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Cada relato es como un colibrí que se posa apenas un instante en el marco de la ventana. Trae un mensaje —o eso creemos— y nos sorprende con su belleza antes de emprender el vuelo. Algo etéreo, efímero, casi imposible de atrapar. La vida puede verse como una serie de eventos simples y a la vez asombrosos, como si la realidad hubiera decidido plegarse ante la imaginación. Romance, amargura, caricias que duelen en el recuerdo. Reconocemos la forma, pero algo nos obliga a mirar de nuevo. Este libro recoge la brevedad de un género literario que, cansado de repetirse, sacude sus alas para despojarse del polvo del tiempo. Lo cotidiano aquí se vuelve extraño, el lector se convierte en testigo de algo muy especial, donde cada palabra ilumina un rincón secreto. Porque todos somos aves de paso en la vida de alguien.
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Seitenzahl: 148
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Aves de paso - Almanaque de sueños lúcidos
Sello: Solenopsis
Primera edición digital: DIciembre 2025
© Fernando Palacios
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Loreto Díaz
Corrección de textos: Aldo Berríos
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6420-58-3
ISBN digital: 978-956-6420-93-4
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Escribo los prólogos de mis libros antes de redactar cualquiera de sus cuentos, desconozco si se estila así o no. Eso sí, les puedo asegurar que no me siento cómodo prologando lo que escribo.
Asumo que en este acápite debiera anunciar lo que viene, pero para ello resulta mejor leer la reseña que escribe la editorial, que expresa bastante mejor lo que ahora leerán.
Con este libro sobrepaso los seiscientos relatos escritos y publicados desde el 1 de febrero de 2023 hasta el 30 de septiembre de 2024, porque no escribo un libro en un plazo mayor a un trimestre, salvo el tercero, que lo hice en dos y que fue publicado como mi cuarto libro de cuentos.
Este, íntegramente, fue escrito entre el 1 de julio y el 30 de septiembre de 2024.
—Fernando Palacios
Volví a escuchar esa canción después de veinte años, no recuerdo si se la dediqué en ese tiempo a ella o no, ahora sí lo hice.
Me gusta mucho la letra y desde la semana pasada la asocio a ellas: la primera está en el recuerdo, la segunda acá. Cerca o lejos, pero acá.
Este fin de semana estuve pensando más de lo habitual en ella. Hoy lunes, después del trabajo, sigo como el domingo.
Me comprometí a enviar a mi editor un cuento este día, pero aún no lo escribo. Tengo que preparar la cena, y en vez de inventar alguna historia o de ver qué hay en la despensa, estoy sentado en el sillón fumando un cigarrillo barato, leyendo los mensajes tontos que le escribo y sonriendo cuando escucho los audios que me envía.
Esta leyenda proviene de las gentes que poblaron el territorio mapuche, algunos siglos antes que ellos.
Una machi me relató esta historia luego de una conferencia, bajo la promesa de no revelar nunca su identidad, no porque no quisiera reconocimiento —pues lo tenía de sobra entre los suyos y en la comunidad internacional, como destacada científica que fue—, sino porque su pueblo nunca creyó esta historia.
—¿Es real lo que me cuentas?
—Eso creo —me dijo la machi—, aunque ni yo ni nadie podría aseverarlo con pruebas contundentes. Mi propio pueblo no cree en ellos, aunque yo sé que existieron.
—¿Cómo lo sabes?
—Por sueños. Accedo a información a través de ellos, incluso me han servido para mis trabajos en la academia, aunque jamás han aparecido en el apartado bibliográfico —terminó por decirme, sin profundizar en ese tema.
He aquí la historia, tal y como la recuerdo.
Vinieron del norte, llegaron luego de meses de travesía.
Partieron veintitrés varones y veinticinco mujeres.
Desembarcaron en las costas solo once de los primeros y trece
de las segundas.
¿Cómo sobrevivieron?
Nadie se atrevió a preguntarles.
Había algunos de nosotros, nómades, no nos
asentaríamos en estas tierras sino transcurridos
trescientos años desde este encuentro.
Y ellos preguntaron y observaron.
Y ellos conocieron y callaron.
Y de ellos obtuve este relato.
Conocían nuestra lengua, regalaron nuevas palabras.
Masacraron a cada mensajero que se les acercó.
Las mujeres comieron sus rostros, los hombres borraron
sus almas.
Once y siete fueron por nueve generaciones de los nuestros.
No envejecían y a cada nuevo sol, sus ojos eran más
oscuros.
Hasta que lo fueron por completo.
Quedaron ciegos, dejaron de mirar.
Al hacerlo, las palabras cesaron, se silenciaron.
En el silencio, la quietud los cubrió.
Y en algún momento, el halo de vida desapareció de los
veinticuatro.
O quizás devolvieron el don.
Nuestro pueblo enviaba cada año un mensajero para verlos.
Nunca volvía su cuerpo.
Pero en sueños, nos guiaba para nuestro próximo
asentamiento.
El último nos trajo la noticia de la partida de los viajeros.
Así se llamaban a sí mismos.
Así los llamábamos nosotros.
Era el signo para poblar lo que es y sigue siendo nuestra
tierra.
Algunos dudaron de su muerte.
Hasta que el mensajero, en un sueño, como sus
antecesores… masacró a los incrédulos.
Eso recuerdo de esta extraña historia contada por la machi, bebiendo ella mate amargo y yo un café americano. La soñó y le creo, no porque con el tiempo haya sido una de mis mejores amigas, sino porque yo también soñé ese tiempo, pero no como ella, sino que vi todo desde los ojos oscuros del menor de los viajeros.
No pude subir los archivos, la página ha estado caída desde ayer.
“¿Puedo enviarle a usted las respuestas?”, eso escribí casi a las nueve de la mañana.
A las diez menos cinco, la respuesta fue NO.
Desde el martes pasado estoy en este puesto gerencial, estoy acá porque soy uno de los mejores amigos del hijo del dueño de la empresa. Mi tío Juan Cristóbal me va a matar si no puedo subir los archivos.
Crearon exclusivamente para mí esta gerencia. Mi tío pensó en darme una subgerencia, pero hubiese implicado una modificación mayor al organigrama de la empresa, así que mi línea directa es él, mi tío, pero el dueño en términos de negocios.
Tal vez no me cree capaz. Recuerdo alguna vez haber escuchado cómo conversaban en la piscina con su hijo y, al referirse a mí, dijo algo así como que mis luces no eran muchas, pero que, si el día está soleado, no se necesita más iluminación en el patio.
No entendí a qué se refirió, pero mi amigo se rio con el comentario y cuando mi tío se fue y le pregunté a Alfonso qué habrá querido decir su papá, prefirió no contestarme y cambió de tema.
Ahora tengo que subir al sistema dos archivos. Intento e intento, y no puedo.
Voy a esperar que llegue para decirle que no he cumplido la tarea de la semana. Ojalá que no me despedida, difícil sería que encuentre un gerente como yo.
Apareció, no sé cómo, fue por la noche, estoy seguro que ayer no estaba encima de la mesa.
Vivo solo hace cinco meses, me separé, ella se fue con otro, no escuché ningún ruido anoche y tengo el sueño ligero.
Revisé la puerta, no está forzada, en la casa no hay nada extraño, salvo la copa.
No quiero tomarla, es de cristal, eso parece, está casi vacía, tiene un líquido, podría ser agua o un destilado, no lo sé porque no me he acercado, no quiero acercarme y oler lo que contiene.
Hay algo aún más extraño. Al lado de la copa hay un cuchillo, mis brazos están cortados y estoy mirando mi cuerpo en el suelo. Parezco dormido y no quiero despertarme.
—La amé, la amé de verdad.
—¿Por qué terminaron? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Porque ella se fue con otro.
—¿Quién?
—Mi gemelo —respondió en voz baja.
—¿Se confundió? —sabía lo que me diría, con esta sería la cuarta o quinta vez que escucharía la historia.
—Sí, eso me dijo. Fue un viernes, cuando llegó a su oficina se dio cuenta de que no tenía su teléfono, partió a nuestra casa a buscarlo y ahí estaba mi gemelo.
—¿Tu gemelo entró a tu casa?
—Tenía, perdón, tenía y tiene las llaves.
—Tu exesposa se confundió.
—Eso me dijo ella, y le creí.
—Pero la sesión pasada me dijiste que él, por un accidente que tuvo de pequeño, perdió su brazo derecho.
—Sí, eso le dije.
—¿Y entonces cómo se confundió tu ex?
—No lo sé. Pero eso me dijo, y le creí.
—Gracias. Nos vemos el próximo viernes a la misma hora para la próxima sesión.
Me cuesta creer lo que escucho. Esa capacidad de no cuestionar lo que alguien le dice lo expone a riesgos que, personas normales como yo, conserje de un edificio, no alcanzamos a dimensionar.
Esperaba una señal. Llegó.
Ahora aguardo, que ella encuentre una que la una a la mía.
—Cada cierto tiempo ocurre —me dijo.
—Perdón, ¿pero de qué me habla? —respondí.
—Mañana —eso replicó, dio media vuelta y se fue.
Ayer sostuve esta conversación con un señor de no más de cuarenta años en mi oficina. No le presté mayor atención, solo venía de parte de un cliente para entregar una carpeta con documentos que pensaba revisar hasta que encontrara los datos que necesitaba.
Hoy es casi medianoche, faltan tres minutos. Ocurrió algo: a eso de las dos de la tarde me llamó la secretaria del cliente que envió la carpeta el día de ayer, para avisarme que había muerto por la madrugada su jefe de un infarto cardíaco.
Es extraño. Él, al igual que yo, tuvimos infartos de los que nos recuperamos a total satisfacción, nos atendimos en el mismo hospital, con el mismo cardiólogo el año pasado, nos dieron de alta con muy pocos días de diferencia. De hecho, allí nos conocimos y a raíz de tal evento contrató mis servicios.
“Cada cierto tiempo ocurre”, eso fue lo que me dijo ese señor que vino con la carpeta ayer por la tarde.
Le pedí a la secretaria, casi al terminar la llamada, que necesitaba ver al señor que enviaron para la entrega.
—No enviamos esa carpeta —contestó la secretaria—. Estoy ordenando la oficina de don Carlos y está encima de su escritorio. Debe ser la carpeta que usted necesita, o necesitaba, porque fui yo quien ordenó esos papeles.
—Gracias —contesté—. Mañana a las nueve podría ir a retirarla, necesito revisar esa carpeta y a su viuda no le molestará.
—A esa hora lo espero. Sacaré copias de los documentos.
—Gracias, nos vemos mañana a las nueve —y colgué.
La secretaria no tiene ningún motivo para mentir sobre esta materia. Quizás sea la misma carpeta, tal vez no.
Son pasadas las doce de la noche. Me iré a dormir pronto, porque mañana iré por esa carpeta, por un lado, y por otro, tengo una reunión con un nuevo cliente en mi despacho también a las nueve.
Algo más he sentido este día, inhabitual. Estoy casi seguro de que he vivido dos vidas, una en esta ciudad, otra con Carlos en no sé qué lugar.
Hace tres semanas soñé con el velorio de mi hermano: ataúd color caoba, sobre el féretro una corona de flores blancas, en medio de ellas una rosa roja que había dejado mi cuñada, junto a un sobre de un rosado oscuro.
Mi cuñada ahora camina con una rosa roja en su mano izquierda. Sé lo que hará, sé lo que intentará después, no sé si mañana o quizás otro día y no sé cómo evitarlo.
Soy Alfredo Cárcamo, de profesión ilustrador. Me conocen por mi pseudónimo “Alf”, como ese monigote extraterrestre de la televisión ochentera. Publico en distintas revistas, las que quedan en papel, y digitales.
Tengo mi propia editorial y una colección de libros de mi personaje favorito y de mayor fama: “La Teniente Esmeralda”, que año tras año va engrosando su historial.
A fin de año lanzaré el volumen vigésimo octavo de sus aventuras.
Sobre esto último, quiero contarles un episodio verídico.
Hubo un cambio de régimen en mi país, no podemos llamar dictadura al régimen que padecemos, por lo menos yo no lo haré, no tengo proyectado ser mártir en esta vida. El nuevo régimen me conoce, todos me conocen. La Teniente Esmeralda ha sido símbolo de ciertos grupos feministas, no de todos, porque muchas detestan el mundo militar y aunque en principio creo que todos somos uno y el amor y blablablá, en la práctica no podemos prescindir de ellos, entonces la Teniente defiende nuestra nación y solo ataca cuando no queda otro camino.
Un emisario del régimen pidió, muy cortésmente, una cita con mi secretaria. Cuando ella me comentó quién era y lo principal, a quién representaba, accedí a que acudiera a mi taller el lunes a primera hora.
Llegó ese día un joven, de unos veinticinco años, se presentó como el emisario que era, lo hice pasar y nos sentamos.
—Un placer conocerlo, señor Alf.
—El gusto es mío, joven.
—Lindo taller —repuso.
—Lo tengo hace veinticinco o veintiséis años, un cuarto de siglo, bastante tiempo.
—Muy moderno.
—Gracias —respondí y me puse a mirar en las paredes las portadas de las diferentes ediciones de mis libros de la Teniente Esmeralda.
El emisario reparó en ello y sin más rodeos me dijo lo que quería el régimen:
—Necesitamos que trabaje para nosotros.
—¿Cómo? Soy solo un dibujante.
—Usted sabe que no lo es. —La sonrisa del emisario no alcanzó a rozarle sus ojos oscuros, con una imperceptible esclerótica.
Ahora fue él quien guardó silencio.
—¿Qué quieren específicamente?
—Nos gustaría que la Teniente Esmeralda tuviera un giro.
—Eso no se puede.
—Espere. No queremos que cambie nada de lo que publicará. Sabemos que, a fin de año, como lo hecho en el último lustro, tendremos otro volumen de la saga. Pero el próximo año queremos algo distinto.
—¿Qué quieren?
—Que muera.
—¡¿Que muera?! ¿Cómo? No quiero que su historia termine.
—Puede revivirla después, o convertirla en la Teniente Zombi, o lo que prefiera, pero debe morir en el volumen del próximo año —terminó tajante el emisario, golpeando con su puño derecho la mesa.
—¿Por qué?
—Sabes cómo accedimos al poder. Si no lo sabes, debes sospecharlo.
No contesté, pero le ofrecí un café, así que me levanté y pude pensar unos segundos mientras preparaba el brebaje. No tenía idea de qué estaba pasando.
—Gracias —me dijo cuanto tomó el primer sorbo.
—Sinceramente, no sé cómo llegaron al poder —reanudé la conversación así.
—Puede que sea así. Con todo, los rumores son ciertos: somos parte de una guerra espiritual y los arcanos nos exigen que la Teniente Esmeralda muera el próximo año.
—Pero ella no existe —aduje.
No sé si me desmayé o no cuando dije esto. Miré a la entrada del taller y estaba de pie la Teniente Esmeralda. No vi cuándo ingresó. Era de los militares, la más sigilosa que ha existido, su porte normal escondía la fuerza que tenía, nunca ha perdido una batalla, nunca ha batallado sin que fuera esta la última instancia.
—Existe —dijo el emisario, como si fuera una obviedad su aserto—. Trabaja con nosotros, pero tiene su propia agenda.
—¿Cómo?
—Tú la creaste. Recibe órdenes, las entiende a la perfección, pero cumple según su consciencia y no nos sirve.
No quise continuar preguntando, porque entendí lo que el régimen quería.
Me comprometí a terminar con su vida en el volumen del año próximo.
Como ya dije, no quiero ser un mártir en esta vida, pero quizás sea algo distinto. Mañana me exilio, me voy del país, aún no decido si escribiré el volumen vigésimo noveno de las aventuras de La Teniente Esmeralda, pero si lo hago, será la continuación de la historia de este año: “La caída del Régimen”.
Parece extraño, pero no amanece hace cinco días.
Resulta impropio definirlo así, porque precisamente la medida del tiempo que abarca un día, implica amaneceres sucesivos. Y eso no ha ocurrido en ciento veinte horas, lo que continúa siendo impropio, pero da igual.
No sé qué pasó, o qué está sucediendo. Internet está caído, la señal de mi teléfono está muerta y no me atrevo a abrir la puerta de mi casa.
Miré por la ventana que da a la calle el primer y segundo día, pero no lo hago más, no quiero seguir viendo lo que ocurre afuera.
Nadie ha golpeado la puerta. Asumo que estoy seguro, el agua sigue saliendo de las llaves —no sé hasta cuándo—, sigue habiendo electricidad, pero no enciendo las luces. No quiero que sepan que sigo acá.
La comida se acabará en algún punto. Todavía no me preocupo por ello, creo que no debo hacerlo.
El último día fue extraño. Puede que haya algo de sesgo de confirmación en lo que recuerdo del último amanecer: estaba durmiendo abrazado a mi esposa —que ahora no sé dónde estará, espero que no haya salido de su oficina—, cuando abro los ojos y veo un número frente a mí, como si fuera un holograma. Era el 149.
Creí estar dormido, pero ahora puedo asegurar que realmente lo vi, porque esta tarde me di cuenta de que tengo en mi antebrazo derecho ese número marcado.
Algo pasará a la hora 149. Esperaré despierto ese momento, como lo he estado desde el último amanecer.
Un colibrí azul golpea la ventana de mi habitación hace algunos días.
—¿Y qué querrá? —me preguntó.
—No lo sé, mi amor.
Por la noche descansa. Al amanecer comienza su insistente golpeteo.
—¿Por qué lo haces? —le pregunté.
Y se detuvieron sus alas azules, del color de los aztecas, y entendí por qué alguna vez fue un dios.
Me contó de ella y de mí, de sus sueños, de los míos, me susurró su nombre y sonreí al saber que me mira cuando yo estoy distraído.
—¿Te habló de mí?
—Sí, amor. Me dijo que me soñaste antes de conocerme.
—No te creo, mentiroso.
Sonrió al decírmelo.
