Senderos tras la niebla - José Piqueras - E-Book

Senderos tras la niebla E-Book

José Piqueras

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Beschreibung

Granada, otoño de 2017. El inspector Julio Velázquez investiga la muerte de Rodrigo Barbosa, un hombre cuarentón y solitario que trabajaba como operario en una fábrica de cartonaje situada a las afueras de la ciudad. Lo que inicialmente es considerado como un suicidio, toma una nueva dimensión con la serie de muertes que se desencadenan, de manera tan inesperada como sistemática, y en las que la única pista a seguir parece ser un símbolo con forma de lanza. Con ayuda del hispanocanadiense Jorge Morrison y la carismática subinspectora Rosa Pulido, el joven y brillante inspector tendrá que hacer frente al caso más complejo de su carrera, al tiempo que lucha porque no interfieran en su trabajo sus dramas personales: la extraña relación que mantiene con su exmujer, los sentimientos contradictorios hacia su hermano, vividor y caradura, o el cuidado de una abuela senil que se va alejando de la realidad llevándose un inquietante secreto del pasado.

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Seitenzahl: 454

Veröffentlichungsjahr: 2021

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SENDEROS TRAS LA NIEBLA

José Piqueras

SENDEROS TRAS LA NIEBLA

Bohodón Ediciones

Senderos tras la niebla

Primera edición: septiembre de 2021

© De la obra: José Antonio Piqueras Román

© Bohodón EdicionesTM S.L.

www.bohodon.es

Sector Oficios Nº 7

28760, Tres Cantos (Madrid)

e-mail: [email protected]

ISBN-13: 978-84-18633-34-8

ISBN-E-Book: 978-84-18633-35-5

Depósito legal: M-21441-2021

Printed in Spain

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A mi hija Celia.

Cuando abriste los ojos en este mundo,

llenaste de luz el mío.

III PREMIO DE NOVELA BLACK MOUNTAIN

BOSSÒST 2021

Reunido el jurado formado por Fernando Martínez Laínez, escritor; Gustavo Abrevaya, escritor; Pedro Moret, escritor; y Marisa Carbajo, en representación de Bohodón Ediciones, el 25 de mayo de 2021, acuerdan premiar la novela presentada a concurso con el título Senderos tras la niebla, cuyo autor es José Piqueras.

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar.

Antonio Machado

Proverbios y cantares (XXIX)

Campos de Castilla

Noche del 21 de diciembre de 2017

Provincia de Granada, alrededores de Güéjar Sierra

―¡Voy a disparar, Morrison! ―grité angustiado a mi compañero―. ¡Le juro por mi vida que si no frena ya voy a freír a tiros a ese maldito brujo!

Tragué saliva para intentar convencerme de que tenía que hacerlo si quería evitar que aquello acabase en una nueva tragedia.

El conductor del vehículo que teníamos delante pareció oírme, porque, de repente, aceleró aún más, levantando tras de sí una enorme nube de polvo.

―Pise a fondo. ¡Joder, se nos va! ―vociferé.

Morrison dio un fuerte apretón al pedal de gas, procurando guardar cierta distancia con el Seat León negro al que perseguíamos desde hacía escasos minutos. Tenía la mirada fija en la carretera, intentando no perder de vista el otro coche ni dar un mal paso ante la cantidad de baches y cruces que conformaban el terregoso camino.

Si algo había aprendido a lo largo de mi existencia era que finalmente las hostias me las solía llevar, pero al menos era cierto que yo era de esas personas que también las veía venir. Lo de esquivarlas ya era otra cosa. Y desde el instante en que lo vi salir a toda prisa de ese apartamento, supe que esa noche la cosa no podía acabar bien.

Accioné con decisión el interruptor del elevalunas, saqué la cabeza por la ventanilla del copiloto y quité el seguro de mi reglamentaria, dispuesto a abrir fuego a la primera oportunidad. La oscuridad de la noche, mezclada con la gravilla y el denso humo negro que nos salpicaba desde el vehículo al que pretendíamos dar caza, apenas me permitía ver con un mínimo de claridad, por lo que, prácticamente cegado, intenté apuntar a la rueda trasera derecha. Solo tenía un objetivo en mente: detener ese coche como fuera.

―¡Va hacia el pantano! ¡Ese lunático se va a lanzar al agua! ―exclamé aterrado, al ver que tomaba el cruce que llevaba directo al embalse.

Apenas cien metros nos separaban de la inmensa presa de agua. A esa velocidad eran muy pocos segundos los que nos quedaban, así que, sin pensarlo más, intenté mantener el pulso lo más firme posible y disparé. ¡Pum! Un sonido ensordecedor se mezcló con el de los motores de nuestros vehículos en marcha, y sin darme tiempo a comprobar el resultado, repetí el gesto dos veces más. ¡Pum! ¡Pum!

De forma instantánea, pude vislumbrar cómo la luna trasera estallaba en mil pedazos, pero el coche no se detuvo.

―Jefe, ese tío va directo al risco, tengo que frenar ―dijo Morrison.

Ahí fue cuando lo vi venir.

―¡La curva, Morrison, gire a la derecha! ―clamé mientras volvía a meter apresuradamente la cabeza en el interior del habitáculo.

Morrison dio un fuerte volantazo y las ruedas traseras de nuestro coche derraparon, haciendo que el vehículo girase sobre sí mismo y se estampase por el lado del piloto con el quitamiedos. El impacto fue bestial. Aún sueño a veces con ese efímero instante en medio de aquella fría y aciaga noche. Siempre que lo hago me despierto de golpe y de la misma manera: aturdido, empapado en sudor y con el eco constante de ese enorme estallido resonando en mi cabeza una y otra vez.

Apenas medio segundo antes, tuve el tiempo justo para llegar a ver cómo el Seat León, sin intención alguna de parar, se despeñaba desde varios metros de altura hacia el agua. Después oí un fuerte golpe.

Y luego, la oscuridad total.

1

Tres meses antes

El hombre caminó lentamente hacia el escarpado barranco. Un sudor frío le recorrió las mejillas sin que la suave brisa mañanera pudiera hacer nada por impedirlo. Fue a pocos pasos del borde cuando supo que ellos también estaban allí.

Se preguntó cómo pudo haberlo hecho, cómo pudo haber escapado. Tembló al adivinar que en ese preciso instante lo observaban desde la distancia, al acecho, esperando un movimiento en falso para darse el gusto de acabar la tarea por sí mismos. Notaba cómo los oscuros y acuosos ojos de ella, enmarcados por profundas arrugas, se le clavaban en la nuca, arrastrándolo hacia un destino del que ya no podía escapar.

Dio un par de pasos más y, una vez en el filo, se sintió tentado de mirar atrás una última vez. Había imaginado con anterioridad esa escena muchas veces, por lo que, antes de dar el último paso, tenía que cerciorarse de que todo se mostraba tal y como suponía. Entonces la vio. Vestida totalmente de negro, sus largas canas bañadas por la fría claridad del amanecer se mecían al viento. Su enorme boca mostraba una maquiavélica sonrisa. Se sorprendió al descubrir un arma de fuego en su mano derecha, aunque no lo apuntaba con ella. Ambos sabían que no haría falta llegar a ese punto.

El hombre tragó saliva con aquella macabra imagen clavada en su retina y volvió la vista hacia el precipicio. De pronto, un grito desgarrador, de esos que se guardan para siempre en la memoria, irrumpió a sus espaldas. Al poco, vino otro aullido. Y luego otro, resonando cada vez más cerca.

La estampa que acababa de entrever junto con aquellos sórdidos alaridos nubló lo poco que restaba de sus sentidos. Un inmenso pánico se apoderó de él. Tomó una última bocanada de aire.

Entonces saltó.

2

El subinspector Morrison se acercó un poco más y asomó la cabeza por el precipicio.

―¿Y dice usted que vio el coche aparcado justo ahí? ―preguntó, señalando unos metros a su derecha.

La mujer asintió de forma solemne sin soltar palabra alguna. Yo me limitaba a observar a Morrison, intrigado por ver hasta dónde era capaz de llegar esta vez sin meter la pata.

―¿Podría usted decirme a qué hora fue aproximadamente eso? ―inquirió nuevamente.

―Serían sobre las seis y media de la mañana. Tal vez un poco más tarde. Suelo ir cada día a esa hora a la cuadra a dar de comer a los caballos.

―¿Es usted quien da de comer a los caballos?

―¿Quién si no? ―repuso a su vez ella, más sorprendida que ofendida ante la cuestión.

Ahí estaba. Demasiado tardaba ya. Me di la vuelta y solté una risilla para mis adentros. El subinspector Morrison siempre se apuntaba un tanto en su peculiar cuenta personal de meteduras de pata cuando tenía que realizar cualquier tipo de entrevista o interrogatorio. De ascendencia canadiense por parte de padre y española por el lado materno, Jorge Morrison no era ni mucho menos un mal policía; más bien, todo lo contrario: tenía un olfato incuestionable y una dilatada carrera aderezada con muchos más éxitos que fracasos, pero, a pesar de ello, había ciertas situaciones sociales que no terminaba de manejar bien. Probablemente, ese había sido el principal motivo por el que no había ascendido como se merecía, teniendo en cuenta sus muchas otras virtudes como agente. Con el bloc de notas en una mano y un desgastado bolígrafo entre los dedos de la otra, me vi obligado, finalmente, a intervenir y echar un cable a mi colaborador.

―Disculpe, señora ―intercedí, mirando de reojo al subinspector―, nos ha dicho que se trataba de un Citroën Berlingo, un Peugeot Partner o un vehículo similar, pero no nos ha indicado el color.

―Blanco ―respondió con desgana.

―¿Está segura?

―Sí.

―Eso nos lo pondrá difícil. La mayoría de los autónomos de la zona estilan un coche parecido y por aquí no se suele salir del blanco o el gris. ¿Qué coche tiene usted, por cierto?

―Yo… también tengo un Peugeot Partner ―respondió, algo desconcertada.

―Déjeme adivinar, ¿blanco? ―pregunté, malicioso, sabiendo de antemano la respuesta. Había visto aparcado un vehículo de esas características en el porche del caserío que suponía era el suyo, el más cercano de todos, asentado justamente al fondo de la explanada que se extendía ante nosotros y cubierto parcialmente por un espeso pinar.

La mujer asintió con gesto indiferente una vez más. Se palpaba en el aire que no estaba para jugar a las adivinanzas. Viendo el panorama, me volví de espaldas para echar una última ojeada al terreno, con la esperanza de que, en ese pequeño intervalo de tiempo, ella hiciera nuevamente memoria y, con suerte, nos pudiese aportar algún otro dato de interés.

Me agaché y palpé la superficie. A pesar de que estaba siendo un inicio de otoño sin apenas lluvias, la composición de aquel suelo lo hacía propenso a registrar las huellas, y, en esta ocasión, había multitud de señales de neumáticos y pisadas humanas por los alrededores. Con todo, eso entraba dentro de una perfecta normalidad; al fin y al cabo, desde aquel punto se obtenía una panorámica perfecta del valle y los pueblos que lo guardaban. Se decía que, en días despejados, hasta se podía llegar a distinguir la ciudad de Granada desde allí.

Levanté de nuevo la vista y volví a enfrentar la mirada con la de aquella testigo, incómoda a todas luces con la posibilidad de que una situación tan desagradable hubiese podido ocurrir tan cerca de su vivienda.

―¿No vio nada más? ¿Quién conducía? ¿Algo particularmente extraño durante las horas inmediatamente anteriores o posteriores? ―insistí.

―No. Cuando pasé de vuelta, no más de cinco minutos después, el coche ya no estaba. Es todo lo que puedo decirles ―respondió, nuevamente con un deje de resignación, pasándose una mano por el oscuro y ondulado cabello.

―Bien, muchas gracias por su colaboración, señora. Ya puede marcharse. Subinspector, si es tan amable, proceda con las fotografías ―añadí, dirigiéndome a Morrison―. Yo lo esperaré en el coche.

La mujer pareció ligeramente sorprendida al cerciorarse de que era yo quien daba las órdenes y no al revés, pero tampoco me extrañó el hecho; era algo que pasaba con relativa frecuencia. Muchas veces solía dejar al bueno de Morrison, un tiparraco de casi dos metros de altura, de espeso bigote entrecano y algo barrigudo, hacer todo el trabajo de campo, incluidas las preguntas a testigos y sospechosos cuando se terciaba. Y, claro, la gente terminaba creyendo que era él quien dirigía el operativo. No puedo culpar a nadie, dado que no suele ser habitual ver a un inspector tan joven, y mucho menos dando instrucciones a un compañero con veintitantos años más.

La mujer se repuso rápidamente, se ajustó bien la chaqueta y volvió caminando a paso ligero en dirección a su caserío, erigido sobre una verde y bonita planicie, entre un denso mar de pinos que se extendía mucho más allá de los bordes de las innumerables curvas que conformaban aquella sinuosa carretera secundaria tan genuinamente típica de la sierra granadina. Me senté en el coche mientras observaba a Morrison tomar fotos desde diferentes ángulos. Cuando parecía que había terminado, me sorprendí al presenciar cómo el subinspector sacaba su teléfono móvil del bolsillo y, encaramado al pie del barranco, obtenía una instantánea de aquel precioso paisaje. Estuve a punto de bajarme a reprenderlo, dadas las prisas, pero ¡qué diantres! Aquel era un bonito amanecer desde un lugar espectacular y nosotros no disfrutábamos de unas vistas como aquellas muy a menudo. A casi mil metros de altitud, el paisaje en su conjunto bañado por los primeros rayos del día, se mostraba hermosamente abrumador.

Morrison cerró el maletero con el equipo fotográfico en su interior y subió al fin al coche. Dejé que él condujera; esa era otra de las cosas en las que el teórico statu quo definido como regla general en el cuerpo de Policía me importaba un pepino. Muchos agentes siguen teniendo la creencia de que quien tiene el rango más alto debe ir al volante. ¿Por qué? Yo siempre lo he visto al revés. Y eso de que te lleven de un lado a otro siempre es mejor que ir conduciendo, pendiente del típico pimpollo de turno que te pone de los nervios en todos los cruces hasta que, en el siguiente semáforo, te bajas del coche, le enseñas la placa y ves cómo el supuesto gallito empieza a hacerse pis en los pantalones. Aquel estrés para mí no estaba justificado, y yo, además, tenía la suerte de que mi compañero parecía disfrutar sobremanera con el arte de la conducción.

―Ya está todo, inspector ―dijo mientras ponía el vehículo en marcha.

―Bien, hagamos un breve repaso durante el trayecto de todo lo que tenemos hasta ahora. Si es tan amable, refrésqueme la memoria, subinspector.

Desde el primer día, un lustro atrás, Morrison comenzó a tratarme de usted, a pesar de que jamás se lo hubiera pedido. Y yo, sin saber bien por qué, tal vez por no contradecirle pensando que se trataba de algo inherente a su mitad canadiense, o tal vez por seguirle el juego, hice exactamente lo mismo. A la larga, así nos quedamos. Supongo que son cosas que pasan debido a la dejadez y la falta de fuerzas que impone el paso del tiempo cuando pretendemos corregir algo y no tenemos la certeza de si ese borrón mejorará o empeorará el original. Sea como fuere, no dejaba de ser curioso que entre mi longevo compañero ―y también mi mejor amigo, por qué no decirlo― y yo, nos tratásemos de usted. Vivir para ver.

―Rodrigo Barbosa. Varón, soltero, cuarenta y seis años recién cumplidos. La última señal del teléfono móvil sitúa al individuo en este punto hace unas cuarenta y ocho horas. La señora del caserío más cercano nos ha confirmado que esa mañana le pareció ver una sombra al borde del precipicio, pero no está nada segura y declara que podría ser un hombre, una mujer o incluso dos personas juntas. Aún estaba muy oscuro y un vehículo de tipo comercial de color blanco tapaba su visión. Tampoco le dio importancia, pues afirma que encontrar gente a esa hora en el mirador es de lo más normal, y que en ciertas épocas del año el sitio suele estar lleno de excursionistas que, en muchas ocasiones, ponen en peligro su integridad física en busca de la mejor instantánea.

―Y ahora llegamos a la parte en la que, cinco minutos después, cuando pasa de vuelta de la cuadra y echa una ojeada, no divisa ni vehículo ni sombra alguna. ¿Alguien más aparte de la madre ha denunciado la desaparición?

―No, al menos de momento. El parte de denuncia indica que, tras llamarlo varias veces al móvil sin obtener respuesta, se presentó en su apartamento de la calle Niebla y abrió con su propia llave. Encontró el piso impoluto, tal y como su hijo lo solía tener, pero ni rastro del susodicho. Inmediatamente después, alarmada y tras telefonear a un par de amigos de confianza que poco o nada sabían del asunto, denunció su desaparición.

―Habrá que volver a hablar con ella. Además, tendremos que pedir una orden para hacer un registro exhaustivo de la vivienda de Barbosa y sus dispositivos informáticos. ¿Podrá encargarse de eso en cuanto lleguemos a comisaría?

―Delo por hecho ―afirmó sin más.

―Yo citaré a la madre a las cinco de la tarde, me gustaría tener una primera charla con ella cara a cara.

Se hizo un breve silencio. Mientras dejábamos atrás el frondoso y bello paisaje de la sierra granadina, mi mente viajaba ya por otros derroteros. La investigación no había hecho más que comenzar, pero no podía dejar de devanarme los sesos para intentar dilucidar qué había pasado al pie de ese acantilado durante aquellos escasos cinco minutos.

―¿Alguna cosa más? ―añadió Morrison, interrumpiendo el hilo de mis reflexiones.

―Cite, por favor, a todo el equipo en la sala de reuniones a las once. Como sabe, las primeras horas tras una desaparición son las más críticas y nos las hemos perdido, así que nos pondremos de inmediato manos a la obra con todos los recursos disponibles. Ese hombre ya no tiene edad para escaparse y hacer travesuras más bien propias de un adolescente resentido. Por cierto, déjeme en la puerta de El Piedra, necesito un café bien cargado antes de entrar.

Hicimos el resto del trayecto en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. El agreste paisaje comenzó a transformarse de forma gradual, hasta que los polígonos industriales de las afueras y los primeros arrabales de la ciudad dieron paso paulatinamente a una urbe que amanecía y que, en un abrir y cerrar de ojos, terminó por atraparnos por completo.

Poco después, Morrison paraba el coche en una calle estrecha paralela a la de la comisaría. A pesar de que a su lado teníamos una cafetería estupenda, a mí me daba repelús desayunar con aquel lúgubre edificio rojizo y construido de forma chapucera como paisaje de fondo. El café matutino me gustaba tomármelo con tranquilidad y sin la losa (o más bien ladrillo, en este caso) de aquella antiestética construcción recordándome todo el tiempo que ya era hora de continuar persiguiendo a los malos. Aquel primer café del día, antes de las ocho y media de la mañana, acompañado de la lectura de un periódico deportivo, constituía mi peculiar bálsamo, un pequeño oasis de rutina en mis impredecibles jornadas laborales.

Cuando Ramón, el hombre barbudo y sesentón que regentaba el local, me vio entrar, soltó un berrido a la otra camarera, que en esos momentos se afanaba en extraer de la máquina un café tras otro ante la creciente clientela que inundaba el local.

―¡Loli, pon un café bien cargado para el principito, que hoy trae mala cara!

Ramón me llamaba «el Principito», pero a mí no me molestaba en absoluto; es más, hasta me hacía cierta gracia.

―¡Marchando…! ―escuché que respondía desde el fondo de la barra.

Me refugié en mi habitual mesita de la esquina y cogí uno de los periódicos deportivos, gracias a lo temprano de la hora poco manoseados aún. Loli llegó con el café instantes después.

―Aquí tienes... Mi rey… ―añadió casi en un susurro―. Porque tú sabes que para mí eres mucho más que un simple príncipe… ―Me guiñó con una mirada pícara.

Esbocé una ligera sonrisa y volví la vista a la portada del periódico. Loli me solía tirar los trastos día sí y día también. Aquella mujer, a pesar de rondar la edad de jubilación, tenía cuerda para rato, y yo sabía de más que si le daba coba, no me la quitaría de encima hasta que volviera a salir por la puerta del local.

―Ay, que no vea yo sufrir a esa carita de guapo, ¿eh? ¡Alégrame esa jeta, hombre, que ya estamos a jueves! ―añadió, enérgica, mientras volvía en dirección a la máquina de café.

La seguí de reojo y no tuve más remedio que sonreír. Cuando al fin parecía que podría concentrarme en la siempre efímera actualidad deportiva, el pitido de mi teléfono móvil interrumpió bruscamente mi fugaz rato de esparcimiento, mostrando, para más inri, el número de mi jefa en pantalla. La comisaria Ana Figueroa no solía ser persona que se anduviese con rodeos y a mí, a pesar del año y medio que llevábamos trabajando juntos, todavía me seguía intimidando. Algo nervioso, descolgué al segundo toque.

―Buenos días, dígame, comisaria.

―Velázquez, ha aparecido el cuerpo de Rodrigo Barbosa hace apenas unos minutos. Estaba a unos cuatro kilómetros río abajo del mirador de Las Lomas, oculto parcialmente por unas ramas en el margen derecho ―me comunicó en tono neutro.

Respiré hondo. Siempre que comenzaba a investigar el caso de un desaparecido, tenía la esperanza de que esa persona terminase apareciendo y de que, finalmente, todo quedase en la rabieta de alguien que buscaba evadirse unos días. En los peores casos, incluso esperaba una llamada solicitando un rescate, cosa que había sucedido en más de una ocasión. Sin embargo, cuando me daban la mala noticia, cuando llegaba la certeza de que ya no había nada que pudiésemos hacer, era como si me cayese encima un enorme jarro de agua fría.

―Lo quiero en menos de cinco minutos en mi despacho ―añadió, para colgar inmediatamente después.

Dejé el café a medias y, a pesar de lo poco que había bebido, parecía que la leche se iba a cortar en mi interior. Anduve los escasos dos minutos que separaban el bar de Ramón de la comisaría y entré como en una especie de estado de shock, intentando asimilar la derrota en el caso del que apenas acabábamos de tomar las riendas. Parcamente, saludé a la amable recepcionista, una joven recién incorporada a su puesto. Yo había intentado llamar su atención un par de veces, aunque todos mis esfuerzos habían resultado en vano. Por supuesto, eso cada vez me importaba menos. La ristra de mujeres por las que había hecho el ridículo en los últimos tiempos a raíz de mi divorcio no era nada desdeñable, pero de momento no me desanimaba. Más bien, me inclinaba a pensar que lo peor que podía pasarme era añadir un nuevo nombre a mi creciente lista.

Entré en mi despacho, dejé el abrigo en la robusta percha que se erguía tras la puerta, me senté apoyando los codos en la mesa y pensé en cómo afrontar ahora este caso antes de reunirme con la comisaria Figueroa. Segundos después, me convencí a mí mismo de que, con total seguridad, se trataba de un simple suicidio, y de que la autopsia y algunas preguntas de rigor al entorno más cercano de la víctima terminarían por confirmarlo en uno o dos días.

De camino a mi encuentro con Ana Figueroa, pude ver a través del cristal cómo Morrison tomaba un café de pie con un par de agentes en la pequeña sala interior que solíamos usar como office. Parecía distraído, por lo que preferí no molestarlo y enfilé directamente rumbo hacia el despacho de la comisaria. Respiré profundamente por enésima vez aquella mañana y, acto seguido, golpeé con los nudillos la puerta.

―Adelante ―escuché que decía desde el interior.

―Buenos días, comisaria ―saludé al entrar, un poco turbado.

―De buenos nada. Siéntese, Velázquez ―replicó tajante.

Obedecí como un corderillo y me senté frente a aquella mujer, una policía con un currículum intachable y cuya capacidad de liderazgo estaba fuera de toda duda. Había ido ascendiendo desde lo más bajo del escalafón policial en tiempo récord y ahora, en su posición, demostraba día tras día que su astronómica carrera en el cuerpo no estaba siendo ni mucho menos fruto del azar. A pesar de sus esporádicas malas formas, había tenido la virtud de ganarse a la mayoría de los agentes de la plaza, y hasta los inicialmente más reacios a su persona no tenían ya inconveniente alguno en ponerse bajo su mando de manera incondicional y recibir sus bruscas órdenes. Alta, de pelo castaño que habitualmente solía recoger en un discreto moño y con unos ojos azules claros que a veces podían cortar como el hielo, Ana Figueroa estaba entre esas personas que siempre solían conseguir lo que querían a base de tesón.

―Se hará cargo de esta investigación, que no es más que la continuación de la que la que ya mantenía en curso ―me comunicó, enérgica.

Asentí y me tomé un par de segundos antes de hablar.

―Con toda probabilidad, nos hallamos ante un caso de suicidio ―me aventuré a decir―. ¿Le han adelantado si el cuerpo presenta signos de violencia? ―pregunté.

―Aún no. La científica y el juez están de camino. Aunque todo apunta a un suicidio, como bien dice, debemos ser cautos y estar atentos. Sería el segundo hombre que fallece ahogado en la zona en apenas dos semanas. Como imaginará, no me agrada ese dato en absoluto. Llévese a Morrison y a Pulido a la inspección ocular. Esta noche quiero respuestas ―zanjó.

Asentí con la cabeza y salí disparado del despacho. Ahora sí, asomé la cabeza por la sala que colindaba con el office y en el otro extremo pude distinguir de nuevo la alargada silueta de Morrison, precisamente charlando con la subinspectora Pulido y el agente Ardana, un policía recién incorporado al que habían asignado unos días antes a mi equipo.

―Los tres, conmigo ―voceé serio desde la distancia, mientras hacía un gesto con la mano para que me siguieran de inmediato.

De pronto, sentí cómo un fuego interior emergía desde lo más profundo de mi estómago. Cada vez que sabía que tenía que ver a la muerte con mis propios ojos, enfrentarme con ella cara a cara, una mezcla de rabia y congoja invadía todo mi ser. Era una especie de combinación de impotencia y repugnancia a partes iguales, un sentimiento que, aun a día de hoy, me angustia profundamente.

Para mi fortuna, mis compañeros intuían cuándo se trataba de algo especialmente grave, y salieron lanzados tras mis pasos sin rechistar. Poco después, me vi sentado nuevamente en el asiento del copiloto, con Morrison a los mandos del vehículo. Pulido y «el nuevo» nos seguían desde otro coche. Gracias al GPS, en poco más de media hora llegamos directos por un camino de grava y repleto de baches al margen del río en el que había aparecido el cuerpo de Rodrigo Barbosa. Varios coches se agolpaban ya en la orilla y pude comprobar de inmediato que el vehículo de los forenses también se encontraba aparcado. Eché una ojeada al espejo retrovisor y divisé la oronda figura del juez Parreño que, justamente en ese momento, se aproximaba al lugar de los hechos.

Me encaminé hacia él mientras ambos nos saludábamos con la mano.

―¿Qué tenemos, Velázquez?

―Parece que se trata del tipo que desapareció hace un par de días por la zona ―contesté.

El juez asintió en silencio, y yo me acerqué al resto de compañeros, seguido de Pulido, mientras Morrison y Ardana sacaban el equipo fotográfico del coche. A los pocos pasos, salió a mi encuentro el agente Santiago Rodríguez, un tipo hablador y campechano de la vieja escuela con el que afortunadamente tenía muy buena relación.

―Velázquez, justo a tiempo ―me saludó, tendiéndome la mano―. Palma y yo constituíamos la patrulla más cercana cuando llegó el aviso a la centralita ―prosiguió―. La comisaria Figueroa nos acaba de comunicar que estás al mando del operativo. ―Y dirigiendo la mirada hacia el cadáver a la par que se rascaba la nuca, dijo―: Este es otro que se ha querido quitar de en medio más pronto que tarde, ¿no te parece? ―preguntó, irónico―. Ese pescador de ahí encontró el cuerpo hace una hora ―añadió nuevamente, mientras señalaba a un hombre sentado sobre una pequeña roca a unos veinte metros―. Todavía tiembla del susto que se ha llevado. No me extraña. No nos ha costado mucho cerciorarnos de que el hombre estaba muerto, así que nos hemos limitado a esperar a la caballería.

Asentí ligeramente a todas y cada una de las palabras que salían de los labios de Rodríguez, al tiempo que trataba de hacerme una idea de cómo podía haber llegado el cuerpo justo allí y no a otro lugar, supuestamente desde el escarpado barranco coronado por un bonito mirador situado a unos tres o cuatro kilómetros río arriba y desde el que apenas hacía un par de horas Morrison inmortalizaba con su teléfono móvil una preciosa y perfecta panorámica. Rodríguez, al que era evidente que le encantaba parlotear, siguió dándome el parte:

―Solo por la foto que tenemos de la denuncia, ya podemos decir que se trata de él con toda seguridad. Por cierto, la científica acaba de llegar hace tan solo unos minutos. Allí tienes a tu amiguito Salvatierra… ―dejó caer con cierto retintín.

Giré la vista hacia el lugar en el que se hallaba el cuerpo y lo vi. Gonzalo Salvatierra era mi enemigo natural por antonomasia. Rondaría mi edad y, aunque me pese, he de decir que más bien parecía un galán recién salido de cualquier película del Hollywood más clásico que el jefe del equipo forense. Era rubio, alto, de ojos azules y con un cuerpo atlético y bien proporcionado. Lo conocía bastante bien. Por eso sabía que era un arrogante, un estirado, un soplagaitas y lo que viene siendo un prepotente insoportable en toda regla. El verlo allí me puso repentinamente de peor humor.

Nuestra historia de enemistad se remontaba a años atrás, cuando ambos estábamos recién incorporados a nuestros respectivos puestos. Una noche cualquiera, mientras estaba de cañas con unos compañeros en un garito cercano a la comisaría, a él no se le ocurrió otra cosa que acercarse adrede a decirme que se había enrollado (detalles incluidos) con la chica con la que yo llevaba un par de meses saliendo. Por supuesto que no lo dejé terminar y que acabamos a mamporros en mitad de aquel antro nocturno, y si la cosa no trascendió más, fue porque estábamos fuera de servicio. Ese hecho no impidió que aquel incidente se estuviera rumoreando durante meses en cualquier corrillo que se preciase y que, aún por esas fechas, siguiese siendo un tema recurrente. Gonzalo Salvatierra. Para mi infortunio, yo ya lo había tenido que tratar bastante y sabía que su máxima en la vida era solo una y bien sencilla: ganar a todo y a todos como fuera y a cualquier precio. Cuando sucedió aquello con mi novia de entonces, probablemente se tratase de eso mismo, porque apenas un par de semanas después, la dejó. Todavía me sigo haciendo la misma pregunta: ¿A quién en su sano juicio se le ocurre ir voluntariamente a decirle al novio de una chica algo así cuando ni siquiera ella le interesa?

Apenas a un par de metros de distancia de Salvatierra, pude divisar nuevamente el cuerpo de Barbosa, atrapado en la orilla del río bajo unas gruesas ramas que habían hecho de barrera natural en el proceso de arrastre. El cadáver estaba boca arriba y la cara y el cuerpo no parecían presentar signos de violencia aparentes. Aparté la mirada de aquella ingrata imagen y, muy a mi pesar, me acerqué al jefe del equipo forense con lentitud. Obviamente, no nos estrechamos la mano.

―Buenos días ―saludé fríamente―. ¿Puede adelantarme algo?

―Ese suele ser su trabajo, inspector, no el mío ―contestó, con su habitual tono altanero―. Tendrá mi informe a lo largo del día de mañana.

Las ganas de volver a partirle la cara a ese cretino volvieron con más fuerza que nunca, pero me contuve una vez más. Insistí en tono neutro, sin ganas de gresca, pasando por alto su habitual mala baba.

―¿Podremos saber, al menos, a lo largo de la jornada de hoy, si el cuerpo presenta signos de violencia o alguna otra señal que nos obligue a descartar la hipótesis del suicidio?

―Le diré a mi ayudante que lo llame esta tarde a última hora ―contestó sin más.

―Muy bien ―respondí secamente.

Acto seguido, me di la vuelta y le hice un gesto a la subinspectora Pulido para que me acompañara a la orilla del río. El cuerpo parecía haber llegado allí, sin duda alguna, por el arrastre natural de la corriente. Era prácticamente imposible que Barbosa hubiera fallecido encallado entre dos ramas como estaba. De pelo ralo, tenía la cara morada y ya algo hinchada. A pesar de que habitualmente solía entretenerme en la escena en la que aparecía la víctima, esta vez mi intuición me dijo que allí había poco que rascar, por lo que resolví que, si era necesario, examinaría con detalle las fotografías que el bueno de Morrison se aplicaba en lanzar desde un sinfín de ángulos distintos.

Me acerqué con Pulido a hablar con el pescador que había hallado el cadáver. Prefería que fuese Morrison quien se encargase de las fotos y aprovechar así esa virtud fuera de lo común para captar detalles que, al resto de agentes, incluidos los de la policía científica, se nos escapaban por completo. Más de una vez, esa habilidad suya nos había aportado luz en algunos de los casos más complicados a los que nos habíamos enfrentado. Esperaba, además, que el jovenzuelo agente que nos acompañaba aprendiera un poco del veterano subinspector en el complejo arte de las fotografías policiales.

En unos instantes, llegamos al lado del hombre que había encontrado el cuerpo. De mediana edad, delgado, pelo canoso y barba blanca de tres días a juego, permanecía sentado sobre una gran piedra grisácea. El hombre mantenía la mirada perdida en el vacío, aparentemente ajeno al trasiego que transcurría a su alrededor. Una caña de pescar de color negro adornada por unos cuantos ribetes plateados y un pequeño cubo que contenía el cebo reposaban a su derecha sobre la tierra mojada.

―Buenos días, señor ―saludé, elevando un poco la voz―. Soy el inspector Julio Velázquez y esta es mi compañera, la subinspectora Rosa Pulido. Venimos a hacerle unas preguntas rutinarias. No se preocupe, enseguida lo dejaremos tranquilo ―añadí de corrido para intentar templar esos posibles nervios de los que me había hablado Rodríguez.

El hombre me miró algo extrañado, pero se incorporó rápidamente para estrechar, con mano temblorosa, la mía y a continuación la de mi compañera, saliendo como por arte de magia de su ensimismamiento.

―Lo he encontrado hace un rato, tal y como está ―comenzó a relatarnos sin más―. Suelo venir de vez en cuando a este pequeño recodo del río a pescar. Habitualmente, llego aquí antes del amanecer, porque después me tengo que ir a trabajar, pero hace apenas una semana que me cambiaron el turno y hoy, que he venido más tarde, miren con lo que me he encontrado…

El hombre se llevó las manos a la cara en un ligero sollozo. Pensé que si Morrison, con su peculiar sentido del humor, hubiese estado allí en lugar de Pulido, habría soltado algo como «no era la clase de pez que esperaba pescar, ¿verdad?» o algún otro comentario por el estilo. En ese momento, me alegré nuevamente de tenerlo ocupado con las instantáneas.

―Tranquilícese. Ya ha pasado lo peor y nosotros nos haremos cargo de todo ―intercedió Pulido, deslizando con cierta ternura una mano sobre su brazo.

―¿Siempre suele pescar por aquí? ―pregunté.

―Sí, señor, en este mismo recodo, durante los últimos diez años.

―¿Cuándo fue la última vez que vino?

―Si no recuerdo mal, fue anteayer por la mañana.

El corazón me dio un pequeño vuelco. Según los datos de los que disponíamos, ese amanecer se correspondía con el último rastro de la señal del teléfono móvil de Barbosa.

―¿Recuerda a qué hora llegó usted exactamente?

―Pues anteayer madrugué bastante, así que, sobre las siete de la mañana, o incluso puede que antes, ya estaba por aquí. Lo que sí puedo decirles con seguridad es que cuando llegué, aún no había amanecido.

―¿Y cuánto tiempo se entretuvo pescando?

―Mmm… ―El hombre, que parecía haberse recompuesto por completo, dudó unos instantes―. Creo que como siempre, una hora y media o dos. No más.

―Muy bien. Ya estamos terminando, nos está ayudando usted mucho ―añadí, cordial―. ¿Suele venir siempre solo? ―Volví a la carga.

―Sí, señor. Pescar es un arte propicio para cultivar la soledad ―comentó, con un deje de orgullo que no supe bien cómo interpretar.

―Estoy de acuerdo con usted ―afirmé―. ¿Y no vio nada particularmente raro ese día? ¿Algún coche desconocido en el camino, un sonido inusual…? No sé, cualquier cosa que pudiera llamarle especialmente la atención.

―La verdad es que no. ¿Sabe una cosa? ―preguntó de pronto sin esperar mi respuesta―. No hay nada más relajante que un amanecer con esas montañas de fondo mientras estás sujetando la caña fuertemente entre las manos. ―Hizo una pausa y cogió aire―. Se empieza el día con otra energía. Más aun cuando notas que la cuerda tira un poco… ―Sonrió tímidamente.

El hombre hablaba ahora ligeramente acalorado, lo que nos dejó entrever que la pesca parecía ser más que un hobby para él, pero yo no estaba allí en ese momento para hablar de la noble y antiquísima disciplina basada en atrapar peces con una caña.

―Muchas gracias. ―Di por finalizada la conversación―. Mis compañeros tomarán sus datos de contacto por si necesitamos hacerle alguna otra pregunta más adelante ―añadí.

El hombre asintió. Al volver sobre mis pasos pude contemplar, por desgracia para mi estómago, el proceso de levantamiento del cadáver y el principal motivo por el que el juez nos honraba con su presencia en aquel recóndito lugar. Me fui directo al coche y, en la libreta que guardaba en el cajón de la puerta del copiloto, anoté la hora, un resumen de la declaración del testigo que había encontrado el cuerpo y una breve descripción del lugar. Desde donde me encontraba, podía ver a lo lejos el precipicio que hacía las veces de mirador y en el que habíamos estado dos escasas horas antes: enorme, abrupto, salvaje; alzándose orgulloso sobre el río que, a su vez, custodiaba.

Poco a poco, todos los vehículos fueron abandonando el lugar. El juez Parreño, que había sido el último en llegar, fue el primero en marcharse, seguido del agente Rodríguez y de su compañero Palma, a los que pedí que escoltaran al pescador a su domicilio. Por último, el equipo de la científica, con Gonzalo Salvatierra a la cabeza, pasó a mi lado con la ventanilla bajada y sin saludar. En definitiva, nada fuera de lo habitual.

Reflexivo, me aparté del vehículo y di unos pasos hacia adelante, encarando nuevamente el accidentado barranco que se extendía en la lejanía frente a nosotros.

―¿Qué sucede? ―me preguntó Morrison.

―Creo que hay algo que no cuadra.

―¿Qué pasa? ―intervino Pulido, ya desde el interior de su coche junto al agente Ardana.

―¿Desde cuándo un pescador experimentado sale con su caña sin hilo para el carrete? ―les pregunté, incrédulo.

3

Me desperté sobresaltado al percibir la insistente vibración de mi teléfono móvil sobre la mesilla de noche. Las tres y media de la tarde. Era una llamada de la subinspectora Pulido, y aunque me vi tentado de no responder, terminé cediendo ante la curiosidad y un cierto sentido del deber. Si Pulido llamaba a sabiendas de que me había ido a casa a descansar unas horas, tenía que ser importante.

―Hola, ¿te pillo bien? ―preguntó, con su melosa voz.

―Sí, claro. Estaba despierto ―mentí.

―No sé cómo decirlo… Es tu hermano otra vez.

No podía ser. Mi hermano, hermanastro para ser más exactos, no dejaba de meterse en un lío tras otro y mi paciencia hacía ya mucho tiempo que se había agotado.

―¿Qué ha hecho esta vez? ―pregunté, con cierta desgana.

―Se ha vuelto a meter en un fregado con otros dos del gremio. Ya sabes cómo se las gastan entre ellos. La cosa no ha llegado a más porque una patrulla pasaba por allí de casualidad y ha podido intervenir a tiempo.

―¿Él está bien? ―pregunté, algo más despabilado ya.

―Sí, lo tenemos aquí en comisaría, junto con los otros dos. He pensado que quizá querías venir tú mismo a comprobarlo.

Suspiré para mis adentros, resignado.

―En menos de media hora estoy allí. Gracias por avisar.

Me desperecé de un salto y me fui directo a la ducha. Giré tímidamente el mando del agua caliente y accioné el mando del agua fría con decisión. Una ducha a baja temperatura y un buen café casero eran para mí el mejor remedio para disipar la pereza. Apenas había podido dormir un par de horas y me esperaba una tarde más bien movida. Aunque había pospuesto la cita con la madre del fallecido Rodrigo Barbosa, teníamos la primera reunión del equipo de investigación a la que, tras recopilar la información ―que con suerte incluiría ya un informe preliminar de la autopsia―, seguiría con toda probabilidad otra breve e intensa entrevista con la comisaria Figueroa para ponerla al tanto de los avances. Algo agitado ante la marabunta de tareas en mi «debe», me puse un pantalón vaquero, una camisa azul ―la única planchada que me quedaba en el armario― y enchufé la vieja máquina de café que había heredado de mi madre y cuyo espantoso ruido me ayudaba a despertar tanto o más que la propia bebida que preparaba. Instantes después, mientras daba cortos y rápidos sorbos, la muerte de Rodrigo Barbosa planeó de forma intermitente sobre mi cabeza, aunque, en realidad, desde que había puesto el primer pie fuera de la cama, era mi hermano el que copaba mis preocupaciones más inmediatas.

Mario era una oveja descarriada digna de nuestro progenitor. Sí, mi padre había sido lo que se dice «un pieza» de los buenos. El caradura había desaparecido tras la muerte por sobredosis de la madre de Mario ―otro magnífico ejemplar, dicho sea de paso― cuando este apenas contaba diez años. Según pude averiguar después, huyó destino a Brasil en busca de una nueva vida, aunque pocos meses más tarde, mis colegas del otro lado del charco me notificaron su fallecimiento durante una trifulca arrabalera en los alrededores de São Paulo. El caso es que mi hermano, que ya de por sí se había criado en un hogar desestructurado, se quedó aún más tocado cuando se vio solo y abandonado sin ser más que un preadolescente. Sin dudarlo ni un segundo, mi madre y yo acudimos en su ayuda ―al fin y al cabo, éramos la única familia conocida que tenía―, aunque él prefirió marcharse a un centro de acogida para menores. He de decir que el chaval, espabilado como él solo, parecía que podía llegar a enderezarse por momentos; tanto que incluso consiguió obtener una titulación universitaria: graduado en Ciencias Medioambientales. No obstante, Mario era avispado de más y cuando la crisis financiera de 2008 golpeó con fuerza, vino a acordarse de un tal Ortiga, un joven al que había conocido en el centro en el que se crio y que, según él mismo me contaba, se presentaba a sí mismo como técnico de estacionamiento de vehículos en suelo urbano; es decir, lo que viene siendo conocido popularmente como un gorrilla de toda la vida. Ortiga pronto introdujo a Mario en el negocio del parquímetro a discreción y este se dio cuenta de que, si invertía cuatro o cinco horas diarias, ganaba el mismo dinero o más que la suma que pudieran ofrecerle en cualquier otro trabajo que pudiera conseguir a corto y medio plazo.

Así que, tras varios empleos en los que no había durado ni una semana, en esas andaba metido ahora. Era una verdadera lástima que cuando parecía que lo peor ya había pasado, Mario se volviera a torcer una vez más. A modo de consuelo, diré que mi padre habría estado orgulloso de su segundo hijo por haber heredado su picaresca, aunque en poco más se asimilaban. El primero, además de toxicómano, chorizo y estafador, había sido siempre un verdadero bromista. Mi nombre era un claro ejemplo de ello. A mí me llamó Julio a petición de mi madre, pero en el registro, probablemente con la borrachera, añadió un Diego a última hora para que mi nombre completo sonase como el del famoso pintor sevillano del siglo xvii. Julio Diego Velázquez Saavedra. Así me llamaba, al completo y sin filtros. Esa guasa me costó años de burlas y más de una broma de mal gusto, aunque gracias a mi tenacidad y al paso de los lustros, el nombre de Diego había desaparecido prácticamente de mi vida cotidiana, en favor del Julio a secas.

La historia se repitió en gran parte con Mario. Al nacer yo, mi padre se recuperó de sus peores adicciones durante unos pocos años, al menos aparentemente, pero antes de que cumpliera mi primera década, encontró un alma gemela, tan rota como la suya, con la que decidió engañar a mi santa madre y, de paso, traer a otra criatura a este mundo. El divorcio fue rápido, aunque no así el hecho de poder sacarlo de nuestras vidas. Escándalo tras escándalo, nos involucraba de manera habitual (principalmente a mi madre) en todas sus tretas, deudas y trapicheos. Cuando no se presentaba borracho o drogado en nuestra puerta, aparecía pidiendo dinero a gritos a cualquier hora, evidentemente, sin importarle lo más mínimo el devenir de nuestras vidas. Por todas esas razones, en el fondo de mi ser, había terminado anidando la idea de que me hice policía gracias a él. Finalmente, con el paso de los años y con la llegada de mi madurez, llegué a la conclusión de que mi padre no había sido más que un pobre diablo. Pese a ello, seguía odiando a Miguel Velázquez tras su muerte con todas mis fuerzas, y estaba empeñado en luchar para que el mundo no tuviera que aguantar a gente así, personas que se humillaban a sí mismas, a los demás y que causaban vergüenza ajena a la especie humana en general.

Bajé las cuatro plantas de escalera y caminé unos pocos pasos hasta llegar a la plaza de los Lobos. Llevaba mucho tiempo prometiéndome a mí mismo que iba a cambiar de piso y a comprar uno a las afueras, más grande y con ascensor, pero siempre lo posponía. Aquel céntrico y viejo apartamento era una pequeña pero importante parte de mi vida que, en lo más profundo de mi subconsciente, me resistía a dejar atrás.

Decidí recorrer a pie los veinte minutos que separaban mi domicilio de la comisaría. La ciudad se mostraba algo adormecida a esa primera hora de la tarde. El calor otoñal apretaba todavía, especialmente en esa franja horaria, supuestamente dedicada por antonomasia a la siesta en nuestro país. Para mi asombro, me crucé con un par de grupos universitarios que parecían volver de algún guateque matutino, lo que me provocó una pequeña punzada de envidia al recordar esa despreocupación que solo se siente en la vida cuando rondas los veinte años y todo un mundo de cosas por hacer y descubrir.

Poco más de quince minutos después cruzaba las puertas de comisaría. Le eché una mirada severa apenas lo vi allí sentado. Aunque era un vago y un cretino, no dejaba de ser mi hermano pequeño, y a pesar de las broncas que le echaba cada vez que tenía ocasión, siempre terminaba por invadirme un cierto e inevitable sentimiento protector. No se apreciaba ningún signo del supuesto altercado ni en su cuerpo ni en su rostro, así que obvié la pregunta sobre su estado y, encarándolo, fui directamente al grano.

―¿Qué has roto ahora? ―pregunté, mirándolo fijamente a los ojos.

―Han empezado esos puercos, Julio… ―se justificó, lastimoso, para a continuación volver la vista y arrojar una dura mirada a los dos desarrapados a los que Pulido tomaba declaración un par de mesas más allá―. Esa siempre había sido mi calle... ―siguió excusándose.

―Ya estamos con lo mismo de siempre. ¿Quién empezó en realidad? ―insistí, cada vez más impaciente, ante la creciente sospecha de que Mario no decía la verdad.

―Te juro que fueron ellos… Yo estaba ya allí y vinieron buscando gresca ―replicó―. Me querían matar los muy animales, tan solo por estar en mi puesto de trabajo. Hoy en día, uno no puede ausentarse ni un par de horas, como en cualquier otro trabajo normal ―se lamentó con aire resignado.

―¡Sabes de sobra que eso que haces no es un trabajo normal! ―Alcé bruscamente la voz, indignado, llamando a su vez la atención de los compañeros de las mesas más cercanas, que ya conocían a mi hermano y, por deferencia hacia mí, simularon no enterarse―. Y eso pasando por alto que es ilegal. Más te valdría buscar un empleo de lo tuyo, ya que milagrosamente has conseguido acabar la carrera. Al menos, así no te tendría aquí cada semana ―le espeté.

―¿Estoy detenido? ―preguntó, con cierta chulería.

―No ―contesté, intentando suavizar mis formas―, pero no quiero volver a verte por aquí en mucho tiempo, ¿entendido?

Y, sin darle opción a réplica, añadí:

―Mi compañera, la subinspectora Pulido, te tomará declaración para incluirla en el parte en cuanto termine con ellos.

―Prefiero que no…

―Lo harás y punto. Así constará en el registro, que nunca se sabe lo que puede pasar ―zanjé.

―Está bien, pero solo porque parece que está potente la tal Pulido esa. Se llama Rosa, ¿no? Menuda madurita… ―me dijo, guiñándome un ojo.

Mario no parecía tomarse nada demasiado en serio, y esos comentarios, con los que parecía querer demostrar que venía a la comisaría más bien de visita, me conseguían sacar completamente de mis casillas. Con un esfuerzo titánico, me contuve, suspiré ruidosamente y decidí no posponer más el trabajo pendiente sobre la mesa de mi despacho. El insensato de mi hermano había jugueteado ya con casi todo lo que no se debía: algún trapicheo de drogas, hurtos en la calle a plena luz del día, pequeños robos en grandes superficies… Mario siempre danzaba sobre la delgada línea entre salir airoso de una complicada situación y pasar una pequeña temporada entre rejas. No obstante, tengo que volver a reconocer que el tipo era listo, y siempre que caía lo hacía para el lado bueno. Malacostumbrado, era muy consciente, además, de que yo estaba ahí para cuando necesitaba que le echaran un cable adicional.

Sin embargo, con todo su historial y contra todo pronóstico, lo peor vino cuando con veinticuatro años decidió meterse a gorrilla. Entonces comenzó a aparecer una semana sí y otra también en comisaría. Y eso que intenté impedirlo de mil maneras. Incluso fui un día a hablar a escondidas con el famoso Ortiga, con el que, además de profesión, Mario había comenzado a compartir vivienda. Muy bajito, de tez morena y con enormes rastas en el pelo, me recibió en el piso en el que vivía con mi hermano, sorprendentemente espacioso y bien acomodado para lo que podría esperarse, ubicado en una buena zona cercana a La Caleta. Portaba gafas de sol oscuras ―al parecer, no se las quitaba nunca―, así como una sudadera verde con capucha, y sujetaba en la mano izquierda una taza de un brebaje de dudosa composición que se asimilaba al mate. Era evidente que estaba colocado, pero dado que aparecí sin avisar, lo pasé por alto y empecé de buenas maneras.

―Quiero que me ayudes a que mi hermano deje el oficio ―le dije sin más, pasando al interior del apartamento sin esperar su invitación.

―Troncoooo…, ¿qué haces? ―escuché a mis espaldas―. Sal de aquí ahora mismo. Mario es un tío de puta madre y gana más pasta conmigo que en cualquier otro sitio ―me dijo, algo bravucón, pero sin llegar levantar la vista de su taza.

―Posee una carrera universitaria y es demasiado joven para echarse a perder ―repliqué suave, encarándolo de nuevo―. A su edad no debería ganarse la vida poniendo la mano cada vez que alguien aparca un coche sin una ayuda que no le piden e involucrándose en problemas constantemente con los de vuestro gremio. Seguro que a ti te escucha ―argumenté, poco esperanzado, pero conciliador.

―Men, nosotros somos pacíficos. No somos más que un par de almas libres que vagan de forma efímera por este mundo… ―respondió, levantando las manos hacia el techo, cual iluminado.

No necesité más. En cuanto apareció tras el marco de la puerta, supe que aquello no iba a llegar a ningún sitio, y en ese momento me pregunté para qué diantres me seguía esforzando. La sangre fluyó ardiendo desde el interior de mi estómago hasta la cabeza, buscando una salida urgente.

Con un rápido movimiento, di un salto hacia delante, lo empujé contra la pared y, agarrándolo de la capucha con una mano y del cuello de la sudadera con la otra, lo levanté hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. El mate o la bebida que fuese yacía ahora derramada por el suelo. Le quité las gafas de sol, las arrojé contra el televisor y pude ver de primera mano unos ojos completamente vacíos y esquivos. Ortiga habitaba en esos momentos en otro mundo, pero, aun así, decidí ponerle los puntos sobre las íes para que, cuando se le pasara el subidón, se siguiera acordando de lo que tenía que hacer.

―¡Mira, chaval, me importa una mierda lo que hagas con tu vida! ―vociferé, totalmente fuera de mis casillas―, pero más te vale que mi hermano deje cuanto antes ese trabajo. Te doy dos meses. Si no, iré a por ti. ¿Me has entendido?

Lo empujé sin la más mínima suavidad contra el sofá y me largué dando un portazo, mucho más furioso de lo que había llegado. A esas alturas, desconocía si Ortiga había hablado finalmente con mi hermano o todo había quedado en una mera quimera, aunque al ver nuevamente a Mario sentado frente a mí en la comisaría, imaginé que se habría tratado más bien de lo segundo.

―Cuídate, hazme el favor ―me despedí, con una ligera sonrisa, encarando el pasillo que conducía a las dependencias interiores.

―La próxima vez, será mejor que hables directamente conmigo ―pude oír que gritaba a mis espaldas.

Ni siquiera me volví. Mi hermano tenía entonces veintiséis años. Aunque se iba haciendo mayor, yo, de forma inconsciente y por más que quisiera evitarlo, seguía sorprendiéndome a mí mismo al comportarme de forma muy diferente a como se suponía que debía hacerlo. Muchas veces me sentía como el padre que nunca tuvo. En realidad, como el que ninguno de los dos tuvimos.

Resignado, atravesé la puerta de mi despacho. El expediente de Rodrigo Barbosa me esperaba encima de la mesa. Para mi asombro, no era lo único que me aguardaba allí.

―Buenas tardes, ¿quién es usted y en qué puedo ayudarla? ―pregunté, extremadamente sorprendido al ver a alguien ajeno al personal de comisaría en el interior de mi despacho.

―Me llamo Sofía Malmierca. Soy la madre de Rodrigo Barbosa ―respondió, con lágrimas en los ojos.