Borges, big data y yo - Walter Sosa Escudero - E-Book

Borges, big data y yo E-Book

Walter Sosa Escudero

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Beschreibung

Ya se dijo todo sobre Borges. ¿Ya se dijo todo sobre Borges? Pues no. A su obra vasta y generosa no se accede por una sola puerta de entrada, sino por una infinidad de ventanas, pasadizos y claraboyas hacia un universo que, una vez conocido, ya no se puede ni se quiere abandonar. En este libro fascinante y adictivo, Walter Sosa Escudero propone una de esas entradas: la ciencia de datos. En efecto, los números, infinitos, mapas, algoritmos, chances y corazonadas, ficciones y realidades están tan presentes en la obra de Borges como en la práctica estadística y el uso hoy omnipresente de big data. De la mano de un relato cómplice –en el que la admiración no impide el "juego" con la obra–, los datos y algoritmos se revelan como guías privilegiados para descubrir a un Borges humano, complejo pero accesible, siempre desafiante. Literatura, ciencia, poesía, estadística y computación se entrelazan y se bifurcan en estas páginas para iluminar nuestro tiempo de manera particularmente apropiada: en medio de la revolución de big data y algoritmos, ciertos fenómenos cruciales siguen siendo esquivos a la predicción. Son esas incertidumbres y azares los que la obra de Borges –el escritor que científicas y científicos idolatran sin grietas– nos ayuda a entender (e incluso, a veces, a disfrutar). Entre su propia experiencia como lector (y sobre todo re-lector) de la obra borgeana, y el conocimiento más actualizado sobre datos y estadística, Sosa Escudero tiende un puente irresistible, tan apto para que transiten por él los recién llegados como quienes buscan una mirada renovada sobre una obra que conocen bien. Encontrarán aquí referencias a sus cuentos más celebrados pero también fragmentos del Borges poeta, ensayista y gran conversador, consejos para armar o completar una biblioteca borgeana y sugerencias para encarar primeras, segundas y terceras lecturas. Prepárense para una travesía asombrosa y larga, quizás infinita.

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Seitenzahl: 229

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

Nube de palabras

Este libro (y esta colección)

Epígrafe

Introducción

1. Borges y la kryptonita de la ciencia de datos. “Funes el memorioso”, “Del rigor en la ciencia”

Funes es big data sin estadística

¡Mamá, mamá, mi promedio armónico es 5,8065!

La leyenda de Keith Richards: la parte por el todo

El mapa de Tomi y el de John Snow

Borgesdata

2. Cinco problemas para Jorge Luis Borges. “Evaristo Carriego”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Emma Zunz”

¿Qué tienen en común Gauss, Borges y Evaristo Carriego?

¿Qué edad tenía Funes a su muerte?

¿Quién escribió El Federalista? ¿Hamilton o Madison?

¿Quién escribió el Quijote? ¿Cervantes o Pierre Menard?

¿Culpable o inocente?: Emma Zunz

Borgesdata

3. Big databorges. “La biblioteca de Babel”

Tolstoi va a Calcuta: traducciones automáticas como “cortar y pegar”

Vaciando el Titanic con una cuchara: buscar y encontrar en “La biblioteca de Babel”

Seño, seño, Borges escribió “culo”

Correlaciones espurias en la biblioteca de Babel

Borgesdata

4. Al infinito y más acá. “El jardín de senderos que se bifurcan”

Perdidos en un laberinto de correlaciones espurias

Experimentos: los científicos entran al jardín de senderos que se bifurcan

¿Qué es más grande: un censo o una muestra?

Probabilidades: un jardín de datos que se bifurcan

Borgesdata

5. El cerebro mágico de Borges. “El idioma analítico de John Wilkins”, “El Golem”, “Ajedrez”

Recuerdos del futuro: Borges y Herbert Simon, a comienzos de los setenta

Mariekondomanía y progreso: los clusters y la arbitrariedad del orden inalterable

Golems y algoritmos

Jaque mate al Golem

Inteligencia artificial: el Golem aprende a jugar al ajedrez

Borges y la divulgación científica

Borgesdata

Epílogo. Un Aleph de 3 cm

Referencias

Agradecimientos

Walter Sosa Escudero

BORGES, BIG DATA Y YO

Guía nerd (y un poco rea) para perderse en el laberinto borgeano

Sosa Escudero, Walter

Borges, big data y yo.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2020.

Libro digital, EPUB.- (Ciencia que Ladra…, serie Mayor // dirigida por Diego Golombek)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-044-1

1. Matemática Estadística. 2. Análisis de Datos. 3. Crítica de la Literatura Argentina. I. Título.

CDD 519.5071

© 2020, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de portada: Pablo Font

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: diciembre de 2020

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-044-1

Nube de palabras del libro: el tamaño de la letra representa la cantidad de veces que cada término aparece

Este libro (y esta colección)

Somos productos del azar y el error pero con un destino que no será ni el error ni el azar.

Ernesto Cardenal, El cálculo inifinitesimal de las mazanas

Repitan conmigo:

Ya se dijo todo sobre Borges.

Ya se dijo todo sobre Borges.

Ya se dijo todo sobre Borges.

Pero no. Como en el proceso de obtención del aceite, como en la multiplicación de los panes y los peces, como en los abominables espejos, siempre hay más. Y a veces ese “más” es fascinante, tan iluminador como contar ceniceros, medir el tiempo en kilómetros, buscar el propio nombre en bibliotecas infinitas. De ese algo más trata este libro, y es necesario advertirlo desde el comienzo: es adictivo. No solo eso, es como una cadena de favores; resulta imposible leerlo sin ir corriendo a la biblioteca, sin quedarse por minutos mirando el horizonte con cara de pavote, sin exprimir internet (la madre de todas las batallas) para corroborar lo increíble.

Es un texto inclasificable: ¿literatura?, ¿ciencia?, ¿poesía?, ¿estadística?, ¿computación?, ¿escalas y arpegios de mecanismo técnico? Todas las anteriores son correctas y, quizá, lo más certero sea anunciar un nuevo género o formato: el mamushkismo (también conocido, allá por el siglo XXI, como sosaescuderismo), donde siempre hay más conejos y más galeras, bifurcaciones que se jardinean.

Podríamos aventurar que en el mundo científico hay una diversidad de opiniones sobre todo: habrá físicas amantes del choripán y geólogos degustadores de alfalfa; informáticos jardineros y sociólogas coleccionistas de autos Matchbox; biólogas que cabecean cumbia y economistas que sacan a Jimmy Page nota por nota. Pero hay algo que los y las iguala: todas y todos idolatran a Borges, lo usan en sus tesis, sus conferencias, sus tímidos intentos de cortejo en los pasillos de los congresos.

Veamos ejemplos más o menos azarosos. En Perú crearon un algoritmo cazacorruptos que, como no podía ser de otra manera, llamaron “Funes”, y anda por ahí identificando contrataciones ilegales y funcionarios demasiado amistosos. Para ello, Funes no tiene que recordar cada hoja de cada árbol de cada monte o los perros de las tres y catorce, sino todos los contratos del Estado y cada una de las relaciones entre empresas y gobierno.

Recordemos también los esfuerzos por crear bibliotecas infinitas, babelianas, donde todo está escrito –aun este prólogo, en alguno de los 251.312.000 libros de esa biblioteca–. Hecha la ley, hecho el nerd que recrea esta biblioteca (y también ciertos autores que, como verán en estas páginas, caen en la tentación de buscar su propio nombre, como haría cualquier persona de bien al llegar a un hotel de una ciudad desconocida, buscándose en eso que los antiguos llamaban “guía telefónica”).

También están aquí nomás las máquinas escritoras, aquellas mineras de textos que, con las instrucciones adecuadas, intentan imitar a Lennon&McCartney, a Pierre Menard, a Walter Sosa Escudero. Sin duda, un argumento digno de don Jorge Luis.

Lo curioso es que todo eso, y mucho más, está en este libro que, por algún artilugio de la magia o de la estadística (un dúo que, como sabemos los científicos, muchas veces es equivalente), encierra ideas fantásticas, reflexiones de esas que solo se pueden tener en los primeros tres segundos al despertarse, sueños dentro de sueños.

Así es que si algún escritor casi ciego vuelve a encontrar un punto que concentra el populoso mar, una baraja española o un laberinto roto, si mira con atención verá, escondido en uno de los bolsillos del punto, un libro extraordinario sobre Borges, la ciencia, los datos y todo lo demás.

Esta colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que ya es hora de asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil.

Ciencia que ladra… no muerde, solo da señales de que cabalga.

Diego Golombek

A mi mamá Mary, a Gabriel, Lorena, Thiago,

Mercedes y Ale, los “Sosas y Escuderos y Iacos”

Introducción

Buenos Aires, barrio de Montserrat, circa 1980

Lo recuerdo. Era una mañana soleada y fría de un domingo de otoño en el centro de Buenos Aires. Raymond Chandler dijo, fotográficamente, que “no hay nada más vacío que una piscina vacía”, pero la calle Florida con todos sus negocios cerrados y casi ningún peatón no se queda atrás en la comparación. Eran los tempranos ochenta, yo tenía unos 15 años, mucho sueño y nulo poder de negociación, por lo que ese domingo, como tantos otros, acompañé sin chistar la estrambótica pero entrañable costumbre de mis padres de ir a pasear al centro los domingos por la mañana.

Sospecho que tomamos un desayuno ocioso en la confitería London, porque no logro recordar el nombre de ningún otro sitio abierto en esa zona y en esa época. Todavía no había llegado a saber que ese tipo de razonamiento, de datos y conjeturas sería el pan y la manteca de la profesión que abrazaría años después. Sí recuerdo claramente que esa mañana, minutos después de abandonar el bar, mi padre exclamó: “¡Es Borges!”. Y, cual Gustavo Cerati con lo del misil en el placard, ahí lo vi. Un señor ínfimo que avanzaba a paso de caracol y que proyectaba una sombra que percibí infinita, caminando del brazo de quien mucho tiempo después entendí que era María Kodama. Y sentí la emoción de mi padre, que repitió “es Borges…”, pero ahora en voz baja, sin signos de exclamación y con puntos suspensivos, porque la sorpresa había dejado paso a la emoción. Un Borges mínimo, de andar sosegado, que contrastaba con la figura totémica que todos los argentinos –ni hablar los adolescentes– teníamos del gran escritor. En épocas sin teléfonos celulares, mi cerebro retuvo una imagen vívida que me acompañaría por el resto de mi vida: sería mi retrato mental de Dorian Gray, que mi memoria preserva mejor que cualquier tecnología digital.

Cuarenta años después, caigo en la cuenta de que lo que más me llama la atención de la escena que describo no es la imagen de Borges en sus últimos años en una ciudad fantasmal, sino la emoción de mi padre. Mi padre, que calculo que jamás leyó un libro, ni de Borges ni de nadie. Me tocó una familia de inmigrantes del interior, que no bajaron de ningún barco sino de un tren en Retiro, huyendo de las escaseces de la vida rural en las provincias. Una familia de trabajo, que tomó la decisión de sacrificarse generacionalmente para que mi hermano y yo tuviésemos una vida digna. En casa no había libros –nunca he visto a mis padres leer–, pero flotaba la convicción firme de que la cultura y la educación eran la llave maestra del progreso. La emoción de mi padre ante un Borges que jamás leyó es producto de quien siente la presencia salvadora de la sabiduría, no un evento cholulo. Y así es como la imagen de Borges estaba instalada en una familia de clase media como la mía: una figura inmensa que inspira respeto, temor, curiosidad y admiración, en dosis similares.

Desde la perspectiva de un adolescente de esos tempranos ochenta, Borges provocaba una sensación contradictoria: por un lado, que uno debía leerlo, por su impronta cultural, y por el otro, que no podía; hacerlo requería una formación intelectual que solo unos pocos elegidos poseían, validados por una suerte de secta secreta que otorgaba un permiso para “borgear” luego de algunas maniobras iniciáticas. No haber leído a Borges estaba tan bien como mal. Suponía ser consciente de que uno debía iniciarse en su obra pero no lo hacía, por respeto a quienes habían pasado por la “colimba intelectual” que su lectura demandaba. Aclaremos que “colimba” es el nombre coloquial con que se conoce en la Argentina al servicio militar obligatorio que estuvo vigente hasta 1994.

Años después le escuché en una conferencia al entrañable Daniel Molina, un borgeano de alma, una idea que da cuenta de esta sensación y que me permití bautizar como la “paradoja de Borges”. Dice Molina: “El problema con Borges es que, para leerlo, hay que haber leído a Borges”. Lo cual explica por qué, a mis 15 años, jamás había leído nada del propio Borges, víctima de esa tensión entre no saber si pedir permiso para hacerlo o disculpas por haberlo hecho.

El salvavidas a mi dilema vino de manos de Manuela Carone, mi profesora de Literatura del secundario. Manuela era una de esas personas de edad indefinida, que, desde mi perspectiva de estudiante, podría haber tenido entre 25 y 55 años cuando fui su alumno. Bastante más tarde aprendí que efectivamente era muy joven, y que una cruel enfermedad se la llevó antes de tiempo. En la quirúrgica lista de lecturas que Manuela incluyó en su materia estaba el primero de los Seis problemas para don Isidro Parodi, que Borges había escrito junto con su amigo Adolfo Bioy Casares bajo el seudónimo H. (Honorio) Bustos Domecq. Y así, amparado y animado por la obligatoriedad, tuve mi primer encuentro con algo escrito por el insigne autor argentino. Que, con franqueza, no me pareció tan totémico ni inalcanzable. De hecho, leer en el quinto párrafo del primer relato “Hace catorce años, el carnicero Agustín R. Bonorino, que había asistido al corso de Belgrano disfrazado de cocoliche, recibió un mortal botellazo en la sien”, me dio tranquilidad porque noté que, en vez de Schopenhauer u Homero, como esperaba, el cuento se refería a un episodio no muy distinto de los que eran habituales en mi barrio, y aludía a una geografía y situación familiares: yo mismo había estado en el corso de Belgrano, si bien disfrazado de Batman.

“Bueno, pero los casos de Isidro Parodi no son exactamente Borges”, me recriminó años después alguien de la Gestapo borgeana, como quien dice que “lo bueno de Miami es que está cerca de los Estados Unidos” a una familia que cuenta entusiasmada su reciente viaje a Disneyworld. Después de perder el miedo (y el respeto reverencial), el resto del camino fue natural: de ahí en más nunca pude parar de leer y releer a Borges. Lo que Manuela Carone había hecho era romper la “paradoja de Borges” a los machetazos, cual Alejandro Magno con el nudo gordiano. La obra de Borges no tiene un portón de entrada sino una generosa cantidad de claraboyas, mirillas, porteros eléctricos, huecos, pasadizos y ventanas, por donde uno ve y a la vez es visto por su literatura. Y lo que había hecho la buena de Manuela era meternos de una patada en el trasero en el mundo de Borges, colándonos por uno de esos infinitos accesos, porque sabía que, como ocurre con el Hotel California de la canción de los Eagles, una vez adentro, es imposible salir. Y así fue como yo, un adolescente derrapado del barrio noble de Villa Urquiza cuyo único objetivo era tocar la guitarra como Ritchie Blackmore, terminé metido en el mundo del gran autor argentino, aun proviniendo de una familia ajena a los libros y la intelectualidad.

Jamás seguí un plan para leer a Borges, ni cronológico ni exhaustivo; simplemente lo he leído y, por sobre todo, releído, a tientas, guiado por mis instintos y los consejos de amigos generosos. Nunca intenté relacionar a Borges con nada, no fui ni soy sistemático con su lectura, más que nada porque todo el esfuerzo por serlo lo destiné a la disciplina a la que me dediqué y de la que hice mi profesión: la intersección entre la economía y la estadística. Prolija y ordenadamente cursé mi licenciatura, maestría y doctorado, intentando cubrir de manera intensa y extensa todos los recovecos de la estadística y la econometría. Todo lo sistemático que fui con la estadística, no lo fui con Borges.

El cruce entre ambos mundos, el de Borges y el de los datos, ocurrió de manera fortuita. Un día, años después de haber finalizado mi doctorado y de haberme iniciado en la docencia universitaria, charlaba con Mariana Marchionni, mi discípula y amiga, que me dijo: “Walter, ¿te diste cuenta de que en todas tus clases nombrás a Borges?”. Para mi sorpresa, la respuesta –propia de esa sensación que ocurre cuando alguien nos hace notar un tic involuntario o el abuso de una muletilla– fue que no. Jamás intenté juntar esos universos en apariencia paralelos, simplemente ellos lo hicieron en mi cabeza, tal vez porque no pudieron evitarlo.

Pero una vez que fui consciente de las recurrencias borgeanas en mis clases, escritos y charlas, sentí que había espacio para encarar un proyecto de divulgación científica sobre Borges, una suerte de “versión 2.0” de lo que hizo Manuela Carone, en el sentido de buscar alguna hendija para entrar en ese universo sobre la base de estas relaciones fortuitas que ocurrieron en mis actividades: una sopa de números, infinitos, mapas, algoritmos, cuchilleros, chances, relojes, corazonadas y realidades. Borges y datos. Datos y Borges.

Data

Mis suegros tienen un departamento en Mar del Plata, en uno de esos edificios con pasillos interminables y no menos de treinta puertas por piso. No me simpatiza manejar, de modo que cada vez que viajamos a la popular ciudad balnearia argentina, tras las cinco horas que dura el viaje desde Buenos Aires, solo atino a tirarme a descansar en la habitación principal, la de mis suegros. Una vez, luego de dormir un rato, abrí los ojos y vi desde la cama una auténtica invasión marciana. Era la inmensa colección de ceniceros de mis suegros, ahora colgados en la pared opuesta, y en un orden puntilloso.

No evité el desafío de saber cuántos ceniceros había. El sueño y mi espíritu de estadístico entendieron como una herejía contarlos uno por uno, y fui por una ruta alternativa. Noté que los ceniceros ocupaban toda esa pared opuesta a la cama en la que dormía, salteando un televisor puesto en el centro. Hipoteticé que el televisor ocupaba más o menos un sexto de la pared, de modo que la dividí mentalmente en una grilla de 6 rectángulos (2 de alto por 3 de ancho), uno de los cuales (el del medio de la fila de abajo) correspondía al televisor mismo y los 5 restantes a los ceniceros. Estimé que en cada rectángulo había unos 80, distribuidos en una grilla, de modo que en los 5 ocupados había unos 400 ceniceros.

De regreso en Buenos Aires, quise relatar la anécdota en una reunión familiar y, antes de que pudiera llegar a desplegar mi método para contarlos, mi cuñada dijo: “407”. “¿Qué?”, pregunté. “Sí, el maniático de tu cuñado ingeniero, ni bien detectó la pared los contó, uno por uno. Y para estar seguro, lo hizo todas las mañanas durante los diez días de nuestra estadía. Hay 407 ceniceros”.

La estadística es la ciencia de la parte por el todo, su objetivo no es “analizar datos”, sino llegar a ver qué hay detrás de ellos. Intenta dar respuestas útiles y a costo bajo, en situaciones con información limitada. El ejemplo simple de los ceniceros muestra la esencia del razonamiento estadístico: sacrificar precisión en pos de una respuesta rápida, acudiendo a una estimación (usando los “rectángulos de ceniceros” y multiplicando por 5), en vez de contarlos uno por uno y sin error, como hizo mi cuñado.

En el caso de los ceniceros, lo que convocó a la estadística fue mi pereza y algún celo profesional. Pero en la realidad, apelar a datos y métodos es muchas veces la única alternativa. Por ejemplo, medir el desempleo es crucial para el monitoreo de las políticas públicas; pero hacerlo sin error implica llevar a cabo un censo, actividad costosísima que solo se realiza cada diez años. Medir el desempleo con esa frecuencia es tan irresponsable como que un adulto mayor vaya al médico una sola vez en idéntico período. Y por eso el desempleo se mide a través de una encuesta muy pequeña, que permite tener una aproximación de la verdadera tasa de desempleo. En comparación con lo de los ceniceros, la medición del desempleo a través de una encuesta equivale a lo que yo hice con los rectángulos, y la realizada a través del censo, al método ingenieril de mi cuñado.

Hace unos quince años, el auge de los dispositivos interconectados, como teléfonos celulares, páginas web o unidades de GPS, provocó una verdadera revolución, tanto en la disponibilidad de datos como en los métodos para analizarlos. Big data, machine learning y también inteligencia artificial son algunos de los términos utilizados para referirse a esta revolución de datos y algoritmos. “Ciencia de datos” es un nombre que, cuando está bien utilizado, hace referencia a esta versión millennial de la estadística en tiempos de datos masivos y algoritmos poderosos.

Si la esencia de la estadística es la del todo a través de la parte, el avance de big data parece echar por tierra su relevancia, ya que big data, al eliminar aparentemente la necesidad de muestras, experimentos y otros artificios propios de un pasado con información limitada, parece ir rápidamente en la dirección de “todos los datos”. Más adelante argumentaremos que más que de big, la revolución de datos es de new data, vale decir, que si bien big data es un enorme paso adelante, tiene serias limitaciones y desafíos. Más aún, escondido en un cuento de Borges está el argumento de por qué big data no es ni será nunca todos los datos, por muchos que sean.

Y ahora caigo en la cuenta de que, una vez más, pisé el palito: conste en actas que les advertí que me era imposible pasar mucho tiempo hablando de estadística sin involucrar a Borges.

Borges

Julio Olivera fue, tal vez, el economista académico más prestigioso de la Argentina, fallecido en 2006 a sus 87 años. Hombre de otros tiempos, de eterno traje negro y voz de ultratumba, era un sabio de la economía, la matemática, el derecho, la filosofía y muchas otras disciplinas, además de una persona generosa y de virtudes morales intachables. Su presencia, escasa, era casi fantasmal; las pocas veces que lo vi me dio la impresión de que flotaba a unos 10 cm del piso, y de que su voz de locutor de la BBC provenía no de su garganta sino de un amplificador con cámara de reverberación. Y así fue como, en los años noventa, atraídos por su mística, junto con un grupo de jóvenes colegas asistimos a una de las muy pocas conferencias del maestro, esa vez sobre “Hermenéutica y economía”. La charla transcurrió con el estilo sobrio y certero de Olivera, el silencio sepulcral de los asistentes contribuía a la sensación de solemnidad; no miento si digo que sentí que un frío seco se instaló en la sala cuando empezó a disertar. Luego de unos minutos percibí que, como era de esperar, yo ya había perdido el hilo de su exposición, los términos se me mezclaban y las ideas no conectaban. Y fue entonces cuando un colega, cuyo nombre prefiero no revelar, cubrió su boca con su mano, giró hacia mí y, con voz bajísima y carrasposa, me dijo: “Walter, ¿qué carajo quiere decir ‘hermenéutica’?”. Apuesto una fortuna a que era la misma pregunta que el 90% del auditorio, yo incluido, quería hacer, pero que todos y cada uno omitimos por respeto a la avasallante presencia de don Julio Hipólito Guillermo Olivera, padre de la economía científica argentina.

Algo similar ocurre en mis clases de estadística y econometría cuando menciono a Borges. Lo huelo en el ambiente, lo percibo: la pregunta que mis alumnos se mueren por hacer es “¿por qué tanta bambolla con Borges?”.

Y más que ofenderme, me halaga que mis pibes me lo pregunten, así que, ya superada cualquier paradoja, ahí voy. ¿Quién fue Borges? Nació en Buenos Aires en 1899 y falleció en Ginebra en 1986. Obtuvo en vida todo tipo de reconocimientos menos uno, el Premio Nobel, lo cual, más que unirlo a los que –justificadamente– no fuimos ni seremos distinguidos con el anhelado galardón sueco, lo ubica junto a Franz Kafka o James Joyce, enormes escritores que también fueron omitidos por el premio.

Borges nunca escribió una novela. Se movía de forma magistral en espacios pequeños: cuentos, poemas y ensayos, cada uno de pocas páginas de extensión. “El Aleph”, quizá su cuento más celebrado, es a la vez uno de los más largos: 15 páginas. En el universo de Borges suelen convivir dos ámbitos. Por un lado, muchos de sus cuentos y poemas acontecen en lugares fantásticos, universales, mágicos, con personajes igual de místicos y etéreos. Por otro lado, una buena parte de su obra se refiere a matones, cuchilleros, malandras y tahúres de poca monta, que hacen de las suyas en los barrios de las “orillas” de la ciudad o en las zonas rurales que Borges frecuentó (o imaginó) en su infancia. Parte de su magia es que estos universos en apariencia disímiles muchas veces aparecen entrelazados, lo que genera un efecto onírico en el lector.

Se dice que Borges escribe simple sobre temas complejos, y eso provoca en el lector una suerte de mareo u espejismo. En cualquier cuento o poema de Borges cada palabra importa, y cada frase o párrafo puede remitir a un sinfín de ideas y visiones. Por si fuera poco, Borges es un autor “circular”: casi toda su obra se refiere a sí misma, y sin un orden cronológico obvio. Ciertos temas e imágenes aparecen con recurrencia dramática: espejos, tigres, cuchillos, laberintos, amuletos, trenes, gatos y enciclopedias se hallan dispersos en casi todas sus narraciones, que a su vez versan, directamente o no, sobre los grandes temas de la humanidad, como la tensión entre la realidad y sus representaciones, la existencia de Dios, el destino y el rol del lenguaje y de la ciencia. Prioritaria en relación con este libro, una de esas ideas recurrentes, casi obsesiva en la obra de Borges, es la idea de infinito, tan atrayente como inabarcable.

En Borges, la línea que traza una división entre la realidad y la ficción es difusa, y es muy difícil catalogar cada texto suyo en un solo género. Agazapados en relatos policiales o de duelos criollos, tanto como en poemas de amor, pueden aparecer (y desaparecer) profundas reflexiones filosóficas, religiosas o lingüísticas. Tal vez “filosofía ficción” sea la mejor caracterización de su obra, como una vez le oí decir a Santiago Llach, otro borgeano de fuste.

¿Es fácil leer a Borges? Sí. ¿Es difícil leer a Borges? También. Cada uno de sus cuentos, poemas o ensayos admite (y reclama) múltiples lecturas. Algunas de ellas son llanas, directas y pasionales, y otras remiten a complejas ideas filosóficas. A modo de ejemplo, “Emma Zunz” es un cuento que en un sentido parece el guion de un episodio de Criminal Minds, y en otros nos remite a lo más profundo de la ética, la moral y, en términos generales, la filosofía. El auténtico “negocio” de su lectura es en realidad la relectura, no porque haya que transitarlo muchas veces para comprenderlo, sino porque distintas lecturas aportan ideas o visiones alternativas. Estas tensiones entre fácil-difícil, concreto-abstracto, orillero-universal tienen la costumbre de aparecer dentro de un mismo párrafo o aun una frase suya: es un escritor fabuloso.

Pero ¿es divertido leer a Borges? Divertidísimo. Si por diversión entendemos un desafío que provoca un placer inmenso, es tan disfrutable leerlo como haberlo leído, y más aún, releerlo. Cualquiera de sus poemas, cuentos o, incluso, frases o palabras, pueden quedar flotando en nuestras cabezas por horas, días y aun toda la vida. A modo de ejemplo, en “El Sur”, tal vez mi cuento favorito, Borges viaja en tren hacia el sur de Buenos Aires y “fotografía” escribiendo: “A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios”, echando por la borda eso de que una imagen vale más que mil palabras. No jueguen a leerlo queriendo entenderlo, jueguen a disfrutarlo, el entendimiento vendrá, o no, pero hacerlo vale la pena, se los garantizo.

La obra de Borges involucra a todos los aspectos relevantes de la vida. Y uno de ellos es la ciencia: es tal vez el autor favorito de todos los científicos. En particular, Borges “flirtea” con conceptos de la matemática y la física con asombrosa comodidad, y en muchos casos parece adelantarse a ideas centrales del siglo XX, como varias de la física cuántica o la inteligencia artificial.

Y, finalmente, como toda persona inteligente, y contra lo que muchos sospechan, Borges era un fino humorista, como apreciaremos en este libro. Escondidos en su obra magnífica y sublime, aparecen destellos de humor sutil que los harán revolcar en el piso por lo desopilantes; los ayudaré a encontrarlos.

Databorges

“No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo”. El Ireneo en cuestión es Ireneo Funes, protagonista de “Funes el memorioso”, cuento que ocupará un lugar central en este libro. El tal Funes era un pobre muchacho que podía recordar todo, a quien reconstruir los eventos de un día entero le tomaba… un día entero. En “El Aleph”, Borges relata la existencia de un objeto, el Aleph, “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”. En “El jardín de senderos que se bifurcan”, don Jorge Luis se refiere a un laberinto temporal en el que existen “infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos”, donde coexisten ustedes, que leen este libro, y también las versiones idénticas de ustedes pero que decidieron no hacerlo. “La biblioteca de Babel” nos lleva a una “Biblioteca total” cuyos “anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos […], o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas”, y que, por tanto, contiene este libro que estoy escribiendo, y también la monografía o el informe que ustedes entregarán la semana que viene (“¡haberlo sabido antes!”, dirá más de un vago).