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Jamm Session es la primera entrega de las andanzas de Toni Benet, un detective a la antigua usanza que, junto a su amigo yonqui Pedro el Loco, investigará el caso de una mujer emparedada hace treinta años en el sótano de unos apartamentos. Atormentado por la enfermedad terminal de su mujer Antonia, la vida no sonríe a Toni Benet.
"La vida es un jodida Jamm Session" dice Pedro el Loco.
Joan Pont vive en la isla de Mallorca. Ex-guardaespaldas de autoridades militares y broker de bolsa, actualmente se dedica en exclusiva a la literatura. Es autor de las célebres sagas "El Quinto Origen", "La Venganza de la Tierra" y "El Diablo sobre la isla", además de la serie de autoayuda "Sí, quiero. Sí, puedo" y el libro de literatura infantil "Una mascota para Tom".
OTRAS OBRAS DE JOAN PONT
Serie El Diablo sobre la isla
1-El Diablo sobre la isla.
2-Venganza.
3- Perros de Guerra.
Benet.
1- Jamm Session. (La primera entrega del detective Toni Benet)
2- Puro Mediterráneo.
NO FICCIÓN
Serie "Sí quiero. Si puedo". (Traducida a múltiples idiomas)
1-Cómo escribir tu primer libro y publicarlo online.
2-Consejos imprescindibles para prosperar económicamente en la vida.
3-¡Socorro, mi hij@ quiere ser youtuber!
4-Los 12 mandamientos de la autopublicación independiente.
Serie juvenil
Una mascota para Tom (traducido a múltiples idiomas)
LIBROS DE J. P. JOHNSON.
Serie El Quinto Origen
1-Stonehenge
2-Nefer-nefer-nefer
3-Un Dios inexperto
4-El sueño de Ammut
5-Gea (I)
6-Gea (II)
Serie La Venganza de la Tierra
1-Mare Nostrum
2-Abisal
3-Phantom
4-Un mundo nuevo
5-Ultra Neox
6-Éxodo.
Glaciar.
La Chica de la Gran Dolina.
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Veröffentlichungsjahr: 2021
Joan Pont
Título
Benet. Jamm Session
1- EL HALLAZGO
2- MI MUJER
3- INÉS
4- ROSSELLÓ.
5- MERCEDES
6- LA SOBRINA
7-ADELA
8- ADIOS. SIEMPRE ESTARÁS CONMIGO.
9- LIMÓN
10- UN CRIMEN CADUCADO
11- RECORDANDO EL ADIÓS
Para Cristian
Jamm Session.
© Joan Pont Galmés [2020)
Todos los derechos reservados.
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Esta obra está basada en un hecho real, el descubrimiento de unos restos descritos en la noticia del periódico El País el 28/01/2006, aunque todos los personajes son ficticios y cualquier parecido es fruto de la casualidad.
Valga esta obra como homenaje a todas las personas desaparecidas que jamás serán encontradas.
La candente mañana de Agosto en que aparecieron unos restos en los apartamentos Flamboyant nos habían comunicado la enfermedad de Antonia, mi mujer, pero eso no rebajó un ápice la impresión que me produjo ver por primera vez un esqueleto humano. “Que grande es el cráneo” pensé, “y también las cuencas” que, Dios Santo, parecían albergar un abismo en su interior. Hacía tres días que no paraba de llover en aquel verano inusual. De repente el cuartucho donde unos trabajadores habían encontrado un esqueleto detrás de una pared estaba demasiado lleno. Agentes con cámaras al cuello y pistolas al cinto se subían en los montones de tierra instalando focos sobre trípodes.
-¡Estáis embarrando la escena! - grité - ¡Todos fuera! ¡Solo quiero a Adela y a Miguel aquí dentro!
El esqueleto era, evidentemente, de una mujer, porque algo tenían sus huesos de femenino, y también por el pelo, todavía con ese peinado cardado, aunque seco y aplastado por el paso del tiempo, que me recordó al que llevaba en las fotos en sepia mi madre el día de mi primera comunión.
Me asomé al portal y pregunté quién la había encontrado.
-¡Yo, señor! -. Me contestó un chico de unos veinte años, de marcados pómulos andinos. La evidencia de que aquel cadáver llevaba allí más años de los que él tenía le mantenía en una inocente y voluntariosa expectación. -Nomás habíamos empezado a picar este muro, él y yo - me explicó, señalando a su compañero, que aplastaba un cigarrillo y me miraba desconfiado. - No por decisión propia, señor, sino porque nos lo mandó el patrón... - Mientras hablaba el chico no dejaba de mirar dentro del boquete, cubriéndose la boca y la nariz con la mano. - Me mareé, señor. Salió un aire muy malo de ahí. Ahora ya no huele tan mal.
Me acerqué de nuevo al agujero de la pared y observé atentamente el esqueleto. La luz de los focos delataba una calavera mirando al frente. Le faltaba la mandíbula inferior que debía haberse desprendido con los años y seguramente estaría en el suelo. También le faltaba el brazo izquierdo y de su ropa solo quedaban jirones adheridos a las costillas. Esa mujer debía llevar como mínimo diez años ahí dentro.
-¡Pasad todos!
El recinto, de apenas veinte metros cuadrados, volvió a bullir.
-¡Miquel, haz fotos de todo! ¡Aina, llama a los de la Científica para que tiren el resto de la pared, pero no quiero a más de cinco personas aquí dentro! Bueno, da igual, no van a encontrar nada. Esto caducó hace siglos...
Sí, al parecer se trataba de un crimen “caducado”, todo un alivio para el Departamento, en plena Operación Verano, con la Familia Real paseándose por Mallorca y cinco millones de turistas atrayendo a lo más refinado del crimen de medio mundo. Así que la Científica se ocuparía de todo y yo y mi equipo volveríamos a ocuparnos de lo nuestro.
-¡Apartaos! -. Una agente de manos enguantadas había empezado a hacer palanca con una barra de hierro contra los ladrillos levantados ante el cuerpo. Un gran trozo de pared se derrumbó de repente provocando la huida in extremis de la jueza. Ya se veía la osamenta de cuerpo entero. Las rodillas, unidas hacía muchos años a los ladrillos de enfrente por los líquidos de la descomposición como una argamasa, se habían desprendido y arrastrado a los fémures que emergían, cómicos, desde el suelo, todavía temblando.
-La metieron ahí de pié y después se fue cayendo hasta quedarse así, encorvada -, musitó Adela, para sus adentros, pero todos la oímos.
Me acerqué con precaución. Habría pensado que se trataba de una niña si no fuera por el peinado. Sobre el parietal se observaba una incisión quebradiza en la que se introducían los cabellos como gusanos negros. Adela me señalaba otra en el arranque del occipital con su bolígrafo.
-Además hay costillas rotas - añadí. -¿Hay alguien en Palma de Identificación? ¿Se ha llamado a Criminalística de la Guardia Civil? -. Ya sonaban bip bips de teclas pulsadas y nimbadas conversaciones.
-Sí, el procedimiento habitual... - me confirmó Aina, medio rostro en la penumbra.
-Yo me encargo de la prensa, tú vete, si quieres - me dijo Miquel, con una mano en mi hombro. No sabía cómo, pero todo el mundo se había enterado ya de la enfermedad de Antonia.
Yo soy Toni Benet, Comisario Principal del cuerpo de la Policía Nacional, aunque en aquel instante no era nada más que una pantomima.
Mi mujer iba a morirse.
––––––––
Después de aquello fui a almorzar con el Conseller de Interior y una nutrida representación de hoteleros de la Playa de Palma ante los que, afortunadamente, no tuve que intervenir. Apenas probé bocado. En las delicadas tonalidades del foie gras solo apreciaba huesos y cabellos, y el vino se me antojaba rancio y maloliente. Únicamente veía las cuencas de aquella calavera, infinitamente negras, la absurda mueca cómica de su mandíbula perpetuada en el infinito... y me sentía diferente, aquel día, entre flashes y micrófonos, y rehuí las conversaciones todo lo que pude.
¡Cómo había cambiado el aspecto de Antonia! Ella caminaba a mi izquierda, y yo la observaba, cada vez más consumida, luchando contra la maldita enfermedad. Habían pasado cuatro meses desde el descubrimiento de aquellos huesos en los apartamentos Flamboyant. La calle San Miguel estaba desierta, pero extrañamente acogedora. La fría noche acompañaba nuestros pasos sin ritmo. Al día siguiente sería Navidad.
-¿Estás cansada? - últimamente le faltaba la respiración. Se había desvanecido ya dos veces en casa.
-Un poco -respondió ella- ¡Mira, la iglesia de Sant Miquel! ¿Por qué no entramos?
Me pareció muy bien. Me gustaba mucho la iglesia de Sant Miquel. Había mucho trajín ahí dentro.
-Ah claro, es que la gente reserva los asientos para la misa del gallo - me susurró Antonia.
-Sí, lástima que no podamos quedarnos - lamenté.
-Celebran las matines, demasiado tarde. Nos espera todo el mundo en casa - dijo ella. Mientra tanto yo intentaba arreglarle el pelo con los dedos. Habíamos comprado una carísima peluca que disimulaba a la perfección la falta de cabellos, porque con la quimio la cabeza se le había quedado ya como una bola de billar.
-No hagas eso, no pasa nada si se despeina, parece más real.
No le gustaba nada que le arreglara la peluca, pero a mí se me encogía el estómago cuando veía algún mechón volando por cuenta propia de aquella forma tan antinatural.
Nos sentamos en una de las filas traseras y estuvimos un tiempo mirando a la gente. Las personas iban y venían. Se sentaban, rezaban unos minutos, y luego se santiguaban y continuaban su camino.
-Me gustaría ir a ver a la Virgen antes de irnos - me susurró Antonia de pronto.
Subimos despacio por una tortuosa escalera al fondo de una capilla. Ella cerró los ojos y, con la mano en la desgastada base de mármol de la imagen de la Virgen María y el niño Jesús, movió los labios durante unos segundos. Yo intenté, también, invocar a algunos seres de allí arriba para que se curara Antonia, pero no recordaba ninguna oración. Al final dije: “Haz que se ponga bien, joder. Si tienes algún tipo de poder, haz que se ponga bien, maldita sea...”
-¿Qué le pedías a la Virgen? - le pregunté luego, al salir.
Se tomó un instante de reflexión y después contestó, cabizbaja: -Que seáis muy felices sin mí...
Fue escuchar sus palabras y al momento empezar a caerme las lágrimas.
- ¡Pero tonto! - ella intentaba secarlas con sus dedos metidos en los guantes, pero seguían cayendo más y más.
Pasaron varias semanas y llegó febrero, que aquel año fue más cálido de lo habitual. Un día de esos vino gente a casa, distintas parejas, nuestros amigos. Teníamos un jardín inmenso, con una gran piscina que brillaba bajo el sol. La barbacoa humeaba y yo llevaba un delantal serigrafiado con el escudo del Cuerpo, atizando el carbón con un fuelle. Allí estaban Pedro y María, Jaume y Mamen y Pep y Nelly. Todos aquellos eran elementos importantes en el presente de nuestra isla, gente encaminada a decidir el futuro de las clases más bajas. Teníamos sobre la verde cubierta de trébol holandés de nuestro jardín a la rectora de la Universitat de les Illes Balears, Mamen Company, con su esplendorosa melena negra y rizada hasta la cintura, voluptuosa y desafiante siempre; a un escritor de cierto éxito, Jaume Pons, al que yo odiaba por ser el único que veía a Mamen, de la que estaba enamorado desde hacía muchos años, desnuda cada noche; a un político, el Conseller de Interior Pep Binimelis, que me había nombrado Comisario Principal, con su mujer Nelly Saavedra, directora nacional de un poderoso holding farmacéutico, Pfizer; dos empresarios hoteleros y la directora del aeropuerto, Antonia Barceló, mi compañera y esposa, de baja desde hacía seis meses a causa de un cáncer de mama con una metástasis devastadora en el pulmón izquierdo. De hecho, ellos serían los que marcarían las directrices de esta sociedad únicamente si la vida no decidía impedírselo, como estaba haciendo con la mujer a cuyo lado yo intentaba conciliar el sueño todas las noches.
Ah, se me había olvidado enumerarme a mí mismo, un policía con un cargo que le venía demasiado grande y que últimamente bebía mucho, demasiado.
Aquella noche, después de que se hubieran ido todos, Antonia y yo hablamos durante mucho tiempo, tumbados sobre la cama, mirando las ondas que los focos de la piscina provocaban en la pared de enfrente.
-¿En qué piensas? - me preguntó ella. Me lo preguntaba un montón últimamente y siempre le contestaba lo mismo.
-No sé, en nada.
-Odio que me digas “en nada”.
Ese también solía ser su comentario habitual a mi respuesta.
-Tengo la cabeza llena de cosas. Sería difícil elegir una sola entre ellas - añadí.
-Inténtalo
Eso siempre me ponía en apuros, porque la verdad era que no tenía nada que decir. Nada. Le besé la frente y los ojos y los labios hinchados.
-Cariño...- susurró, pensando que quería algo más- Con el tratamiento no tengo ganas de nada ¿Tu tienes ganas? Si quieres puedo hacerte...
-No, no... no estaba pensando en el sexo, solo quiero estar tumbado a tu lado... - me apresuré a decirle. Era verdad, el sexo era una de mis últimas preocupaciones en aquellos momentos. - Repíteme lo que te dijo la oncóloga ayer.
-Bueno, no hay metástasis en los huesos, pero parece ser que sí en un pulmón -, como corroborándolo le entró una tos sucia, que le duró unos minutos. -Eva es muy buena doctora. ¿Sabes que salió en televisión, hace dos o tres días? Sí, en un programa médico, en el canal cuatro... ¡Ay, Toni! ¡Me dan tanta pena los niños!
-¡Ssshhh! Tranquila, tranquila. ¿Le has preguntado lo del viaje? ¿Si puedes viajar o no?
-Sí, no hay problema con lo del avión, aunque tendrás que llevarme en primera clase. Dice Eva que ocho horas sentada en clase turista con las piernas encogidas podría ser muy peligroso, por la trombosis.
-Te pondré en el mejor avión que vuele hacia República Dominicana, con cuatro azafatos solo para tu uso personal.
-¡Ja,ja, ja! ¿Vas a salir esta noche?
La verdad era que los dos sabíamos que no haríamos ese viaje a la República Dominicana que habíamos ido aplazando durante años por temas de trabajo. No me importaba en absoluto, porque ya habíamos estado varias veces, nos encantaba aquel país. Y la pregunta de si iba a salir venía porque uno de los compromisos que me formulé a mí mismo cuando fui nombrado Comisario Principal era que una vez al mes saldría de patrulla con el turno de noche para conocer a fondo los problemas de la ciudad.
-Sí. Hoy es el primer sábado del mes ¿no? Sí, hoy me toca...
Esperé a que se durmiera viendo la televisión. Después me vestí, eché una ojeada a las habitaciones de los niños y bajé al garaje.
Había un tráfico inusual en la autopista del aeropuerto para ser cerca de las dos de la madrugada. Llegaba tarde. Todas las patrullas ya habían salido, pero no importaba porque aquella noche tenía pensado acompañar a los del grupo de atestados e informes, que solían salir, si lo hacían, a requerimiento de los demás.
De repente vi una figura tropezar y caerse en arcén, a lo lejos, bajo uno de los últimos puentes antes de entrar en el Paseo Marítimo. Puse las luces de emergencia por si acaso, aunque no pensaba detenerme, pero cuando pasé al lado de la persona que intentaba levantarse del suelo y le reconocí me quedé de piedra.
-¡Joder, pero si es Pedro el Loco!
Frené en seco, pero con la velocidad que llevaba me detuve casi un kilómetro después.
Conocía a Pedro el Loco desde niño, en el barrio de la Soledat. Nos habíamos criado juntos en aquel lugar olvidado de la mano de Dios. Se suponía que acabaríamos los dos igual, exterminados por las drogas, pero de manera increíble yo había sobrevivido y salido casi indemne. Más tarde, cuando yo empezaba mi carrera y ya era inspector volví a encontrar a Pedro y le fiché como confidente. No me había portado demasiado bien con él, la verdad , tenía que reconocerlo. Pero ya no trabajaba para nosotros, estaba demasiado hecho polvo. Sin embargo aquella noche me alegré mucho de encontrarle, no sé por qué. Hacía varios años que no le veía.
Puse las luces de emergencia, bajé del coche y caminé hacia él.
-¡Pedro! ¿Pero qué haces aquí? ¿No ves que te van a matar? ¿A dónde vas, a Son Banya? Sube, que te llevo - le dije, para su sorpresa. No me reconocía, era evidente, pero para un yonqui cualquier ofrecimiento de transporte es como agua de mayo. No se dio cuenta de que era yo hasta que estuvimos montados en el coche.
-¡Toni! ¡Cojones! - empezó a sobreactuar para agradecerme que le llevara a comprarse una papela, los yonquis siempre lo hacen, aunque la que les lleve sea su propia madre. - ¡Que bueno, tío, que bueno! ¡Qué gusto encontrarte amigo! De verdad, ¿eh? ¡Joder, qué bueno, tío! No me lo creo, de veras, tío. - arrastraba tanto las palabras, presa del paroxismo del síndrome de abstinencia, que apenas se le podía entender. Aquellos últimos años habían arrasado con su cuerpo. Parecía un muerto viviente, con los pómulos afilados y la cara con la expresión congelada, como se llevara puesta una máscara de cera; los pocos dientes que le quedaban eran muñones negros...
Al ver que arrancaba y que parecía ser verdad que iba a ayudarle, se encogió en el asiento, se hizo un ovillo y se puso a llorar. . - Eres mi único amigo, Toni. Es que... es que... las cosas no me han ido bien, he tenido la hepatitis, he estado muy chungo, tío. He pasado el síndrome en el psiquiátrico, “atao”, no la he “palmao” de milagro, tío...
No dije nada más y conduje hacia Son Banya. El poblado de Son Banya era el supermercado de la droga, tolerado como mal menor por nosotros, los policías, y por los políticos. Se entraba por un camino de tierra, junto a Mercapalma. La estrecha carretera era un desfile continuo de yonquis que caminaban en cada sentido mientras por el centro circulaban los Audis y Mercedes de los traficantes.
Pronto aparecieron las primeras casas en aquel lúgubre escenario. Los nombres de las calles estaban escritos con brochazos en las primeras esquinas de los callejones: “Calle D”, “Calle C”.
-Es la calle D, Toni, la calle D. Vamos a “cal” Manolo - balbuceó Pedro.
