Belleza Negra - Anna Sewell - E-Book

Belleza Negra E-Book

Anna Sewell

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Beschreibung

Belleza Negra: Azabache es una novela profundamente conmovedora que narra la vida de un majestuoso caballo de pelaje azabache, cuyas vicisitudes sirven para ilustrar la compleja relación entre los animales y los seres humanos. Ambientada en la Inglaterra del siglo XIX, la historia se cuenta desde la perspectiva del propio caballo, lo que ofrece un enfoque único y cercano a sus sentimientos, temores y anhelos. A lo largo de la trama, Belleza Negra pasa por diferentes manos y entornos, experimentando tanto la bondad como la crueldad de las personas que lo cuidan, montan o comercian con él. Estas experiencias revelan no solo la fuerza y la gracia natural de los caballos, sino también la fragilidad que los hace depender en gran medida de la compasión humana. El tema principal de esta obra gira en torno a la empatía y el respeto hacia los animales, resaltando la importancia de un trato digno y responsable. Mediante descripciones detalladas de situaciones cotidianas, el lector puede apreciar la ternura y sensibilidad de Belleza Negra, reconociendo lo crucial que es proteger el bienestar de los seres que nos rodean. Con su mensaje universal y trascendental, Belleza Negra: Azabache ha dejado una huella profunda en la literatura, invitando a reflexionar sobre el poder que tenemos de transformar, para bien o para mal, la vida de aquellos que dependen de nosotros.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Anna Sewell

Belleza Negra

Azabache
 
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Inhaltsverzeichnis

PARTE PRIMERA
I. MI PRIMER HOGAR
II. LA CACERÍA
III. MI DOMA
IV. EL PARQUE DE BUENAVISTA
V. JENGIBRE
VI. ALEGRÍA
VII. UN RATO DE CONVERSACIÓN EN LA HUERTA
VIII. SUCESOS VARIOS
IX. JAIME DURANGO
X. JOSÉ CONTRERAS
XI. LA PARTIDA
PARTE SEGUNDA
XII. LA CASA DEL CONDE
XIII. PASCUAL BUITRAGO
XIV. ARRUINADO Y CUESTA ABAJO
XV. EL CABALLO DE ALQUILER Y EL DE CAMPO
XVI. UN LADRÓN
XVII. UN FARSANTE
PARTE TERCERA
XVIII. UNA FERIA DE CABALLOS
XIX. UN COCHE DE ALQUILER EN LONDRES
XX. UN VIEJO CABALLO DE GUERRA
XXI. PEDRO SEGOVIA
XXII. ¡POBRE JENGIBRE!
XXIII. EL CARNICERO
XXIV. LA ELECCIÓN
XXV. EL VIEJO CAPITÁN Y SU SUCESOR
XXVI. EL AÑO NUEVO DE PERICO
PARTE CUARTA
XXVII. BLAS Y LA SEÑORA
XXVIII. TIEMPOS DUROS
XXIX. EL SEÑOR VALLADARES Y SU NIETO
XXX. MI ÚLTIMO HOGAR

PARTE PRIMERA

Inhaltsverzeichnis

I. MI PRIMER HOGAR

Inhaltsverzeichnis

El primer sitio que puedo recordar distintamente, era una extensa y deliciosa pradera en la que había una pequeña laguna de aguas cristalinas, rodeada de árboles frondosos, y á cuya orilla crecían esbeltos juncos y azulados lirios. A un extremo de la pradera, y detrás de la cerca, se veía el campo labrado, y al otro, el portillo que conducía á la casa de nuestro amo, la cual daba frente á un camino inmediato. No lejos de la laguna había una arboleda de pinos, por cuyo centro cruzaba un arroyo entre pendientes y escarpadas orillas.

Durante mi tierna infancia, y mientras no podía aún comer hierba, mi madre no tenía otra obligación que amamantarme. Corría yo á su lado durante el día, y por la noche me acurrucaba tan cerca de ella como podía, para dormir.

En los días calurosos nuestro sitio eran las inmediaciones del agua, á la sombra de los árboles, y si hacía frío ó llovía nos guarecíamos bajo un cobertizo que había cerca de la arboleda de pinos.

Tan luego como fuí capaz de comer hierba, mi madre iba á trabajar durante el día y regresaba por la noche.

Había en la pradera otros seis potros, todos mayores que yo, y algunos casi tan grandes como caballos. Yo corría con ellos, lo cual constituía mi mayor delicia; galopábamos todos juntos por la llanura, sucediendo á veces que el juego solía traspasar los límites de lo razonable, pues mis compañeros, con frecuencia mordían y daban coces á la par que galopaban.

Cierto día que nos hallábamos en uno de estos ejercicios, y que las coces menudeaban más que de costumbre, mi madre me llamó á su lado con un relincho, y me dijo:

—Quiero que prestes atención á lo que te voy á decir: esos potros con quienes te reunes son unos buenos potros, pero, como destinados al tiro de carros, carecen de buenos modales. Tu nacimiento y educación son diferentes; el nombre de tu padre es conocido en todas partes; tu abuelo ganó la copa de oro dos años en las carreras de los Campos Elíseos; tu abuela tenía el carácter más dulce que caballo alguno puede tener; y en cuanto á mí, creo que nunca me has visto morder ni tirar coces. Espero de ti que harás honor á tu raza, siendo manso y bueno y no aprendiendo feas maneras; cumple siempre tus obligaciones con buena voluntad, levanta bien los pies cuando trotes, y no muerdas ni cocees, ni aun jugando.

Nunca he olvidado el consejo de mi madre, que yo sabía era muy buena é inteligente, y que gozaba por lo mismo de gran cariño por parte de nuestro amo. Su nombre era Duquesa, pero aquél solía casi siempre llamarle Chiquita.

Nuestro amo era un excelente y bondadoso hombre. Nos daba buen alimento, buen alojamiento, y nos hablaba con el mismo cariño que á sus pequeños hijos. Todos lo queríamos por lo tanto, y mi madre particularmente. Cuando ella lo veía cruzar la puerta del cercado, relinchaba de placer y corría á su encuentro; él la acariciaba y le decía: «Bueno, Chiquita, ¿cómo está tu pequeño Negrito?» Mi pelo era negro, y por eso él me llamaba así. Solía darme entonces un pedazo de pan, que me gustaba mucho, y á mi madre una zanahoria. Todos los caballos se le acercaban, pero yo creo que nosotros éramos sus predilectos. Mi madre era la que lo conducía al pueblo en un ligero tílburi todos los días de mercado.

En la granja había un muchacho trabajador, llamado Guillermo, que algunas veces venía á nuestra pradera á coger zarzamoras en las cercas, y que, cuando se hartaba de comer cuantas tenía por conveniente, solía proceder á lo que él llamaba tener un rato de gusto con los potros, arrojándonos piedras y palos para hacernos galopar. No nos importaba mucho aquello, puesto que podíamos correr hasta ponernos lejos de él; pero era el caso que á veces nos alcanzaba alguna de las piedras y no nos hacía ningún provecho.

Un día que Guillermo se hallaba entregado á aquella diversión, muy ajeno de sospechar que el amo lo estaba observando desde el otro lado de la cerca, sucedió que éste la brincó rápidamente, y acercándosele sin ser visto, le administró tan solemne bofetón entre una oreja y el pescuezo, que le hizo dar un grito de dolor y de sorpresa. Nosotros nos aproximamos para ver en qué paraba aquello.

—No te da vergüenza, pícaro —le dijo,— entretenerte en mortificar á estos animales? No es la primera, ni la segunda vez, pero te prometo que será la última; toma tu cuenta y lárgate, pues no quiero verte más en la granja. Y en efecto, nunca más volvimos á ver á Guillermo.

El viejo Daniel, que era el mozo que tenía á su cargo el cuidado de los caballos, era tan bondadoso, como el amo, de modo que no teníamos nada que pedir.

II. LA CACERÍA

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Antes de haber cumplido los dos años, presencié una cosa que nunca he podido olvidar. Era una mañana de primavera, había helado un poco durante la noche anterior, y una ligera niebla envolvía los árboles y se dilataba por la pradera. Yo me hallaba con los otros potros, pastando en la parte baja de la campiña, cuando oímos á lo lejos un ruido que parecía el ladrido de perros. El más viejo de los potros levantó la cabeza, enderezó las orejas y dijo:

—¡Ahí están los galgos!— é inmediatamente galopó, seguido de todos nosotros, en dirección á la parte alta del cercado, desde donde podíamos divisar una larga distancia. Mi madre y un viejo caballo de silla se hallaban allí, y parecía que sabían lo que era aquello.

—Han levantado una liebre-dijo mi madre. — y si toman esta dirección podremos ver la cacería.

A los pocos minutos, una traílla de perros corría como una exhalación por sobre un campo de tierno trigo, inmediato á nuestro cercado. En mi vida había oído un ruido semejante. No ladraban, ni aullaban, ni se quejaban, sino que gritaban todos á la vez ¡yo! ¡yo... o... o...! ¡yo... o... o...!, con toda la fuerza de sus pulmones. Detrás de ellos venía un pelotón de hombres á caballo, algunos con chaquetas verdes, corriendo con tanta velocidad como los perros. El viejo caballo dió un resoplido, siguiéndolos anhelosamente con la vista; nosotros los potros hubiéramos deseado correr con ellos, y en breves momentos se precipitaron en la parte baja del terreno. Me pareció como que había sucedido algo extraordinario; la gritería de los perros cesó, y todos se desparramaron, con las narices pegadas al suelo.

—Han perdido el rastro-dijo el caballo,— y tal vez la liebre logre escaparse.

—¿Qué liebre?— pregunté yo.

—¡Oh! no sé cuál será; lo probable es que sea una de las nuestras, que se crían en el pinar; cualquiera que se ponga al alcance de la vista de los perros es perseguida por ellos y por sus amos.

Al poco rato oímos de nuevo los gritos ¡yo! ¡yo... o... o...!, y el tropel volvía á toda velocidad en dirección á nuestra pradera, precisamente por la parte donde eran más altas las orillas de la vertiente del arroyo.

—Ahora vamos á ver la liebre— dijo mi madre; y no bien había acabado de pronunciar estas palabras, la vimos cruzar como un relámpago, toda asustada, buscando refugio en el pinar. Detrás venían los perros, y al llegar á la orilla del arroyo, una y otros lo saltaron, continuando su vertiginosa, carrera, á través de los sembrados, y seguidos por los cazadores. Seis ú ocho de éstos habían hecho á sus caballos brincar el arroyo inmediatamente detrás de los perros. La liebre trató de cruzar la cerca de nuestra pradera, pero era demasiado espesa, y no encontrando paso, volvió en redondo para tomar la dirección del camino. Era ya tarde para ella; los perros la seguían muy de cerca con sus feroces gritos; oímos de pronto un chillido agudo, y todo acabó. Uno de los cazadores espantó con el látigo á los perros, que pronto hubieran hecho mil pedazos á la pobre liebre, la levantó por una pierna, toda lacerada y sangrando, y todos aquellos caballeros dieron muestras de la mayor complacencia.

Yo estaba tan sorprendido, que por el pronto no vi lo que había pasado en el arroyo; pero cuando miré allí vi un espectáculo bien triste. Dos hermosos caballos yacían tendidos en el fondo, el uno luchando con la corriente, y el otro tendido en la hierba, gimiendo lastimosamente. Uno de los jinetes salía del agua cubierto de lodo, mientras el otro yacía inmóvil.

—Se ha desnucado— dijo mi madre.

—Y lo tiene merecido— añadió uno de los potros.

Yo pensé lo mismo; pero mi madre era, al parecer, de diferente opinión.

—No, hijos míos-dijo,— no digan ustedes eso, por más que, aunque soy vieja y he visto y oído mucho en este mundo, nunca he podido explicarme el placer de los hombres en esa clase de diversiones, en la que unas veces se lastiman ellos, y otras mutilizan hermosos caballos, y destruyen los sembrados, todo por una liebre, ó una zorra, ó un ciervo, que con tanta facilidad podrían adquirir de otro modo; pero nosotros somos caballos, y no entendemos de eso.

Mientras mi madre hablaba, todos mirábamos con atención á lo que estaba pasando. Muchos de los jinetes habían corrido adonde se hallaba el que yacía tendido en el suelo, pero nuestro amo, que lo había presenciado todo, fué el primero en llegar y levantarlo. Su cabeza estaba caída hacia atrás, los brazos le colgaban, y todos los que lo rodeaban parecían muy serios. No se oía entonces el menor ruido; hasta los perros estaban silenciosos, como si comprendiesen que algo grave sucedía. El pobre cazador fué conducido á la casa de nuestro amo. Después oí decir que era Jorge Gordon, hijo único del caballero del mismo apellido, joven hermoso, y orgullo de su familia.

Empezaron entonces las carreras en todas direcciones, unos á llamar un doctor, otros en busca del veterinario, y otros, sin duda, á decirle al caballero Gordon lo que había ocurrido á su infortunado hijo. Cuando llegó el veterinario se dirigió adonde estaba el caballo tendido en la hierba, y después de reconocerlo minuciosamente, movió la cabeza como en señal de desagrado. Un criado fué entonces á casa de nuestro amo, volviendo con una pistola en la mano; al poco rato se oyó una detonación y un lastimero grito, y todo quedó tranquilo; el caballo no se movió más.

Mi madre pareció muy conturbada; dijo que conocía á aquel caballo, que su nombre era Favorito, y que era un excelente animal, sin resabio alguno. Nunca más volvió mi madre á aquella parte del cercado.

Algunos días después, oímos las campanas de la iglesia que tocaban tristemente; y mirando á través del portillo vimos un extraño carruaje negro, todo enlutado, y tirado por caballos negros también; detrás de él iban otros varios, todos enlutados, mientras las campanas seguían tocando. Conducían al cementerio al pobre joven Gordon, que nunca más volvería á montar á caballo. ¡Lo que hicieron con Favorito nunca lo supe; y todo por una triste liebre!

III. MI DOMA

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Empezaba yo á ser un hermoso potro; mi pelo era fino y suave, y de un negro brillante como el azabache. Era calzado de una mano, y tenía una pequeña estrella en la frente. Mi amo estaba orgulloso de mí, y no pensaba venderme hasta que tuviera cuatro años, pues decía que así como los muchachos no deben trabajar como los hombres, los potros no deben trabajar como los caballos, hasta que estén bien desarrollados.

Cuando cumplí los cuatro años, el caballero Gordon vino un día á verme; examinó detenidamente mis ojos, mi boca y mis patas; me hizo marchar al paso, trotar y galopar en su presencia, y pareció quedar complacido de mí.

—Cuando esté bien domado —dijo,— será un hermoso animal.

Mi amo le dijo que pensaba domarme él mismo, pues no quería que en la doma me lastimasen, ó adquiriese algún resabio; y no perdió tiempo, pues á la mañana siguiente puso manos á la obra.

No todos saben lo que es la doma de un caballo, y voy, por lo tanto á decirlo: es enseñarle á llevar una brida y una silla, y sobre su lomo un hombre, mujer, ó niño, yendo adonde el jinete lo mande, y de una manera tranquila. Además, ha de aprender á usar una collera, un sillín y una baticola, y estarse quieto mientras se le pone todo esto; después, aguantar un coche ó un carro, adherido detrás de sí, de manera que no pueda andar sin llevarlo consigo; y debe ir aprisa ó despacio, á voluntad de su conductor. No debe espantarse por nada que vea, ni hablar con los demás caballos, morder, cocear, ni hacer, en una palabra, nada que sea su voluntad propia, sino siempre la de su amo, aunque se halle cansado, ó tenga hambre ó sed; y, por supuesto, una vez con los arneses encima, no hay ni que pensar en brincar de gusto, ni en acostarse aunque el cansancio le rinda. Puede verse por lo dicho, que la doma no es cosa de poca importancia.

Me acostumbré á la cabezada de cuadra, á la soga, y á ser conducido del diestro por campos y caminos; pero ahora tenía que saber lo que era un freno y una brida. Mi amo me trajo, como de costumbre, un puñado de avena, y después de muchas caricias y mucha conversación, me introdujo el bocado, con las bridas unidas á él. Preciso me es confesar que aquello fué para mí una cosa desagradabilísima. El que no haya probado un bocado no puede formarse idea de lo mal que sabe; figúrense un pedazo de frío y duro acero, grueso como el dedo de un hombre, metido dentro de la boca, entre los dientes y sobre la lengua, con sus extremos salientes y unidos á unas correas que se multiplican luego pasando por sobre la cabeza, por debajo de la garganta, por encima de las narices y alrededor de la barba, de una manera que no hay medio de verse libre de él. Aquello es una cosa muy mala, ó al menos así me lo pareció; pero yo veía que mi madre lo usaba siempre que salía, y que todos los demás caballos domados lo usaban también; y entre el puñado de avena, las caricias de mi amo, y sus bondadosas palabras y maneras, transigí con el bocado y la brida.

Inmediatamente después vino la silla, que no es ni con mucho, tan desagradable. Mi amo la colocó, con el mayor cuidado, sobre mi lomo, mientras el viejo Daniel me sujetaba la cabeza; éste me apretó las cinchas bajo la barriga, acariciándome y hablándome siempre. Una vez así equipado, me dieron otro puñado de avena, y me hicieron dar un paseo alrededor del sitio donde nos hallábamos, y esta misma operación se repitió por varios días, hasta que casi deseaba el puñado de avena y la silla. Por último, una mañana mi amo se encaramó sobre mí y me hizo dar una vuelta por la pradera, buscando los sitios en que la hierba hacía el piso más suave y blando. Me sentí un poco en ridículo, pero, al mismo tiempo, orgulloso de conducir á mi dueño; y continuando este ejercicio, un poco cada día, llegué pronto á acostumbrarme.

El inmediato desagradable asunto fué el dé ponerme las herraduras, que al principio me molestaban mucho. Mi amo en persona me condujo á casa del herrador, á fin de cuidar de que no me asustasen ni lastimasen. El herrador fué levantando sucesivamente mis patas, teniendo yo que permanecer en tres mientras cortaba una parte del casco; pero no me lastimó, y me estuve quieto. Tomó un pedazo de hierro, de la misma forma que el casco, lo batió con un martillo, y lo sujetó firmemente á aquél, con clavos. Sentí mis patas como entumecidas y muy pesadas, pero al cabo me acostumbré á las herraduras.

Una vez á esta altura, mi amo procedió á domarme para el tiro, y allí empezó una nueva serie de cosas que usar. En primer lugar una dura y pesada collera, y una cabezada con dos pedazos de cuero á los lados de mis cojs, llamados anteojeras, y que mejor pudieran llamarse cegadoras, pues me incapacitaban de mirar á los lados, teniendo que hacerlo sólo de frente; vino luego el sillín, con una correa larga que, partiendo del extremo posterior de aquél, iba á pasar por debajo de mi cola, y á la cual llaman la baticola, accesorio odioso para mí, que me fué muy duro tolerar, y que considero casi tan malo como el bocado. Nunca he sentido deseos de cocear como entonces; pero no había que pensar en semejante cosa, siendo mi amo tan bueno, y así, tuve paciencia, y en breve tiempo transigí con todo, haciendo mi trabajo tan bien como mi madre.

Voy á referir un detalle que formó parte de mi doma y que considero de gran importancia. Mi amo me envió á pasar quince días en la granja de un amigo suyo, en la que había un cercado por cuya inmediación cruzaba una línea de ferrocarril. Allí encontré algunos carneros y vacas.

Nunca podré olvidar el primer tren que pasó. Hallábame yo pastando tranquilamente cerca de la empalizada que separaba el prado de la línea férrea, cuando oí á cierta distancia un extraño rumor; y antes de poder darme cuenta de lo que pudiera ser, cruzó por delante de mí, como volando, y haciendo un ruido espantoso, un tren larguísimo, soltando grandes bocanadas de humo, desapareciendo en el instante, y dejándome por el pronto casi sin respiración. Me volví y corrí con toda la fuerza de mis patas en dirección al extremo opuesto de la pradera, donde me detuve resoplando de sorpresa y de terror. Durante el día cruzaron otros muchos trenes, algunos de ellos más despacio, que se detenían en la estación inmediata dando antes unos bramidos tremendos. Por el pronto consideré aquello peligrosísimo; pero observé al mismo tiempo que las vacas no le daban importancia alguna y que continuaban pastando como si nada sucediese, levantando apenas la cabeza cuando cruzaba aquel monstruo amenazador. No me fué posible, sin embargo, pacer con tranquilidad los primeros días; pero al fin me desengañé de que aquella terrible criatura no entraba nunca en nuestro cercado, ni me hacía daño alguno, y empecé á perderle el miedo, concluyendo por hacer de ello el mismo caso que las vacas y los carneros.

Después he tenido ocasión de ver muchos caballos alarmados é intranquilos al sentir acercarse una locomotora; pero yo, gracias á mi buen amo, me encuentro tan seguro, y libre de todo miedo en la estación de un ferrocarril, como en mi propia cuadra.

De la manera dicha es como se doma bien un potro.

Mi amo solía con frecuencia engancharme en pareja con mi madre, porque ésta era tranquila y segura y podía enseñarme mucho mejor que un caballo extraño. Ella me decía que cuanto mejor fuese mi comportamiento, mejor sería el trato que recibiría, y que lo más conveniente para mí era procurar complacer á mi amo por cuantos medios estuviesen á mi alcance.

—Pero-añadía,— son muchas las clases de hombres con quienes probablemente tendrás que tratar; los hay buenos y razonables, como nuestro amo, á quienes cualquier caballo debe sentirse orgulloso de servir, y los hay malos, crueles, ignorantes y descuidados, que jamás se ocupan de lo que puede ser conveniente ó perjudicial para un caballo; estos últimos son casi peores que ningún otro, por su falta de sentido, por más que lo hagan sin mala intención. Deseo que caigas en buenas manos, pues un caballo nunca sabe quién lo comprará, ni quién lo guiará ó montará; todo es cuestión de suerte; y por lo tanto, sólo te digo que te portes siempre lo mejor que puedas, y que cuides de tu buen nombre.

IV. EL PARQUE DE BUENAVISTA

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En la época á que me voy á referir, me encontraba ya en caballeriza, y diariamente era aseado todo mi cuerpo con almohaza y cepillo hasta que el pelo relucía como las alas de un cuervo. Una mañana, á principios de mayo, vino á la granja un criado del caballero Gordon y me llevó á casa de aquel señor, á quien había sido vendido. Mi antiguo amo me despidió diciéndome:

—Adiós, Negrito; sé bueno, y pórtate lo mejor que puedas.

Yo no le pude decir «adiós», pero aproximé mi hocico á su mano; me acarició bondadosamente, y de este modo abandoné mi primer hogar. Como viví algunos años en poder del caballero Gordon, voy á decir algo acerca de aquella casa.

El parque de dicho caballero se hallaba en las inmediaciones del pueblo de Buenavista. A él se entraba por una gran puerta de hierro, cerca de la cual había una casita; se continuaba luego por un camino suave y bien cuidado, entre corpulentos árboles, al fin del cual había otra casa para el guarda, y otra puerta que conducía á la habitación principal de los amos, y á los jardines. Detrás de éstos estaba el parque, la arboleda de frutales, y las caballerizas y cocheras, en las que se albergaban varios caballos y carruajes; pero sólo voy á ocuparme de la caballeriza en que me pusieron. Era muy espaciosa, con cuatro grandes cuadras, á las que comunicaba luz y ventilación una extensa ventana que daba á un patio.

La primera pieza era mayor que las demás, cuadrada, y cerrada por detrás con una verja de madera; las otras tres eran buenas, pero no tan espaciosas; aquélla tenía su correspondiente reja para el heno, y pesebre para el grano; le llamaban la cuadra suelta, porque el caballo que la ocupaba estaba suelto y enteramente á su placer, lo cual es una cosa excelente.

En esta bonita cuadra, limpia, agradable y ventilada, fué donde me puso el mozo que me había conducido. Nunca me he visto en un sitio tan bueno; las paredes divisorias eran de una altura que me permitía ver lo que ocurría en las cuadras inmediatas, á través de la reja de hierro que todas tenían en la parte superior.

El mozo me dió un puñado de avena, me acarició, y se retiró.

Lo primero que hice fué comer el pienso que había en el pesebre, y después miré á mi alrededor. En la cuadra inmediata á la mía había un caballito pequeño, pelo de rata, muy gordo, de abundante crin y cola, diminuta cabeza, y ojos vivos y simpáticos. Aproximé mi hocico á la reja cuanto pude, y le dije:

—¿Cómo está usted, amigo? ¿Cómo se llama usted?

Se volvió tanto como le permitió el ronzal de su cabezada, levantó la cabecita para mirarme, y contestó:

—Mi nombre es Alegría; soy, como usted ve, muy bonito, mi ocupación es conducir á mis señoritas cuando desean montar, y á mi señora algunas veces, en un pequeño carruaje. Todos me quieren mucho, incluso Jaime. ¿Va usted á vivir en esa cuadra?

—Así lo creo.

—Bueno— dijo,— pues entonces, deseo que tenga usted buen carácter; no me gusta tener por vecino á un compañero que muerda.

En aquel momento otro caballo asomó la cabeza por la reja de la cuadra inmediata; sus orejas estaban inclinadas hacia atrás, y su mirada parecía como de mal genio. Era una yegua alta, castaña, con el cuello largo y hermoso; me miró fijamente, y me dijo:

—Por lo que veo, es usted el que me ha desalojado de mi cuadra; no deja de ser extraño que un potrejo como usted venga á echar á una señora de su propia habitación.

—Perdone —le contesté,— yo no he echado á nadie; el hombre que me condujo me puso aquí, y nada tengo que ver con ello; y en cuanto á lo de ser un potrejo, diré á usted que he cumplido ya cuatro años, y que soy por lo tanto un caballo hecho y derecho. Jamás he tenido palabra alguna con mis compañeros, sean hembras ó varones, y mi único deseo es vivir en paz con todo el mundo.

—Bueno —dijo,— veremos; por de contado que yo tampoco desen tener palabras con un mozalbete como usted.

Después no le contesté.

Por la tarde, cuando aquélla salió, Alegría me contó lo que había en el particular del cambio de cuadras.

—Es el caso —me dijo,— que Jengibre tiene la mala costumbre de morder y patear; por eso le han puesto ese nombre. Cuando estaba suelta en la cuadra que usted ocupa, pateaba muchísimo. Un día mordió á Jaime en un brazo, hasta hacerle sangre, y desde entonces, las señoritas Flora y Josefina, que me quieren mucho, cogieron miedo á venir á las caballerizas. Acostumbraban traerme siempre alguna cosa buena que comer, ya una manzana, una zanahoria, ó un pedazo de pan; pero desde aquel suceso no se atrevieron á volver, y las echo mucho de menos. Espero que ahora volverán de nuevo, si usted no muerde ni patea.

Le dije que no acostumbraba morder más que la hierba, el heno y el grano, y que no podía explicarme el placer de Jengibre en portarse tan mal.