la profundidad deseada de los charcos con los que se topan los autobuses, las canciones que a las niñas les gusta tararear.
También había una lista de técnicos de aire acondicionado, de temas de conversación relacionados con los pelícanos, de códigos de entrada de al menos nueve bancos, de ingredientes de cervezas irlandesas, de programas de televisión en tres países, de cómo se dice ¡buena suerte! en distintos idiomas, de husos horarios, de conexiones asociativas que pueden crearse entre Perú y la leche de cabra, de centenares de detalles en letras minúsculas de distintos colores, de líneas tendidas en todas direcciones para todas las posibilidades, subposibilidades, contextos, pensamientos y combinaciones capaces de conducir a un determinado punto.
Sí, definitivamente, hacía tiempo que no trabajaba con la libreta.
* * *
—Hola.
—Hola.
—Eres Ron, ¿no?
—Sí.
—Parece que mi móvil se quedó en tu coche.
—Sí, estaba en el suelo.
—Creo que se me cayó cuando quería meterlo en el bolso.
—Seguro. Resulta que, después de todo, sí me dejaste tu teléfono.
—En efecto.
Una mitad de mutismo, un cuarto de silencio y una décima parte de tensa espera.
—Mmm… ¿Podrías traérmelo a casa?
—Claro que sí.
—¡Genial!
—Tengo una idea mejor.
—¿Sí?
—Estoy en la playa. ¿Por qué no vienes a buscarlo?
—Mmm… Vale.
—¡Genial!
—Tardaré unos 15 minutos.
—No tengo prisa.
—Pues hasta luego.
—Y… ¿Shirley?
—¿Dime?
—Tengo bebida, así que, si puedes, trae algo para picar.
Ángulos calculados con precisión para el lanzamiento de un teléfono en un momento de rabia, grietas finas y largas en diques de soledad, rugidos que siguen resonando en un coche durante varios minutos después de ser emitidos, al final todo va a converger en un solo punto.
—De acuerdo.
* * *
Noche. Mar. Otro chico y otra chica que se sientan a conversar. Nada especial. Sonrisitas que la oscuridad protege discretamente. Periódicos extendidos por el suelo y otra capa de pintura que se añade a la pared que ya ha visto el mundo por todos lados.
A la pantalla electrónica titulada «Llegada de amores», en algún lugar de un aeropuerto inexistente, se ha añadido una nueva línea.
Debajo de la columna «Observaciones» se iluminan las palabras «Construcción de casualidades de segundo nivel».
Y ha pasado otro día.
Al día siguiente, cuando Dan despertó, todavía se podía notar en el aire el ligero olor a pintura, a pesar de haber dejado el balcón abierto toda la noche para que se ventilara.
Se dio una palmadita imaginaria en el hombro. Despertar naturalmente es otra buena señal. Empiezas a ser un profesional.
Lo bastante profesional como para poder dormirte tras una misión exitosa. Lo bastante profesional como para saber que, después de hacer lo tuyo, no te quedas demasiado tiempo en la escena ni compruebas lo que ha pasado con el cliente. Lo bastante profesional como para no permanecer toda la noche con los ojos abiertos solo para pescar el momento en que el sobre se deslice por debajo de la puerta.
No es que haya conseguido captar ese momento alguna vez de verdad.
A fin de cuentas, siempre se dormía. A veces solo unos minutos, pero era suficiente. Inmediatamente después, descubría que alguien había venido y deslizado un sobre marrón por debajo de la puerta de entrada.
Recordó que una vez estaba acostado esperando el sobre del día siguiente, el cuerpo inundado de adrenalina tras una construcción muy lograda, con la que había evitado que una mujer fuera infiel a su amado. El piso estaba a oscuras, pero había dejado el recibidor en penumbra y colocado la cama en un ángulo que le permitiera ver el sobre cuando llegara.
Recordó haber mirado el reloj a las 4:59. Un parpadeo fatigado y se quedó dormido unos minutos. Cuando abrió los ojos eran las 5:03 y el gran sobre marrón estaba en el recuadro de luz, mofándose de él.
Saltó de la cama, se cayó y se torció el tobillo, pero a pesar de ello corrió hacia la puerta y la abrió de par en par. Echó un vistazo en todas direcciones. La escalera estaba vacía. Escuchó. No se oían pasos. Rápidamente tomó la decisión y, dejando la puerta abierta, se precipitó por la escalera sobre su pie dolorido, cojeando y saltando los escalones de dos en dos, agarrándose fuerte a la barandilla y esforzándose por no gritar de dolor con cada pisada, hasta que llegó a la calle y se puso a mirar a izquierda y derecha como un loco.
Estaba desierta, los virginales rayos del sol habían empezado a calentar el aire frío de la noche.
Dan se quedó de pie, temblando un poco; su mente soñolienta respondía atónita ante la rápida transición de un descanso largo y adormilado a una carrera frenética y dolorosa para meterse en la fría mañana. Unos ligeros estremecimientos en los hombros le transmitieron un mensaje inequívoco de su cuerpo: «Dime, ¿te has vuelto loco?».
Se dio la vuelta y volvió a subir a su casa. Antes de llegar arriba había decidido que, en el fondo, no le importaba para nada quién hubiera metido el sobre bajo la puerta.
Era un profesional, ¿no?
Lo demás no debe importarle. Debe ejecutar la tarea y hacerlo de forma que las casualidades de las que es responsable se produzcan de la manera más limpia y natural posible. Eso es todo.
Se incorpora en la cama despacio, saboreando los minutos durante los cuales todavía no tenía una nueva misión.
Dentro de poco se levantará, irá arrastrando los pies del dormitorio a la sala, y verá el sobre con la próxima misión junto a la puerta. Dentro de casa. La primera página contendrá una descripción general. Promover encuentros amorosos es una misión que se repite mucho últimamente. Puede que esta vez ordenen algo distinto.
Las misiones podían ser cambios en la concepción del mundo, reunificación de familias, conciliación de enemigos, inspiración de obras de arte, una nueva percepción, un revolucionario descubrimiento científico si tiene suerte, vete tú a saber. La primera página contendría descripciones tales como quién está involucrado, algunos antecedentes generales, las personas más cercanas del primer círculo y los recordatorios habituales sobre el cumplimiento de los horarios.
Encontraría unos folletos con información sobre los participantes. Nombres, lugares, influencias, estadísticas sobre la toma de decisiones en situaciones diversas, creencias conscientes e inconscientes. En otro folleto se describiría la construcción recomendable y las repercusiones que deben evitarse. Hace poco tuvo que provocar el encuentro de dos futuros amantes, pero las instrucciones dejaban bien claro que la chica no debía coincidir con ningún familiar del chico antes de encontrarse con él, y que estaba prohibido que el alcohol, en la forma que fuera, estuviera involucrado en el proceso.
Algunos meses antes, las instrucciones indicaban que no se hiciera uso de situaciones clínicas de urgencia con el fin de promover la construcción de la casualidad, cuyo objetivo era despertar en el cliente una nueva percepción respecto de la muerte. Esto había complicado un poco el asunto.
En las últimas páginas, las instrucciones detallarían qué tareas de amplio alcance podrían llevarse a cabo a corto plazo. La explosión del día anterior en la tubería del agua era una de ellas. De hecho, las instrucciones casi obligaban a realizarla, porque estaba programada para facilitar una serie de casualidades más complejas (de nivel cuatro, aparentemente) que debían ocurrir en paralelo. Posiblemente, Dan hubiera podido cumplir la misión sin la tubería. Hay mil maneras de bloquear una calle.
Estas tareas a gran escala siempre habían sido algo problemáticas. Es difícil predecir el alcance de sus repercusiones si las instrucciones no las definen explícitamente. Tal vez fuera posible, pero para este propósito sería necesario trazar diagramas en las paredes de todo un edificio de diez plantas. Dan todavía no había llegado a ese nivel. Para ello se requería un poco más de tiempo.
Y, por supuesto, estaba el formulario habitual de renuncia, que nadie se tomaba en serio. «Por la presente declaro que, en plena posesión de mis facultades mentales, he decidido renunciar al servicio activo…», bla, bla, bla.
Entró en la sala: el sobre estaba allí.
Se permitió no hacerle caso por el momento y se fue al baño, aún con cara de somnoliento.
Esta noche había vuelto a tener el mismo sueño. Cada vez en un lugar diferente, pero el contenido siempre era el mismo. Imágenes borrosas en las que él está en medio de un bosque, en el centro de un campo de fútbol, dentro de la enorme caja fuerte de un banco o encima de una nube suave…
Esta noche estaba en un desierto. Kilómetros y kilómetros de suelo duro y agrietado se extendían ante él, líneas rotas sedientas en una interminable superficie marrón-amarillenta. Movía los ojos sin parar, pero solo veía sequedad hasta la línea del horizonte, y el sol le abrasaba la coronilla.
También en este sueño, como siempre, sabía que ella estaba detrás de él. Espalda contra espalda. Notaba su presencia. Solo podía ser ella.
Intentó darse la vuelta, apartar la mirada del paisaje estéril y volverse para mirarla. Pero como siempre, el cuerpo no le obedecía. Notó una suave brisa en la nuca, intentó pronunciar su nombre y se despertó.
Cada pocos días, como un amigo fastidioso que no entiende las insinuaciones, el sueño llegaba, siempre con una ligera variación. Ya empezaba a aburrirse.
¿Cuándo tendría sueños normales?
Mientras se cepillaba los dientes, dejó que el suave olor de la pintura y la sensación de escozor de una nueva misión lo despertaran. Siempre le había gustado retrasar un poco la apertura del sobre. Al cabo de una hora, con todos los asuntos de la mañana en orden y completamente despierto y lúcido, se sentó en el sofá, puso la taza de café sobre la mesa y, con un ligero cosquilleo en los dedos, lo abrió.
Era especialmente liviano y delgado. Se preguntó por qué sería, y entonces descubrió que dentro solo había un pedazo de papel. Hora, lugar y una frase: «¿Te importaría que te diera una patada en la cabeza?».
En el entorno de los historiadores de la construcción de casualidades, impera la opinión generalizada de que la mención de frases hechas es uno de los tres métodos más antiguos que, aparentemente, se desarrolló aun antes del diseño oficial de métodos clásicos de Jacques Bruffard.
La mención de frases hechas se considera una de las técnicas menos costosas y más simples, y un ejercicio seguro para principiantes y aprendices de artífices del azar. En consecuencia, se practicará la MFH ya durante el primer mes del curso. Sin embargo, dada la complejidad del tema, como lo demuestran los trabajos de Florence Bunshatt, es costumbre que los instructores establezcan de antemano las frases hechas y lugares comunes, y que los aprendices practiquen principalmente los aspectos técnicos de la mención, como la intensidad, la dicción, las pausas y el espaciamiento o ubicación con respecto al objeto.
A lo largo de las próximas semanas se les asignarán distintas frases que deberán practicar a fondo y soltarlas en el lugar y la hora que haya fijado el instructor.
