Asesinato en el lago de Garda - Tom Hindle - E-Book
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Asesinato en el lago de Garda E-Book

Tom Hindle

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Beschreibung

Una pareja feliz. Dos familias divididas. Una boda de muerte. En la isla privada de Castello Fiore, rodeada por las resplandecientes aguas del lago de Garda, en Italia, la ilustre familia Heywood se reúne para celebrar la esperada boda de su hijo Laurence con la influencer italiana Eva Bianchi. Pero justo cuando empieza la ceremonia, un grito espeluznante hace que todos se queden atónitos. Alguien ha asesinado a Eva, la flamante novia. Con los huéspedes atrapados en la isla a la espera de que llegue la policía, salen a la luz viejos secretos que ponen en riesgo el delicado equilibrio en el que se encuentran los invitados a la boda. Todos están ansiosos por averiguar quién es el asesino. Y más importante todavía, ¿lograrán encontrarlo antes de que vuelva a cometer un crimen?   Mejor thriller del mes según las librerías Waterstones

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Seitenzahl: 439

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Asesinato en el lago de Garda

Tom Hindle

Traducción de Patricia Mata

Página de créditos

Asesinato en el lago de Garda

Primera edición: marzo de 2025

Título original: Murder on Lake Garda, publicado originalmente en Century, un sello editorial de Cornerstone. Cornerstone es parte del grupo de empresas que forman Penguin Random House Group.

© Tom Hindle, 2024

© de la traducción, Patricia Mata Ruz, 2025

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.

Diseño de cubierta e ilustración: © Patrick Knowles

Dirección de arte: Emma Grey Gelder

Corrección: Julio Monterroza, Raquel Bahamonde

Publicado por Ático de los Libros

C/ Roger de Flor, n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10

08013, Barcelona

[email protected]

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-19703-87-3

THEMA: FFJ

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Contenido

Portada

Newsletter

Página de créditos

Sobre este libro

Dos días antes de la boda

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Un día antes de la boda

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

El día de la boda

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Quince minutos antes de la boda

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

La una en punto

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Las dos en punto

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Las tres en punto

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Una semana después

Capítulo 61

Capítulo 62

Agradecimientos

Sobre el autor

Asesinato en el lago de Garda

Una pareja feliz. Dos familias divididas. Una boda de muerte.

En la isla privada de Castello Fiore, rodeada por las resplandecientes aguas del lago de Garda, en Italia, la ilustre familia Heywood se reúne para celebrar la esperada boda de su hijo Laurence con la influencer italiana Eva Bianchi. Pero justo cuando empieza la ceremonia, un grito espeluznante hace que todos se queden atónitos. Alguien ha asesinado a Eva, la flamante novia. 

Con los huéspedes atrapados en la isla a la espera de que llegue la policía, salen a la luz viejos secretos que ponen en riesgo el delicado equilibrio en el que se encuentran los invitados a la boda. Todos están ansiosos por averiguar quién es el asesino. Y más importante todavía, ¿lograrán encontrarlo antes de que vuelva a cometer un crimen?

Mejor thriller del mes según las librerías Waterstones

«El nuevo heredero de Agatha Christie.»

Ragnar Jónasson

«Nadie asesina mejor que Tom Hindle.»

Adam Simcox

«Inteligente, convincente y brillantemente atmosférica, esta es una novela policíaca clásica en el mejor sentido.»

Katy Watson

«Inteligente, original y muy entretenida.»

The Observer

«Hindle es nuestro nuevo proveedor de misterios a la vieja usanza. Como si Christie volviera a escribir.»

The Guardian

«Una historia trepidante y retorcida de glamour, intriga y asesinato a orillas del lago de Garda.»

The Herald

Para Lynn

Laurence Heywood y Eva Bianchi solicitan la compañía de:

Por parte de la novia

Vito y Paola Bianchi

Dina Bianchi

Giulia Russo

Beatrice Marino

Por parte del novio

Margot Heywood

Jeremy Lambourne

Stephen y Abigail Dalton

Chadwick Grant

Miles Allen

Toby Heywood y Robyn Whitford

También asistirán

Sofia Greco

Harper Bale

Cam Nolan

Cuando Stephen Dalton oyó el grito, él y el novio llevaban varios minutos ya de pie en el altar, esperando a que llegara la novia.

A Laurence no parecía preocuparle en absoluto el retraso de su prometida y pasaba el rato charlando con el oficiante. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Stephen tan solo era el padrino y, sin embargo, aquella desviación del plan lo estaba poniendo más nervioso de lo que lo había estado minutos antes de su propia boda.

Pero Laurence era así. Desde que se conocían, nunca lo había visto asustado. Con un ápice de resentimiento, Stephen dedujo que aquello debía de ser consecuencia de caminar por la vida sabiendo que tienes una red de seguridad de oro puro.

El sol era abrasador. El castillo Fiore estaba ligeramente elevado; un sendero corto subía en pendiente desde el embarcadero hasta las puertas. Una vez dentro, había que subir una empinada escalera antigua para llegar a la terraza, donde tendría lugar la ceremonia. Las vistas desde allí eran impresionantes. A menos de kilómetro y medio, en la playa más cercana, Stephen divisaba los tejados de terracota y las casitas de tonos pastel. A sus espaldas, las montañas se alzaban hacia el cielo y daban la impresión de estar en un cuenco, y respecto al agua… En el vuelo hasta Verona había leído que el lago de Garda medía cincuenta y un kilómetros de punta a punta. Al verlo en persona, el lago, de un color azul radiante, parecía alargarse hacia el infinito hasta que, en algún punto del horizonte, el agua y el cielo se fundían.

A un lado de la terraza, habían dispuesto un toldo que protegía del sol una mesa con un mantel de color blanco impoluto, además de los asientos para la novia, el novio y el oficiante. Y era precisamente a la sombra de ese toldo donde en ese momento esperaban Stephen y Laurence. Los invitados no habían tenido tanta suerte: sus sillas quedaban expuestas al calor del mediodía. Algunos de ellos, los ingleses, tenían un tono rojo preocupante, aunque incluso los italianos al otro lado del pasillo empezaban a pasarlo mal. La luz se reflejaba en las monturas de las gafas de sol de marca y el sudor perlaba las frentes.

Stephen miró a su alrededor, contempló la pequeña congregación a sus espaldas y su mirada se encontró con la de Abigail. Le sonrió brevemente, pero su esposa no le devolvió el gesto. No podía culparla. Simplemente alegraba de haberla convencido de que no cogiera un avión para volver a casa.

Se giró de nuevo hacia delante y observó el lago. El cuarteto de cuerda interpretaba una canción, pero nada conseguía distraer a los invitados de aquel calor cada vez más insoportable. Laurence le sonrió, y Stephen se dio cuenta de que llevaba un minuto o dos sin prestar atención. Forzó una sonrisa y se miró el reloj.

Diez minutos de retraso.

¿Qué narices estaba haciendo Eva? No podía haberse perdido de camino a la ceremonia, y tanto ella como su cortejo nupcial llevaban toda la mañana en la isla. ¿Había cambiado de idea? ¿Se había echado atrás en el último momento?

Lo más probable era que estuviera con la fotógrafa. A fin de cuentas, iba a salir en la portada de una revista. No le preocuparía ni lo más mínimo tener a todos los invitados esperando en ese calor sofocante con tal de conseguir la foto perfecta de camino al altar.

Sintió un rencor repentino y deseó con más fuerzas que nunca que Laurence y Eva jamás se hubieran conocido. Incluso cuando iban al colegio, siempre había parecido como si los chicos fueran más socios que amigos. Stephen siempre hacía todo el trabajo y Laurence se atribuía el mérito. No era perfecto, pero para Stephen, que había conseguido una plaza en Rushworth gracias a una beca creada para que la institución pareciera un poco menos elitista, siempre había funcionado. El hecho de que Laurence quedara embelesado con él cuando se conocieron fue como una bendición. Y todavía más cuando, al acabar la universidad, Laurence le había ofrecido un trabajo en la empresa de gestión de fondos de los Heywood.

Pero entonces Eva entró en escena y las cosas empezaron a torcerse. Fue entonces cuando Laurence, para complacerla, empezó a sucumbir a algunos de sus impulsos más oscuros.

Stephen miró a su alrededor una vez más y vio a la fotógrafa. Estaba delante de las escaleras que daban a la terraza. Esperando.

Stephen frunció el ceño. Eso quería decir que no estaba con Eva. Y si no estaba con la novia…

Se había puesto tan nervioso que no podía seguir ignorándolo. Algo no iba bien. No sabía a ciencia cierta qué era, pero estaba convencido de que pasaba algo.

Una brisa recorrió la terraza y se oyeron los suspiros de varios invitados. Fue entonces cuando el sonido los alcanzó. Se oía lejos, pero, sin lugar a dudas, provenía de la isla. De algún lugar en el interior del castillo.

Harper Bale estaba sentada sola en la parte posterior de la congregación cuando oyó el grito.

Debería haber estado con la fotógrafa, asegurándose de que tenía todo lo que necesitaba. A fin de cuentas, para eso estaba allí. No era una invitada. Eva nunca habría tenido el detalle de invitar a su humilde agente. Como siempre, acudía como poco más que una asistenta.

Miró al otro lado de la terraza y observó el pasillo hacia el altar, lleno de pétalos de rosas; al cortejo del novio con sus trajes de lino; las vistas al lago. Debería sentirse encantada. Las fotos, no cabía duda, serían preciosas. Sin embargo, en aquel momento, tenía otras cosas de las que preocuparse, además del artículo de la revista.

Después de todo lo que había invertido en Eva Bianchi… Todo el trabajo. Todo el estrés. Todo el tiempo. Cuando la agencia quiso despedir a Eva, Harper insistió en que no lo hicieran. Cuando ni una sola empresa quería tener nada que ver con ella, Harper trabajó día y noche para salvar su reputación. Cuando Eva, en un arranque devastador de ingenuidad, llevó su carrera al borde de la ruina, fue Harper la que, sin ayuda de nadie, consiguió alejarla del abismo.

Deseaba no haberse molestado. Ahora sabía cuánto agradecía Eva tanto esfuerzo.

Harper siempre había entendido que Eva no valoraba todo lo que hacía por ella. Incluso había llegado a sospechar una o dos veces que Eva no estaba enterada por completo, pero nunca, en ningún momento, había pensado que era totalmente inconsciente de que se arriesgaba a que la despidieran.

Respiró hondo e intentó mantener la calma.

Había cometido un error. Había perdido los estribos. La mejor forma de proceder en estos momentos era hacerse la tonta. Esperar a que alguien más viera lo que había ocurrido y fingir que no sabía nada del asunto. Y si finalmente la culpaban a ella, si descubrían que había sido ella, tendría que suplicar clemencia. Eva la había traicionado. No la había valorado y le había faltado al respeto durante tanto tiempo… ¿Cómo podrían culparla por un pequeño error de juicio?

Harper se abanicó con el programa de la boda; no estaba preparada para el incesante calor de mediados de julio. Miró con envidia hacia la parte delantera, donde Laurence esperaba bajo el toldo junto a su padrino, charlando tan contento con el oficiante de bodas. Por un instante, hasta sintió envidia del sombrero de ala ancha que llevaba la madre del novio. ¿Por qué no ponerse un parasol directamente en la cabeza?

Miró hacia el lago con los ojos entornados y buscó los barcos que los habían llevado a la isla. Sabía que era inútil. El trayecto hasta tierra firme se extendía por poco más de un kilómetro y duraba menos de quince minutos. Ya haría como mínimo media hora que los barcos habrían regresado al puerto. No los volvería a ver hasta la medianoche, cuando regresarían para recoger a los invitados al finalizar la ceremonia.

Maldijo entre dientes. No podía hacer nada al respecto. Estaba atrapada en la isla.

Cogió el móvil y miró la hora. La novia llegaba casi diez minutos tarde. Harper resopló. Eva llegaría tarde hasta a su propio funeral. Pero ya no era su problema. Se encargaría de que la fotógrafa estuviera contenta y ya está. Sus días yendo detrás de Eva Bianchi habían terminado.

Sin embargo, cuando Harper oyó el grito que recorrió la terraza acompañando a una ráfaga repentina de aire fresco, levantó la mirada de golpe. Los músicos dejaron de tocar, y Harper dejó de pensar inmediatamente en cualquier cosa relacionada con la sesión de fotos. Hasta se le olvidó el calor que hacía cuando se le heló la sangre.

Vito Bianchi llevaba varios minutos angustiado.

—¿La han encontrado? —preguntó con tono autoritario—. ¿Dónde está?

—Todavía no, signore —respondió la organizadora de la boda—. La isla es pequeña. No puede estar en muchos sitios, y las tres damas de honor la están buscando. Estoy convencida de que pronto empezaremos.

—Relájate, amore —le dijo Paola—. Ya sabes lo mucho que le importa esta revista. Debe de estar haciéndose más fotos.

El hombre forzó una sonrisa. A su esposa le resultaba fácil mantener la calma porque no sabía que su hija y él se habían peleado aquella misma mañana, ni que dos criminales se habían colado entre el resto de los invitados y estaban en la isla.

Aunque aquello ya se había zanjado. Hizo exactamente lo que le habían pedido; tal vez lo peor que había hecho en su vida, pero si cumplían su palabra, lo dejarían en paz de una vez. Dejarían de asediarlo constantemente. De amenazar a su familia. Por fin iba a terminar todo.

Se acercó a la ventana y abrió los postigos de golpe. La música provenía de la terraza y bajaba hasta el patio.

—Fottuto inferno —susurró—. ¿Dónde está?

—Vito… —Paola le puso una mano sobre el hombro—. Solo se retrasa un poco. Eso es todo.

La miró a los ojos, pero no le salían las palabras. Había pasado un año entero cerciorándose de que nunca se enterara de los problemas que tenían. Había peleado e implorado, había hecho todo, de todo, para mantener alejados a los acreedores.

—Tienes razón —respondió—. Claro.

Paola le cogió las manos y empezó a balancearse al ritmo del cuarteto de cuerda, que sonaba en la distancia.

—Es el día de la boda de Eva —dijo, sonriéndole—. Nuestra hija mayor. En unos años recordaremos este día como uno de los mejores días de nuestras vidas.

Él se dejó llevar por su mujer y se balanceó con ella. Uno de los mejores días de su vida… Se preguntó si Eva pensaría lo mismo después de haberse enterado de la verdad aquella misma mañana. Después de enterarse de lo que había hecho su padre.

Respiró hondo. Todo aquello era innecesario. Aquel calvario había terminado. Eva llegaría en cualquier momento y él la llevaría al altar. Entonces, cuando la boda hubiera terminado, hablarían. Se lo explicaría todo; le explicaría que las había salvado de un peligro horrible, y ella lo perdonaría. Lo entendería todo.

Tiró de Paola para acercarse un poco más a ella y la empezó a guiar mientras el cuarteto seguía tocando.

—Hoy es la boda de Eva —repitió—. Uno de los mejores días de nuestra vida.

Entonces se oyó otro ruido que entró por los postigos abiertos y que puso fin a la música en un abrir y cerrar de ojos.

El pánico volvió a apoderarse de Vito, que corrió hacia la ventana. Sin embargo, en el patio no se veía nada; el ruido debía de provenir de otro lugar de la isla. Aunque no es que necesitara ver nada. Sabía perfectamente lo que había oído.

Había sido un grito. Un inconfundible grito de terror.

Dos días antes de la boda

1

En la semana transcurrida desde que había recibido el mensaje de Jess, Robyn había perdido la cuenta de las veces que lo había leído. Habían sido tantas que podría recitarlo de memoria, pero eso no impidió que cogiera el móvil casi sin darse cuenta y volviera a leerlo una vez más mientras recorrían en coche otra insulsa carretera italiana.

Hola, Rob, ¿qué tal todo? Hace mucho que no hablamos. Mi editora me ha dicho esta mañana que está buscando a una reportera júnior… ¿estás interesada? Si es así, le hablaré bien de ti. Quiere empezar las entrevistas en unas semanas. ¿Quedamos pronto para tomar algo? Xx

Como había pasado todas y cada una de las veces anteriores que lo había leído, el pulgar se le quedó inmóvil por encima del teclado, como si fuera incapaz de dar respuesta alguna.

Era muy consciente de lo dura que sería la competencia para obtener un puesto fijo en la Cosmopolitan. La mayoría de sus compañeros de curso no dudarían en hacer lo que fuera para conseguirlo. Y, sin embargo, ella no era capaz de responder al mensaje. No cuando una vocecita exasperante, y demasiado anclada en el subconsciente para poder silenciarla, susurraba una y otra vez que no valía la pena. Que incluso si, de algún modo, conseguía el puesto, ella no estaba hecha para aquello.

Guardó el móvil y miró por la ventana.

La mayoría del trayecto desde el aeropuerto Villafranca de Verona había discurrido por autopistas flanqueadas por campos amplios de olivos y de parras hasta que habían tomado la salida que los había llevado por unos cuantos pueblecitos anónimos. Habían pasado por delante de supermercados, gasolineras y hoteles de carretera avejentados por el clima y en los que resultaba imposible creer que alguien quisiera alojarse. Pero en aquel momento, después de casi una hora de trayecto, debían de estar por llegar al lago. La carretera serpenteaba por el denso bosque y, entre el follaje, Robyn captó los destellos de la luz que se reflejaba en el agua.

Sintió que se le formaba un nudo en el estómago.

La última vez que había conocido a la familia de un novio había sido en la universidad, cuando todavía se aferraba ojiplática a la ambición adolescente de convertirse en periodista de investigación. Los padres del chico habían ido a Londres a pasar el fin de semana, y una noche habían cenado todos juntos. Había sido una experiencia muy estresante, pero breve. En esta ocasión, la reunión a la que asistiría era mucho más intimidante. Evidentemente, también había que tener en cuenta el pequeño asunto de la boda. No obstante, descontando esa dificultad en particular, estaban en un país extranjero al que ella nunca había viajado, e iban a pasar tres noches juntos en una villa de lujo.

Apartó la mirada de la ventana y se fijó en Toby, que estaba sentado a su lado en la parte posterior de la furgoneta.

Casi no había dicho nada desde que habían despegado en Gatwick, aunque no era de extrañar. A menudo quedaba sumido en sus pensamientos. En un estado pensativo. Pero en el año que llevaban juntos, Robyn nunca lo había visto tan callado. Siempre meneaba el pie, tamborileaba con los dedos en las rodillas o movía la cabeza al ritmo de alguna canción silenciosa. En ese momento estaba totalmente inmóvil y miraba por la ventana con los ojos como platos.

Robyn le tocó la mano.

—¿Estás bien?

Toby asintió y le sonrió con poca convicción.

—¿De verdad crees que van a intentar algo? —le preguntó ella—. Sé que tu hermano se muere porque trabajes con él, pero es su boda. ¿No sería… pasarse un poco?

El chico soltó una risa forzada.

—El año pasado lo intentaron en mi cumpleaños, el día de Navidad y en el funeral del tío Graham. No creo que Laurence se vaya a cortar porque sea su boda.

Robyn hizo una mueca.

—Yo creo que deberías contarles que has pedido un préstamo. Entiendo que no aprueben la idea del bar, pero eso les demostraría que vas en serio, ¿no? ¿No crees que a lo mejor te darían un poco de espacio?

Toby negó con la cabeza.

—Todavía ni me han aprobado el préstamo, Rob. Lo más probable es que me lo denieguen. No tiene sentido que los enfade más de lo necesario.

—¿Y si te lo dan? ¿No será otro bombazo más que les tendrás que soltar?

No respondió.

—Si se lo contaras… —empezó Robyn—, ¿no crees que, como mínimo, se sentirían un poco orgullosos de ti por el hecho de que quieras hacerlo por tu cuenta?

Toby esbozó una sonrisa menos convincente que la primera y le acarició el dorso de la mano con el pulgar.

Avanzaron por el bosque en silencio uno o dos minutos más. En el exterior empezaron a verse algunas villas, cada una adornada con sus terrazas de azulejos y persianas de colores llamativos.

—¿Y tú qué? —preguntó Toby de repente—. Soy yo el que está cabizbajo, pero eres tú quien está a punto de enfrentarse a la inquisición de Cambridge. ¿Estás bien?

Robyn se mordió el labio inferior. Llegados a ese punto, estaba tan nerviosa que empezaba a tener náuseas, pero no quería admitirlo. Toby parecía detestar esos días con su familia más que ella, y Robyn no quería que se tuviera que preocupar también por sus sentimientos.

Como si la quisiera salvar de responder, el coche redujo la velocidad y se alejó de la carretera hacia una verja de hierro forjado soldada a una pared baja de ladrillo blanco. Detrás de la verja había un edificio achatado de dos plantas de cemento gris y cristal tintado, con césped artificial, un camino de grava y unas palmeras en macetas que decoraban el jardín delantero. Sin lugar a duda, aquel sitio era impresionante, pero parecía más propio de Beverly Hills que de un pueblo a la orilla de aquel lago italiano. El hecho de que Robyn no pudiera ver el lago no ayudó demasiado. Estaba convencida de que las vistas serían impresionantes al otro lado de la villa, pero en aquel momento solo podía ver el edificio, una barrera de piedra imponente que parecía empeñada en esconderle las vistas a los demás.

Lo único que no parecía fuera de lugar era un deportivo de un color rojo chillón. A Robyn nunca le habían interesado mucho los coches, pero aquel era inconfundible: un Ferrari, con su semental rampante plateado en el centro de la rejilla delantera. Y no solo eso, era más que evidente que se trataba de un modelo clásico. Tenía la carrocería de color escarlata, un capó que se extendía casi un metro y un techo que descendía suavemente hacia el parachoques trasero como si fuera la cresta de una ola. Incluso para sus ojos inexpertos, aquel no era un coche sin más, sino una obra de arte.

Después de parar el motor, el conductor bajó de la furgoneta para abrirle la puerta a Robyn. Eran las cuatro de la tarde y la hora más calurosa del día ya había pasado, pero el calor la envolvió de inmediato y la hizo suspirar. Aunque nunca había estado en Italia, sabía que, a mediados de julio, evidentemente haría calor, pero no esperaba que fuera tan intenso. En cuestión de segundos, notó un cosquilleo en la piel, y el aire era tan denso que pareció caerle sobre los hombros como un pesado abrigo de invierno.

Mientras el conductor sacaba el equipaje del maletero, la puerta principal de la villa se abrió de par en par y una voz contundente se dirigió a ellos:

—No me lo puedo creer. Resulta que lo único que tenía que hacer para que mi hermano pequeño saliera de su escondite era casarme.

Robyn había pasado bastante tiempo estudiando la cuenta de Instagram de Laurence Heywood y le había quedado claro solo con ver su personalidad virtual que los hermanos eran como la noche y el día. Sin embargo, al verlos a los dos juntos, en persona… Laurence parecía ir vestido para la Regata Real de Henley, con una camisa rosa, unos pantalones cortos y ajustados, y chancletas. Toby, en cambio, vestía una camiseta oscura, vaqueros y unas zapatillas Reebok viejas. Pero al mirarles las caras, era imposible no ver el parecido: el pelo rubio, los pómulos marcados y las barbillas prominentes. Si bien es cierto que Toby tenía cuatro años menos que Laurence, si se hubieran cambiado la ropa, podrían haber pasado por mellizos.

Laurence abrazó a su reacio hermano menor antes de fijar su atención en Robyn.

—Encantado de conocerte, por fin —le dijo—. Empezábamos a preguntarnos si alguna vez nos conoceríamos.

Cuando la furgoneta se alejó hacia la carretera, Laurence los invitó a pasar. Debían de tener el aire acondicionado puesto a plena potencia, porque el descenso de la temperatura hizo que Robyn soltara un suspiro involuntario de alivio.

Al entrar en el vestíbulo, tan grande que tenía un par de sofás y una mesita de centro, Robyn echó un vistazo a su alrededor y contempló las escaleras de cristal y el enorme cuadro abstracto y colorido que colgaba en la pared. Se oía música que provenía de otra estancia. Nina Simone.

—Sois los primeros en llegar —les dijo Laurence por encima del hombro—. A Stephen le han retrasado el vuelo y parece ser que Chadders y Miles están de camino.

—¿Y Jeremy? —preguntó Toby.

—No tardará en llegar.

Robyn miró a su novio con el ceño fruncido.

—¿Chadders? —gesticuló ella en silencio.

Él puso cara de exasperación.

Unos pasos por detrás de los hermanos, Robyn los siguió hasta una estancia de planta abierta que podría medir perfectamente más del doble que su piso de Greenwich. Un juego de sofás de un blanco níveo y una televisión que podría haber salido de una sala de cine pequeña adornaban la sala de estar, mientras que en el comedor había una enorme mesa barnizada en la que cabían sin problema diez sillas de respaldo alto. Robyn siguió el sonido de la música y vio que había unos altavoces colgando en cada rincón de la estancia.

Sin embargo, los elementos decorativos no captaron su atención durante mucho tiempo. A través de los ventanales que ocupaban toda una pared alcanzó a ver, por fin, la asombrosa imagen del lago de Garda.

Aunque había leído mucho al respecto y, evidentemente, había visto muchas fotos, Robyn no estaba preparada para aquella vista. El lago se extendía hacia el infinito, y las rocas pálidas y escarpadas y el follaje de colores vivos se alzaban hacia el cielo en ambas orillas, como si se trataran de paredes que se habían erigido solo con el fin de contener aquel vasto cuerpo de agua brillante. Al acercarse al cristal, Robyn vio el pueblo de Malcesine justo debajo de ellos, como un mosaico de techos de terracota que descendía hacia el lago.

Y allí, suspendido casi en el medio, justo entre las orillas este y oeste, estaba el Castello Fiore.

La isla era pequeña, y el castillo se aferraba tan estrechamente a los bordes que parecía que sus muros de color arena salieran del interior del lago. Fascinada, Robyn observó cómo se alzaba gradualmente del agua y se fijó en el corto sendero empinado que partía desde el diminuto muelle, mientras que unos pocos edificios y patios amurallados se congregaban como si fueran muñecas rusas a la espera de que alguien las apilara. Había pequeños destellos de color verde, presumiblemente árboles, que crecían en el interior. Y cerniéndose por encima de todo aquello, más pequeña que una cerilla desde donde estaban, la torre de vigilancia se alzaba hacia el cielo.

—Qué típico de ti —dijo Toby.

—Pues la verdad es que lo eligió Eva —respondió Laurence—. Ha querido casarse aquí desde que era una niña. Llamó el día después de que le pidiera matrimonio para intentar cuadrar las fechas. Será una ceremonia pequeña a la que solo asistirán los parientes y amigos más cercanos. Aunque, claro, todo esto ya lo sabrías si te hubieras molestado en seguirla en Instagram. No ha dejado de colgar cosas de este sitio.

—¿Y dónde está Eva ahora?

—Llega mañana. Ha ido a su casa de Bolonia a pasar unos días y vendrá con sus padres.

A sus espaldas, se oyó el eco de unos pasos que se acercaban por el pasillo y que resonaron por las paredes de piedra. Al girarse hacia el recién llegado, Robyn vio entrar al salón a una mujer cincuentona.

Se puso más nerviosa. Pese a que aún no la conocía, la había visto en fotos. Y, aunque no hubiera sido así, el evidente parecido con los hermanos dejaba claro que era su madre, Margot Heywood.

—Toby —dijo sin ningún tipo de emoción—, podrías haberte puesto algo más formal.

Toby dio un paso hacia delante y la mujer le puso la mejilla para que se la besara.

—Mamá —dijo—, ella es Robyn.

Margot Heywood miró a Robyn de arriba abajo con una expresión indescifrable en el rostro. Como medía en torno a un metro cincuenta, tuvo que echar la cabeza ligeramente hacia atrás para examinarla. A pesar de eso, Robyn no pudo evitar sentirse muy cohibida. Todas las prendas que vestía Margot, aunque discretas, eran de marca, desde los pendientes brillantes hasta los zapatos de tacón alto. Robyn deseó haber tenido un minuto para asearse, aunque suponía que no habría servido de nada. Al ver a la madre de Toby, que parecía recién salida de un catálogo de Harrods, supo que nada de lo que hubiera podido improvisar habría estado a la altura.

—Gracias por invitarme, Margot —le dijo—. Es un placer conocerla.

Margot se quedó en silencio un instante y sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.

—¿Os apetece tomar algo? —preguntó—. Habéis hecho un viaje muy largo. Estoy seguro de que a Laurence no le importará serviros una copa de vino.

—Los camareros son ellos —refunfuñó Laurence—. ¿No tendrían que servírmela ellos a mí?

Robyn vio que Toby ponía mala cara, pero soltó un suspiro silencioso de alivio cuando el chico no cedió a la provocación de su hermano. En lugar de eso, Toby charló con Margot sobre el vuelo y Laurence se fue a otra habitación. Robyn oyó que abría la nevera y sacaba copas de un armario. Cuando regresó unos momentos más tarde, le entregó una copa de vino blanco y se desplomó en el sofá.

—Háblanos de ti, Robyn. Entiendo que Toby y tú no trabajáis en el mismo bar.

—Yo trabajo en un restaurante.

—¿Lo conozco?

—Puede ser. Es el Willows, en el Soho.

El chico asintió.

—Está muy bien. Fui un día con un cliente.

Robyn se tensó un poco. Puede que Toby estuviera en lo cierto y que quisieran hablar de trabajo.

—Me preguntaba cómo os conocisteis—continuó Laurence—. Lleváis un año juntos y Toby no nos ha hablado de ti.

—¿Esperabas que nos hubiéramos conocido en una noche de citas rápidas para camareros?

Toby contuvo la risa, pero a Laurence no pareció hacerle ni la más mínima gracia. Y tampoco a su madre.

—Nos conocimos gracias a unos amigos —explicó Robyn—. Aunque yo había ido unas cuantas veces al bar de Toby. Creo que prepara algunos de los mejores cócteles que he tomado en mi vida.

—¿No me digas? Quizá lo tendría que haber contratado para servir bebidas en la boda.

Toby hizo una mueca y no fue capaz de ignorar esa provocación en concreto.

—¿Vas a tener el sitio lleno de paparazzi?

—Nada de paparazzi. Solo habrá una fotógrafa. Y lo más probable es que ni os deis cuenta de que está.

—Sigo sin entender por qué querría una revista un reportaje de tu boda.

—Perdona —Laurence señaló hacia los ventanales—. ¿Es que no has visto el castillo? La editora sigue a Eva en Instagram. Parece ser que quiere hacer un reportaje con todo tipo de detalles sobre la boda de una influencer.

—Qué emocionante —comentó Robyn.

—¿Ves? —Laurence la señaló—. Ella lo entiende. La fotógrafa sacará muchísimas fotos y, cuando regresemos a Londres, una periodista nos hará preguntas sobre el día. London Living venderá muchísimos ejemplares gracias a los seguidores de Eva, y ella puede decirle a todo el mundo que una revista nacional quiere cubrir su boda. Las dos partes salen ganando.

—Es cutre. —La voz de Margot sonó cortante como el acero y el comentario fue tan implacable que Laurence pareció quedar desarmado. Hizo girar el vino con cuidado en la copa, y un doloroso silencio impregnó el ambiente.

—¿Dónde está nuestra habitación? —preguntó Toby.

—Al subir las escaleras a la izquierda —contestó Laurence sin una pizca de entusiasmo en la voz—. La segunda puerta a la derecha.

Toby asintió, cogió a Robyn de la mano y la guio hacia el pasillo.

—He dejado un sobre en la cama —dijo Laurence cuando se alejaron—. Deberíamos hablar ahora que estamos aquí.

Toby se tensó de inmediato.

—¿Cuántas veces vamos a tener que hablar de esto, Laurence?

—Las que haga falta. Papá creó la empresa para nosotros. No solo para que la heredáramos, sino también para que la hiciéramos crecer. Para que la expandiéramos. Tienes un deber. Los dos lo tenemos.

—Estás sacando HCM adelante perfectamente sin mi ayuda.

—¿Y qué tienes pensado hacer en lugar de trabajar para la empresa?

Toby no respondió y bajó la mirada al suelo.

—No me digas que sigues molesto por lo de aquel bar ridículo —espetó Laurence—. Venga, Toby. Estaba claro que mamá nunca te daría la herencia para que la desperdiciaras en…

—¿Desperdiciarla? No iba a montar un bar de mala muerte. Si te hubieras dignado a mirar el plan que hice, si hubieras visto el local que encontré, sabrías que iba a ser un lugar de categoría…

—Basta. —A Margot no le hizo falta levantar la voz. Su tono fue suficiente para callar a los hermanos—. No vamos a volver a hablar de esto.

Robyn miró a Toby. En el año que llevaban juntos nunca lo había visto tan devastado.

—Margot… —dijo Robyn con cuidado—. Sé que no es asunto mío, pero creo que deberíais echarle un vistazo al plan de negocio de Toby. Le ha dedicado mucho tiempo y creo que, si lo vierais, algunas de vuestras preocupaciones…

—Déjalo, Robyn —soltó Laurence.

—Yo solo digo que…

—Y yo te digo que lo dejes. Es un asunto familiar.

Toby dio un paso hacia delante y puso cara de enfadado. Robyn, que lo seguía teniendo cogido de la mano, le estrechó los dedos y lo retuvo.

Fue Margot quien terminó con el silencio que se impuso al levantar la copa con un gesto tan casual que Robyn no pudo evitar preguntarse si se había dado cuenta de que sus hijos habían estado a punto de pasar a las manos.

—Lo siento, Toby —dijo la mujer—. No conseguirás hacerme cambiar de opinión.

El chico no respondió. Se limitó a darse media vuelta y a llevarse a Robyn por el pasillo. Ni Laurence ni Margot intentaron hacerlos volver, pero Robyn notó sus miradas fulminantes a cada paso.

2

Tal y como les habían dicho, cuando entraron a la habitación un sobre decorado con las palabras Heywood Capital Management los esperaba sobre la cama. Toby lo tiró a la papelera sin abrirlo siquiera.

Robyn lo miró con una expresión suplicante.

—Lo siento. No tendría que haber dicho nada. No quería empeorar las cosas.

—No es culpa tuya. Son ellos. —Le sonrió débilmente—. Ahora entiendes por qué no les quiero contar lo del préstamo. Aunque tuviera el mejor y más lujoso bar de cócteles del mundo, mientras trabaje sirviendo copas creerán que estoy desperdiciando mi vida. No es una cuestión de demostrarles que puedo conseguirlo. Y mucho menos de hacer que se sientan orgullosos de mí.

—Entonces, ¿de qué se trata?

Toby dudó y se tomó un instante para ordenar sus pensamientos.

—Laurence nunca lo entenderá —respondió lentamente—. Para él, que no trabaje en HCM es como si escupiera sobre la tumba de mi padre. ¿Y sabes qué? Puede que mi padre hubiera pensado lo mismo, pero yo era tan pequeño cuando falleció… Para Laurence es diferente. Ellos tenían relación. Sin embargo, no pienso pasarme la vida intentando complacer a alguien a quien apenas recuerdo.

—¿Por eso también odiabas Rushworth?

Toby frunció todavía más el ceño.

—Supongo. Es que para Laurence también era diferente. En la escuela te dicen todos los días que mereces estar allí por la familia de la que provienes, y Laurence se lo tragó todo, pero yo ni conocía a mi padre. Mi madre no habló de él durante mucho tiempo después de su muerte, y yo solo sabía que me pasaba todos los días con trescientos niños trajeados que creían que habían nacido para ser primer ministro. Para cuando me gradué, solo quería ser diferente. Quería algo que fuera mío.

Robyn asintió.

—¿Es cierto que no se leyeron el proyecto que habías preparado para el bar?

—No se dignaron ni a mirarlo. Hasta preparé una presentación de PowerPoint, Robyn. Para mi familia. Una puta presentación de PowerPoint, pero mamá no quiso ni oír hablar del tema.

Robyn se quedó callada un momento y eligió cuidadosamente cada palabra:

—¿Y no podrías posponer el proyecto del bar hasta que cumplas los treinta? Es entonces cuando recibirás la herencia, ¿no? Para entonces ya daría igual lo que tu madre piense; no podría retenerla durante más tiempo ni aunque quisiera.

—Pero faltan tres años. No quiero esperar tanto. Y, aunque lo hiciera, ahora hay una parte de mí que no quiere su dinero. Sé que debo de parecer un desagradecido. Lo sé, pero a lo mejor se trata de eso. No es una cuestión de demostrarles a ellos que puedo hacerlo, sino de demostrármelo a mí mismo.

Pasaron casi dos horas hasta que volvieron a bajar las escaleras. No fue hasta que oyeron al cortejo del novio y Toby quedó satisfecho con la música y las risas estridentes que subían por las escaleras, y que le hicieron pensar que Laurence estaría demasiado distraído para preguntarle sobre la empresa familiar, que accedió a unirse a los invitados.

En el salón, habían silenciado a Nina Simone y ahora los sintetizadores de Calvin Harris retumbaban desde los rincones de la estancia. Robyn vio a través del ventanal panorámico que Laurence estaba con dos chicos jóvenes en el patio. Reían al lado de la piscina y bebían cervezas rubias de botellines.

—Chadwick y Miles —le explicó Toby—. Son la representación de Rushworth en cuerpo y alma. Chadwick estudió Comercio Internacional en la Escuela de Economía y Politología de Londres. Ahora trabaja en el ámbito de la tecnología, aunque no sé qué quiere decir eso. Miles es el heredero de un imperio de joyerías. Se encarga de la imagen de marca, elige a las modelos e influencers. Esas cosas. Pero algún día estará a cargo de la empresa.

—Me sorprende que no haya colaborado con Eva.

—Sí que lo ha hecho. ¿Cómo crees que la conoció Laurence?

Robyn miró a los tres hombres que se reían y luego se fijó en un cuarto. Estaba un poco apartado y tenía el móvil en la mano. Escribía algo y tenía los ojos pegados a la pantalla.

—¿Y ese?

—Es Stephen. El padrino de Laurence.

—¿También de Rushworth?

—Es un caso aparte. Tienen una beca gracias a la que admiten a unos cuantos niños cada año. Es su manera de intentar demostrar al mundo que no son tan exclusivos como la gente cree.

Antes de que Robyn pudiera preguntar nada más, un hombre mayor se les acercó. A este sí que lo reconoció. Como Toby se había mostrado reticente a hablar de su familia cuando habían empezado a salir, Robyn había ido a la página web de HCM para ver qué información podía encontrar. El hombre que se les acercaba era el padrino de Laurence, Jeremy Lambourne.

Al mirarlo a los ojos, no pudo evitar sorprenderse. Puede que fuera la primera persona a la que había conocido que era clavada a la imagen de su fotografía: desde las gafas de pasta gruesa que le adornaban la nariz hasta la expresión callada e indiferente. Pasaba fácilmente de los sesenta años, tenía el pelo de color gris pizarra con un peinado de cortinilla e iba vestido para las altas temperaturas, con una americana de lino claro. A Robyn le pareció un espantapájaros cuidadosamente arreglado. El hombre llevaba una copa de vino en la mano, aunque parecía no haberla tocado.

—Toby —lo saludó en un tono seco y extendiendo la mano para que el chico se la estrechara—. Me alegro de verte. Y tú debes de ser Robyn. —También le estrechó la mano, pero no esperó a que respondiera—. Imagino que el viaje ha ido bien.

—Sí, gracias, Jeremy. ¿Y el tuyo?

Soltó un sonido afirmativo.

—Antes de que vayáis con los demás, quería decirte que sé que Laurence te ha contado que tenemos que hablar de un cargo en la empresa. Entiendo que no estabas preparado, pero van a pasar cosas muy interesantes en HCM y a tu padre le habría gustado que formaras parte de ellas. Espero que por lo menos podamos hablar del tema.

La sonrisa que Toby había forzado se debilitó.

—Puede que después de la boda. Hoy no me parece apropiado.

Jeremy no dijo nada. Su expresión era indescifrable. Después de un breve silencio incómodo, volvió a estrechar la mano de Toby, le repitió que se alegraba de verlo y salió al patio, donde se sentó a la mesa con Margot.

—Qué intenso —comentó Robyn.

—Siempre ha sido así. Hace que me pregunte cómo debía de ser mi padre para que alguien como Jeremy fuera su mejor amigo.

—¿Es tu padrino también?

Toby negó con la cabeza.

—Solo el de Laurence. El mío también era un chico de Rushworth, pero se mudó a Hong Kong cuando yo era pequeño. No tengo ni idea de qué fue de él después de eso. Si te soy sincero, ni siquiera recuerdo qué aspecto tiene.

—Y Jeremy es el presidente del consejo, ¿verdad? ¿El de HCM?

—Oficialmente sí. Pero en realidad es él quien lleva las riendas de la empresa. Puede que Laurence sea la cara de HCM, pero créeme, Jeremy es el cerebro.

—¿Y Laurence piensa lo mismo?

Toby resopló por la nariz.

—Debería. Estaría perdido sin Jeremy. Aunque, claro, siempre ha sido así. Cuando Laurence mete la pata, no importa cuánto la cague, Jeremy siempre interviene, mueve los hilos necesarios y hace que todo desaparezca.

Puede que Robyn lo imaginara, pero le pareció que un ápice de amargura había teñido la voz de Toby.

—¿Te apetece tomar algo? —le preguntó, intentando que su tono expresara ligereza.

—Sí, por favor. Voy a buscar unas copas.

—Ya voy yo. Tú ve con Laurence. —Al ver que iba a protestar, alzó la voz un poco—. Es su boda, Toby. Y es tu hermano. Si no pasas algo de tiempo con él este fin de semana, te lo recordará toda la vida. Venga, ve. No hace falta que lo disfrutes, pero luego te alegrarás.

Toby accedió a regañadientes y Robyn salió del salón y se dirigió a una cocina igual de impresionante. Todas las superficies eran de mármol negro y los armarios estaban hechos de elegante madera de pino. Por un instante, se quedó allí de pie, recordando las casitas de campo sin pensión en las que se alojaba con sus padres cuando iban de vacaciones. Eran dos mundos totalmente distintos, y se estaba empezando a dar cuenta muy rápido de lo mucho que desentonaba allí.

Cogió una botella de vino rosado de una nevera enorme y buscó copas en los armarios.

—Encima de la cafetera.

Se giró para ver de dónde provenía aquella voz desconocida y vio a una mujer joven que llevaba un vestido de flores ancho y esperaba en la entrada. Parecía unos cuantos años mayor que Robyn —puede que tuviera treinta—, tenía las mejillas llenas de pecas y llevaba el pelo rubio recogido con una pinza.

—He visto que Margot cogía unas hace unos minutos —explicó con una sonrisa cálida—. Debes de ser la novia de Toby. Yo soy Abigail.

—Robyn. —Levantó una ceja—. Y tú has venido con…

—Soy la mujer de Stephen.

Robyn cruzó la cocina y se dirigió hacia una cafetera que parecía valer el sueldo de un mes entero de un camarero. Como le había dicho la chica, cuando abrió el armario superior, encontró una docena de copas muy bien colocadas.

—¿Quieres una copa de vino?

—Ya me gustaría. —Se llevó la mano a la barriga—. Estoy de cuatro meses. Supongo que no hay limonada en la nevera, ¿verdad? Me apetece muchísimo.

Robyn negó con la cabeza.

—He visto agua con gas, ¿te apetece? Si quieres le puedo añadir un poco de zumo de naranja.

—Suena genial.

Robyn volvió hacia la nevera y empezó a preparar la bebida.

—¿Se están portando bien contigo? —preguntó Abigail—. Los chicos de Rushworth pueden resultar un poco abrumadores. Cuando conocí a Chadwick y a Miles pensé que hablaban otro idioma.

—No los he conocido.

—Pues podemos ir juntas. Odio ser la única mujer cuando esos dos están juntos. Se comportan como si tuvieran trece años y estuvieran en la residencia de estudiantes.

—¿Y Stephen no es así?

—No, madre mía. Creo que no me habría podido casar con él si lo fuera. —Con el agua con gas en la mano, volvió a sonreír e hizo un gesto hacia la puerta—. ¿Vamos? Te los presentaré.

Cruzaron el salón y salieron al patio. Con el atardecer aproximándose y el sol a la altura justa para rozar las cimas de las montañas al otro lado del lago, la temperatura en aquel momento era mucho más agradable que por la tarde. Robyn escuchó el canto de los pájaros en el bosque que los rodeaba y el murmullo lejano del pueblo a sus pies.

Cuando se dio cuenta de que Toby y Laurence no estaban con el resto de los chicos, los buscó a su alrededor y los encontró al otro lado del patio.

—Ahora vuelvo —le dijo a Abigail, y alzó las copas de vino—. Le voy a llevar una a Toby.

Al cruzar el patio, se dio cuenta de que su nerviosismo descendía ligeramente. Suponía que allí nunca llegaría a sentirse como en casa, pero estaba bastante convencida de que, como mínimo, podría ser amiga de Abigail. Y, con el cortejo nupcial allí para animar a Laurence, quizá hasta pudiera volver a intentar causar una buena impresión.

Sin embargo, cuando se acercó un poco más a los hermanos y empezó a oír lo que decían, su optimismo creciente se extinguió en un instante.

—Mira —decía Laurence—. No quiero que te dé falsas esperanzas al respecto. Parece buena chica, pero si te anima a seguir con el tema del bar, está claro que es una mala influencia…

—¿Una mala influencia? —protestó Toby—. Tiene gracia que digas eso, teniendo en cuenta lo que Eva te obligó…

Al ver a Robyn, Toby dejó la frase a medias. Laurence frunció el ceño y siguió la mirada de su hermano para ver qué lo había distraído. Al ver a la chica, puso mala cara. Se mordió el labio un momento, pareció darse cuenta de que la conversación se había terminado y volvió con Chadwick y Miles.

—Lo siento —dijo Robyn cuando Laurence ya no la podía oír—. Solo quería darte esto.

Toby cogió una de las copas, entrelazó los dedos con los de la chica y le plantó un beso en la frente.

—No tienes de qué disculparte —le respondió—. Solo era Laurence siendo Laurence. ¿Quieres que volvamos dentro?

Robyn negó con la cabeza.

—Deberíamos ir con los demás. No conseguiré ganarme a tu familia escondiéndome en la habitación.

Olió la loción de afeitado a varios metros de distancia. A medida que se acercaban, vio el reloj de oro que colgaba de la muñeca de Chadwick y el collar de perlas que llevaba Miles. Los dos vestían camisas de flores y pantalones cortos y anchos. Chadwick tenía la barba meticulosamente arreglada y llevaba unas gafas de sol de marca; Miles, por otro lado, iba bien afeitado y tenía la piel muy bronceada y los dientes resplandecientes. No eran poco atractivos, pero su actitud, parecida a la de dos niños de trece años en una residencia, como bien había dicho Abigail, resultaba bastante desagradable. En un extremo del grupo estaban Stephen y Abigail, hombro con hombro. El chico intentó forzar una sonrisa al oír la broma que acababa de hacer Chadwick, pero a Robyn el gesto le pareció una mueca.

—Bueno. —Miles se guardó el móvil en el bolsillo cuando se acercaron—. El taxi está de camino.

—¿Os vais? —preguntó Toby.

—Vamos al pueblo a tomar algo y a comer. ¿Os apuntáis?

Toby miró a Robyn. Ella no había comido desde que habían llegado a Gatwick, y se sintió ligeramente tentada por la idea de ir a un restaurante. Sin embargo, como quería parecer despreocupada, se encogió de hombros en lo que esperaba que pareciera un gesto desenfadado.

—Por qué no. Supongo que nos irá bien ubicarnos un poco. Y puede que hasta podamos ver el castillo de cerca.

—¡Guau! —Al oír el acento de Robyn, Chadwick dio un paso hacia atrás y sonrió de oreja a oreja—. Madre mía, Toby. No nos habías dicho que era del norte. No me he vacunado.

Toby lo fulminó con la mirada, pero Robyn extendió la mano y forzó una risa.

—Me declaro culpable. Pero que no cunda el pánico, chicos. Llevo viviendo en Londres desde que tenía dieciocho años. No os hará falta vacunaros.

—¿Eres de Yorkshire? —le preguntó Miles.

—De Lancashire.

—Qué pena. Yorkshire me gusta bastante. ¿Y a qué te dedicas?

Antes de que Robyn pudiera responder, Laurence lo hizo por ella:

—Al mundo del vino.

—¿En serio? —Miles alzó una ceja con curiosidad—. ¿Para quién trabajas? ¿Para alguien a quien conozcamos?

Al notar que Toby se tensaba a su lado, Robyn le agarró la mano con fuerza.

—Trabajo en el Willows. En el Soho.

—¿Eres la encargada?

—Soy camarera —dijo con el tono más alegre que pudo.

A pesar de eso, Miles puso los ojos en blanco.

—Por el amor de Dios, Laurence.

—De acuerdo, de acuerdo —respondió él—. He sido cruel. Sí, Robyn es camarera, pero algún día será periodista.

—¿En la gaceta semanal, asumo? —preguntó Miles.

—O para el periódico del barrio —añadió Chadwick.

El grupo volvió a romper a reír, pero esta vez Robyn no supo qué contestar. Miró a Toby. El hecho de que supieran que había estudiado Periodismo la había cogido totalmente desprevenida.

—Basta ya —dijo Toby con un tono enfadado. Sin embargo, los chicos no parecieron darse cuenta—. He dicho que ya vale. Laurence, haz que paren.

Su hermano se encogió ligeramente de hombros y sonrió con superioridad antes de dar un trago a la cerveza.

—¿A qué te refieres? Yo creo que Robyn haría un trabajo estupendo en la gaceta semanal.

Toby gruñó y el gesto hizo que se le vieran los dientes.

—Vamos —dijo, tirando de la mano de Robyn.

—De acuerdo, esperad —dijo Laurence rápidamente—. Esperad. Era una broma, Toby. No hace falta ponerse a la defensiva. —Frunció el ceño y se sacó el móvil del bolsillo. Le vibraba en la mano y tenía la pantalla iluminada.

—¿Eva? —preguntó Chadwick.

—Un cliente. Uno muy insistente.

—¿No puedes librarte de él?

—Claro. —Laurence se giró hacia su padrino de boda—. Stephen, ¿por qué no lo llamas? No dejará de llamarme si no habla con alguien.

Stephen dudó un momento y reprimió lo que a Robyn le pareció una chispa de frustración, pero, si aquello había sido un gesto de desafío, no fue a más. El chico asintió, cogió el móvil y le ofreció a Abigail una débil sonrisa antes de marcharse. Robyn se dio cuenta de que su esposa no le devolvió el gesto.

—Ahora en serio, Robyn —comentó Laurence—. Siento curiosidad. ¿Por qué no eres periodista?

—¿Disculpa?

—Imagino que no quieres trabajar detrás de una barra toda la vida. ¿Quién querría? Toby me dijo que has estudiado Periodismo. ¿Por qué no eres periodista?

—Pues… —Dudó un momento, totalmente consciente de que todos la miraban. Incluso le pareció que Margot y Jeremy escuchaban desde el otro lado del patio—. Quería ser periodista. Sí que quería dedicarme a ello, pero no es lo mío.

—¿Por qué?

—¿Cómo dices?

—Bueno, es que me parece una pérdida de tiempo, ¿no crees? Tomarte la molestia de estudiar algo para luego dedicarte a otra cosa.

—Yo… —Robyn miró a Toby. Estaba enfurecido.

—Háblanos del reportaje, Laurence —intervino Abigail—. ¿La fotógrafa pasará todo el día con nosotros?

—Un momento —dijo Laurence—, no cambies de tema. Quiero saber qué planea hacer Robyn con su vida. Has estudiado Periodismo, pero no eres periodista. ¿Qué plan tienes? ¿Esperas trabajar en el bar de Toby?

—La verdad es que no lo sé.

Durante varios segundos, Toby y Laurence se fulminaron con la mirada, y la tensión era tan evidente que Chadwick y Miles parecían incómodos. No fue hasta que el ruido de un motor y de las ruedas crujiendo sobre la grava se acercó por delante de la villa que los hermanos parecieron poner fin a aquello.

—El taxi —anunció Miles alegremente—. Acabaos las bebidas, chicos.

El pequeño grupo empezó a dispersarse a toda prisa, se terminaron las bebidas y se pusieron las chancletas.

—¿Vamos con ellos? —preguntó Robyn.

Toby no respondió. Se limitó a quedarse allí, de pie, mirando con furia a su hermano mayor por la espalda mientras se alejaba.