Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En 1960, Chen, un fiel joven adventista del séptimo día, fue encarcelado y arrojado a "la jaula" por rehusarse a trabajar en sábado. A pesar de vivir en la más abyecta inmundicia y tener que sobrevivir con una dieta basada en el hambre, Chen siempre buscaba oportunidades para contarles a sus compañeros y encargados de la prisión sobre el amoroso Dios a quien él servía. "Cadenas en China" ilustra la tribulación que el pueblo de Dios a menudo ha tenido que enfrentar por causa de Cristo. Es una crónica sobre una devoción inquebrantable y un tributo a la fidelidad de un Dios que nunca nos abandona. Chen sabe esto por experiencia personal porque, de no haber sido por el milagro que Dios hizo para salvarle la vida, él habría muerto en la cárcel Wu Xi.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 293
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Bradley Booth
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Cadenas en China
Bradley Booth
Título del original: Chains in China, Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, E.U.A., 2015.
Dirección: Gabriela S. Pepe
Traducción: Rolando A. Itín
Diseño de tapa: Ivonne Leichner
Diseño del interior: Giannina Osorio
Ilustración: Propiedad de Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e-book
MMXX
Es propiedad. © 2015 Pacific Press Publ. Assn. © 2016, 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-304-3
Booth, Bradley
Cadenas en China / Bradley Booth / Dirigido por Gabriela S. Pepe. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
Traducción de: Rolando A. Itín.
ISBN 978-987-798-304-3
1. Narrativa Estadounidense. 2. Relatos. I. Pepe, Gabriela S., dir. II. Itín, Rolando A., trad. III. Título.
CDD 813
Publicado el 18 de noviembre de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
El autor asume plena responsabilidad por la exactitud de todos los hechos y citas presentados en este libro.
A fin de proteger sus identidades, los nombres de todos los personajes en este libro son ficticios, con la excepción de Chen, cuyo nombre ya está en la prensa. Además, muchos de los nombres de los lugares en esta historia se han cambiado para proteger la identidad de los obreros adventistas que todavía pueden estar sufriendo bajo el régimen comunista chino.
El sol, cálido y brillante, estaba asomando en el horizonte oriental, cuando Chen entró en las callejuelas poco transitadas del viejo Shanghai. Los gorriones chirriaban entre los arbustos junto a las veredas, deteniéndose solo al verlo pasar. Chen inclinó un poco su cabeza para oler las hortensias florecidas, que estaban en el enrejado que cubría la puerta del frente de la casa. ¡Qué regalo de Dios!, pensó, mientras absorbía la dulce fragancia de las flores blancas.
A los ojos de Chen, ese momento y desde la puerta delantera de la cabaña de su tío, esta era la única realidad. Sin embargo, el mundo real, fuera de ese tranquilo rincón al que él llamaba su hogar, era de clima de guerra; una guerra mundial.
La maquinaria bélica alemana de Hitler había unido fuerzas con Italia y Japón, para conquistar el mundo. Y por un tiempo, pareció que eran imparables. Los alemanes habían invadido casi toda Europa, y aun partes de África y de la Unión Soviética. Italia luchaba lado a lado con Alemania en el Mediterráneo, forzando a los ejércitos aliados a concentrarse en el norte de África, en lugar de en Europa, donde la guerra verdadera estaba rugiendo.
Los japoneses, por su parte, eran otra historia. Tenían una sola meta en mente: dominar completamente Asia y el Pacífico. En los primeros años de la década de 1930, invadieron Manchuria y entraron en guerra con China. Luego, atacaron las islas del Pacífico y gran parte del sudeste asiático, incluyendo Birmania [ahora Myanmar], Tailandia y Hong Kong. Luego, en 1941, los japoneses atacaron Pearl Harbor, lo que llevó a que Estados Unidos se involucrara activamente en la guerra. Por fortuna, los ejércitos aliados, conducidos por los británicos y los estadounidenses, frenaron a los japoneses lo suficiente como para evitar que dominaran por completo a Birmania, el sur de China y las islas del Pacífico.
Y cuando los alemanes fueron finalmente vencidos y lograron un armisticio el 7 de mayo de 1945, Japón fue el único país del “Eje” que quedó luchando para alcanzar sus metas bélicas. Ahora se encontraba muy deteriorado, empujado hacia el Pacífico norte, y las pequeñas islas del Japón eran apenas una sombra del monstruo militar que había erguido su horrible cabeza unos diez años antes. No obstante, los japoneses seguían luchando, y parecía que estaban decididos a pelear hasta el último hombre. Todos los diarios del mundo decían que si las naciones aliadas no podían detenerlos, millones más morirían en una lucha continua.
Qué desastre ha llegado a ser esta guerra mundial, pensaba Chen. Hombres hambrientos de poder la comenzaron para ganar territorios por la fuerza; hombres dispuestos a sacrificar incontables víctimas en el proceso. Solo Dios puede saber plenamente la devastación y el horror que estos crueles déspotas han sembrado sobre nuestro mundo.
Chen siguió por las polvorientas calles de Shanghai, en camino al sector comercial de la ciudad. Hasta ahora, había estado trabajando en una fábrica de calzado, confeccionando botas para los soldados del ejército. Ese había sido su trabajo durante los tres últimos años, desde el día en que abandonó la escuela para siempre. No tenía la edad suficiente para ser reclutado como soldado, para unirse a la guerra contra Japón... hasta ahora. Hoy cumplía 18 años, el número mágico que demandaba que él se enrolara.
No era que él deseara hacerlo; odiaba la idea de una guerra. ¡La guerra es muy violenta, cruel, y un sin sentido! Pero, eso no quería decir que él no tuviese que ir a la guerra, pues era más fácil adiestrar a los jóvenes, algo muy importante en tiempo de guerra. Quizás él nunca vería la acción en un campo de batalla, pero también pudiera ser que sí. Cargar un arma, dominar la guerra de guerrillas, tripular un tanque, nada de esto concordaba con su idea de cómo divertirse.
Pero ¿cómo podría escapar de su deber? Sí, podía no presentarse en las oficinas de enrolamiento o falsificar los papeles que identificaban su edad, o sencillamente, escapar donde nadie pudiera encontrarlo. Sin embargo, él sabía que esas no eran opciones realistas. Tarde o temprano, alguien vendría a buscarlo, y la perspectiva de lo que sucedería cuando lo encontraran no era agradable. Así que, tenía que pensarlo muy bien antes de actuar.
Además, Chen era adventista del séptimo día, y lo había sido toda su vida; se esperaba que los adventistas fueran leales a su país y a su Dios. Los principios de la Biblia no alientan a los cristianos a que sean cobardes, que se escapen o se oculten. No obstante, portar armas con la intención de matar y no poder observar el sábado son problemas que los adventistas enfrentan en el ejército, y Chen sabía que no tendría escapatoria para lo uno ni para lo otro. Se supone que un soldado, al alistarse, se compromete a obedecer a su comandante. ¿Estaba Chen dispuesto a portar un arma y usarla para matar? Esa era una pregunta muy fácil de responder para un no cristiano, pero para un adventista del séptimo día era algo muy diferente. Chen sabía que estaba sobre la Tierra para salvar vidas, no para destruirlas.
¿Y la observancia del sábado? Él sabía que nunca violaría las sagradas horas del sábado, sin importar lo que le hicieran, ya fuese pegarle, torturarlo, encarcelarlo o fusilarlo. Chen no quería ni pensar en eso.
Sin embargo, debía enrolarse. Y a eso se dirigía ahora: a las oficinas centrales del ejército. De todos modos, tal vez no lo llamaran para el servicio: había millones de jóvenes de la edad de Chen. ¿Cuáles eran las posibilidades de que lo llamaran justo a él?
Chen se unió a la fila en el distrito comercial. Su jefe en la fábrica de zapatos le había dado la mañana libre para ir a la oficina de enrolamiento, llenar los formularios apropiados y obtener su documento de identidad.
Dieciocho años. En la mente de Chen, él era todavía un muchachito. Su padre le había contado historias acerca de la Gran Guerra, o la Primera Guerra Mundial, como todos la llamaban ahora. Había habido tanto derramamiento de sangre sin sentido en esa guerra, y ningún bando se consideraba el vencedor; ni siquiera los que la habían ganado. Se habían gastado cerca de 200 mil millones de dólares para levantar otra vez a los países de Europa y de Asia, y unos 35 millones de personas habían perdido su vida. Qué desperdicio de vidas humanas, pensó Chen. Y en esta guerra también se estaba gastado mucho, mucho dinero, especialmente en la década de 1940, cuando todos recién salían de una depresión global.
Los hombres en las oficinas de enrolamiento fueron bastante corteses, a pesar de que Chen había escuchado relatos acerca de lo que era realmente el ejército, una vez que un soldado estaba reclutado. “Le enviaremos una carta de notificación acerca de cuándo y dónde deberá ir a servir”, le comunicó el hombre detrás del escritorio.
Esa noche, cuando llegó a su casa, el tío de Chen, Renshu, le entregó una carta. El corazón de Chen dio un vuelco. No podía ser que el oficial de enrolamiento lo estuviera llamando tan pronto. ¡Se había enrolado recién ese día! En el sobre no figuraba un remitente, de modo que no pudo adivinar de quién procedía. Sin embargo, cuando rompió el sobre, recibió la sorpresa de su vida.
“Querido Chen”, comenzaba la carta. “Queremos invitarte a ser un instructor bíblico para la iglesia adventista del séptimo día de Shanghai. El trabajo requerirá que pases largas horas yendo de una casa a otra, vendiendo Biblias y otros libros religiosos. También, demandará que tengas un buen conocimiento de la Biblia y que estés dispuesto a dar estudios bíblicos a quienes estén interesados. Si deseas conversar sobre esto, por favor, ponte en contacto con el pastor Lin David, en la Iglesia Adventista de Shanghai”.
Chen no sabía qué decir. A menudo se había preguntado cómo sería trabajar como instructor bíblico, pero nunca pensó que él sería elegido para esa tarea. En respuesta, esa misma noche escribió una carta:
“Muchas gracias por su bondadosa oferta. Me gustaría mucho llegar a ser un instructor bíblico, y estoy dispuesto a empezar cuando me necesiten. Sin embargo, debo decirles que acabo de cumplir 18 años y que podría ser reclutado por el ejército en cualquier momento. Oro a Dios porque me permita servir a su iglesia, en vez de servir al ejército, pero estoy dispuesto a permitir que Dios dirija todo”.
–No te ilusiones tanto –le dijo su tío, mientras Chen ponía su respuesta en un sobre y escribía la dirección del destinatario que figuraba en el texto de la carta–. Si el ejército te llama, esa es una orden que tendrás que obedecer. Recuerda: es la voluntad de Dios que cumplas las leyes de nuestro país; a menos que, por supuesto, estas leyes te exijan quebrantar los Mandamientos de nuestro Dios.
–Sí, señor –fue todo lo que Chen pudo decir.
Pero él estaba ahora muy preocupado. ¿Qué pasaría si, después de todo, lo llamaban al ejército, como decía su tío? ¿Qué pasaría, si tuviera que ir a la guerra? Él prefería luchar en el ejército de Dios en contra de las fuerzas de las tinieblas, en lugar de pelear en un ejército contra los japoneses.
–Por favor, Señor –oró Chen junto a su cama esa noche–, ¡este es un sueño hecho realidad! Permíteme servirte como instructor bíblico. Hay muchos jóvenes de mi edad que serían buenos soldados para China, pero no hay muchos que estén dispuestos para luchar las clases de batallas que estaré peleando con mi Biblia en la mano.
Los días pasaron lentamente. Llegó y pasó el mes de julio, y pronto llegaron los sofocantes calores de agosto (verano en el hemisferio norte). Chen renunció a su trabajo en la fábrica de calzado, donde se hacía botas para los soldados, y se puso a trabajar como instructor bíblico de la iglesia de Shanghai. Sin embargo, esperaba cualquier día recibir noticias de la Oficina de Reclutamiento.
Y leía los diarios. Las noticias acerca de la guerra aparecían en todos los diarios de la tarde, y mientras leía las noticias, se preguntaba qué vendría después. Sin embargo, la primicia que recibió la tarde del 6 de agosto no era de ninguna manera lo que esperaba.
Estaba bajando la escalinata de la iglesia adventista, cuando vio que había personas que corrían y gritaban por la calle. Muchos agitaban diarios en las manos, así que, él corrió entre la gente para ver de qué se trataba toda esa conmoción.
–¡Escuchen esto! –gritó alguien, mientras leía en voz alta el artículo de portada, y el ruido de la calle disminuyó mientras todos se detenían para escuchar:
“El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, los Estados Unidos dejaron caer una bomba atómica sobre Hiroshima, Japón, que destruyó totalmente la ciudad. No se sabe cuántas víctimas resultaron de la explosión, pero el censo más reciente de Hiroshima registra más de ochenta mil habitantes. Todos los informes indican que no hubo sobrevivientes”.
Chen se apoyó contra un farol, para estabilizarse. ¡Qué giro alarmante de los eventos! Les habían dado un terrible golpe a los japoneses, y ¿quién podría predecir qué seguiría a eso? ¿Se rendirían? ¿Tendrían los estadounidenses otras bombas como esta?, Y si así fuera, ¿la arrojarían también sobre Japón?
Nadie sabía las respuestas. Pero tres días más tarde, el 9 de agosto, la ciudad japonesa de Nagasaki también fue bombardeada, lo que selló la suerte del Japón. Se decía que la Segunda Guerra Mundial había terminado. China estaba a salvo; y eso significaba que Chen estaba a salvo. No tendría que servir en el ejército chino para pelear con armas y granadas. Podría, en cambio, servir en el ejército del Señor, peleando las batallas de la gran controversia entre el bien y el mal. Esa era una guerra que Chen sabía que podía ganar. La iglesia de Dios podría perder algunas batallas en el proceso, pero la guerra había terminado ya el día en que Jesús murió en la cruz.
“Gracias, Señor”, fue todo lo que Chen pudo decir mientras volvía en su bicicleta a su casa esa tarde. Dios obra de maneras misteriosas para responder a nuestras oraciones, pensó Chen. Aunque ni en sus sueños más descabellados había esperado que Dios lo hiciera de ese modo.
Nacido en Ning Bo, China, en 1927, de padres adventistas, Chen había sido criado para servir a la iglesia. Las responsabilidades de su padre como evangelista misionero para la Iglesia Adventista en la provincia de Zhe Jiang habían mantenido a la familia siempre en movimiento. Esto dificultaba la vida de la familia de muchas maneras. Cuando Chen cursaba la primaria, no permanecía en una misma escuela más de tres o cuatro meses seguidos, por causa de los viajes de su padre. Su asistencia esporádica influyó en sus calificaciones, lo que le impidió acceder a la enseñanza media. Esa era una verdadera desventaja, y más adelante sufrió por ello.
Lamentablemente, sus desventuras con la escuela lo habían empujado demasiado temprano a una vida de trabajo, lo que él resentía. A los quince años, había abandonado definitivamente el estudio y se había ido a Shanghai, para trabajar como aprendiz de oficios. Todos los jóvenes que no estaban en la escuela hacían lo mismo. Para empeorar las cosas, había iniciado la Segunda Guerra Mundial, y todos tenían que trabajar horas extras en la fábrica para cumplir con las entregas que exigía el gobierno durante la guerra.
Los tiempos eran difíciles, y Chen trabajaba tan bien como podía, pero sabía que no se quedaría allí para siempre. Había nacido para más que solo un trabajo de fábrica. Dios tenía algo mejor para él; de eso estaba seguro. Y aunque todavía no tenía en claro qué podía ser eso, oraba para que Dios lo guiara en esa decisión tan importante.
Sus padres siempre habían querido que fuera un pastor, como su padre. Una vez, había oído que su padre hablaba con un amigo acerca de Chen, que era el primogénito y había sido dedicado al servicio de Dios siendo niño. Esto hizo que Chen, siendo aún pequeño, sintiera mucha presión, pues sabía que sus padres esperaban que él hiciera de su vida algo especial para Dios.
Chen amaba a su padre y a su madre, y los respetaba por los sacrificios que habían hecho para Dios y para la iglesia. Él quería complacerlos, pues el honor de la familia significa mucho en la cultura china. No obstante, Chen era muy cauteloso, porque sabía lo que el futuro probablemente tendría para él como pastor. No estaba seguro de que pudiera ser predicador como lo era su padre; y tampoco estaba seguro de que estuviera listo para las responsabilidades de un pastor. Sin embargo, parecía que él no podía decir nada al respecto, ya que esa era la costumbre en los hogares de las familias asiáticas. Como su padre había dicho muchas veces, su suerte era la vida de un pastor.
Pero ahora Chen tenía ante sí una nueva vida: un trabajo nuevo, que le permitía aprender y crecer espiritualmente. Él no era predicador; no era un pastor de iglesia. Chen estaba trabajando como instructor bíblico para la Iglesia Adventista de Shanghai, y lo disfrutaba más que cualquier otra cosa que le hubiese gustado en lo pasado. En este nuevo trabajo, se le pagaba para estudiar su Biblia y compartirla con otros, entre otras cosas. ¡Qué oportunidad! ¡Qué bendición!
Las semanas pasaron volando, y antes de mucho, Chen estaba experimentando toda clase de aventuras nuevas. Estaba vendiendo Biblias y otros libros religiosos que la iglesia lograba conseguir; eso era una bendición para todos, y ayudaba en el crecimiento de la iglesia. Sin embargo, un obstáculo para la misión de Chen era que los libros en idioma chino eran costosos, si es que se los podía encontrar. Y la iglesia tenía muy pocos libros de Elena de White, muchos menos de los que necesitaban, provenientes de los Estados Unidos. Para Chen, los libros de aquella autora eran los más inspiradores, después de la Biblia; después de todo, ella había sido inspirada mediante visiones y visitas reales de ángeles. Cuando Chen pensaba acerca de esto, su mente se estremecía con entusiasmo y más que nunca deseaba dedicar su vida a la obra de Dios, a través de la Biblia y de otros los libros.
Lo que necesitaban era encontrar una manera en que ellos mismos pudieran traducir algunos de los libros de Elena de White. De esa manera, podrían disminuir los costos e imprimir muchos ejemplares de forma independiente. Cuando mencionó esto al pastor Lin en la iglesia de Shanghai, el pastor quedó impresionado con esta idea.
Sin embargo, lo que más le gustaba a Chen era estudiar la Biblia con personas interesadas. Generalmente, encontraba a tales personas cuando estaba vendiendo Biblias y otros libros religiosos. Si podían adquirir algún libro, eso lo ayudaba a sostenerse económicamente; pero si no podían comprar, a menudo los invitaba a estudiar con él. Y si les gustaban los estudios, les preguntaba si querían asistir a la Iglesia Adventista del Séptimo Día con él, en Shanghai.
No ganaba mucho dinero como instructor bíblico, pero eso no le molestaba. Era joven, no tenía compromisos y necesitaba muy pocas posesiones terrenales. Aunque tenía una bicicleta que lo ayudaba a recorrer la ciudad, no tenía un reloj propio. Aquella era la totalidad de sus bienes terrenales, excepto unas pocas camisas buenas, que tenía que lavar y planchar él mismo casi cada día, pero pensaba que esa era una buena práctica para cuando quisiera conquistar a una señorita algún día.
“A una jovencita le gusta ver a su hombre bien vestido”, le había dicho su madre más de una vez, y él creía que tenía razón. Ciertamente, no hacía ningún daño; y estar bien vestido siempre lo ayudaba a entrar en los hogares cuando vendía libros. Eso era, en sí mismo, una ventaja.
Después de dedicarse dos años a esta tarea, ya era un vendedor excelente. Aunque tenía que admitir que, probablemente, regalaba tantos libros como los que vendía. “¿Cómo puedo salir del hogar de la gente sin darles algo para leer?”, le planteaba al pastor Lin.
También era un buen estudiante de la Biblia, y podía encontrar en ella cualquier texto o tema que necesitara, como si fuese un pastor. Él no lo sabía en ese entonces, pero el trabajo que estaba realizando como instructor bíblico en Shanghai, sin dudas, lo iba preparando para su vida futura de servicio más que cualquier otra cosa que pudiera hacer. Lo único que le interesaba era que compartía la verdad del amor de Jesús. No le importaba dónde lo hiciera o por cuáles pruebas Dios lo hiciese pasar. Si Dios quería que él escalara los montes del Everest, lo haría. Si compartir la historia de la salvación requería que surcara los siete mares, eso era lo que quería hacer. La vida, para Chen, era todo lo que tuviese que ver con el evangelismo y la aventura de hablar de Jesús, a cualquier precio.
Pero había otras aventuras que iban en dirección a Chen, cambios que darían forma a su futuro de maneras que él ni siquiera imaginaba. No siempre pudo leer lo que escribía aquella mano en la pared de su vida; sin embargo, en los años que vendrían, él desearía haber sido lo suficientemente sabio como para hacerlo. Su energía y entusiasmo eran sus dones mayores, pero a veces era joven e ingenuo en cuanto a las cosas de la vida, y Satanás encontraría maneras de explotar eso.
Mientras estuvo en Shanghai haciendo la obra de Dios, se encontró con la mujer de sus sueños. Y ¡qué niña era! Ruolan era diferente de cualquier señorita que Chen hubiese conocido alguna vez. Ella era entusiasta, divertida, y enamorada de la vida. Su nombre significaba “Orquídea”, nombre que su padre había insistido en darle. “Con un nombre como ese, siempre será hermosa”, había dicho él cuando Ruolan todavía era un bebé, y Chen tuvo que concordar en esto.
Chen y Ruolan se encontraron en el hogar-iglesia donde Chen adoraba cada sábado. Ella había sido invitada por una amiga, y había quedado intrigada por el espíritu de comunidad que había encontrado allí. La iglesia se preocupaba mucho por los pobres y los enfermos, y parecía que siempre estaba lista para ayudar a los que estaban en dificultades. Cuando un miembro de la iglesia perdía su trabajo, otro miembro aparecía en su puerta con comida y ropa. Cuando alguien del grupo de la iglesia enfermaba, algún otro iba a su casa, para darle tratamientos con hierbas y otros remedios.
Y cuando Ruolan se unió al grupo de estudio de la Biblia que dirigía Chen, ella se dio cuenta de por qué los miembros eran tan bondadosos y amantes. Era porque estaban llenos de la paz y el amor de Dios. Jesús había muerto por ellos para salvarlos de este mundo lleno de tragedia. Si oraban a él, él los ayudaba con sus dificultades. Si embargo, lo más importante para Ruolan era la increíble noticia de que este Dios, llamado Jesús, vendría pronto para llevarlos al cielo.
Fue así que Ruolan aprendió acerca de las grandes verdades bíblicas. Ella era joven, con ojos brillantes e inteligente, y parecía saber exactamente lo que quería. Estaba entusiasmada con las ideas que escuchaba, y compartía su alegría por su recién encontrada fe durante los momentos de testimonio personal. No siempre entendía todo lo que escuchaba de la Biblia, pero se sentía atraída por ese mensaje, y por estas personas que le habían enseñado las buenas nuevas de la salvación.
Semana tras semana, Chen se encontró esperando los cultos del sábado. Semana tras semana, se encontraba más atraído hacia esta mujer, que llenaba de vida a su iglesia. Pasaron horas paseando juntos en bicicleta durante los fines de semana, caminando por los parques y cocinando sus platos favoritos.
No obstante, él no podía saber que estaba pisando terreno peligroso. Aunque veía el camino que se extendía por delante, no podía divisar la curva en el camino, y esta falta de previsión fue lo que sería su caída.
Una cosa que le molestaba a Chen más de lo que estaba dispuesto a admitir, era la falta de interés misionero en la vida de Ruolan. Parecía que a ella le gustaba el mensaje de esperanza que la iglesia adventista le había traído, pero que no sentía una necesidad real de compartirla con otros fuera del círculo de la iglesia. Reflexionando sobre esto mucho más tarde, Chen supo que, en lo que se refería a Ruolan, él había estado pensando con su corazón, y no con su cabeza. Pero en ese entonces Chen era joven, y no pudo prever las dificultades que esto pudiera generar en una relación.
Otras cosas que deberían haber alertado a Chen eran las fuertes conexiones políticas de Ruolan y un orgullo nacional que era casi obsesivo. Chen pensó que su gran devoción a China era un rasgo admirable, excepto en las ocasiones en que los llevó a discusiones que no tenían solución. Ruolan estaba a favor de un gobierno comunista más fuerte, y Chen no. Ella deseaba que hubiera menos influencia cultural de Occidente, y él estaba en favor de esa influencia. Ruolan sentía que el país estaría mejor en lo económico con una jornada laboral más larga, mientras que Chen recordaba sus largos días de trabajo en la fábrica e insistía en que esa no era la solución. “Permitir que la gente maneje sus propios negocios familiares pequeños es el camino a un futuro económico más brillante para China”, decía él.
Hubo personas que trataron de razonar con Chen acerca de Ruolan. Ella era joven y recién convertida. ¿Qué sabía realmente Chen acerca de ella, y de sus antecedentes? ¿No sería mejor dar más tiempo a esa relación, antes de entregarse tan completamente a los encantos de ella? ¿Y sus antecedentes políticos? ¿No era eso una preocupación para él?
Chen no quería admitir que estos problemas podrían estorbar su felicidad y la de Ruolan. Para él, la vida era un gran horizonte de cielo azul, y Ruolan era el centro de ese horizonte. Se encontraba irresistible e incontroladamente enamorado de esta hermosa mujer.
Su romance fue un torbellino, y antes de mucho, estaban casados. Ahora, la luz del sol iluminaba a Chen cada día, y para él la vida no podía ser mejor.
Sin embargo, lamentablemente, esto no habría de durar.
En 1949, el nuevo gobierno comunista, que Ruolan había deseado, llegó al poder. La llegada del revolucionario Mao Zedong (o Mao Tsé Tung) a la escena política produjo mucha alabanza entusiasta, especialmente de parte de aquellos que eran jóvenes de corazón.
Pero para los cristianos en toda China, no podría haber ocurrido un desastre mayor. Todas las iglesias tuvieron que ocultarse, reunirse en secreto, y eso hizo que fuera muy difícil para Chen y para Ruolan adorar con los demás creyentes. Tenían que ser muy cuidadosos acerca de cuándo adoraban y con quién. Generalmente, se reunían en lugares inesperados, lugares en que los espías del gobierno nunca pensarían en buscar, y esos sitios tenían que cambiarse cada semana. Pero aun así, algunas personas se infiltraban procurando hacer amigos entre los cristianos, buscando creyentes que no sospechaban nada, para luego poder atraparlos en un acto de adoración.
La fe de Chen prosperaba durante esos tiempos difíciles, por causa de la manera en que había sido criado. Aun bajo circunstancias difíciles, encontraba formas de ganar algún dinero para vivir y testificar en favor de Jesús. Conseguía preciosos ejemplares de la Biblia o de libros de Elena de White, y los vendía a personas que expresaban una necesidad de las cosas espirituales. Si la gente no podía adquirirlos, a menudo los regalaba. También trabajaba como tutor enseñando a los niños a leer, y luego daba estudios bíblicos a los padres tarde por la noche, después de terminar las lecciones. No ganaba mucho dinero con esas actividades misioneras, pero estaba ayudando a llevar el evangelio a quienes buscaban la verdad.
Para Ruolan, las cosas eran diferentes. Sus raíces cristianas no eran muy profundas. Había sido cristiana poco tiempo, y no sentía el deseo ni la responsabilidad de compartir el evangelio, como le sucedía a Chen. Ella no podía entender su gran deseo de testificar de Jesús, y cuando los fuegos de la persecución comenzaron a arder, su fe se debilitó. ¿Por qué pasaba Chen todo ese tiempo haciendo obra misionera?, le preguntaba. ¿Por qué no se conseguía un trabajo, como todos los demás, que le diera un salario regular?
Y cuando ella dio a luz a un hijo, Zian, su primer niño, las cosas se pusieron más difíciles; ya no podían subsistir con lo poco que Chen llevaba a la casa. Día tras día, Ruolan le rogaba a Chen que consiguiera un trabajo verdadero que pudiera sostenerlos, y al final él consintió.
Encontró trabajo en una línea de ensamblaje en una planta farmacéutica, y la paga era bastante buena, considerando lo que eran los salarios luego de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el nuevo gobierno comunista había tomado todas las fábricas, y desde el comienzo Chen pudo ver que tendría conflictos. La fábrica requería una semana de seis días de trabajo, así que, se esperaba que los operarios trabajaran los sábados. Chen sabía que él nunca estaría dispuesto a hacerlo. ¿Cómo podría deshonrar a Dios, violando el santo día sábado?
Chen decidió pedir los sábados libres antes de que llegara el primer fin de semana. Daría a conocer sus deseos y descubriría dónde estaba parado su supervisor, o perdería su trabajo intentándolo. El supervisor se rehusó, pero sorprendió a Chen enviándolo a otra sección de esa fábrica. Esta decisión fue una suerte inesperada para Chen, y le dio esperanzas de que Dios tenía algo para él allí.
El administrador en esa nueva área descubrió que Chen era un hombre que trabajaba bien. Siempre llegaba temprano y, a menudo, se quedaba hasta tarde. Era organizado y eficiente, y se llevaba bien con los demás operarios. También era honrado, algo que el nuevo gobierno comunista valoraba altamente. Esto puso a Chen en una buena relación con su nuevo supervisor, y cuando Chen pidió el sábado libre, el administrador aceptó. Más sorprendente aún fue que Chen recibiera permiso para trabajar cinco días en lugar de seis, pero por el mismo salario.
Ese primer sábado, el testimonio personal de Chen en la iglesia fue de alabanza por las bendiciones increíbles que Dios le había otorgado en su nuevo lugar de trabajo. Todos se alegraron con él, y con Ruolan. Las cosas parecían ir mejor para la joven pareja, y esto fortaleció su fe en el cuidado de Dios por ellos.
Chen miró de reojo a Ruolan y al pequeño Zian, sentados junto a él en el hogar-iglesia, y agradeció a Dios por su bondad. Tener una esposa y un hijo amantes, y un buen trabajo donde pudiera ganar un sueldo aceptable y testificar de su fe, era más de lo que había esperado.
En 1953, la iglesia de Shanghai abrió un nuevo seminario para preparar instructores bíblicos. Las clases se daban de noche, para permitir que asistieran los hombres que trabajaban durante el día, y Chen era uno de ellos. Esto comenzó una nueva fase para Chen, que cambiaría su vida para siempre.
La escuela nocturna fue una bendición para todos, y Chen progresaba bien. En realidad, él mostró ser un alumno tan bueno que pronto le pidieron que ayudara a escribir las lecciones bíblicas que usaban cada noche.
Lamentablemente, después de casi un año de trabajar en la planta farmacéutica, comenzó a tener problemas. El administrador fue transferido y llegó un nuevo jefe. El Sr. Jiang era un hombre bajo, de contextura sólida, algo encorvado, y con un rostro esculpido en piedra. “No creo que haya sonreído una sola vez en su vida”, le dijo Chen a Ruolan ese primer día con el nuevo administrador.
El Sr. Jiang no sabía nada de los arreglos previos de Chen para tener los sábados libres; ni le importaba. Por supuesto, Chen no sabía esto, y suponía que se le permitiría mantener los privilegios del sábado libre como antes. Sin embargo, estaba equivocado.
Ese primer sábado bajo la nueva administración, Chen participó del servicio de adoración a Dios con su grupo regular, sin pensar en el trabajo. El sábado era su día favorito de la semana. En este día especial, él y su familia se gozaban cantando himnos sencillos, leyendo las Escrituras y socializando con creyentes de igual pensamiento, mientras adoraban a su Hacedor. Y además, celebraban el santo día de Dios, podían compartir sus problemas, y testificar con alabanzas que la bondad de Dios era la razón de su esperanza de salvación.
En todo esto, Chen estaba dichosamente inconsciente de un obstáculo que pronto perturbaría su vida. El lunes de mañana, encontró en el tablero de anuncios de la fábrica una nota con su nombre en grandes letras, anunciando que no debería faltar más al trabajo los sábados. Chen se quedó pasmado, mirando atónito el anuncio por un largo tiempo. Dios lo había bendecido con el sábado libre durante casi un año, y él había llegado a dar por sentada esa situación, pero ahora podía ver que se había terminado esa bonanza. Satanás estaba en pie de guerra. Era solo cuestión de tiempo, antes de que su trabajo estuviera en la balanza. Si había de mantenerse fiel en su devoción al santo sábado de Dios, probablemente, muy pronto quedaría sin trabajo.
Sin embargo, el sábado siguiente Chen fue a la iglesia, esta vez, desoyendo la clara advertencia que había permanecido en el tablero de anuncios durante casi una semana. Honraría el sábado sin importarle nada. Dudas molestas lo apremiaban en la orilla de sus pensamientos. ¿Le daría su jefe el lunes otra vez un aviso público?
No obstante, y para su sorpresa, cuando el lunes de mañana llegó al trabajo, su jefe no le dijo nada. Todo el día cumplió sus responsabilidades en la línea de montaje. Chen estaba sobre ascuas, esperando la confrontación inevitable con el jefe. Pero cuando llegó la hora de dejar el trabajo, marcó su tarjeta en el reloj y salió, sin que el administrador se hubiese acercado a él.
Al pasar los días de esa semana sin que le dijeran nada, Chen comenzó a pensar que el administrador le daría otra vez un pase y le permitiría continuar faltando al trabajo los sábados.
