Banquete de los eruditos. Libros I-II - Ateneo - E-Book

Banquete de los eruditos. Libros I-II E-Book

Ateneo

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Este ameno diálogo, repleto de anécdotas y referencias a su tiempo, constituye una preciosa fuente de información sobre la literatura y las costumbres de la Antigüedad griega. Ateneo, autor de cuya vida poco más sabemos, nació en el siglo II d.C. en Náucratis, ciudad de Egipto con una larga tradición cultural griega. Imbuido de una amplia erudición e inmerso en la corriente cultural griega conocida como Segunda Sofística, de él ha llegado hasta nosotros el Banquete de los eruditos (Deipnosophistai), en quince libros. Basándose en el Banquete de Platón y en las Charlas de sobremesa de Plutarco, entre otros, Ateneo reúne en un simposio a veintitrés sabios que, mientras disfrutan de los placeres de la buena mesa, conversan en profundidad acerca de los más diversos temas: gramática, medicina, filosofía, música, leyes, zoología, gastronomía, etc., en una clara muestra de la literatura miscelánea tan del gusto de la época. Además de ser una lectura sumamente placentera, el Banquete constituye una fuente incomparable de noticias sobre costumbres, alimentos y personajes de la Antigüedad, y las numerosas citas textuales que contiene (en muchos casos de escritores ya casi desconocidos en época del autor) lo convierten en una vía de transmisión inestimable de fragmentos de obras por lo demás irremisiblemente perdidas. La traducción, primera completa al español, mereció el Premio Nacional de Traducción en 1999 por los dos primeros volúmenes de esta colección (libros I al V).

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Seitenzahl: 371

Veröffentlichungsjahr: 2016

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 257

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JAIME CURBERA COSTELLO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1998.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO347

ISBN 9788424932763.

INTRODUCCIÓN

1. DATOS BIOGRÁFICOS

Sobre la vida de Ateneo sabemos muy poca cosa. La Suda , que suele ser nuestra mejor fuente de información en estos casos, se limita a decir que procedía de Náucratis, que era un «gramático», que viene a ser lo que nosotros llamaríamos un erudito, y que vivió1 en tiempos del emperador Marco Aurelio (cuyo gobierno se extiende entre el 161 y el 180 d. C.). En definitiva, apenas nos aporta nada que no pueda deducirse de la lectura del propio Banquete de los eruditos .

Son varias las ocasiones en que el autor se refiere a Náucratis como su patria2 . Se trata de una ciudad del Bajo Egipto, situada en el brazo canópico del Nilo, pero con una larguísima tradición de cultura helénica. En efecto, los griegos ya se servían de ella como base comercial a finales del s. VII a. C., y parece que en el 570 a. C. el rey Amasis les otorgó concesiones especiales para que pudieran utilizarla como puerto mercante. De este modo, desde el siglo VI a. C., Náucratis se convirtió en el principal enclave griego en territorio egipcio, y en el centro de las relaciones entre ambas culturas. El florecimiento comercial de la ciudad se mantuvo durante toda la época clásica, pero en el helenismo cedió terreno ante Alejandría. Su decadencia continuó en el período romano, en el que se le permitió como privilegio mantener su constitución griega. Ésta era la cuna de Ateneo: una ciudad griega en suelo egipcio, con un pasado de esplendor económico y cultural, y que se había convertido en parte del Imperio Romano. Náucratis fue patria de otros intelectuales destacados y contemporáneos de Ateneo, en concreto Proclo el maestro de Filóstrato, Julio Pólux el lexicógrafo, Ptolomeo el rétor, y un tal Apolonio del que nos habla Filóstrato3 ; seguramente el florecimiento de todas estas figuras más o menos por la misma época no fue casual. De todos modos, Ateneo no parece haber guardado muy buenas relaciones con la mayoría de sus compatriotas, especialmente con Pólux, del que lo separaban motivos culturales4 y sobre todo políticos, ya que el lexicógrafo gozaba del favor del emperador Cómodo, mientras que, como veremos, Ateneo se sitúa en el bando opositor a éste. La hostilidad que el autor manifiesta continuamente contra Atenas (y que contrasta, en cambio, con su filorromanismo) tiene posiblemente también que ver con el hecho de que los otros naucratitas ilustres desarrollasen su actividad en dicha ciudad, mientras que Ateneo, que careció de reconocimiento oficial, se movió más bien en la órbita romana5 .

Del linaje de Ateneo, así como de las fechas de su nacimiento y muerte, no sabemos nada. Tampoco es posible precisar el momento de composición del Banquete de los eruditos , aunque pueden intentarse algunas aproximaciones. El término post quem nos lo proporciona la mención que se hace en XII 537 F del emperador Cómodo, sucesor de Marco Aurelio, que reinó entre el 180 y el 192. Ateneo se refiere a él como contemporáneo, aunque sus palabras, que incluyen un juicio negativo hacia la persona de Cómodo, inducen a pensar que éste ya ha fallecido en el momento en que se escribe o publica la obra. En I 20 C se alude también como contemporáneo a Menfis el bailarín, del que tenemos noticias por la Historia augusta6 , y que fue muerto por orden del mismo Cómodo en el año 189 o 190. Con estos datos encajan igualmente en primer lugar la cronología de Galeno (muerto en los primeros años del s. III a. C.), que aparece como uno de los personajes del banquete7 ; en segundo lugar, la vinculación de Larensio, el anfitrión, con Marco Aurelio8 ; y, finalmente, la noticia de la Suda , que centra la vida de Ateneo en el reinado de este mismo emperador. Vemos, por tanto, que todos los indicios cronológicos apuntan a la época de los Antoninos. Las referencias culturales más recientes de la obra pertenecen así mismo a la época de Adriano y los Antoninos. En cambio, hay una ausencia total de datos cronológicos del período Severo. Por consiguiente, la juventud de Ateneo debió de coincidir con el reinado del emperador Adriano, del que tiene un juicio altamente positivo, y a cuyos tiempos se refiere siempre con nostalgia; en contraposición con ello está el desdén que el autor muestra por la situación política de su madurez, momento que se corresponde con la composición de la obra. Lo más probable es que ésta se escribiera tras la muerte de Cómodo, aunque es de suponer que no mucho después, seguramente en el reinado de Septimio Severo (años 193-211). Incluso cabría circunscribir la datación de la obra al período que va del año 192, en que muere Cómodo, al 195, durante el que está en vigor la damnatio memoriae decretada contra él por el Senado, antes de que Septimio Severo lo rehabilitara9 .

De acuerdo con todo lo dicho, debe descartarse para el Banquete de los eruditos una fecha de composición más tardía (concretamente posterior al año 228, en el reinado de Alejandro Severo), como defendieron en su día una serie de autores, entre los que se encuentran los últimos editores de la obra: Schweighäuser, Kaibel y Desrousseaux10 . Esta hipótesis se basa en la identificación de uno de los personajes, Ulpiano de Tiro (del que Ateneo dice en XV 686 C que falleció a los pocos días de la celebración del banquete), con un célebre jurista, Domicio Ulpiano, cuya muerte se creía que había tenido lugar en ese año, aunque hoy se fija en el 22311 . Sin embargo dicha identificación (propuesta por Schweighäuser) es problemática debido a varios motivos. Por una parte, nos obliga a situarnos más de veinte años después de la muerte de esos otros personajes que Ateneo menciona como contemporáneos, lo cual parece demasiado tiempo. Además, es del todo imposible que Galeno y Ulpiano el jurista estuvieran cenando juntos en el 223; recurrir al expediente de que Ateneo mezcla personas de épocas diversas, como hacen Platón y Jenofonte, no resulta una explicación aceptable, a la vista de la crítica a este procedimiento que hace el propio autor en V 215 D. Por otro lado, la muerte violenta del jurista (que fue asesinado por los pretorianos, según Dión Casio12 ), se contradice con el plácido fallecimiento que Ateneo atribuye a su Ulpiano. Mucho más plausible resulta la propuesta de Dittenberger13 , aceptada también por C. B. Gulick14 , y luego desarrollada por B. Baldwin15 , que ve en el citado personaje no a Ulpiano el jurista, sino a su padre, al que podemos situar como contemporáneo de Galeno y las otras figuras históricas aludidas. Además, y también por cuestiones cronológicas, a este Ulpiano senior le cuadra mejor que a su hijo la afirmación que hace en XV 677 B de haber conocido al poeta Pancrates, de época de Adriano.

En otro orden de cosas, teniendo en cuenta los intereses culturales de Ateneo y su origen egipcio, lo más probable es que haya visitado Alejandría, donde la gran Biblioteca adscrita al Museo seguía funcionando como centro cultural y de estudio de primera magnitud16 , y donde el comercio del libro tenía su sede principal. De hecho el autor parece considerar la capital de Egipto como una especie de «patria espiritual», cuando en XII 541 A se refiere a sus habitantes como «mis alejandrinos».

También se piensa que, como muchos otros intelectuales y poetas en lengua griega de su época, Ateneo se trasladó en algún momento a Roma. Era lógico que los eruditos como él se sintieran atraídos por la capital del Imperio, donde tenían la oportunidad de encontrar el apoyo de algún romano influyente, y donde existían buenas bibliotecas. El hecho de que la acción del Banquete , en el que el propio Ateneo toma parte, se sitúe en Roma, abona esta teoría, que se ve apoyada así mismo por el conocimiento que demuestra el autor de las costumbres romanas contemporáneas. Parece igualmente probable que Ateneo contara con el patronazgo de P. Livio Larense, al que se identifica con el personaje de Larensio, el anfitrión del banquete. La crítica que hace Ateneo de Cómodo y sus pretensiones teocráticas coinciden con las ideas políticas de Larensio, de quien sabemos por la Historia Augusta17 que se encontraba entre los partidarios de Pértinax, y disentía de la política de Cómodo.

Poco más puede decirse de la vida de Ateneo, salvo que al menos escribió, que sepamos, otras dos obras de géneros diversos, citadas por él mismo en el Banquete de los eruditos: un tratado histórico titulado Sobre los reyes de Siria (mencionado en V 211 A), y una monografía en la que comentaba un pasaje de la comedia Los peces de Arquipo (citado en VII 329 C).

2. LA OBRA DE ATENEO EN EL CONTEXTO DE LA LITERATURA GRIEGA DE LOS SIGLOS II -III D . C.

Aunque desde el año 27 a. C. la Hélade había pasado a formar parte del Imperio Romano como una provincia más, la cultura griega supo mantenerse viva y sin perder su capacidad creativa a través de todo el largo período de dominación romana. Es verdad que ésta no es una época de grandes figuras, y que por lo general, sobre todo a partir del triunfo de la segunda sofística, las obras literarias muestran una excesiva influencia de la retórica, a la vez que suelen adolecer de una erudición que cae en la pedantería. Pero, en contrapartida, la producción literaria es abundantísima, y pese a que en conjunto esta época carece de la originalidad del clasicismo y el helenismo, aún es capaz de crear algunos nuevos géneros, como la novela, la epistolografía y la biografía, a la vez que se observa un renacimiento de la poesía.

Por otro lado, la tradicional valoración negativa de estos siglos ha sido revisada a partir de la célebre monografía de B. P. Reardon18 . Este autor ha introducido una nueva perspectiva en el estudio de la Grecia de época romana, que se valora ahora como una etapa de transición de lo antiguo a lo moderno, en la que los griegos consolidan su grandiosa herencia cultural, para transmitirla a continuación a la nueva civilización bizantina que poco a poco va surgiendo, marcada ya por el cristianismo, y, en definitiva, a toda la posteridad19 .

En los seis siglos que comprende en la historia de Grecia la época imperial romana, el siglo II y el comienzo del III, época en que precisamente desarrolla su actividad Ateneo de Náucratis, constituyen un período de renacimiento cultural, y suponen una etapa clave en la consolidación y desarrollo de la tradición cultural pagana, sobre las bases ya puestas por el helenismo. Reardon ve una clara explicación histórica que da cuenta de este proceso y justifica las características de la producción literaria del momento. La Grecia del s. II , plenamente consciente de su tradición, ve amenazada su identidad cultural por el dominio político de Roma (pese a la tradicional sumisión de los romanos a la cultura griega). Como reacción, los autores griegos buscan sus raíces en el pasado, a la vez que pierden el interés por lo contemporáneo. Son plenamente conscientes del poderío de Roma, y lo aceptan, pero se despreocupan de él. Su interés se centra en conservar la cultura griega, que temen que no sobrevivirá «sin esa preservación consciente y casi artificial»20 . El respeto a la autoridad y la imitación de los modelos antiguos se convierte así en el eje de toda la producción literaria, que es en estos siglos fundamentalmente libresca. En Ateneo, por ejemplo, como ha puesto de manifiesto G. Zecchini, es palpable la nostalgia por el Egipto Ptolemaico del s. III a. C., y en general un gran interés por la primera época del helenismo. Con ello se inserta en una corriente en vigor durante la época de los Antoninos, sobre todo en la Grecia Oriental, que busca sus raíces en la etapa previa a la nivelación operada por el dominio político de Roma21 .

El afán erudito, que constituye una de las características de esta época, no es más que una vertiente del proceso que hemos expuesto más arriba. El ansia por conocer y conservar la herencia cultural del pasado en todas sus facetas lleva a muchos autores a buscar y atesorar ávidamente todo tipo de datos, acudiendo al estudio de las fuentes más diversas, a menudo libros raros y difíciles de conseguir. Esta actividad se ve favorecida por la proliferación de las bibliotecas, tanto públicas como privadas, que coincide además con el florecimiento del comercio del libro.

Los eruditos del momento, entre los que Ateneo es una de las figuras más destacadas, sienten interés por todo tipo de temas: historia, geografía, ciencias, literatura, gramática, lexicografía, curiosidades y anécdotas de todas clases... En esto, como apunta Reardon22 , son en buena parte herederos de la escuela de Aristóteles, si bien carecen del interés por la razón y la búsqueda de verdades científicas que dirige la actividad de aquélla. Naturalmente, ese esfuerzo recopilador no se orienta a la satisfacción de un mero afán personal de coleccionista. Al contrario, los eruditos de la época se sienten impulsados a transmitir sus variados conocimientos a la posteridad, contribuyendo así de un modo decisivo a la preservación de la cultura griega. Y lo hacen precisamente a través de sus creaciones literarias, sea cual sea el género al que éstas pertenezcan.

Ahora bien, el componente erudito se manifiesta en diverso grado según los escritores; en este aspecto, Ateneo representa un caso extremo, hasta el punto de que en su obra el revestimiento literario da la impresión de ser un simple pretexto del que se sirve el autor para plasmar por escrito sus ingentes conocimientos. Sin embargo, al contrario de lo que a menudo suele pensarse, el Banquete de los eruditos no se reduce a ser un mero elenco de citas y noticias agrupadas en desorden, y tampoco es cierto que Ateneo no tenga otra intención al componerlo que la meramente erudita. Por una parte, como tendremos ocasión de ver, el autor ha creado una obra que responde a las características del género al que se adscribe, el simposio. Además, la ha dotado de una estructura interna coherente, adaptando el desarrollo de la acción a las diferentes partes del festín; los textos aducidos van surgiendo a lo largo de una acción y un diálogo que los explican, los justifican y les dan sentido. Por otro lado, es evidente en el texto una intencionalidad cómica y satírica del autor, que aflora continuamente en los diálogos. Además, Ateneo no contempla el acopio de información como algo vano y estéril, sino que para él la adquisición de conocimientos es algo que produce satisfacción, un placer que quiere compartir con el lector.

Es importante tener en cuenta que, como acabamos de indicar, la erudición de Ateneo está plagada de elementos cómicos23 . Un primer rasgo de humor se atisba ya en el propio título, en griego Deipnosophistaí (literalmente algo así como «Los eruditos del banquete»)24 , un compuesto con resonancias cómicas creado por el autor. Lo mismo podemos decir también del comienzo de la obra25 , que es indudablemente una parodia del Fedón platónico. Pero ese componente humorístico se hace patente sobre todo en los frecuentes enfrentamientos dialécticos entre los personajes (divididos grosso modo en dos bandos, filólogos y filósofos), cargados de pullas, ironías, y juegos de palabras, así como en una vena satírica que se dirige por igual contra unos y otros. La abundante presencia de citas de comediógrafos, además de algunos autores paródicos, es así mismo indicativa de la inclinación humorística del autor. Aún más, en sus conversaciones con Timócrates Ateneo ironiza incluso a propósito de su propia obra, como puede verse en VI 222 B, VII 330 C y VIII 365 E. Esta perspectiva no puede ser olvidada a la hora de examinar y valorar a Ateneo, que dista de ser un erudito frío y serio, como muchas veces se piensa.

Ateneo no presenta los datos de una manera impersonal y aséptica, sino que, muy al contrario, se muestra a menudo cargado de intenciones críticas. Así, por ejemplo, en los filólogos censura sobre todo la pedantería26 y el aticismo exagerado. Contra los filósofos en general manifiesta una actitud desconfiada y hostil27 , excepción hecha quizás del amargo moralismo de la diatriba cínica. Son especialmente virulentos los ataques que dirige contra Platón28 , que se desarrollan sobre todo en dos secciones de la obra (V 215 A-221 A y XI 504 E-509 E). Si en los filólogos censura la hipercrítica, de las escuelas filosóficas rechaza sobre todo su pretensión de erigirse en un sistema de valores completo y el mantener comportamientos disconformes con los códigos éticos que pregonan. Ataca también la extravagancia y el exceso de lujo, los vicios y las aspiraciones divinas de los gobernantes.

El Banquete de los eruditos pone ante nosotros una ingente cantidad de noticias sobre los temas más variados, aunque siempre relacionados de uno u otro modo con lo simposíaco29 : cuestiones culinarias, vinos, medicina, biología, música, gramática, lexicografía, literatura, etnografía, historia, anécdotas de todo tipo, etc. Todo esto puede ser en sí un defecto, por cuanto la obra resulta a menudo artificial y de lectura demasiado prolija; pero al mismo tiempo constituye el mayor mérito del autor. Ateneo no ha pasado a la historia como una gran figura literaria, pero sí como una de las mayores y más valiosas fuentes para el conocimiento de muy diversos aspectos de la cultura griega. Como por lo general suele poner cuidado en indicar los autores y obras de los que obtiene su información, y además se interesa especialmente por escritos raros y ya poco conocidos en su tiempo, que no han llegado hasta nosotros por transmisión manuscrita, Ateneo se ha convertido en una importantísima vía indirecta para el conocimiento de gran cantidad de escritores, especialmente de los cómicos fragmentarios, pero también de líricos, trágicos y épicos (por ejemplo es fuente fundamental de Arquéstrato de Gela y Matrón de Pítane), historiadores (sobre todo de época helenística, de los que constituye, con mucho, la fuente principal), así como autores de tratados médicos, gramaticales, etc. El Banquete de los eruditos representa para la literatura griega algo semejante a lo que las Noches Áticas de Aulo Gelio son para la literatura latina.

La cuestión de si Ateneo conoce de primera mano las obras que cita, o si se basa, a su vez, en fuentes intermedias, ha dado lugar a largas controversias30 . Resulta ejemplar en este sentido la monografía ya citada de G. Zecchini, que se plantea el análisis en profundidad de las citas de los historiadores y obras que podríamos denominar «parahistóricas» en Ateneo. Las conclusiones de Zecchini, que seguramente se pueden trasladar igualmente a los otros campos del saber que toca la obra, son que Ateneo lee directamente a buena parte de los autores que cita, aunque con frecuencia también obtiene su información por vía indirecta, sobre todo a través de léxicos o de catálogos. Por otro lado, Ateneo es capaz de ejercer una acción crítica sobre sus fuentes, tanto en lo que respecta a cuestiones textuales como de contenido31 .

En otro orden de cosas, hemos apuntado antes que, en general, los escritores griegos de este período afectan dar la espalda a Roma. Ateneo, sin embargo, muestra una actitud bastante receptiva al respecto, en la línea de Plutarco o Dión Casio. Lo que decimos queda en evidencia ya por el hecho mismo de que la acción de la obra se sitúe en la capital del Imperio, durante una fiesta típicamente romana (las Parilias) y con un anfitrión y algunos participantes romanos. Además, Ateneo nos ofrece frecuentes noticias sobre Roma, sus costumbres, sus grandes hombres, etc., tanto del pasado como de época contemporánea, y su testimonio directo merece ser tenido en cuenta para el estudio de la Roma imperial de su tiempo. También en el campo lexicográfico se alude en ocasiones a términos latinos, y de la discusión al respecto en III 121 F ss. se desprende el reconocimiento por parte de Ateneo del bilingüismo de los griegos afincados en Roma, así como su aceptación justificada de ciertos préstamos latinos, actitud que se conjuga con su aversión hacia el aticismo exagerado. De cualquier modo, Ateneo no está interesado por la literatura latina; los datos sobre la historia de Roma que no conoce por propia experiencia los toma de fuentes griegas, y las pocas citas de autores latinos que incluye las conoce, como demuestra Zecchini, por vía indirecta. Ni siquiera está claro que haya tenido un buen conocimiento del latín, ya que en realidad la mayoría de las palabras latinas que cita pudo tomarlas sin problemas de léxicos o de obras análogas.

En definitiva, el Banquete de los eruditos posee muchos de los defectos y virtudes que se achacan a la producción literaria del momento: relativa falta de originalidad, tono erudito, culto al pasado, salvaguarda de la tradición cultural helénica. Por todo ello la obra de Ateneo resulta un producto típico de su tiempo. Hay, no obstante, otros rasgos peculiares que caracterizan al autor, en concreto los elementos cómicos y satíricos (que recuerdan a El Banquete o Los lapitas de Luciano, e incluyen una crítica a la filosofía y un rechazo del aticismo extremo) y la valoración y aceptación de lo romano. Además, Ateneo se sustrae en buena medida al influjo de la Segunda Sofística, entonces en apogeo, manifestando una influencia de la retórica mucho menor que la que se observa en la generalidad de sus contemporáneos32 .

3. EL «BANQUETE DE LOS ERUDITOS » EN EL MARCO DE LA LITERATURA SIMPOSÍACA

Ateneo de Náucratis eligió como cauce literario un género que contaba con una tradición de varios siglos, el «simposio» o banquete. Dicha elección no fue casual: además de prestarse especialmente al desarrollo de charlas de contenido erudito, el género proporciona al autor la posibilidad de extenderse sobre los temas que más le interesan, que son precisamente todos los que tienen que ver con lo simposíaco (en su dimensión tanto «real» como «literaria»). Así, la obra se nos presenta como la narración de lo acaecido durante un banquete, en el que la conversación, a su vez, gira en torno al tema del banquete. O, dicho de otro modo, Ateneo emplea el banquete al mismo tiempo como contexto y como tema de su discurso33 .

El simposio constituye un género prosístico34 , cuyo modelo clásico es el Banquete de Platón. Aunque existían precedentes, fue este autor quien le confirió unas directrices y una estructura bien definidas, marcadas por la técnica del diálogo narrado. Conforme a ella, el contenido de la obra se expresa a través de las conversaciones que tienen lugar entre diversos personajes en el transcurso de un festín. A su vez, ese diálogo no se nos presenta de un modo directo, sino que la charla en cuestión es relatada a posteriori a otra persona por uno de los personajes que estuvieron presentes, o incluso por alguien que, a su vez, lo conoce de segunda mano, por habérselo oído contar previamente a un tercero. Se adopta la convención de que el narrador (que puede o no identificarse con el autor) es capaz de recordar con gran detalle las palabras de cada comensal, por más que a veces afirme no acordarse de todo con exactitud. No hay una norma fija sobre el tiempo que transcurre entre la celebración del banquete y el momento de su narración, que puede ser de unos días o de varios años (caso del Banquete platónico). Tampoco es obligatorio que la acción de la obra se sitúe en época contemporánea del autor35 . Las conversaciones, llenas de discusiones y opiniones enfrentadas, confieren a la obra simposíaca un tono dramático36 , a la vez que permiten al autor dar una ficticia sensación de objetividad, ya que supuestamente reproduce las palabras y opiniones de otros.

Antes de seguir adelante con el estudio de las características del «simposio» en general, y su reflejo en el Banquete de los eruditos en particular, conviene detenerse un momento en las opiniones que el propio autor manifiesta al respecto. En efecto, en el libro V, si bien de un modo no sistemático, Ateneo introduce una serie de notas críticas sobre el género que él mismo cultiva, comentando ciertos aspectos de los Banquetes de algunos de sus predecesores, en concreto los de Jenofonte, Platón y Epicuro. A través de los reproches o elogios que les dispensa, va exponiendo diversos rasgos y elementos que, en su opinión, debe poseer una obra de este tipo y, al contrario, otros que debe evitar.

En concreto, Ateneo considera que un Banquete debe comenzar con un prólogo que incluya la exposición del motivo del festín, las personas presentes, y el momento y lugar en que aquél se desarrolla37 . Por su parte, los personajes deben ser representantes de distintos campos del saber (también admite que algunos sean simples particulares), y defender opiniones contrapuestas entre sí, a fin de conferir variedad y gracia a la obra38 . Además, el autor debe hacer que sus personajes se comporten de una manera decorosa39 , aunque ello no tiene por qué impedir que se introduzcan en la obra distracciones y diversiones de buen gusto40 . Finalmente, para el de Náucratis son totalmente rechazables los anacronismos, el falseamiento de hechos reales, y la mezcla de personajes de épocas dispares41 . En esto se muestra en abierta contraposición con el modelo platónico, ya que a Platón no le preocupa en absoluto incurrir en anacronismos.

Aunque lamentablemente los primeros libros de la obra faltan en los manuscritos42 , conservamos un resumen que nos ilustra sobre su contenido, y deja ver que, de acuerdo con las convenciones del género, el Banquete de los eruditos se iniciaba con el consabido diálogo-marco entre el personaje que va a actuar como narrador (en este caso el propio Ateneo) y el amigo que desea enterarse de los pormenores (un tal Timócrates). La conversación entre ambos se nos presenta ya iniciada (otra de las constantes del género), y constituye un prólogo que pone al lector en antecedentes sobre el otro diálogo, el que constituye la parte central de la obra43 , su importancia, y los personajes que tomaron parte en él. No queda claro cuánto tiempo ha transcurrido entre la celebración del banquete y el encuentro de Ateneo y Timócrates, aunque el vivo interés de éste por informarse de lo allí ocurrido podría apuntar a que se trata de un acontecimiento relativamente reciente.

El diálogo-marco ofrece una estructura simple: Ateneo, que ha estado en la fiesta, narra lo ocurrido a Timócrates directamente, sin intermediarios. El mismo procedimiento se observa en el Banquete de los siete sabios de Plutarco. En cambio, tanto en el Banquete de Platón como en El banquete o Los lapitas de Luciano, otros de los precursores de Ateneo, encontramos un marco complejo, en el que el narrador no conoce los hechos de primera mano, sino de oídas, a través del relato de otra persona que sí ha tomado parte en ellos44 . Ahora bien, en el caso del Banquete de los eruditos , el diálogo-marco no queda restringido al comienzo y al final absolutos de la obra, sino que, como veremos, se va repitiendo en los diversos libros. La gran extensión del texto hacía necesaria esta mayor complejidad estructural.

Aunque, de acuerdo con el modelo platónico, la convención del género manda que la acción tenga lugar durante la sobremesa del banquete, Ateneo ha preferido desarrollar el diálogo a lo largo de todas las fases de éste. De este modo, el autor se concede más margen para introducir todo el caudal de su saber45 , sin tener que alargar desproporcionadamente la segunda parte del festín, en la que, retiradas las mesas, los comensales pasan a beber y charlar. Además, la cena le ofrece continuos pretextos para tratar de cuestiones culinarias, por las que siente especial interés. Este hecho es, al mismo tiempo, reflejo del cambio que han experimentado con el tiempo las costumbres simposíacas griegas: mientras que en la época clásica la parte más importante y ritualizada del banquete era precisamente el pótos , la sobremesa en torno a las copas, en época helenística y romana la mezcla de influencias externas ha llevado a que también la cena en sí, el deîpnos , cobre importancia46 . Por otro lado, Ateneo no es innovador en esto, ya que encontramos precedentes literarios en otras dos obras de época romana, las Charlas de sobremesa de Plutarco, y el Banquete de Luciano, quien también se complace en mencionar los platos servidos.

En el Banquete platónico la charla no se desarrolla libremente, sino que los interlocutores disertan por turnos, siguiendo un orden protocolario; Ateneo, lo mismo que Jenofonte, Plutarco y Luciano, no imita en esto a Platón, sino que prefiere dejar que la conversación fluya de un modo natural, como ocurriría en una reunión simposíaca real.

Hay, finalmente, otros detalles menores en los que Ateneo sigue a sus predecesores en el género, como son la irrupción de un personaje no invitado (aquí un cínico anónimo al que se alude de pasada en VII 307 F), y alguno que llega tarde (el mismo cínico aludido y el citaredo Amebeo, al que se hace referencia en XIV 622 D-Ε). La presencia de médicos entre los invitados (cuatro en la obra de nuestro autor: Galeno, Dionisocles, Dafno y Rufino) es un motivo que se encuentra también en los Banquetes de Platón, Plutarco y Luciano. Finalmente, el tema erótico, que es el más característico del género simposíaco, por ser el eje del Banquete de Platón, está así mismo reflejado en la obra de Ateneo, que le dedica un libro entero, el XIII47 .

La adscripción al género simposíaco no agota, sin embargo, la descripción del Banquete de los eruditos . En efecto, la obra, por su contenido, merece ser también considerada en el ámbito de la literatura gastronómica48 , de la que tan a menudo aduce Ateneo testimonios, en su doble vertiente de «libro de cocina» y de «ideario» del aficionado a la buena mesa. Al hilo del desarrollo de los aperitivos y la cena, los productos culinarios, con sus variedades, características, procedencias, y efectos sobre la salud, constituyen el principal tema de conversación de los eruditos, aunque las recetas de cocina en sí no sean demasiado abundantes. En el plano más ideológico, se defiende un género de vida frugal, cuyo modelo se encuentra en los tiempos antiguos (griegos y romanos), en el que el placer debe verse contenido por un estricto código ético, frente a los excesos «modernos», por más que el banquete en el que participan los eruditos de Ateneo sea uno de los más lujosos y abundantes de los que se tiene noticia; un rasgo más del humor irónico de Ateneo.

Al mismo tiempo, buena parte de las citas son traídas a colación en el contexto de discusiones sobre temas léxicos y gramaticales. Ateneo toma postura en un debate lingüístico que se desarrolla en la cultura griega de época antonina, oponiéndose a quienes defienden la pureza a ultranza de la tradición ática. Su postura es moderada, abierta al neologismo o al préstamo lingüístico justificados, como se ve en III 121 F ss. a propósito de los préstamos latinos, y muy crítica, en cambio, con los defensores de un aticismo extremado y pedante49 . Aunque los personajes de Ateneo aceptan que, en general, el empleo del vocabulario debe estar sancionado por una autoridad, para lo cual acuden una y otra vez al modelo de los autores antiguos, lo hacen sin discriminación de dialectos ni preferencia de época. Es también frecuente que se despliegue ante nuestros ojos un amplio elenco de variantes dialectales testimoniadas para una misma palabra, que se trate de la evolución de los significados, y que se hagan incursiones en el campo de la etimología. Todo ello nos introduce de lleno en los ámbitos de la lexicografía y la gramática, en los que Ateneo merece ocupar también un lugar destacado, aunque estos contenidos no se desarrollen de una forma sistemática en su obra.

4. ESTRUCTURA DE LA OBRA

A pesar de que el Banquete de los eruditos aparece en la tradición manuscrita dividido en quince libros, ha venido defendiéndose tradicionalmente la idea de que en origen el texto constaba de treinta libros, que en algún momento se resumieron en los quince actuales. El estudio de la estructura interna de la obra no puede hacerse sin tener en cuenta esta cuestión fundamental.

La tesis de que lo que hoy conservamos es sólo un resumen de la redacción original del Banquete de Ateneo parte de una serie de anotaciones marginales que aparecen en el manuscrito A50 . Dichas anotaciones apuntan a que el modelo del que se copia tiene treinta unidades, que se han venido interpretando como treinta libros. De este modo se llegó a la communis opinio51 de que la versión extensa52 del Banquete de los eruditos que hoy conocemos es un resumen, y no la obra completa, que habría tenido doble tamaño. Concretamente se venía considerando que en los actuales libros I al VII estarían a su vez comprimidos los catorce primeros de la versión original; los libros VIII y IX se corresponderían respectivamente con los libros originales XV y XVI; y los seis restantes (actuales X-XV) tendrían que ser el resumen de otros catorce libros.

Sobre la cuestión de las anotaciones marginales de A, que pueden tener una interpretación distinta a la que hasta hace poco se les venía dando, véase más adelante el apartado dedicado a la transmisión del texto. Por el momento vamos a ocuparnos de otra serie de argumentos de diverso tipo que se han venido aduciendo en apoyo de la idea de que la obra de Ateneo tenía en origen una extensión mucho mayor que la actual. Los más importantes son los siguientes:

1) Kaibel, en la introducción a su edición del Banquete de los eruditos , sostiene la tesis de que el romano Macrobio utilizó como fuente directa para sus Saturnalia a Ateneo, pero que conocía una versión de su obra más amplia que la actual. En defensa de su teoría dedica varias páginas53 a comparar y comentar diversos pasajes de Ateneo y Macrobio. Sin embargo, sus argumentos han sido convincentemente refutados por G. Wissowa54 , quien ha demostrado que en realidad ambos autores se sirvieron en parte de fuentes comunes, además de compartir algunos elementos tradicionales de la literatura simposíaca.

Sin embargo, la tesis de Desrousseaux carece de fundamento. Para empezar, sería raro que la Suda sólo mostrase una única huella de la división del Banquete de los eruditos en treinta libros57 , siendo unánimes sus restantes testimonios en aludir a la que nosotros conocemos, en quince. Pero es que además puede aducirse otro pasaje en el que el libro indicado por la Suda no coincide con el texto de Ateneo, y donde queda descartada una explicación paralela a la que da Desrousseaux para Δ 1152. En efecto, en Δ 3012 se atribuye al libro XIV de Ateneo la mención de tres comedias de Érifo, Eolo, El soldado de infantería y Melibea . Pues bien, dichas obras son, en efecto, citadas por Ateneo, pero no en el libro XIV, sino en IV 134 C (Eolo); III 84 A, VII 302 E y XV 692 F (Melibea) ; y IV 137 D (El soldado de infantería) . En este caso no cabe suponer que el libro XIV aludido sea el de la supuesta versión en treinta, y haya, por tanto, que identificarlo con el actual libro VII, pues las citas de Érifo se reparten por otros muchos libros de Ateneo además del VII.

La única conclusión que puede sacarse de todo esto es que la Suda no siempre es exacta al atribuir su información a un libro concreto del Banquete de los eruditos . No es ésta la única vez en que el texto de la Suda se muestra incorrecto o corrupto al citar a Ateneo; por ejemplo en Π 1708 adscribe a Platón el cómico una serie de comedias que el de Náucratis (al que se cita como fuente, esta vez sin especificar el libro) atribuye en realidad a Batón; entre ellas hay además una titulada Los asistentes a la festividad que, curiosamente, no aparece mencionada en la obra de Ateneo, lo mismo que ocurre con la comedia homónima de Diodoro de Sínope. Parece claro, por tanto, que cuando cita a Ateneo el texto de la Suda presenta a menudo corrupciones, errores o inexactitudes, y que las divergencias entre ambas obras no pueden achacarse sin más a que el Banquete de los eruditos haya tenido una versión más extensa que la que hoy conocemos. Y, desde luego, no hay constancia alguna de que la Suda haya conocido una división de la obra en treinta libros, en contra de lo que defiende Desrousseaux.

3) En el libro XII, que no recoge la charla de los eruditos, sino que se presenta como un largo excursus dirigido por Ateneo a Timócrates, en un momento dado (XII 541 A) el autor habla de «mis alejandrinos». Ahora bien, como Ateneo no es oriundo de Alejandría, sino de Náucratis, Kaibel58 piensa que estas palabras no estaban originariamente en boca del autor, sino de otro de los personajes, concretamente de Plutarco de Alejandría. Según Kaibel, quien resumió la obra alteró además la forma dialogada del libro, o, habría que decir, los libros originales, obviando las intervenciones de los personajes. Aunque lo hizo de una manera perfecta, y consiguió dar a todo el libro XII el aspecto de una digresión de Ateneo, quedó este pequeño detalle como huella de la primitiva versión más extensa y en forma de diálogo.

Sin embargo, la importancia que da Kaibel a este detalle, y la conclusión que de él extrae, son exageradas. No resulta tan llamativo que Ateneo, que procede de suelo egipcio y posiblemente viviría un tiempo en Alejandría, considerase esta ciudad como una especie de patria espiritual, lo mismo que otros participantes en el banquete tienen por tal a Atenas, pese a ser de otras procedencias. Así Ulpiano de Tiro, en IX 366 A, habla de «mis compatriotas atenienses», y en IX 406 D dice «en mi Eleusis». También Mírtilo de Tesalia, en XIII 583 D, dice «pues en nuestra hermosa Atenas...». El argumento de Kaibel pierde, por tanto, fuerza, y aún más si tenemos en cuenta que, como él mismo indica, el libro XII mantiene coherentemente en toda su extensión la forma de un excursus que Ateneo dirige a título propio a Timócrates59 y que, en fin, la supuesta forma dialogada anterior no ha dejado huella alguna, si descartamos ésta.

4) Hay una serie de libros que, en su totalidad o en parte, presentan aspecto de léxico o catálogo. Estos catálogos, que versan sobre todo tipo de temas (panes, vegetales, instrumentos musicales, peces, copas de beber, cortesanas, glotones, etc.) algunas veces son desarrollados por el propio narrador (así ocurre por ejemplo con el de los peces del libro VII); otras, son recitados por un único personaje (como hace Plutarco de Alejandría con las copas en el libro XI); y otras, finalmente, se exponen ante el lector en una mezcla de narración y diálogo (véase por ejemplo el catálogo de frutas del libro III). Además, en varios libros el diálogo se reduce a larguísimos parlamentos de dos o¡ tres personajes. Ello sería debido, de nuevo según Kaibel60 , a la actuación del epitomador, que, más interesado por la brevedad que por la elegancia de la obra, la resumió comprimiendo o incluso suprimiendo diálogos y dándole dicho formato. De este modo se habría eliminado con frecuencia la transición entre temas, pasándose de unos a otros sin solución de continuidad. Sin embargo, este defecto de composición puede igualmente achacarse al autor, al que le interesa fundamentalmente exponer sus conocimientos, aunque ello vaya en detrimento de la perfección formal de la obra. Así por ejemplo, en VII 277 C Ateneo le dice a Timócrates que, para que lo recuerde más fácilmente, hará una lista alfabética de los pescados consumidos y lo que sobre ellos se dijo; algo parecido dice también en IX 368 F, y en XIV 616 E, donde explica que, para resumir, va a omitir la indicación de los interlocutores. En unos casos esta presentación puede deberse a que el autor no ha elaborado demasiado el material que maneja, por lo que el texto podría delatar la forma y ordenación de alguna posible fuente lexicográfica. Otras veces parece que el propio Ateneo se ve en la necesidad de no extenderse más de la cuenta, y lo hace prescindiendo de la parte que menos le interesa, el diálogo, para poder centrarse en la exposición de los contenidos eruditos. Además, los catálogos son una manifestación del gusto por la variedad que continuamente se hace patente en Ateneo.

5) Κ. Mengis, en un amplio estudio dedicado al Banquete de los eruditos61 , encuentra una serie de datos discordantes que le llevan a concluir que hubo una persona que no se limitó a comprimir los treinta libros primitivos en quince, sino que además reelaboró completamente la obra, reuniendo en un único simposio lo que en el original eran varias cenas, que tenían lugar en días diversos en casa de Larensio, el anfitrión del banquete. Los argumentos que aduce son los siguientes:

En el libro X 459 B se dice que termina una jornada: «Puesto que también a nosotros nos ha sorprendido la tarde mientras considerábamos las palabras que se dijeron, dejemos para mañana la conversación sobre el tema de las copas». De estas palabras deduce Mengis que aquí terminaría uno de los varios banquetes originales refundidos en uno. En el libro siguiente se menciona el comienzo de una nueva jornada: «Pues habiéndonos reunido temprano...» (XI 459 B). Este segundo día, en el que, según Mengis, se desarrollaría primitivamente un segundo banquete, terminaría al final del libro XIV (664 F), donde se lee: «Y después de que se dijeron estas cosas [...] decidimos marcharnos, pues ya era por la tarde. De manera que nos despedimos así». La conclusión de Mengis es que en el libro XV se narraba en un principio un tercer banquete, acontecido en un día distinto.

Aún más, teniendo en cuenta la evidente desproporción en el volumen de texto que ocupan esos supuestos tres banquetes (el primero comprendería los diez primeros libros; el segundo cuatro, del XI al XIV; y el tercero sólo uno, el XV), Mengis62 indica que podría incluso postularse una versión original en la que cada libro contuviese la narración de un día independiente. Es decir, que el epitomador-reelaborador sería el responsable de que la obra parezca contener la narración de un único banquete, en quince libros, cuando en realidad en un principio reunía treinta distintos, contenidos en otros tantos libros, a la manera de las Charlas de sobremesa de Plutarco. Como esa refundición se hizo de manera bastante descuidada, han quedado huellas de la estructura primitiva.

En apoyo de su hipótesis, Mengis63 aduce otro dato digno de mención. En IX 372 B y D, el texto, que Mengis entiende referido al banquete «actual», indica que la época del año es el invierno, concretamente el mes de enero. Y, sin embargo, en el libro VIII (361 E-F) la acción se ha situado en la festividad de las Parilias, que se celebraban en Roma en el mes de abril.

C. B. Gulick64 añade un tercer dato discordante respecto a la época del año en que tiene lugar el banquete, en concreto un pasaje de III 99 E en el que se alude a la canícula. Para este autor, dicho texto sitúa la acción en los días de la canícula, en pleno verano. Gulick, no obstante, apunta que estas contradicciones podrían entenderse sencillamente como lapsus de Ateneo, que se pierde en medio de tanta información.

Sin embargo, el examen atento de estos textos puede permitirnos llegar a otras conclusiones que solucionan la aparente divergencia de los datos. De los tres pasajes aducidos, el del libro VIII (361 E-F) sitúa sin lugar a dudas la acción del Banquete de los eruditos en la festividad romana de las Parilias, en el mes de abril. Dice así: «Pues bien, cuando todavía se estaban comentando muchas cosas por el estilo, justo en ese momento se pudo oír por toda la ciudad murmullo de flautas, sonido de címbalos y aun golpear de tambores acompañados de cánticos. Se celebraba precisamente la fiesta de las Parilias [...] Así que dijo Ulpiano: “¿Qué es esto, señores? ¿Una festividad o una boda? Pues ciertamente eso no es un simple banquete a escote”».