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UN NUEVO CASO DE LOS DETECTIVES GUTIÉRREZ Y MARTÍNEZ El cadáver de una mujer es encontrado en su apartamento. Un disparo preciso, la puerta sin forzar y un ramo de flores con una tarjeta en blanco. Un crimen limpio, casi meticuloso. Pero cuando el informe forense revela un detalle inesperado, la investigación toma un giro inquietante. Mientras los detectives siguen rastros que los conducen a las esferas del poder y se ven atrapados en una red donde el pasado regresa con nombres y rostros que creían olvidados, las marcas de una desaparición sin pistas, una deuda con la sangre y una campaña presidencial que esconde más que promesas amenazan con destruirlos. Entre sombras que susurran verdades a medias y silencios que gritan demasiado, Guillermo J. Mejía nos arrastra con esta novela hacia un laberinto donde la única salida puede encontrarse en la más profunda oscuridad. Tras el éxito de Ella no debía enamorarse, la primera entrega de esta trilogía que conquistó a los amantes del thriller, los investigadores Gutiérrez y Martínez regresan con un caso que los pondrá al borde del abismo.
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Azules como el cielo
©️2025 Guillermo J. Mejía
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Febrero 2025
Bogotá, Colombia
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (601) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7759-20-6
Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado
Editor: Diego Santamaría García
Corrección de estilo: Jimena Torres Archila Corrección de planchas: Diana Valentina Rodríguez
Maqueta e ilustración de cubierta: David Avendaño
Diagramación: David Avendaño @art.davidrolea
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
En medio del sopor y el cansancio de una larga y desesperada noche en vela, oí el timbre del portero electrónico. Lo dejé sonar. No quería ver a nadie. Luego, aun sabiendo que siempre usaba su propia llave, quise pensar que podría ser él. Contesté ilusionada. La imagen de un gran ramo de rosas y orquídeas llenó la pantalla del video portero. Sonreí y rápidamente sequé las lágrimas que enturbiaban mis ojos. ¿Sí, diga?
Entrega para la señorita Mendoza.
Siga. Presioné el botón de apertura de la puerta principal del edificio.
Me puse las gafas oscuras para ocultar mis irritados ojos y esperé impaciente detrás de la puerta. Sabía que él no me dejaría ir. Yo era su reina, la única que lo hacía perder la cabeza, y este era el primer palacio que él había construido para mí. Me prometió que después habría muchos más. Escuché hasta que tocaron por tercera vez antes de abrir. Aunque la cara del mensajero estaba cubierta por las flores, lo reconocí de inmediato. Fernando, por favor, déjelo en la mesa. Me quité las gafas y anhelante busqué la tarjeta. Necesitaba leer sus palabras de perdón y amor.
Sumida en la emoción, no vi el arma en la mano cubierta por el guante.
1
Mañana soleada de un domingo, con un calor poco habitual para esa época del año, aunque al sur, los cumulonimbos en formación presagiaban las lluvias de la tarde. Jorge Martínez, detective de homicidios, posó junto a su esposa Verónica y su primogénita Alexandra, para la foto oficial de recuerdo del bautizo. Luego invitó a su jefe y a doña Blanca, los padrinos, a participar de otra toma. El sargento Gutiérrez sudaba copiosamente. Se limpió la frente con el pañuelo y, resignado, se acercó. El fotógrafo lo hizo pararse un escalón más arriba para que su cabeza quedara a la misma altura que la de los otros. Martínez le sacaba casi veinte centímetros y las mujeres, con sus altos tacones, otro tanto. Después le indicó que se retirara el sombrero, pero esta vez fue ignorado. Solo consiguió que se ajustara, aún más, la corbata. Mientras se repetía la toma porque la niña había llorado en la anterior, el teléfono de Gutiérrez timbró. Miró la pantalla; era una llamada con identificador oculto. Prefirió no responder. Tres veces más rechazó la llamada de número no identificado hasta que decidió apartarse y contestar de mala manera. Habla Gutiérrez.
Hola, Manuel.
De inmediato reconoció la voz de Ramón González, su antiguo amigo de los tiempos de la universidad y hermano de su primera novia, a quien había vuelto a encontrar después de veinte años de haberlo traicionado. Hola, no sabía que eras tú. Sale número no identificado.
Por seguridad te estoy llamando de otro teléfono. Necesito urgentemente tu ayuda. Debes de hacerte cargo de Carolina.
¿Tu sobrina? ¿Por qué?
Unos hombres armados fueron a buscarla a la casa.
¿Hombres armados? ¿Crees que quieren hacerle daño?
Estoy seguro. Como no pueden acercarse a mí, buscan intimidar a mi familia.
¿Sigues en el exterior? ¿Aún eres uno de los negociadores del acuerdo de paz entre la guerrilla y el gobierno? Por reflejo, se llevó la mano al pecho donde había recibido la bala que iba dirigida a Ramón en un atentado anterior.
Sí, ya estamos cerca. Por eso buscan asustar a mi familia.
¿Por qué me pides que la cuide? ¿No estaría mejor con tu gente?
Ella insiste en irse para el monte, pero yo no puedo permitirlo. Si le pasara algo, mi mamá no me lo perdonaría. Dice que su nieta es lo único que la mantiene viva.
¿Y si le pides al gobierno que le asigne una escolta?
¿Estás loco? Déjate de pendejadas. Además, el teléfono quedó mudo por un instante, ella es tu responsabilidad. Gutiérrez no entendió. ¿Qué clase de detective eres, que no puedes ver lo que tienes ante tus ojos? ¿Acaso no sabes hacer cuentas? Ella casi cumple los diecinueve.
Gutiérrez tuvo que sentarse en las gradas de la iglesia para no caerse. ¿Ella lo sabe?
No, aún no lo sabe. Sin embargo, debes entender que estas cosas no se pueden ocultar por siempre…
Colgó. Martínez, que no había dejado de observarlo, se acercó corriendo. Jefe, ¿qué le pasa? El sargento no contestó, solo alejó al detective con la mirada. Necesitaba asimilar la noticia. Nunca se había considerado un buen padre y ahora se sentía demasiado viejo para empezar de nuevo.
Pasados unos minutos, aún con el teléfono silencioso en la mano, se acercó a Martínez. ¿En los bautizos sirven aguardiente? Necesito un trago, doble.
2
La ceremonia tuvo lugar en una pequeña iglesia de un sacerdote amigo de doña Blanca. Era una construcción sencilla, de ladrillo pintado con cal y con el piso aún por terminar. Dentro, una cruz construida con dos maderos bastos y asientos plásticos, como los que Gutiérrez tenía en su oficina. Nada en ese lugar le recordaba al sargento la impresionante construcción de estilo gótico de la iglesia de su pueblo, donde él pasó cinco años como monaguillo, mientras estudiaba en el colegio que los jesuitas tenían en la zona. El rito tampoco fue como él lo recordaba. La ceremonia de su niñez, sencilla, casi aséptica, incluso con pasajes en latín, había sido reemplazada por una misa más colorida, con cantos alegres y sermones grandilocuentes. No le gustaba.
No obstante, esa mañana, lo que en verdad le preocupaba era su auto. Amablemente, ofreció sus servicios a doña Blanca. Ella aceptó, comentando de paso, que iba con algunas de las muchachas. Al recogerlas, le tocó permitir que seis de las pupilas, una encima de otra, se acomodaran en el asiento trasero del Impala modelo 1967, color plata. Nunca en su vida lo había sobrecargado. Y ahora le tocaba hacer el trayecto hasta la casa de Martínez. Otro dolor. Pero ni modo de decir nada. Doña Blanca era una amiga muy especial.
Jefe, ¿usted sabe llegar a mi nueva casa? Mejor sígame. Y si quiere, tres de las muchachas pueden venir con nosotros. Señaló la camioneta Bronco. Gutiérrez respiró aliviado.
Ese sentimiento no duró mucho. Después de llegar a los límites de la ciudad que él conocía, tomaron una trocha: una calle destapada con huecos tan grandes que, a pesar de que desde hacía cinco días no llovía, aún seguían llenos de agua. Gutiérrez conducía despacio, muy despacio, buscando la mejor manera de enfrentar los baches para no causar daño al auto, aun así, el chasis golpeaba una y otra vez. Y, cada golpe, subía por la pierna del detective y se le incrustaba en el pecho. De pronto, el mal camino terminó, y el barrio, con sus calles adoquinadas y casas de un piso que empezaban a abandonar la homogeneidad, se presentó como un oasis, un oasis barato, pero oasis.
El sargento todavía recordaba la alegría de su subalterno el día que la casa le fue asignada. Jefe, lo logramos, lo logramos. No solo entró a la oficina sin tocar, sino que, por primera vez en todos los años juntos, lo abrazó. Gutiérrez no tuvo tiempo de molestarse. La felicidad de Martínez lo desarmó.
Llegaron al parqueadero comunal de la urbanización, donde más de la mitad del espacio estaba ocupado por motocicletas diversas, tres camiones pequeños de lo que hacía poco habían reemplazado las carretillas de tracción animal, y otros vehículos, más antiguos que el Impala de Gutiérrez. Jefe, deje su auto allí. Gutiérrez dudó. No se preocupe, nada le va a pasar. Todo el mundo nos conoce aquí. Además, señaló al anciano que se acercaba con pasos indecisos, Toño es el vigilante.
Los invitados sobrepasaban la capacidad de la pequeña vivienda, una de las casas gratuitas que el gobierno había construido en la periferia de muchas de las ciudades del país, con espacio apenas suficiente para vivir apretados. Gutiérrez no entendía donde su subalterno esperaba construir un local, para montar un negocio para Verónica. Pero, de seguro, el proyecto iba adelante, como evidenciaban los sacos de cemento, amontonados en el único cuarto de la edificación. Muchos asistentes buscaron lugar en el patio o solo se asentaron en el andén. La mayoría vestía sus mejores ropas y formaban corrillos. A pesar de la hora, algunos tomaban cerveza o se servían generosamente de la vasija con ponche que estaba sobre la mesa, junto al pastel de dos pisos que el padrino compró para su primera ahijada. Los niños corrían entre los grupos, peleándose por las bombas o por cualquier otra cosa.
El sargento Gutiérrez, con su acostumbrada vestimenta de traje negro completo, camisa blanca, corbata de un solo tono, ese día, amarilla adornada con una vieja mancha de huevo, y sombrero. Soportaba, más por lealtad a su compañero que por placer, el bullicioso ambiente. Sentado en un rincón de la sala, su mirada y su silencio habían desanimado a dos o tres personas que trataron de iniciar una conversación. Solo sonrió cuando doña Blanca se acercó y lo saludó: Compadre. Le puso una mano en el hombro. Él volvió a sonreír, pero no contestó. La madame no se sorprendió. Hace poco se nos casaron los hijos y ahora somos abuelos.
El sargento nunca lo había pensado de esa forma, sin embargo, reconocía que cinco años, junto a Martínez, crearon un vínculo muy especial entre ellos. Movió la cabeza afirmando: Compadres por partida doble, de matrimonio y ahora esto.
Bonita torta. La mujer señaló la mesa.
¿Sí? El mérito no es mío, yo solo pagué por ella. López, la secretaria de Silva, se encargó de todo. En verdad, es la primera vez que estoy en esta situación, y no sabía qué regalar. El último bautizo al que asistí fue al de mi hija Camila. Las cosas que uno hace por los amigos.
Doña Blanca sonrió. ¿Toma algo?
Gutiérrez señaló al piso. A sus pies tenía la media de aguardiente que Martínez consiguió especialmente para él. Ya se había servido tres copas, buscando el valor para llamar a la sobrina de Ramón, y estaba pensando en servirse una más. Le ofreció. La mujer lo rechazó con un gesto de las manos: No, gracias. Es muy temprano para mí.
El sargento iba a justificarse cuando empezó a sonar el teléfono móvil. Se disculpó y buscó la salida. Con agilidad lo sacó de su chaqueta, rogando para que fuera de nuevo Ramón, para informarle que todo se había resuelto y no era necesario que él protegiera a Carolina. A sus cuarenta y tres años, casi cuarenta y cuatro, no se sentía capaz de enfrentarse de nuevo a la paternidad y, menos, con la culpa que sentía por la traición cometida y sus consecuencias. La llamada era de la Comisaría Central. Reportaban el asesinato de una mujer. Repita la dirección. Buscó dónde anotar. Avisen a Suárez.
Ya le informamos a Lozano.
¿A Lozano?
Sí, él está de turno.
Colgó malhumorado. Entró en búsqueda de Martínez. Se acercó a su rincón, se sirvió un último trago y vacío la copa de un solo sorbo; no sin tristeza, dejó sobre la mesa, al lado de la ponchera, la copa y el resto de la botella. Encontró al detective en la cocina, atareado y sudoroso, tratando de calentar la comida, una gigante olla de arroz con pollo. Le tocó el hombro y con un gesto lo invitó a salir: Vamos. Tenemos trabajo. Lo espero en el auto.
Pero… La mirada de su jefe lo disuadió de continuar.
3
Martínez demoró más de cinco minutos en salir, pero extrañamente su jefe no lo recriminó por la tardanza ni por llevar la corbata en el bolsillo de la chaqueta. Se le notaba abatido desde que había recibido la llamada en la iglesia, pero el detective sabía que era mejor no preguntar. El sargento condujo el Impala con su parsimonia habitual, más pensativo de lo normal. Ni siquiera encendió el radio para escuchar la música clásica que siempre los acompañaba en sus recorridos. Cuando pararon en un semáforo, le pasó el papel donde anotó la dirección. Llame a Suárez.
¿Y Lozano? La mirada de su jefe le recordó lo que ya sabía: ese técnico no gozaba de la confianza del sargento.
No pronunciaron una palabra más hasta que llegaron al lugar de los hechos: un nuevo edificio de cinco pisos en el oriente de la ciudad. Parecía desocupado y no tenía avisos de «Se vende o se arrienda». Sobre la puerta el nombre: Andrew IV. En la calle, además de un vehículo policial, se encontraba un Mazda 3, negro con franjas amarillas, vidrios entintados, llantas deportivas y múltiples spoilers, estacionado sobre la acera. Gutiérrez señaló el automóvil con mirada interrogativa. Martínez se encogió de hombros, callando lo que presentía.
Mientras subían las gradas en busca del apartamento trescientos tres, un fuerte acceso de tos obligó al sargento Gutiérrez a pararse, dándose golpes en el pecho mientras tosía. El detective Martínez se detuvo para esperarlo, pero el jefe lo obligó a continuar con un gesto de la mano. El edificio era nuevo y estaba casi vacío. Según el registro de administración, solo otros dos apartamentos, además del ocupado por la víctima, identificada como Lupe Mendoza, estaban ocupados en el momento. Cuatro minutos después, Gutiérrez finalmente llegó al apartamento. El esfuerzo le cubrió la frente de sudor. Buscó un pañuelo en el bolsillo de su pantalón para limpiarse. Martínez lo esperaba en la puerta. Sabía que a su jefe le gustaba ser el primero en la escena del crimen. Para hacerse una idea de las circunstancias del delito, en especial para tener una idea de quién era la víctima, decía. Al entrar, encontraron a Dennis Muñoz, el nuevo detective que Silva había impuesto, manipulando el cadáver, sin guantes. El grito de Gutiérrez llenó el espacio: ¡¿Qué hace?! Martínez se apresuró a jalar a su compañero por la camiseta polo que vestía y a escudarlo, antes de que el sargento le pusiera las manos encima. De seguro le iría mal.
Mientras con la mano derecha se acomodaba la camiseta y con la izquierda se sostenía los jeans descaderados, el nuevo lo enfrentó: Inspecciono la escena del crimen. Gutiérrez, antes de voltearse para evitar que lo vieran explotar, reparó en el pelo corto y tinturado del detective, y en el pendiente con brillante en la oreja izquierda. Ni maricón que fuera, ¿o lo será?. Sus uñas se hundieron en las palmas de las manos.
Martínez intervino. ¿Y sus guantes?
En la oficina. Como vine directo de la casa, no los tengo conmigo.
Antes de que su jefe lo ordenara, Martínez lo condujo a la puerta y lo invitó a abandonar el edificio: Disfruta de tu día de descanso en familia. Nosotros nos encargaremos. Los zapatos sin medias no habían empezado a bajar las gradas, cuando Gutiérrez se asomó a la puerta: ¡¿Por qué no le pide a su tío que lo ponga de escolta de alguno de sus amigos políticos?!
El cuerpo desplazado de la víctima yacía, ahora, decúbito supino. Se observaba un orificio de bala en el pecho y un rastro de sangre que descendía de la herida, pasaba por el cuello y, que antes de mover el cuerpo, había formado un charco donde nadó su larga cabellera. De seguro, antes de que el novato hubiera descompuesto todo, el cuerpo estuvo descansando sobre el lateral derecho. La bata, que apenas cubría su cuerpo, dejaba casi al descubierto sus abundantes senos, un abdomen perfectamente demarcado y unas largas y torneadas piernas. Sin embargo, lo que llamó la atención de Gutiérrez, fueron los ojos azules como el cielo de verano, ojos abiertos que lo último que vieron fue el rostro de su asesino, y que ahora lo miraban sin verlo. Buscó algo para cubrir el cuerpo, caminó alrededor y cuando ya pensaba que iba a tener que usar su chaqueta, Martínez llegó con una toalla. Le agradeció. Se agachó, con suavidad cerró los pedazos de bóveda celeste y la cubrió. ¿Y Suárez?
En camino. Dijo que demora como una hora. Hoy es su día de descanso y había salido de la ciudad.
Prefiero esperarlo que trabajar con Lozano. Ese de técnicas criminalísticas no sabe nada y solo está en la policía por el apoyo de Silva, a cambio, le es incondicional. Martínez calló. Sabía de la animadversión, por decir lo menos, de su jefe contra el teniente Silva y sus secuaces. El sargento examinó la entrada: No forzaron la puerta y el disparo fue realizado a corta distancia.
¿Cree que la víctima conocía al asesino?
Gutiérrez se encogió de hombres. ¿Ve algún arma?
No. Tampoco la vaina.
¿Usaron un revólver?
Yo creo que fue una pistola. La herida parece de una bala de gran calibre, tal vez de nueve milímetros. Debemos esperar a que el forense recupere el proyectil.
Gutiérrez encendió un cigarrillo y dio una vuelta, mirando todo con detenimiento. Lamentó no tener un café en la mano. Martínez lo observó en silencio; quería regresar con su familia, más no se atrevía a decirlo. Jefe, es un bonito apartamento y todo parece nuevo. El sargento asintió. El mobiliario, aunque sencillo, indudablemente era nuevo. El comedor, en vidrio de seis puestos, aún tenía plástico en cuatro de los asientos. Los muebles de la sala, en cambio, parecían haber sido usados más a menudo. Incluso la mesa de centro presentaba manchas ocasionadas al colocar vasos húmedos sobre ella. Las paredes estaban desnudas. Apoyados en el suelo, cuatro cuadros de esos pintados en serie, esperaban ser colgados. La cocina estaba equipada con todo lo necesario, pero solo el horno de microondas y unos pocos platos y vasos parecían haber sido utilizados. En la nevera, además de algunas frutas y un tarro de yogur, había una botella de whisky. Gutiérrez la examinó: Glenfiddich, single malt, aged18 years. La miró a trasluz: quedaba poco más de un cuarto. La regresó a su lugar. Aquí y allá encontró cajas, la mayoría de ellas sin abrir y otras abiertas de manera apresurada.
Jefe, hay mucho desorden.
¿Usted piensa que fue un robo?
No sé. Debemos buscar a alguien que nos diga si falta algo. ¿Y esas flores?
El sargento revisó la tarjeta: Está en blanco. Tampoco hay indicación de la floristería. Se agachó un poco y miró el jarrón. Raro, no tienen agua.
Tal vez se le olvidó ponerle.
Martínez, ¿usted no conoce a las mujeres? A una mujer nunca se le va a olvidar cuidar las flores que un hombre le regala. A no ser que apenas las hubiera recibido y no tuviera tiempo de hacerlo.
¿Cree usted que el asesino entró con la disculpa de entregar el ramo?
Cuando entreviste a los vecinos, pregunte si alguien vio un mensajero con las flores.
La mayor sorpresa fue en el cuarto. Tenía una cama king size que apenas permitía el paso, sabanas de seda y unas cortinas pesadas que sumían la habitación en una noche sin luna. Las sábanas estaban revolcadas y con manchas que recordaban cama de adolescente. En el techo y la pared del frente, grandes espejos. La puerta abierta del desorganizado clóset vomitaba ropa y zapatos. El baño, que había sido usado recientemente, tenía una tina que, al igual que la cama, parecía encajada a la fuerza. Artículos típicos de mujer ocupaban todos los espacios libres. Por el contrario, los otros dos cuartos y el baño social parecían nunca haber sido usados.
Terminada la revisión, regresaron a la sala. Gutiérrez se situó junto al cuerpo. La toalla le impidió encontrarse con los ojos azules, pero los imaginó y se estremeció. ¿Qué sabemos de la víctima? Antes de que Martínez respondiera, el detective Muñoz, apareciendo de súbito, los interrumpió. ¿Usted qué hace aquí? ¿No le dije que se largara?
Perdón, jefe. Solo quería informarle que en el quinientos uno está la señora Liliana Gamboa.
¿Quién es ella? ¿Qué tiene que ver con esto? Señaló el cuerpo.
Ella fue la persona que reportó el homicidio.
¿Y por qué no lo había informado?
4
Subieron al quinto piso. Esta vez, Martínez caminó detrás de su jefe. El sargento empezó el ascenso con bríos, pero a mitad del camino tuvo que detenerse. Se agachó a amarrarse el cordón del zapato, que no estaba suelto, y después señaló una cámara de vigilancia: Hay que revisar la grabación.
La puerta del apartamento estaba abierta. Tocaron y entraron sin esperar respuesta. El piso de la sala estaba cubierto por una alfombra salpicada de cojines. En un futón colocado contra la pared izquierda, una mujer, en sus veinte, ojos rojos por el llanto, estaba recostada en el hombro de un hombre de unos treinta y cinco años, que la abrazaba. Parecían sentirse cómodos y ajenos al mundo. La presencia de los detectives los sacó de su zona de confort.
¿Señorita Gamboa? Sargento Gutiérrez. Le extendió una tarjeta de presentación. El detective Martínez. Señaló a su compañero. El hombre se levantó y extendió la mano. Gutiérrez lo ignoró. Sintiéndose sola, la mujer volvió a llorar. Entendemos que este es un momento difícil, pero es necesario que nos cuente qué pasó. Se sentó a su lado. La baja altura del mueble lo hizo sentirse incómodo. Y ahora, ¿cómo diablos me levanto de aquí? Por favor, tráigale agua, ordenó al hombre sin mirarlo. ¿Qué relación tiene usted con la señorita Mendoza?
Somos mejores amigas. Se secó las lágrimas con la punta de los dedos, evitando correr el maquillaje. Se incorporó levemente para recibir el vaso de agua. Agradeció con una sonrisa.
En ese momento, los detectives pudieron observar el perfecto cuerpo de gimnasio forrado en ropa deportiva de licra. Su pecho quería reventar la camiseta. Gutiérrez se concentró en la apenas perceptible cicatriz sobre el labio superior, para poder continuar el interrogatorio. Mejores amigas. ¿Viven juntas?
No. Sorbió el agua lentamente, haciendo esperar al sargento. Hoy la llamé para ir al gym como todos los días, pero me respondió que se sentía indispuesta.
¿Le dijo qué tenía?
No. La verdad es que yo la sentí rara. Estas dos últimas semanas se comportó extraña. Yo le pregunté varias veces qué pasaba, pero siempre me contestaba con evasivas.
¿Qué hora era cuando la llamó?
Debían ser como las siete y treinta. La clase de Fit Combat es a las ocho.
¿Usted era su confidente?
Eso siempre creía yo, pero desde hace dos o tres meses empezó una nueva relación sentimental y nunca me quiso contar con quién era. Su boca hizo pucheros mientras su mano se aferraba a una pequeña cruz de oro que se perdía entre sus pechos.
¿Una relación sentimental?
Sí.
¿Ella siempre le contaba sobre sus novios?
Sí. Pero esta vez no lo hizo. Cada vez que le preguntaba, solo se reía y se llevaba el dedo a la boca como pidiendo silencio.
¿Y qué pasó hoy? ¿Por qué vino?
Después del entreno pasé por Mascabado y le compré el desayuno que a ella le gustaba: frutas y yogur orgánico. Y vine a traérselo. Quería sorprenderla.
¿Qué hora era cuando llegó al edificio?
Tal vez las once. La clase de los domingos dura dos horas. Las lágrimas volvieron a sus ojos. El hombre le recibió el vaso vacío y fue a la cocina a llenarlo. Gutiérrez esperó, no le gustaba presionar, incluso prefería no preguntar y dejar que el testigo hablara según sus recuerdos. Martínez, de pie, tomaba notas; no obstante, más de una vez, el bolígrafo se quedó en el aire, mientras su mirada se perdía entre los senos de la muchacha. Cuando llegué, timbré varias veces por el portero electrónico y no contestó. Pensé que se había quedado dormida. Ya me iba a ir, cuando los ancianos del ciento dos salieron y aproveché para entrar. Recibió el vaso, bebió y agradeció con una mirada más larga de lo necesario. La puerta estaba entornada. Me pareció extraño. Toqué y, como no hubo respuesta, entré. Las lágrimas salieron ahora acompañadas de sollozos. Gutiérrez buscó el pañuelo, pero lo encontró sucio de sudor. Martínez le entregó el suyo. Salí gritando.
Yo oí los gritos y me asomé. La encontré parada frente a mi puerta, muy alterada, intervino el hombre que no había sido tenido en cuenta.
¿Y usted es…?
Juancho.
¿Juancho?
Juan Luis Peña. Pero me dicen Juancho. El hombre era más bien alto, aunque enjuto. Lucía una perilla recortada en punta y alargada, le recordaba a un chivo, un bigote revolucionario, y el pelo largo, organizado en una cola, con algunas canas que parecían puestas a propósito; el conjunto, le daba cierto aire de dejadez. Sin embargo, todo, incluso el nombre con que se presentaba, parecía haber sido preparado con una intención. Sus ojos y ademanes mostraban un hombre seguro de sí mismo, alguien con un leve sentimiento de superioridad.
Bien. Señor Peña, ¿usted vive aquí?
Sí, hace casi un año. Gutiérrez lo miró y esperó. Cuando logré calmarla, me dijo lo que había pasado y llamamos a la policía.
