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Con Belarmino y Apolonio (1921) empieza el segundo periodo estilístico de Ramón Pérez de Ayala. En esta etapa abandona el realismo en favor del simbolismo caricaturesco y el lenguaje se recarga con componentes ideológicos propios del ensayo. Belarmino y Apolonio analiza el tema de la duda trascendental en un alma profundamente religiosa. A través de esta obra Ramón Pérez de Ayala nos ofrece la doble perspectiva: filosófica (la de Belarmino) y poética (la de Apolonio) de la vida. La acción de la novela avanza entre digresiones sobre lo dionisíaco y lo apolíneo con enorme valor simbólico. La trama argumental relata la rivalidad entre los dos zapateros que dan nombre a la novela –uno, disparatadamente gongorino; el otro, dramaturgo aficionado–. Estos personajes, más que una ejemplificación de dos teorías contrapuestas, representan diferentes perspectivas para interpretar el pequeño universo en el que se mueven. La humanidad y complejidad de Belarmino y Apolonio es contemplada por el autor con una lente crítica y a la vez humorística. Por demás, el romance quebrado que mantienen la hija del primero, Angustias, y el hijo del segundo, el seminarista Pedro (o Guillén) da para mucho.
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Seitenzahl: 358
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Ramón Pérez de Ayala
Belarmino y Apolonio
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Belarmino y Apolonio.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-434-1.
ISBN rústica: 978-84-9816-271-4.
ISBN ebook: 978-84-9816-270-7.
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Créditos 4
Prólogo. El filósofo de la casas de huéspedes 7
Capítulo I. Don Guillén y la pinta 17
Capítulo II. Rúa Ruera, vista desde dos lados 28
Capítulo III. Belarmino y su hija 36
Capítulo IV. Apolonio y su hijo 62
Capítulo V. El filósofo y el dramaturgo 79
Capítulo VI. El drama y la filosofía 122
Capítulo VII. Pedrito y Angustias 150
Capítulo VIII. Sub specie aeterni 179
Epílogo. El Estudiantón 197
Apéndice. Algunas voces del léxico belarminiano 203
Libros a la carta 207
Don Amaranto de Fraile, a quien conocí hace muchos años en una casa de huéspedes, era, sin duda, un hombre fuera de lo común, no menos por la traza corporal cuanto por su inteligencia, carácter y costumbres. Algún día quizá se me ocurra referir por lo menudo lo que hube de averiguar de su vida, y sobre todo recoger por curiosidad sus doctrinas, opiniones, aforismos y paradojas; de donde pudiera resultar un libro que si no emula las «Memorabilia» en que Jenofonte dejó reverente y filial recuerdo de su maestro Sócrates, será de seguro porque ando yo tan lejos de Jenofonte como don Amaranto se aproximaba, tal cual vez, a Sócrates: un Sócrates de tres pesetas, con principio. Pero todo esto no conviene ahora a mi propósito.
Cuando yo le conocí pasaba ya de los sesenta este varón extraordinario.
Había vivido veinte años en la misma casa de huéspedes, aquella en donde yo di con él, y otros veinticinco en otras muchas casas de huéspedes. Es decir, que se había pasado la vida en casas de huéspedes. La tal casa, en donde al Destino plugo juntarnos pasajeramente, era repugnante de todo punto. Pasé allí solo dos meses, y eso porque la simpatía y deleitoso magisterio de don Amaranto me persuadieron a dilatar mi estada. Su irónica pedantería y pintoresca erudición me encantaban; pero lo que más me movía a venerar a don Amaranto era el hecho de que hubiera permanecido tantos años en semejante alojamiento, soportando como si tal cosa, sin perder de romana en lo físico ni la ecuanimidad interior, privaciones, entrometimientos, escándalos, desaliños, ponzoñas; en suma, un trato miserable y homicida. Y es que había profesado pertenecer a las casas de huéspedes, como a una orden religiosa, y hecho voto de pupilaje perpetuo. Él mismo me lo declaró un día, de sobremesa. Digo de sobremesa, que no de sobrecomida. Un detalle de las sobremesas de aquella casa, es que no había palillos de dientes; no por razones de economía, ni menos por escrúpulos de aseo y urbanidad, como es uso entre anglosajones, los cuales consideran el acto de mondar las rendijas de la dentadura como una necesidad de orden vergonzoso y clandestino, sino porque no había ocasión, y por ende los palillos holgaban. Condumios y viandas eran los primeros harto fluidos y las otras de estructura demasiado coherente y compacta para la herramienta dental humana, de manera que no permanecía residuo alguno entre los dientes.
—En el Ática —me dijo aquel día de sobremesa don Amaranto, ostentando didácticamente un tenedor de peltre, al modo de férula— se iba a buscar la sabiduría al mercado o bajo el pórtico de Júpiter Liberador, donde Sócrates, con palabra ligera y gesto sonriente, parteaba, como avezada comadrona, el alumbramiento de las ideas; al huerto umbrátil de Academo, donde Platón, de hombros anchos y labios melifluos, empollaba en las almas jóvenes los alados anhelos con que volasen de lo sensible a lo absoluto; en el Liceo, donde el seco Estagirita desmontaba en piezas la máquina del mundo, y mostraba sus relaciones, ensambladuras y modo de funcionar. En la Edad Media, los silos del saber de entonces y de lo poco que de la antigüedad aún quedaba fueron los monasterios. Luego, la ciencia se acogió a las universidades. En nuestros días, la mejor universidad, el verdadero convento, el más cumplido liceo, el más poblado huerto de Academo, y el más genuino trasunto del pórtico de Júpiter Liberador y del clásico mercado, todo esto es, amigo mío, la casa de huéspedes española, señaladamente la madrileña. La Naturaleza es un libro, ciertamente; pero es un libro hermético. La casa de huéspedes es un libro abierto. No se necesita sino saber leer, que es bien poca cosa. Ahora, que para morar de por vida en casas de huéspedes, como para profesar en una orden religiosa, necesítase asimismo una cualidad rara, aunque no tan rara entre españoles: vocación ascética. En las casas de huéspedes no cabe dar pábulo ni satisfacción a ningún linaje de voluptuosidad o apetencia de la carne mortal. El español tiene la piel tan recia, las entrañas tan enjutas y los sentidos tan mansuetos, que es ya asceta innato y por predestinación; ninguna aspereza le mortifica y apenas si hay placer sensual que apetezca, como no sea el genésico, y ése en su forma más simple y plena, el cual así considerado, aunque el vulgo ibérico lo denomine amor, y hasta el gran Lope de Vega escribió que no hay otro amor que éste que por voluntad de natura se sacia con el ayuntamiento de los que se desean, no es sino instinto y servidumbre, común a hombres y bestias, con que cumplimos en la propagación de la especie; en tanto el hombre, en sus placeres exclusivos, selecciona por discernimiento, que no por instinto, el objeto o propósito hacia donde se encamina, y perfecciona por educación los medios de alcanzarlo y el arte de gustarlo. Un placer humano, aunque de la más baja jerarquía, es el de la mesa. Los animales comen el alimento en crudo. El hombre hace pasar el alimento por la cocina; lo condimenta, lo sazona, le infunde sabores varios y sutiles. El buey come hierba ahora como en la edad de piedra, y la rumia como entonces, sin haberle añadido complicaciones ni gustos nuevos. En cambio, la ciencia y el arte culinarios son evolutivos y perfectibles; en Maxim, de París, no se come como se comía en las cavernas. Sí, amigo mío; el español es asceta «a nativitate». Por eso en España hay incontable número de conventos y casas de huéspedes, en los cuales se perpetúan bodrios y condumios cavernarios, cuando no se apenca con el alimento en crudo. Cierta vez me propuse acometer una investigación científica de sociología comparada, y aun de etnografía, tomando como tema y punto de arranque las casas de huéspedes en España y en las naciones extranjeras. Después de prolijas experiencias y estudios, llegué a este resultado inconcuso: la casa de huéspedes es una institución típicamente española, algo así como la lidia de reses bravas en coso, el cocido y el cultivo de las verrugas pilosas con fines estéticos. Entre el «boarding-house» inglés, la «pensión de famille», francesa o suiza, la «pensione» italiana, la «pensionshaus» alemana y la casa de huéspedes madrileña, hay tanta semejanza como entre el Támesis, el Sena o el Tíber, de una parte, y de otra el Manzanares; y en este parangón le corresponde el papel de Tíber, Sena o Támesis a la casa de huéspedes, claro está. El «boarding-house» inglés es un pequeño museo de figuras de cera, un número del «Punch», un breve repertorio de caricaturas, ya que los britanos, casi sin excepción, condúcense socialmente con fría y cómica simplicidad y rehuyen efusiones e intimidades. La pensión suiza, una cantina de estación; todos están de paso y ausentes entre sí. La «pensione» italiana, alhóndiga de interjecciones y de lugares comunes artísticos («¿han visto ustedes ya “La Primavera”, de Sandro Boticelli? ¡Ah!», exclama una pintora sueca, de volumen ciclópeo, en tanto ingurgita, con remilgo y primor, cucharadas de «minestrone». «¡Ah!», repite un yanqui de pecho abultado, como palomo buchón, que tiene voz de barítono y está adoctrinándose en el «bell canto», con miras económicas, por ver de ganar tanto como Caruso. «Pues, ¿y los frescos del Giotto? ¡Oh!», interpone una provecta dama rusa, que tiene ante sí un libro de Ruskin, abierto y apoyado sobre una panzuda botella de «Chianti»); vivero de filisteos estetas, de fementidos émulos de Apeles y Fidias y de presuntas estrellas operáticas, que con aullidos y fermatas martirizan al huésped sosegado e inofensivo. La «pensionshaus» alemana, reducido «pandemónium», o sea, lugar consagrado al culto de la democrática Afrodita tudesca, de cadera copiosa y relevado seno. Algunas pensiones familiares francesas justifican, en efecto, su título, mediante ciertas virtudes y todos los defectos de la vida familiar, y conservan la mesa única, la mesa redonda, que en la casa de huéspedes española es de rigor. En todos aquellos hospedajes y albergues forasteros no niego que se aprende algo; pero ese algo es anecdótico, superficial, inconexo, al modo de las monografías de la ciencia experimental. Mas la casa de huéspedes es enciclopedia de las ciencias, es «summa», es biblia. Hace ya no pocos lustros, durante mi noviciado como pupilo de casa de huéspedes, entablé pronta amistad con otro pensionista, estudiante de medicina, quien primero suscitó mi curiosidad hacia los misterios hipocráticos y luego me inició en ellos. Con él asistí a un parto, en San Carlos. Hay dos espectáculos que el hombre debe presenciar alguna vez: uno es la salida del Sol; otro es un parto. El primero nos enseña a respetar la idea de Dios; el segundo, a respetar a la mujer. Creo que la razón de que en los matrimonios españoles no se acate lo debido a la mujer estriba en que es uso entre comadrones y comadronas impeler y aun constreñir al padre a que permanezca fuera del recinto en donde se verifica el doloroso misterio. De esta suerte, el marido ignora por qué la maternidad es sacramento, martirio y santificación. La mujer, advierte San Agustín, «nisi mater, instrumentum voluptatis»; o vemos en ella la madre, o nos rebajamos a tomarla como mero instrumento de voluptuosidad. Cuando sucede esto último y del misterio de la maternidad el hombre no hace cuenta sino de los fugitivos instantes de epilepsia que acompañan a la cópula, al acto de engendrar y concebir, entonces el esposo envilece a la esposa, y ¿cómo ha de respetar aquello que envilece? Prosigo. Estudié bastante tiempo la medicina, libremente y conforme mi arbitrio. Desde aquel punto, siempre he estado suscrito a alguna revista médica. Lo primero es el conocimiento del hombre físico, de la máquina deleznable y complejísima con que sentimos y pensamos. Las ideas, aun las más puras, son evaporaciones biológicas, vahos de la carne efímera; son como las nubes, que parecen nacidas del firmamento y exentas de la grave jurisdicción terrena, no obstante que de la tierra se desprenden y a la tierra tornan, y al volver la fecundan. Merced a otros muchos pensionistas y accidentales compañeros de hospedaje, fui interesándome y adoctrinándome en las varias disciplinas y actividades del saber. En una ocasión cayó por mi misma casa de huéspedes un teutón, aprovechado como todos ellos, que buscaba aprender en vivo y por obra de práctica asidua el castellano. «Tate, pensé; tú aprenderás mi habla, pero yo aprendo la tuya», como así fue. El griego me lo enseñó un opositor a cátedras, y muy rápidamente, con gran sorpresa mía. Abundante copia de opositores a cátedras conocí, que me sirvieron de maestros. Existe en España una rara profesión: la de opositor a cátedras. Hay individuos, talludos ya, y aun valetudinarios, que no son ni han sido otra cosa que opositores a cátedras. Esto se explica porque en España se conceden las cátedras por amistad, parentesco o bandería, antes que por mérito; de donde se aprende más y mejor de los opositores que de los mismos catedráticos. No le fatigaré a usted con la relación meticulosa de lo que he aprendido y me figuro saber. Porque, al cabo, el saber poco o mucho, ¿de qué sirve? Cada ciencia, de por sí, es una abdicación al conocer íntegro, gesto de cansancio, tácita admisión de pequeñez e ignorancia, actitud de obligada humildad. El sabio se ha dejado colocar, como caballo que va de jornada, orejeras a entrambas sienes, por no ver sino lo que tiene delante de las narices. El universo es coordinación de infinitos fenómenos heterogéneos. Cada ciencia, en cambio, se conforma con añascar enteco troje de fenomenillos homogéneos, y obstínase en no admitir que de fuera, aparte, por debajo y por encima de ellos, exista realidad alguna. La edad científica sigue a la edad teológica. Es decir: cuando la humanidad, tras de haber imaginado penetrar el sentido de la vida y la muerte y tener asido el orbe entre las manos, como un niño una pelota, volvió sobre sí y, con maravilla y espanto, descubrió que todo había sido ensueño e ilusión, que la vida no tiene sentido ni el orbe consiente que se le abarque; en aquel trance lastimoso, que fue algo así como una almoneda en donde se desbarató el hogar y menaje de los dioses, algunos individuos remataron a bajo precio tales y cuáles trastos de la almoneda, que, aunque apolillados y claudicantes, todavía duran y se utilizan, y otros individuos, muy contados, más propensos a la desesperanza y al tedio, volviéronse de espaldas al cielo, ya vacío y desalquilado, humillaron los ojos hacia el suelo, y aplicáronse a reunir por semejas hechos minúsculos, no de otra suerte que un desocupado, por pasatiempo o ansia de olvido, se emplea en coleccionar objetos inservibles; y así se fue formando cada una de las ciencias particulares: que no es otra cosa una ciencia sino colección, jamás completa, de sellos usados o cencerros de vaca. Antes, en la edad teológica, el hombre se había acostumbrado a la presencia de lo absoluto en cada realidad relativa; el mundo estaba poblado de mitos; la esencia de los seres flotaba en la superficie, como la niebla matinal sobre los ríos; y el conocimiento íntegro se ofrecía al alcance de la mano, como la frambuesa de los setos. En un árbol, si era laurel, un antiguo veía a Dafne, sentía el contacto invisible de Apolo, y empleaba las hojas para guisar y para coronar los púgiles y los poetas. ¿Qué más necesitaba saber? En la edad científica un solo árbol se multiplica en tantos árboles como ciencias, y ninguno es el árbol verdadero. El botánico le pone un mote; el matemático le da ciertas dimensiones, en relación con la circunferencia del ecuador, ¡atiza!; el arquitecto lo considera como una viga maestra; el ingeniero naval, como una cuaderna o un mástil; el telegrafista, como un poste de telégrafos; el economista, como un valor cotizable; el ingeniero agrónomo, como un orden de cultivo; el médico, como una especie terapéutica; el químico, como una retorta en cuyo seno se efectúan ciertas reacciones; el biólogo, poco menos que como una persona; y así sucesivamente. La mosca tiene la retina tallada en millares de facetas, con que ve lo externo reproducido en millares de imágenes. Leí en un ensayista francés: «¡Quién poseyera la retina de la mosca! ¡Qué formidable panorama de la creación le ha sido otorgado a la mosca y negado al que llamamos rey de la tierra!...» Pues con penetrar un poco en todas las ciencias, así puras como aplicadas, se descompone al punto una imagen en millares de imágenes, como ya he esbozado en el paradigma del árbol. Y la familiaridad con las ciencias y subsecuente visión por miríadas de imágenes se obtiene profesando, por vocación y con fe, en una casa de huéspedes. «La verdadera universidad de nuestros días — asentó Carlyle— es una biblioteca.» Si Carlyle hubiera sido español, habría dicho casa de huéspedes, que no biblioteca. Pero, ya que uno es docto en toda ciencia y mira el objeto en todos sus visos y desde todos los sesgos, ¿es esto saber más, ni siquiera saber algo? Eso es dar vueltas en un tío-vivo, alredor de un objeto. Frontera a mí, en la mesa redonda, come una linda muchacha. Yo cabalgo un paquidermo del tío-vivo imaginario y científico, y me lanzo a observar la hermosa criatura, girando en torno de ella. Comienzo a observarla en un soslayo o escorzo, el fisiológico. Penetro la arcana alquimia que se está operando en su estómago a tiempo que deglute; sé cómo las proteínas, grasas y carbohidratos, almidones y azúcares de los alimentos que delicadamente va introduciendo en el precioso estuche de su boca se truecan al final en tejido orgánico; y no quiero profundizar más en estas observaciones entrañables, porque llegaría a términos lastimosos. Hago un cuarto de rotación sobre el giratorio paquidermo, y ahora observo a la niña desde otra perspectiva: la filológica. Por ciertas voces y matices ortológicos, sé, con certidumbre, que esta muchacha es galaica, y precisamente de Mondoñedo. Como por encantamento, la niña acaba de decir que es de Mondoñedo y nacida en agosto. Mi paquidermo da un bote hacia adelante, y ya estoy en otra línea de observación: la de los horóscopos y astrologías, que es ciencia no por olvidada menos respetable. Esta joven, como nacida en agosto (Napoleón Bonaparte nació en agosto), es apasionada, ardiente, muy proclive a gratificar la Venus, dicharachera, y debe cuidar de los dolores de cabeza (Napoleón no consumó la batalla de Borodino porque aquel día le aquejaba una fluxión nasal). Si yo fuera joven, no seguiría adelante, porque ¿qué vale toda la ciencia ante estos dos hechos tan sencillos: que esta joven es bonita y que se rinde a ciertas proclividades? Pero, puesto que si no senil soy senescente, me sobrepongo a las flaquezas de la carne, completo el giro y examino a la muchacha desde los cuatro puntos cardinales. A la postre, estoy donde estaba. ¿Qué he conseguido saber sobre esta muchacha? Nada. Nada. Nada.
En cambio, si es vecina de mi aposento y a través del frágil tabique la oigo suspirar, reír, llorar, sé que está triste, que goza, que sufre.
Otro día cojo al vuelo una frase; otro, percibo todo un diálogo; otro, hablo con ella y la guío con sutileza a que me confíe algún secretillo; otro, completo lo que ella me haya dicho con lo que otros me comuniquen acerca de ella misma; y así, poco a poco, he llegado a conocerla en puridad, porque he entrado en su drama. Cada vida es un drama de más o menos intensidad. Cada vida es, asimismo, una sombra inconstante y huidera. ¿Recuerda usted la alegoría de la caverna, de Platón? Pues es preciso ir todavía un poco más allá; los que Platón pone aherrojados en la caverna no son cuerpos materiales, sino sombras, pero sombras dramáticas y atormentadas; y lo que sobre el muro ven, sombras de sombras. Eso es una casa de huéspedes: la caverna de las sombras. Por estas penumbrosas estancias circulan sin cesar nuevas sombras y más sombras, vidas y más vidas, dramas y más dramas. Se me dirá que lo mismo sucede en los hoteles, en las calles, en los ferrocarriles, dondequiera que se congregan las gentes. Y es verdad. Solo que en aquellas partes la sombra y el drama pasan sordamente, aisladamente, disimuladamente, sin comunicarse, en tanto en la casa de huéspedes, la obligada familiaridad, que comienza en la mesa redonda, solidariza a esas sombras efímeras y quebranta los sigilos del drama individual. Le digo a usted que, a veces, extendiendo la mirada sobre mis vecinos de mesa, cuyos dramas privativos se me presentan al pronto con escénica plasticidad, y elevándome a seguida, y como que a pesar mío, a contemplarlos filosóficamente, «sub specie aeterni», como sombras inconsistentes y efímeras, me acomete un escalofrío patético, me dan ganas de llorar y soy capaz de tragarme, sin parar atención y como si fuese un plato de natillas, la empedernida chuleta que me han servido. Para elevarse al concepto y la emoción del bosque, o alongarse de él y tomarlo en conjunto, o sumirse dentro de él; en las lindes y a corto trecho, los árboles estorban ver el bosque. Para ascender al concepto y la emoción de la vida, o situarse en el punto de vista de Sirio, como hace el filósofo, o zambullirse, con todas las potencias, en los dramas individuales. El drama y la filosofía son las únicas maneras de conocimiento. Y aquí, en estos cavernosos senos de la casa de huéspedes, están las fuentes del conocimiento. La cuestión es alumbrar el manadero.
A través de las casas de huéspedes ha pasado toda la historia de España del siglo XIX. Sí, señor, sí; la historia de España del siglo XIX es una historia de casa de huéspedes. ¿Qué le vamos a hacer? No crea usted que la historia de las demás naciones cultas en el siglo XIX es muy superior a la nuestra. Aquí y acullá, y en todas partes, la historia del siglo XIX es la historia de la clase media —clase media más rica y culta allá, más miseranda y cerril acá—; la historia de una época de libertad anárquica, la libertad de explotación; torbellino de átomos insensatos e incoherentes; época egoísta y brutal, que pensó suprimir el dolor fingiendo ignorar que lo hubiese, y alardeó de «apreciar» las ideas y la belleza porque las avillanó y sometió «a precio» cotizable en el mercado, como cualquiera otro artículo de comercio; época, en fin, en que el negociante venció y aniquiló al filósofo y al poeta.
Jamás olvidé aquella sesuda y graciosa disertación de don Amaranto sobre las casas de huéspedes. Después de separarme del señor de Fraile, recorrí algunos de estos heteróclitos albergues, hasta que posé definitivamente bajo los hospitalarios Penates de doña Trina, cobijo llevadero por la abundancia, ya que no por la delicadeza de bastimentos, y, sobre todo, lugar ameno, si los había, a causa de la afluencia de gentes de todo estado, edad y condición: sacerdotes, toreros, políticos, tahúres, comerciantes, covachuelistas, militares, estudiantes, labriegos, inventores, pretendientes, petardistas; ingredientes y rebabas del revoltiño social, que allí se mezclaban desde todos los rincones de Iberia. Por sugestión del excelente don Amaranto, me había acostumbrado a tomar las diversas casas de huéspedes, por donde transité, al modo de tiendas, con sus existencias, tal cual abastecidas de dramas individuales, metido cada cual en su paquete y cuidadosamente atados con bramante. No había sino desatar el bramante y desenrollar el paquete. Si aquellas casas eran tiendas de menguado surtido, la de doña Trina destacaba al modo de vasto y rico almacén, con géneros únicos de fabricación única. Verdad que no se podía sacar sino el género; luego se exigía cierta diligencia para darle hechura. En aquel almacén de dramas empaquetados se desenvolvió ante mí, y hube de palparlo, el drama de Arias Limón y sus hermanas, que luego di a la estampa, para entretenimiento de distraídos y ociosos.1 Me rozaron, asimismo, otros muchos dramas, que se han perdido en el río de sombras y es probable que nunca aborden a una orilla. Pero hoy me siento en humor de salvar del olvido un drama semipatético, semiburlesco, de cuyos interesantes elementos una parte me la ofreció el acaso, otra la fui acopiando en años de investigación y perseverante rebusca. Por eso, lo considero casi como obra original mía.
1 «Prometeo. Luz de domingo. La caída de los Limones.» Tres novelas poemáticas de la vida española.
Un Martes Santo, a la comida del mediodía, apareció en la mesa un huésped inédito: un sacerdote prebendado. Si me cruzo en la calle con él, o le hallo frente a frente en un tranvía, o come vecino a mí en una fonda de estación, apenas si me hubiera molestado en resbalar sobre él la mirada. Pero estábamos en la mesa redonda de una casa de huéspedes.
Tenía razón el excelente don Amaranto. No solo yo, todos los demás comensales nos aplicamos a escudriñar, descarados, en nuestro flamante sacerdote, como cumpliendo una obligación. El resistía con indiferencia la curiosidad ambiente.
A los toreros, a los cómicos y a los curas no les desazona la curiosidad ni les desconcierta la mirada fija, como habituados a ser foco de la atención en el ruedo, la escena y el púlpito.
He dicho más arriba nuestro flamante sacerdote, y no hay adjetivo que mejor le cuadrase. Parecía un santo de cartón piedra, recién salido de los moldes y acabadito de pintar. La sotana de merino lustroso, como barnizado; el vivo del alzacuello, una pinceladita de morado ardiente, casi carmín; el afeitado de bigote y barba, color violeta y azulenco pálidos; el resto del rostro, rojo vehemente y bruñido; los ojos, profundos y negros. No tendría arriba de los cuarenta años, si llegaba.
Superada esta primera e insulsa impresión de santito alfeñicado, de la fisonomía del sacerdote emanaba un no sé qué de personal y sugestivo.
El rojo de sus mejillas era patológico; debía de padecer del corazón.
Como era guapito y harto joven para la dignidad eclesiástica que ostentaba, quizás algún malicioso presumiese que la había alcanzado mediante el favor de las omnipotentes faldas. Pero, de otro lado, nada se insinuaba en él que trascendiese a «homme aux femmes» ni a Periquito entre ellas. No delataba el aplomo del cura conquistador ni el hipócrita y meloso encogimiento del curilla faldero. Si acaso el favor de las damas le había encumbrado, sería, probablemente, sin él haberlo buscado con singular empeño. Así cavilaba yo, entre la sopa y el cocido.
Doña Emerenciana, una viuda vejancona que, a falta de galanes más lucidos, se pasaba la vida persiguiendo a Fidel, el mozo de comedor, veíase que se despepitaba con la proximidad del canónigo, y fue la primera en dirigirle la palabra:
—¿Verdad que en este Madrid hace demasiado calor, y eso que estamos todavía en abril? Usted vendrá de sitio más fresco, don... ¿cómo se llama usted?
—Me llamo Pedro, Lope, Francisco, Guillén, Eurípides; a elegir —dijo con voz robusta, de timbre grato; llana, atrayente sonrisa.
Todos hicimos eco a su sonrisa, menos la vieja, que no acertaba a decidir si la respuesta era en serio o en chanza.
—¡Qué chistosísimo! —exclamó, optando por la chanza.
—No, señora; no es chiste —replicó el sacerdote.
—Pero, ¿Eurípides es nombre cristiano? Si lo es, vendrá de la provincia de Palencia, que es donde ponen los nombres más estrambóticos.
—No, señora; no es nombre cristiano. Pero se conoce que el cura que me bautizó no se había enterado. Si a mí me canonizan, entonces habrá un San Eurípides: el primero.
—¡Qué chistosísimo! Pues ya tiene usted bastantes nombres, gracias a Dios.
—Caprichos de mi padre, que era autor dramático y zapatero, o zapatero y autor dramático, según el orden de prelación que usted prefiera. Todos mis nombres lo son también de famosos dramaturgos de otros tiempos: Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Rojas Zorrilla...
—De ese Zorrilla, autor del «Tenorio», algo oí hablar cuando era niña —interrumpió doña Emerenciana.
—Guillén de Castro —prosiguió el canónigo, sonriendo siempre—, Eurípides... Y como sobrevino una pausa, doña Emerenciana saltó:
—¿Eurípides qué?
—Eurípides López y Rodríguez —respondió el canónigo, con espetada sorna esta vez.
—Se ve que era de familia humilde —comentó doña Emerenciana—. Y bien, ¿con cuál de los nombres hemos de llamarle?
—Unos me llaman por uno, otros por otro. Use usted el que prefiera.
—Pues prefiero don Guillén.
—Es el que suelen preferir las señoras —dijo don Guillén, con dejo satírico.
—Por mi parte, si usted me lo permite, le designaré como señor Eurípides; me sabe a república —entró a decir don Celedonio de Obeso, ateo declarado y republicano agresivo; en el fondo, un pedazo de pan, un zoquete.
En la mesa de casa de doña Trina no podía faltar un republicano acreditado. Este don Celedonio era sucesor de aquel jefe del partido republicano de Tarazona, ciudadano de gran desparpajo y barba bipartita, como ubre de cabra.
—Como usted guste —respondió don Guillén espontáneamente.
Antes de concluir la comida, don Guillén se había granjeado la confianza y la simpatía de todos; y a tal extremo llegó la confianza, que don Celedonio se atrevió a dispararle a boca de jarro esta pregunta:
—¿Cree usted en Dios?
—¿Cree usted en la república? —interrogó a su vez don Guillén, sin inmutarse.
—Como republicano que soy.
—Yo, como sacerdote que soy, soy creyente.
—Ninguna persona inteligente cree en Dios.
—Yo he conocido personas inteligentes que me decían: «Ninguna persona inteligente cree en la república.»
—Pues los cristianos primitivos —dijo el señor De Obeso, rebajando el tono y batiéndose en retirada— eran republicanos.
—Eran más; eran anarquistas. Pero, en fin, así como aquellos cristianos, partiendo de la idea de Dios, llegaron a la de república, bien puede usted tomar el viaje de vuelta, y, partiendo de la idea de república, llegar a la de Dios.
—Para ese viaje no necesito alforjas —concluyó don Celedonio; y don Guillén le rió cordialmente la gracia.
Es de advertir que durante el diálogo anterior don Guillén no había puesto en sus réplicas acritud, ni fuego polémico, ni aire de desdén.
Con esto, nuestra simpatía hacia él se robusteció. Al salir del comedor, don Celedonio murmuró a mi oído:
—Es un tío juncal. Así me gustan a mí los presbíteros.
Después de la comida, supe que don Guillén era lectoral en la catedral de Castroforte, y que venía a predicar los sermones de Semana Santa en la capilla del Palacio Real. De seguro era un pico de oro.
El hospedaje de doña Trina lo patronizaban tantos pupilos y huéspedes flotantes, que no bastando para contenerlos el amplio y profundo piso de la calle de Hortaleza, como si dijéramos la metrópoli hospederil, la señora había alquilado otros cuartos, al modo de colonias, en los aledaños y calles contiguas, uno de ellos en la calle de la reina, que es donde yo tenía mis aposentos. Apunto este pormenor para dar a entender que quienes se alojaban en las colonias gozaban consiguientemente de mayor libertad, especialmente de noche, que los de la metrópoli. En las horas nocturnas, tales calles y callejuelas eran por aquellos tiempos lonja de contratación pública de mercenarios deleites y lugar asiduo de feas prostitutas y chulos marchosos. Antes de llegar a mi vivienda era fuerza que atravesase por entre el multitudinoso ejército de ocupación, recibiendo continuos dardos meretricios y padeciendo asechanzas y requerimientos, así orales como de hecho, puesto que alguna se asía de mi brazo; de manera que, por zafarme de estorbos y reponerme de la fatiga, solía yo algunas veces acogerme a un cafetín, que era donde las individuas vivaqueaban, y allí convidaba a las que más me atosigaban, con que las dejaba mansas, nutridas y satisfechas. Como me inspiraban dolor y lástima, las trataba siempre con benignidad. Convengo en que la prostitución es una grande y hedionda úlcera. Pero, ¿qué culpa tiene la úlcera por pertenecer a un cuerpo corrompido, cuyo es manifestación franca y fatal resultado? Donde todo está prostituido, la prostitución femenina casi es loable, porque es un síntoma claro. Con frecuencia, y ya que estaban apaciguadas, dilatábame largo rato en el cafetín departiendo con las desdichadas, y del coloquio extraía provecho espiritual, puesto que la compasión, a que me movían, es un depurativo del alma; y también observaba los tipos, casi todos estrafalarios, que concurrían en el antro. Atrajo desde el principio mi curiosidad una mujer agraciada, paciente, trigueña, sin adobos ni rosicleres como las otras, que estaba siempre sola e inmóvil en un ángulo, ante sí un vaso de recuelo, que jamás se llevaba a la boca. Se parecía a una virgen de Rafael, algo ajada. Como una noche la mirase largamente, la Piernavieja, la unidad más alharaquienta y ofensiva del ejército de ocupación, conocida por aquel remoquete a causa de renquear un poco, me dijo:
—¿Qué miras; aquella panoli? Es Angustias, la Pinta. Está con el Tirabeque, un golfo y fullero, que la tiene aquí hasta que pasa a recogerla de madrugada.
—Convídala a que venga y tome algo —dije a la Piernavieja.
—¡Eh! —gritó la Renca—. Tú, la Pinta, que este señorito te convida. La Pinta, ruborizada, se excusó. La Piernavieja insistió en balde.
—Y eso de la Pinta, ¿es mote? —pregunté.
—Quia; es su verdadero nombre. Se llama así, Angustias Pinto. También es capricho conservar la filiación natural en este negocio. Es una simple que no sirve «pal» caso.
Poco a poco y noche tras noche fui entablando amistad con la Pinta. Era una mujer dulce, triste y reconcentrada, o, según el tecnicismo de la Piernavieja, una simple que no servía «pal» caso. Apenas se comunicaba.
Una noche me dijo que tenía poco más de treinta años; aparentaba menos de treinta. Otra me declaró el lugar de su nacimiento: la ciudad de Pilares. La noche —bien lo recuerdo— de aquel Martes Santo en que el canónigo encendido y campechano surgió en la casa de huéspedes, la Pinta se mostró sobremanera comunicativa.
—Mi padre era zapatero y otra cosa, que él decía filósofo bilateral.
Como he oído, siendo niña, estas palabrejas tantas veces, no se me han borrado de la memoria. Los profesores de la Universidad venían a oírle al cuchitril en donde vivíamos. Mi madre, que tenía mal carácter, decía que mi padre era un zángano, y que los que venían a oírle le tomaban el pelo. Pero mi padre es un santo.
Involuntariamente pensé en don Pedro, Guillén, Eurípides, hijo de un zapatero y autor dramático. Prosiguió la Pinta:
—A mí me perdió un cura —estaba con la cabeza baja y el pensamiento en lejanía.
—¡Pillo! —murmuré, a pesar mío.
—No, no era un pillo —corrigió la Pinta, volviéndose a mirarme con gesto dolido—. No era cura todavía; seminarista nada más. Quería casarse conmigo. Nos escapamos. El padre de él le cogió. Mi madre no quiso admitirme en casa. Después, claro está... Estoy segura que mi novio sigue queriéndome. La cosa fue, ¿sabe usted?, que su padre no podía ver a mi familia. ¿Qué habrá sido de Perico?
—¿Se llama Perico?
—Sí, Perico Caramanzana. ¡Y qué bien le iba el nombre! Tenía la cara fresca, coloradina y alegre, como una manzana.
—¿Por eso le decían Caramanzana?
—Es su verdadero apellido. El padre se llamaba Apolonio Caramanzana. Le habrá oído usted mentar. ¡Ah!, era el mejor zapatero de España. Iban a hacerse el calzado con él hasta los señores de Bilbao y de Barcelona.
Además, componía dramas.
Aquella noche salí bastante preocupado del cafetín. Me acosté y tardé en dormirme. Oí en la habitación de al lado un carraspeo seguido de un poderoso suspiro. Era la voz de don Guillén. Se me ocurrió una idea diabólica: «Si yo mañana por la noche trajese a la Pinta y la hiciese entrar en la habitación de don Guillén». Me dormí dando vueltas a aquella idea.
Al día siguiente, día de vigilia, don Guillén no se sentó a la mesa.
—¿Qué le sucede al señor Caramanzana? —inquirió la viuda vejancona, que ya se había enterado del apellido del canónigo.
—No come hoy, porque está algo delicado del estómago —respondió Fidel—. ¿No vio usted el color arrebatado que tiene?
—Será pirosis —entró a decir don Celedonio—. Todo el clero y las órdenes regulares padecen de pirosis, a causa del abuso de las comidas suculentas y de las bebidas alcohólicas.
—Calle usted, herejote —amonestó doña Emerenciana, amenazando con el abanico.
—Y a propósito, Fidel; no habrás olvidado mi encarguito. Le habrás dicho a la señora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de la vigilia, y en estos santos días de Semana Santa quiero comer carne y pescado. Yo promiscuo, o promiscúo, que no sé a ciencia cierta cómo se pronuncia —dijo don Celedonio.
—¡Jesús, María y José! ¡Qué Judas Iscariote! Más vale que don Guillén no haya acudido a la mesa, porque le abochornaría esa abominación.
A todo esto, Fidel, el mozo, se reía cazurramente.
Terminada la comida, salí de la metrópoli y me encaminé a mi colonia.
Como cosa de veinte pasos delante de mí iba Fidel, conduciendo una gran bandeja, cubierta con un mantelillo. Nos juntamos en el pasillo adonde daba mi habitación.
—Psss... —bisbiseó Fidel, requiriéndome con cabezadas a que me acercase más—. Levante usted el mantelillo.
Levanté una punta. Descubrí abundancia de guisos y viandas, entre otras, un opulento trozo de «roastbeef».
—Es la comida de don Guillén —indicó el camarero—. Si no promiscua, o promiscúa, que yo tampoco sé cómo se pronuncia, al menos come de carne.
En esto, se abrió la puerta de don Guillén, y él mismo, en persona, destacó por oscuro sobre el cuadro de grisácea luz, sorprendiéndome en vergonzosa y vergonzante fisgonería. Estaba vestido de paisano, revuelta la pelambre, que, embebiendo el claror, le hacía halo en torno a la cabeza. Llevaba zapatillas de marroquín rojo. Estos dos pormenores me hirieron como notas agudas en los segundos de suspensión y silencio a que nos indujo la sorpresa: la aureola radiante y los pies sangrientos.
—Pasen ustedes; pase usted —particularizó, dirigiéndose a mí. Obedecí, no recobrado aún de la sensación humillante—. Siéntese usted —me instó.
Quise disculparme y salir. El canónigo añadió, con tono que yo interpreté como implorante:
—¿No me concederá usted el favor, si se lo ruego, de hacerme un poco de compañía?
La súplica y el acento me repusieron en mi equilibrio habitual. Me senté junto a una mesa con unos libros, unos papeles, unas cachimbas, unos lentes, y presidiendo todos aquellos utensilios y accesorios de la faena intelectual, encerrado en un marquito de plata repujada, como relicario, una fotografía de mujer, que me incliné a mirar discretamente. Parecía una virgen niña de Rafael, de las de su época umbriana.
—Pon aquí la comida, Fidel. ¿Has traído vino? Llévatelo. Tengo yo vino algo mejor —y torciendo la cabeza hacia mi lado—: ¿Qué mira usted, el marco? Es un relicario del siglo XV, una joya.
—No; miraba el retrato.
—Es una hermana mía que desapareció.
—¿Que desapareció?
—Que se perdió en la sombra.
—¡Ah! Se murió... —indiqué de manera dubitativa, empujándole a que se clarease.
—Hace algunos años —y después de una pausa—: Tomará usted una copita de coñac.
Sacó una botella de coñac viejo y otra de bon vino, de un maletín de piel de cerdo, elegante prenda de mundano antes que de clérigo. Se sentó a comer. Cuanto más le miraba, menos me parecía un cura y más un hombre de mundo.
—Por obra del acaso —dijo, a tiempo que comía despacio—, me ha sorprendido usted en mi intimidad de hombre. Si hace unos momentos, al hallarle a usted...
—Fisgando —interrumpí—; pero a instancias del mozo, y sin presumir de qué se trataba.
—¿Qué importa? Digo que si entonces me hubiera retirado, creería usted que yo era un cura sinvergüenza y falsario. Yo no podía dejarle ir sin ofrecerle alguna explicación.
—Yo era el que debía...
—Usted, ¿por qué? Usted, a lo sumo, incurría en un exceso de curiosidad. Yo, en opinión de las personas timoratas, estoy cometiendo un grave pecado.
—Yo no soy timorato.
—Pero debo darle una explicación. Así como en el Estado hay delitos artificiales, en la Iglesia hay pecados artificiales. Son delitos y pecados artificiales los actos que no lastiman ni menoscaban la justicia o el dogma (ejes, respectivamente, del Estado y de la Iglesia), pero que contravienen y desobedecen ciertas disposiciones disciplinarias, accidentales, pasajeras. Una de esas disposiciones pasajeras es la obligación de comer de vigilia cuatro días de la Semana Santa. Quizá al Papa actual, o al que le suceda, se le ocurrirá amenguar, tal vez suprimir, esta obligación. El Estado es una comunidad material que se mantiene por la mutua conveniencia, y la Iglesia una comunidad espiritual que se sustenta por el mutuo amor. Por lo tanto, el espíritu de disciplina de la Iglesia es de naturaleza distinta del espíritu de disciplina del Estado. En el Estado, el espíritu de disciplina pertenece al orden de los sentimientos interesados, pues sin disciplina no cabe conveniencia mutua. En la Iglesia, el espíritu de disciplina se engendra en el ámbito de los afectos generosos; es la voluntad de sacrificio. No de otra suerte que los amantes, por certificarse del amor recíproco, ponen el amor del otro a prueba, por medio de ordenamientos y exigencias caprichosas, por aquello de que obedecer es amar, así la Iglesia impone a sus fieles algunas obligaciones disciplinarias, por espolear a los tibios a que ejerciten y muestren el amor. Para las personas de bien afirmada fe y claro sentido, sean clérigos, sean seglares, huelgan estas obligaciones disciplinarias; lo esencial es el dogma. El Estado concede de buen grado la libertad de ideas (el pensamiento no delinque), pero no transige con la libertad de acciones, porque romperían la disciplina. La Iglesia es intransigente en materia de ideas y tolerante en materia de acciones: solo el pensamiento peca.
Todos los pecados, por monstruosos que sean, reciben absolución en el confesonario; pero la más mínima duda del confeso en materia de fe nos impide absolverlo. Ahora bien: como todo esto es de sentido común, debe permanecer en secreto para los que no tienen sentido común, sean clérigos, sean seglares.
¿Comprende usted?
—Comprendo, comprendo —asentí. Y, en efecto, había comprendido lo que me había dicho, nada difícil de comprender; pero a él no le comprendía.
¿Qué era aquel hombre que ante mí estaba, deglutiendo y raciocinando al propio tiempo, masticando y discurriendo, con tanta frialdad, escrúpulo y elegancia, vestido como un hombre de sociedad, sin una insinuación sensible del estado eclesiástico a que pertenecía, y que, de vez en vez, según hablaba, se asía con la mirada al retrato de una mujer a quien él mismo había empujado a la anónima sima prostibularia? ¿Qué era aquel hombre? ¿Un hedonista? ¿Un incrédulo? ¿Un hipócrita y un sofista, para consigo mismo y los demás? ¿Un desengañado? ¿Un atormentado? Lo que menos me interesaba era la explicación que me había ofrecido. ¿Qué se me daba a mí si comía de vigilia o dejaba de comer de vigilia?
Como si por un raro don de receptividad inmediata, frecuente en los duólogos íntimos e intensos, don Guillén hubiera trasegado en su cabeza mi pensamiento, dijo:
—Lo de menos, para usted, es si yo guardo la vigilia o no. Lo importante es que usted, por obra del acaso, ya se lo he dicho antes, me ha sorprendido en mi intimidad de hombre. Todos, frailes, curas y magnates eclesiásticos, por debajo de la estameña, el merino y la púrpura, escondemos un hombre. «Homo sum», digo con el pagano.
Y yo volví a verle, en mi imaginación, con la aureola radiante y los pies enrojecidos.
—Me ha sorprendido usted despojado de mi ministerio. No como ministro del señor, sino como criatura del señor, cuitada e imperfecta como todas ellas. Dentro de unas horas, hablaré ante el rey, mejor dicho, sobre el rey; no varios palmos, los que se alce el púlpito, sobre la testa coronada y ungida, sino infinitos palmos, porque represento la conciencia indeleble y eterna, que está a inaccesible altura por encima de tronos, cetros y soberanías. Pero aquí, en este triste cuartucho y frente a usted, no puedo incorporar la voz de la conciencia, sino que soy una pobre concavidad sombría en donde la voz de la conciencia hace eco.
Aquello se iba poniendo serio. No sabiendo qué decir, permanecí con la cabeza gacha y los ojos fijos en un punto, que por ventura resultó ser el retrato del relicario.
—¿Le gusta el marco? —preguntó don Guillén.
—Miraba el retrato. Conozco a esa mujer —afirmé en seco. Don Guillen no se conturbó.
—Está usted equivocado —dijo—. Será otra fisonomía semejante la que usted conoce. A esa mujer no la puede conocer usted. Ya le dije que es mi hermana y que no existe —y subrayó la palabra hermana y el verbo existir.
