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-¿CREES EN EL DESTINO, INSPECTOR? -ES LO ÚNICO EN LO QUE CREO. Granada, 2018. Después de un fatal accidente de tráfico, que dejó a su compañero Jorge Morrison en estado crítico, un abatido inspector Velázquez se reincorpora al trabajo para un caso insólito: un joven alocado se dedica a colarse en iglesias para organizar escándalos sexuales a plena luz del día. Lo que inicialmente parece una travesura algo obscena, apunta a convertirse en una catástrofe sin precedentes en la ciudad nazarí. Sin noticias sobre el paradero de su abuela senil y en medio de la vorágine sentimental en la que suele vivir, la nueva investigación se verá salpicada por la llegada de mensajes enigmáticos que parecen ser de su padre, supuestamente muerto quince años antes, lo que llevará a Velázquez a enfrentarse a sus peores demonios. PUEDE QUE LLEGUE TARDE, PERO EL PASADO SIEMPRE VUELVE.
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Seitenzahl: 382
Veröffentlichungsjahr: 2024
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A mi hija Marina.
Naciste junto al mar para cambiarpor completo el océano de mi vida.
Nunca son tan peligrosos los hombres como cuando se vengan de los crímenes que ellos han cometido.
SÁNDOR MÁRAI
Llueve en Granada. El agua cae a raudales. Las gruesas gotas se precipitan como el plomo, con enorme violencia, y los ríos se van formando sobre las empedradas calles del centro de la bella ciudad nazarí. Es casi medianoche y todo está vacío. Los comercios permanecen cerrados. Ni un alma habita las calles con tal tormenta. Solo aguantan en pie las farolas, que centellean de manera intermitente sobre el suelo cuando su luz se ve reflejada en los charcos.
Voy sin paraguas, no me importa mojarme. Es más, lo prefiero. Siempre he pensado que el agua sobre el cuerpo purifica el alma de alguna manera. Aunque no tengo prisa, tampoco puedo pararme. Es tarde y, probablemente, ella me estará esperando en mi apartamento para darme la noticia.
Me cruzo con un loco en bicicleta que casi me atropella y tengo que apoyar una mano en el suelo para no caerme. Tal vez sea un chiflado o tal vez se trate de un simple borracho, pero si sigue así, su noche no puede acabar bien. Ni siquiera lo increpo cuando me levanto tras esquivarlo en el último suspiro. Me he hecho daño en la rodilla. Aún no me he recuperado del todo de mis lesiones y debo tener más cuidado si no quiero recaer. Mi médico ha insistido mucho en que es demasiado pronto para grandes esfuerzos. Suspiro. No me queda más remedio que darle la razón en silencio, ya que, aunque intento ocultarlo de todas las formas posibles, lo cierto es que todavía me siento demasiado débil.
Llego a una plaza que se me antoja eterna, ubicada en el mismísimo corazón de la que siempre será mi ciudad soñada. Se me hace rara verla así, apenas distinguible bajo el espeso manto de agua que la baña. Si me preguntaran en otra vida en qué lugar del mundo habría querido vivir y morir, estoy seguro de que siempre habría contestado lo mismo: Granada. Es una ciudad mágica. Quien la conoce sabe que no hace falta decir mucho más. Posiblemente, aunque quisiera, tampoco podría hacerlo mediante palabras.
Subo los cuatro pisos de escalera muy despacio. No hay ascensor y todo se hace mucho más complicado en mi estado. Cuando llego al rellano e intento abrir la puerta, compruebo que la cerradura sigue echada con doble vuelta. Tal vez con el aguacero, ella finalmente haya cambiado de idea. No la culpo. Tiene motivos más que de sobra para no querer verme ni tan siquiera una última vez.
Me voy directo a la ducha, a intentar quitarme el «olor» a hospital. Todo el mundo dice que los hospitales no huelen a nada, pero sí que lo hacen. Apestan a desinfectante y a tristeza a partes iguales. Desde hace meses, cada noche, traigo conmigo la mezcla de esas dos fragancias de vuelta a casa.
Me seco con parsimonia utilizando una áspera toalla. No tengo ganas de dormir. Hace mucho tiempo que me cuesta conciliar el sueño. Mientras él siga postrado en esa cama, mi descanso nunca será pleno. Quizá debería rezar, tal vez eso ayude, pero, a pesar de que lo estoy reconsiderando seriamente, de momento me vengo conformando con escribir en este viejo diario unas letras de vez en cuando, con la única esperanza de poder mitigar, aunque sea ligeramente, todo el dolor que persiste en mí.
Me pongo el pijama de lunares que ella me regaló y me tumbo en el sofá a esperar el alba, que vendrá unas pocas horas después. Oigo el impacto periódico y constante de las gotas de lluvia sobre el rojizo suelo de mi terraza. Enciendo la televisión y cuando giro la vista, me fijo en un detalle junto a la puerta del apartamento que había pasado desapercibido a mis ojos hasta ese momento. Mi corazón se acelera y me pongo extremadamente nervioso. Renqueando, porque mi cuerpo ya se ha enfriado y todavía le cuesta demasiado volver a arrancar, consigo agacharme para recoger el pequeño sobre blanco.
Lo abro y únicamente encuentro en su interior un billete de cien euros, cuidadosamente doblado.
¿Acaso sigo soñando? ¿Lo que se muestra ante mí es real o se trata simplemente de un nuevo fruto de mi imaginación?
Palpo el billete, lo acaricio con suavidad y después lo acerco a la nariz, intentando extraer algún antiguo aroma conocido. No lo consigo, pero no me importa, porque ahora ya sé quién lo envía. No tengo la completa certeza, pero tampoco la menor de las dudas. Solo existe una explicación posible. La misma que no logro vislumbrar para llegar a entender cómo consiguió fingir su propia muerte en Brasil y engañarme de ese modo.
Vuelvo a dejar el billete en el interior del sobre y me voy directo a mi habitación en busca de otro objeto que en los últimos meses se ha convertido en uno de mis tesoros más preciados. Sentado frente al escritorio, comienzo a derramar despacio la tinta sobre el amarillento papel.
Me llamo Julio Velázquez y soy inspector de la Brigada Central de Investigación de Delitos contra las Personas en Granada.
Y lo dejo escrito hoy, en este diario, a 14 de mayo de 2018, para que conste en acta:
Papá, nunca debiste volver.
–¿Cómo está hoy? —pregunté.
—Pues igual que ayer, hijo —contestó ella mientras trasteaba una de las bolsas de plástico que conectaban con la vía.
La enfermera y yo nos habíamos hecho íntimos. Y eso que cuando la conocí me cayó fatal de primeras. La consideré una borde, la típica y aparente señora cincuentona y peripuesta rociada por los cuatro costados con ingentes cantidades de malafollá granadina. Con todo, tras las últimas semanas, me había dado cuenta de que era una mujer que, bajo esa dura coraza, escondía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho.
—Creo que va a despertarse pronto —dije, animado.
—Claro que sí —respondió, sin más.
—Mañana cambiaré las flores. Estas se están secando.
—Haces bien. Eso le alegrará.
—Y también animarán a su mujer y a su hija; las de ahora son muy oscuras. No me explico cómo se me ocurrió comprarlas. Voy a traer unas margaritas, no sé, algo más alegre. O al menos de color chillón.
Ella asintió con una levísima sonrisa y salió sin más de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Me senté en la incómoda butaca gris y me quedé frente a él un rato, mirándolo fijamente. Estaba prácticamente igual que hacía unos meses y en su aspecto apenas se distinguían secuelas físicas, a pesar del brutal accidente de tráfico que habíamos sufrido.
—Mire el lado bueno, compañero. Estando aquí, parece que por usted no pasan los años —comenté, risueño.
Morrison llevaba varios meses en coma. Cuando salí del hospital, cuarenta y seis días después de nuestro ingreso, parecía que iba a despertar de un instante a otro, pero finalmente no había sido así. Ahora su estado se había convertido en un auténtico misterio. El equipo médico que lo atendía decía que podía despertar en cualquier momento o que tal vez no lo hiciese nunca. En ocasiones me ponía extremadamente furioso e incluso los increpaba con malas formas, porque no me entraba en la cabeza que los acontecimientos pudiesen dejarse de esa manera en manos del azar. «Vamos, ¿no se puede hacer nada?», «algo se podrá adelantar, ¿no?».
Tras semanas preguntando lo mismo día sí y día también, lo único que conseguí sacar en claro es que, al parecer, a los pacientes en ese estado les iba bien que les hablasen, les pusieran música, les contaran historias… Se decía que eso podía ayudar mucho, aunque no viésemos un efecto inmediato, ni mucho menos. Se trataba, por tanto, de un trabajo a largo plazo, pero a mí no me importaba el tiempo que me llevase. Cada noche, cuando iba a visitar al subinspector al hospital, le contaba mis problemas y preocupaciones más mundanas. Todos ellos constituían una sarta de necedades en comparación con lo suyo, pero quería seguir pensando que, en el fondo, esas discretas charlas nos ayudaban a los dos.
—Paula me va a dejar. Ayer le tuve que contar lo que pasa con Raquel. Se lo he estado ocultando durante meses. No tengo perdón y no podía esperar más para hacerlo.
Aunque evidentemente Morrison no me contestaba, yo dejaba un rato entre frase y frase como si necesitase ese tiempo para procesar toda la información.
—Mire que he tenido mala suerte, ¡eh! —continué—. Es la segunda vez en mi vida que me enamoro, y fíjese, ¡me caigo nuevamente con todo el equipo! Soy experto en cagarla, subinspector. Ya lo sabe. Si no, mírenos, estamos hechos unos trapos. Bueno, a usted se le ve algo mejor.
Le sonreí. Me levanté de la butaca y me asomé por la ventana. La habitación de Morrison se ubicaba en la última planta del hospital, y las vistas hacia la parte norte de la ciudad, con Sierra Nevada de fondo, eran simplemente espectaculares. Hacía escasos minutos que una nueva noche primaveral había caído sobre Granada.
—Al menos lo tenemos claro los dos —proseguí, sin dejar de mirar a través del cristal el hermoso paisaje nocturno—. Ni Raquel ni yo queremos nada serio el uno con el otro, más allá de lo que esto implique. Sí, Morrison, eso es. Ese hijo nacerá con sus padres haciendo sus vidas por separado, como ha sucedido hasta ahora.
Me fui directo a la percha que se erguía junto a la puerta y cogí mi chaqueta. Era miércoles y esa constituía mi última semana de baja. El próximo lunes me reincorporaría nuevamente a mi puesto. Aunque aún faltaban cuatro o cinco días, ya comenzaba a estar inquieto. En parte, me apetecía volver a una rutina más «normal», llamémoslo así, pero, por otro lado, iba a ser todo tan diferente sin el subinspector… Más aún imaginándolo en su situación, consumiéndose poco a poco en esa maldita cama de hospital.
Hacía tiempo que tenía perfectamente asumido que mi vuelta se me iba a hacer cuesta arriba, pero eso ni podía ni iba a reconocerlo, ni tan siquiera ante el bueno de Morrison. El mundo se me venía encima, y no solo por mi mejor compañero, sino porque en lo más profundo de mi ser, comencé a albergar algo parecido a una sensación de miedo. El motivo era fácil de identificar: hasta entonces, no había sido consciente del peligro real que entrañaba mi profesión. De la forma más necia, siempre me había considerado intocable, cubierto por una especie de halo divino que había hecho que, en mis casi diez años de servicio en el Cuerpo Nacional de Policía, no hubiese tenido ni el más mínimo incidente que hubiera puesto en riesgo real mi integridad física. Sin embargo, fue durante la investigación del ya famoso caso de los Pantanos (bautizado como caso Náyades a nivel interno), cuando tuve que disparar por primera vez mi arma lejos de un campo de tiro. También viví mi primera persecución realmente al límite, y a la vista estaba lo mal que había acabado: el subinspector y yo terminamos en el hospital. En resumen, había descubierto que esa supuesta aura protectora se había roto definitivamente, y ahora, la carne y el hueso se tendrían que enfrentar directamente con el hierro que, a buen seguro, me tendría preparado ese mundo oscuro que esperaba ahí fuera, para más inri, sin mi fiel escudero Morrison cabalgando a mi lado.
—Le quedan poco más de dos meses de embarazo. Como sabe, es niño. Bueno, eso ya se lo dije ayer y anteayer. También el día anterior, pero es que quiero que se acuerde, Morrison, porque la buena nueva es que he decidido ponerle su nombre. A ver —aclaré—, Raquel es la que tiene la última palabra, pero creo que finalmente accederá sin problemas.
Morrison era mitad canadiense, mitad español. Su abuelo vino a luchar en el año 1936 por la República. Fue uno de los primeros brigadistas internacionales que se entregaron a la causa. Ethan se llamaba, según el propio Morrison me contó una vez. Su hijo nació aquí dos años después, y cuando terminó la guerra, Ethan volvió a Canadá con su mujer y su bebé nacido en España; es decir, el padre de Morrison. Y un par de décadas más tarde, este último, casualidades de la vida, conoció en Toronto a una chica de origen español con la que se terminó por casar, para mudarse a España años después, en busca de una nueva vida con un chico preadolescente y otra niña más pequeña de apenas dos años. Ese primer chico es Jorge Morrison Sánchez. No se puede negar que el nombre es castizo y pegadizo a partes iguales. Jorgito, para algunos bromistas y amiguetes de comisaría cuando tercia de por medio una barra de bar. No obstante, lo importante era que, en definitiva, aunque el subinspector había nacido y pasado su infancia en Toronto, él y su familia tenían toda su vida en España.
—Jorge Velázquez Muñoz. Suena bien, ¿verdad, Morrison? Espero que dentro de un año esté bromeando conmigo en su bautizo y pueda apadrinar a ese niño como se merece —le dije, dándole unas palmaditas en la mano y lanzando una mirada esperanzadora.
Eché un último vistazo a la ventana y me volví a acercar para correr la cortina.
Retomé la lectura de una de las novelas en la que estábamos inmersos, por el punto exacto en el que la dejé el día anterior. Sentado en la butaca frente al subinspector, con la chaqueta sobre las piernas, leí durante dos horas las magníficas líneas que componen El último encuentro, de Sándor Márai.
Al filo de la medianoche, dejé el libro sobre la mesilla, me eché la chaqueta al hombro y salí en silencio de la habitación.
Cinco años antes
–Agradar a los demás. A toda costa y bajo cualquier circunstancia, pero siempre con ciertos matices —aclaró ella.
El pequeño auditorio se hallaba repleto, con varias personas apostadas de pie tras la última fila y a lo largo de los pasillos laterales. De un rápido vistazo, pude percibir que absolutamente todo el público tenía puesta su atención en las siguientes palabras de la ya por entonces afamada doctora en Psicología, Carmen Corvina.
—Es un síndrome relacionado con ciertas actitudes y comportamientos, como el narcisismo y el egocentrismo —prosiguió—. Esto os podrá parecer contradictorio en un principio, ¿no es cierto? —preguntó abiertamente a la concurrencia.
Desde mi butaca pude percibir gestos de asentimiento en todos y cada uno de los rostros que se encontraban a mi alrededor. Algunos «sí» velados recorrieron la sala. Aunque era un evento abierto al público en general, y, por tanto, dirigido a personas de todas las profesiones y edades, pude distinguir, sentados unas filas más adelante, a un par de compañeros de oficio pertenecientes a otra comisaría de la capital granadina.
—Pues no lo es para nada —sentenció ella—, porque el objetivo de este síndrome es sencillo: ser el centro de atención de forma permanente y sentirse bien mediante el agrado y reconocimiento continuo de los demás. Nada aparentemente fuera de lo normal, ¿no es cierto? Pues a pesar de que sus síntomas y consecuencias pueden pasar inadvertidos dentro de la personalidad del sujeto, si escarbamos un poco, sale a relucir muy fácilmente otra cara más desapacible y desconocida. Por cierto, ¿sabéis cómo he denominado este peligroso síndrome?
Ahora eran gestos de negación los que inundaban la sala. Corvina tomó aire, como si necesitara una dosis extra de energía para lo que iba a decir a continuación.
—Pues estoy segura de que todos lo conocéis. Por eso mismo, para que resulte más sencillo de identificar, lo he bautizado con un término coloquial que deriva de sus principales consecuencias: el síndrome del bienquedismo.
Escuché algunas risitas a mi alrededor.
—El bienquedismo ha llegado a nuestra sociedad para quedarse —continuó Corvina—. El bienquedismo parece bueno siempre que se utilice en pequeñas dosis, pero no os confundáis: es algo extremadamente peligroso. Y lo más importante: tiene un precio. Un precio elevado, para más señas.
Corvina dejó de hablar repentinamente, creando un silencio sostenido en la sala. No solo era muy buena en su profesión, sino que era una oradora de primerísimo nivel. Una maestra de los tiempos que siempre sabía usar las palabras adecuadas en el momento oportuno para terminar de ganarse a un público ya de por sí entregado.
—Todos tenemos algún familiar o amigo así. ¿Quién no se ha cruzado alguna vez con el típico cuñado al que le gusta quedar bien con todo el mundo, que no se mete nunca en charcos, que defiende siempre al supuestamente más vulnerable, o simplemente pretende ser la persona que no dice las cosas como son en realidad por ese miedo al qué dirán? Si alguien no ha estado con nadie así, que levante la mano, por favor —hizo una pequeña pausa, escrutando con la mirada entre las diferentes filas, para añadir a continuación—. Lo digo porque mi cuñado, Pablo, está en la sala; así que os lo puedo presentar en cuanto acabe la charla —añadió una risueña Corvina.
Varias carcajadas y algunos aplausos a continuación. Me descubrí a mí mismo aplaudiendo también, cual grupi en un concierto de su banda favorita, pero, joder, ¡qué buena era!
—Sin embargo —matizó, retomando de nuevo ese aire solemne tras el oportuno chascarrillo—, es imposible quedar bien siempre con todas las personas. En ese punto suelen empezar los problemas. Me explico: en situaciones sociales normales, la persona que sufre el síndrome del bienquedismo es la persona más guay del mundo. Todos queremos una foto con ella, que todo el mundo nos vea en nuestras redes sociales con ella, para que así nuestros contactos vean lo guay que somos también. Parece claro, ¿no? Si estamos con alguien así, a priori el resto de la gente debería pensar que estamos cortados por un patrón similar. —Y dirigiendo su mirada a primera fila de asientos, dijo—: Ahora puedo confesártelo, Pablo. Subí aquella vez a mi Facebook la foto desenfadada en la que salimos a pasear a los perros para ganar popularidad…
La sala se caía. ¿Aquello era un monólogo del Club de la Comedia o qué exactamente? Risas y más risas. La recurrente broma utilizando al cuñado. Nunca fallaba, menos aún si tenías la suerte de tenerlo en la sala y aprovecharte de ese hecho de forma magistral.
—El problema viene —continuó a la par que se acallaban las últimas risas— cuando las cosas se complican. El o la bienqueda tiene que escoger con quién quedar menos bien. El coste psicológico que conlleva la elección es extremadamente alto. El síndrome del bienquedismo ataca especialmente fuerte ahí, y la persona que lo padece pone toda su capacidad y todas sus habilidades al servicio de la causa primigenia. Sin embargo, nunca es suficiente y, por más esfuerzos que se hagan, la cuerda siempre termina por romperse. Esta suele hacerse añicos por el punto en el que el bienqueda de turno cree que va a sufrir menos. Me explico de nuevo: los más perjudicados suelen ser las personas con las que el bienqueda tiene más confianza. Se suele aprovechar de esa idea para, primero, quedar lo mejor posible con la o las personas del círculo menos cercano, arriesgándose a quedar «menos bien» con sus más allegados. Es decir, comienza cerrando anillos desde el más grande al más pequeño. El bienqueda no es tonto; sabe que su entorno más cercano no va a tener demasiado en cuenta ese hecho, porque dispone de tiempo para trabajar y revertir la situación en el futuro, y se aprovecha de esa constante cercanía para poner toda su energía en que lo vuelvan a ver como el tipo más alucinante del mundo que no tenía más alternativa que hacer lo que ha hecho.
El público mantenía ahora el más absoluto de los silencios.
—La primera vez que sucede un choque entre anillos, ese entorno más cercano afectado lo suele pasar por alto. «No podía hacer otra cosa», lo suelen justificar, incluso mimetizándose con el sujeto bienqueda. La segunda puede que también. «No pasa nada, es normal…», pero, a partir de la tercera, salvo que sea un bienqueda de matrícula cum laude, habrá problemas. Como ya comentaba antes, el desgaste psicológico de la persona con el síndrome de bienquedismo suele ser muy alto, pero el entorno de primer nivel, ese más afín, lo pasa aún peor. Y finalmente termina por levantarse en armas contra el que otrora fuera el más molón sobre el planeta tierra. Sí, en efecto: el bienqueda ha pasado a ser un malqueda y un traidor de manual. Prefirió a aquellos que menos le importan, y lo que es incluso peor, a aquellos a los que menos les importa. Entonces llegamos a otro punto crítico. A la persona bienqueda solo le queda una salida posible: el destierro.
Corvina se tomó un poco de tiempo antes de continuar con su magistral exposición. La sala esperaba expectante sus próximas palabras:
—El bienqueda percibe cómo pierde paulatinamente la confianza de ese primer entorno más cercano (podemos llamarlo ese primer «anillo de proximidad») y busca rápidamente un nuevo nido en el que pueda ser el centro de todas las atenciones y en el que, una vez lo consiga, volverá a repetir situaciones y errores. El bienqueda es una especie de okupa de nuestros corazones: va de un nido a otro, dejando algunas almas rotas por el camino, y en la naturaleza de su ser no puede evitar repetir el mismo modus operandi una y otra vez, a pesar del consabido fatal resultado final. Bueno, esto es un poco drástico, pero os vais haciendo una idea, ¿no?
De nuevo, los síes, tímidos y bajitos, que había escuchado minutos antes.
—¡Por eso os digo que no seáis unos bienqueda! ¡Luchad contra esta enfermedad, sed políticamente incorrectos si hay que serlo, quedad igual de mal con vuestra prima que con vuestros mejores amigos, mandad al carajo a quien sea necesario y, lo más importante, nunca, escuchad bien, nunca, dejéis que el síndrome del bienquedismo se apodere de vosotros, os nuble la visión y distorsione la realidad! —exclamó Corvina, ante un público que ahora enloquecía, exaltado por la arenga de la doctora—. Sería el preámbulo a quedaros solos de verdad, pues, aunque creáis que estáis acompañados porque veáis a decenas de personas a vuestro alrededor, recordad que a la mayor parte de ellas no les importáis más que un zurullo bien grande. Mejor que me recuerden como «Carmen Corvina, esa pequeña hija de p… de la facultad que siempre ponía peros a todo» que como «Carmen Corvina, ah, sí, esa. Era maja y nunca ponía pegas cuando cambiábamos las fechas de los exámenes».
El tono de Corvina había ido in crescendo, llevando al éxtasis al auditorio, que justo en ese momento terminó por ponerse en pie entre silbidos, gritos y aplausos. La mediática doctora en Psicología se tomó su tiempo para recibir la ovación y los aplausos, haciendo a su vez una pequeña reverencia a los asistentes.
—Antes de irme, quiero confesaros algo —otorgó a sus palabras un tono confidencial, y el público, de nuevo en sus asientos, volvía a beber ciegamente cada suspiro de aquella mujer—. Hace unos años, estuve en una charla que me impactó bastante y me hizo reflexionar sobre lo que verdaderamente es importante y lo que no. Una de las eminencias en psicología positiva que componía la mesa nos propuso un ejercicio sencillo: que cogiésemos nuestro teléfono y que, en ese preciso momento, mandásemos un mensaje diciendo única y exclusivamente «te quiero» a una persona con la que llevásemos mucho tiempo sin hablar, pero a la que tuviésemos especial cariño y afecto.
Ahora fueron algunos «ohhhhh» los que se oyeron a mis espaldas.
—Parece bonito, ¿no? Pues yo se lo mandé a una vieja amiga de la carrera llena de ilusión. Pasaron los días, las semanas… Me decepcionó mucho el que no me contestara. Fue un golpe tan inesperado como terrible. Sin embargo, con el tiempo supe que no fue porque ella no quisiera contestar. Simplemente, hacía años que mi amiga había cambiado de número de teléfono y ni tan siquiera había tenido el reparo de avisarme… De hecho, yo tampoco había puesto mucho empeño durante esos años. Me enteré después por Facebook, le mandé un mensaje privado por su cumpleaños y dada mi inquietud, le pregunté si había recibido mi mensaje de teléfono. Efectivamente, ahí descubrí el pastel.
La doctora hizo la enésima pausa magistral en su narración, tomándose el tiempo justo para comenzar con el desenlace.
—No me malinterpretéis, sé que ambas nos tenemos afecto, pero es evidente que está fuera de mi vida desde hace mucho tiempo. Y yo de la suya. Eso fue lo que verdaderamente me hizo recapacitar. Por eso mismo, yo quería proponeros hoy algo parecido, pero, a la vez, un poco diferente. ¿Estáis preparados? —preguntó con una risa algo maliciosa en su cara.
Unos tímidos síes asomaron desde la última grada.
—No os oigo. ¿De verdad que estáis preparados? —alzó la voz.
Unos síes mucho más fuertes repicaron a lo largo y ancho de todo el auditorio.
—Así mejor. Está bien, ahí va. Quiero que mandéis a freír espárragos a alguien cercano que tengáis en vuestra vida. Y no os confundáis, no quiero que mandéis mensajes por el teléfono móvil. Los carga el diablo, bien lo sabéis, pero estoy segura de que todos tenéis a alguien tóxico al que aguantáis por vuestro síndrome latente de bienquedismo. Tenéis que extirpar esa enfermedad. Quiero que cuando veáis a esa persona, le digáis de una vez y a las primeras de cambio lo que sintáis a la cara. Eso es verdadera psicología positiva. Descargar un poco lo que llevamos dentro, soltar el lastre, sentirse bien, ser libres. Luego, una vez hayáis acabado con eso, mandad tantos mensajes de «te quiero» como queráis.
—¿Estáis dispuestos?
—Síííí.
—¿Estáis dispuestos?
—¡Síííííí!
El público se puso en pie nuevamente y jaleó a Corvina como si no hubiera un mañana. De inmediato, las colas se fueron formando a la derecha del escenario, donde se encontraba el estand en el que ya se habían comenzado a vender ejemplares de su nuevo libro como rosquillas. Su autora, Carmen Corvina, aparecía trajeada en la foto, haciendo un corte de mangas a la cámara, y creo que no pudo escoger un título mejor para la que iba a ser su obra estrella y todo un referente en la materia.
El libro se titulaba El precio de quedar bien.
Aun a riesgo de parecer una víctima de la enfermedad, he de decir que el libro era tan bueno que en mi primer día libre lo leí de un tirón.
–No quiero ser un estorbo.
—Nunca lo serás —repuse, profundamente angustiado por la situación.
—Pues yo lo siento así… Julio, no deseo estar en medio.
—Paula, yo te quiero a ti. Dame una oportunidad para demostrártelo.
—Tal vez si me lo hubieses dicho antes… pero me has ocultado algo demasiado importante durante demasiado tiempo. Estoy en shock; aún no me lo puedo creer.
Tragué saliva y callé. Ella tenía toda la razón. Lo que quizá no entendía es que lo había hecho precisamente por el miedo a perderla.
—Paula, tienes que comprender que…
—Julio, necesito tiempo para pensar e ir viendo cómo van las cosas —zanjó, decidida—. Respeta mi decisión, por favor —añadió.
—Siempre lo haré —contesté, aturdido—, pero ¿cómo se supone que tengo que actuar?
—Es mejor que no nos veamos durante una temporada, ¿vale? A ver qué tal nos va por separado y cómo llevas tú la paternidad. Quizá más adelante podamos volver a hablar y quién sabe…
No entendía nada. ¿Me estaba dejando definitivamente o no? ¿Qué quería exactamente Paula Olmos? Evidentemente, yo no podía reprocharle ni pedirle absolutamente nada, pues al poco de comenzar a salir con ella, tuve en paralelo un fugaz escarceo amoroso con la directora del centro especializado Nueva Victoria ubicado en Armilla, en el que había internado meses atrás a mi senil abuela, la actractiva y atenta Raquel Muñoz, con la cuestionable fortuna de que la había dejado embarazada. Por una parte, me hacía una tremenda ilusión la paternidad, pero, por otra… nunca imaginé que me fuera a llegar así. Para más inri, mi octogenaria abuela se había fugado del recinto que Raquel dirigía apenas veinticuatro horas después de su ingreso, hiriendo considerablemente al guardia de seguridad. Por esas fechas, todavía permanecía en paradero desconocido tras meses de búsqueda sin tregua. Era obvio que llevarla precisamente allí había cambiado el rumbo de mi vida por completo.
—Está bien —acerté a decir—. Lo haremos como tú prefieras. Ya sabes dónde encontrarme —concluí, intentando controlar el ligero temblor de mi voz.
Paula se levantó de la mesa, me miró una última vez con una expresión tan extraña que no supe enmarcar —acaso una mezcla de adiós, rabia y afligimiento— y se marchó del bar sin más.
Yo la seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró tras ella. Me sentía mal: una tremenda desazón me invadió de manera repentina, acompañada de una angustiante falta de aire. Era raro, porque cuando me divorcié de Carlota, nunca llegué a sentirme ni remotamente así; probablemente, la rabia por sentirme traicionado y engañado por ella pudo con el resto de las sensaciones, víctimas de un templado subterfugio a causa de la primera.
Pagué la cuenta rápidamente y salí ansioso del local en busca de un poco de aire fresco con el que llenar los pulmones. Me encontraba cerca de la casa de Paula, en el barrio que colindaba con la plaza de toros, y descendí apresuradamente por la calle del Doctor Oloriz hasta llegar a la renovada avenida de la Constitución. Sin pensarlo, crucé la vía de forma temeraria, llevándome con ello la habitual ración de pitidos e insultos varios, hasta que al fin alcancé el centro de la amplia calle donde se extendía un bonito bulevar con bancos y arbolillos a lado y lado que se prolongaba hasta el parque del Triunfo. Proseguí mi marcha, dirigiéndome de forma casi inconsciente al lugar definido en mi mente como mi rincón de pensar: la fuente de colores que se erguía en el interior del parque y que solía actuar favorablemente sobre mi estado de ánimo cada vez que terminaba mis sesiones de terapia en la cercana consulta de la doctora Corvina.
Me senté apesadumbrado sobre el banco de piedra. Ya no quedaba nadie: el renovado frío de una primavera cambiante, combinado con la tardía hora, había vaciado las calles en el momento en que las agujas del reloj rozaban las once de la noche de ese nefasto jueves. Meses atrás, habría corrido al galope para llegar al Ámsterdam, el pub ubicado en la calle Pedro Antonio de Alarcón en el que Paula Olmos trabajaba de camarera, el lugar donde la conocí, para charlar un poco con ella antes de que una muchedumbre eufórica de jovenzuelos universitarios invadiera el local. Ahora todo eso ya era fruto del recuerdo. Y muy pronto yo iba a ser padre junto con otra mujer que, pese a su indudable atractivo, no había logrado despertar en mi interior lo que la maravillosa camarera sí había conseguido.
«No vale la pena fustigarme por Paula —resolví, sentado en el impávido banco de piedra mientras contemplaba el juego de luces sobre los chorros de agua—. Que sea lo que tenga que ser».
Evidentemente, yo sabía que eso no era más que una patraña que me contaba para consolarme. La herida que yo mismo me había infligido de manera involuntaria tardaría aún bastante tiempo en cicatrizar. Nunca lo había hecho hasta entonces, pero, solo y desolado, pensé por un instante en llamar a Corvina, a pesar de lo inapropiado de la hora. Mi prolongada estancia en el hospital y sus recurrentes visitas habían afianzado incluso más nuestra relación en todos los aspectos, y yo ya tenía su teléfono personal por si algún día necesitaba hablar de más y sin más. Ella misma me lo había facilitado y me había indicado que, como paciente vip, lo utilizase cuando fuese necesario. Precisamente esa noche yo necesitaba charlar urgentemente con alguien. Con Morrison en coma y la subinspectora Pulido, mi mejor consejera, con la agenda repleta debido a su recién estrenado e idílico romance con el bobalicón juez Parreño, no disponía de demasiadas alternativas.
Saqué mi teléfono del bolsillo y busqué: «Corvina personal». Justo cuando iba a deslizar el dedo para marcar, me frené en seco. Juraría que alguien había gritado desde uno de los laterales del parque, bastante cerca de la fuente. Desde luego, no aparentaba ser ni mucho menos el chillido de felicidad de algún niño travieso. Más bien, me pareció un alarido de pánico. Una llamada inequívoca de auxilio.
Me levanté aprisa, con el correspondiente dolor que eso me producía, y me dirigí hacia la dirección de la que creía que provenía la voz. Oteé tras los primeros setos que conformaban las plantas y las flores. Nadie. El parque se organizaba en una vía central, pulcramente pavimentada, que venía a parar precisamente a la fuente de colores en la que también confluían otra serie de pequeños caminos empedrados desde cada una de las entradas del recinto. El resto del conjunto estaba liderado por los muros naturales que componían la espesa vegetación, escoltados, a su vez, por sinuosos senderos de tierra que constituían pequeños rincones entre las plantas y que dotaban de cierta intimidad a las parejas o lectores que querían pasar un rato tranquilo, libres de miradas inapropiadas y del posible trasiego a su alrededor. Me acerqué al siguiente recodo y asomé la cabeza a través de unos arbustos. De nuevo, ni un alma. ¿De dónde diantres había salido ese grito?
—¡Holaaa! ¿Necesita ayuda? —voceé.
El parque estaba a punto de cerrar sus puertas. Comencé a pensar que, tal vez, podría tratarse simplemente de un gato en celo y que, dado mi estado de nerviosismo tras la conversación con Paula, pudiera ser que me hubiese alarmado por nada.
—¿Hay alguien ahí? —insistí.
El silencio ahora era absoluto. Giré la vista y, al fondo, a lo lejos, pude ver cómo el guardia de seguridad se preparaba para hacer probablemente una última ruta por el interior del parque antes de cerrar sus puertas.
Me disponía a partir en dirección a la entrada principal cuando escuché una especie de murmullo ahogado a mis espaldas. Mi instinto policial, esta vez sí, me puso en alerta máxima. Me agazapé tras unos espesos matorrales que hacían de barrera entre los pequeños senderos sin asfaltar del parque y, al llegar a un pequeño cruce, con sigilo, me asomé al claro que quedaba un poco más abajo. Ahí estaba: un chaval de no más de veinte años forcejeaba con violencia con una chica incluso más joven mientras le tapaba la boca. Medio segundo contemplando esa escena fue suficiente para mí. Los recuerdos en los que el malnacido de mi padre, Miguel Velázquez, se excedía con mi madre de todas las formas posibles afloraron en mi cabeza. Mi cerebro hizo clic. Mal augurio.
Me acerqué agachado todo lo rápido que pude; evidentemente, no tenía pensado avisar. Iba algo renqueante debido a que todavía no me había recuperado del todo de mis lesiones, pero la adrenalina hizo que el dolor físico pasara inmediatamente a un segundo plano. El tipo me daba la espalda y la chica, con la boca cerrada, fue la que me vio venir. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no lo pude creer. Sus ojos se abrieron como platos. Y con ellos, mi ira se multiplicó por diez.
Ese malnacido no lo vio venir.
Lo cogí por la chaqueta y lo empujé hacia atrás con extrema violencia, apartándolo ipso facto de la joven. Mi primer puñetazo impactó directamente en su ojo derecho. El joven cayó de espaldas al suelo, tapándose la cara con las manos en un gesto de dolor. No paré ahí. Me ensañé y solté en aquel pobre diablo toda la rabia que llevaba dentro, más aún al saber quién era ella. Me habían entrenado para pegar haciendo mucho daño sin que el fulano en cuestión corriera demasiados riesgos. Y eso hice. Él era quien gritaba ahora, pero yo, frío y calculador por un lado, y ciego de una ira incontrolable por el otro, dejé a ese chico tirado en el suelo y rabiando de dolor a la espera de una llamada solicitando una ambulancia que lo llevase al hospital.
Por motivos obvios, no me apetecía lidiar con todo lo que aquello iba a suponer a continuación, así que, antes de que el guardia se acercase más, alertado por los profundos alaridos de él y el llanto de ella, la agarré de una mano y nos dirigimos raudos y veloces hacia una de las salidas laterales del parque. Nos alejamos en dirección a la calle Elvira y pronto nos perdimos por las estrechas callejuelas de ese barrio mientras yo llamaba al 112 para curarme en salud, sabiendo que, de todos modos, el guardia probablemente ya se habría encargado de aquello.
Zigzagueamos en silencio entre las sombras hasta que llegamos a mi piso, ubicado en la céntrica plaza de los Lobos. Una vez dentro, la ayudé a sentarse, la arropé con una manta y le preparé una tila.
Marta, la hija adolescente de mi gran amigo Pedro, la brillante hacker que me había ayudado de extranjis con el archiconocido caso de los Pantanos, me miraba aún muerta de miedo desde el sofá de mi apartamento.
–¿Quién era él?
—Un chico de Sevilla. Se llama Adrián.
—Pues no parecía demasiado amigable. Hay que ir a denunciarlo. Diremos todo lo que ha pasado, pero quiero que antes me cuentes a mí absolutamente todo.
—Lo conocí por internet —se apresuró a aclarar ella.
—Ya veo.
Me molestó un poco su comentario, para qué negarlo. Me dio la sensación de que la juventud le suele echar cada vez menos imaginación; existen tantas aplicaciones en las que todo es tan fácil que a golpe de un solo clic ese mínimo romanticismo en el arte del flirteo y ligoteo, que hacía una década aún persistía, parecía que inevitablemente va a extinguirse del todo. Me imaginé a Marta, con apenas diecisiete años y todo un mundo por descubrir, tirando ya de Tinder y otras apps similares, y me puse enfermo.
—No es lo que crees, tío Julio.
Ella me llamaba tío debido a la gran amistad que me unía con su padre, uno de mis mejores amigos desde la infancia.
«No es lo que crees», resonó en mi cabeza.
—Dime tú qué debo creer —le espeté.
—Todo viene de aquel foro que me pediste que investigara.
Mi corazón dio un repentino vuelco al oír su última frase. Aquello podía ser incluso peor de lo que imaginaba en un principio. Intenté aparentar calma mientras la interrogaba con la mirada en busca de una explicación.
—Marta, lo de ese foro era muy serio. Te lo preguntaré de nuevo. ¿Quién era ese tipo?
Hice el enésimo esfuerzo por controlarme y no echarle la bronca a aquella joven y genio de la informática por pecar de imprudencia. Era una buena chica, pero probablemente también demasiado inocente, lo que ahora podía suponer un problema de impredecibles consecuencias. Aunque nos había ayudado mucho desde la sombra al darnos en tiempo récord la dirección de la casa en la que la asociación sectaria detrás de las muertes del caso de los Pantanos practicaba sus macabros rituales, ya me estaba empezando a arrepentir de haber acudido a ella.
—Pues, tío Julio, tras tu accidente y al ver que no pudisteis coger al supuesto cabecilla de esa secta, seguí indagando por mi cuenta.
Tragué saliva mientras pensaba: «¿Qué has hecho, Marta? Esos tipos no se andan con tonterías ni miramientos». La insté con la mirada a que continuara.
—Al principio, todo me pareció un juego. Comencé a mandarme mensajes con uno de los usuarios del foro, SietedeBastos. Yo me había logueado con el nick SeisdeEspadasy…
—Espera un momento —la interrumpí de golpe—. Ese fue el mismo alias con el que me mandaste el correo para citarnos en los probadores de Zara y pasarme la información verbalmente, tal y como habíamos acordado únicamente entre tú y yo. ¿Me estás diciendo que, tras realizar los malabares técnicos más complicados durante la investigación para borrar todas tus huellas, cometiste después la torpeza de usar el mismo nick en ese foro?
Marta no parecía haber reparado en ese hecho y agachó la mirada.
—Utilicé una IP protegida y un dispositivo diferente para enviarte los mensajes. Es imposible que…
—Marta, esos tíos tenían intervenidas todas mis comunicaciones, no me preguntes cómo. Tú ya lo sabías. Por eso prefería que nos viésemos en un lugar concurrido y en persona. El correo que te di fue creado adrede por Álex, nuestro informático de comisaría, con triple acceso de seguridad, pero al parecer esa barrera también ha resultado ser insuficiente. Está claro que han visto el nick y han atado cabos rápido.
—Lo siento, tío Julio. Nunca pensé que esto llegaría tan lejos.
Marta se vino abajo y comenzó a llorar en silencio. ¿Qué iba a decirle? Se trataba de una adolescente y, a fin de cuentas, yo era el responsable último de que ella estuviese ahora metida de lleno en semejante fregado.
—No te preocupes, lo resolveremos —intenté tranquilizarla lo más amablemente que pude—, pero, a ver, cuéntame primero la historia de cómo llegaste a estar a solas y de noche con ese niñato en el parque del Triunfo.
Ella pareció reponerse un poco y, algo esquiva, comenzó:
—Empezamos con mensajes privados en el foro y no sé, fue poco a poco… Me dijo que era un chico de Sevilla de diecinueve años que estudiaba Historia, aquí en Granada. También que le gustaba especialmente la teología y la simbología… No sé, parecía todo tan místico… Esos temas de los que me hablaba me resultaban cada vez más atractivos, así que, tras semanas de cibercharla, nos citamos por primera vez una tarde en el mismo parque del Triunfo para conocernos en persona. No fue hace mucho, y estuvimos paseando. Paramos también en la heladería de los italianos, ya sabes, la de Gran Vía. En definitiva, ese primer encuentro fue sobre ruedas. Esta noche era la segunda vez que nos veíamos.
—¿Qué pasó para que se pusiera así?
—Lo cierto es que hoy se me ha ido el santo al cielo. Nos habíamos besado… y bueno, Adrián estaba resultando nuevamente encantador hasta que me pidió que me fuese con él a su casa y yo le dije que no. Comenzó a insistir, decía que quería enseñarme algo. Yo seguí negándome y el resto de la historia ya la conoces. No sé qué cable se le cruzó ni qué habría llegado a pasar si no hubieras aparecido, tío Julio...
Marta se levantó del sofá para abrazarme. De nuevo comenzó a sollozar y yo la intenté consolar, una vez más, lo mejor que pude.
—¡Por favor, no le digas nada a mi padre! —imploró, desesperada.
¿Cómo se lo iba a decir? Si le contaba la historia completa a Pedro, por más buenos y malos momentos que hubiera pasado nuestra relación durante el trascurso de tantos años, aquello supondría, con total certeza, el fin de nuestra amistad. Marta era su hija y yo, fruto de la desesperación, la había involucrado meses atrás en una investigación policial de alto riesgo.
—Tío Julio, casi lo matas… —añadió.
—No te preocupes, se recuperará. Mañana iré a hacerle una visita al hospital. Lo más probable es que no tenga nada que ver con lo que pasó hace unos meses y simplemente sea un usuario casual del foro con muy malos modales con las señoritas, pero, de todos modos, tendré que comprobarlo. Y con eso, veremos qué hacemos con el tema de la denuncia. ¿Tienes algún dato más aparte de su nombre? ¿Sus apellidos? ¿Su dirección? ¿Su teléfono?
—Nada. Solo hemos interactuado a través del foro, nos parecía más romántico —se ruborizó.
Suspiré para mis adentros. La adolescencia, esa difícil etapa.
—Bien, entonces necesitaré los pantallazos impresos de todas las conversaciones que habéis mantenido. Nada de enviármelos vía electrónica, ¿entendido?
Ella asintió.
—Entonces, te veré el sábado en nuestro probador de la tienda de Zara a las seis de la tarde, ¿podrás ir?
—Sí, claro.
—Vamos, te llevo a casa, tus padres estarán preocupados —resolví, dando el tema por zanjado.
Fuimos en dirección a la plaza de Gran Capitán, donde tenía alquilada mi plaza de garaje. El reloj marcaba casi la una de la madrugada y, si su padre no estaba demasiado preocupado, era porque se había estado mensajeando continuamente con su hija. Aun así, probablemente contendría un enfado considerable, puesto que la hora máxima fijada de llegada a casa que había impuesto a Marta tras el supuesto cumpleaños al que iba a asistir eran las once y media, y ella ya había sobrepasado con creces ese límite.
Diez minutos después, la dejaba en la esquina de su calle para evitar que su madre reconociese mi vehículo en caso de que estuviese asomada al balcón, como imaginaba que probablemente se encontraría: esperando ansiosa el regreso de su hija.
—Te veo el sábado. Recuerda: nada de mensajes —le dije, a modo de despedida.
Marta salió disparada y yo esperé desde la distancia y a la sombra a que se adentrara en el portal.
De vuelta a la soledad que me embriagaba en mi pequeño ático, cuando me tumbé en la cama y cerré al fin los ojos, sentí un ligero escalofrío al recordar cómo Diego Carrascosa, mi efímero archienemigo y supuesto cabecilla de la asociación sectaria que se había llevado por delante varias vidas unos meses antes, puede que incluso la suya propia, se despeñaba con su vehículo por el embalse de Canales delante de nuestras narices, instantes antes de sufrir el fatídico accidente de tráfico que nos llevó a Morrison y a mí a otro terrible abismo del que aún no habíamos podido salir.
