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Vivencias de Fray Juan José Gallego Salvadores, exorcista de la Archidiócesis de Barcelona. ¿Existe Satanás? ¿En qué consiste una posesión diabólica? ¿Se están realizando exorcismos en la actualidad? ¿Cómo es un auténtico exorcismo de la Iglesia Católica? ¿Por qué existe tanto secretismo en relación con estos temas? Cara a Cara con Satanás es un libro revelador, valiente, impactante, que te dejará sin aliento y que responderá a estas preguntas y a otras muchas más. Por fin, un tema tabú en el seno de la misma Iglesia Católica queda desvelado. Como nunca antes, la autora se adentra en el fascinante mundo de los exorcismos, las posesiones diabólicas y las influencias demoníacas de manos del exorcista de la Archidiócesis de la ciudad de Barcelona, el dominico Fray Juan José Gallego. En Cara a cara con Satanás conocerás cómo se prepara en su lucha contra el maligno y te adentrarás en su apasionante vida. Legiones de exorcistas por todo el mundo combaten el mal en pleno siglo XXI. En unas entrevistas cercanas y personales, el exorcista Fray Juan José Gallego se confiesa a la autora de este libro revelando detalles y anécdotas muy íntimas de su experiencia vital. Desde su infancia hasta el día de hoy, que sigue incansable luchando contra el mismísimo Satán. En Cara a cara con Satanás vivirás con la autora experiencias únicas e irrepetibles. Prepárate a conocer casos reales que te pondrán los pelos de punta. Toma aliento y respira... ante lo que vas a leer. Una historia tan real que te parecerá imposible que sea cierta. Fray Juan José Gallego Salvadores (Castrillo de los Polvazares, 1940). A la edad de 13 años entró en el seminario menor de los dominicos de Cardedeu (Barcelona) y fue ordenado fraile dominico de la orden de predicadores en 1965, a la edad de 25 años. Es Doctor en Teología por la Universidad de Santo Tomás de Aquino (Roma), Licenciado en Filosofía y letras por la Universidad de Barcelona y catedrático emérito de la Facultad de Valencia. Es miembro fundador de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA) y actualmente sigue íntimamente vinculado a la misma. Ha ejercido de consejero general del Gobierno General de la orden dominica en Roma durante 11 años y ha sido el Provincial superior de la orden en Portugal durante 8 años. Su actividad en la Orden de Predicadores le ha llevado a viajar por medio mundo. En España trabajó como Provincial de la orden dominica de Aragón mientras compaginaba su actividad como docente en la Facultad de Teología de Valencia, actividad que ejerció hasta su jubilación a los 70 años. En 2007 se trasladó al Convento de Santa Catalina Virgen y Mártir de la ciudad de Barcelona y fue nombrado exorcista de la Archidiócesis de Barcelona, función que ha desarrollado ininterrumpidamente hasta la actualidad.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
Teresa Porqueras
Cara a cara con Satanás
© de la obra: Teresa Porqueras Matas, 2016
© de la edición: Apostroph, edicions i propostes culturuals, SLU
© de la fotografía de cubierta: Llorenç Melgosa
Primera edición: octubre 2016
Segunda edición: febrero 2017
Tercera edición (reimpresión): abril 2017
Cuarta edición (reimpresión): septiembre 2017
Quinta edición (digital): junio de 2020
ISBN: 978-84-945229-6-3
Edición: Apostroph
Diseño de cubierta: Apostroph
www.apostroph.cat
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A mis queridos padres que, desde el más allá
y desde lo más profundo de mi corazón, hacen
que mantenga firme mi pluma.
Presentación
Cuando con Teresa nos propusimos escribir este libro, casi sin pensarlo le dije que adelante y acepté dichoso esta aventura. Mi formación como fraile dominico de la Orden de Predicadores hace que intente vivir todas las realidades.
San Agustín decía que solo se sabe bien lo que se escribe y creo que, en efecto, Teresa ha vivido esta experiencia. Al menos así lo he percibido yo al leer con atención este libro: la dimensión religiosa encarnada en una mujer de nuestro tiempo.
En pleno siglo XXI no resulta nada fácil hacer comprender a muchos qué es y en qué consiste mi trabajo como exorcista. Decenas de periodistas se acercan hasta mí ávidos de curiosidad para tener algo de luz. Muchos de ellos son incrédulos totales, otros se muestran más bien sorprendidos ante lo que descubren.
Realmente no me incomoda en absoluto cuando algunas personas consideran que mi labor como exorcista es algo retrógrada, más propia de un argumento de película que de la vida real. Más bien, cuando esto ocurre, les respeto y dejo que hablen. Luego, simplemente pido a Nuestro Señor Jesucristo que les ilumine y deseo que ellos no tengan que vivir jamás las experiencias tan terribles que algunos sufren.
Afronto cada día de mi vida con la templanza y la seguridad que me da creer que no estamos solos en este mundo. En estos nueve años recién cumplidos como exorcista de la Archidiócesis de Barcelona he vivido en primera persona incontables casos que pondrían a más de uno la piel de gallina. Ver para creer. ¿Y si yo les dijera a ustedes que sí que existe el demonio? Así es. El demonio existe, se manifiesta, está entre nosotros y es un ser espiritual que yo mismo he experimentado. Deseo que estas páginas les ayuden a comprender algo de este misterio. Teresa, sin duda, ha descubierto una dimensión que en todo esto, a veces, pasa desapercibida para algunos: la de Dios.
Quiero agradecer de corazón la dedicación y el trabajo de todas aquellas personas que han colaborado y que han hecho posible este libro. Mis gracias a Teresa, a las editoras Alexandra y Anabel y, especialmente, a todos los testimonios anónimos que aquí se incluyen.
El Papa Francisco me ha concedido el honor de ser Misionero de la Misericordia y yo estoy seguro de que este libro es un instrumento de Misericordia y de esta realidad, porque cuando el dolor es compartido es más fácil de llevar.
Juan José Gallego Salvadores, O. P.
Introducción
Cara a cara con Satanás es un libro triplemente especial para mí. Este es mi primer niño de papel que reconozco sin rubor que me ha robado por entero el corazón con un amor todopoderoso, propio del de las madres primerizas que idolatran sin más a su recién nacido. En segundo lugar, admito abiertamente que todo lo que ha sucedido en relación a este libro se escapa de alguna manera de los lindes de la simple casualidad. Yo misma he sido testimonio fiel de su providencial gestación, como si una mano intangible e invisible me guiara en todo momento. En tercer lugar, y tal vez el punto más trascendental para mí, es que gracias a todo lo acontecido he experimentado un cambio sustancial en mi persona. He vivido mucho con este libro, más de lo que yo misma nunca hubiera podido imaginar. En cierta manera se podría decir que a través de estas páginas he recorrido un intrincado sendero que me ha marcado profundamente como ser humano.
El exorcista Juan José Gallego me ha abierto los ojos de par en par a una realidad velada que muy pocos conocen. Su ejemplo de vida y sus inigualables experiencias me han hecho en todo momento el camino fácil y llevadero. Éste ejemplar dominico ha sido buen guía y mentor, más cuando he tratado por mi cuenta y riesgo de adentrarme en los entresijos de este submundo, reconozco que me he topado de bruces con una opaca realidad, jalonada de tabúes que a duras penas conviven en la trastienda de la Iglesia Católica.
Se hacía necesario escribir un libro como éste, que reivindique la voz de los que lloran en silencio, de aquellos atormentados que sufren lo indecible y que sienten vergüenza y temor de gritar a los cuatro vientos qué es lo que les sucede por temor a que les tachen de locos. En estas páginas, espero y deseo que tengan consuelo para que no desfallezcan, porque no es menos cierto que incontables personas sufren diariamente los embistes de una fuerza invisible que les atormenta día tras día, y noche tras noche. No son enfermos, no sufren esquizofrenia, y muchos de ellos ya están cansados de deambular por multitud de consultas médicas donde no logran dar respuesta a sus inexplicables males. Ciertos posesos dicen sentir un sufrimiento físico y, en otras ocasiones, explican que una especie de dolor espiritual les carcome por dentro, provocándoles un sufrimiento del todo insoportable, hasta el punto que algunos deciden acabar con su existencia.
Ojalá lo aquí escrito ayude a todos aquellos interesados por estas temáticas, a los curiosos y a los valientes que no temen saber.
Siempre he creído que hay historias tan reales y auténticas que, aun siendo veraces, son negadas por todos. Pues bien, en Cara a cara con Satanás el lector se topará de lleno con ciertas situaciones que cuestan de digerir porque nos hacen tambalear muchos estereotipos y esquemas impuestos por el mundo en que vivimos.
En mi incansable indagación admito, sin ningún ápice de arrogancia, que he ido mucho más lejos de lo que tenía previsto inicialmente. Experimentar en mis propias carnes situaciones antes impensables creo que ha sido la verdadera clave. En este singular periplo zambulléndome por lo más escabroso y turbio de los exorcismos he reído, he llorado, he pasado cierto pavor, he disfrutado de gratos momentos e incluso he perdido amigos por el camino, pero he ganado otros tantos; sin olvidar que en algún momento me he sentido defraudada, intimidada y presionada por ciertas instancias «superiores» para no explicar en demasía.
Jamás pensé lo intrincado y tortuoso que podía llegar a ser el submundo de los exorcismos y de las posesiones demoníacas en pleno siglo XXI. Se trata de un terreno auténticamente pantanoso, repleto de aguas movedizas, y terriblemente oscuro para la opinión pública. Por fortuna, mi indagación me ha llevado a conocer lo mejor y lo peor del ser humano, la parte más positiva y lo que jamás me hubiera imaginado que podía existir; lo que se puede contar y lo que hay que ocultar por todos los medios. Y precisamente, en lo más dulce y en lo más agrio de mi bagaje, es donde he podido dibujar, a veces con mano temblorosa, un fiel dibujo de lo que son realmente las posesiones demoníacas.
Admito que no es baladí lo que se cuenta y lo que voluntariamente se omite en éstas páginas. A parte del testimonio sin igual del exorcista fray Juan José Gallego, sobre el que se basa la totalidad de este libro, solo el padre José Antonio Fortea se ha atrevido a manifestar con franqueza y normalidad abordando importantes cuestiones de interés. Las demás declaraciones obtenidas, muy a mi pesar, están envueltas en el miedo y en el secretismo que infunden estos temas. Conseguí contactar con dos exorcistas de la Iglesia católica que actualmente desarrollan su labor en secreto y que no desean bajo ningún concepto que su actividad salga a la luz; también he podido hablar con algunos ayudantes seglares que colaboran mano a mano en la práctica de los exorcismos.
Mi perseverancia y la ayuda de la providencia han hecho posible que pudiera asistir en persona a la realización de un verdadero exorcismo de la Iglesia católica. Pero, ante todo, valoro la maravillosa oportunidad que me ha sido concedida de poder dialogar en profundidad con una persona que actualmente está poseída. Averiguar cómo vive, qué piensa y cómo lo digiere y afronta su entorno cercano me ha proporcionado una interesante perspectiva para llegar a comprender en su complejidad cómo es el día a día de estas personas y de sus familias.
Con todo, en Cara a cara con Satanás el lector se adentrará en la apasionante vida del exorcista de la Archidiócesis de Barcelona, fray Juan José Gallego Salvadores. Quien avance en su lectura podrá conocer casos y vivencias únicas de personas de toda índole y condición venidas desde todos los rincones de España. Debo resaltar que, para preservar el anonimato que procede en estos casos, he obviado dar demasiadas referencias sobre la identidad o procedencia de los afectados, vidas de personas tan normales y corrientes que nadie sospecharía que en la intimidad de sus vidas viven un auténtico infierno.
Te invito a ti, lector, a adentrarte conmigo en el inquietante mundo de los exorcismos y de las posesiones demoníacas a través de la apasionante vida de uno de los exorcistas que más me han impresionado por su humildad y sencillez: fray Juan José Gallego, exorcista de la Archidiócesis de Barcelona. Espero que lo que leas a continuación abra tu mente, te rompa los esquemas, porque lo que vas a leer supera con creces la ficción.
Teresa Porqueras Matas
Lleida, julio de 2016
Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él
Apocalipsis 12:9
1. La proposición
Hace días que presentía que algo bueno iba a pasar. Ayer me reuní con mis editoras en una clásica cafetería de Lleida y como quien no quiere la cosa me expusieron ilusionadas una labor que de primeras me entusiasmó: escribir sobre la vida de un exorcista. Alexandra y Anabel intuían mi buena relación con el padre Juan José Gallego, exorcista oficial de la archidiócesis de Barcelona, y estaban perfectamente informadas por la prensa de que hacía unos meses habíamos realizado con nuestra productora un reportaje para emitirse en la televisión catalana sobre la figura de este singular sacerdote.
Recuerdo perfectamente el día que por primera vez acudí al Convento de Santa Catalina, Virgen y Mártir de la ciudad condal para conocer, por fin, a este carismático exorcista, fray Juan José Gallego Salvadores. Era el mes de febrero, un día fresco, claro y soleado. Por un momento sentí que se auguraban cosas buenas, como si los dioses nos fueran propicios.
Nuestra cita ya había sido acordada con casi tres semanas de antelación, por lo que estuve muchos días algo inquieta e impaciente ante ese primer y crucial encuentro. Con tiempo y sin prisa, estuve estudiando y revisando concienzudamente todas las preguntas que debíamos realizarle, las mías y las que me aportó Sebastià D’Arbó, el director de nuestro programa de televisión, Misteris amb Sebastià D’Arbó. Teníamos que grabar una entrevista que, una vez editada, no debía superar los quince minutos de emisión con el sugerente título de Les possessions diabòliques existeixen (Las posesiones diabólicas existen).
Llegamos con tiempo de sobras a Barcelona para realizar la interviú, así que con el cámara decidimos parar para desayunar y, de paso, aprovechar el tiempo para ultimar algunas de las tomas previstas. A eso de las diez menos diez de la mañana, volvimos al coche para recoger la cámara de vídeo, los focos y los trípodes, a fin de emprender camino hacia el convento; unos escasos 50 metros nos separaban de nuestro destino. El trayecto desde donde estaba aparcado el automóvil hasta el número diez de la calle Bailén se me hizo realmente largo e interminable. Miraba algo quejumbrosa mi reloj de pulsera, pues quería llegar puntual a la hora acordada, y parecía como si las manecillas del reloj, a sabiendas de mi emoción, se negasen a avanzar.
Con estricta puntualidad germana llamé al timbre a las diez en punto de la mañana y aguardé. Pasados unos quince segundos una voz distorsionada por el telefonillo nos contestó y nos animó a esperar pacientes. Después de una breve pausa, la noble puerta de color azul plúmbeo abrió tímidamente una de sus hojas y apareció el exorcista ataviado con el tradicional hábito blanco crudo de dominico, compuesto de una túnica y un escapulario con capucha. Mi primera impresión fue muy positiva. Hoy reconozco que se me hacía cuesta arriba tratar de disimular mi alborozo al tener ante mí a alguien tan sumamente especial. Entretanto me recreaba en su atuendo, rematado por una humilde correa o cíngulo que recorría su cintura. Por unos instantes, sentí que mi admiración se tornaba en devoción. Era tal y como lo recordaba de las múltiples entrevistas que había estado revisando durante días en diversos vídeos de Internet. Su apariencia era corpulenta y su presencia verdaderamente imponía; tenía el gesto de aquel que persevera y no ceja en su empeño. De piel blanquecina y pelo corto cano, irradiaba campechanía y afabilidad. Nos saludamos cordialmente y sin más dilación penetramos en las entrañas del Convento de Santa Catalina, una majestuosa y vetusta construcción del año 1889, acorde con quien acabábamos de conocer. Al tiempo que intentaba vislumbrar su mirada agazapada detrás de unas discretas gafas, en mis adentros me sentía victoriosa de poder contemplar ante mí la figura de quien diariamente osa enfrentarse al maligno.
Él nos guiaba por el intrincado edificio. Subimos unos peldaños y giramos a la derecha. Nuestros pasos se encaminaron por un largo pasillo que nos llevó hasta un cuarto, el despacho del exorcista. Era una habitación sin grandes pretensiones, más bien pequeña, sin luz natural, con dos de sus paredes forradas de estanterías sencillas de metal y a rebosar de libros. En las dos restantes paredes blancas colgaban varios cuadros enmarcados con títulos y méritos del sacerdote. Observé atenta una foto del hermano del exorcista que posaba con Juan Pablo II. Al lado de ésta, una instantánea con los dos hermanos Gallego junto al mismo Papa. Ambas imágenes se encontraban colgadas de la pared en lugares privilegiados, al alcance de la vista del sacerdote. Un poco más arriba, pendía una cruz de grandes dimensiones con un Cristo que portaba un rosario de madera en su cuello y poco más; en aquella estancia reinaba la simplicidad. En particular, de todo lo que vi, atrajo poderosamente mi interés el título otorgado por el Arzobispado de la ciudad condal y firmado por el cardenal arzobispo de Barcelona, Don Lluís Martínez Sistach, en el año 2007, y por el cual se le otorgaba oficialmente la licencia para realizar exorcismos, al mismo tiempo que se hacía constar que era un título de revisión trienal.
En medio de la habitación se disponía un sencilla mesa de despacho de madera atiborrada de papeles y repleta de incontables libros de carácter religioso amontonados sin un aparente orden, unos calendarios, un bote con lapiceros, una cruz, una jarra grande de cristal llena de agua bendita y varias fotografías más del Papa Juan Pablo II, por el que parece tener gran devoción.
Entre las decenas de libros de diferentes autores que pude contemplar apilados en la mesa del exorcista, uno de ellos llamó mi atención. De tapas gruesas y duras, y de un color rojo chillón, no podía ser ningún otro. Se trataba del Nuevo Ritual Romano del Exorcismo.
El padre Gallego quiso sentarse expresamente en su silla de despacho y yo tomé asiento enfrente de él. Así, de esta manera, es como se sitúan todos los que acuden a solicitarle ayuda. El cámara, por su parte, se instaló a mi espalda, perfectamente posicionado para enfocar todo lo que allí iba a producirse.
Ansiosos, nos preparamos para dar inicio a la entrevista, no sin antes ceder a la curiosidad del exorcista, que nos realizó varias preguntas de rigor sobre quién éramos, dónde vivíamos, para quién trabajábamos y cuál era el fin de la entrevista que estaba a punto de iniciarse. Sentíamos punzante en nosotros su perspicaz y aguda mirada, como quien no puede evitar esconder sus innatas ansias de indagar. Centenares de personas supuestamente poseídas se habían sentado en esa misma silla en la que yo me encontraba, decenas de periodistas de todas las cadenas de televisión, habidas y por haber, habían estado justamente allí, con mi mismo apetito curioso por saber y conocer sobre este tema tan desconocido: los exorcismos. Sin embargo, nosotros dos éramos unos auténticos desconocidos (al menos por el momento). Éramos unos extraños más, unos recién llegados que debíamos superar esa desconfianza inicial. Lo comprendí perfectamente y me dejé llevar por mi intuición mostrándome franca y espontánea, sin imposturas. Con sinceridad le transmití que sentía que mi espíritu necesitaba estar en aquel lugar. De hecho, le manifesté que mi estancia allí obedecía a un deseo que tenía desde hacía tiempo y le hice saber que me alegré cuando el director del programa, Sebastià D’Arbó, aplaudió mi iniciativa de hacer un reportaje sobre su figura; pero para mí, más que un simple interrogatorio o un intercambio de ideas, el estar allí, en esa habitación angosta, significaba algo más. Era como reencontrarme con mis propias dudas, con mi propio yo.
Recuerdo que el tiempo en aquella estancia pasó veloz como una exhalación, y cuatro horas de entrevista se me hicieron intensas, pero suficientes para nuestro inicial propósito, que no era otro que entender en qué consistía la labor de un exorcista, al mismo tiempo que recopilábamos historias reales de exorcismos de personas anónimas venidas desde todos los rincones de España en busca de ayuda. Por otro lado, ahora reconozco que compartir aquella mañana me sirvió para apaciguar mi alma y pude sentir en mis propias carnes esa paz y esa quietud de los que buscan afanosamente recobrar la estabilidad en sus vidas. Miré a mi alrededor y no encontré ningún atisbo de aquel sufrimiento y desesperación de aquellos que acuden diariamente hasta el convento después de realizar un largo peregrinaje por incontables médicos, psiquiatras, psicólogos, santeros y videntes. El humilde cuarto se me mostró por momentos gigante. ¡Cuántos exorcismos habrán visto estas paredes!, pensé.
Todos los casos que me transmitió el sacerdote me hablaban de personas de diversa índole y condición, jóvenes, adolescentes y ancianos que vivían atormentados ante algo desconocido que les acontecía. Comentó varias vivencias, entre ellas el caso de una muchacha adolescente de catorce años. Su padre era psiquiatra y llevaba tiempo tratándola sin ningún resultado. Era un caso de posesión que su progenitor se negaba a aceptar, hasta el punto que un día Gallego le dijo al médico:
—Hay mundos que son distintos a los que tú estás tratando y hay que reconocerlo.
El dominico parecía acostumbrado a lidiar con Satanás y el maligno, era su pan de cada día. No obstante, me recalcaba una y otra vez la seriedad del problema, hasta el punto que me confesó que no eran pocos los que se veían abocados al suicidio como única posible solución a sus tribulaciones, cansados de padecer y hacer sufrir a los suyos. Este hecho me perturbó y sentí que me abofeteaba una bocanada fría de hiperrealidad. ¿Eran posibles todos aquellos casos? Me contó que un joven que no tenía estudios empezó a hablar un idioma extraño, que él no entendía, a pesar de que el padre conoce y habla muchas lenguas. Al acabar lanzó una frase en un perfecto latín. Le dijo: «Te mando, te prohíbo y te ordeno que no reces más padrenuestros».
—Luego le pregunté a su madre, que iba con él, si sabía hablar latín, y ella me confirmó que no, que era un vaina, que jamás había estudiado —dijo el padre Gallego.
Gentes que se transformaban con una fuerza titánica, que hablaban lenguas que desconocían, retorciéndose como animales y cambiando su tono y timbre de voz como si les usurparan su propio cuerpo. Los ojos de aquel culto catedrático en Teología no mentían, eran el fiel reflejo de unas vivencias. Cualquiera que escuchara aquello pensaría que estaba viviendo una auténtica película de terror. Pero, en esta ocasión, aquello que escuchaban mis oídos era la vida real.
No podía ser más transparente en sus explicaciones: las posesiones y las influencias demoníacas existen. Según él, los diferentes episodios de posesión se producen cuando el llamado demonio —porque demonios hay muchos, según sea su función— se apodera parcial o totalmente de la voluntad del individuo. El sacerdote comentaba que los poseídos sentían como si el mismísimo Satanás se hubiera instalado dentro de ellos, aunque afortunadamente eran pocos los casos de posesión; en cambio, las influencias demoníacas solían ser más habituales:
—Se dan cuando la entidad maligna tienta al sujeto desde fuera, con pensamientos, visiones, ruidos, con un miedo atroz, con una falta de esperanza total y absoluta, sintiendo una angustiosa sensación de que se van a condenar—explica el dominico.
Le hice hincapié en el hecho de que muchas de esas posesiones satánicas bien pudieran ser fruto de enfermedades mentales y él razonablemente asintió. Ya estaba acostumbrado a que los periodistas le plantearan el tema y no le molestó. Todo lo contrario, lo admitió con sencillez. De acuerdo con sus experiencias, la enfermedad de la esquizofrenia, por ejemplo, puede mostrar unos síntomas muy parecidos a los que pudieran presentarse en una persona posesa. Además, subrayó que los preceptos del catecismo de la Iglesia Católica remarcan muy claramente que en la mano de los exorcistas recae el saber discernir entre lo que es una enfermedad y lo que realmente no lo es. Por esta misma razón, el exorcista agradecía si los posesos le aportaban exámenes psiquiátricos o psicológicos que ayudaran a descartar o confirmar la presencia de alguna enfermedad o trastorno mental.
Deseábamos conocer experiencias reales. Entre las historias que nos contó, recuerdo el caso de una muchacha que ya había venido a verle con anterioridad. Repitió visita y había regresado muy contenta porque hacía unos días que acababa de venir del psiquiatra y éste le había dicho que no tenía nada, que estaba estupenda. Cuando empezó a realizar el Ritual del Exorcismo la joven transformó por completo la cara y ya no parecía ella. Se empezó a mover de una forma extrañísima, realizando gestos obscenos con las manos. El marido tuvo que intervenir y la sujetó a duras penas. El sacerdote explicaba que aquel día había sido uno de los más difíciles.
El cámara y yo nos encontrábamos totalmente extasiados y absortos, nos deleitábamos escuchando, tratando de visualizar cada una de aquellas esperpénticas escenas que el padre no solía adornar con muchos adjetivos. Tal vez era demasiado escueto. Es más, me irritaba cuando en la cúspide de una explicación se detenía de repente, como reprimiéndose. Sus expresivos ojos tomaban la palabra por él y se explicaban solos, sin mediar palabra, dejando la puerta abierta a que nuestra imaginación acabara el relato. Era harto evidente: era nuestra primera visita y prefería no describir según qué cosas.
Era sábado, la una del mediodía, cuando abandonábamos muy a nuestro pesar el Convento de Santa Catalina con una magnífica sensación de haber estado a gusto compartiendo experiencias increíbles que le pondrían a más de uno los pelos de punta. El lunes, el sacerdote volvería a recibir a supuestos poseídos, sería una jornada más en la agenda del exorcista. Entre cinco y seis entrevistas diarias: tres por la mañana, de 10:15 hasta la hora de comer, y dos o tres por la tarde, de 17:15 hasta las 19:00 horas, si es que la faena de aquel día no requería más tiempo de la cuenta. Un puñado de dramas por resolver y que su secretaria, María Teresa, organizaría como bien pudiera, haciendo lo imposible por rebajar esa tediosa lista de espera de más de dos meses y medio de los que esperan pacientes su turno.
Durante las sucesivas semanas, mi pensamiento me torturaba con aquellas historias casi irreales que el exorcista nos había relatado y que, meses más tarde, darían vida a nuestro reportaje. Como el caso de una joven modosita y bien vestida que de repente, cuando empezó a hacer el exorcismo, se puso de pie como un muelle y dio tal salto que se plantó encima de su mesa, mirándole fijamente con mirada felina, desafiándole. Estas y otras anécdotas se me grabaron en la memoria con la fuerza de un hierro incandescente. Para el padre Juan José Gallego esto era su cometido —su obligación— y lo desarrollaba con gran agrado y orgullo, convencido de su labor. Me quedó claro que cada exorcismo realizado siguiendo las pautas que manda el Nuevo Ritual del Exorcismo Romano no era más que una oración en sí misma, un sacramental1, que no un sacramento, en donde el sacerdote hace una petición directa a Dios a través de un rezo, para que sea El Santísimo quien libere realmente a la persona supuestamente posesa.
1Los sacramentales son «signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida» -Catecismo #1667; Cf. Ley Canónica (Canon 1166).
Pasaron los meses y, en agosto del año 2015, acabamos de rodar las recreaciones cinematográficas que ilustraban Les possessions diabòliques existeixen y, estando pendientes de su estreno en televisión, Sebastián D’Arbó propuso proyectar el reportaje en el Brigadoon de la 48ª edición del Sitges-Festival Internacional de cine Fantástico de Catalunya. El éxito fue atronador, así que también decidimos proyectarlo en la 31ª edición de la Feria Internacional Magic 2015, donde fue recibido con gran expectación y aplausos.
Me encuentro a pocos días de finalizar el año y la inesperada propuesta de mis editoras retumba incesante en mi mente. En todo este tiempo no he vuelto a ver en persona al padre Gallego y mis comunicaciones con él han sido estrictamente telefónicas. Sé que ambos guardamos un grato recuerdo de aquella primera visita ya que a los pocos días me telefoneó y me comentó que se había sentido muy cómodo. Me halagó sobremanera cuando, agradecido por el trato recibido, se puso a nuestra disposición si las circunstancias algún día así lo requerían. Me alegra saber que ese momento finalmente ha llegado.
2. Segunda visita
Los días festivos nos vienen pisando los talones y no nos dan demasiado margen para maniobrar. Hoy sábado, día 19 de diciembre, a menos de una semana para la Navidad me he citado con fray Juan José Gallego Salvadores en el convento de la calle Bailén.
Tan solo dispondré de dos horas y, aunque creo que éstas serán insuficientes, espero aprovecharlas como convenga. Se me agolpan las preguntas y la emoción me embarga al pensar en nuestro reencuentro.
Hemos quedado a las 10 de la mañana, así que me apresuro a llegar puntual. La puerta del Convento de Santa Catalina está cerrada. Sigilosa, llamo al timbre y aguardo una respuesta.
Las inminentes fechas navideñas se hacen notar en las burbujeantes calles de Barcelona y el ambiente festivo se percibe por doquier. La regia fachada del edificio conventual se muestra impertérrita ante lo que sucede a su alrededor. Admiro una inmensa lona, colgada encima de la puerta principal de la entrada, con el siguiente texto: «Enviados a predicar el Evangelio». Mientras contemplo ensimismada el cartel que capta toda mi atención, la recia puerta que parece custodiar los secretos del convento se empieza a abrir y aparece ante mis ojos fray Juan José Gallego. Va vestido de calle: hoy no va ataviado con su hábito de dominico.
Me hace pasar y advierto que a mi paso se cierra el sólido portón tras un sonoro aldabonazo. Percibo como si en ese mismo instante hubiera penetrado en otra realidad, en otra dimensión. Constato agradecida que el estruendo de la calle se transforma en bendito silencio tras los gruesos muros del edificio. Los sábados reina la quietud en este lugar sagrado y se agradece. Entre tanto sigilo, resuenan estridentes los ecos de nuestras pisadas mientras avanzamos por los que me parecen pasadizos interminables.
Nuestros pasos se detienen delante de la puerta del despacho del exorcista y el dominico rebusca en su bolsillo. A su cinto lleva anudado un humilde cordel que atesora un ramillete de llaves. A modo de ritual, en la penumbra del pasillo, hace girar la llave en la cerradura. Se abre la puerta y todo está tal y como lo recordaba.
No puedo evitar deleitarme con lo que veo y mis ojos recorren el espacio. En un rincón, a mi izquierda y apoyada en la estantería, observo la que parece ser una inocente colchoneta azul plegada, como las que se utilizan en los primeros auxilios. Sobre ella se revuelcan los poseídos y rápidamente soy consciente del lugar donde me hallo. Le explico una vez más mis intenciones: reflejar en un libro su vida, sus inquietudes y su quehacer diario en su lucha contra el maligno. Le hablo de las editoras Anabel y Alexandra y comentamos que sería bueno tener una reunión con ellas más adelante. Para facilitarme el trabajo, el padre me hace entrega de un pliego de fotocopias y varias hojas de periódicos que ya tenía seleccionados y preparados para mí donde se pueden leer algunas entrevistas que otros medios ya le han realizado. Aplaudo su iniciativa y me aseguro de que el piloto rojo de mi grabadora continúa encendido.
Percibo algo de tensión, atisbo que no me será fácil llegar a desvelar las inquebrantables confidencias habidas dentro de estas cuatro paredes entre las que me encuentro. ¡Ay, si estos mudos muros pudiesen hablar! ¿Serían ellos mis delatores? Tal vez, al principio, se mostrasen reacios a revelar solícitos más de la cuenta. Cuando eres conocedor de tantos secretos y misterios, éstos se convierten en un gran tesoro que hay que salvaguardar, dando la vida si cabe por ellos. Reconozco que hurgar en las heridas puede ser doloroso. Me conformaré con saber escuchar atentamente lo que el exorcista tenga a bien explicarme para poder transmitir de la mejor forma posible lo que el corazón del dominico alberga. Lo que se tenga que saber, se sabrá y lo que deba callarse, por mí no será desvelado.
Me considero una privilegiada por estar aquí. Me reconozco con una gran necesidad de aprender. Presiento que estoy en el mejor lugar del mundo e intuyo que las piezas del puzzle de mi destino empiezan a encajar, como si de un sofisticado engranaje de precisión se tratase. No dudé ni un instante en acometer esta noble misión; algo me satisfacía por dentro susurrándome que todo lo que iba a producirse iba a ser por mi bien. Por su parte, el padre tampoco titubeó en aceptar, sabedor de que en esta vida efímera y pasajera los escritos permanecen como testimonios imperecederos de lo que nos ha tocado vivir.
El padre dominico es de complexión recia y de estatura media. Destacan en él sus característicos andares parsimoniosos, tranquilos. Miro su rostro afable, tratando de interpretar qué trasluce tras su penetrante mirada, oculta tras unas delicadas gafas de metal. Su cara comunica sinceridad y nobleza; el talante de quien se anda por la vida sin dobleces ni tapujos. Predominan sus pobladas cejas canosas y una amplia frente enmarcada por contadas arrugas que denotan que ante todo le rige la reflexión y la cordura; su pelo blanquecino es muy corto y revela la sencillez de su día a día; posee unas marcadas líneas de expresión en la comisura de su boca, que se hacen más visibles cuando sonríe y que me hablan de alguien que está satisfecho con el camino elegido. Apenas deja entrever unos finos labios, de quien reserva para sí muchos de sus pensamientos. Es prudente, sosegado, reflexivo y exageradamente contenido, pues mide con cautela cada una de sus palabras. Su tono pausado contrasta con mis ágiles e impetuosas preguntas. Intuyo que deberemos ganarnos la confianza mutuamente. De primeras, siento una buena sintonía con él. Se pudiera describir como esa sensación de bienestar que te llena de paz cuando conectas de alguna manera con alguien. No siempre ocurre esta circunstancia, así que es una suerte respirar esta percepción incalificable que hace que la energía del entorno se alíe providencialmente con nosotros.
Orden de predicadores
Antes de introducirnos en los casos y en las experiencias de vida de este exorcista del siglo XXI, debo indagar en la orden de los dominicos o, mejor dicho, en la llamada «Orden de Predicadores», una orden mendicante1 de la Iglesia católica a la que Juan José Gallego pertenece. Como fraile de dicha comunidad, el dominico ha realizado votos de castidad, obediencia y pobreza, renunciando a todo tipo de propiedades o bienes, ya sean personales o comunes, poniéndolos éstos, si existieran, a disposición de la comunidad religiosa. Cabe decir que la orden dominica se rige, desde su origen, por la llamada «Regla de San Agustín»2, como reflejo de la vida apostólica, para incidir sustancialmente en la austeridad de vida monacal.
1Una Orden mendicante (del latín mendicare, pedir limosna) es un tipo de orden religiosa católica caracterizada por vivir de la limosna de los demás.
2La Regla de San Agustín son las normas que el santo redactó para organizar la vida en comunidad. Entre ellas: la regulación de las horas canónicas, las obligaciones de los monjes y diversas cuestiones morales relacionadas con la vida monacal.
Juan José Gallego, como buen fraile dominico, cumple con agrado las tres máximas de la Orden de Predicadores: laudare, benedicere, praedicare3. Dichos vocablos latinos provienen directamente del lenguaje litúrgico, se relacionan entre sí y son absolutamente sinónimos, sintetizando en qué consiste el germen de la vida dominica. Laudare se vincula directamente con la celebración litúrgica y la oración que implicaría proclamar la alabanza de Dios, es decir, «alabar». Conjuntamente a la celebración de la liturgia y la lectura de la Palabra de Dios, se requiere que los frailes dominicos realicen oraciones privadas asiduamente, idea que se refleja en el término benedicere, «bendecir», también conocido como «mediación presbiteral». Por su parte, praedicare significa difundir y predicar el ministerio de la Palabra, concepto que daría sentido al nombre de la Orden: Orden de los Predicadores. Además, existen otros cuatro pilares que conforman las características fundamentales de los dominicos. Éstos son: el carácter docente y universitario, el marcado sentido apostólico y su vocación misionera; aspectos que resaltan sobremanera en la figura del dominico fray Juan José Gallego.
3Laudare, benedicere y praedicare significa «alabar», «bendecir» y «predicar». Esta divisa se aplicó a la Orden desde sus primeros tiempos, como se ve en la obra del español fray Pedro Ferrand (1254-1258) en su Leyenda de Santo Domingo (n. 43 en Santo Domingo de Guzmán, BAC nº 490, Madrid: 1987. Pág. 827). Dichas tres palabras definen los elementos centrales del carisma dominico: la contemplación y la acción apostólica presbiteral.
En el Convento de Santa Catalina, al ser una comunidad, se deben cumplir ciertos deberes, como el horario para las comidas, las liturgias y los rezos, entre otros menesteres monacales. Las directrices y cuestiones administrativas caen en manos del prior, cargo trienal, y que actualmente ostenta fray Luis Carlos Bernal. Aparte, la orden dominica dispone de una serie de constituciones propias que rigen la comunidad desde su fundación por el clérigo burgalés Santo Domingo. Cuando le consulto al exorcista sobre dichas normas, el dominico me retrotrae al origen mismo de la Orden de Predicadores, allá por el siglo XIII, de la mano de este insigne personaje, Domingo Guzmán Garcés, (Caleruega, Castilla; 1170 – Bolonia, Sacro Imperio Romano Germánico, 6 de agosto de 1221) quien fue canonizado el 13 de julio de 1234.
Santo Domingo de Guzmán es la figura central de la Orden. El santo, nacido en Caleruega, una pequeña aldea burgalesa, fue un clérigo que decidió fundar la Orden de Frailes Predicadores en 1215, con la misión primordial de predicar y evangelizar sobre la palabra de Dios. Su predicación se basó en la fuerza de la oración y, ante todo, en el ministerio de la palabra4. Dicha iniciativa fue ciertamente muy novedosa en la época, pues hasta ese instante los religiosos solían residir en monasterios y entre sus deberes no se encontraba la predicación, función exclusiva hasta entonces de los obispos.
4Evangelista Vilanova, teólogo reconocido y monje benedictino de la Abadía de Montserrat, explica así el proceder de Santo Domingo: «Domingo comprendió que toda crisis religiosa oculta un error de perspectiva, sabe que toda infidelidad nace de un error, y que un error no puede engendrar un amor auténtico por Cristo. El error está sobre todo en la inteligencia y, por tanto, solo una predicación de Jesucristo luminosa y doctrinal podrá iluminar las inteligencias e inflamar los corazones empedernidos; de ahí la predicación apologética, que implica la búsqueda de la verdad. Domingo habla en nombre de Cristo maestro y se convierte en anunciador de la palabra. Pero las ideas abstractas no convierten a las personas, si no se transfiguran en amor en el corazón del predicador y se vuelven visibles en su vida: la palabra debe ser propuesta como principio y método de vida, en el proceso completo de pensamiento y de acción. La imitación de Cristo y de los apóstoles exige la práctica de la misma vida de Cristo y de los apóstoles, la pobreza evangélica». Evangelista Vilanova, Historia de la Teología Cristiana. Desde los Orígenes al Siglo xv. Ed. Herder, Barcelona, 1987. Pág. 676.
El Santo burgalés se dedicó activamente a predicar la palabra de Dios en los territorios cátaros del sur de Francia donde se había implantado este creciente colectivo, también llamados albigenses5, practicantes de un nuevo concepto de religión que desde hacía un tiempo, y rápidamente, iba ganando terreno y más adeptos en la Europa medieval. Dicho movimiento espiritual supuso una amenaza grave contra la integridad de la religión católica de la época, ya que el catarismo6 se replanteaba y cuestionaba las bases en que se fundamentaba la Iglesia Católica, razones por las que fue considerado un movimiento hereje7.
5En alusión a la ciudad francesa de Albi donde residían algunas de las mayores comunidades cátaras.
6Movimiento que apareció en el siglo XII, encabezado por los llamados cátaros (llamados también albigenses). Poseían determinadas creencias que contrastaban radicalmente con la Iglesia Católica por la que fueron considerados herejes. El catarismo defendía una dualidad de dioses: Dios, creador de todas las cosas buenas y Satanás creador del mal y la maldad; no reconocían a la Virgen María ni aceptaban su culto; creían que el espíritu fue creado por la deidad buena mientras que la materia, incluso el cuerpo humano, fue creado por la deidad mala (el demonio); «Los perfectos» despreciaban el cuerpo, símbolo pecaminoso que abogaba por sí mismo al pecado, por ello era necesario purificarlo a través de una ascesis rigurosísima por lo que algunos perfectos morían de inanición; quienes practicaban el catarismo rechazaban el matrimonio; Cristo no era Dios ni tampoco hombre: era un ángel adoptado por Dios; Consideraban que la Iglesia Católica y los sacramentos eran unos instrumentos de corrupción. El movimiento en poco tiempo se convirtió en un arma política poderosa.
7Se llama herejía a la negación pertinaz de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma (Código de Derecho Canónico - CIC can. 751). -CIC# 2089. La herejía es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y lleva a la excomunión inmediata o latae sententiae (Ver CIC can. 1364). Según la Iglesia, la herejía atenta contra la fe y contra el Primer Mandamiento, por tanto, se produciría una herejía cuando surge un juicio erróneo sobre verdades de fe definidas como tales.
En el siglo XIII, conjuntamente con la fundación de la Orden de Frailes Predicadores, también nacieron las monjas dominicas y la llamada «Milicia de Jesucristo», conocida como «Tercera Orden de la Penitencia de Predicadores», que vendría a ser la rama seglar de la organización. Hoy en día se la conoce con el nombre de «Orden seglar dominica», y sus miembros son seglares de la Orden de Predicadores.
Si el fundador de la Orden de los Dominicos, Santo Domingo de Guzmán, trataba por todos los medios de luchar contra la llamada herejía, proclamando la Palabra de Dios, dicha batalla contra el mal, leit motiv de la orden dominica, está hoy, ocho siglos después, más viva que nunca encarnada en la estampa de este exorcista moderno, fray Juan José Gallego Salvadores.
El Convento de Santa Catalina Virgen y Mártir, el hogar del padre Gallego
Mi interés recala en el vetusto edificio en el que nos encontramos el cual seguro debe contener alguna que otra historia apasionante, del mismo calibre que la vida azarosa del dominico Juan José Gallego. El Convento de Santa Catalina Virgen y Mártir se fundó como tal en 1219 durante una estancia de Santo Domingo en la ciudad. No obstante, la primera ubicación de la Comunidad de Predicadores no estuvo en este enclave en el que hoy me encuentro, sino que se ubicaba en el mismísimo corazón del barrio judío de la ciudad barcelonesa, en la actual calle Sant Domènec del Call. Pocos años después, en 1223, una época de gran religiosidad, se estimó oportuno contar con un convento más espacioso en la misma ciudad de Barcelona. La inestimable colaboración del Rey Jaime I, más la ayuda de decenas de devotos, fieles y creyentes, hicieron posible la construcción de un imponente edificio gótico en la actual plaza Santa Catalina, del que hoy apenas queda el recuerdo. Dicho convento fue un centro de influencia social y cultural en Cataluña, que cumplía al mismo tiempo los preceptos dominicos de evangelización y predicación. Circunstancia que se vio truncada cuando, llegados al año 1835, el gran edificio fue derribado con motivo de la desamortización. Pasado este período convulso de la historia, la Comunidad de Dominicos se restauró en el año 1889 y se situó donde se encuentra hoy en día, entre las calles Bailén y Ausiàs March.
Dos aspectos singulares le dan un imponente carácter a esta casa dominica. Para empezar, me embelesan los techos altísimos y me subyugan esos pasillos interminables que siempre recorro siguiendo la estela del padre Gallego. No quiero olvidarme de su acogedor claustro que invita a recogerse en él durante las largas tardes de primavera y verano. La primera vez que visitamos este bonito patio interior quedé admirada al contemplar el modo que tenía la luz de rebotar entre sus columnas. El espacio, perfectamente ordenado, aporta esa tranquilidad monacal tan necesaria para todo convento. Es tanta la paz que transpira este enclave, que el espíritu fácilmente olvida el bullicio exterior de la ciudad de Barcelona. Dos esplendorosos magnolios y algunas plantas frondosas adornan el interior del claustro, tanto o más que el pozo de piedra que se encuentra situado en su centro, actualmente cerrado y que se dedicaba antiguamente a recoger y almacenar las aguas pluviales.
El dominico comparte residencia con otros diez frailes sacerdotes, un estudiante de origen africano aún por ordenar y un hermano cooperador. El magno edificio está compuesto por un total de cinco plantas y en cada piso, aparte de otras dependencias, hay entre una y dos habitaciones donde duermen los frailes; dos ascensores les facilitan el acceso.
La habitación de Gallego se halla en el cuarto nivel. Su alcoba comunica con un amplio despacho personal que mantiene a rebosar de libros, muchos de ellos viejos volúmenes, más alguna que otra foto familiar; este lugar, como ningún otro, es una de sus estancias preferidas, donde se recoge cuando las obligaciones así se lo permiten.
El conjunto conventual se completa con otras dependencias como son: un comedor, una cocina, los baños, los aseos, una biblioteca y una capilla presidida por Santo Domingo de Guzmán —el fundador de la Orden—, junto a otras figuras de interés, como la imagen de la Santísima Virgen María y algunas reproducciones de pinturas del Beato Angélico.
En el Convento de Santa Catalina también existen salas abiertas a la comunidad cristiana para llevar a cabo la labor de predicación propia de los dominicos. Los frailes realizan variadas actividades como velar por los derechos humanos, la justicia o la paz en el mundo. También se imparten talleres dedicados a la animación y a la formación de grupos cristianos, al mismo tiempo que se desarrollan iniciativas ligadas a la inserción en ambientes descristianizados. Entre las diferentes instituciones cabe resaltar el trabajo de varios equipos de Espiritualidad Conyugal8 y la función de la Asociación Cristiana de Separados y Divorciados (ACRISDI)9. Cabe destacar, además, que en el Convento de Santa Catalina se halla la sede del reconocido Instituto de Teología y Humanismo (ITH)10. A medida que me adentro en los pasillos laberínticos del convento, detecto diversos carteles indicativos dispuestos en lugares estratégicos que guían al visitante. En varios rótulos puedo leer: Llar de Sant Domènec, Sala de Fraternidad11, Sala Penyafort12 y Secretaría de San Martín de Porres13.
8Obra de fraternidad cristiana constituida por matrimonios y orientada por la Orden de Predicadores. Su objetivo es la formación de los cónyuges para vivir una auténtica e integrada vida de familia, dando testimonio de las propias creencias. Se reúnen por equipos dos veces al mes.
9Es una asociación seglar de personas separadas y divorciadas con una orientación cristiana. Su fundador fue el Padre Jordán Gallego. ACRISDI tiene personalidad jurídica propia y su finalidad es acoger, compartir y ayudar a los socios en todos sus problemas desde la perspectiva de la fe cristiana.
10Es un centro de proyección cultural abierto a todos los que desean compartir estudio y reflexión, el diálogo y la contemplación; que capacita para colaborar, en los tiempos actuales, en la construcción del Reino de Dios. Cada año organiza conferencias de formación permanente para religiosos/as y para seglares. Se tratan puntualmente temas de actualidad.
11La Asociación de ayuda FRATERNITAT, ubicada en la Sala del mismo nombre, tiene como finalidad atender de manera adecuada las solicitudes de ayuda de personas necesitadas. Un grupo de personas voluntarias examinan los casos para tomar conciencia de la situación, humanizan la relación y garantizan la efectividad de la ayuda. Se proporciona orientación en asuntos familiares, en trámites burocráticos, en problemas de salud, etc. Toda persona de buena voluntad puede participar en esta obra de fraternidad y solidaridad cristiana. En el convento también existe la Institución Fraternidad de Laicos Dominicos, institución de seglares incorporados a la Orden Dominica mediante un compromiso especial.
12La Associació d’Amics i Devots de Sant Ramón de Penyafort está ubicada en la sala Penyafort del convento. Es una asociación privada de fieles con personalidad jurídica, constituida en la Archidiócesis de Barcelona. Entre otras, tiene como finalidad mantener, promover, fomentar y difundir el culto, la memoria y la devoción a S. Ramón de Penyafort. Fomenta entre los abogados católicos de Barcelona y de Cataluña los principios de derecho y de moral establecidos por S. Ramón de Penyafort en sus obras. Posee un valioso archivo.
13El Secretariado San Martín de Porres nació en 1951 con la idea de promover y difundir la figura del santo dominico.
En el recinto dominico trabajan varias mujeres. Una es la encargada de la lavandería y la otra se ocupa de la limpieza y de organizar el catering que puntualmente se trae cada día desde una empresa exterior; en la portería, Consuelo recibe las llamadas, atiende al público y es una de las personas autorizadas para llevar la agenda personal del exorcista.
Rompiendo el hielo
Para entrar en materia me cuenta que es oriundo de un pequeño pueblecito leonés llamado Castrillo de los Polvazares, donde ya solo le quedan sus sobrinos. Nació poco después de acabada la Guerra Civil Española. Ahora, con 75 años, dice encontrarse bien de salud, aunque con algunos achaques propios de los años que ya van pesando. Una de estas indisposiciones la viví yo misma hace tan solo un mes y medio, cuando fue operado de algo de leve importancia, razón por la cual no pudo asistir a la proyección del reportaje Possessions diabòliques a Barcelona en la Feria Internacional Magic 2015. Justamente ese día era el 30 de octubre. Lo recuerdo como si fuera ayer. Le llamé desde el hall del Centro de Convenciones de Barcelona (CCIB) y el bullicio me dificultaba poder entender sus palabras. Con amabilidad se disculpó por no poder asistir, ya que hacía pocas horas que había sido intervenido y necesitaba reposo para restablecerse. Totalmente comprensible.
Apenas hablamos sucintamente de su familia, pues percibo cierta melancolía al evocar determinados pasajes de su vida de antaño. De seis hermanos que eran —dos mujeres y cuatro varones—, tan solo queda él con vida. Uno de sus hermanos, Jordán Gallego, también dominico y siete años mayor, falleció en este mismo convento el año 2001. Trato de indagar más, pero me remite a los legajos que me acaba de entregar y cambiamos súbitamente de tema.
Una vez roto el hielo inicial con fray Juan José Gallego, comentamos la importancia de las próximas fechas para la comunidad de dominicos, ya que en este próximo año 2016, (que estamos a punto de iniciar, en apenas dos semanas), se celebrará el Año Jubilar Dominico y se conmemorarán los ocho siglos de la fundación de La Orden de Frailes Predicadores (1216-2016). Previos a dicha celebración y a escasos días de la Navidad, se percibe en el ambiente un cierto aire festivo.
Hoy sábado, fray Juan José está radiante y comparte conmigo, con contenido alborozo en su mirada, que ha quedado a comer con un familiar tan pronto finalice nuestra entrevista. Es un día diferente en su rutina que observo celebra con satisfacción.
Retomo con cautela el tema familiar y empiezo preguntándole por sus allegados. Se iluminan sus ojos al hablar especialmente de su hermano Francisco Manuel, Lolo, quien cambió su nombre por el de Jordán cuando profesó como dominico. No es difícil percibir que su hermano fue una figura decisiva en su vida. Le consulto si él cree que gracias a Jordán todo fue más fácil.
—Fácil no es nunca, pero tienes abierto el camino. El hermano está allí y esto ya tira un poco. Mi hermano Jordán llegó a tener un cargo muy importante durante seis años en Roma. Se ocupaba del Secretariado de los no creyentes14 —me explica.
14Organismo vaticano encargado de promover y orientar rectamente el diálogo entre los creyentes y los no creyentes, teniendo en cuenta la naturaleza propia del diálogo, respondiendo a la misión de la Iglesia de propagar la doctrina evangélica. «El Secretariado para los no creyentes tiene como Presidente un Cardenal, a quien ayudan un Prelado como Secretario y otro como Subsecretario. Se compone de un cierto número de Cardenales y Obispos, nombrados por el Sumo Pontífice, más los Consultores elegidos de todas las partes del mundo. El Secretariado, con la aprobación del Sumo Pontífice, tiene por fin el estudio del ateísmo, profundizando en los motivos del mismo, y procurando establecer el diálogo con los mismos no creyentes, que acepten sinceramente una colaboración » (Regimini Ecclesiae Universae, par. 101, 102).
La distendida charla nos lleva a hablar de Jordán, quien murió hace quince años y subrayo que es una pena que su hermano no le hubiera visto ejerciendo de exorcista. Le pregunto si él cree que le hubiera gustado saber a qué se dedica ahora y con algo de añoranza en el gesto me responde que no lo sabe.
—¿Y sus padres?
—Mi padre no se opuso nunca. Mi madre, en un momento determinado, parece que quiso que me quedara con ella, pero nunca hizo nada para que no fuera al seminario.
—Respetó su decisión, entonces.
—Totalmente. Mi padre le pedía a Dios poder ver cómo me ordenaban sacerdote, pues ya en aquella época era muy anciano y estaba enfermo. Tuvo una alegría muy grande cuando celebraron la misa y me vio por fin ordenado. Dijo: «Ahora ya me puedo morir».
Rememorando aquel día de 1965, me hace entrega de un tarjetón a modo de recordatorio de su 50º Aniversario de la Ordenación Presbiteral, que se cumplió justamente este pasado agosto de 2015. En el reverso de la cartulina figura una fotografía de Juan Pablo II saludando a ambos hermanos Gallego.
Hacemos un breve recorrido por su currículum y le hago retroceder en el tiempo, hasta aquel enero de 2007, cuando llegó al convento de los dominicos de la ciudad condal, el mismo año que le propusieron ser exorcista de la capital catalana.
En busca de complicidad, el padre espontáneamente me expresa:
—¡Quién iba a pensar que acabaría siendo exorcista!
—La verdad es que no es una profesión nada común —agrego—. Disculpe que le pregunte tan a bocajarro, pero tengo cierta curiosidad por saber… ¿Usted ha visto al demonio alguna vez? Si no recuerdo mal, durante la primera entrevista que tuvimos, a principios de año, mencionó literalmente que cuando fue nombrado exorcista «veía demonios por todas partes»…
—Bueno… Cuando empecé me parecía como si el demonio me siguiera los pasos. Cualquier sombra detrás de mí me parecía el diablo.
—Interpreto que en realidad usted me lo narra en sentido figurado.
—Sí, claro. La mente tiene mucho que ver en todo esto. Pero reconozco que al principio sentí miedo.
—¿Miedo a qué?, ¿a lo desconocido?—le pregunto.
—Al fin y al cabo el demonio es alguien malévolo. Nunca sabes cómo aparecerá o lo que pasará. Pero yo acepté consciente este cargo; si yo no hubiera querido, a mí no me nombraban. Debes saber que estas designaciones no se imponen —puntualiza.
Supongo que ese miedo al que se refiere el dominico es normal; fruto, tal vez, de ese temor totémico que causa en el hombre la figura de Satán. Hago memoria y visualizo algunas de aquellas dos situaciones que me relató que le causaron gran desasosiego en su trabajo como exorcista. La primera historia la protagonizó un muchacho de apenas quince o dieciséis años que venía de parte de la Diócesis de Sant Feliu de Llobregat. El obispo de esa diócesis había seguido este caso muy de cerca y se mostraba muy implicado con la familia, pues no en vano les había dedicado largo tiempo y múltiples esfuerzos. En total, se le habían aplicado más de seis exorcismos sin ningún resultado positivo, todo lo contrario. Sea lo que fuera lo que se apoderaba del chico, con cada exorcismo recibido parecía que aquello se le aposentaba más.
El joven iba siempre acompañado de alguien cercano, como una hermana mayor o sus padres. Su familia, como suele suceder en estos casos, al principio veía con cierto escepticismo las primeras manifestaciones. Al repetirse éstas en el tiempo y al agudizarse hasta un extremo máximo, los familiares decidieron pedir ayuda a la Iglesia. Era evidente que aquello que la familia vivía día tras día no provenía de este mundo y en sus carnes experimentaban con auténtico terror episodios realmente espeluznantes. Según explicaba el joven, oía voces que atribuía a demonios y que le ordenaban lo que debía hacer. Estos seres le advertían que si hacía un pacto con ellos no le ocurriría nada más. Y no solo eso, el muchacho también veía en su cuarto a su abuelo fallecido, con quien hablaba. Lo más sorprendente de todo era que muchas mañanas el joven amanecía con sus ropas calcinadas. Según él relataba, algo o alguien le quemaba la camisa por las noches, a modo de advertencia, para que no olvidara que todo aquello era real.
Después de acordar con el obispo la atención al adolescente, citaron a la familia para un primer encuentro en el Convento de Santa Catalina. El exorcista aún recuerda cómo se desarrolló aquella tarde. Nada más llegar, el muchacho se mostró indispuesto y se negó a recibir ningún exorcismo más. Tras insistirle y hacerle comprender la situación, finalmente aceptó, pues no se puede realizar este ministerio sin consentimiento expreso del afectado. El dominico señala con qué rapidez el muchacho entró en trance, llegando a perder por completo el sentido nada más dar comienzo el ministerio del exorcismo. Al terminar, parecía tranquilo y en paz. Su rostro expresaba alivio y satisfacción. Sin embargo, la alegría de los allí presentes no duró demasiado. Para asombro de todos relató que los demonios le habían comunicado que por esta vez le dejaban, advirtiéndole, sin embargo, que volverían sin tardanza.
Después de aquella primera visita con el padre Gallego, el endemoniado regresó al poco tiempo y su estado había empeorado. Todo indicaba que sus síntomas persistían. En esta segunda ocasión todo su cuerpo se hallaba marcado, recubierto de arañazos, como si un animal salvaje le hubiera atacado a zarpazos.
