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Hacía ya tres años que Kalera desempeñaba el papel de perfecta secretaria para Duncan Royal; sólo había una mancha en su perfecta relación de trabajo: un desliz que no duró más que una noche, algo que nunca debió suceder y que ambos se esforzaban por olvidar. O, al menos, eso creía ella... Sin embargo, Duncan Royal seguía cautivado por aquella noche de increíble pasión, y deseaba, en secreto, que su relación se extendiera más allá del horario laboral. Solía obtener a cuantas mujeres se proponía, de modo que, a partir del momento en que Kalera le anunció su compromiso con otro hombre, se vio dominado por una sola obsesión: lograr que Kalera acudiera a su cama una vez más, pero esa vez para siempre.
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Seitenzahl: 225
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Susan Napier
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Campaña de seducción, n.º 1063 - diciembre 2020
Título original: In Bed With the Boss
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-103-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
QUÉ demonios es esto?
A pesar de que llevaba la cuenta atrás mentalmente, Kalera Martin dio un saltito sobre su asiento al oír que la puerta que tenía a su espalda se abría de par en par. Casi inmediatamente dio un golpe contra la pared que resonó en toda la sala.
Kalera se irguió en su silla, poniendo la espalda recta. Sus manos se apretaron involuntariamente sobre las carpetas que sostenía en aquellos momentos, dejándolas sobre su bien ordenada mesa.
Del hombre que estaba en el umbral de la puerta esgrimiendo una hoja de papel podría haberse dicho cualquier cosa menos que estaba en orden. Su elegante vestimenta no podía disimular una personalidad puramente física. Incluso con aquel traje azul marino de corte tan clásico, con la camisa de cuello oxford y la corbata de seda azul, Duncan Royal más parecía un matón de arrabal que el dueño de una multimillonaria compañía de alta tecnología. Era muy alto y ancho de hombros, casi hasta el punto de intimidar, y cuando en una discusión le fallaban sus argumentos no dudaba en servirse de su impresionante corpulencia como de una herramienta de negociación más. Con ello lograba que los contrincantes más testarudos cambiaran de opinión y se mantuvieran, por su propio bien, a su lado.
En aquellos momentos, su imponente físico, acompañado de una furia desatada, parecía su único argumento. Su mirada era la de un asesino antes de cometer el crimen. Su cabello, que solía llevar bien peinado hacia atrás, le caía desordenado sobre la frente. Tenia los ojos clavados en la figura de la sensible y delicada mujer que estaba detrás de la mesa.
Con la esperanza de que todavía no hubiera llegado al fondo de la bandeja del correo, Kalera enarcó las cejas, procurando mostrarse sorprendida.
–No lo sé, ¿qué es? –preguntó con su voz aterciopelada y profunda que siempre resultaba tan inesperada, al provenir de una mujer más bien pequeñita.
–¡Eso es lo que yo quiero saber! –espetó Duncan, y se acercó a la mesa en dos zancadas, soltando el documento, ya arrugado, delante de las narices de Kalera.
Kalera lo agarró antes de que llegara al suelo y lo extendió con la palma de la mano. Afortunadamente, no tembló al hacerlo.
–¿Y bien? –le urgió él.
Kalera se aclaró la garganta. Sus ojos grises se toparon con la incendiaria mirada de Duncan.
–Es mi carta de dimisión…
Duncan resopló.
–Eso ya lo sé…
–Entonces, ¿por qué lo preguntas? Yo creía que estaba muy claro –dijo Kalera, devolviéndole la carta, que él ni se molestó en mirar. Al contrario, apoyó las manos en el borde de la mesa y se inclinó para mirarla a la cara. Sus ojos azules mostraban una mirada de profunda incredulidad.
–Pues estabas equivocada…
Kalera observó, fascinada, el pequeño nervio que temblaba en una esquina de su estrecha boca, apretada por los músculos de la mandíbula. Aquel gesto, lleno de reconcentrada energía, la espoleó.
Era un principio.
En los tres años que llevaba trabajando en Labyrinth Technology, en calidad de secretaria personal de Duncan Royale, lo había visto enfadarse muchas veces, pero nunca había sido el blanco de uno de sus terribles ataques de furia.
Quizás se debiera a que como ella era de constitución delicada él era consciente de que podía imponerse por el mero hecho de ser muy corpulento, o quizás fuera efecto de la impertérrita serenidad de Kalera, pero el caso era que en las raras ocasiones en que ella le había dado motivo para desplegar su terrible temperamento, Duncan había descargado su furia sobre los objetos que tenía a su alrededor, y no sobre ella. Aquella actitud ya le había costado a la compañía un tiesto con una hermosa planta, un teléfono móvil, dos tazas de café, una pluma y una severa reprimenda de un guardia de seguridad en cierta ocasión en que Duncan prendió fuego a uno de los informes de Kalera, causando una pequeña conflagración en una de las papeleras de la oficina, con la consiguiente puesta en marcha de las alarmas contra incendios que causó la evacuación de todo el edificio.
–¿Y bien?
Estaba inclinado sobre ella, amenazante, mirándola a los ojos. Kalera se echó hacia atrás, en un vano intento por librarse de la poderosa presencia de Duncan.
–¿Qué… qué parte es la que no entiendes? –dijo con un hilo de voz. Su réplica se parecía muy poco a los tranquilos, pero incisivos comentarios que había ensayado delante del espejo aquella misma mañana. Odiaba las escenas y en realidad había redactado aquella carta con la esperanza de que sirviera para atenuar los hechos, no para hacerlos más graves. Su única intención al redactarla había sido la de preparar el terreno para una confesión más sincera hecha de viva voz.
Sin embargo, su temperamental jefe se movía en las confrontaciones como pez en el agua. La franqueza llana y simple era su estilo preferido y estaba claro que una conversación civilizada no figuraba en su agenda para aquella mañana.
–¿Qué parte? Cualquier parte, todas las partes. ¡Todo el asunto es incomprensible!
Duncan Royal estaba acostumbrado a manejarse con complicadas ecuaciones. Solía servirse de la brillantez de su intelecto para controlar su entorno, pero no le gustaba verse reducido al mundo vulgar de algo tan humano como el desconcierto.
Kalera hizo acopio de todo su valor.
–Bueno, yo…
–¡Dos párrafos! –exclamó Duncan. Su voz profunda llena de fiera indignación, mientras señalaba la carta con un dedo acusador–. Maldita sea, Kalera, después de todo este tiempo, ¿es esto lo que crees que merezco? ¿Dos malditos párrafos para decirme que una de mis mejores empleadas se larga y me deja con un palmo de narices?
Kalera se recogió el cabello suelto en la elegante diadema que se ponía para trabajar. Estaba nerviosa. Su semblante, un perfecto óvalo que Harry había tenido la amabilidad de comparar con el de una Madona de una pintura medieval –suave, sereno y misterioso–, no revelaba su gran aprensión.
Sabía bien lo mucho que para Duncan Royal significaba la lealtad personal. En realidad, era la piedra sobre la que había fundado su enorme imperio. La industria de la informática es un negocio en el que abunda la provisionalidad y la traición. Sin embargo, Duncan había hecho una fortuna desarrollando productos de software antes que competidores mucho más grandes y poderosos que él, y su estrategia se basaba en que conocía personalmente, y los cuidaba con esmero, a todos y cada uno de sus empleados, desde los directores de área hasta las señoras de la limpieza. Todo el que trabajaba allí lo hacía porque se encontraba a gusto. Como resultado de ello, había reunido a un grupo de hombres y mujeres ambiciosos y trabajadores, a quienes su fidelidad total a su brillante, pero excéntrico jefe les era muy bien recompensada.
Kalera se imaginaba que la reacción de su jefe ante su dimisión no sería precisamente positiva, pero tampoco esperaba que fuera tan violenta. Sabía que hacía bien su trabajo, porque Duncan era de palabra fácil, tanto para reprender como para alabar a su personal, pero también sabía que no era irremplazable. Ella no era un genio de la informática, de los que en la empresa había unos cuantos, ni tampoco un ejemplo de perfecta organización. No era más que una pieza muy útil en el perfecto engranaje de la administración de la compañía.
Y por supuesto, no era posible que él estuviera enterado de…
–Lo dices como si me fuera de un día para otro –dijo–, pero como habrás podido leer, estoy dispuesta a trabajar las cuatro semanas que establece mi contrato…
–¡Al demonio con tu contrato! ¡Sabes que no es de eso de lo que estoy hablando!
Kalera aguantaba a pie firme. Que no le gustaran las escenas no quería decir que no fuera capaz de mantener sus puntos de vista.
–Duncan, no hace falta que grites –dijo con frialdad–. No estoy sorda.
–¡No! ¡Sólo idiota perdida! –exclamó Duncan, dando un puñetazo que hizo temblar el teclado del ordenador.
–Si soy tan tonta, deberías alegrarte de que me fuera –dijo ella. Comenzaba a sentirse algo culpable. Sabía que cuando Duncan supiera la verdad, no querría verla ni a un kilómetro de distancia.
–He dicho «idiota», no «tonta» –dijo Duncan, y comenzó a pasearse de un lado a otro–. ¿No podíamos haberlo hablado? ¿Tan… tan inaccesible soy… tan difícil es hablar conmigo que ni siquiera te has atrevido a mencionar que estabas pensando en marcharte?
Se detuvo de nuevo frente a la mesa de Kalera, extendiendo los brazos en un gesto de perplejidad. Tenía una política de puertas abiertas con su personal y la mayoría de sus empleados aprovechaba la oportunidad de expresar sus opiniones e ideas libremente.
Kalera agachó la mirada para ocultar la expresión de sus amables ojos grises, y la fijó en la carta, que seguía sobre la mesa.
–Lo siento, pero, al fin y al cabo, la decisión era cosa mía. No tiene nada que ver contigo…
En cuanto aquellas palabras salieron de su boca, se dio cuenta de que había cometido un error táctico.
–¿Me estás diciendo que cuando uno de mis empleados decide marcharse de la noche a la mañana sin ni siquiera molestarse en darme una razón, no es asunto mío? –explotó Duncan–. Pero qué digo. Un empleado no, una amiga… Kalera…
Kalera se vio invadida por una oleada de culpabilidad. En aquellos mismos momentos, el rostro de una chica de color, tocada con un peinado de estilo africano, entró por la puerta principal del despacho de Kalera.
–Hola, niña, ¿a qué viene tanto jaleo…? Ah, hola, jefe. Tendría que habérmelo imaginado… Aunque por el ruido que se ha armado, yo creía que Kalera se había traído una manada de Rottweilers a la oficina.
Duncan miró con furia a su joven e irreverente ayudante.
–¿Te importaría dejarnos solos, Anna? Estábamos manteniendo una conversación privada.
–¿Ah, sí? –preguntó Anna Ihaka acercándose a la puerta, mirando a la pareja con ojos intrigados–. ¿Sobre qué tema?
–Luego hablamos –intervino Kalera, al darse cuenta de que Duncan estaba a punto de estallar otra vez.
–Ah, vale. Llámame en cuanto haya terminado de dar voces y te traeré un taza de café –dijo Anna, alegre por naturaleza y que no se arredraba por nada. Debido a ello era la ayudante perfecta de un hombre que cuando se enfadaba era el Sultán de la Furia–. ¿Quieres que cierre la puerta, jefe? –añadió con dulzura–. Sólo que los signos de puntuación de vuestra conversación privada se oyen en toda la oficina, ¿sabes? Y es un poco incómodo para el pobre Bryan, que está tratando de hacerles una demostración a unos clientes bastante puntillosos –concluyó, y cerró la puerta antes de que Duncan pudiera intervenir.
–Uno de estos días le voy a retorcer el pescuezo a esa descarada –gruñó Duncan, y vio la expresión en los ojos de Kalera–. ¿Y tú de qué te ríes?
Kalera se puso seria. Era evidente que había llevado el asunto de una manera equivocada, pero quizás no fuera demasiado tarde para enmendar su error.
–Mira, hay una buena razón para que quiera marcharme… –comenzó.
–¿De verdad? ¿Me he saltado algo? –dijo Duncan, y le arrebató la carta de dimisión a Kalera, que la tenía agarrada con la mano. Comenzó a leer con fingida formalidad–: «Mi vida laboral en Labyrinth Technology ha sido muy satisfactoria… Pero debido a un cambio producido en mi vida personal, lamento informarte de que me gustaría presentar mi dimisión en la fecha de la presente, siempre según los términos de mi contrato». ¿Un cambio en mi vida personal? –repitió Duncan con furia–. ¿Y eso qué demonios significa?
Kalera se humedeció los labios con un rápido movimiento de la lengua. ¿Era preferible decírselo bruscamente o poco a poco? Ya no estaba segura.
Mientras ella vacilaba, Duncan volvía a la carga con su acostumbrada impaciencia.
–No vas a encontrar un trabajo mejor que éste –dijo, con arrogancia–. Tu trabajo aquí te va como anillo al dedo, al fin y al cabo este puesto casi lo ideaste tú misma cuando viniste a pedirme un empleo. Eres más que una secretaria, manejas toda la oficina. Además, me parece que siempre nos hemos compenetrado bien. ¿Se trata de dinero? ¿Te parece que no te pago lo suficiente?
La pregunta era absurda. Posiblemente, Duncan fuera muy posesivo con sus ideas, pero también era muy generoso con el dinero. Sus contables se volvían locos con su insistencia en compartir los beneficios de la empresa con los empleados mediante bonos, gratificaciones y royalties sobre el software que habían ayudado a fabricar. Trataba tan bien a sus empleados que ninguno de sus competidores había logrado arrebatarle a uno solo de ellos.
–Sí, claro que sí. Pero yo…
–¿No te encuentras a gusto?
Ojalá dejara de interrumpirla con sus preguntas para poder darle la respuesta adecuada.
–Sí, he estado muy a gusto, pero…
–¡Pero! Pero, ¿qué? ¿Ya no lo estás? ¿Por qué? ¿Hay un algún problema del que no me hayas hablado? Ni tus condiciones de trabajo ni tu entorno ha cambiado, así que, ¿qué es lo que pasa? –preguntó Duncan, y su mente, rápida como un rayo, exploró las posibles posibilidades–. ¿Te ha estado molestando alguien?
Kalera se quedó muy sorprendida por el repentino cambio de la conversación.
–¿Molestándome?
–Sexualmente. ¿Alguien te ha estado acosando? ¿Te han dicho cosas ofensivas, o te han… acosado de una manera más… molesta? ¿No te sientes segura en la oficina?
Kalera se quedó boquiabierta, atónita.
–¡Dios mío! Es eso, ¿verdad? –dijo Duncan, y rodeó la mesa para acercarse a ella. Giró su silla con el fin de que ella pudiera mirarlo a los ojos y no prestó atención a su gritito de sorpresa cuando tomó su mano.
–¿Quién es? –dijo, estrujándole la mano entre las suaves y cálidas palmas de las suyas–. ¿Te ha amenazado? Dime quién es y sea quien sea ten por seguro que ese cerdo se va hoy mismo de esta empresa. ¡Lo voy a echar tan rápido que sus pies no van ni a tocar el suelo!
Recorrió con la mirada el cuerpo de Kalera, fijándose en su blusa de seda de color amarillo limón y en su falda verde de algodón, como si buscara las huellas de su acosador. Aquella inspección tenía algo de posesiva y Kalera sintió un inesperado y cálido estremecimiento al notar que la mirada de su jefe se posaba sobre la curva de sus pequeños senos. Sin embargo, con la facilidad que le otorgaba la práctica, ignoró aquel estremecimiento y suspiró.
–¡Por Dios Santo! Duncan, cállate y deja que te lo explique todo. ¡No me están acosando! –dijo tirando de la mano para soltar las de Duncan, pero éste no le dejó.
–Entonces, ¿por qué te pones colorada?
–Porque me avergüenza que hayas podido pensar que no sería capaz de solventar un simple caso de acoso sexual yo sola.
Duncan frunció el ceño y con el pulgar acarició la mano cautiva de Kalera.
–Es que no deberías solventarlo tú sola, ésa es la cuestión.
–Bueno, pues es una cuestión absurda, porque, como acabo de decirte, nadie me está acosando… –dijo Kalera, y se interrumpió, desconcertada al ver la fría expresión de Duncan.
¿De verdad pensaba que le estaba mintiendo? Pero cómo podía pensar que ella era tan irresistible como para ser el blanco de un acoso sexual. Aunque era pasablemente atractiva, desde luego, no era el tipo de mujer que volviera locos a los hombres. No era raro que cuando algún hombre demostraba por ella cierto interés y ella lo rechazaba, él se limitara a dar media vuelta encogiendo los hombros. Y en la oficina, empezando por su jefe, todos la habían tratado siempre con un amistoso respeto.
Frunció el ceño al caer en el único motivo posible por el que Duncan le estuviera haciendo aquel tipo de preguntas.
–¿Por qué me preguntas eso? ¿Has recibido alguna queja?
Duncan no la escuchaba. Había agachado la cabeza y parecía concentrado en su mano.
–¡Te has quitado los anillos de compromiso y de casada! –dijo éste con la voz ronca por el asombro, acariciando con un dedo la piel ligeramente más blanca del lugar que había ocupado el anillo. Luego levantó la cabeza y volvió a mirarla, con una desacostumbrada palidez–. ¿Por qué no llevas los anillos de Harry?
Kalera tenía la piel muy sensible, y desde aquella piel, que Duncan acariciaba, le llegó un suave estremecimiento que ascendió por su brazo.
–Están en casa… Me ha parecido que ya era hora de quitármelos –dijo, contrayendo los dedos y cerrando la mano en un puño que se negaba a hacerse eco de la agradable caricia de Duncan.
Duncan soltó su mano, pero en lugar de levantarse inmediatamente, se balanceó sobre sus talones, rozando de ese modo con sus rodillas la pantorrilla de Kalera. La fría expresión de su rostro desapareció, dejando paso a una ligera sonrisa que no le pasó desapercibida a Kalera, que seguía sonrojada.
–Es parte del pasado –dijo él. Y el evidente guiño de satisfacción de su tono consiguió que Kalera se pusiera tensa, en un gesto defensivo, cerrando los puños.
–Nunca olvidaré a Harry…
–Claro que no, pero ya hace dos años que murió –dijo Duncan, con su devastadora y habitual franqueza–. No tienes por qué sentirte culpable, Kalera. Has honrado su memoria con un periodo de luto –dijo Duncan, y suavizó el tono de su voz–, los has honrado a los dos, pero ahora tienes que seguir adelante, aprovechar todas las oportunidades que hoy en día se le ofrecen a una mujer –añadió, con una sonrisa de aprobación. Era la introducción perfecta y Kalera no podía desaprovecharla.
–Me alegro de que pienses así, porque eso es exactamente lo que ha ocurrido –dijo, suspirando profundamente antes de anunciar–: Anoche me he comprometido.
–¿Anoche qué? –dijo Duncan, que sin perder la sonrisa, aquella sonrisa extraña, caprichosa, atractiva que volvía locas a las mujeres. Kalera se dio cuenta de que no la había entendido.
–Anoche… una persona con la que he estado saliendo… pues… me pidió que me case con él…
Se interrumpió. En aquellos momentos era testigo de un acontecimiento único dentro de su experiencia vital: Duncan Royal estaba atónito, boquiabierto, sin saber qué decir. Parecía un hombre al que le hubieran golpeado con una maza. Su sonrisa se desvaneció dejando paso a una expresión aturdida. Abrió y cerró la boca, pero el único sonido que profirió su boca fue un suspiro desalentado. Se quedó pálido y sus ojos parecieron en un instante más sombríos. Si no fuera porque estaba arrodillado, Kalera habría pensado que se hubiera desmayado.
En cualquier otro momento aquella circunstancia la habría divertido. Duncan disfrutaba dejando atónitos a los demás. Solía dejar caer comentarios sorprendentes como medio de dominar las conversaciones, de manera que contemplar cómo se volvían las tornas en contra suya era un acontecimiento digno de ser disfrutado. Sin embargo, sabía que aquel aturdimiento no podría durar mucho.
–Fuimos a cenar y me pidió que me casara con él y yo dije que sí –le dijo de una vez por todas, esperando con ello detener la batería de preguntas que veía agolparse en sus ojos–. Así que al volver a casa me quité los anillos de Harry. No me parece correcto llevarlos cuando estoy comprometida con otra persona… aunque puede que vuelva a ponerme la sortija… después de casarnos…
Duncan agachó la mirada, fijándose en la mano derecha de Kalera. Ella se dio cuenta de que estaba buscando una prueba fehaciente de sus palabras.
–No tengo anillo de compromiso –dijo– porque queremos ir juntos a elegirlo. A propósito, lo haremos esta noche, después de trabajar…
Duncan sacudió la cabeza violentamente, una sola vez, como un boxeador recobrándose de un golpe casi definitivo. Por una vez, su mente no podía asimilar todo lo que le estaban diciendo.
–¿Has estado saliendo con alguien? –preguntó.
Kalera se encogió de hombros.
–Como tú acabas de decir, hace dos años que Harry nos dejó…
–¿Has estado saliendo con otro hombre?
¡Y pensar que Kalera siempre se había sentido inferior ante la suprema inteligencia de Duncan! No pudo evitar que se le escapara una risita nerviosa.
–Bueno, mira, desde luego, con quien no he salido es con otras mujeres. Además, los matrimonios entre personas del mismo sexo todavía no son legales, así que me parece absurdo comprometerme con…
Su humor no arrancó ni la más ligera sonrisa de Duncan.
–¿Y cuánto tiempo llevas con ese tipo?
–Algunos meses –confesó Kalera, aunque en términos prácticos llevaba saliendo con «ese tipo» menos tiempo.
Duncan frunció el ceño.
–¡Algunos meses! ¿Llevas saliendo unos meses con otros hombres y no te has atrevido a mencionarlo?
Lo decía como si hubiera llevado una vida de secreta promiscuidad. Primero la animaba a superar la pérdida de Harry y luego hacía que se sintiera culpable por haber llevado a cabo su consejo.
–Con «otros hombres» no –protestó, con una mezcla de indignación y culpabilidad–. Con un solo hombre, en singular. Y, bueno, todo comenzó tan sin darnos cuenta que en realidad no había nada que contar… además, ¿por qué iba a hacerlo? Tú no me hablas de las mujeres con las que sales.
–No lo hago porque… –se interrumpió, mirándola fijamente a los ojos–. No, no lo hago, pero eso no te impide saberlo, ¿verdad? Me pasas las llamadas, abres mi correo y llevas mi agenda, y si hay algo que no sabes te enteras por los rumores. Porque este lugar es un nido de cotilleos y parece ser que el número de chistes acerca de mi vida personal no deja de aumentar. Apuesto a que sabes mejor que yo con cuántas mujeres he salido.
–Lo dudo –murmuró Kalera con ironía, pensando en la procesión de cuerpos Danone fotografiadas del brazo de su jefe. Aunque dada la legendaria energía de Duncan y el tiempo medio que le duraban las parejas, su sugerencia no era del todo descabellada.
–Oh, no me refería al sentido carnal –dijo Duncan, respondiendo con seriedad–. Bueno, ¿y quién es el afortunado? ¿Quién es ese hombre maravilloso con el que empezaste a salir tan sin darte cuenta que no mereció la pena mencionar el hecho a tus amigos? –preguntó, con una expresión muy dura–. ¿O es que soy el último en enterarme?
Kalera negó con la cabeza. Incapaz de mantener su posición por más tiempo comenzó a ordenar las cosas que había sobre su mesa.
–No, no he hablado de él con nadie. Es… extraño…
Duncan se sentó en la mesa, apoyando el codo en la pantalla del ordenador. Los músculos de su muslo se marcaban bajo la tela de sus pantalones cuando apoyó el pie sobre el tirador de uno de los cajones.
–¿Por qué? ¿Es que está casado?
Kalera dio un respingo.
–¡No!
–¿Divorciado? ¿Tiene hijos y no quieren que su papaíto se vuelva a casar? ¿Tampoco es eso? Bueno, entonces puede que te avergüences de él –dijo–. ¿Y eso por qué? ¿Es un hortera o un barriobajero y no quieres que te vean con él en público?
Kalera dio un golpe sobre la mesa.
–¡No! ¡Claro que no! –dijo, tratando de concentrase en los bolígrafos que estaba ordenando–. Es de buena familia y tiene su propia empresa…
Esperaba que Duncan le preguntara en qué sector trabajaba, pero estaba claro que Duncan se negaba a cooperar.
–¡Vaya! Así que es rico… –dijo, con un bufido de desprecio.
La estaba provocando deliberadamente, pero Kalera no iba a consentirlo.
–Sí –contestó.
–¿Y guapo…?
–Mucho.
–¿Inteligente?
–Inteligentísimo.
–¿Es bueno en la cama?
–Una fiera –replicó Kalera al punto–. Y también –añadió, aprovechando que le había dejado boquiabierto– es amable, generoso, le gustan los niños y los animales y es muy bueno con su madre.
–¿Todavía sigue cosido a sus faldas? –preguntó Duncan alzando una ceja–. ¿Es que es más joven que tú?
–Teniendo en cuenta que tengo veintisiete años, no puede serlo mucho más… Te equivocas si crees que es un gigoló o un niño mimado… Está en la flor de la vida, nada más –insistió fastidiada.
–¡Menudo eufemismo! –se burló–. Por lo que parece, entonces es más bien madurito.
–Si tanto te interesa saberlo, te diré que tiene exactamente tu edad –le espetó Kalera.
–Sí, y tu descripción se ajusta perfectamente a mi carácter… ¿Todos estos rodeos para decirme que te has enamorado de mí, Kalera? –preguntó cínicamente.
Ella le lanzó una mirada fulminante, olvidándose por completo de que lo que pretendía era calmarle.
–Serías el último hombre en la tierra del que yo me enamorara –casi gritó, agarrándose a la mesa para contener el creciente deseo de empezar a romper cosas–. ¡Dios mío, pero qué arrogante eres!
Duncan se tomó sus palabras como si fueran un cumplido. A decir verdad, estaba acostumbrado a destacar en todo cuanto emprendía, y aunque era un genio de la informática, su aspecto no se asemejaba en nada al prototipo de sabio distraído, ya que gracias a sus sesiones de gimnasio y squash se mantenía en una forma excelente para sus treinta y cuatro años.
–Bueno, es que todo lo que has dicho me cuadraba –murmuró–, especialmente lo de ser un as en la cama… Dime, Kalera, ¿qué tiene tu hombre misterioso que yo no tenga?
Aquella alusión a su maestría en la cama le puso inmediatamente alerta. Kalera sabía muy bien que no estaba exagerando en absoluto.
–¡Humildad! –le espetó rabiosa. No se podía decir que en aquellos momentos pareciera una Madonna precisamente.
–¡Vaya! Sea quien sea, lo describes de tal forma que parece irreal de puro bueno…
–Pues no lo es –replicó Kalera con tal sinceridad que le dejó desarmado.
–Así que existe de veras, ¿no? –preguntó tras una larga pausa–. ¿No es un simple producto de tu imaginación?
–¡Claro! ¿Por qué te crees si no que renuncio a mi trabajo?
–Espera un momento –le interrumpió Duncan–: ¿Quieres decir que lo haces sólo porque te vas a casar?
–Lo he pensado mucho, y me parece que es la única opción… –empezó a decir Kalera con mucho tiento.
–¿Pero es que vas a renunciar a un trabajo que te encanta sólo porque a ese modelo de virtudes no le gusta que su mujer trabaje? ¿Es que se cree que estamos en la Edad Media, o qué?
–No, nada de eso…
–Dame una razón entonces: ¿vas a mudarte acaso? ¿Es que no vive en Auckland?
–Sí, pero…
Casi era visible el esfuerzo mental que estaba haciendo Duncan para intentar comprender la situación.
