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Un asesinato imposible. Un dirigible en el Ártico. Nueve pasajeros atrapados. Cuando la escritora Chloé Campbell recibe una invitación para embarcarse en el viaje inaugural del Osprey, un dirigible de lujo rumbo al Polo Norte, cree que es la oportunidad de su vida. Su cometido es sencillo: narrar una travesía exclusiva, rodeada de pasajeros ilustres y paisajes de ensueño. Pero lo que debería ser una aventura deslumbrante pronto se convierte en una pesadilla: uno de los pasajeros aparece muerto en su camarote. Aislados en el corazón helado del Ártico y sin posibilidad de contactar con el mundo exterior, los pasajeros y la tripulación intentan convencerse de que todo ha sido un accidente. Sin embargo, a medida que pasan las horas, las tensiones aumentan, los secretos salen a la luz… y se hace evidente que el asesino está a bordo. ¿Logrará Chloé descubrir al culpable antes de que vuelva a atacar?
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Seitenzahl: 439
Veröffentlichungsjahr: 2025
Tom Hindle
Muerte en el Ártico
La venganza es un plato que se sirve frío
Traducción de Sonia Tanco
Nota del autor
Escena 1
Escena 1
Escena 2
Escena 3
Parte 01
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
Parte 02
12
13
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19
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30
31
Parte 02
32
33
34
35
36
Parte 02
Epílogo
Agradecimientos
Sobre el autor
Portada
Primera edición: septiembre de 2025
Título original: Death in the Arctic, publicado originalmente en Century, un sello editorial de Cornerstone. Cornerstone es parte del grupo de empresas que forman Penguin Random House Group.
© Tom Hindle, 2025
© de la traducción, Sonia Tanco, 2025
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.
Ninguna parte de este libro se podrá utilizar ni reproducir bajo ninguna circunstancia con el propósito de entrenar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. Esta obra queda excluida de la minería de texto y datos (Artículo 4(3) de la Directiva (UE) 2019/790).
Diseño de cubierta e ilustración: © Patrick Knowles
Dirección de arte: Emma Grey Gelder
Corrección: Pablo López, Elisenda Nierga
Publicado por Ático de los Libros
C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, oficina 10
08013, Barcelona
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 979-13-87592-20-2
THEMA: FFJ
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Para Erica, ahora y siempre
Llevo tiempo queriendo escribir Muerte en el Ártico, desde que decidí, en el verano de 2021, que un dirigible sería una ubicación fantástica para una historia de misterio.
Dada mi admiración por la tecnología, me he esforzado mucho para asegurarme de que el libro represente la historia del vuelo en dirigible y la sensación que proporciona volar en uno de ellos con tanta exactitud como sea posible, todo mediante una mezcla de investigación desde casa y mi propia experiencia trabajando, y también volando, en estas máquinas increíbles. Sin embargo, hay momentos en los que me he tomado algunas licencias artísticas, en especial con respecto a algunos de los mecanismos más técnicos de mi dirigible, para poder idear una novela de misterio convincente. Espero que entendáis por qué he tomado esas decisiones y que no empañen vuestra lectura.
Asimismo, dado que hay varias organizaciones que trabajan con el fascinante objetivo de devolver los dirigibles a nuestros cielos, quería aprovechar la oportunidad para confirmar que esta obra es pura ficción, escrita con fines de entretenimiento. Cualquier parecido que el lector pueda encontrarle con individuos u organizaciones es pura coincidencia.
Dicho todo esto, gracias por leer mi historia y espero que disfrutéis de ella.
Manifiesto de pasajeros del Osprey, con partida el sábado 13 de septiembre de 2025:
PASAJEROS
Ezra Day
Howard Barnes
Devon Sharpe
Jasper Berry
Madison Brooke
Mia Whiley
Astrid Hahn
Ben Rhodes
Chloé Campbell
TRIPULACIÓN
Capitán FritzSchäfer
Primera oficial Freja Nilsen
Segundo oficial Jakob Wisting
Chef Gwyn Thomas
Sobrecargo Niamh Connelly
Auxiliar de vuelo Liam Mackey
Auxiliar de vuelo Jade Lycett
Auxiliar de vuelo Ivy Redmond
—En Viajes Skyline, vamos a revivir un medio de transporte que lleva décadas sin surcar los cielos.
DevonSharpe había oído tantas veces las palabras que se le recitaban a través de los auriculares que sospechaba que podría repetirlas sílaba por sílaba, pero eso no le impidió volverlas a escuchar mientras esperaba en la sala de embarque del aeropuerto de Oslo. Pendiente solo del móvil que tenía en la mano, no prestaba atención a los viajeros que pasaban a toda prisa por delante de él de camino a las puertas de embarque arrastrando las maletas y aferrándose a las tarjetas de embarque; en su lugar, tenía la vista pegada al vídeo promocional tan refinado, a la imagen del dirigible que aparecía en pantalla.
Era imponente: la aeronave, que medía lo mismo que un campo de fútbol tanto de largo como casi de ancho, flotaba sobre un glaciar resplandeciente, y era de un blanco brillante que contrastaba con el azul del cielo. Disponía de una serie de hélices a cada lado y unos estabilizadores enormes sobresalían por la parte posterior. En los bajos, varias filas de ventanas oscuras prometían vistas espectaculares al paisaje helado que sobrevolaría.
—Los dirigibles siguen existiendo… —El vídeo siguió avanzando y una aeronave mucho más pequeña que tiraba de una pancarta sobre una pista de la NASCAR apareció en pantalla—. Pero no son más que adornos. Se usan en eventos deportivos, campañas de publicidad… Ya no se emplean para el transporte en sí. En Viajes Skyline, pretendemos cambiar eso. Tras dos décadas de investigación y desarrollo intensos, estamos a solo unos meses del lanzamiento oficial de nuestro primer dirigible, el Osprey.
La imagen volvió a cambiar y aparecieron dos hombres en pantalla. El de la derecha, que parecía tener unos sesenta años, era bajito y rechoncho, tenía entradas y llevaba unas gafas finas apoyadas sobre la nariz respingona. Parecía mucho menos cómodo que su acompañante más joven, que miraba directamente a la cámara con una sonrisa natural. Devon sabía, porque tenían la misma edad, que el otro hombre tenía treinta y siete años. Era unos treinta centímetros más alto que su copresentador, llevaba el pelo ondulado peinado al milímetro y la camisa con el cuello abierto arremangada sobre los antebrazos larguiruchos. En la parte inferior de la pantalla aparecieron las palabras «HowardBarnes, fundador» debajo del hombre mayor, y, debajo del más joven y sonriente, «EzraDay, director general».
Daba igual las veces que hubiera visto el vídeo, al mirarle el rostro a su antiguo compañero de instituto, a Devon le costaba asimilarlo. Habían pasado veinte años desde que se habían visto por última vez, pero recordaba perfectamente el día en que el Ezra de diecisiete años había descubierto Viajes Skyline; al fin y al cabo, Devon estaba presente.
Ocurrió solo cuatro meses después del fallecimiento del padre de Ezra. Piloto de profesión y aventurero aficionado, Isaac estaba esquiando con Howard en el Polo Norte cuando una capa de hielo cedió bajo sus pies. La cuerda de seguridad que lo ataba al resto del grupo se rompió y el peso de la equipación lo hundió en las aguas congeladas. Según Howard, sucedió en cuestión de segundos.
Ezra se quedó inconsolable, apenas comía, apenas dormía y apenas salía de su habitación. Pero entonces llegó la revelación: Howard e Isaac habían concebido una idea los días previos a su desaparición bajo el hielo. Juntos habían empezado a planear el regreso de los dirigibles al cielo, empezando con una ruta turística de lujo por el Polo Norte.
Hasta habían elegido el nombre de la empresa, Viajes Skyline.
El cambio de Ezra fue instantáneo; el duelo se esfumó y quedó reemplazado por una determinación que Devon no le había visto nunca.
—Howard va a fundar la empresa —le había explicado—. Y yo voy a formar parte de ella. Lo haré por mi padre, ocuparé su lugar.
Devon recordaba que Howard había tratado de decirle al joven Ezra que no debía apresurarse.
—Sigue con tus aficiones —lo había animado—. Estudia algo sensato en la universidad. Tómate tu tiempo para decidir qué quieres hacer. Si la respuesta sigue siendo Skyline, seguro que encontraremos un puesto para ti.
Pero Ezra no se dejó persuadir. Devon sabía que la mayor ambición de Ezra había sido hacer que Isaac se sintiera orgulloso, estar a la altura de su leyenda. Lo único que le importaba era ayudar a Howard a dar vida a Viajes Skyline.
Cuando volvió a centrar la atención en el vídeo, le tocaba hablar a Howard.
—La próxima primavera —explicaba— ofreceremos vuelos turísticos regulares por el Polo Norte. Y ya estamos investigando otras rutas: el Amazonas, el desierto del Sáhara. Nuestro objetivo es alcanzar las zonas más remotas del mundo y hacerlo rodeados de estilo y comodidad.
Mientras hablaba, aparecían imágenes conceptuales del mismo dirigible blanco sobre las frondosas copas de los árboles de la jungla y, a continuación, sobre kilómetros de dunas de arena. Un momento después, Devon vio el interior de la nave: fotografías de una zona de bar con temática polar, cabinas compactas con camas lujosas, enormes ventanales con vistas a paisajes nevados.
—Pero el turismo es solo el principio —volvió a intervenir Ezra—. Queremos recurrir a usos más prácticos, tenemos grandes ambiciones. Es probable que un dirigible sea más lento que un avión, pero puede permanecer en el aire durante días y, con la altura que nos proporciona el helio, en lugar de motores colosales, es mucho más ecológico. Imagínense descender del cielo sobre una zona afectada por la guerra o una crisis medioambiental con más suministros de los que podría cargar un helicóptero. Imaginen las ubicaciones a las que podríamos acceder y los espacios verdes que podríamos salvar sin la necesidad de construir pistas de aterrizaje. Son posibilidades reales; más que eso, es a lo que aspiramos. Y todo empieza aquí.
La imagen volvió a cambiar y ahora se mostraba el borde escarpado de una serie de islas. En la distancia, separado por una gran extensión de océano azul, se encontraba Noruega.
—Por ahora —continuó Ezra—, nuestro viaje empieza en Longyearbyen, en el archipiélago ártico de Svalbard. Situado a solo mil doscientos kilómetros del Polo Norte, Longyearbyen no solo es el asentamiento permanente más al norte del mundo, sino que su historia está muy ligada a los viajes en dirigible. La aeronave Norge, salida de Svalbard, completó la primera expedición al Polo Norte en 1926. El año que viene, cuando el Osprey despegue oficialmente, será en el centésimo aniversario de aquella expedición histórica, y trazaremos esa ruta icónica en un viaje turístico de dos días hasta la mismísima cima del mundo. Por el camino, viajaremos por encima de las reservas naturales y los parques nacionales que forman este paraíso ártico. Volaremos bajo y despacio, con el objetivo de ver algunos de los osos polares y las manadas de renos que habitan la zona. Si tenemos suerte, puede que hasta veamos ballenas en los fiordos al alcanzar la costa. Y desde allí, continuaremos hasta…
Devon notó un toquecito en el hombro y se quitó los auriculares. A su alrededor, oyó el traqueteo de las ruedas de las maletas, las peleas de los niños y el anuncio alegre por megafonía de que habían abierto las puertas.
Un anciano le sonrió de pie ante él y le preguntó:
—Sitter det noen her? —Después, al ver la cara de confusión de Devon, señaló el asiento contiguo con la cabeza y dijo, con acento noruego—: ¿Puedo sentarme?
Devon se disculpó y apartó la chaqueta y la mochila del asiento. Cuando el hombre se hubo sentado, pensó en volver a reproducir el vídeo, pero, dado que ya lo había visto varias veces esa misma mañana, decidió guardarse los auriculares en el bolsillo.
Le costaba expresar cómo se sentía al volver a estar en contacto con Ezra. Habían compartido habitación en un internado durante gran parte de su adolescencia, por lo que hubo una época en la que eran como hermanos. Pero entonces llegó la edad adulta y perdieron el contacto. Ezra había empezado a estudiar ADE con la idea de unirse a Howard en Viajes Skyline, mientras que Devon se había dedicado a trabajar en los Alpes, y a guiar a turistas ricos por expediciones personalizadas por la montaña. Parecía que había pasado una eternidad desde sus días en el colegio, una vida. Y en cuanto a Viajes Skyline, a Devon casi se le había olvidado la promesa adolescente que le había hecho Ezra a su padre fallecido. Por eso, recibir una llamada repentina, y además una llamada en la que lo informaba de que lo habían conseguido, había sido un gran shock.
—Intentamos atraer a la misma clase de turistas que tú guías por los Alpes —le había explicado Ezra—: de rentas altas y obsesionados con la aventura; de los que quieren salir del mapa, pero con estilo. Queda menos de un año para la inauguración y queremos utilizar el tiempo que nos queda para asegurarnos de que todo esté perfecto. Esperaba que pudieras pasar un fin de semana con nosotros y mostrarnos todo lo que podemos mejorar.
Devon se había sentido halagado.
—Me encantaría, Ezra. Y me alegro mucho de saber de ti, pero no estoy seguro de poder irme ahora mismo…
—Por favor, tío —le había insistido Ezra—. Sería genial volver a verte, y tu experiencia con esta clase de clientes nos sería muy valiosa. Si sirve de ayuda, puedo pagarte por venir, podemos contratarte como asesor e incorporarlo como un gasto de empresa.
Aquello le dolió, no tanto porque Ezra se lo hubiera ofrecido, sino porque no le había dado a Devon otra opción más que aceptar. La tarifa que le propuso no era gran cosa, desde luego no era suficiente para sacar a Devon de los dilemas económicos contra los que luchaba. No obstante, al echarle un vistazo al papeleo que se le acumulaba sobre el escritorio, a las cartas del contable, del abogado y, sobre todo, del abogado del cliente que lo había denunciado, no pudo negarse.
Al otro lado de la sala de embarque, Devon vio que un adolescente se sentaba al piano y empezaba a tocar. El crío debía de tener más o menos la misma edad que él y Ezra la última vez que se vieron, unos diecisiete años, seguramente.
Bajó la mirada al móvil, al vídeo pausado. Al verlo ahora, con la mandíbula angulosa y el pelo perfecto, era imposible adivinar que Ezra había sido el eslabón más débil del grupo. No quedaba ni rastro del niño que había quedado último en todas las carreras de campo a través o al que placaban en cuanto ponía los pies en el campo de rugby; ni rastro del niño flacucho y solitario que había necesitado que Devon lo salvara de todas las peleas que había iniciado, pero que nunca esperaba ganar.
—Venga, Dev —le había insistido Ezra por teléfono—. Ha pasado demasiado tiempo, merecemos ponernos al día como Dios manda.
Le había resultado inquietante volver a oír su voz. Era más grave, por supuesto, pero la entonación y el ritmo de su discurso no habían cambiado. Sonaba igual de seguro de sí mismo que siempre, igual de entusiasta.
Devon suponía que sus propias circunstancias hacían que le resultara más difícil asimilar el éxito de Ezra. De los dos, uno había abordado un sueño imposible y lo había hecho realidad; el otro había intentado labrarse una vida digna, una vida que, aunque no por su culpa, se desmoronaba a su alrededor.
—Damas y caballeros —anunció una voz por megafonía—, el vuelo SA2308 hacia Longyearbyen está listo para el embarque.
Devon se guardó el teléfono en el bolsillo, se puso en pie y se colgó la mochila en el hombro. Al hacerlo se dio cuenta, con un sobresalto, de lo que le costaba expresar con palabras: estaba resentido. En alguna parte, muy en el fondo, sentía un resentimiento ardiente y palpitante hacia EzraDay.
Era un pensamiento aterrador. Debería estar encantado de que su viejo amigo hubiera conseguido semejante hazaña. Y aunque no se alegrara por Ezra, como mínimo debería estar emocionado por el viaje que le esperaba: un vuelo de dos días que le habían vendido como el equivalente volador del Ritz. ¿Por qué no iba a estar emocionado?
No obstante, mientras se dirigía a toda prisa hacia la puerta de embarque, esforzándose por decirse a sí mismo que efectivamente era así como se sentía, durante un momento fugaz, lo único que deseó Devon fue que su viejo amigo cayera muerto.
Mil cien kilómetros más al norte, en un hangar a las afueras de la ciudad de Tromsø, NiamhConnelly levantó la mirada hacia el Osprey y trató de convencerse a sí misma de que no estaba a punto de cometer el mayor error de su vida.
Habían pasado nueve años desde que, en su vigesimoprimer cumpleaños, se había unido a una agencia que reclutaba miembros de tripulación para yates de lujo. Era tan trabajadora y entusiasta de los viajes que le había parecido la oportunidad perfecta. Había trabajado de azafata a bordo de una gran selección de embarcaciones tan impresionantes que le harían saltar las lágrimas a cualquiera, todos navíos resplandecientes propiedad de magnates de las finanzas y de las energéticas; había experimentado cosas increíbles. Sin embargo, el Osprey era una bestia completamente distinta.
Había visto fotografías antes de aceptar el trabajo, muchísimas, pero ninguna la habría podido preparar para su tamaño. Estaba anclado y flotaba por encima del suelo, le recordó a su visita al Museo de Historia Natural de Londres, en la que había visto el esqueleto de una ballena azul que colgaba del techo. Era la mejor comparación que se le ocurría, pero aun así no le hacía justicia al Osprey; el dirigible podría haberse tragado a la ballena varias veces.
Niamh quería estar entusiasmada, igual que cuando recibió la noticia de que se requería un sobrecargo para una nueva aeronave de lujo, o cuando vio las imágenes conceptuales del Osprey flotando sobre un paisaje ártico resplandeciente por primera vez, o cuando recibió la llamada para ofrecerle el puesto. Cuando un miembro del personal de tierra con una chaqueta negra de Viajes Skyline la había acompañado a bordo y enseñado las dos cubiertas, había hecho todo lo posible por parecer emocionada. Y no solo eso, también había hecho todo lo posible por sentirse así de verdad. Se había maravillado al ver la cristalería detrás de la barra e inhalado el olor del perfume que habían elaborado expresamente para el salón, pero una idea se le había arraigado a la mente en todo momento: algo iba mal.
Era una sensación contra la que llevaba semanas luchando, semanas en las que una serie de pequeñas irritaciones se habían transformado poco a poco en asuntos serios. En primer lugar, estaba el contrato de tres años que había tenido que firmar al aceptar el puesto. Le había parecido raro, pero valía la pena. Ya la habían ignorado para el puesto de sobrecargo en tres yates distintos, que había quedado en manos de compañeros de trabajo un poco más mayores o que tenían un año o dos más de experiencia que ella. Cualquier sacrificio valía la pena para poder dar por fin ese salto. Y hacerlo a bordo de ese dirigible, el primero de su clase, le había parecido la oportunidad de su vida.
A continuación habían llegado las miradas nerviosas de sus antiguos compañeros de la agencia cuando les contó la noticia.
—Una estancia en el Ártico no es para todo el mundo —le había dicho uno de ellos—. Ese ambiente puede volverte loco. A la mayoría no le va bien pasar semanas en medio de la nada.
Después estaba la cuestión del equipo que iba a trabajar bajo su mando. Cuando discutieron las características del puesto, EzraDay había asegurado a Niamh que tendría la oportunidad de escoger a los auxiliares de vuelo ella misma, pero, cuando llegó el momento, él acudió a todas las entrevistas y, aunque había escuchado las recomendaciones de la mujer, las rechazó todas. Acabado el proceso, Niamh contaba con un barman engreído, una activista climática en ciernes y la sobrina del propietario.
Incluso las cabinas de la tripulación la inquietaban. Eran prácticamente idénticas a las de los yates de lujo en las que había pasado cientos de noches a bordo. No obstante, en un yate era fácil convencerse de que valía la pena estar tan apretados debajo de la cubierta. Había dormido miles de noches sabiendo que lo que golpeaba el otro lado de la pared era el mar Mediterráneo, y había pasado los días trabajando con el sol bronceándole la piel y los días libres en el agua con sus amigos o de compras en puertos cercanos.
Sin embargo, mientras miraba los cuartos a bordo del Osprey, lo único que veía eran armarios grises y diminutos. No saldría de compras ni pasaría días bajo el sol mientras trabajara para Viajes Skyline. Tras las advertencias que había recibido de sus antiguos compañeros de trabajo, a Niamh le resultaba imposible no pensar en la nada fría y amplia que muy pronto los acecharía desde abajo.
En parte, había conseguido apaciguar, o por lo menos ignorar, las dudas. Pero, mientras esperaba en el hangar noruego de aire cavernoso y veía el dirigible en persona por primera vez, la imagen del Osprey flotando sobre el suelo la puso tan nerviosa que le entraron ganas de vomitar.
«Tres años», pensó, «tres años a bordo de esa cosa». ¿En qué estaba pensando? Cuando solicitó el empleo por primera vez, las fotografías del Ártico la habían cautivado. Mostraban osos polares y narvales, fiordos relucientes y la luz del sol cegadora. Pero ahora…
Se había estrujado los sesos desesperadamente para encontrar la forma de escapar, pero el contrato con Viajes Skyline estaba blindado. La única manera de hacerlo era renunciar, y no iba a caer tan bajo tan fácilmente. Tardaría años en recuperarse de un infortunio así en el currículum; si mancillaba su reputación al dejar un trabajo antes de darle una oportunidad, podía despedirse de convertirse en sobrecargo en el futuro.
Con la mirada clavada en el Osprey, se obligó a erguirse. A lo mejor no estaría tan mal, a lo mejor cuando sobrevolaran el desierto helado le parecería tan bonito como en las fotos. A lo mejor sí que verían todas las cosas increíbles que Ezra le había prometido: osos polares y ballenas. A lo mejor no importaba que no hubiera escogido ella a su propio equipo, los tres auxiliares de vuelo bajo su mando podían ser tan profesionales y atentos como ella esperaba.
Lo descubriría muy pronto. Saldrían por la mañana, viajarían novecientos sesenta kilómetros hacia el norte, hasta Longyearbyen, donde recogerían a los pasajeros. De allí, irían a la cima del mundo: el Polo Norte.
A seis kilómetros al oeste, en el centro de Tromsø, HowardBarnes, el fundador y director ejecutivo de Viajes Skyline, se encontraba frente a la ventana de su apartamento.
Era un sitio modesto, con un solo dormitorio y un salón-cocina de concepto abierto, pero contaba con unas vistas fantásticas. Por encima de los tejados noruegos tradicionales, Howard veía la silueta afilada de la Catedral del Ártico, el puente de Tromsø, que conectaba la ciudad con la península, y, más allá del fiordo, una cordillera nevada.
Aunque no es que las estuviera disfrutando. En lugar de eso, se centraba en controlar la respiración y trataba de apaciguar el ya familiar tic nervioso, causado por el estrés, que se le había despertado en la comisura del ojo.
Howard siempre había sido una persona nerviosa. La mayoría de noches, cuando se iba a la cama, se preguntaba si había cerrado la puerta con llave o no. La mayoría de días, cuando iba a la oficina, lo preocupaba haberse dejado las luces encendidas. Su hermana pequeña le decía a veces que nunca entendía cómo había sido piloto de una aerolínea. Había intentado explicárselo varias veces: tener preocupaciones insignificantes o preocupaciones importantes… no era más que una forma de ser, una con la que a él no le había quedado más remedio que aprender a lidiar.
El vuelo que iban a realizar aquel fin de semana, el vuelo de prueba no oficial, como había empezado a llamarlo para sí, era particularmente inquietante. Había dado problemas desde el principio y, con el paso de las semanas, no había hecho más que empeorar.
Cuando Ezra se lo propuso la primera vez, Howard no lo había visto necesario. Habían investigado, habían consultado a expertos: el Osprey era perfecto. Y, aunque no lo fuera, siendo realistas, ¿cuánto iban a conseguir en los ocho meses que quedaban hasta su lanzamiento? No podían cambiar los proveedores con los que habían firmado contratos, ni implementar cambios de diseño importantes en tan poco tiempo.
Pero no consiguió disuadir a Ezra.
—¿De verdad quieres que las primeras personas que prueben lo que hemos creado sean los clientes? —le había preguntado—. Necesitamos opiniones sinceras de gente en quien confiemos. Y nosotros debemos experimentarlo también.
Al final, Howard había cedido. Una pequeña parte de él sospechaba que la insistencia por recopilar «opiniones sinceras» era en realidad una tapadera, una excusa para que Ezra fardara del Osprey delante de sus antiguos amigos del instituto. Devon, Jasper y Alec habían estado presentes cuando Ezra había oído hablar de Viajes Skyline por primera vez, cuando había jurado que cumpliría el sueño frustrado de su padre. Como su madre había fallecido un año antes y no tenía más familia cercana, tenía sentido que quisiera que sus amigos vieran que lo había logrado.
Howard había llegado a la conclusión de que lo mejor era seguirle el juego. No creía que fueran a recibir consejos útiles de los amigos de Ezra, pero sí creía que los dos merecían experimentar el Osprey por ellos mismos. Asimismo, cuando Alec, que desde sus días de instituto con Ezra se había convertido en el editor de Condé Nast Traveller, prometió sacar un reportaje jugoso en la revista después del viaje, Howard no pudo negar el valor publicitario de dicha oferta. Pensó que lo mejor era que se lo quitaran de encima y después podrían volver a centrarse en la inauguración.
Sin embargo, durante las semanas previas al despegue, empezó a preocuparse por la lista cada vez más extensa de invitados. Una cosa era llevar a Alec, Devon y Jasper, pero descubrir que iba a haber desconocidos entre ellos lo inquietaba.
Primero había sido el fotógrafo de Alec, Ben. Howard lo había dejado pasar, porque sabía que el artículo requería fotos bonitas del Osprey y del paisaje ártico. La inclusión de la novia de Jasper, Madison, ya no le hacía tanta gracia. Ezra había justificado la incorporación de varias maneras. En primer lugar, había argumentado que, como modelo e hija de un magnate del petróleo muy rico, Madison era precisamente la clase de cliente a los que esperaban atraer. Estaba acostumbrada a lo mejor de lo mejor, así que, si querían saber si los lujos a bordo del Osprey estaban a la altura, su opinión sería muy valiosa. Y el padre de Madison era un inversor muy importante de Viajes Skyline, no le sentaría muy bien enterarse de que habían invitado a su hija a un vuelo preliminar para decirle después que no era bienvenida.
Bueno, supuso Howard. No le gustaba, pero podía aceptarlo. Madison podía unirse. Sin embargo, la tercera incorporación al equipo no lo convencía tanto: una bloguera e influencer especializada en sostenibilidad.
—Necesitamos aprobación medioambiental —había insistido Ezra— y Mia puede proveerla. Si vamos a volar igualmente y nos sobra una cabina, ¿por qué no pedirle que venga?
Llegados a ese punto, Howard había empezado a sentirse incómodo y lo único que lo aliviaba era saber que ya no podrían incluir a más desconocidos. Con la inclusión de Astrid, la asistenta que él y Ezra compartían, los ocho camarotes del Osprey estaban ya ocupados.
Pero parecía que también se equivocaba en eso. Hacía solo dos horas, Ezra le había dicho que habían ingresado al hijo pequeño de Alec en el hospital para hacerle una apendicectomía, por lo que se había visto obligado a retirarse del viaje. Como no quería decepcionarlos cancelando el reportaje, iba a enviar a una reportera autónoma en su lugar, una joven de Londres.
Como el tic del ojo se negaba a remitir, Howard se alejó de la ventana y se dirigió a la cocina. Normalmente se habría servido una copa de vino para calmar los nervios, pero la ansiedad había llegado a tales niveles que había recurrido a uno de los mecanismos de afrontamiento más extremos. Se sirvió un vaso de agua, abrió uno de los armarios y sacó un bote de pastillas para dormir.
Intentó convencerse de que se preocupaba por nada, como solía ocurrirle, pero fue en vano. Los desconocidos tendrían preguntas, preguntas sobre Isaac y los orígenes de Viajes Skyline. Y sería inusual que Howard decidiera no responderlas.
Se echó dos pastillas en la mano y suspiró. Habían pasado veinte años desde que él e Isaac se habían embarcado en aquel viaje catastrófico al Polo Norte. Veinte años desde que le había contado a un Ezra desconsolado que, días antes del accidente que se llevó la vida de su padre, habían ideado un plan para devolver los dirigibles a los cielos.
Howard todavía recordaba la expresión de Isaac cuando desapareció bajo el hielo. Recordaba el destello de sorpresa cuando empezó a hundirse y el terror justo antes de desaparecer bajo el agua. Dudaba que pudiera olvidarla nunca, pero no quería hablar de aquello. Hay cosas que no deberían revivirse, y menos ante un grupo de desconocidos varados a bordo del Osprey en uno de los lugares más remotos del planeta.
Se tomó las pastillas y regresó a la ventana.
Tras la muerte de Isaac, decidió construir Viajes Skyline él solo. Pero los primeros años habían sido duros, repletos de dudas e inseguridades. Isaac siempre había sido el hombre de las ideas; sin él, la tarea le había parecido inconmensurable. La empresa en ciernes solo había empezado a progresar cuando se le unió Ezra.
Recién graduado y con un grado en ADE, ni siquiera se había molestado en llamar. Simplemente se había presentado en la oficina, que por aquel entonces se encontraba en un sótano de Londres, y le había preguntado a Howard qué quería que hiciera. Se había puesto manos a la obra en cuestión de minutos y había empezado a llamar a posibles inversores. También estuvo innumerables horas estudiando detenidamente esquemas del mando de las naves y diseños de ingeniería. Por la forma en que Viajes Skyline había ganado empuje tras la llegada de Ezra, a Howard no le había quedado más remedio que nombrarlo director general. Puede que él fuera el fundador de la empresa, pero Ezra le había dado vida.
Con la mirada puesta en el otro lado de la ciudad, Howard observaba a la gente que volvía a casa del trabajo o desaparecía en el interior de los restaurantes para cenar. Tromsø era una ciudad isleña, envuelta en montañas y fiordos por los que Noruega era tan querida; también era la puerta al Ártico, uno de los últimos escollos de civilización para aquellos que querían subir al Polo Norte. Cuando él e Isaac habían pasado la noche allí durante uno de sus viajes al norte, nunca imaginó que un día sería su hogar, que tendría un piso en la ciudad, y un despacho y un hangar a solo unos kilómetros.
Veinte años… En todo ese tiempo, él y Ezra apenas habían hablado del accidente. No había nada que decir, ambos sabían por qué hacían lo que hacían. Y juntos habían conseguido que algo bueno surgiera del horror de aquel viaje, algo que dejaría una impresión duradera en todo el mundo. Pero ahora, a solo meses de que Viajes Skyline despegara, un desconocido curioso con una pregunta desafortunada podría abrir heridas que Howard había tratado de mantener cerradas durante años.
Suspiró. Ya se había planteado escaquearse, fingir que había contraído algún virus estomacal. Pero Ezra no se lo permitiría.
Howard casi se echó a reír. Ezra le recordaba mucho a Isaac a veces. Se parecían físicamente, por supuesto; cuanto más pasaban los años, mayor era el parecido de Ezra con su padre. Pero también compartían un carácter similar: Isaac tampoco le habría permitido rajarse. Había sido la característica que definía su amistad; cada vez que Howard había aconsejado precaución, Isaac había insistido en que fueran a por todas.
Howard cerró las cortinas y se dirigió al sofá.
Aquel fin de semana se hablaría de Isaac, no podría esquivarlo. Lo único que podía hacer era responder con educación y tratar de desviar la conversación. Sabía qué decir, había ensayado las respuestas durante años. Solo necesitaba dormir, eso era todo. Un sueño reparador y, cuando estuvieran en el aire, todo saldría bien.
Se tumbó sobre los cojines y deseó que las pastillas hicieran efecto pronto.
Sábado, 13 de septiembre de 2025
Día del despegue
Longyearbyen: huskies y chocolate caliente en el pueblo más septentrional del mundo
De acuerdo, fieles nómadas. Antes que nada, vamos a ponernos al día.
Los seguidores del blog ya sabrán que mi intención era escribir la siguiente publicación desde los confines soleados de Dubrovnik. Pero, tal y como sugiere el título, he tomado un pequeño desvío.
Quedaos tranquilos, que el contenido croata llegará. Iré en un par de semanas, así que, si hay algo que os gustaría ver, dejádmelo en los comentarios. Por el momento, me encuentro en un pequeño lugar llamado Longyearbyen.
A aquellos que se estén preguntando «¿Dónde narices…?».
No os preocupéis. Hasta hace poco, muy muy poco, yo tampoco había oído hablar del sitio.
Situado en el círculo polar ártico, Longyearbyen tiene dos mil habitantes, historia en la minería del carbón y, por lo menos en esta época del año, veinticuatro horas de luz solar. ¡Ah! Y con unos míseros mil doscientos kilómetros hasta el Polo Norte, también presume del impresionante honor de ser el asentamiento permanente más al norte del mundo.
¿Mi primera impresión? Sinceramente, para estar tan cerca del borde del mapa, es encantador. Anoche me tomé una copa en el bar más al norte del mundo y esta mañana me he tomado el mejor chocolate caliente de mi vida en una cafetería de huskies (los que hayan leído mi publicación sobre Budapest sabrán lo mucho que me gustan las cafeterías con gatos, pero ¿una cafetería con huskies? ¡Venga ya!).
Ahora os contaré un par de datos curiosos que he aprendido desde que llegué. Nadie nace aquí, porque el hospital local es demasiado pequeño. Resulta que todas las embarazadas viajan al continente durante el octavo mes de embarazo y regresan cuando ya ha nacido el bebé. Tampoco muere nadie aquí, porque el permafrost impide que los cuerpos se descompongan (es un poco morboso, ¡pero interesante igualmente!). Y después están los osos polares. Yo todavía no he visto ninguno, pero los lugareños no pierden el tiempo en decirte que puede que veas uno… Y hay un ejemplar disecado sobre la cinta de equipajes del aeropuerto, así que literalmente lo primero que ves al llegar es un oso polar. Es tan habitual encontrarlos a las afueras del pueblo que a los residentes se les impide salir sin un arma como protección.
En cuanto al motivo por el que he venido, resulta que…
Antes de que ChloéCampbell pudiera escribir el resto de la frase, alguien llamó a la puerta de su habitación. Se alejó del escritorio y vio que era Ben quien la esperaba en el pasillo. Llevaba la mochila colgada del hombro y la cámara del cuello y, al ver la sonrisa amplia que le cruzaba el rostro, sintió la expectativa que emanaba de él.
—¿Lista?
—Dame un segundo.
Chloé volvió a entrar a la habitación a toda prisa, cerró el portátil, que estaba cubierto de pegatinas de varios monumentos y parques nacionales, y se lo guardó en la mochila. También cogió la cámara y se ató la GoPro a la frente. Sabía que Ben se encargaría de hacer las fotos que aparecerían en su reportaje de Condé Nast Traveller, pero Alec Lewis, el editor de la revista, le había dicho que tenía total libertad para hacer fotos a lo que quisiera para su blog e Instagram, una oferta que pensaba aprovechar al máximo.
«Su reportaje». Incluso entonces, que ya habían pasado cuarenta y ocho horas desde que Alec le había asignado la tarea, pensarlo hacía que quisiera patalear de la emoción.
Recordó el momento en que le había sonado el móvil y un número que no conocía iluminó la pantalla. Estaba de bajón, llevaba casi cuatro semanas viviendo en la habitación de invitados de su mejor amiga, Ellie, había pasado toda la mañana redactando propuestas de artículos que sabía que seguramente no recibirían respuesta y toda la tarde asimilando que su mejor cliente como redactora de textos autónoma tenía que hacer recortes y ya no podía mantenerla. Y para hurgar más en la herida, cada vez le quedaba menos contenido para Instagram del que había grabado en los últimos viajes a París y Dublín y publicado poco a poco y, aunque su próximo viaje a Dubrovnik ya estaba pagado, había empezado a preguntarse cómo iba a pagar el alquiler, por no hablar de las próximas aventuras para el blog.
Por eso, cuando le sonó el teléfono, se esperaba dos posibilidades: o era un agente inmobiliario que la llamaba para preguntar si se había decidido por alguna de las habitaciones de alquiler aburridas que había ido a ver sin ganas, o sus padres, en una de esas llamadas diarias adorables y cada vez más insistentes que le hacían para saber cómo estaba. ¿Había encontrado casa ya? ¿Podían mandarle algo de dinero como depósito para una habitación? ¿Seguro que no debía estar buscando algún trabajo más estable?
Por lo menos ya habían dejado de preguntarle si valía la pena intentar arreglar las cosas con Nate. Aunque Chloé sospechaba que a su madre nunca le había gustado, había tardado más de dos semanas en convencer a su padre de que la ruptura llevaba meses en desarrollo.
Tres años atrás, cuando Chloé había renunciado a su sueldo fijo en una agencia de relaciones públicas para centrarse en su sueño de escribir reportajes de viajes, Nate la había apoyado. Sin embargo, cuando él empezó a subir de rango en la empresa de contabilidad de Chelsea y empezó a interesarse en invertir su salario cada vez mayor en una casa propia, Chloé supo que sus escasos ingresos la hacían parecer más una carga que una compañera. Las cosas por fin habían llegado al límite cuando una nueva conversación difícil sobre sus finanzas (la tercera del mes) había culminado con Nate exigiendo saber cuánto más tiempo de su vida pensaba perder escribiendo.
—Llevas intentándolo tres años —le había dicho— y no has llegado a ninguna parte. No has conseguido patrocinios con el blog, ni encargos de ninguna revista. ¿Cuándo vas a aceptar que no va a funcionar?
En cuanto pronunció aquellas palabras, vio en su mirada que se arrepentía de haberlas dicho. Pero también vio que lo había dicho en serio, y era evidente que la frustración en su voz era real. En consecuencia, habían tomado la dolorosa decisión de acabar con su relación de cinco años.
Hubo lágrimas y, siendo justos, Nate le había ofrecido el piso; pero Chloé había insistido en mudarse. Por aquel entonces no tenía amigos que pudieran mudarse con ella y compartir el alquiler y, mientras que Nate podía permitirse pagarlo él solo, la mayoría de meses ella apenas conseguía reunir su mitad. Así que había acabado en el apartamento de Clapham en el que su antigua compañera de piso de la universidad, Ellie, vivía con su prometido, y se quedó en su cuarto de invitados hasta que averiguara qué hacer con su vida.
Cuando le sonó el teléfono y Chloé decidió, al ver el número desconocido, que era más probable que fuera un agente inmobiliario que sus padres, estaba tan abatida que se planteó dejar que saltara el buzón. Ahora se estremecía solo de pensarlo, porque, cuando respondió, no era un agente inmobiliario, ni por asomo. Era Alec.
Apenas le dijo quién era y le habló como si fueran viejos amigos, el corazón se le había subido a la garganta. Había enviado tantos borradores y tantas ideas para reportajes a la dirección de correo que Alec indicaba en la página web de la revista —a los que nunca había recibido respuesta—, que había empezado a preguntarse si le llegaban siquiera. Mientras se incorporaba en el escritorio, lo primero que pensó fue que por fin debió haber sugerido algo que le interesara, que por fin iba a recibir un encargo. Y dio la casualidad de que sí, pero no por una de las muchas ideas que había enviado al correo de Alec. Ni en sueños habría imaginado recibir la oferta que le hizo.
—Créeme —le había dicho—, normalmente no doy así los encargos, y menos a alguien con quien no he trabajado antes, pero no puedo irme de viaje mientras operan a mi hijo, y con tan poca antelación ninguno de los habituales puede ocupar mi lugar. He visto todos los borradores que me has mandado, sé las ganas que tienes de escribir para nosotros y veo en tu blog que sabes contar buenas historias. Si te apetece, me gustaría enviarte a ti. Y si va a hacer que la decisión sea más fácil, considéralo una prueba. Hazlo bien y te enviaré más trabajos.
Chloé, que había estado escuchando con la boca abierta, se había quedado tan muda que, cuando Alec terminó de hablar, apenas encontraba las palabras para responderle. Tras una pausa, aceptó entrecortadamente. Le había dicho de sopetón que no se preocupara y que pensaba hacer un gran trabajo.
Y lo decía muy en serio. Había esperado una oportunidad así durante tres años. Tres años de borradores y llevando el blog, con la irracional esperanza de que, si era lo bastante persistente, al final se saldría con la suya. Mentiría si no admitiera que, durante las últimas semanas, había empezado a perder la esperanza. Pero ¿ahora? Con un encargo de verdad y en una parte del mundo tan remota, para una revista a la que admiraba y la promesa de más encargos si todo iba bien…
Imaginó su nombre impreso en las páginas de Condé Nast Traveller. Imaginó no tener que depender de trabajos sosos y corporativos de redactora de contenidos para financiar los viajes y pagar el alquiler. Imaginó que las miradas de compasión mal disimuladas en los rostros de sus amigos —amigos que parecían pasar los veinte casándose o ascendiendo en el trabajo o comprándose su primera casa— se volvían miradas de admiración cuando describiera los lugares remotos que le habían encargado visitar.
Así que no. No le importaba que Alec la hubiera enviado para sustituirlo porque estuviera desesperado. Lo único que le importaba era estar allí. Era su reportaje, su encargo. Y no había nada en el mundo que le fuera a impedir aprovechar la oportunidad.
Cada vez más emocionada, se unió a Ben en el pasillo arrastrando una maleta pequeña detrás de ella.
—Oye —le comentó él, y le mostró la cámara mientras caminaban—. ¿Qué te parece?
En la pantallita, Chloé vio una fila de cabañas tradicionales noruegas, bordeadas a la perfección por un fiordo y una cordillera en el fondo. Había una fina capa de nieve en el suelo, desigual, pero lo bastante espesa para que el cielo azul despejado y los edificios en tonos pastel destacaran todavía más.
—La he sacado hace media hora —le explicó con orgullo—. Hice una ayer, pero la luz era un desastre. He visto por la ventana que hoy tenía mejor aspecto, así que he salido corriendo para hacerla otra vez.
—Es preciosa —respondió Chloé, e hizo que el chico sonriera todavía más.
Ben le había causado buena impresión. Cuando Alec le había dicho que enviaría un fotógrafo con ella, se preguntó si le molestaría trabajar con una escritora en su primer encargo. Sin embargo, pocos minutos después de haberlo conocido en el aeropuerto de Svalbard la tarde anterior, Chloé supo que no iba a tener ningún problema con Ben.
Tenía más o menos su edad, desde luego no podía tener mucho más de treinta años, pero con su complexión fuerte, la barba espesa y el gorro amarillo, se parecía más a un leñador que a un fotógrafo. En las veinticuatro horas que hacía que se conocían, no había sido más que cordial. Como había tenido un par de meses para prepararse para el viaje, en comparación con los míseros dos días con los que había contado Chloé, la había llevado a un bar en Longyearbyen, la había invitado a una cerveza y respondido a tantas preguntas como pudo sobre Viajes Skyline, el Osprey y el grupo con el que iban a viajar.
Mientras se dirigían al vestíbulo del hotel, Chloé miró a su alrededor en busca de los demás. Aunque por fuera el hotel se parecía a un edificio de investigación sacado del plató de una película de ciencia ficción, el interior era todo lujo. La recepción era una zona con iluminación tenue, amueblada con sillones cómodos y una chimenea de llamas parpadeantes, y la enorme pantalla que había detrás del mostrador mostraba una serie de excursiones turísticas que podían hacerse por la localidad. Cada pocos segundos, la imagen variaba entre un bote que flotaba junto a un glaciar brillante, huskies que tiraban de trineos y una ballena jorobada que se asomaba en la superficie de un fiordo. En la parte posterior, Chloé vio una tienda de regalos en la que vendían gorros de lana y peluches de morsas y, más atrás, el restaurante elegante en el que Ben y ella habían desayunado esa mañana.
—¡Ah!
La voz hizo que Chloé desviara la mirada al otro lado del vestíbulo y viera a Astrid sentada en un sillón cercano con una tableta. Se había presentado el día anterior como la asistente de EzraDay en Viajes Skyline. Astrid era originaria de Tromsø y al conocerlos la tarde anterior había insistido mucho en lo emocionada que estaba por visitar el Polo. Durante el primer encuentro, llevaba un jersey de una foca que saludaba con ojos enormes y casi de dibujos animados. Aquella mañana, en contraste con la ropa de abrigo de Chloé y Ben, había optado por una chaqueta acolchada que le llegaba por las rodillas, un jersey rosa de cuello alto y una diadema de punto.
—Ya estáis aquí —comentó alegremente, y se colocó la tableta debajo del brazo al acercarse a ellos para saludarlos—. Los otros están fuera, si queréis uniros a ellos. El autocar llegará pronto. ¿Habéis visto el helicóptero? —Chloé frunció el ceño—. ¡Sí! —continuó Astrid, resuelta y con su característico acento noruego—: Sobrevolaba el valle hará una hora. Alguien ha visto un oso polar y han sacado el helicóptero para ahuyentarlo del pueblo. —Parecía que iba a seguir hablando, pero se interrumpió para sacarse el móvil del bolsillo de los vaqueros—. Es Ezra —les explicó—. Él y Howard deben de haber aterrizado ya. Podéis ir con los demás, iré en un minuto.
Se marchó a toda prisa y dejó a Ben con expresión pesarosa.
—Qué típico —protestó, y sacudió la cabeza—. He pasado tres días intentando conseguir la foto de un oso polar en los parques nacionales, y nada. Y justo la mañana en que nos vamos aparece uno aquí al lado.
Chloé le ofreció una sonrisa alentadora.
—Nunca se sabe, solo nos iremos dos días, así que puede que siga por la zona cuando volvamos.
—Puede. —Forzó una sonrisa, pero Chloé pudo notar en su voz que no tenía muchas esperanzas.
Salieron al aparcamiento del hotel y la nieve y la gravilla les crujieron bajo los pies mientras la fría brisa los envolvía. Chloé inhaló: el aire del fiordo era frío, pero también fresco y limpio. Era un contraste agradable a la humedad espesa de Londres a la que se había acostumbrado.
A pocos pasos, vio a JasperBerry hablar con DevonSharpe. Los dos hombres rondaban los cuarenta y se los reconocía con facilidad por las fotos de sus respectivas páginas web. Jasper tenía perilla, los labios fruncidos y el pelo oscuro alborotado que le llegaba por los hombros. Devon era un poco más alto y corpulento, llevaba una barba incipiente muy cuidada sobre las mejillas angulosas y el pelo tan corto que prácticamente parecía rapado.
Chloé rememoró la tarde anterior, cuando Ben la había puesto al día en el bar.
—Así que ellos ya se conocen —le había dicho ella—. Iban juntos al instituto, ¿verdad?
—Así es. Alec, Ezra, Jasper y Devon. —Ben hizo una pausa para darle un trago a la cerveza—. En la actualidad, Devon es el propietario de una empresa de aventuras en los Alpes que lleva a cabo viajes personalizados a la montaña para turistas ricos. Hacen esquí, excursiones, escalada de gran altura… esa clase de cosas. Ezra quiere atraer al mismo tipo de clientes, así que le ha pedido a Devon que le indique si hay algo de la experiencia con Viajes Skyline que no dé la talla. Por otro lado, Jasper posee un par de restaurantes elegantes en Surrey. Su padre tiene la reputación de ser uno de los críticos culinarios más despiadados de Europa y parece que Jasper intenta seguir sus pasos. Este fin de semana va a dar consejos sobre el menú, que Alec asegura que es espectacular.
A unos metros de Devon y Jasper había dos mujeres, a una de las dos Chloé la reconoció como MiaWhiley.
—Es una especie de activista o influencer —le había explicado Ben en el bar—. Está al frente de una página web y de un canal de Instagram con mucha audiencia que cubre iniciativas sostenibles de todo el mundo. Imagino que Ezra espera que promueva oficialmente el viaje. Uno de los mayores ganchos comerciales del dirigible, y, sinceramente, uno de los motivos por los que Viajes Skyline cobra tanto por volar en él, es que es mucho mejor para el medio ambiente que el clásico avión.
Las dos mujeres no podían ser más distintas: mientras que Mia era pálida y llevaba gafas gruesas y una mata de pelo azul eléctrico, la mujer con la que hablaba era rubia y muy bronceada, vestida con un abrigo blanco con la capucha de pelo.
—¿Quién es? —preguntó Chloé.
Ben amusgó los ojos.
—Creo que es Madison. Alec mencionó que Jasper iba a traer a su novia, así que supongo que será ella. Es su primer aniversario, así que Ezra la ha invitado también. Es una especie de modelo, y estadounidense, si Alec no se equivoca.
A Madison no parecía entusiasmarle mucho pasar su aniversario en el Ártico. Escuchaba a Mia con una expresión parecida a una mueca de disgusto y no paraba de pasar la mirada por el aparcamiento, como si la gravilla fuera a cobrar vida y atacarla de súbito.
Al ver el grupo que se había reunido ante ella, Chloé sintió el primer atisbo de duda. Todo había pasado demasiado rápido: la llamada de Alec, el viaje a Svalbard… Y había estado tan aturdida por la emoción de haber recibido un encargo que apenas había tenido tiempo para sentir el síndrome del impostor. Pero ahora empezaba a notarlo.
Las palabras de Alec de hacía dos días le retumbaron en la mente:
—Tu trabajo —le había dicho—, bueno, el tuyo y el de Ben, es elaborar un reportaje que enseñe el lujo de la experiencia. Ezra es un buen amigo y tenemos que mostrar a los lectores que un fin de semana a bordo del dirigible vale cada penique del precio que cuesta.
Chloé se obligó a deshacerse de los nervios e imaginó el reportaje que pronto se sentaría a escribir. Había esperado esa oportunidad durante años, y era posible que nunca fuera a repetirse. No tenía tiempo de dudar.
Astrid apareció a su lado y le sonrió con los ojos muy abiertos y enseñando todos los dientes.
—Howard y Ezra han salido del aeropuerto hace unos minutos —los informó—. Deberían… ¡Ah!
Como si hubiera estado esperando que lo dijera, un minibús blanco entró al aparcamiento. Se paró delante del grupo, se abrió la puerta y EzraDay salió de él con una sonrisa deslumbrante.
—Damas y caballeros —anunció—, si sois tan amables de acompañarnos, el dirigible nos espera.
