Beatrice - José Manuel Pedrós García - E-Book

Beschreibung

Celso, un joven pintor, es condenado a cuatro años de prisión por una violación que no cometió. A pesar de los contratiempos y las apariencias, siempre mantuvo su inocencia; y durante su estancia en el penal se recrea pensando en Beatrice (su musa y la causa de su condena): una adolescente caprichosa y sensual, de mirada diabólica y pícara; dirige el taller de pintura; reflexiona sobre la vida y mantiene largas charlas con Almudena, una psicóloga del penal por la que siente una atracción especial. Consigue la libertad condicional a los tres años por buena conducta; expone con éxito sus cuadros; abraza la felicidad que deseaba y mantiene con Almudena una relación excelente. Germán, el director del centro penitenciario, también siente por Almudena una amistad entrañable que le hace pedirle a menudo su colaboración para determinar a qué internos se les debe aplicar la condicional. Pero la felicidad es efímera y una noche en la que Germán y Almudena han bebido más de la cuenta, todo se precipita y desemboca en un inesperado final en el que se confunden los sentimientos y las sensibilidades se alteran.

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Seitenzahl: 383

Veröffentlichungsjahr: 2022

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BEATRICE

LA HERIDA DEL PINTOR

José Manuel Pedrós

BEATRICE. LA HERIDA DEL PINTOR

© José Manuel Pedrós García

© de esta edición: Olé Libros, 2022

ISBN: 978-84-18759-68-0

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

 

KALOSINI, S. L.

Grupo editorial

[email protected]

www.olelibros.com

A María Jesús,por su silencio cómplice.

 

«El hombre es el único animalque tropieza dos veces con la misma piedra».

PROVERBIO POPULAR

 

«Una pintura es un poema sin palabras».

HORACIO

 

«El hombre que es insensible al arte,también lo es a la mayoría de las emociones».

CHARLES BAUDELAIRE

 

«El artista ve lo que ya no existe o lo quetodavía no ha existido en la realidad».

ILYA G. EHREMBURG

 

«Era el esqueleto calcinado de un sueño».

JUAN MARSÉ, EL AMANTE BILINGÜE

I. CELSO

«¿Quiere que le diga, Decambra, cuál fue a mi parecer

el tremendo error de Byron? El niño rebelde que vivía

en su interior no maduró nunca, Byron fue incapaz de

hacerlo crecer. Y su deseo de totalidad, de absoluto,

su pretensión de pequeño e infinito rey de la casa

(y la casa es la vida) le ahogó. Simplemente».

LUIS ANTONIO DE VILLENA, EL BURDEL DE LORD BYRON

 

 

 

Cuando Celso bajó al patio con los demás reclusos lucía un sol inmaculado, y el cielo estaba carente de nubes, pero para él iba a ser un día borrascoso como ningún otro en su vida, porque iba a conocer por primera vez algo que nunca hubiese deseado experimentar: aquel iba a ser el día más negro, el más triste y penoso de su vida, uno de esos días que se desean desterrar de la mente y que, sin embargo, están ahí, torturándonos constantemente y recordándonos algo que querríamos olvidar.

Solo llevaba cuatro días en el penal y aún no había tenido tiempo de granjearse la amistad de ninguno de aquellos internos; en cambio, más de uno se había enterado ya del motivo de su condena, algo que castigan sin piedad todos los presos.

Del módulo de ingreso había pasado, quizá por algún error administrativo, al módulo 7, el más rígido y despiadado del centro penitenciario. Allí estaban los reclusos más problemáticos o los que tenían un historial muy conflictivo. La mayoría de ellos pertenecían al fichero de internos de especial seguimiento (FIES en términos carcelarios); y en ese módulo todo se solucionaba entre los presos, sin que los funcionarios —salvo incidentes fuera de lo común— tuvieran que intervenir. Había muchos internos que preferían ese módulo a cualquier otro, aunque fuese muy duro, pues las reglas marcadas por los presos eran muy claras, y cualquiera que entrase allí tenía que respetarlas si quería ser respetado por los demás. Desde esa perspectiva, y desde el punto de vista de lo conflictivo de aquellos internos, no tenía demasiado sentido que a Celso lo hubiesen ingresado en aquel módulo —pronto iba a convertirse en carne de cañón—, cuando en ningún momento había dado muestras de tener una personalidad conflictiva o un carácter agresivo o polémico; es más, sus modales no podían ser más sosegados ni su comportamiento más pacífico y exquisito.

El patio del módulo, como todos los patios de los demás módulos, era un enorme cajón gris con porterías de balonmano y baloncesto, marcas amarillas y blancas en el suelo que señalaban los límites de cada uno de los campos, y una línea blanca en una de las paredes que servía de frontón. Las paredes eran tan altas que lo único que desde el patio se podía divisar era el cielo y la torre de vigilancia, que se elevaba a más de sesenta metros, y desde la que se controlaba todo lo que ocurría en los diferentes patios.

Nada más ver a Celso aparecer en el patio, empezaron a llamarlo despectivamente para provocarlo, con un desdén y un desaire intencionado, premeditado, cruel, como solo la gente del hampa es capaz de imprimir a todo lo que odia; y antes de que pudiera reaccionar se encontraba rodeado por cuatro o cinco de los reclusos más violentos y fornidos, que empezaron a insultarle de una manera poco amigable.

Celso había oído una frase que decía: «Cuando el peligro acecha, lo mejor es plantarle cara o huir»; pero en aquellos momentos no podía hacer ni una cosa ni otra. Se encontraba acorralado, como un animal salvaje ante una jauría de perros que le acosan sin piedad. No podía huir. No tenía a dónde. Tampoco podía plantarles cara a aquellos matones, a aquella gente del hampa. Sería demasiado temerario, demasiado imprudente.

Los insultos pronto se convirtieron en empujones, y estos en puñetazos, cuando Celso, en un arranque de mal interpretada valentía, les dijo: «Dejadme en paz, que yo no os he hecho nada», y ellos intuyeron en sus palabras un cierto matiz de altanería, tildando el gesto de engreimiento, algo contrario a las normas marcadas en el módulo 7 por los propios internos.

Varios presos más se arremolinaron alrededor del tumulto formado por los primeros, increpando a Celso de una forma desairada. Uno de ellos le dio una patada en una de las pantorrillas, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Los puñetazos y las patadas empezaron a sucederse desordenadamente, con una celeridad vertiginosa, y Celso se acurrucó en el suelo, adoptando una posición fetal, para protegerse de aquella lluvia de golpes que le hicieron perder el conocimiento antes de que llegaran los funcionarios del penal y el corrillo que se había formado a su alrededor se dispersara, yéndose cada uno por su lado como si no hubiese ocurrido nada.

Habían pasado escasos minutos desde el principio de la agresión, y los funcionarios habían acudido enseguida al oír el tumulto, alertados, además, por sus compañeros, que desde la torre de vigilancia habían observado el trajín de los internos; pero cuando llegaron encontraron a Celso en el suelo, ensangrentado e inmóvil, como si lo hubiesen estado apaleando durante horas, como si hubiese sufrido la embestida de varias fieras o los zarpazos de un enorme felino, y rápidamente lo llevaron a la enfermería, donde permaneció tres días en observación, recibiendo los cuidados médicos necesarios, antes de devolverlo de nuevo al módulo.

Celso se encontraba dolorido y contusionado por todas las partes de su cuerpo, después de ser curadas minuciosamente todas las heridas y ser tratado en la enfermería con todos los cuidados que requería su estado, pues, además de los hematomas y laceraciones que presentaba, tenía partido el tabique nasal —recto y estrecho hasta entonces, aunque después volvió a recobrar su forma original—, dos costillas rotas, el ojo derecho hinchado y sanguinolento, y en la ceja de ese mismo lado le habían tenido que dar tres puntos de sutura por la brecha producida. Pero además del daño físico causado, estaba el otro: el daño moral, el daño psicológico, que no era tan evidente, que no le producía tanto dolor, pero que le ocasionaba más sufrimiento interno, más malestar, más angustia, porque ese daño era el que realmente le atormentaba; y le preocupaba más el odio que sus compañeros pudieran sentir hacia él, sin conocerlo demasiado y sin saber nada de su vida, que la paliza que le habían propinado.

Celso se encontraba bastante decaído y apesadumbrado —incluso antes de la brutal paliza recibida— por todos los problemas soportados, por la presión sufrida durante el juicio y por el fallo de la sentencia que sobre él recayó. Se levantó lentamente de la cama que ocupaba en una celda al fondo del módulo y, antes de ir a desayunar, se sentó en una silla, cogió un bolígrafo, apoyó con suavidad el brazo derecho —que llevaba vendado— en el pequeño escritorio existente y, mientras su vista notaba nubladas las letras azules, empezó a escribir:

No puedo expresar con palabras el estado anímico en el que últimamente me encuentro. Todo se ha cerrado a mi alrededor como una noche tenebrosa. Mis familiares más allegados y los amigos que más quiero me han abandonado, me han vuelto la espalda como al mayor de los apestados. El director de este establecimiento penitenciario, donde lentamente me consumo, me mira de soslayo, sin atreverse a encontrarse conmigo de frente, como si mi mirada fuese a contaminarlo, como si lo fuese a hipnotizar igual que una serpiente a su presa antes de devorarla; y qué decir de mis compañeros de presidio: estos me tratan como a la peor de las alimañas, como al más inhumano de los seres, como a la bestia más inmunda. La justicia, en la que siempre confié y en la que siempre creí, me ha condenado definitivamente, sin dar crédito a mi confesión, sin escuchar mis súplicas, sin oír mi proclamación de inocencia. Nada me ha servido: ni el examen psicológico, ni las declaraciones iniciales de mis familiares y amigos, esos que ahora me vuelven la espalda. Nada. Hasta la esperanza, que siempre me acompañó, que siempre estuvo presente a mi lado, animándome por encima de todo, noto cómo la voy perdiendo poco a poco y de una manera irremediable. Pero seguiré, mientras me queden fuerzas para ello, proclamando mi inocencia, una y mil veces, donde haga falta y hasta la saciedad. No voy a claudicar. No voy a permitir que la desesperación haga mella en mí. Soy inocente. ¡Inocente! —escribía Celso, como si lanzase al aire un grito desesperado—. Esto es lo único que deseo que acorrale mi mente. Esto es lo único que quiero que invada mi memoria. Esto es lo único que pretendo que anide en mí: la seguridad de que lo que digo y pienso es verdad; la única verdad que en mi azarosa vida existe: la proclamación de mi inocencia.

Repasó las notas escritas. No sabía si podrían tener alguna utilidad. Lo dudaba. Pero necesitaba contarle a alguien lo que sentía, hablarle de sus penas, de sus sentimientos más hondos y de sus anhelos, y no tenía a nadie a mano para poder desahogarse. El papel podía sustituir a ese imaginario amigo que te escucha paciente y te comprende.

Después bajó a desayunar, cabizbajo, silencioso y expectante, sin atreverse a mirar a nadie, sin querer hablar con ninguno de sus compañeros de presidio, esperando no ser reconocido y pasar desapercibido. En el fondo, aún pensaba que lo suyo había sido circunstancial, promovido por dos o tres cabecillas agresivos que esperaban con ello pasar una mañana divertida; y suponía que no se repetiría, y que la gente en el fondo no era mala, aunque fuese aquella gente, que cumplía condena por atracos a mano armada que se repetían una y otra vez; por fugas de la prisión o del hospital en las que se ensañaban con los policías que los custodiaban; por tráfico de drogas o por asesinatos a sangre fría en los que todo estaba premeditado.

Almudena se había enterado de lo ocurrido y fue al módulo a hablar con Celso. Quizá necesitara algún tipo de ayuda y ella podía prestársela; pero no lo encontró, aunque sí vio el papel escrito, encima de la mesa, al entrar en su celda, que tenía la puerta entreabierta. Había leído detenidamente aquellas palabras con las que el condenado había empezado algo parecido a un diario —aunque para ella podían ser, simplemente, notas aisladas vertidas por la impotencia y la desesperación de alguien que se cree inocente en lo más profundo de sus entrañas y de sus sentimientos—, las había fotografiado con el móvil y se las había enseñado al director del centro penitenciario.

—¿No crees, Germán, que podemos estar equivocándonos? —le dijo, después de que el director terminara de leer la nota fotografiada con el móvil y levantara la mirada de él.

—A veces eres muy ingenua, Almudena. Se nota mucho que este es tu primer empleo y que llevas en él poco tiempo. Eres todavía muy joven, eso es evidente, y te falta aún experiencia.

—Eso no tiene nada que ver con el caso. Nunca me ha fallado la intuición y creo firmemente en mi olfato clínico —dijo Almudena con una seguridad que rozaba lo absoluto. Y añadió—: Y esa especie de presentimiento me dice que lo que está intentando relatar en su diario es la verdad.

—Puede ser simplemente una justificación para él mismo, algo sin mayor transcendencia para los demás y con escasa importancia para valorar la realidad de los hechos. Las pruebas presentadas fueron concluyentes —comentó Germán, meneando la cabeza y levantando los hombros en señal de certeza—. Se demostró claramente que la violación de la niña existió. Cuando esta presentó la denuncia ante la policía, el examen médico posterior que se le practicó detectó en el interior de su vagina restos de semen, y las pruebas de ADN hechas en el laboratorio de genética forense dieron como resultado la coincidencia en un 99,9 por ciento de ese semen con el del condenado.

—Se demostró que la niña «dijo» —y Almudena recalcó esta última palabra— haber sido violada y que existió cohabitación entre los dos. Él mismo admitió haber tenido una relación sexual con ella un par de horas antes de la denuncia presentada, pero de mutuo acuerdo, sin que existiera en ningún momento forzamiento por su parte ni mucho menos violación; así que esa prueba del ADN no demuestra nada, máxime cuando Beatrice no presentaba ninguna herida, ningún arañazo o ningún hematoma que confirmara la existencia de una violación y de una lucha para evitarla. La niña, eso hay que tenerlo muy en cuenta, tenía entonces casi dieciséis años y una edad mental muy superior a la de su edad física, aunque, claro, la ley del menor defiende a estos a capa y espada, y la declaración de un niño, de una «niña» en este caso, se tiene más en cuenta que la presunción de inocencia de un adulto cuyo único delito ha sido amar a una menor. Yo creo, a pesar de todo, y lo creo firmemente, que existía una atracción mutua, y pienso que lo que pudo suceder, después de que hubieran consumado el acto sexual, es que hubo algún tipo de discusión entre los dos y ella, como represalia, por despecho o por venganza, presentó la denuncia; después habría una tirantez casi irreconciliable, y la niña se vio envuelta en tal trama que ya no pudo volverse atrás y tuvo que mantener su idea de violación.

—Eso es un pensamiento tuyo muy rocambolesco, y no creo que una niña de quince años, por muy madura que sea, pueda actuar así y conmover al tribunal que juzgó el caso. Yo lo que creo es que existía atracción física solamente por parte de él. Ella negó que sintiera cualquier tipo de simpatía hacia el condenado, y la negación parecía evidente.

—Eso es lo que dijeron los medios de comunicación, que estuvieron manipulando el caso desde que saltó a la opinión pública. Tiene más morbo una violación que cualquier otra cosa, porque atrae más lo prohibido, lo violento o lo inconfesable, y el morbo es lo que vende, los periodistas de la prensa amarilla lo saben muy bien; pero nunca podremos saber con certeza si realmente fue así.

—¿Tú crees que no?

—Sin ningún género de duda.

Germán meneó la cabeza de una forma vacilante, insinuando un gesto de perplejidad, mientras fruncía el ceño de una forma evidente.

Almudena continuó:

—Él dice una cosa y ella dice lo contrario. Solo ellos dos saben, en su fuero interno, quién está mintiendo y cuál es la verdad última, y, de momento, puede ser que una posible falsedad o el capricho de una niña italiana, o las dos cosas al mismo tiempo, ¿quién lo sabe realmente?, lo vayan a tener a él recluido durante cuatro años.

—Cuatro años, sí, pero que se pueden quedar en tres si se observa en el recluso buena conducta y se le aplica la libertad condicional.

—Es igual. Tres años o cuatro da lo mismo. Lo que importa es que puede estar durante un tiempo privado de libertad por un hecho que no ha cometido.

—Parece mentira que tú también seas mujer —dijo Germán, intentando analizar la mirada de su compañera y no dejándose doblegar en su posición, que mantenía el fallo de la justicia—, y que no llegues a comprender el daño psíquico que una violación os puede llegar a hacer.

—Lo comprendo perfectamente, Germán, y supongo que mucho mejor que tú, pero he hablado con la psicóloga que trató a la niña y no parece que a Beatrice le hayan quedado graves secuelas por aquel trago «tan amargo». ¿Qué demuestra eso?

—No lo sé. Tú eres la especialista.

—Pues para mí, lo que evidencia es que la tan traída violación pudo no ser tal.

—Puede que Beatrice sea una niña con una fortaleza de espíritu excepcional, y se haya recobrado del trauma rápidamente —dijo Germán arqueando las cejas, con una tranquilidad en su rostro que parecía reafirmar la veracidad de sus palabras.

—O puede que sea una excelente actriz, aunque tú creas lo contrario, porque, por muy fuerte de espíritu que una mujer sea —Almudena recalcó lo de «muy fuerte de espíritu»—, un hecho así la marca durante mucho tiempo, y la secuela en una niña, que se supone que aún no está formada íntegramente, todavía debe ser mayor.

—Mira, Almudena —dijo Germán, ante la falta de nuevos recursos dialécticos—, la sentencia es firme. Nosotros no vamos a ser ahora los que pongamos en duda la decisión de la justicia, y eso es lo que para ti y para mí debe contar únicamente.

—Tú sabes que la justicia a veces yerra —comentó Almudena con seriedad.

—Sí, por supuesto. Nadie es infalible, y la justicia la distribuyen personas, que por su condición humana son imperfectas y, por lo tanto, sujetas a la posibilidad de error; pero no nos corresponde a nosotros llevar a cabo esa estimación, sino acatar lo que los tribunales fallan.

—Claro que no, pero, si nos queda la duda, podemos colaborar estrechamente para que no se condene de una forma totalmente injusta a un inocente, intentando una revisión del caso. No creo que sea eso algo descabellado.

La paciencia de Germán se estaba agotando. Estaba llegando a rozar los límites de lo razonable de una manera contumaz. Los puntos a favor y en contra de la sentencia que había condenado a Celso se alternaban en el diálogo que los dos mantenían, y Almudena, cuya tenacidad era inflexible, no estaba dispuesta a claudicar, lo cual encrespaba aún más los ánimos de su compañero, al que empezaron a traicionarle los nervios, y, perdiendo casi la compostura, dijo, elevando el tono de sus palabras:

—¡Joder, Almudena, haz lo que te dé la gana! A fin de cuentas tú eres la psicóloga del centro y puedes perder el tiempo con los internos que quieras, pero yo tengo claro que no voy a mover un solo dedo en beneficio de ese tipo con mirada de asesino —sentenció Germán para poner punto y final a la controversia suscitada.

A Almudena no le pareció bien que su compañero no fuera capaz de mantener la calma, como le correspondía por su estatus de director, que se exaltara de aquel modo y que hiciera de Celso aquella descripción, y contestó, intentando aparentar una tranquilidad que también estaba empezando a tambalearse:

—Estás haciendo una valoración demasiado gratuita y totalmente injusta. Ya no estás condenándolo solo como violador, sino que, además, lo estás tildando de asesino, y eso me parece aún mucho más grave.

—¡Yo no condeno a nadie! —contestó Germán, que seguía nervioso e irritado, aunque intentaba disimularlo—, ¡por el amor de Dios!, y tampoco he dicho que sea un asesino, solo he dicho que tiene, «que-tiene» —repitió, recalcando y separando las sílabas— mirada de asesino. Esa es, al menos, la impresión que a mí me da. Nada más, Almudena. No hay que llevar las cosas a otro extremo. No hay que hacer ningún otro tipo de especulación, y no hay que deducir, suponer o imaginar, como tú estás haciendo, otra cosa diferente —concluyó Germán en un tono ligeramente airado, como para demostrar, a la recién llegada y advenediza Almudena, su superioridad en el rango laboral.

Almudena, afligida, reflexiva y prudente, meditaba las palabras del director del centro penitenciario, escéptico a su opinión, y pensaba en la situación de Celso, condenado a cuatro años de prisión por la violación de una niña de quince que decía no haber cometido. No quería discutir con su compañero Germán, pero su sensibilidad y la humanidad de su carácter le indicaban que debía de indagar en el fondo de la cuestión, que tenía que profundizar hasta descubrir la verdad y ver si realmente se había condenado a un inocente, como ella pensaba, o le había fallado su ojo clínico y la justicia tenía razón. Para ello, tenía por delante cuatro años: el tiempo al que había sido condenado Celso, ese violador con mirada de asesino, según palabras de Germán, que a ella le parecía tierno, culto y sensible, aunque mirase ladeadamente, de soslayo, y con cierto resentimiento. Cuatro años, o tres si se le aplicaba la libertad condicional por buena conducta. Aunque daba igual tres que cuatro. Lo importante para ella no era ya el tiempo, sino el tener que estar recluido; y tener que estar recluido por un hecho que Celso no había cometido.

¿Cómo iba a violar a Beatrice? —escribía Celso desde la soledad de su celda, una soledad que le amargaba más por el hecho en sí de haber sido condenado injustamente que por los cuatro años de condena—. No habría sido capaz. Yo la quería. La amaba por encima de todo. Era solo una niña. ¿Cómo ha sido capaz de tramar semejante enredo? ¿Cómo ha sido capaz de engañar a jueces, abogados y fiscales? Estoy enloqueciendo solo de pensar en lo que me ha hecho. No solo me ha abandonado. No solo me ha repudiado. Me ha humillado de la forma más cruel: denunciando una violación que nunca existió. Se ha aprovechado de mí. Ha jugado con mis sentimientos; y ha explotado su edad, sabiendo que la justicia la iba a amparar.

Beatrice significa bienaventurada, portadora de felicidad, pero ¿qué felicidad me ha aportado ella a mí? Ninguna. Lo que me ha causado han sido solo problemas. Problemas que me han llevado a este estado de depresión y hundimiento; que me han hecho caer en este pozo sin fondo en el que he de permanecer durante cuatro interminables y angustiosos años. —Las lágrimas empezaban a recorrer el rostro de Celso como si fueran cataratas en el momento de caer al vacío. La impotencia arreciaba y nada podía hacer para reprimir aquellas lágrimas que nacían del desaliento más feroz—. ¿Qué puedo hacer? ¿Dónde debo recurrir? —se interrogaba en un desesperado intento por encontrar respuesta a su abatimiento—. La sentencia ya es firme, y se ha ejecutado. No hay posibilidad de un nuevo recurso, y, aunque la hubiese, nadie se va a preocupar de una revisión del caso. A nadie le interesa. ¿Quién va a creer a un perturbado frente a la declaración de una ingenua y preciosa niña de quince años, que en su cara refleja la inocencia y el no haber roto nunca un plato? Los niños nunca mienten. ¿No es eso lo que se dice? Claro que lo es, y la gente siempre cree los dichos populares y los refranes. Pero la excepción confirma la regla, y este no es el caso, esta es la excepción; y voy a consumirme aquí durante estos cuatro años en los que enloqueceré pensando en Beatrice, esa dulce criatura que me ha traicionado, y a la que aún amo a pesar de todo. A pesar de lo cruel que ha sido conmigo; a pesar de lo inhumano de su comportamiento; a pesar de su injusta actitud; pero debo perdonarla. Yo no puedo actuar de la misma manera. No puedo represar su conducta, porque no sabe lo que hace. Cree que esto es solo un juego. Es tan niña...

El penal, solitario e infranqueable, soleado a esas horas del día, albergaba a todo tipo de reclusos. Los había de pelo rapado, con tatuajes y con piercings, malhumorados y violentos hasta el extremo de sus fuerzas; desgreñados; esqueléticos; yonquis; camellos; empresarios corruptos capaces de crear empresas fantasmas para defraudar al fisco, o de blanquear el dinero y transportarlo a paraísos fiscales, cuya opacidad era incuestionable; banqueros exbecarios cuyas contabilidades paralelas podían superar con total dignidad las auditorias más rígidas; políticos capaces de desviar hacia sus amigos, para conseguir una sustanciosa comisión, cualquier obra pública sin ninguna convocatoria previa, apropiándose además de fondos públicos que debían ser solo patrimonio del estado; militares que convertían sus caprichos en ley; terroristas y hasta alguno con mirada de asesino.

Tres días después, Celso solicitó el traslado a otro módulo diferente, y con la influencia de Almudena pasó del módulo 7 (el más rígido) al módulo 1 (el más flexible del penal), ocupado en su mayoría por presos que se habían sometido a un proceso de desintoxicación de drogas de una forma voluntaria.

Una ONG colaboraba con el centro penitenciario, y las celdas del módulo 1 se encontraban abiertas permanentemente, teniendo los reclusos, como única norma, tener que cumplir una determinada conducta —que se ajustaba a una moralidad concreta—, necesaria para poder permanecer en el módulo, y que incluía, por ejemplo, el aseo diario, la limpieza y el orden de las celdas, el estar ocupados en cursos de formación, el no consumir drogas y el desterrar la violencia.

La primavera avanzaba inexorablemente mientras las hojas del calendario caían una a una, como las de los sauces en otoño, y el sol se ponía cada vez más tarde, haciendo que la luz del día fuera más clara y más alegre. Alguna ventisca tardía había llevado a la meseta días de frío, que en oleadas habían invadido la altiplanicie interior, mientras Celso, recluido en su nuevo módulo, pasaba la mayor parte del tiempo libre leyendo y escribiendo, aunque también dibujaba. El resto del tiempo lo tenía ocupado con su trabajo en la biblioteca, donde había ingresado voluntariamente, y donde se dedicaba, junto con el resto de los internos que trabajaban allí —todos tan atentos, cordiales y pacíficos como él— a clasificar libros, a registrar los pedidos y a atender a los reclusos que solicitaban algún título concreto o pedían información sobre alguna materia; pero, a pesar de sus ocupaciones, la monotonía, el aburrimiento y el hastío eran las secuelas permanentes que ofrecía a Celso el penal, las que habían hecho mella en él de una manera determinante. Nada había, por encima, que pudiera igualar o dominar en aquella partida desigual en la que siempre había un mismo vencido: Celso, amedrentado, postrado, derrotado por el tedio más fiero, que se consumía día a día, sin que el sol, la lluvia o la nieve pudieran iluminar su figura, maquillar su semblante o dorar su sonrisa.

 

 

 

Celso había estudiado Bellas Artes en San Fernando, donde se había visto sometido a la disciplina férrea de un aprendizaje académico minucioso que le hizo en breve tiempo discrepar de los conceptos que los profesores de la escuela intentaban inculcar a sus pupilos. No podía camuflar su rebeldía juvenil —sinónimo de libertad—, y aunque su espíritu fuera pacífico, su semblante y su dialéctica le acusaban. Esto propició rápidamente su expulsión. No se podía consentir, en un centro con aquel prestigio histórico, el que algún insurrecto, por muy recomendado que fuese, discutiera, o pusiera en tela de juicio, la autoridad docente de un profesorado tan cualificado y elitista como era el de San Fernando; pero esto, lejos de amilanar el espíritu de Celso, lo ennobleció, lo encalleció de una manera sublime, convirtiéndolo en un empedernido autodidacta, perfeccionista, equilibrado, ordenado y metódico; y lo puso a disposición de una vida dura, en la que el ambiente hostil y la sinrazón cotidiana podían hacer palidecer al más bragado de los mortales.

P

ero el penal era algo especial. Por muy preparado que se esté en la vida para soportar la dureza de sus inclemencias, el desánimo, el abatimiento y la aniquilación llegan a taponar los poros más abiertos o las oquedades más hendidas; y la prisión se convierte en un calabozo, en una mazmorra putrefacta y maloliente que hace sucumbir al espíritu más valiente y delirar al más equilibrado de los mortales.

Pronto empezó a hacer dibujos de sus compañeros sobre papel Canson —primero en el módulo y más tarde en el patio— que luego les regalaba. Tomaba los apuntes, con más o menos detalle, delante del modelo, y luego los perfeccionaba en su celda antes de entregarlos. Esto le hizo granjearse la simpatía de algunos cabecillas, que exhibían sus retratos con orgullo y empezaron a tratarle de una manera más cariñosa y más amigable, a pesar de sus silencios, a pesar de sus reservas y a pesar de su discreción, pasando ahora de enemigos a protectores.

Almudena entró en el módulo donde se encontraba Celso. Ya no había carceleros a la antigua usanza, que tuvieran que descorrer los gruesos cerrojos chirriantes y oxidados que desde el exterior bloqueaban la celda. Los funcionarios de prisiones podían ir libremente por los módulos, y Almudena, con una mirada de complicidad, le dijo a Celso que la acompañara hasta su celda para hablar un poco; después le sonrió —había que limar asperezas—, y le dijo:

—¡Hola, Celso! Soy Almudena, una de las psicólogas del centro.

—Ya te conozco —contestó Celso—. Muchas gracias por tu influencia para que me trasladaran a este módulo. Te lo agradezco sinceramente, de verdad.

—No tiene ninguna importancia —dijo Almudena encogiéndose de hombros y quitándole transcendencia al hecho con un gesto que Celso interpretó como de modestia, lo cual le daba a la psicóloga aún más valor humano del que a simple vista parecía tener—. Mi obligación es intentar ayudar a todos los que puedan necesitar algo; y sacarte a ti, dado tu carácter, del módulo 7 era casi una obligación. ¿Quieres que charlemos un rato? —preguntó Almudena con una sonrisa que denotaba una cierta complicidad.

—Bueno —dijo Celso, casi con simpleza, sin matizar en absoluto aquella expresión, que podía indicar acuerdo o conformidad a la sugerencia de Almudena, pero que parecía más una concesión resignada que una aquiescencia tajante.

Almudena miró fijamente a Celso a los ojos: dos enormes tizones como los ojos de un beréber. Celso sostuvo la mirada durante unos segundos, y después la desvió hacia la parte izquierda de la celda, iluminada por la luz que entraba por la ventana. El truco nunca falla: si consigues mantener fija la mirada en los ojos de tu interlocutor y este se doblega, tu fortaleza acaba por imponerse sobre la voluntad del otro. Almudena sabía el truco, desde hacía tiempo, y lo utilizaba como un arma para su protección, aunque en este caso pensara que no necesitaba protección alguna.

—Perdona, Celso —dijo Almudena, disculpándose—. He leído las cuartillas que has escrito. No lo he podido evitar.

—No tiene importancia.

Almudena, sin saber si obraba adecuadamente, y si su pregunta sería o no apropiada o molestaría a Celso, dijo:

—¿Es cierto que no violaste a Beatrice?

Celso bajó la vista, mientras los ojos se le humedecían, y se pasó suavemente la mano derecha por la cara, notando la barba incipiente que, como si fuesen las púas de un erizo joven, empezaba a despuntar; después levantó los ojos, dirigió la mirada hacia los ojos de Almudena —seguramente, el mirar directamente a los ojos de alguien es un signo de transparencia, de no deber nada a nadie, de tener la conciencia tranquila, de ser legal y justo hasta las últimas consecuencias, y de tener la intención de seguir siendo así— y, con un dolor y una tristeza incontenibles, contestó:

—No, no la violé. —Su voz era apenas un hilo débil, pero, al mismo tiempo, era rotunda, segura. La humedad de sus ojos creció. Escuchar aquella pregunta de nuevo, después de haberla contestado ya tantas veces, le hacía suponer que los demás dudaban de su respuesta y daban por hecho que era falsa o cuestionable. Las lágrimas, densas como la escarcha, empezaron a recorrer vertiginosamente su rostro. Celso se restregó los ojos, primero el derecho con el dedo índice y luego el izquierdo con el pulgar, intentando secarse esas lágrimas que Almudena no sabía si realmente salían del fondo de su corazón, aunque no se resignaba a aceptar la opinión de los demás, y quería creer que sí, que lo que decía Celso era la verdad, una verdad que no había conseguido salvarlo de la cárcel—. Lo he repetido infinidad de veces, pero no me importa volver a decirlo una vez más. Yo la quería. La amaba por encima de todo. Más que a nadie y más que a nada. Desde aquel día que la vi en el Thyssen. Era mi musa. La inspiración que durante tanto tiempo había estado buscando la encontré allí, en el museo. Después, una vez consolidada nuestra amistad, nada más verla sentía la iluminación necesaria, el esclarecimiento, la llama que todo creador necesita para que alumbre a su arte. Los lápices se deslizaban sobre el papel y el pincel sobre el lienzo solo con su presencia. Era como si una fuerza superior guiara mi mano y la encauzara por los senderos que debía recorrer hasta conseguir la perfección artística que siempre había buscado. Después de terminados, contemplaba aquellos dibujos o aquellos cuadros, y dudaba que yo hubiese sido su autor. No creía que tal perfección, que tal madurez, que tal pureza hubiesen podido salir de mi pulso: era ella, indiscutiblemente, era Beatrice la que guiaba mi mano, y era ella la que alimentaba mi numen. Su sonrisa, su mirada, su cutis perfecto y su cuerpo ondulado, todo en ella contribuía a paralizar mi mente, a dejarla en blanco y a ser invadida solo por su presencia, que todo lo ocupaba. Era, definitivamente, mi inspiración, mi estro, la musa inalcanzable o irreal que solo se había materializado hasta entonces en mis sueños. Tenía que amarla por encima de todo. Nada había para mí comparable a su presencia y a su sonrisa, o a su mirada dulce y azul, como la de las modelos de Modigliani; y ella lo sabía. Lo sabía y lo explotaba en beneficio suyo. Todos los caprichos que podía satisfacerle se los daba... En fin, Almudena, ¿qué más quieres que te diga...?

Celso volvió a mirar a Almudena, tomó una de sus manos entre las suyas, quizá buscando la protección o el cariño que necesitaba, algo que había perdido hacía tiempo y que no había vuelto a recuperar, la acarició suavemente y, antes de que Almudena pudiera decir nada, la soltó. Fue un gesto espontáneo, natural, nada premeditado e ingenuo, tan ingenuo como el niño que todavía anidaba en su interior; y Almudena así lo entendió.

—Dime, Celso, ¿qué es para ti el amor?

—¿Qué es para mí el amor? —repitió Celso, como si fuese él el que preguntase. Después se quedó pensativo durante unos instantes, en el que el tiempo transcurrió acompañando al silencio. Finalmente, contestó con decisión—: El amor lo es todo: sensualidad, satisfacción, alegría, orgullo... Es compartir una mirada. Es ser cómplice del otro. Es sonreír ante la presencia del ser amado...

Luego, durante unos segundos más, bajó la mirada al suelo otra vez, como buscando las palabras adecuadas a lo que estaba pensando, mientras creía que sus ojos absorbían el frío que el piso irradiaba, para después reflejarlo a través de su mirada, oblicua y pétrea, que, desde luego, no se correspondía con la real, más transigente y menos despreciable de lo que parecía, y continuó:

—Hay una canción antigua, de Mari Trini, que lo define muy bien. En ella dice: «El amor es una barca / con dos remos en el mar. / Un remo aprietan mis manos, / el otro lo mueve el azar». Y es cierto, porque por mucho que aportemos nosotros al amor, por mucho que nuestras manos aprieten las riendas de una relación, hay una parte dominada por el azar que se escapa de todo lo que nosotros podamos aportar para controlar la situación. En un momento dado, algo trivial, algo sin importancia, algo insignificante, como puede ser una mueca, el retraso en una cita, una palabra inadecuada, un grito a destiempo, un gesto descortés, una mirada gélida, o cualquier otra tontería pueden dar al traste con una relación que, en otras circunstancias, podría mantenerse, perdurar y madurar hasta dar los frutos deseados.

—Por eso me parece a mí que es muy importante la paciencia, tanto en la cohabitación de dos personas como en la convivencia en general —subrayó Almudena—. Yo creo que si hay alguna virtud que deba ser, por encima de todas, la que caracterice al ser humano de nuestro tiempo, en esta época de confusión, de estrés, de agitación, de ímpetu y de prisa por llegar a cualquier parte antes que los demás, si hay alguna virtud que deba sobresalir por encima de las demás, esa debe ser, sin ninguna duda, la paciencia. Después está el saber compartir, el darlo todo sin esperar nada a cambio, el saber perdonar a tiempo, el disculpar al otro siempre, el ver las virtudes por encima de los defectos, y no al revés, como suele pasar habitualmente, el preocuparse por los problemas del compañero o del amigo, el estar al tanto de sus necesidades, el ser cariñoso en las cosas cotidianas, el recordar las fechas señaladas, sorprendiendo, al mismo tiempo, al ser querido con detalles inesperados, espontáneos, que un buen día, porque sí, aunque no venga a cuento, te apetezca obsequiarle, el dejar a un lado el orgullo personal en ese punto en que lo convierte en soberbia...; y todo esto sirve tanto para la relación de la pareja como para la relación de convivencia cotidiana con los que nos rodean... Y es que el amor hay que alimentarlo a diario, no puedes dejar de nutrirlo porque, igual que ocurre con las personas, adelgaza, enflaquece, se debilita, desfallece, y llega un momento en el que muere de inanición; y después ya no hay reanimación posible, ni resurrección que le haga volver a la vida, porque el mito de Lázaro saliendo de su tumba cuatro días después de su muerte es algo que en nuestro tiempo no es demasiado factible, ni verosímil, probable o creíble.

»¿Crees que en un momento dado se puede llegar a matar por amor? —preguntó Almudena, mostrando a Celso su lado más dulce y más diáfano, para intentar sacar de sus labios la respuesta más sincera.

Celso se apresuró a contestar, aunque con prudencia y con ciertas reservas, como dejando entrever la posibilidad de error, mientras sopesaba sus palabras y el significado de las mismas para que tuviera su respuesta el matiz más concreto que él deseaba darle.

—Sí, supongo que sí. El amor y el odio forman algunas veces una ambivalencia tal que es difícil el poder desligar ambos sentimientos; y es difícil desligarlos, o separarlos, porque se encuentran tan unidos como los polos opuestos y se atraen de la misma manera que ellos. Una enajenación temporal provocada por los celos, por ejemplo, puede hacer a cualquiera vulnerable, y convertirlo en un determinado momento en el más sanguinario asesino. La sospecha, infundada o no, enrarece el ambiente, y vuelve hostil y enmarañada la convivencia, creando una rivalidad que puede desembocar en tragedia.

—¿Qué piensas tú —preguntó Almudena con cierta prudencia— que habría que hacer con los violadores? ¿Qué castigo crees que habría que aplicarles?

—Yo creo que los violadores —dijo Celso, que parecía no darse por aludido, desviando la respuesta y dando un rodeo— son muchas veces tan víctimas como las personas violadas, es más, en muchos de los casos, eso he leído, los violadores han sido forzados, maltratados o, incluso, violados en su infancia por sus padres, por algún tío o por alguien muy cercano a su familia, y ha sido este hecho el que los ha marcado en su juventud, creando en ellos una determinada personalidad que desemboca o los predispone, a su vez, para ser futuros maltratadores o futuros violadores, pero son también unos seres enfermos, unos seres que necesitan el tratamiento adecuado para recuperarse de esa enfermedad y poder vivir su sexualidad de una manera ordenada.

—Pero ¿eso justifica para ti el que no se los castigue o el que se los indulte?

—No, no quiero decir eso. A los violadores se les debe aplicar la ley. Que ellos hayan sido vejados o violados en su niñez no les da derecho a actuar de la misma manera. Lo que quiero decir es que tan víctimas son para mí unos como otros.

»Nuestra sociedad es perversa y está depravada, y hay muchos delitos que son una mera reacción de los individuos frente a la sociedad. Lo ideal sería no que la sociedad castigara a los delincuentes, como ocurre siempre, sino que hiciera lo posible para que la delincuencia y los delincuentes no existieran. Más que aprobar leyes represivas, la sociedad tendría que aprobar leyes redentoras, y, como te digo, no tener que castigar a los delincuentes, sino eliminar todos los elementos que hacen posible el delito, pero esto no puede existir mientras haya una desigual distribución de la riqueza y mientras las oportunidades en la vida no sean iguales para todos.

—¿Crees que a los delincuentes no se les debería encarcelar?

—Con encerrar a uno que delinque se elimina temporalmente a un delincuente, pero no se erradica el problema de la delincuencia. Si todos los miembros de la sociedad pudiéramos sentirnos iguales, posiblemente no existiría tanta delincuencia, porque el abuso de poder o la falta de él nos lleva muchas veces a extremos inadecuados. Si existiera una sociedad igualitaria, en la que no hubiese una clase poderosa porque todos tuviésemos el mismo poder y en la que la clase política no manipulase ni los intereses sociales ni a los ciudadanos, habríamos eliminado un porcentaje muy alto de posibilidades para cometer cualquier delito; pero la sociedad intenta eliminar los efectos, o castigarlos, y no eliminar las causas, que es lo que los políticos deberían hacer.

Almudena miró el reloj. Estaba muy a gusto con Celso, le entusiasmaba hablar con él y, sobre todo, oír sus respuestas precisas y reflexionadas, pero había perdido ya más tiempo del que disponía, y le dijo:

—Te voy a dejar, Celso. Tengo que marcharme. Se me ha hecho ya muy tarde, y aún tengo algunas cosas que hacer. Seguiremos hablando otro día, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo Celso, y Almudena salió de la celda, entre la mirada observadora de los demás reclusos, que habían advertido cómo, posiblemente, la psicóloga se había sincerado con Celso; y este quedó en su celda envuelto en el hermetismo que habitualmente le caracterizaba.

Las preguntas de Almudena habían sido sobradamente contestadas, aunque lo que ella había entablado con Celso era un diálogo abierto en el que cada uno expresaba su opinión; y las opiniones de los dos, lejos de ser divergentes, coincidían. No había sido, desde luego, un interrogatorio con el que Almudena tratara de intimidarlo para conseguir las respuestas que esperaba o con el que tratara de desmenuzar la personalidad de un violador, perfilando su silueta; y la incipiente, casi neófita psicóloga se marchó después de despedirse cortésmente de Celso. Todavía iban a tener muchos días más por delante para poder conversar, para poder hablar de sus problemas y de la coincidencia o del desacuerdo en sus inquietudes, para sincerarse, y no era cuestión de abarcarlo todo de golpe en el mismo día.

 

 

 

Cuando Celso tenía cinco años su madre falleció. Celso ya no volvió a ser nunca más aquel niño alegre y vivaracho que había sido hasta entonces. El cordón umbilical que le unía a su madre no se había roto tras su nacimiento, porque entre los dos existía una alianza, una complicidad, una fusión mayor de lo habitual. Solo el hecho de ir a llevarlo a la guardería, por ejemplo, o después al colegio, o el ir a recogerlo con una sonrisa era suficiente para que entre madre e hijo se entablara aquella relación que existía.

Su padre era ingeniero, trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas (posteriormente de Fomento), y viajaba a menudo. Muchas semanas las pasaba fuera de Madrid, y aunque siempre volvía el viernes o el sábado con algún obsequio para el pequeño, el niño no sentía por él aquel cariño que profesaba a su madre, así que cuando esta murió se quedó realmente huérfano, huérfano de madre, de cariño y de sentimientos.

Su padre seguía trabajando fuera de Madrid muchos días, pero ya no tenía la prisa de antes por volver a la capital el fin de semana, y había veces que pasaba quince o veinte días sin ver al pequeño Celso, que se quedaba al cuidado de Flora en el amplio piso de la calle Goya, muy cerca del parque del Retiro.

El piso era demasiado grande para los dos solos, y al niño se le antojaba frío, tétrico e indiferente sin su madre. Flora lo cuidaba, lo aseaba, lo llevaba al colegio y lo recogía, y le daba todos los mimos que su padre, dado su trabajo, no podía darle. Era para él como una madre, como la madre que no había sido y que nunca sería; pero no era su madre. Y Celso, que era más avispado de lo habitual para su edad, lo sabía perfectamente, aunque su trato hacia ella no podía ser más cariñoso. A fin de cuentas, cuando su padre no estaba, tenía solo a Flora, entrada en años y en carnes, pero toda humanidad, que no podía ser con el niño más tierna. Aunque fuese solo por egoísmo, Celso debía halagar a quien por él tanto velaba.

Celso había estudiado en los jesuitas, en el colegio Nuestra Señora del Recuerdo, en la plaza Duque de Pastrana, uno de los colegios más prestigiosos de Madrid. Era un niño reservado pero estudioso, tímido y serio pero locuaz en sus respuestas, y sus notas en todo momento fueron brillantes. Siempre le atrajo el arte: el colorido vistoso de los lienzos impresionistas, la fina textura del mármol de las estatuas y la elegante arquitectura de los palacios. Cuando acabó COU empezó Bellas Artes: era la decisión más lógica, pero no duró muchos años en San Fernando, donde pronto empezó a discrepar de la arcaica enseñanza que allí se impartía. No comprendía que se tuviera que estudiar la perfección de la figura y el dibujo realista sin explicar también, de una manera detallada, la magia, la mística, la filosofía y la contemporaneidad del abstracto, aunque quizá esto se explicara más adelante y Celso, que tenía una visión más amplia y más profunda que la que tenían la mayoría de sus compañeros, solo quería anticiparse a ello. Su expulsión se evidenciaba, y se hizo casi necesaria; pero a los veinte años, su inquietud, su instinto perfeccionista y la intuición autodidacta que tenía le habían hecho llegar a poseer más conocimientos —y unas técnicas pictóricas más refinadas— que muchos de los recién licenciados de San Fernando.

Las madrugadas en el penal eran siempre frías, muy frías, y muchos días hasta heladas. La primavera, que ya empezaba a despuntar, no había sido capaz todavía de alejar de la meseta aquella gelidez casi nórdica que a menudo se contemplaba, y el invierno, que había sido demasiado crudo, arrastraba hasta la primavera sus témpanos más vigorosos, como queriendo cautivar a los mortales, informándoles de que su presencia todavía era palpable y no se iba a ocultar de momento, aunque las hojas del calendario le apremiaran. Los carámbanos que se formaban sobre aquellos tejados del penal —inclinados todos en el mismo sentido y grises, como si fueran los paneles que cubrían los pabellones de un complejo de fábricas— parecían estalactitas de una cueva profunda, y chorreaban por la mañana, gota a gota, conforme el sol iba fundiendo su estructura helada. Eran la manifestación hecha figura de ese invierno que se resignaba a dejar de estar presente, queriendo ser, todavía, el centro de atención, el eje de análisis o el punto de mira por el que todos los ojos pasearan su vista.

 

 

 

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