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Desde la tarde en que Marina irrumpió en la fiesta de Iker con su vestido y lápiz labial rojos, Sebastián no ha vuelto a verla. Su banca vacía lo ha inquietado durante una semana, hasta ese lunes en que el director solucionó el misterio. A partir de este momento, Sebastián buscará completar la imagen borrosa que tiene de ella.
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Seitenzahl: 94
Veröffentlichungsjahr: 2014
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ilustrado por
Primera edición, 2014 Primera edición electrónica, 2014
© 2014, Martha Riva Palacio Obón, texto © 2014, David Lara, ilustraciones
Colección dirigida por Socorro Venegas Edición: Angélica Antonio Monroy Diseño: Miguel Venegas
D. R. © 2014, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
Comentarios y sugerencias:[email protected] Tel. (55)5449-1871
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ISBN 978-607-16-2445-1 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Un último lengüetazo de agua y vuelven a sellar la cabina. El mundo se encoge al tamaño de una mirilla. Afuera, continúa la cuenta regresiva:
10 десять,
9 девять,
8 восемь,
7 семь,
6 шесть,
5 пять,
4 четыре,
3 три,
2 два,
1 один,
0 ноль,
el cohete ruge a mil ladridos por hora. Una explosión cilíndrica de hidrógeno ilumina el Cosmódromo. Con el corazón palpitando bajo el peso de cinco fuerzas g, la pequeña cosmonauta asciende más allá de la estratósfera. Ahí se extiende el vacío repleto de estrellas. Pero el cosmos aún no significa nada. No es como casa, que significa todo. Porque casa es hundir el hocico en la tierra húmeda y seguir el rastro de otro perro entre una constelación de patas.
Mucho de lo que recuerdo no es como fue. En mi cabeza, la ciudad y los años se mezclan. Son ectoplasma que fluye desbordándose. Digo una calle pero puede ser otra. Confundo nombres y a veces digo que pasaron cosas en octubre cuando en realidad sucedieron en marzo. Sin embargo, hay momentos que han quedado tan marcados en mi cabeza, que irrumpen en el presente fracturando el espacio-tiempo. Instantes indigestos que se niegan a ser procesados y a transformarse en pasado. No queda más que regurgitarlos una y otra vez, esperando ahora sí poder digerirlos. Tal vez por eso no me gusta que me tomen fotografías. Siempre terminan siendo un desastre. Y de todos los desastres provocados por el ser humano el peor ha sido la foto de grupo que nos tomaron en segundo de secundaria. Salimos en fila, tiesos, borrosos, con la mirada perdida. Prisioneros en esa réplica en miniatura de cárcel llamada escuela. Somos los sobrevivientes de un cataclismo. Y ella en la orilla, de pie, lo más lejos posible de la maestra, es la más borrosa de todos. Casi como un fantasma. Tiene sentido que sólo aparezca su sombra. Era imposible que el obturador de la cámara —cientos de veces más lento que ella— pudiera capturarla. Siempre fue volátil. En ocasiones orbitaba alrededor tuyo generando tanto ruido que no podías pensar en otra cosa más que en ella. Otras veces ni te acordabas de que estaba ahí, y cuando volteabas te sorprendía descubrirla sentada en su banca en la esquina del salón. Era como verla por primera vez. Después de cincuenta y siete años me sigue sorprendiendo que existiera. A veces pienso que sólo fue una alucinación colectiva que terminó ahogándose en el estruendo supersónico de la era espacial.
Marina de 1957.
