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"¿Cómo puede volar un ángel cuando tiene las alas rotas?" Berlín, año 2015. El inspector Jamal Birkan se enfrenta al caso que cambiará su vida. Durante la investigación de unos asesinatos a ciudadanos turcos en la capital alemana, conoce por casualidad a Nina, una bella enfermera de rasgos angelicales por la que se siente poderosamente atraído. Sin embargo, la joven está relacionada con el caso, y Jamal deberá luchar con todas sus fuerzas contra esa atracción prohibida. ¿Serán capaces Nina y Jamal de mantener las distancias o se lanzarán al abismo sin mirar atrás? Un thriller romántico con sabor a Turquía de la autora ganadora del Premio Chic
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Seitenzahl: 699
Veröffentlichungsjahr: 2021
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
1. Jamal
2. Nina
3. Jamal
4. Nina
5. Jamal
6. Nina
7. Jamal
8. Nina
9. Jamal
10. Nina
11. Jamal
12. Nina
13. Jamal
14. Nina
15. Jamal
16. Nina
17. Jamal
18. Nina
19. Jamal
20. Nina
21. Jamal
22. Nina
23. Jamal
24. Nina
25. Jamal
26. Nina
27. Jamal
28. Nina
29. Jamal
30. Nina
31. Jamal
32. Nina
33. Jamal
34. Nina
35. Jamal
36. Nina
37. Jamal
38. Nina
39. Jamal
40. Nina
41. Jamal
42. Nina
43. Jamal
44. Nina
45. Jamal
46. Nina
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
V.1: mayo, 2021
© Carmen Sereno, 2021
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2021
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
www.chiceditorial.com
ISBN: 978-84-17972-51-6
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Berlín, año 2015. El inspector Jamal Birkan se enfrenta al caso que cambiará su vida. Durante la investigación de unos asesinatos a ciudadanos turcos en la capital alemana, conoce por casualidad a Nina, una bella enfermera de rasgos angelicales por la que se siente poderosamente atraído. Sin embargo, la joven está relacionada con el caso, y Jamal deberá luchar con todas sus fuerzas contra esa atracción prohibida. ¿Serán capaces Nina y Jamal de mantener las distancias o se lanzarán al abismo sin mirar atrás?
Un thriller romántico con sabor a Turquía de la autora ganadora del Premio Chic
A Raúl, por todos los veranos.
Y todos los inviernos.
«Cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo, al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano».
Contra el fanatismo, Amos Oz
«La flor que florece en la adversidad es la más bella y rara de todas».
Mulan, Walt Disney
«Lo mejor de todo se había condensado en ese instante. Y no podía ser otra cosa que amor».
Intimidad, Hanif Kureishi
2 de agosto de 2015
Distrito de Friedrichshain-Kreuzberg, Berlín
Dice un proverbio turco muy popular que el café debe ser negro como la noche, caliente como el infierno, fuerte como el pecado y dulce como el amor. Jamal Birkan lo sabe bien; por eso, lo que más detesta en el mundo después de las injusticias y el Bayern de Múnich es esa porquería empalagosa llamada «eiskaffe» que los berlineses toman a todas horas para combatir el calor estival. En el escaso kilómetro y medio que dista entre su casa, en Bergmannstrasse, y la de su padre, en Kottbusser Tor, no ha hecho más que ver copas rebosantes de esa mezcla de aguachirle, helado de vainilla y nata montada en las mesas de las terrazas que abundan por doquier. A decir verdad, no es que Jamal sea un gran adepto de las tradiciones que comparten origen con su nombre. De hecho, su padre a menudo le reprocha que ni siquiera tenga un nazar o una buena alfombra de Konya en el salón de su apartamento. Sin embargo, el café a la turca es sagrado para él. Está tan arraigado en su vida que se niega a tomarlo de otra manera: primero, se muelen los granos hasta obtener un polvo lo más fino posible. A continuación, se vierte un poco de agua en un cezve de cobre, se le añade azúcar al gusto y se calienta. Cuando empieza a hervir, se retira del fuego y se le agregan cuatro cucharaditas de dicho polvo. La mezcla deberá hervir dos veces más y reposar entre la primera y la segunda ebullición. Tras unos minutos, se sirve sin filtrar en una taza pequeña de cuyo contenido solo se aprovecha la mitad, pues su elevada concentración deja unos posos más adecuados para la lectura de la fortuna que para el paladar. De algún modo, el türk kahvesi es el cordón umbilical que lo mantiene unido a sus raíces y a los veranos de su infancia en Estambul. ¡Ah, qué tiempos tan felices! El abuelo solía llevarlos a él y a Kerem al puente de Gálata a comer pistachos. De aquellas tardes conserva muchos recuerdos: los pescadores de aspecto rudo alineados pacientemente a lo largo de la vieja pasarela, las gaviotas sobrevolando el Bósforo en círculos, la lejana llamada a la oración del muecín, el penetrante olor a especias que emanaba del Bazar Egipcio y se adhería a la ropa durante días y, por supuesto, el café, siempre presente en la vida de los turcos como el eje alrededor del cual pivotaba una rutina por lo demás lenta y ceremoniosa, tan distinta a la alemana. Lo probó por primera vez a los diez años, en uno de esos locales tradicionales del barrio asiático de Üsküdar, donde los hombres todavía se sientan durante horas a jugar una partida de tavla tras otra mientras reflexionan sobre los misterios divinos y la estupidez de los políticos. El abuelo le había advertido que no lo removiera o los posos regresarían a la superficie y lo convertirían en un brebaje intragable. Pero la advertencia llegó demasiado tarde y el ímpetu de la edad hizo el resto. Jamal se echa a reír cada vez que desentierra el episodio de la memoria.
Por algo dicen que el primer café turco nunca se olvida.
Cuando Orhan Birkan abre la puerta y lo invita a pasar, lo abraza esa sensación de monotonía que acompaña al ritual de bienvenida de todos los domingos. El diálogo siempre es el mismo:
—Hoş geldin.
Que significa «Bienvenido».
—Hoş bulduk.
Que significa «Bien hallado».
El domingo es el único día que sus obligaciones le permiten pasar tiempo con el cabeza de familia, así que la costumbre de charlar largo y tendido alrededor de un pantagruélico desayuno que culmina con un café se ha convertido en su momento de tranquilidad. Jamal le entrega el ejemplar del Hürriyet que ha comprado de camino y que, una vez más, trae la crisis de los refugiados sirios en primera plana. Orhan Bey le echa un vistazo rápido y se lamenta en turco, meneando la cabeza como hacen los hombres cuando se sienten impotentes frente a la desgracia. Enseguida cambia a su idioma de adopción para concluir que:
—Los alemanes no hacen lo suficiente por esta pobre gente.
Habla alemán con un acento marcado, pero sin titubeos, como alguien que lleva mucho tiempo haciéndolo. Más de treinta años, para ser exactos. Jamal comparte su punto de vista, aunque con un pequeño matiz: la falta de humanidad no tiene bandera. Solo hay que darse una vuelta por el Kotti y escuchar lo que dicen algunos vecinos, no todos, claro, pero sí un grupo importante.
Afirmaciones como:
«La mayoría de los refugiados vienen aquí a robar y a traficar. Habría que retirarles los papeles y fuera, adiós, a su casa».
O:
«Ayudarlos tiene un coste demasiado elevado para nuestros bolsillos».
O incluso:
«Nunca se van a integrar. Son muy diferentes a nosotros».
Le hierve la sangre solo de pensarlo. Es curioso que esa gente hable de integración, teniendo en cuenta que viven en un barrio conocido popularmente como «el pequeño Estambul», donde ni siquiera hace falta conocer la lengua local para desenvolverse con facilidad. Y no, por supuesto que no reniega de sus raíces; al contrario, Jamal siempre ha creído que, si se pierden los orígenes, se pierde la identidad. Pero, del mismo modo que no tolera el complejo de superioridad alemán, le irrita el discurso del turco anquilosado en el pasado, cuando minorías como la kurda, la griega o la armenia suponían una carga para Turquía. Muchos no han entendido todavía que ahora son ellos los que conforman las minorías en otros países.
Antes de entrar, se quita las zapatillas deportivas y las coloca junto a los demás pares de calzado en el armario del recibidor, donde le aguardan sus viejas babuchas. Padre e hijo se dirigen al salón, bañado por la claridad de las mañanas de verano. Partículas de polvo flotan en el aire. Las agradables notas aromáticas del samovar humeante que reposa encima de la mesa, sobre un tapete de encaje amarilleado por el tiempo, le acarician el olfato. Completan el conjunto una bandeja de simit,[1] un cuenco repleto de aceitunas verdes y negras, queso, ensalada de tomate y pepino y dos platos con sendos huevos fritos y sucuk a rodajas, un tipo de salchicha seca y condimentada que se come pasada por la sartén. Jamal se deja caer con su imponente metro ochenta y cinco sobre la silla, exhala de forma sonora y se frota los ojos con fuerza. Al momento, un rictus de preocupación se dibuja entre las espesas cejas oscuras de Orhan Bey, sentado a su lado.
—Trabajas mucho, hijo —lo reprende, mientras sirve el té en el único par de vasos de cristal fino que ha resistido a décadas de historia familiar—. Deberías descansar más o caerás enfermo.
Puede que no le falte razón. Desde que lo ascendieron a Kriminalinspektor de la BKA, la Oficina Federal de la Policía Criminal, su nivel de estrés ha aumentado considerablemente. Demasiado papeleo. Demasiadas reuniones a todas horas. Demasiadas luchas internas. Demasiadas presiones pendiendo sobre su cabeza como una espada de Damocles. Demasiada política. A veces, llega tan cansado a casa después de una de sus maratonianas jornadas laborales que se quita un zapato aquí, el otro allá, guarda el arma reglamentaria en el cajón de la mesita de noche —una SIG Sauer P229 capaz de disparar hasta quince balas en un único cargador. Trabajo alemán de calidad. Dios, cómo le gusta esa pequeña belleza— y se mete en la cama sin desvestirse. Ni siquiera las duras sesiones de entrenamiento militar a las que se somete casi a diario en el gimnasio de la Central logran destensarlo del todo. Pero admitirlo delante de su padre daría pie a una conversación que no le apetece mantener en ese momento.
—No seas neurótico, baba. Estoy bien —ataja. Parte un simit por la mitad, lo moja en la yema del huevo y se lo lleva a la boca. Las semillas se sésamo se esparcen sobre el tapete—. Además, me encanta mi trabajo. Es como una droga para mí. Una buena, claro —puntualiza, masticando con deleite.
—Evet,[2] evet, y eso te honra, maşallah,[3] pero el trabajo no lo es todo. Hay otras cosas en la vida de un hombre, ya sabes a qué me refiero.
Naturalmente que lo sabe. No es la primera vez que hablan del tema y, por desgracia, tampoco será la última. La insistencia de su padre resulta exasperante. ¿Por qué demonios no entiende de una vez por todas que lleva la vida que ha escogido? Una vida centrada en su carrera. «Este tema se acaba aquí y ahora», piensa. Le gustaría decírselo, alto y claro, pero no lo hace. No quiere ofender a la persona que más respeta en el mundo.
Jamal suspira.
—A ver, ¿de verdad crees que un kanack[4] habría llegado tan lejos en la BKA si no trabajara duro?
Orhan Bey lo apunta con el dedo índice.
—No me gusta que utilices esa palabra, Jamal. Que yo sepa, tú naciste en Berlín.
—Cierto, pero, para algunos, nunca seré un alemán de pleno derecho —reconoce, tras beber un sorbo de té.
Aunque parezca lo contrario, no hay ni un ápice de resentimiento en su voz. Ser turco y policía significa tener que demostrar el doble. No es fácil estar sometido constantemente al escrutinio de aquellos que perciben la diversidad cultural como una amenaza, pero Jamal está acostumbrado a lidiar con las incongruencias de su profesión. Nada más entrar en el cuerpo comprendió que no tenía sentido nadar entre dos aguas y que debía elegir cuanto antes un bando. Eligió el de la responsabilidad y se aferró a sus principios, convencido de que, con el tiempo, se ganaría el respeto de sus compañeros. Ha soportado muchas salidas de tono a lo largo de sus quince años de carrera, pero ahora los prejuicios le resbalan por la piel como el agua sobre una superficie metálica. Se siente tan turco como alemán. Es tan turco como alemán. Punto.
Orhan Bey asiente, se reconoce a sí mismo en los argumentos de Jamal. Cada arruga de su rostro oliváceo y cansado cuenta una epopeya. Para Jamal, ese hombre encarna por sí solo la historia de los miles de compatriotas que llegaron a Alemania como gastarbeiter[5] en la década de los sesenta y decidieron quedarse en un país donde había posibilidades de prosperar.
—Sé que te esfuerzas más que nadie, pero tienes treinta y seis años y sigues soltero. A tu edad, yo ya estaba casado con tu madre, que Alá la tenga en su gloria —Dirige al techo una mirada que destila recuerdos y ausencias, como cada rincón de la casa—, y era padre. ¿No crees que deberías ir pensando en formar tu propia familia?
—Primero tendría que encontrar a la chica adecuada.
—Bueno, ¿y por qué no la buscas? Eres un hombre hecho y derecho, seguro que no te faltan candidatas.
«Porque no existe», piensa. Sin embargo, dice:
—No tengo tiempo para eso. Embarcarme en una relación seria no entra dentro de mis planes a corto plazo. ¿Qué sentido tiene encariñarme con algo que no va a durar?
—¿Cómo sabes que no va a durar?
—Baba, seamos realistas. Con el ritmo de vida que llevo, ninguna mujer en su sano juicio se quedaría conmigo.
—Se te está escapando la juventud entre los dedos, hijo —replica su padre, moviendo las manos en un ademán de desesperación—. Para ti solo existe el trabajo. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Y vivir no va únicamente de perseguir a los malos.
Jamal aprieta los labios y lo mira con furia.
—Yeter. Lütfen.[6]
El tono es lo bastante tajante como para dar a entender que no es momento de llevarle la contraria, de modo que Orhan Bey claudica. Durante los siguientes minutos, ambos se limitan a comer en un silencio amortiguado por el ruido del tráfico y las voces que se cuelan por la ventana. Jamal es el primero en romperlo, golpeado por un sentimiento de culpa punzante que aviva el deseo de resarcir a su padre.
—¿Y Kerem? ¿Durmiendo? —Orhan Bey eleva la barbilla y chasca la lengua en un gesto de negación—. ¿Entonces? ¿Dónde está? No me digas que le ha dado por madrugar en domingo.
—Y yo qué sé. ¿Te crees que me da explicaciones de lo que hace o deja de hacer? Andará perdiendo el tiempo en Landwehrkanal, como siempre. ¿No te ha dicho ese cabeza hueca que ha dejado el trabajo? Ni una semana le ha durado esta vez. Menudo irresponsable. ¿Qué habré hecho yo para que caiga una maldición sobre esta familia? ¡Por el amor de Alá! —exclama, blandiendo las manos de forma teatral—. ¡Tiene treinta y tres años! ¿Es que no piensa madurar nunca? Me saca de quicio que se pase el día por ahí, con esa chusma con la que se junta. Ojalá se preocupara por su futuro, pero Kerem no es como tú. Lo único que le interesa es esa música del demonio.
Se refiere al hiphop.
Tras su letanía de disgustos, Orhan Bey parece quitarse un peso de encima. Al terminar, sus rasgos faciales se relajan de forma perceptible. Sus ojos se muestran algo más serenos y la tirantez bajo su espeso bigote negro se atenúa. Jamal sabe que el alivio le durará poco, pues hablar de Kerem Birkan siempre es sinónimo de problemas. Lo que dice su padre es cierto: su hermano y él son dos polos opuestos y no solo en el aspecto físico. Para Kerem, vestirse, comportarse e incluso expresarse como un vulgar matón de barrio es un acto de rebeldía, un modo de expresar su frustración contra una sociedad que considera injusta. «Alemania se encuentra en un avanzado estado de putrefacción»; una frase que le gusta y que utiliza con frecuencia. Para Jamal, en cambio, esa filosofía de vida casi delictiva está estrechamente relacionada con el lodo autocompasivo del gueto.
Kerem representa todo aquello que Jamal no es y viceversa. Son dos extremos de la humanidad unidos por un lazo sanguíneo.
—No te preocupes, baba —lo consuela, sacudido por un fuerte sentido de la responsabilidad—. Hablaré con él y le haré entrar en razón.
A fin de cuentas, cuidar de su hermano es lo que ha hecho siempre.
—Inshallah.[7] —Los golpes que da sobre la mesa con los nudillos después de tocarse la oreja lo hacen sonreír. Al contrario que su padre, es un hombre de mente cartesiana que vive apartado de toda superstición, no tanto por una decisión consciente, sino por un reflejo involuntario—. Bueno, voy a preparar el café.
—Tamam.[8]
Hace un calor sofocante. Jamal se levanta y se asoma al balcón. Su mirada color miel se pierde en algún punto inconcreto del conocido paisaje urbano, más allá de las grúas, los grafitis y la huella socialista que perdura en los antiguos bloques de viviendas de hormigón. Unas franjas de nubes dispersas cubren el sol a intervalos. Fija la vista en los desgarrones azules que se divisan a lo lejos, entre los cúmulos detenidos en el horizonte. En ese instante, sin saber por qué, le viene a la mente el cielo aterciopelado de Estambul en verano y decide que no se parece en nada al de Berlín, que oprime a cualquiera contra el asfalto igual que a una colilla bajo la suela de una bota. Los recuerdos de su infancia parpadean a lo lejos como un faro viejo que amenaza con apagarse. Nunca se lo ha dicho a nadie, pero echa de menos la ingenuidad de un tiempo en el que ni siquiera imaginaba las atrocidades que los seres humanos son capaces de cometer. A veces, se siente atrapado en un momento indefinido del pasado, cuando no había tribulaciones en el corazón de su padre y Kerem y él no eran más que niños con los dientes torcidos y los bolsillos rebosantes de canicas. Es un pensamiento que lo acompaña en todo momento, sin alejarse demasiado, recordándole que su deber como hijo y como hermano mayor es recuperar el equilibrio perdido con la muerte de su madre. Quién sabe, tal vez sea esa la verdadera razón por la que está solo.
[1] Pan circular sobre el que se espolvorean semillas de sésamo.
[2] Sí.
[3] Originalmente del árabe «Masha’Allah». Sirve para expresar aprecio, alegría, alabanza o agradecimiento.
[4] Palabra despectiva en alemán para designar personas con raíces turcas, árabes o de países de habla persa y pastún.
[5] Trabajadores de diversas nacionalidades contratados durante la década de 1960 por las autoridades de la República Federal de Alemania.
[6] Basta. Por favor.
[7] Ojalá.
[8] De acuerdo.
3 de agosto de 2015
Distrito de Charlottenburg, Berlín
El peine se desliza con dificultad sobre la melena mojada de Nina Haas. Tiene el pelo muy largo, y los enredos a veces la obligan a usar la fuerza contra sí misma. Sería más práctico si se lo cortara por debajo de las orejas, ya que, de todas formas, en el hospital lo lleva siempre recogido. Incluso podría oscurecérselo un par de tonos. Seguro que a su rostro de facciones suaves le sentaría bien. Lo malo es que Klaus se opone rotundamente a que se lo corte y, mucho menos, a que se lo tiña. «Eres alemana, Nina. Así debe ser tu pelo, largo y rubio como el de una valquiria». Ella no le encuentra sentido al argumento, aunque prefiere no llevarle la contraria. Es otra de las muchas cosas que acata para evitar una discusión. Desde que se mudaron a Berlín hace unos meses, las cosas se han puesto bastante feas en casa. Su matrimonio nunca ha sido un camino de rosas, pero empieza a parecerse a un barco que navega en línea recta hacia un iceberg, sin posibilidad de cambiar el rumbo. Se fueron de Uckermark con la esperanza vana de salvarlo. Sin embargo, ni el cambio de aires ni su nuevo hogar —un apartamento amplio y luminoso, con muebles de diseño y piscina comunitaria en una zona residencial rodeada de extensas áreas verdes— son suficientes para restaurar la profunda grieta que los separa. Klaus Haas siempre ha sido un hombre de emociones inestables, tanto que resulta agotador. Su estado de ánimo oscila entre dos polos opuestos: de la frialdad a la ira, sin término medio. Cuando se enfada, cosa que sucede con frecuencia porque no soporta que le lleven la contraria, se le forma una enorme arruga encima de la nariz y su mirada de acero azul se vuelve aterradora. Nina teme que algún día le levante algo más que la voz, aunque nunca se lo ha contado a nadie. En lo que respecta a su vida personal, es una cámara acorazada.
Con el pelo todavía húmedo, sale del cuarto de baño y se dirige a la cocina. Klaus está sentado a la mesa leyendo el Die Welt en torno al mismo desayuno anodino de todos los días, que consiste en zumo de naranja de tetrabrik, café filtrado, huevos pasados por agua y pan de centeno con margarina. La mirada de Nina, que condensa toda la tristeza del mundo, se clava en su marido. Cabello rubio peinado a un lado, rasgos finos enmarcados en un rostro simétrico, traje comprado en alguna boutique de la avenida Ku’damm. Un hombre joven, con aspecto de triunfador avant la lettre que exhibe una mueca permanente de altivez. No levanta la vista del periódico cuando se sienta ni le da los buenos días. Es posible que esa indiferencia cada vez más acusada la hiciera sufrir en el pasado, pero, con el tiempo, Nina se ha acostumbrado a una falta de interés por su parte que ni siquiera se molesta en disimular. A menudo se siente invisible, como si no existiera. Tampoco la busca en la cama por las noches, aunque, si lo hiciese, aduciría cansancio, dolor de cabeza o pondría cualquier excusa que la exonerara de la tortura de yacer bajo un hombre que se limita a usarla como un recipiente donde verter su propia satisfacción. Lo más probable es que haya encontrado alivio entre las piernas de otra; no sería la primera vez que la traiciona. La diferencia es que ya no le importa. A sus treinta años, ha aprendido a aislar las emociones, a encerrarlas bajo llave en algún compartimento secreto del corazón. Simplemente, se deja llevar por la inercia mientras sus sentimientos agonizan heridos de muerte en una cuneta. Qué difícil resulta a veces comprender los motivos que nos empujan a tomar determinadas decisiones.
O a no tomar ninguna en absoluto.
Nina suspira con aire derrotista y se lleva la taza de café a los labios. Mientras bebe, se fija en el titular que ocupa gran parte de la portada del periódico.
«Alemania registra un récord de medio millón de refugiados procedentes de Siria, Afganistán e Iraq. Los centros de acogida temporal, al límite de su capacidad».
Es un buen momento para abordar un tema al que lleva días dándole vueltas, aunque sabe que la cuestión es delicada. Carraspea, preparándose para hablar, y, en un esfuerzo por sonar despreocupada, anuncia:
—Han dicho en Deutsche Welle que necesitan voluntarios en Tempelhof. Personal sanitario, sobre todo. —Hace una pausa para tomar impulso—. Quizá podría ir a echar una mano en mi tiempo libre.
Klaus dobla el periódico por la mitad y lo lanza sobre la mesa, airado.
—¿Y qué diablos se te ha perdido a ti en ese sitio, entre esa gente?
Pronuncia «gente» arqueando el labio superior en un gesto de desprecio, como si le diera asco retener la palabra en la boca. De nada serviría que Nina argumentase que, como enfermera, debe velar por la salud de las personas sin tener en cuenta su origen, raza o religión. Tampoco que apelara a la solidaridad más allá de las fronteras. Ni, por supuesto, que le recordase el capítulo más oscuro de la historia de Alemania, cuando eran los propios alemanes los que se veían forzados a huir del horror. Klaus levanta el puño y, de repente, golpea la superficie de madera con tal fuerza que derrama el café.
—¡Ni hablar!
Tendría que haberse imaginado lo que ocurriría. Él siempre encuentra alguna excusa para pelear, pero parece que lo que más le molesta últimamente es que ella tenga una visión del mundo distinta a la suya.
—No hace falta que te pongas así.
Su marido la perfora con una mirada afilada y dura.
—¿Y cómo esperas que me ponga si mi propia mujer insinúa que quiere mezclarse con esos sucios árabes? ¡Hay que ver lo ignorante que eres! ¿No te das cuenta de que lo único que va a conseguir el gobierno federal con esta infausta política de puertas abiertas es que el islam se acabe imponiendo en Alemania? ¿Es eso lo que quieres? ¿Que te obliguen a llevar burka y a hacer el ramadán? Necesitamos a alguien con las ideas claras en la Cancillería. Alguien como Marine Le Pen o como Nikos Michaloliakos, el de Amanecer Dorado. Si tuviéramos líderes con pelotas, no habría en todo el continente europeo un puñetero sirio mendigando asilo.
—No seas injusto, Klaus. Nadie es responsable del lugar donde ha nacido. Imagínate lo que debe de ser vivir en un país que lleva años en guerra. Sin objetivos, sin futuro, sin aspiraciones. ¿Quién querría permanecer en un sitio así?
—Bah, están acostumbrados. En Oriente Medio no conocen nada más que los bombardeos.
—Que no hayan vivido de otra manera no significa que no quieran hacerlo. Lo siento, pero creo que no podemos quedarnos de brazos cruzados ante esta situación de emergencia. Esas personas ponen en riesgo su propia vida para escapar de Siria. ¿Es que no has visto las imágenes? Se ahogan en el Mediterráneo, por el amor de Dios.
—¡Despierta de tu estúpida fantasía progresista! —contraataca, con un gesto de dignidad herida—. ¿Sabes cuántos terroristas han llegado a Europa infiltrados en lanchas de esas gracias a la Flüchtlingspolitik? Deberían deportarlos a todos y devolverlos a las cloacas a las que pertenecen en lugar de invitarlos a venir y servírselo todo en bandeja de plata. Como si no tuviéramos bastante con los turcos…
Nina frunce el ceño.
—¿Qué tienen que ver los turcos? La mayoría son tan alemanes como tú y como yo. Han nacido y crecido aquí, han ido a colegios alemanes. Este es su país. Y los países se construyen a base de ciudadanía, no de identidad.
El único cambio visible en el rostro de Klaus es el endurecimiento de la línea de la mandíbula. Suficiente para que Nina entienda que ha ido demasiado lejos.
—Haz el favor de no decir más tonterías, ¿quieres? Los kanacks no son más que la escoria de la sociedad, un montón de delincuentes barriobajeros que nunca han querido integrarse. ¡Pero si ni siquiera saben comportarse! ¡Hablan a gritos como si estuvieran en Turquía! Alemania se hunde por culpa de la multiculturalidad y las malditas concesiones de los Sozis.[1] Basta ya de inmigración masiva y de extranjeros que nos quitan el trabajo y convierten Berlín en un estercolero de crimen, prostitución y droga. En cuanto a los sirios, su guerra no nos concierne. ¿Sabes lo que te digo? Que ojalá esos fanáticos del Daesh lo volaran todo por los aires. ¡Bum! —Ilustra el sonido con un aspaviento—. Se acabaron los problemas en Occidente —añade, y una sonrisa cínica se le dibuja en los labios.
Ojalá pensara que no habla en serio.
Ojalá pudiera.
Pero es evidente que disfruta de la cadencia de sus propias palabras. Klaus está enamorado de su discurso.
El debate le provoca algo parecido a la náusea. Hay un término en alemán que designa el sentimiento de satisfacción generado por el sufrimiento de otro: Schadenfreude. Nina se pregunta en qué momento se ha convertido su marido en ese hombre que carece de empatía por la desgracia ajena; cómo ha podido germinar en su interior semejante desprecio por la vida humana. Claro que, cuando el odio se lleva dentro, una sola chispa basta para desatar un incendio.
—No irás a Tempelhof. ¿Está claro? —remata, levantando el dedo índice con gesto admonitorio.
Nina asiente en silencio, se refugia en su caparazón y, una vez más, igual que tantas otras a lo largo de ocho años, se abandona al bucle de la impasibilidad en el que vive atrapada. Como de costumbre, él tiene la última palabra y ella calla. La historia de su relación es la de una lucha de poder constante de la que siempre resultan vencedores y vencidos los mismos. Le encantaría chasquear los dedos y convertirse en otra persona, en una mujer más valiente, que ya no concede oportunidades ni pone la otra mejilla, pero no se atreve. La mayor parte del tiempo se ve a sí misma como un tronco arrastrado por la corriente de un río, sin posibilidad de oponer resistencia a su empuje. Es duro sentir algo tan devastador y masticarlo a solas.
—Bien —zanja Klaus antes de llevarse a la boca una rebanada de pan y engullirla.
Nina, en cambio, ha perdido el apetito. Dicen que cuando el amor aprieta demasiado acaba asfixiando. Centra la vista en la taza de café y exhala con resignación. Es el quejido sordo de quien sabe, desde hace mucho tiempo, que su lucha es estéril.
[1] Abreviación peyorativa del partido socialdemócrata.
17 de agosto de 2015
Distrito de Friedrichshain-Kreuzberg, Berlín
Los dedos tamborilean impacientes contra el volante del Volkswagen Golf R azul atlántico. El tráfico es muy denso a causa de las obras que paralizan Skalitzer Strasse. Será imposible llegar a tiempo. Jamal resopla exasperado y maldice en turco. Por desgracia, eso no resolverá el problema. La reunión con su jefe es dentro de diez minutos y todo el mundo sabe que Gerhard Müller, director de la División de Seguridad de Estado de la BKA, considera la impuntualidad algo muy poco alemán. Al mirarse en el espejo retrovisor del vehículo policial de renting, se pregunta si debería haberse puesto corbata para la ocasión. No acostumbra a hacerlo porque no le gusta fingir ser alguien que no es. Prefiere la sencillez de unos vaqueros y una camisa normal y corriente, a poder ser blanca, porque contrasta con su tono de piel bronce, o negra, porque es un color sobrio, pero no en exceso. Sin embargo, esa mañana no le interesa que su aspecto informal, apuntalado por su barba espesa y una media melena recogida en un moño a la moda, fastidie a Müller, que estará de un humor de perros para cuando llegue. Lo conoce bien; es un tipo serio y cuadriculado que da mucha importancia a las formas y los procedimientos.
Los cristales del vehículo amortiguan los ruidos de la ciudad, una amalgama de bocinas furiosas por el embotellamiento, taladros y excavadoras. «Berlín es la capital de las obras inconclusas», piensa, mientras contempla el desfile acompasado de coches y transeúntes. En la espera, la voz del locutor de la DLF se abre paso a través de las ondas con una noticia de última hora que lo lleva a subir el volumen de la radio.
«Esta madrugada se ha encontrado en Neukölln el cadáver de otro hombre de origen turco. Aunque todavía se desconocen los detalles, fuentes de la investigación han confirmado a este medio que la víctima habría recibido un disparo en la cabeza. Así pues, se trataría del cuarto crimen de idénticas características este mes de agosto, tras los cometidos en Wedding, Friedrichshain y Moabit en los últimos días. Según ha podido saber Deutschlandradio, la Policía de Berlín baraja la hipótesis de un ajuste de cuentas».
Jamal no necesita más datos.
—La Policía de Berlín no tiene ni idea de lo que hace.
No lo dice por decir, sabe de lo que habla.
Cuando Müller lo puso al frente de la Unidad Seis de la División de Seguridad de Estado, muchos creyeron que se trataba de una mera cuestión de cumplimiento de cuotas. Un turco que lidera el grupo de antiterrorismo de extrema derecha recién creado transmite una imagen muy conveniente de la policía, máxime cuando esa especialidad delictiva se cierne como la peste sobre el país y ha llegado a salpicar al ejército, a la clase política y a la propia policía. Pero Jamal se niega a que lo reduzcan a un estereotipo. Trabaja más que nadie para ser un buen Kriminalinspektor; si alguien se merece el puesto, ese es él. En su tiempo libre, se ocupa no solo de mejorar su forma física y su puntería, sino también de estudiar derecho, sociología y psicología criminal. Cuenta con experiencia sobre el terreno y siente pasión por el oficio, condición imprescindible en un departamento que no es ninguna bicoca, porque a) no dispone de tantos recursos como Antiyihadismo, pero b) la implicación y disponibilidad exigidas son inversamente proporcionales a los mismos. Su forma de encarar la tarea policial se caracteriza por una exhaustividad metódica y una gran atención a los detalles. Y lo más importante: es un hombre de principios férreos comprometido con la ley y la justicia. Por eso, tiene claro que su ascenso no obedece a ninguna jugada estratégica, sino a la necesidad de reforzar, de la manera más eficaz posible, la lucha contra una amenaza creciente. También sabe que Müller valora su integridad porque él mismo se lo dijo. «A este país le hacen falta policías y le sobran burócratas, Birkan».
Lo que no le gusta a Gerhard Müller es que le hagan perder el tiempo. Ese fue justamente el argumento que esgrimió para echarlo de su oficina cuando, días antes de la reunión que está a punto de tener lugar, Jamal insinuó que la línea de investigación seguida por la KriPo[1] en el caso de los crímenes del Bósforo, como lo había bautizado la prensa sensacionalista, no era la adecuada. Tres homicidios, todos cometidos en los barrios con más población inmigrante de Berlín. Ningún testigo. Las víctimas, sin otra conexión aparente que su origen turco. A Jamal no le cabía la menor duda de que las habían escogido de forma aleatoria, y así lo expresó.
—¿Con qué motivación? —preguntó Müller.
—Terrorista —respondió sin dudar.
Müller pestañeó tras los cristales de las gafas que escondían sus ojos cansados.
—Birkan, no me joda —profirió, y le pidió con la mirada que contemporizase. Su jefe no se caracteriza por ser una persona que pierde los papeles con facilidad. Aun así, Jamal creyó detectar un cierto grado de nerviosismo en su voz.
—Con el debido respeto, Herr Direktor, usted sabe tan bien como yo que lo del ajuste de cuentas es una cortina de humo. La escalada de violencia en las calles ha aumentado desde que la Oficina Federal de Migración aprobó el decreto para la permanencia de los refugiados en suelo alemán. La LKA reporta a diario múltiples delitos de odio en todos los länder: insultos, pintadas, amenazas y agresiones. Le recuerdo que hace poco atacaron con bombas incendiarias dos centros de acogida, uno en Turingia y otro en Brandenburgo. Por otra parte, las manifestaciones de corte neonazi son cada vez más multitudinarias. A la que Pegida convocó en Dresden asistieron dieciocho mil exaltados, pero dentro de unos días habrá una marcha en homenaje a Rudolph Hess en Spandau, y sabemos que será masiva. Mientras tanto, esos fascistas sin complejos de la AfD ganan popularidad en las encuestas. Lo último que le conviene a la Cancillería en este contexto de grave alarma social es un lobo solitario del estilo de Anders Breivik.
—Muy bien. Ya veo que ha hecho usted los deberes, pero ¿tiene alguna evidencia que sostenga su argumento? Pruebas, Birkan. Sólidas y bien fundamentadas.
—Me temo que no. Sin embargo, la BKA cuenta con información fiable sobre cuarenta y tres individuos de ultraderecha que podrían estar planeando un ataque terrorista en el país, además de los doce mil setecientos neonazis registrados en el INPOL por cometer algún tipo de acto violento o compartir ideas extremistas en las redes sociales. Estamos en alerta cuatro, señor. Alemania es una olla a presión a punto de explotar. Solo era cuestión de tiempo que sucediese algo así. Creo que, como mínimo, deberíamos considerar la posibilidad de que estos crímenes tengan algún componente político relacionado con la Rechtsradikale.[2]
Tras meditarlo brevemente, Müller dio el tema por zanjado.
—No podemos actuar a menos que haya pruebas concluyentes que justifiquen una intervención federal. Así que, salvo que se produzca un giro radical en los acontecimientos, el caso es competencia de la Policía de Berlín, no nuestra. Lo siento. Y ahora, largo de aquí, Birkan. Tengo muchísimo papeleo pendiente y no me gusta que me hagan perder el tiempo.
Que Jamal acatara la orden sin cuestionarla no significa que haya dejado de pensar en el asunto; al contrario. Y cuanto más lo hace, más se reafirma en su teoría. Por esa razón, la noticia del cuarto homicidio ni siquiera le sorprende. Lo que sí le sorprende es que, con la cantidad de agentes desplegados a causa del alto riesgo de atentados islamistas, la KriPo no haya encontrado todavía al homicida. «Sea quien sea, debe de haberse camuflado muy bien», medita, a la vez que repiquetea en el volante de forma distraída. Entonces, tuerce el gesto. Lleva días preocupado. Kreuzberg tiene todos los números para convertirse en el siguiente escenario de los crímenes del Bósforo, y, de ser así, su familia podría correr peligro. Si algo le ha enseñado su trabajo es que lo único que hace falta para convertirse en víctima de un ataque terrorista es estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Solo con imaginarlo, la rabia le acelera el pulso. Deberá insistirle a Müller. Siempre que las obras le permitan llegar a la reunión, claro.
Central de la BKA en Berlín
Distrito de Treptow-Köpenick
En el aparcamiento subterráneo del mastodóntico edificio de la avenida Puschkin hay un ascensor de uso restringido desde el que se accede directamente al despacho de Gerhard Müller. Para ello, solo es necesario identificarse con la huella dactilar en el lector que hay junto a la puerta de acero galvanizado. Un zumbido seguido de un sonoro clic le confirman que tiene permiso para entrar. En el interior, Jamal rota el cuello hacia un lado y luego el otro, une los omóplatos, los mueve en círculos y se aprieta los nudillos de ambas manos, que crujen con estrépito. Se frota la cicatriz del antebrazo izquierdo, donde le rozó aquella bala, que asoma bajo la manga, semioculta entre el vello y las pulseras de cuero y plata. No es la única que tiene, pero sí la más importante. Quizá porque, en el fondo, las marcas de una bala cuentan su propia historia. Llega quince minutos tarde y se siente como un recluta a punto de desactivar una mina. Por fin, el ascensor se detiene en la sexta planta. Avanza apresuradamente por los silenciosos pasillos de moqueta que, poco después, albergarán ruidos de todo tipo: teléfonos, impresoras, voces, máquinas de café a pleno rendimiento, puertas que se abren y se cierran. Müller ha fijado para la reunión la estrecha franja horaria que va desde las siete menos cuarto hasta las siete y cuarto. A esas horas, es menos probable que alguien venga a tocarte las pelotas. Eso no significa que su jefe tenga por costumbre llegar tan temprano a la Central. De hecho, no suele dejarse caer hasta media mañana y aun entonces es bastante inaccesible incluso para sus colegas más cercanos. Su despacho es como una fortaleza inexpugnable vigilada en todo momento por una secretaria rolliza y con un inconfundible acento sajón que responde al inquietante nombre de Hermelinde.
—Entre. Herr Müller lo está esperando.
Jamal da dos golpes de cortesía en la puerta antes de abrirla. No es la primera vez que visita la trinchera personal de Müller, de estilo funcional y amplios ventanales con vistas a Treptower Park. Resulta curioso que un edificio absolutamente impenetrable como ese esté a la vista de cualquiera.
—Por fin aparece, Birkan. Ya estaba a punto de llamarlo.
—Lo siento, Herr Direktor. El tráfico es un auténtico caos esta mañana.
—Está bien, está bien —concede, contra todo pronóstico—. Siéntese, por favor. ¿Quiere un café antes de empezar? No sé usted, pero yo soy incapaz de meterme de lleno en el trabajo sin una buena dosis de cafeína.
Müller se esfuerza por hablar en un tono rutinario, pero Jamal percibe cierta tensión en su voz. Las manchas de envejecimiento que se le extienden por la frente y los pómulos acentúan su aspecto cansado y, a pesar del aire acondicionado, la calva le brilla por el sudor.
—No, gracias. Yo solo tomo café turco, señor. —Decide ir al grano—. ¿Se ha enterado de lo de Neukölln? Parece que han encontrado otro cuerpo.
—Sí, estoy al corriente. —Müller evita el contacto visual. Coge la taza humeante con el emblema de la BKA que descansa sobre el escritorio, junto al ordenador y una pila de papeles dispuestos en abanico, le da un sorbo al café y carraspea para preparar lo que dirá a continuación—. Precisamente de eso quería hablarle.
Jamal cruza los brazos sobre el pecho y se reclina, atento, en el respaldo de la silla.
—Le escucho, Herr Direktor.
—Anoche me reuní de urgencia con Steinberg.
Se refiere a Bettina Steinberg, la directora general de la BKA. Tiene fama de ser una zorra inflexible que se reserva cualquier muestra de amabilidad para el ministro del Interior o la prensa, pero Jamal siente cierta empatía hacia ella. Tal vez porque es la primera mujer que llega tan lejos en un entorno dominado por hombres. Por eso su apariencia tensa, porque tiene que ser mejor y más dura que nadie.
—¿Steinberg está aquí?
—No, en Wiesbaden;[3] nos vimos por videoconferencia —aclara. A continuación, apoya los codos sobre la mesa y entrelaza los dedos, gruesos como las salchichas de Núremberg—. Birkan, la Policía de Berlín nos ha informado de que han hallado restos de ADN en la escena del primero de los crímenes del Bósforo. Un cabello, en concreto.
—¿En Wedding? Pero eso fue hace al menos dos semanas. ¿Por qué no lo han dicho hasta ahora? El laboratorio no tarda tanto en procesar las pruebas.
—No lo sé —confiesa con aire catastrofista—. Puede que hayan cometido algún error administrativo. La KriPo no suele ser muy escrupulosa en su trabajo.
—Claro. O puede que quisieran llevarse el mérito de resolver un caso complicado por su cuenta. Lo de colgarse las medallas lo hacen a menudo —replica, en un tono corrosivo.
Su jefe le dedica una mirada conciliadora por encima de las gafas.
—Calma, Herr Inspektor. Mente fría, céntrese —dice, acompañando las palabras de un movimiento ondulante de manos—. En cualquier caso, los resultados ya se han cotejado con la base de datos de CoDIS y… el cabello conservaba la raíz, así que hemos tenido suerte. Hay una coincidencia. Fiabilidad del noventa y ocho por ciento, según el informe. —Traga saliva y la nuez se le acomoda sobre el cuello de la camisa azul celeste de alto funcionario—. Maximilian Bachmann.
—¿Qué?
Jamal se revuelve, activado por un resorte invisible. No da crédito a lo que acaba de oír. Bachmann es uno de los individuos más buscados por las fuerzas del orden alemanas desde que se dio a la fuga en un control de carretera en 2012. Ese año, un atentado con explosivo plástico en un restaurante döner del barrio turco de Colonia se cobró la vida de siete personas y dejó otros veinte heridos. El ministro del Interior de turno se apresuró a descartar el móvil terrorista. Un error de cálculo, ya que a los pocos días del suceso se filtró a la prensa el nombre de Maximilian Bachmann como el autor intelectual y material. La BKA, la LKA y el BND, el Servicio Federal de Inteligencia, lo habían señalado como sujeto extremadamente peligroso ya en 2010, tras establecer su vinculación con Combat 18, la facción armada de la red ultraderechista internacional Blood & Honour, en el marco de una serie de registros masivos. Nacido en 1976 en la antigua República Democrática de Alemania y radicalizado como tantos otros tras la caída del Muro de Berlín, Bachmann había comenzado sus andaduras delictivas en 1998, cuando la policía lo detuvo tras intentar acceder al memorial del campo de concentración de Buchenwald con un uniforme de las SS. A partir de entonces, varios länders lo investigaron por utilización de símbolos inconstitucionales, allanamiento, delitos de odio, tenencia ilegal de armas y resistencia a la autoridad. Una auténtica joya. Cuando los medios de comunicación preguntaron al ministro cómo era posible que un individuo que estaba en el punto de mira de la policía y la inteligencia hubiera cometido un atentado tan sangriento, este respondió: «Podemos adoptar medidas preventivas, pero no podemos encerrar a todo aquel que arme alboroto».
Aquellas desafortunadas declaraciones terminaron con su carrera política y sacudieron al partido en el gobierno, que fue duramente castigado en las siguientes elecciones.
—De modo que ese malnacido vuelve a ser el hombre del momento.
—Así es. Bachmann está en Berlín y eso lo cambia todo. Tenía usted razón, Birkan: existían indicios de sobra para hacer saltar las alarmas y yo no he sabido verlos, mea culpa. La próxima vez, tendré en cuenta su criterio y su intuición, se lo garantizo —admite. Suelta un pequeño suspiro, como si acabara de tomar una decisión que lleva tiempo posponiendo, y agrega—: En cualquier caso, hay que proceder con rapidez y discreción. Necesitamos resolver este caso antes de que se pudra y el olor atraiga a los buitres. La prensa no debe saber nada o entorpecería la instrucción. Son órdenes de arriba. Nos conviene que la ciudadanía continúe creyendo que se trata de un asunto relacionado con el crimen organizado, ¿comprende?
Que la verdad no te arruine un buen titular.
Jamal frunce los labios, pensativo.
—Disculpe, pero ¿a quién le conviene, exactamente? A la comunidad a la que yo pertenezco desde luego que no.
—¿Prefiere que los cien mil turcos que viven en Berlín salgan a la calle a protestar? Vamos, Birkan, no sea ingenuo —dice, de manera condescendiente—. Eso solo serviría para añadir más leña al fuego y, con las elecciones generales a la vuelta de la esquina, se convertiría en un verdadero problema de orden público.
O lo que es lo mismo: cuando se libra una gran guerra, a nadie le interesan las pequeñas batallas.
—Entiendo.
—Bueno, sepa que ya he solicitado la orden de investigación y la Brigada de Homicidios lo pondrá todo a disposición de la BKA a lo largo del día. Mientras tanto, reúnase con su equipo e infórmeles de la situación.
—De acuerdo, Herr Direktor.
Jamal cuadra los hombros y se incorpora enérgicamente. Nota cómo la frecuencia cardíaca y el ritmo respiratorio se le aceleran. No necesita mirarse en un espejo para saber que se le han dilatado las pupilas y que su piel presenta un aspecto enrojecido. Son los efectos de la descarga de adrenalina que le sacude el sistema nervioso en ese momento. Los conoce muy bien porque le ocurre lo mismo cada vez que se enfrenta a un caso de gran envergadura. Y, sin duda, ese lo es.
—Una cosa más, Herr Inspektor. Steinberg exige estar al tanto de las novedades —dice, y esboza una sonrisa de camaradería—, lo que significa que se pondrá muy tocapelotas si no hay resultados pronto; ya la conoce: su obsesión por el control es enervante. A veces, hasta me provoca acidez de estómago. El BND también querrá saber cómo evoluciona el asunto, claro. Supongo que no hace falta que le diga que se espera de la unidad que usted dirige un trabajo eficiente y concienzudo propio de la BKA. Confío en usted, sé que es metódico y que combina la experiencia con la pericia como nadie, y no pienso vigilar lo que haga como si fuera la hermana superiora de un convento de monjas. Pero este asunto es muy gordo, Birkan, así que no la cague. Si la caga, su cabeza no será la única que ruede, y no tengo la más mínima intención de jubilarme antes de la cuenta. ¿Entendido?
Errores de cálculo.
Daños colaterales.
Destrozos de fuego amigo.
A veces, el oficio de policía se parece demasiado a la guerra.
Jamal asiente y abandona el despacho como quien se adentra en territorio hostil, decidido a luchar. Él es así, vive su trabajo con intensidad.
[1] Abreviatura de Kriminal Polizei.
[2] Ultraderecha.
[3] La sede central de la BKA está en Wiesbaden (Hesse).
18 de agosto de 2015
Hospital Universitario La Charité
Distrito de Mitte, Berlín
El uniforme de una enfermera se mancha una media de entre tres y cinco veces en un turno tan caótico como el que acaba de terminar. Lo más común son las salpicaduras de sangre, vómito, clorhexidina o la tinta de algún bolígrafo que, con el ajetreo, se guarda sin tapón en el bolsillo hasta que explota. Gajes del oficio. Según los preceptos, cuando eso ocurre, hay que cambiarse lo antes posible, pues una mancha, además de un probable foco de infección en el caso de los fluidos, es la vía directa a una queja formal. Nina se considera una buena profesional, pero, en ocasiones, el estrés y el descontrol impiden que cumpla el protocolo a rajatabla. Como esta es una de esas ocasiones, se le ha olvidado que iba por ahí con una enorme mancha azul en el uniforme.
«Qué desastre», se recrimina a sí misma.
El turno de tarde en las urgencias de La Charité, el hospital más grande de Berlín, ha sido de locos. Nina no había visto tanta gente de acá para allá en toda su carrera, y eso que está acostumbrada a las exigencias de su profesión —claro que La Charité no tiene nada que ver con el modesto Kreiskrankenhaus de Uckermark, donde trabajaba antes de mudarse—. Gente en los ascensores, en las salas de espera, en los pasillos, frente a los mostradores de información, confundida entre un enjambre de batas de distintos colores, voces y pasos apresurados. En el área de boxes, la cosa no pintaba mucho mejor. Aquello parecía un campo de batalla. Las camillas y las sillas de ruedas iban y venían. Cada vez que Nina terminaba con un paciente, las puertas se abrían para que entrara otro. Por eso, no es de extrañar que, al final de la jornada, sienta calambres en las manos y un molesto hormigueo en las articulaciones. A los múltiples vendajes, suturas e inmovilizaciones que la han mantenido ocupada hay que sumar una RCP e, incluso, un deceso por sección de la arteria femoral, a consecuencia de una herida de arma blanca, del cual ha sido testigo indirecto. Era de esperar que esos radicales de Spandau terminasen matándose entre ellos, cada año ocurre lo mismo. A Nina no le entra en la cabeza que, en la Alemania plural y democrática de 2015, se siga homenajeando a un nazi como Rudolph Hess. Es una falta de respeto intolerable hacia los millones de víctimas del Holocausto. Por más que lo intenta, no entiende de dónde viene ese odio nacional, absurdo e irrefrenable que se extiende como una epidemia y que no permite que los alemanes se reconcilien con el pasado de una vez por todas. Durante la jornada, ha atendido a un tipo que llevaba un campo de exterminio tatuado en el pecho junto a la frase «Jedem das Seine»[1] y una enorme esvástica. El mismo que minutos antes se había negado a que su compañera Fatma le atendiese. «Y una mierda me va a poner las manos encima una kanack. Antes muerto». Mentiría si no reconociera que, por un momento, ha sentido la tentación de quitarse los guantes quirúrgicos, lanzárselos a la cara y largarse del box. No lo ha hecho, lógicamente. Su profesión consiste en ayudar a la gente, a toda la gente, sin distinción. Aunque a veces requiera de una especie de coraza mental para soportar ciertas cosas.
En el vestuario, sigue la misma rutina de siempre: vaciar los bolsillos —esparadrapo, pinzas Kocher, su reloj y el bolígrafo que ha causado la mancha, que arroja a la basura—, quitarse el malogrado uniforme y depositarlo en el cubo de la ropa sucia.
—¡Por fin! —exclama Enke, delante de la taquilla contigua—. Qué tarde tan movidita. No sé tú, pero yo no he parado ni para vaciar la vejiga. ¡Por poco me estalla! Y, para colmo, he tenido a la sargento de caballería pegada al culo todo el día. «¿Está segura de que ha puesto la vía correctamente, Fräulein Brückner? El paciente se queja de que le duele el brazo» —la imita, en tono de burla—. Ni que acabara de salir de la universidad. ¡Pero ¿qué se habrá creído esa bruja?!
—Esa bruja es la Oberschwester,[2] Enke —le recuerda Nina.
—Sí, pero no por méritos profesionales.
Enke Brückner no solo es su compañera, también es la única amiga que tiene en Berlín. A pesar de que son como la noche y el día —o puede que gracias a ello—, Nina supo que se llevarían bien en cuanto se conocieron. A veces ocurre. Miras a una persona a los ojos y tienes la certeza de que puedes confiar en ella. Enke es un auténtico torbellino emocional. Su efervescencia choca con el carácter contenido de los alemanes, pero eso no le supone ningún problema porque suele hacer lo contrario a lo que se espera de ella. Es esa clase de persona que expresa lo que siente, hace lo que quiere y dice lo que piensa. Sin filtros. Por eso, Nina la admira. Y también la envidia, porque representa la libertad de espíritu que ansía para sí misma. Tampoco se parecen en el aspecto físico, pese a que ambas se ajustan al arquetipo de la mujer alemana por excelencia: alta, rubia y con los ojos azules. Nina es delicada como una hoja de sauce movida por el viento, mientras que Enke se caracteriza por una figura voluminosa cuyo contoneo vuelve locos a los hombres. No es guapa en el sentido tradicional de la palabra, pero tiene carisma y sabe sacar partido a sus encantos. Y siempre está bronceada en un país donde el clima casi nunca acompaña.
—Oye, ¿te he dicho ya que me encanta tu vestido? —comenta Enke—. Deberías ponértelo más, esa combinación de colores te sienta fenomenal. De hecho, si no tuviera tres tallas más que tú, te lo pediría para mi cita con Helmut.
—¿Helmut es el chico que conociste en aquel club de Prenzlauer Berg? —pregunta Nina, al tiempo que se deshace la coleta y deja que la larga melena le caiga sobre la espalda.
—No, ese fue Christoph.
—Ya. ¿Y Helmut de dónde ha salido? Refréscame la memoria.
—Es el ex de mi hermana.
Nina se ríe y mueve la cabeza de forma reprobatoria.
—Enke, eres incorregible.
—Cielo, yo no soy tan afortunada como tú. Todavía no he encontrado a mi media naranja, pero te garantizo que, cuando lo haga, se acabaron las citas y se acabó Tinder. Estoy segura de que, muy pronto, el destino hará que me cruce con un hombre culto, detallista y tan activo sexualmente como Michael Fassbender en Shame. Y, si es posible, que se parezca físicamente a él. Tampoco pido tanto, ¿no?
«Mientras no se parezca a Klaus, no hay problema», reflexiona. No obstante, contesta:
—Pues claro que no. Es perfectamente posible.
Después de cambiarse el calzado reglamentario por unas sandalias veraniegas con la cuña de esparto, saca el bolso de la taquilla y revisa el móvil. Tiene un mensaje de Klaus enviado hace unos minutos que dice:
«No me esperes despierta. Voy a salir con Andreas».
Nina se muerde el interior de los carrillos mientras medita la repuesta.
«Vale, pero no cojas el coche si piensas beber más de la cuenta», escribe.
La respuesta de Klaus es inmediata.
«Pero ¿qué te crees? ¿Que soy un crío que necesita que le digan lo que debe hacer? Y, para tu información, he dejado el puto coche en el garaje».
Un suspiro prolongado que suena a resignación le brota desde el fondo de la garganta.
—¿Todo bien?
Lo cierto es que no tiene muy claro cómo contestar a la pregunta de Enke. Si no hubiera visto a ese tal Andreas con sus propios ojos, pensaría que su marido la engaña con otra. Fue un encuentro fugaz en el que apenas intercambiaron un par de frases de cortesía. Ni siquiera aceptó que lo invitara a pasar y se quedó en el umbral de la puerta mientras esperaba a Klaus. Un tipo de lo más raro. Por lo visto, Andreas tampoco es de Berlín. Se conocieron en el gimnasio y congeniaron enseguida. De hecho, Klaus pasa más tiempo haciendo Dios sabe qué con su nuevo amigo que en casa, pero mentiría si negara el alivio que le proporcionan esas ausencias reiteradas.
—Klaus tiene planes, así que esta noche estoy sola en casa.
Enke se lleva las manos a las caderas y la escudriña.
—Ajá. ¿Y qué piensas hacer?
—No lo sé. Ver un par de episodios de Anatomía de Grey e irme a la cama, supongo.
—Anatomía de Grey. ¿En serio? ¿No has tenido bastante con el turno de esta tarde? —pregunta. Acto seguido, resopla, frunce los labios y, con un mohín, añade—: No, ni hablar, de ninguna manera. Tú y yo vamos a salir a divertirnos. He visto en Fiestapp que hay una sesión de house en Badeschiff, así que iremos y nos tomaremos una copa. O dos. Y no hay discusión posible.
—Pero Enke…, ya sabes que la música electrónica no es lo mío.
—Cierto. Lo tuyo es la Orquesta Filarmónica de Viena interpretando La marcha Radetzky —contraataca con ironía, al tiempo que se enfunda en unos vaqueros tan ajustados que tiene que contener la respiración para poder subirse la cremallera—. Por Dios, Nina, estás en fase de negación profunda. ¿Cuántos años tienes? ¿Sesenta? Seguro que si ahora mismo registro tu bolso, encuentro compresas para pérdidas de orina, un pastillero y un libro de crucigramas.
—Madonna también tiene sesenta años.
—Acaba de cumplir cincuenta y siete. Y tú no eres la Ambición Rubia, precisamente.
—¿Me estás llamando aburrida?
—Totalmente.
—Ya, bueno. Es posible que tengas razón, pero estoy agotada. Los neonazis me han dejado sin fuerzas. ¿A ti no?
Una verdad a medias.
Aunque confíe en Enke, nunca le ha hablado con franqueza sobre Klaus ni de sus problemas con él. Le avergüenza reconocer que detrás de esa imagen de esposo devoto con la que lleva años engañando a todo el mundo se oculta un hombre duro, narcisista, sin escrúpulos, infiel y controlador. Y le avergüenza porque ella es cómplice de esa mentira.
—Oye, hoy ha sido un día muy duro. ¿No crees que tú también tienes derecho a divertirte un poco? Seguro que a tu marido no le importa. Por lo que cuentas, Klaus no es la clase de hombre que pone el grito en el cielo porque su mujer salga por ahí de vez en cuando.
En realidad, sí es esa clase de hombre.
