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Buscar la santidad es una invitación que nos hace Jesús cada día: "Sean santos porque yo soy santo" (1Ped 1, 16). Ser discípulos del Maestro es responder a su llamado, seguirlo, estar con Él y aprender a vivir como Él lo hizo. La autora de estas páginas, nos propone un camino práctico de transformación en el amor y trabajo de las virtudes; ofrece herramientas simples y cotidianas para alcanzar la santidad a la que fuimos llamados desde nuestro bautismo, porque ser santos no es "para los altares", sino para la vida real y concreta de cada día.
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Seitenzahl: 100
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Ridruejo, Mirta E.
Buscar la santidad : un desafío cotidiano / Mirta E. Ridruejo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : De la Palabra de Dios, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-48627-6-1
1. Espiritualidad. 2. Espiritualidad Cristiana. I. Título.
CDD 248.4
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Diseño: Cristian Chaives
© Editorial de la Palabra de Dios
24 de Noviembre 1212 - C1242AAB – Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel/Fax: (5411) – 49318388 / Email: [email protected]
www.cristovive.org.ar
Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723. Todos los derechos
reservados. Impreso en Argentina. Printed in Argentina.
Presentación
La lectura de este libro podría comenzar a hacerse por lo que dice la autora en el epílogo: “Somos llamados amorosamente a no terminar nuestros días en el sinsentido, en el no saber hacia dónde vamos, en el que todo termine en lo que no vemos o no podemos”.
El escrito de Mirta es una comunicación fraterna y pastoralmente familiar; al decir de ella misma, es “mi síntesis personal del proceso de integrar la vida de fe al proceso humano de crecimiento y maduración personal”, de buscar “aprender a vivir como Jesús vivió”.
Más que una relación académica, es una descripción sencilla y espiritual “para la práctica de las virtudes”. Esto, por ejemplo, puede apreciarse en el interesante capítulo sobre los vínculos.
Es para destacar también que la acción de la gracia es presentada no como una experiencia vivencial pasajera o como una fugaz toma de conciencia, sino como una disposición a fijarla o establecerla en el contenido concreto de la vida cotidiana, como signos de pasos interiores que el Maestro quiere que dé su discípulo animado por el Espíritu Santo. Para esto, la propuesta de la autora será: “Debemos preguntarnos más ¿para qué, Señor?, que ¿por qué, Señor?”.
La búsqueda evangélica de la santidad requiere un trabajo continuado y permanente. De este modo podría resumirse la síntesis escrita en este libro con las mismas palabras que Mirta utiliza para describir este camino: “En el trabajo de estar alerta, se requiere volver a comenzar siempre”.
Padre Ricardo
Junio 2009.
Introducción
“Bendito sea Dios (...) que en su gran misericordia, nos hizo renacer (...) a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final. Por eso, se alegran a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gran gozo y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación” (1 Pedro 1, 3-9).
Acompañar la vida de fe de muchos hermanos a lo largo de más de treinta años, y mi camino de conversión,me permitieron experimentar de cerca las luchas, los dolores y las fatigas del querer vivir la fe e integrarla a la propia naturaleza humana; en definitiva, el buscar permanentemente que Dios fuera Dios en toda nuestra vida.
En mi propia lucha por hacer de cada situación un sí a Dios y en cada diálogo con los hermanos, pude vivenciar al mismo Jesús luchando en sus combates. Lo descubrí agonizante en las debilidades, en el pecado, en el caer y volverse a levantar, y lo descubrí victorioso venciendo a la muerte. Cada hermano ha significado para mí un testimonio y una enseñanza. Vi el rostro de Jesús en el proceso de su conversión. A cada uno le estoy agradecida por su disponibilidad para encontrarse con Jesús en sus situaciones personales, en sus búsquedas... Agradecida por dejarme entrar en sus vidas con la oración y el acompañamiento personalizado. Lo compartido y discernido en cada encuentro ha quedado impreso en mi corazón.
Este libro quiere transmitir mi síntesis personal del proceso de integrar la vida de la fe al proceso humano de crecimiento y maduración personal; y de entender por dónde transitar frente a los límites de nuestra naturaleza humana. Es una expresión que mira más los pasos prácticos del camino interior que los términos de un estudio teológico-espiritual. Refleja una experiencia de búsqueda personal y de acompañamiento de cristianos que quieren ser discípulosde Jesús en el contexto de una vida comunitaria de fe.
“Por lo tanto, manténganse con el espíritu alerta, vivan sobriamente y pongan toda su esperanza en la gracia (...) de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1, 13.16).
Mirta
I. Nuestra vocación a la santidad: tarea y proceso
“Manténganse con el espíritu alerta, vivan sobriamente” (1 Ped 1, 13).
Nuestra vocación es ser discípulos de Jesús, esseguir al Maestro, es estar con el Maestro, para vivir como el Maestro. Jesús nos enseña a vivir, mostrándonos en su Palabra cómo hacerlo. Su Persona es la enseñanza, Él mismo es el mensaje, la Palabra dirigida a nosotros. La búsqueda del discípulo es aprender, no una teoría, sino aprender a vivir como el Maestro. Aprender a vivir en coherencia, en sabiduría, para que se unifique nuestra persona en Dios y seamos modelados por su Amor, seamos transfigurados en aquellas cosas donde nuestra naturaleza tiene inclinación al pecado. Aprender a vivir como Él vivió.
Y para esto es necesario sentarsefrente al Maestro y a sus pies, en una actitud de aprendizaje, de humildad: es la actividad más importante para poder escuchar y aprender. Esto supondrá tiempo y un proceso. Supondrá fe, supondrá la gracia1, la misericordia de Dios y la colaboración de nuestra voluntad para que Él pueda. Este trabajo interior pone en evidencia nuestro limitado amor por Él a la hora de la oración, y desarrolla la paciencia con nosotros mismos. La constancia trabajará nuestra persona y la irá transformando para que, en este “permanecer y quedarnos a sus pies”, aprendamos que nuestro corazón puede ir conquistando un amor más incondicional por su Persona. Es pura gracia, pero también, es disponernos dócilmente a su accionar. Es colaborar con lo que nos toca de trabajo interior, de voluntad, de libre elección, para que esto sea posible. Es usar las “armas” que Él nos da para luchar.
Nuestra vocación es elegir la voluntad del Padre: “Sean santos, porque yo soy santo” (1 Ped 1,16). La santidad es la realización personal para la cual fuimos creados. Todo nuestro ser debe ser transformado, transfigurado, para entender esta realidad trascendente. La santidad no es para algunos, es para todos: es para mí, para vos... Es la vocación que Dios Padre puso en lo profundo del corazón cuando nos creó. Si hay un llamado a la santidad, hay un camino paratransitar, para descubrir. Dios ya sabe con qué cuenta de nosotros y con qué no. Conoce nuestra debilidad, pero también sabe que en nuestra debilidad triunfa su gracia. También sabe que su Amor todo lo hace posible y que si estamos dispuestos a seguirlo, su gracia “alcanzará nuestra pequeñez”, la abrazará y la transformará en sus manos de Alfarero.
Como vasijas de barro que llevan un tesoro oculto, somos llamados a la santidad: santidad como anhelo, como búsqueda diaria, sabiendo y reconociendo nuestra limitación; conociendo el dolor de no poder ser santos, pero buscando, orando, ofreciendo la vida por Jesús, el Padre y el Espíritu Santo, María, los hermanos, los prójimos más próximos. Este es nuestro llamado más hondo: permanecer en la búsqueda de la santidad en medio de nuestro pecado y pequeñez. Como dice san Pablo en la carta a los romanos:
“Porque sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero con eso reconozco que la ley es buena. Pero entonces no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí (…). En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo” (Rom 7, 14-24).
La Vida Nueva que recibimos de Dios es una realidad que quiere transformar toda nuestra persona. Esta posee una dimensión corporal, una espiritual y una psíquica, íntimamente entrelazadas. Esa Vida que Dios nos trae viene a integrarnos, unificarnos. Muchas veces estas dimensiones limitan y obstaculizan a la gracia.
¿Qué puede obstaculizar la gracia? Dios nos da su gracia y quiere que eche raíces en nuestra persona, en todo lo que somos y ella necesita ser trabajada para que logre enraizarse en nosotros. Su gracia quiere “alcanzar” para bien nuestro lo que solos no podemos. Esto supone trabajo, proceso y tiempo para alcanzar los resultados que esperamos. Dispongámonos a que Él los tome, que se haga Señor y Dueño. Su Amor sabe cuál es el mejor tiempo, por dónde debemos ir, qué debemos hacer. Nos creó. Nos conoce y nos reconoce cada vez que lo dejamos obrar.
El obstáculo es aquello que impide que la gracia se haga vida, se enraíce y se puede ser, por ejemplo:
Circunstancias internas: nuestros desórdenes internos, insanidades, razonamientos, defensas. El modo de resolver, de mirar la vida. Nuestros límites, el pecado, una fe convencionalizada. Los “pactos” con los criterios de la sociedad que están fuera de la fe y que nos hacen vivir a “dos aguas”, es decir, vivir en Dios algunos aspectos de la vida y sin Dios otros.
Circunstancias externas: dificultades laborales, familiares, enfermedades, falta de tiempo, etcétera.
Además de estos obstáculos está la mirada que nos da el mundo actual y que nos invita a vivir en la superficie, fuera de Dios y de su gracia. Se lo ignora, se “minimiza” su Amor, su accionar. Se intenta que no escuchemos a Dios, que permanezcamos en la superficie y no vayamos a lo profundo, al lugar donde habita Dios en nosotros. En definitiva, a vivir como si Dios no existiera.
En medio de esta realidad, parece imposible plantearse la santidad. Sólo será posible si reconocemos que trabajar los “obstáculos” es parte del proceso de transformación interior donde Dios puede sacar “del mal, bien”. Hacer un “proceso hacia la santidad” es concebir, es entender los obstáculos como lugares donde Él puede actuar. Eso permitirá la transformación, la transfiguración de nuestra persona y el modo de concebir las dificultades. Si estamos dispuestos a transitar por este camino de transformación, Dios mismo hará de los obstáculos un sendero, para que al ir trabajándolos, arraiguen virtudes: aprender a esperar, a ser pacientes con nosotros mismos. Aprender a ser confiados, a que Dios todo lo puede en mí y que su gracia sostendrá lo que no puede sostener nuestra debilidad.
No es lo mismo mirar los propios “obstáculos” como lo que no nos permite avanzar, que aprender a mirarlos como los lugares de nuestra persona que necesitan ser transformados, “modelados por el Alfarero”. Esto supone cambiar la mirada. Por ejemplo: frente a una problemática, buscamos solucionarla, ver los resultados lo antes posible, sin entender que transitar ese lugar de discernimiento, de oración, de espera, de búsqueda de la voluntad de Dios va haciendo un camino de transformación interior aunque los resultados no se vean externamente. Sufrimos por lo que no llega, por lo que no se da, sin darnos cuenta de que en lo oculto de la tierra, la semilla que no se ve va siendo transformada para ser espiga. Esto es agudizar la mirada sobre la realidad. Es comenzar a mirar nuestra vida como Dios la mira: nosotros buscamos el resultado, el logro, el éxito, sin darnos cuenta de que en estos tiempos de transformación hacia la santidad, Dios hace por dentro más de lo que se ve. En un mundo donde sólo tiene valor lo que se logra externamente, lo que se ve, Dios nos invita a trabajar aun cuando no se vea fuera, trabajando en silencio y en oración.
