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Todos guardan un secreto. Todos tienen un motivo. Pero sólo uno ha traído un cuchillo a la fiesta... Para celebrar su graduación, Izzy Morales se une a su mejor amiga Kassidy y a cinco amigos en una elegante escapada ambientada en los años veinte en la glamurosa mansión Ashwood. Allí, Izzy y sus amigos se lo pasan de lujo con vestidos antiguos y diamantes caros. Hasta que el novio de Kassidy aparece muerto. Cuando una fuerte tormenta los atrapa en la isla con dos detectives, estos prometedores jóvenes de la alta sociedad se convierten en los principales sospechosos del asesinato: están la novia del muerto y «la otra», su viejo amigo y su amigo nuevo, el que es todo un misterio... e Izzy, que es la que trajo el cuchillo.
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Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Para Rixie
El cuchillo me quema la mano temblorosa de lo frío que está.
La cerradura de la puerta de Blaine hace clic al echar la llave para que nadie del grupo pueda entrar en la habitación. Están todos ocupados vistiéndose para bajar a tomar un cóctel antes de cenar, pero sería absurdo correr riesgos después de haber llegado hasta aquí.
El antiguo sistema de tuberías de la ducha suelta las mismas explosiones y los mismos pitidos que la caldera oxidada del sótano de Marian Academy. Aun así, contengo la respiración mientras me dirijo sigilosamente al cuarto de baño. Me escondo detrás de la puerta entreabierta y espío por la rendija. Blaine está de pie en la bañera de color amarillo canario, rodeado por una cortina de ducha transparente, casi no se le ven ni la cabeza ni el pecho entre la nube de vapor. El bañador retro de lana que se ha puesto para ir a la playa está tirado formando un montoncito sobre los azulejos.
Todos los cuartos de baño de la mansión Ashwood se han conservado meticulosamente, y el de Blaine está decorado con espejos dorados estilo art déco.
Miro la hoja dorada de mi cuchillo.
Hacen juego.
Si yo fuera de esas personas que creen en las señales, tal vez pensara que el universo estaba de acuerdo con el crimen que estoy a punto de cometer.
Pero yo no soy esa clase de persona. Esa persona le habría contado su secreto a Kassidy hacía semanas, con la esperanza de que el universo la compensara por su buena obra. Yo soy una chica más del tipo «no me jodas el futuro si no quieres vértelas con mi cuchillo». O eso es lo que quiero ser. El temblor de mis manos no dice lo mismo.
Blaine tiene los ojos cerrados y la cabeza levantada hacia el agua que sale de la ducha con ese delicado tamborileo típico de las casas viejas, en suave contraste con los chirridos de las cañerías dentro de las paredes. Es un sonido calmante, como el de la lluvia de primavera, y mi mente retrocede brevemente al día anterior al baile de fin de curso, cuando Blaine bailó en el patio de mi edificio en plena tormenta mientras mi madre, mi hermana y yo nos reíamos desde el soportal.
Tenía un aspecto vulnerable y joven aquel día, igual que ahora, desnudo e indefenso en la ducha. Llevo esperando mucho tiempo este momento. Pero cuando se pasa las manos por el pelo rojizo mientras se aparta despacio de la cara el agua, que sigue su curso bajándole por la espalda pecosa, un abrasador sentimiento de culpa me recorre los brazos y por poco se me cae el cuchillo.
Blaine no se lo merece, lo cierto es que no. Pero yo tampoco. Y no puedo quedarme sentada mientras me destroza la vida.
Agarro el cuchillo más fuerte y entro en el baño.
Una copa se hace añicos. Alguien grita bajo la cubierta cuando el Blood Rose choca contra las olas del mar picado. Kassidy pasa del ruido y sigue hablando.
—Chloe será muy inteligente y todo lo que tú quieras, pero hasta el decano Halliwell se estaba quedando dormido durante su discurso de mejor alumna de la promoción, y eso que ese tío es la persona más aburrida que he conocido en mi vida.
A Kassidy parece importarle poco que Chloe pueda aparecer en cualquier momento y nos pille hablando de ella. Me ajusto las pulseras antimareo y respiro hondo para calmarme. Las tumbonas del yate de Kassidy son un lujo, pero no encuentro la postura adecuada. A lo mejor es que me pone nerviosa tanto oleaje. O a lo mejor se debe a que sé lo que llevo escondido en el fondo de la mochila que tengo a los pies. De un modo u otro, me concentro en ver aparecer Sparrow Island en el horizonte.
Hace fresco para estar en junio, pero el sol brilla en el cielo por encima del agua oscura. Las aves marinas chillan y parlotean en el cielo, y, de vez en cuando, se lanzan en picado al agua fría en busca de peces. Kassidy se ha levantado el vestido de la graduación por encima de los muslos para que no le queden marcas de sol en las largas piernas. Si no fuera tan rica, estaría blanca como el marfil tras el invierno de Maine. Pero cuando pasas las vacaciones escolares en sitios como las Seychelles, terminas teniendo un brillo dorado en la piel todo el año. A mí no me hace falta viajar para estar morena; por algo me apellido Morales.
Oímos el reconocible sonido de un corcho.
—¡Han abierto el champán! —dice Kassidy levantándose de un salto de la tumbona y se acerca corriendo a la barandilla metálica. El Blood Rose tiene varias gradas, de forma que desde cada cubierta se ve el borde de la de abajo—. Tráeme una copa, cariño —le grita a Blaine, inclinándose tanto por encima de la barandilla que no se le ve la cabeza—. Y tráele otra a Izzy.
Me levanto de mala gana y me acerco a ella. Blaine ya no lleva la toga y el birrete, no lleva ni camisa siquiera. Veo su ancha espalda inclinada sobre la mesa; está llenando las copas con una botella tamaño mágnum de un champán que probablemente cueste más de lo que yo gano en Pegasus Books en todo el semestre.
Sonríe a Kassidy, pero se le borra un poco la sonrisa al verme. Me aparto a toda prisa de la barandilla y vuelvo a mi tumbona.
Kassidy se endereza y se recoge de cualquier forma los resplandecientes rizos dorados.
—De todos modos —dice ajena a todo—, creo que tendrían que ser los propios alumnos los que eligieran al encargado del discurso de la graduación. Si no, siempre son los mismos genios cursis soltando el mismo rollo estereotipado de siempre sobre sus esperanzas y sueños.
Asiento con la cabeza escuchando solo a medias. «Ese payaso de Blaine va a cagarla como siga mirándome con esa cara de culpabilidad», pienso. Y tardo un segundo de más en contestar.
—No te quejes, que tú no tienes que ver a los otros padres tratar a tu madre como una paria en la fiesta.
Kassidy pone los ojos en blanco con gesto comprensivo.
—En plan, ¿cómo se atreve a poner mala nota en Matemáticas a sus preciosos bebés? —Se deja caer en la tumbona y sonríe—. Mis padres no se creían que solo me hubiera puesto un bien en Cálculo. Creían que me pondría más nota por ser la mejor amiga de su hija.
Una brisa fría me revuelve el pelo. Las gotas de agua también fría que se levantan del mar y el zumbido del motor hacen que me sienta a millones de kilómetros del apartamento donde vivo con mi familia en Harker.
Me pregunto qué estarán haciendo mi madre y mi hermana sin mí. Me cuesta creer que hace solo tres horas estuviéramos todos metidos en un sofocante auditorio escuchando el discurso de Chloe: «Este es el final de una etapa, la de Marian Academy, pero las lecciones aprendidas nos acompañarán siempre. Cuando salgáis al mundo real y os enfrentéis a los retos que os presente la vida, recordad siempre el lema de la escuela: Fortis fortuna adiuvat!»
La fortuna favorece a los osados.
Pienso de nuevo en la mochila. Me había sentido como una sociópata en ciernes cuando metí en el fondo el cuchillo cuidadosamente envuelto entre los vaqueros. Ahora me pregunto si tendré la fuerza para ser osada.
Se oyen pasos en las escaleras.
—Aquí tienes a tu mayordomo —dice una voz sarcástica.
Me doy la vuelta y me encuentro con Fergus haciendo equilibrios con tres copas de champán. Va vestido con un estilo que él llama eurochic, pero que las malas lenguas del colegio denominan eurogilipollas: pantalones de vestir ajustados verde oliva, mocasines marrones y camisa remangada a la altura de los pálidos codos. Lleva el pelo rubio oscuro peinado con un tupé engominado, como aquellos macarras de los años cincuenta, y tiene unos ojillos marrones que casi no se le ven con esa omnipresente sonrisilla de superioridad.
Saluda con un gesto de la cabeza a Kassidy, que le dirige una sonrisa de rabia contenida. Fergus es el mejor amigo de Blaine desde que eran pequeños, y Kassidy y él llevan años enzarzados en una pelea por acaparar su atención.
—Blaine está demasiado ocupado para servirte —dice Fergus—. Está suplicándole a Ellison que le dé detalles sobre las pruebas de selección de remo para los Juegos Olímpicos del año que viene.
Kassidy y yo cogemos una copa cada una. Fergus brinda con nosotras.
—Por no volver a pisar esa cárcel llena de prima donnas traidoras —dice.
—Pero ¿qué estás diciendo, Gus? —digo yo riéndome—. Si te encanta el colegio.
—Y tú eres el número uno de las prima donnas traidoras —añade Kassidy—, príncipe del teatro.
Fergus la mira con cara avinagrada.
—Supongo que pensarás que Blaine es el rey.
—Está más cerca de un dios —contesta ella, abanicándose el rostro juguetona mientras lo dice, pero yo sé que no bromea. Fue la actuación de Blaine en Almost, Maine lo que los juntó. Cuando lo vio sobre el escenario en nuestro primer año en el colegio, se dejó arrastrar por el fuego de sus ojos azules. Y hasta hoy.
—Qué asco —dice Fergus—. La única razón por la que tantos alumnos asistieron a nuestras producciones teatrales es que la señora Kepler invitó a todos los famosillos de segunda de Hollywood con los que trabaja su padre. Y que alguna vez haya dejado caer algún cotilleo insignificante para que saliera en el periódico del colegio —dice mirándome— no me convierte en un traidor.
Vuelvo a reírme.
—No cambies nunca, Gus.
Los amigos me habían salido como setas en Marian Academy. O más bien, yo había llegado y me había expandido como una especie invasora. Kassidy lloró cuando salimos del colegio por última vez, pero para mí fue un alivio. Alivio por no tener que volver a saludar a mi madre en los pasillos del centro o ver la sonrisita de superioridad de los otros alumnos al fijarse en mi uniforme desgastado o ponerme al lado de Kassidy, una S con curvas junto a una T perfecta. Alivio y esperanza en que las cosas fueran diferentes en la universidad.
—Yo también quiero estar en el brindis —dice una voz profunda desde la escalera.
Unos segundos después, Ellison sube de la cubierta intermedia y choca su copa contra las nuestras con tanto entusiasmo que no sé cómo no se rompen.
—Perdón —dice entre risas—. No controlo mi fuerza.
Fergus pone unos ojos en blanco tan exagerados que parecen huevos duros.
Ellison se apoya en la barandilla, que le llega por la parte de arriba de los muslos. Se ha afeitado para la graduación la barba incipiente que normalmente se le nota en la tez oscura. Todo en él señala a un futuro atleta olímpico. Me sorprende un poco que no haya ido remando hasta Sparrow Island.
—¿Subes, Blaine? —grita Ellison a la cubierta inferior.
Se oyen unas sonoras pisadas subiendo las escaleras. Blaine llega corriendo con la mágnum de champán. La camiseta negra y los vaqueros oscuros contrastan intensamente con las zapatillas blancas de deporte. Blaine siempre opta por ese estilo megacasual tan popular entre los niños ricos que pueden gastarse miles de dólares en las últimas zapas de moda.
—Por fin encuentro la fiesta —dice mientras deja la botella y conecta el móvil a un pequeño altavoz Bluetooth que se saca del bolsillo trasero. Cuando le da al PLAY, un rap a todo trapo ahoga el sonido del viento, que suena como un reactor. El gigantesco reloj que lleva en la muñeca brilla con el sol cuando agarra el champán otra vez y se pone a beber a morro.
—Tu novia estaba alabando tus proezas divinas en el campo de la actuación —dice Fergus con un tono que destila desprecio—. A lo mejor quieres aprovechar que está de buen humor.
Blaine se hace un hueco en la tumbona de Kassidy mientras tira de ella y la pone sobre él con la otra mano.
—Mi chica siempre está de buen humor —dice, ganándose la carcajada de todos los que estamos allí, que hemos sido víctimas de alguna de las rachas de mal humor de Kassidy. Ella se recuesta contra él y se regalan uno de esos besos que la mayoría reservaría para cuando estuvieran a solas.
—No sabía dónde os habíais metido —dice la chica del discurso de graduación con su voz cantarina.
Kassidy y Blaine se ponen tensos y se separan. Ellison se endereza un poco más y se acicala el corto pelo castaño.
Chloe Li sube el último escalón y se dirige vacilante al grupo con la copa de champán aún llena. Como Blaine, ella también viste con estilo casual: vaqueros de cintura alta, top corto deportivo y zapatillas de deporte rojas. Hace poco se ha cortado el pelo negro liso a la altura de la barbilla, y algún estilista con muy mala leche se ha pasado cortándole el flequillo, como haría un crío desalmado con una muñeca Bratz. No es bonito.
Kassidy la mira con el ceño fruncido, se baja del regazo de Blaine y se va al otro extremo de la cubierta. Él deja la botella y va detrás soltando un gemido que todos oyen. Chloe los mira frunciendo el ceño también, pues no está acostumbrada a sus peleas.
Es Ellison quien rompe el incómodo silencio.
—Me ha encantado el número del periódico que dedicasteis a la graduación —me dice, sonriéndome con afecto—. Sobre todo tu retrospectiva sobre la vieja Calloway.
—Kassidy me ayudó —respondo yo—. La doctora Calloway trabajaba de modelo en Nueva York. Le encanta la columna de moda de Kassidy.
—No puedo creer que haya estado dando clase en Marian cincuenta años —añade Chloe, visiblemente aliviada al poder participar—. Se me hace raro pensar que podría no haberos conocido si Calloway no hubiera presionado a la dirección para permitir que se matricularan chicas también.
—Habría sido una gran pérdida para todos —dice Ellison, alargando la copa hacia ella para brindar.
Chloe se sonroja y tengo que girarme para que no me vea sonreír. Aunque hace tiempo ya que no siento mariposas en el estómago por Ellison, aún recuerdo lo agradable que es la sensación. Me alegro de que Nestor no haya podido venir; no le habría gustado ver flirtear a Chloe tan pronto después de cortar.
Fergus, que ha estado mirándolos con hostilidad, interrumpe la conversación.
—¿Dónde está Marlowe?
—Dentro, en los sofás —dice Chloe—. Me ha dicho que prefería terminar de leer su libro a que lo abofetease el aire.
—Típico —murmura Fergus—. Seguro que se marea y no quiere admitirlo.
—O puede que no esté acostumbrado a un yate tan pequeño —bromea Ellison.
Kassidy y Blaine vuelven cogidos del brazo unos minutos más tarde, sonriendo tan felices. Ya se les ha pasado el enfado, fuera lo que fuera. Esa es una de las cosas buenas de Kassidy: que no es rencorosa.
Estoy pensando en ir a acompañar a Marlowe cuando Kassidy da un grito y se pone a dar saltitos de puntillas.
—¡Ahí está! ¡Sparrow Island! —Señala una roca cubierta de hierba y densos pinares que se acerca a toda velocidad. Parece como si a alguien se le hubiera caído un trozo semicircular de bosque en mitad del océano—. No se ve la mansión Ashwood desde aquí porque está al otro lado de la montaña.
—Tenía que haber enviado mi Jaguar en el ferri como te dije —se queja Blaine—. Has traído como diez maletas. No vamos a poder subir la montaña cargando con ellas.
—Tranquilízate —dice Kassidy—. Tenemos varios coches con chófer esperando.
Me doy cuenta de que no quiere mostrar lo satisfecha de sí misma que está y eso despierta mis sospechas. No me contó lo de la semana en la mansión Ashwood hasta hace unos días. Y no dijo nada de esos coches.
Diez minutos después, que a mí me parecen una hora por lo menos, con el estómago revuelto, llegamos al puerto. Los tripulantes saltan a tierra y maniobran con los cabos para acercar el barco a un muelle largo, rodeado de helechos de un vivo color verde. Una vez amarrado, montan una escalerilla a un lado para que podamos bajar sin caernos. Uno de los tripulantes intenta espantar a las gaviotas que andan picoteando restos de comida en el muelle, pero las aves lo rodean como si formara parte del paisaje.
Cojo mi mochila y me la cuelgo al hombro. No es ningún misterio por qué tengo este nudo de nervios en el estómago: siempre me siento igual cuando quiero hablar con Marlowe.
Antes de ir hacia él con prisa mal disimulada para desembarcar juntos, Kassidy me sujeta del brazo y me retiene mientras los demás bajan y recogen su equipaje. No para de dar saltitos, parece que se va a tirar por la borda.
Me olvido de Marlowe un minuto.
—Conozco esa mirada —digo—. Tienes otra sorpresa.
Kassidy sonríe.
—Cómo me conoces.
—Por favor, dime que no son bailarines de estriptis otra vez.
Kassidy se ríe tan fuerte que las gaviotas chillan molestas y salen volando.
—No son bailarines de estriptis —me asegura y se pone seria antes de añadir—: Es una sorpresa para todos, pero quiero que tú sepas que todo esto lo he hecho por las dos. —Me arrastra hacia la escalerilla—. Me muero de ganas de ver la cara que pones. Va a ser la mejor semana de nuestra vida.
Kassidy e Izzy estaban sentadas en su sitio de siempre: las butacas reclinables de cuero verde azulado de la primera fila de la sala de cine que había en la casa de Kassidy. La sala estaba enclaustrada en un rincón del ala este, para que sus padres no oyeran el agudo sonido de la música de las películas antiguas que veían las dos todos los miércoles después de clase.
Esa tarde, Kassidy no era capaz de estarse quieta. Cada cuarto de hora se levantaba de un salto, con su vestido de noche arrastrando por detrás, y hacía una pirueta de ballet.
Izzy zampaba palomitas con mantequilla sin pensar. Por mucho que se esforzara en concentrarse, sus pensamientos estaban muy lejos de la película. No se fijó en su amiga hasta que se levantó de un salto por quinta vez.
—¿Te has tomado algo o qué? —preguntó Izzy cuando Kassidy casi se estampa por dar vueltas tan rápido. En la pantalla estaba El secreto de la daga de rubíes—. No está permitido aburrirse mientras vemos nuestra peli favorita.
Kassidy paró de dar vueltas.
—Voy a decirte dos cosas.
Izzy esperó distraída con Marla Nevercross, la sirena del cine mudo famosa por el puchero que hacía abriendo mucho los ojos y su obsesión por los guepardos. Iban por la parte de la película en la que Marla pilla a su marido seduciendo a Cara Ashwood en la rosaleda.
—¿Y bien? ¿Cuáles son esas dos cosas? —preguntó.
—A ver si lo adivinas —dijo Kassidy sujetándose el pelo detrás de la oreja.
—¿Quieres que adivine dos palabras de todas las que existen en inglés?
—Tiene que ver con la sorpresa del día de la graduación.
Izzy gimió por lo bajo.
—Por favor, dime que no acabaremos detenidas. O muertas.
—Para, para —dijo Kassidy—. ¿Cuándo he planeado yo algo peligroso?
—¿Hace dos años, cuando construimos una canoa siguiendo unos vídeos de YouTube y por poco volcamos en el río? —respondió Izzy—. ¿O el verano pasado, cuando cogimos sin permiso las motos de tu padre y nos fuimos a ese festival de música folk en Canadá?
Kassidy se rio.
—Qué maja la gente que nos encontramos en esos bares de moteros, ¿eh?
—No puedo creerme que no nos pidieran el DNI.
—Con todo el tiempo que te tiraste con el Photoshop —dijo Kassidy, y luego calló—. Este plan es diferente. Es algo... sofisticado.
—¿Cómo que sofisticado?
—Hay una isla.
Izzy se puso a repasar mentalmente las posibilidades.
—A ver si lo adivino. ¿Bucear entre tiburones? ¿Tirarse en ala delta desde un risco sobre el mar? —Sacudió con la mano una palomita que se había caído en la butaca—. Podemos saltarnos la parte chunga e ir directamente a ahogarnos en el mar.
Kassidy suspiró por encima del volumen de la película.
—Te daré una pista si me prometes que lo considerarás con mente abierta.
—Vale. Pero no pienso hacer nada con tiburones.
—No te arrepentirás —gritó Kassidy mientras salía corriendo de la sala.
Izzy oyó las pisadas de sus pies descalzos por la escalera chirriante que llevaba a la cocina del servicio. Se levantó de la butaca y empezó a caminar de un lado para otro mientras Marla Nevercross abofeteaba a su marido en la pantalla. Estaban a oscuras en la sala y hacía fresco, y se estremeció dentro de aquel delicado vestido estilo flapper que había tomado prestado del ropero tamaño industrial de la señora Logan.
El día que la madre de Kassidy se había dado cuenta, en pleno discurso en el baile de fin de curso del colegio, de que uno de sus preciados vestidos de Vionnet tenía manchas de mantequilla en el bajo, les prohibió ponerse su ropa vintage. En los meses siguientes, Kassidy había llevado a regañadientes réplicas de los vestidos, pero había insistido en que la última sesión de cine semanal merecía que se ataviaran con lo mejor del armario de su madre.
Kassidy regresó con dos tintineantes vasos con hielo. El pelo ondulado le tapaba la cara con ese look despeinado y bohemio que muchas chicas del colegio habían intentado copiar sin éxito. Le pasó uno de los vasos.
—Toma tu pista —dijo—. Son sin alcohol. Sé que tu madre se pondría como loca si llegas borracha entre semana y teniendo que ir a clase mañana.
Izzy bebió un sorbo y luego otro. Estaba acostumbrada a las bebidas de ricos que los Logan guardaban en su mueble bar. Cuando los padres de Kassidy se iban de viaje, su hija organizaba fiestas en las que no había barriles de cerveza ni vasos de plástico. Ella era chica de bebidas buenas en vaso de cristal.
—¿Lo adivinas o qué? —preguntó Kassidy.
Izzy no estaba de humor para adivinanzas. Tendría que haberle mentido y haberle dicho que no se encontraba bien para ir a su casa. Si Kassidy supiera el secreto que le estaba ocultando, no querría que volviera nunca más.
—Me rindo —dijo Izzy.
Kassidy frunció el ceño.
—Está claro que hoy te has levantado con el pie izquierdo, así que voy a darte otra pista. Bueno, más que pista es un regalo.
Izzy se frotó las sienes.
—¿Un cóctel con alcohol de verdad?
Kassidy soltó una carcajada.
—No, pero sé que te va a encantar. He invitado a Marlowe a la mansión Ashwood.
Por primera vez en toda la tarde, Izzy le prestó atención.
—¿A Marlowe? —preguntó—. Espera..., ¿te refieres a esa mansión Ashwood? —Señaló la pantalla en la que Marla Nevercross lloraba sobre el cadáver de su marido, tirado en las losetas de la terraza de la mansión de Theodore Ashwood.
—No tenía planeado contártelo, pero ya sabes que no soporto que alguien esté triste.
—Creía que habías dicho que el museo no abría hasta otoño —dijo Izzy.
Kassidy sonrió.
—Con todo el dinero que han donado mis padres para la restauración, nos han hecho el favor.
Izzy se cubrió la cara con las manos.
—¿Vamos a ser los primeros en hacer una visita guiada de la casa?
—Nada de una visita guiada. Vamos a hospedarnos en ella. Una semana entera.
—¿Una semana entera en la mansión Ashwood? —repitió Izzy aturdida. Y luego se acordó de la otra parte de la sorpresa de Kassidy—. ¿Con Marlowe? Te he dicho que ya paso de él.
—Y yo soy tu mejor amiga, y por eso sé que es mentira.
Kassidy tenía razón. Izzy había intentado pasar de Marlowe con todas sus fuerzas. Pero nada. Cada vez que lo veía, sentía que el mundo desaparecía y los dos estaban en un universo burbuja en el que no había sitio para nadie más.
—Tiene novia —dijo Izzy.
Kassidy puso los ojos en blanco.
—Te lo dijo hace meses. Además, vive en Roma. No van a durar ni de coña.
—Ni siquiera te cae bien Marlowe —dijo Izzy—. ¿No va a ser un poco raro pasar una semana los tres juntos?
—Ya te digo —respondió Kassidy con un escalofrío—. Por eso he invitado también a Blaine, Chloe, Fergus y Ellison. Se lo dije a Nestor, pero sus padres se lo llevan a Mónaco después de la graduación a ver a sus abuelos. El dueño ha aceptado alquilarnos la casa en exclusiva, así que estaremos nosotros siete y el servicio. Tu madre me ha dicho que puede ocuparse ella de Caye mientras tú estés de viaje.
La emoción se abrió camino entre la angustia de Izzy. Una semana entera en la isla donde se había filmado su película favorita. Y no solo eso. Una semana entera con Marlowe y sin supervisión adulta.
Hasta el momento, su relación con él no era gran cosa. Saludos con la cabeza por los pasillos del colegio y alguna conversación incómoda en Pegasus Books, pero eso no le había impedido soñar con que comían juntos en el patio o se besaban en el almacén.
Eso último lo imaginaba en bucle cuando estaba en la librería y no entraba nadie a comprar.
—¿Qué tiene que ver tomarnos un cóctel con la mansión Ashwood? —preguntó Izzy, acordándose de repente de la pista.
Kassidy se encogió de hombros con desinterés. Demasiado.
—Theodore Ashwood construyó la casa en 1920 y en aquella época estaba de moda beber el cóctel French 75. —Izzy abrió la boca para meterle prisa y que dijera ya lo que se estaba guardando, pero Kassidy la interrumpió—. Sshh, nos vamos a perder la escena final.
Vieron a los actores representar la lacrimógena despedida final en la película muda. Según se le iba pasando la sorpresa inicial, una chispa de esperanza se encendió para Izzy: Blaine también iba a ir a la mansión Ashwood.
En una finca tan grande, en medio de una isla remota, no le costaría mucho hablar con él en privado. Tal vez fuera la oportunidad ideal. Tendría que estar preparada.
Cuando terminó la película, volvieron a la habitación de Kassidy y se pusieron otra vez su ropa.
—No puedo creer que al final no vayas a París —dijo Izzy, dejándose caer en un puf de color rosa chicle. Estar un rato en la habitación de Kassidy era como quedar atrapada en una casa de muñecas. Absolutamente todo estaba lleno de colores pastel, volantes de encaje y peluches achuchables—. La mansión Ashwood es increíble, pero no es el Louvre.
Kassidy contempló la puesta del sol detrás de las colinas por los grandes ventanales. Tenía esa clase de belleza que daba a los estudiantes de arte ganas de pintarla, y a la luz del atardecer parecía un ángel de Thayer.
—Puede que sea la última vez que estemos todos juntos —dijo—. Todo cambiará cuando vayamos a la universidad.
—Tú y yo seguiremos siendo mejores amigas, Kass.
Kassidy la miró con una sonrisa torcida.
—Lo sé, pero Blaine estará a más de mil kilómetros. Y la gente no para de decirme que las relaciones a distancia están condenadas al...
Unos gritos interrumpieron las palabras de Kassidy y unos pisotones hicieron temblar el ventilador del techo. Izzy miró hacia arriba alarmada.
—¿Desde cuándo se gritan tus padres?
—No es nada. Cosas del trabajo de mi padre. —Se apartó de la ventana—. Le diré a Miguel que saque el Bentley.
El chófer dejó a Izzy en el bloque de apartamentos a las afueras donde vivía. Era un edificio de ladrillo de tres plantas con aceras irregulares y rejas en las ventanas. Su madre estaba corrigiendo exámenes en la mesa redonda de la enana cocina.
—¿Tienes tarea? —preguntó en español.
Izzy negó con la cabeza y respondió en inglés.
—Solo quedan dos días de clase. Eres la única profesora que sigue mandando deberes a los de último curso.
—En el mundo real no hay vacaciones.
Izzy sacó un refresco de naranja del frigorífico.
—Mis amigos no tendrán que enfrentarse nunca al mundo real.
Su madre resopló como un toro.
—El dinero no te protege de todo —respondió mientras regaba de cruces rojas los exámenes.
Su madre llevaba dando clases en Marian Academy desde el primer año de secundaria de Izzy. Oía cuchichear que solo la habían contratado porque era latina, pero las críticas le resbalaban como agua sobre papel parafinado. A veces pensaba que los otros profesores envidiaban a su madre por ser joven. Se había quedado embarazada de ella cuando estaba en el instituto y no había terminado los estudios hasta después de tener a Caye. Izzy contempló el largo pelo rizado y la tez suave de su madre y se preguntó si ella sería igual de guapa cuanto tuviera su edad. Pero rápidamente sus pensamientos se ensombrecieron: la belleza no siempre era una suerte.
—¿Me estás escuchando, Isadora?
Cuando la cocina recuperó la nitidez a su alrededor, Izzy se dio cuenta de que su madre llevaba un rato llamándola.
—Caye te está esperando. Ve a darle las buenas noches para que pueda dormirse.
Izzy se bebió de un trago lo que quedaba de refresco y fue por el pasillo hasta la habitación de su hermana, sorteando la silla de ruedas plegada sobre la pared.
Caye estaba en la cama con un pijama estampado demasiado infantil para su edad, abrazada a un viejo gato de peluche.
—¡Ya has llegado! —chilló.
Izzy le pidió que bajara la voz.
—Perdón —dijo Caye con los ojos muy abiertos—. Se me había olvidado que no hay que hacer ruido.
—No pasa nada —la tranquilizó—. Es que no queremos que los vecinos se quejen otra vez.
Caye extendió el dedo y se lo pegó a la boca.
—No estabas —susurró.
—Estaba en casa de Kassidy —respondió. Se dio cuenta de que Caye no sabía bien a quién se refería, aunque había visto a Kassidy cien veces en los últimos cuatro años—. ¿Necesitas algo antes de que apague la luz?
—Mamá me ha ayudado a ducharme.
—Qué bien, Caye. ¿Algo más?
—Me ha lavado los dientes.
—Entonces a dormir.
Caye le tendió una mano apretada.
—Canta la canción de la luna.
Izzy siempre se sentía ridícula cuando cantaba en voz alta, pero Querida luna era la canción favorita de Caye y decepcionarla era como darle una patada a un perrito. Cantó los versos que su padre les había enseñado de principio a fin. Cuando terminó, su hermana tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos dejaban a la vista los dientes. Izzy sintió un arrebato protector que le golpeaba las sienes. Le entraron ganas de abrazarla como si quisiera escudarla del ataque de una granada, pero se contuvo y fue al cuarto de estar.
Su madre salió al pasillo. Se había puesto una camiseta de tirantes y pantalones cortos para dormir y llevaba un vaso de agua en la mano.
—¿Lo has pasado bien con Kassidy?
Había en su voz un tono cómplice que sugería lo que en realidad quería decir.
—Kass me ha contado lo del viaje a la mansión Ashwood —dijo Izzy—. Gracias por dejarme ir.
Los altos pómulos de su madre se tiñeron de rosa. Izzy y ella no habían hablado mucho en el último mes. Entre Caye, las clases y el trabajo, las dos estaban tan ocupadas que podían pasarse días enteros sin hablar más que lo básico.
—De nada. No quiero que te preocupes por Caye y por mí. Así practicarás para cuando te vayas a la universidad.
Su madre se fue a la cama e Izzy transformó el cuarto de estar en dormitorio. Caye tenía que dormir diez horas seguidas por lo menos, y el apartamento solo tenía dos dormitorios, por lo que ella dormía en el sofá cama. Sacó el delgado colchón de debajo de los asientos y puso varias almohadas encima. Después corrió la cortina que separaba el sofá cama del resto del salón y la cocina, y se acostó.
Su beca de la universidad de Brown incluía habitación individual. Era tanta la necesidad de tener un espacio para ella sola que daba casi miedo. Todas las noches imaginaba que dormía en una cama de verdad y tenía una ventana que daba a una zona de césped donde no la despertaban los camiones de la basura al amanecer.
Algunas personas contaban ovejas para dormir; Izzy contaba los días que faltaban para que empezara el semestre de otoño.
Y entonces pensó en Caye y sintió que la rabia le subía por la garganta. Se había dejado los cuernos para ir a una universidad de la Ivy League, pero como no actuara rápido, se quedaría sin habitación individual, sin vistas al jardín y sin universidad. Se quedaría atrapada para siempre en aquel apartamento.
La semana en la mansión Ashwood era la solución, si tenía la audacia suficiente para hacer lo que se había propuesto. Tumbada en el cuarto de estar escuchando los gritos que llegaban del aparcamiento y clavándose los hierros de debajo del colchón a pesar de todas las almohadas, decidió que estaba dispuesta a lo que fuera con tal de escapar de aquella vida.
Marlowe ya ha bajado por la escalerilla cuando Kassidy y yo salimos del yate. Al final del muelle hay una pequeña terminal de ferri que parece aún más enana entre los abedules. Diviso el pelo oscuro y ondulado de Marlowe justo cuando atraviesa las puertas automáticas de cristal. Chloe y Ellison van por la mitad del muelle, observando algo con los prismáticos. No se ve a Blaine por ninguna parte.
Por detrás de la terminal parte una estrecha y sinuosa carretera que sube por la colina hasta llegar a la escarpada cima. Los altos acantilados bajan hasta el agua, donde las olas rompen contra las rocas que asoman como una nidada de huevos negros de dinosaurio.
—La gente dice que Sparrow Island parece un diente de gigante —dice Kassidy.
Intento imaginar a un gigante con la boca abierta bajo el océano.
—Puede, si el gigante tuviera los dientes cubiertos de frondosos árboles y flores silvestres.
De pronto alguien por detrás de mí me tira con fuerza de la mochila y luego la suelta.
—¡Bumerán! —grita una voz familiar.
Llevo la mochila tan atestada de cosas que el efecto rebote me empuja hacia delante y me caigo de boca en el muelle con un chillido.
—¡No tiene gracia, Blaine! —grita Kassidy mientras me ayuda a levantarme—. Perdona, Izzy. Está así de gilipollas porque su padre está demasiado ocupado ojeando jugadores de baloncesto en Europa para asistir a la graduación de su hijo.
Blaine frunce el ceño y las mejillas se le ponen casi tan rojas como el pelo.
—Como si me importara. Estaba de broma.
—No pasa nada —digo yo mientras compruebo que no se me ha metido ninguna astillita en las manos—. Vamos con los demás.
Acelero un poco y me adelanto, pero no tanto como para no oír a Kassidy reñir a Blaine en voz baja y enfadada. Blaine lleva gastándome bromas pesadas desde nuestra pelea, y justo por eso he estado evitándolo. Si Kassidy se ha dado cuenta, no me ha dicho nada.
Estoy casi en la terminal del ferri cuando Kassidy llega corriendo y enlaza el brazo con el mío.
—¿Estás lista? —dice con una sonrisa nerviosa de la emoción.
—¿Por qué hay una terminal de ferri para una sola casa?
—Theodore Ashwood insistía en que le trajeran la comida y el correo desde tierra firme todos los días —explica Kassidy—. Cuando murió, su sobrina vino a vivir a la casa y cogió dinero de la fundación Ashwood para mantener la terminal. Mi madre dice que hizo bien, porque cuando el museo abra, recibirán varios barcos diarios de Bar Harbor.
La terminal tiene lo básico: baños, taquilla, varios asientos llenos de arañazos parecidos a esos viejos bancos de las iglesias. El único guarda de seguridad está sentado en la taquilla leyendo un manoseado libro de bolsillo. Debe de estar esperándonos, porque apenas levanta la vista del libro, y sigue a lo suyo. Las puertas automáticas del otro lado de la terminal se abren con un chirrido grasiento cuando nos acercamos. Al ver lo que nos espera fuera, me paro en seco.
Delante de nosotros hay dos Rolls-Royce Silver Ghost descapotables, réplica exacta de los que salen en El secreto de la daga de rubíes.
—¡No me jodas! —grito y salgo corriendo hacia el coche más cercano, sin importarme un pimiento si Marlowe, que ya está sentado en el asiento trasero del otro Rolls-Royce, piensa que soy idiota.
Rozo con los dedos el guardabarros curvo, subo de un salto en el estribo y acaricio los asientos de cuero.
—¿Cómo los has traído hasta aquí? —pregunto a Kassidy.
Se le forman hoyuelos al sonreír mientras baila animadamente en círculos.
—¡En el ferri! —Se agacha a examinar uno de los adornos de la capota—. Encontrarlos fue lo más difícil. Ya no son muy habituales.
—¿Son originales? —pregunto ahogando un grito.
Kassidy se ríe.
—En estos asientos han plantado el culo personas reales de los años veinte.
—¿Esta era la sorpresa?
—El principio —contesta ella con tono misterioso y mira el móvil—. Tenemos que irnos. Quiero llegar a la casa antes del atardecer. —Se mete en el coche con Blaine, Fergus y Ellison—. Aquí ya no hay sitio —me dice guiñándome un ojo—. Tendrás que ir con Marlowe.
Pongo los ojos en blanco y sigo a Chloe al otro coche, donde Marlowe está sentado leyendo un tocho encuadernado en tela. Nos saluda con un gesto de la cabeza y vuelve a sumirse en su libro.
Chloe observa detenidamente el tomo mientras el coche se pone en marcha.
—Anna Karenina —dice, leyendo las letras grabadas en color dorado—. ¿Está bien?
Marlowe levanta otra vez la cabeza y la brisa le revuelve el pelo ondulado cuando el chófer acelera para subir por la tortuosa carretera salpicada de jacintos de bosque. El sol le resalta las pecas que tiene debajo de los ojos. Su piel es tan morena como la mía, herencia de su madre griega, e increíblemente suave, como un guijarro alisado por el agua del océano.
—Romántico pero triste —responde y me mira—: Creo que hicieron una película en los años treinta.
Me pilla tan de sorpresa que sepa de la existencia de la película y que me hable a mí directamente que me aturullo.
—Con Greta Garbo. Es una de las favoritas de Kassidy.
—¿Veis muchas pelis antiguas Kassidy y tú? —pregunta Chloe.
—Mogollón —respondo—. A Kassidy le encanta el glamur de la era del jazz. Quiere ser diseñadora de vestuario.
Chloe suspira.
—Leo todas las semanas su columna de moda en el periódico del instituto, pero sigo sin saber crear buenos estilismos.
Se produce un silencio incómodo que trato de llenar con algo. Ninguno de nosotros había salido mucho con Chloe antes de que Nestor la invitase al baile de fin de curso, de modo que solo sé tres cosas sobre ella: ha sido la primera de la clase desde el primer curso, juega al lacrosse y su madre es una importante ejecutiva de no sé qué compañía de inversiones china.
—¿Lo pasaste bien en el baile? —pregunto por fin.
Chloe abre mucho los ojos, como si le hubiera pedido que me dejara leer su diario. Le tiemblan las manos y se le cae al suelo el bolso del que sale un pintalabios, la cartera y un tubito rojo. El traqueteo del coche empuja el botecito, que sale rodando hasta que choca con una de mis zapatillas. Lo cojo y busco el nombre, pero no tiene ninguna etiqueta, no tiene pulverizador siquiera. Solo un tapón de rosca negro.
Chloe me lo quita de la mano y lo guarda todo en el bolso. Luego se sienta muy tiesa, con las mejillas encendidas por el esfuerzo.
—El baile fue muy divertido. Bailo fatal, pero me gustó mucho igualmente.
Mi olfato de periodista para los cotilleos se despierta al ver su reacción a mi pregunta. Pero antes de que pueda seguir indagando, tomamos una curva y la mansión Ashwood aparece ante nosotros.
—Alucina... —masculla Chloe. Hasta Marlowe saca la cabeza de su libro interesado.
La finca está situada casi en la cima de la colina, sobre el mar. Abajo, las olas azotan los acantilados, copas de espuma blanca rompen contra las rocas antes de que la corriente las arrastre otra vez hacia dentro. La piedra gris de la casa tiene un acabado envejecido por el ambiente salino, como si hubiera estado sumergida. Terrazas llenas de rosas y senderos de roca bajan por la ladera hasta el océano, y son tantas las flores silvestres que rodean la propiedad que te da la impresión de que el color se desdibuja, como en un cuadro de Monet. A lo lejos, por detrás de la casa, se levanta un espeso pinar, oscuro e impresionante.
Es como si alguien me hubiera puesto un filtro Technicolor delante de los ojos. Jamás habría adivinado por las escenas en blanco y negro de El secreto de la daga de rubíes el colorido y la viveza de los jardines o las numerosas tonalidades de gris que el sol arranca a la piedra. Y aun así hay algo frío y melancólico en esta casa, como si hubiera absorbido el deseo de reclusión que había hecho famoso a su dueño original.
—Ahora entiendo por qué la han convertido en museo —dice Chloe—. Es preciosa.
—Pues espera a ver el interior —dice Marlowe—. Es como entrar en una cápsula del tiempo.
—¿Cómo es que ya has estado dentro? —pregunto. Theodore Ashwood permitió al equipo de rodaje grabar solo la fachada y los terrenos de la casa. No he visto ni una sola foto del interior.
Marlowe se sonroja, como si se le hubiera escapado un secreto que no debía contar.
—Mi madre está en la junta del museo con la señora Logan. La dueña nos permitió hacer una visita hace unas semanas. ¿No te lo ha dicho Kassidy?
Niego con la cabeza.
—Supongo que quería que fuera una sorpresa —digo, tratando de no parecer celosa. Típico de Kassidy: guardar secretos para no herir mis sentimientos.
Los coches entran en el camino de grava que llega a la fachada delantera de la mansión. El personal del servicio espera en fila delante de la puerta vestido con uniformes antiguos. Todos ellos se parecen algo a mis padres, y eso me recuerda con alarmante claridad que yo no pinto nada aquí. Mis amigos van de vacaciones de verano a sitios maravillosos de todo el mundo, mientras que yo rara vez me he alejado de nuestro apartamento más de quince kilómetros.
Nuestra familia solo ha ido de vacaciones una vez. Mi madre nos llevó en coche a Caye y a mí a una playa llena de gente cerca de Boston cuando yo tenía catorce años, pero mi hermana se puso mala y tuvimos que volvernos antes de tiempo. Con lo caro y difícil que es encontrar alojamiento accesible para la silla de Caye no hemos vuelto a intentarlo.
Veo a los chóferes entregar nuestro equipaje a los criados, que suben los escalones cargando con las pesadas maletas. La emoción que me ha acompañado desde Harker hasta Sparrow Island se convierte en miedo. No puedo dejar que mi vida sea así. No puedo hacer lo que hacían mis padres cuando yo era pequeña: tener que meter las manos en hielo después del largo día de trabajo, discutir sobre qué pagos podían aplazarse más tiempo, pelearse con los hospitales a cuenta de los cuidados que necesitaba Caye.
Uno de los criados intenta coger mi mochila, pero niego con la cabeza y aprieto tanto las correas que se me van a quedar las marcas en los hombros. Pensar en Caye me ha recordado lo que está en juego. Nadie puede ver el cuchillo. Solo tengo una oportunidad. Debo asegurarme de no fallar.
Marlowe tiene razón. Entrar en la mansión Ashwood es como entrar en una cápsula del tiempo muy bien conservada.
Chloe se queda boquiabierta al pasar al vestíbulo detrás de Kassidy y de mí.
—Este sitio no parece real —dice.
—Mi madre se quedaría horrorizada con la decoración —dice Blaine riéndose y observando el mobiliario y las curiosidades con el ojo experto de alguien que tiene una madre diseñadora de interiores—. Es lo opuesto al minimalismo.
Al contrario que la deteriorada fachada, el interior de la mansión es cálido y acogedor. Una majestuosa escalinata sube sinuosamente desde el vestíbulo hasta la primera planta. Óleos de intenso colorido cuelgan de las paredes y el sol del atardecer se filtra a través de las vidrieras tintadas descomponiéndose en fragmentos de color sobre los suelos de roble. Jarrones rebosantes de lavanda recién cortada llenan los aparadores de madera labrada, inundando el vestíbulo de un perfume dulce y delicado.
Me siento como una andrajosa con mis vaqueros y mi camiseta, un anacronismo que la casa podría expulsar de un momento a otro.
Los robustos criados suben nuestro equipaje a la planta de arriba mientras nosotros damos vueltas por la de abajo. Al fondo de la casa, Kassidy y yo encontramos una salita con un piano de media cola y rígidos sofás de terciopelo alrededor de la chimenea encendida. La sala es formal pero cómoda, el tipo de lugar en el que los invitados jugarían a las cartas y tomarían whisky con soda. Hay unas altas balconeras enmarcadas por unas cortinas de color índigo abiertas de par en par. Kassidy y yo las cruzamos y salimos a la terraza.
Desde allí se observa el estallido de color de las flores silvestres que tapizan toda la colina. Al final de un sendero largo y polvoriento bordeado por rosaledas, un alto acantilado cae recto sobre el agua. Aparte del sonido lejano de las olas y el zumbido de las abejas, todo está en silencio.
—No puedo creer que esté aquí —susurro porque no quiero romper la calma—. Marla Nevercross bebía cócteles en esta terraza. —Señalo el acantilado—. Y por allí tiraba Cara Ashwood la daga de rubíes después de asesinar al marido de su hermana.
Kassidy sonríe y me aprieta la mano. Estoy a punto de decir algo sobre la visita guiada privada, pero al final me callo. Conozco a Kassidy. La visita guiada le da lo mismo, pero este momento sí es importante.
—Creo que ha llegado el momento de la sorpresa final —dice.
Vuelvo con ella al vestíbulo, donde los demás nos esperan. Coge aire profundamente y noto un cosquilleo de expectación.
—Sé que queréis ir a vuestras habitaciones a deshacer las maletas, pero antes tengo que deciros por qué estamos aquí.
—¿Porque es una casa cojonuda en una isla privada? —dice Ellison, como si no hiciera falta ninguna otra explicación.
Kassidy sonríe.
—Es mucho más que eso. Estamos pisando un trozo de la historia del cine.
—Ya empezamos —murmura Fergus.
Kassidy señala con un amplio movimiento del brazo señalando las antigüedades y las obras de arte.
—Theodore Ashwood construyó esta casa en 1926 con el dinero que ganó vendiendo alcohol durante la ley seca. Solía dar fiestas salvajes en esta casa...
—Como las mías —dice Blaine con una sonrisa de pícaro.
Kassidy arruga la nariz.
—A su lado, las tuyas parecen fiestas de cumpleaños infantiles. —El rostro de Blaine se ensombrece, pero los demás nos reímos—. La hija adolescente de Theodore, Cara, a la que llamaba cariñosamente «gorrión», anhelaba convertirse en estrella de cine, de modo que su padre le dijo a Fabrizio Ricci que le dejaría rodar su siguiente película en la mansión Ashwood si le daba a Cara uno de los papeles protagonistas. Y eso hizo. —Se le ablanda la expresión—. Y estaba perfecta. Tanto que el otro protagonista se enamoró de ella y la convenció para que huyeran de Sparrow Island y del padre de ella.
Kassidy hace una pausa efectista, pero todos menos Marlowe y yo tienen la vista clavada en el móvil y no le hacen caso, así que decido intervenir.
—¿Por eso decidió recluirse Theodore?
Kassidy niega con la cabeza.
—Tras huir de aquí, la vida de Cara se convirtió en una tragedia como las películas de Ricci. Empezó a beber, dejó al actor para irse con el encargado de una taberna clandestina y murió sola en un motel de mala muerte en Boston. —Suspira—. Cuando perdió a su gorrión por culpa precisamente de aquello que lo había convertido en un hombre rico, Theodore Ashwood se encerró en la mansión y no volvió a pisar tierra firme. Todo lo que vais a ver en la casa esta semana, los sofás en los que os vais a sentar, los platos en los que vais a comer, las duchas en las que os vais a lavar, todo ello son sus últimos y solitarios recuerdos.
Se produce un silencio.
—Qué manera de cortar el rollo —dice Blaine.
Kassidy sonríe.
—Pero sé cómo recuperarlo. Os he preparado una sorpresa.
Algo en su voz hace que todos levanten la vista de los móviles alarmados. El ambiente se tensa, como si fluyera una corriente eléctrica entre todos nosotros.
