Carta desde Zacatraz - Roberto Valencia - E-Book

Carta desde Zacatraz E-Book

Roberto Valencia

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Beschreibung

Encuentro con el hombre más peligroso y temido de El Salvador.

En 1999 un joven de diecisiete años llamado Gustavo Adolfo Parada Morales, el Directo, fue acusado de cometer diecisiete asesinatos como líder de una de las clicas noventeras más activas y peligrosas de la Mara Salvatrucha: la Pana Di Locos. De él se escribió que era el hombre más peligroso y temido de El Salvador, el monstruo, el enemigo público número uno. Se fugó poco después de ser condenado. Lo recapturaron. La Mara Salvatrucha lo sentenció a muerte. Se rehabilitó. Recuperó la libertad. Se casó. Regresó a la cárcel. Crio dos hijos. Volvió a asesinar. Fue asesinado.

Durante siete años, el periodista Roberto Valencia entrevistó a medio centenar de personas que lo conocieron de cerca (familiares, víctimas, policías, jueces, curas, psicólogos, mareros...), indagó en expedientes y archivos oficiales, y pasó cuatro tardes con el Directo en Zacatraz, la cárcel de máxima seguridad de Zacatecoluca. Con esta información, Valencia teje una minuciosa tela de araña que conecta —sin atajos ni tentaciones exculpatorias— la violencia de las maras con la reciente historia sociopolítica de El Salvador. Un relato obsesivo y desasosegante. Sin escapatoria.

Descubren el relato de un periodista que ha estudiado de manera profunda el Directo y su entorno, y propone una tela que conecta la violencia de las maras con la reciente historia sociopolítica de El Salvador.

FRAGMENTO

"¿Por qué Costa Rica?
En 1999, la ciudad chilena de Viña del Mar acogió la VII Conferencia Latinoamericana de Comunidades Terapéuticas. Al evento asistieron, cada uno por su lado y en calidad de aprendices, el terapeuta costarricense Juan Orlando Víquez, y el sacerdote católico guatemalteco radicado en El Salvador Jaime Enrique González Bran. Se conocieron, se cayeron bien, compartieron proyectos y sueños. Cada uno se entusiasmó con el entusiasmo del otro. Tiempo después, el terapeuta Víquez viajó a El Salvador a conocer la comunidad terapéutica de Sendero de Libertad, un proyecto que el padre González Bran había establecido con más voluntad que conocimientos.
La visita terminó de apuntalar la complicidad entre ambos. A partir de entonces, el terapeuta Víquez se dedicó, según sus propias palabras, a «vender a los jueces el modelo de comunidades terapéuticas» para que comenzaran a funcionar en los centros de menores. En 2001 lograron los primeros resultados: dos expandilleros salvadoreños —un dieciochero y un emeese— fueron enviados al centro de El Alfarero, en Costa Rica, la comunidad para drogadictos en la que el terapeuta Víquez trabajaba. Estaba ubicada en San Rafael de Heredia, un acogedor municipio a unos veinte minutos en carro de la capital, San José.
La jueza Bertha fue una de las magistradas más receptivas a la campaña. Un traslado a Costa Rica, pensó, podría ser una buena solución para Gustavo. Pero había un pero obvio: no tenía un problema de drogodependencia que justificara internarlo entre drogodependientes."ACERCA DEL AUTOR
Roberto Valencia nació en Euskadi en 1976, pero reside en El Salvador desde 2001. Forma parte del equipo «Sala Negra» del periódico digital El Faro, un proyecto de cobertura de la violencia en Centroamérica, especializado en el fenómeno de las maras. Ha ganado, entre otros reconocimientos, el Premio Latinoamericano de Periodismo de Investigación 2013 y el Premio Excelencia Periodística 2015 de la SIP en la categoría «Crónica». Es autor y coautor de varios libros, entre los que destacan Crónicas negras. Desde una región que no cuenta, (Aguilar, San Salvador, 2013), Hablan de monseñor Romero (Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011) y Jonathan no tiene tatuajes (CCPVJ, San Salvador, 2010).

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Seitenzahl: 513

Veröffentlichungsjahr: 2018

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CARTA DESDE ZACATRAZ

Roberto Valencia

primera edición: abril de 2018

© Roberto Valencia

© El Faro

© Libros del K.O., S.L.L., 2018

C/ Infanta Mercedes, 92 — Dpcho. 511

28020 Madrid

[email protected]

librosdelko.com

isbn: 978-84-16001-89-7

depósito legal: M-10954-2018

código bic: dnj

diseño de cubierta, mapas e infografías: Artur Galocha

fotos de cubierta: Pau Coll (RUIDO/El Faro)

maquetación: María O’Shea

corrección: Ana Doménech

Espanta pensar que en la patria haya tantos muertos, y que los caminos sagrados de nuestro suelo se empapan cada vez más de sangre humana.

Monseñor Óscar Arnulfo Romero

2 de marzo de 1980

La crónica es la novela de la realidad.

Gabriel García Márquez

14 de enero de 1991

PRÓLOGO Un poco de luz

La historia del Directo es lo que en América Latina llamamos una crónica de largo aliento, solo que el aliento se desparramó en casi cuatrocientas páginas. Es periodismo, sin licencias de ningún tipo, como el que ejercemos con orgullo en la «Sala Negra» de El Faro. Reporteo hasta el agotamiento, documentación, contraste, verificación, elección de una estructura narrativa, escritura, autoedición, escritura, edición.

Ha sido un trabajo lento: para escribir estos párrafos revisé cuándo había realizado la primera entrevista en profundidad de esta historia: fue con la jueza Bertha, en abril de 2010. Hace casi ocho años.

Quizá con un ejemplo me explique mejor: en un momento de su vida, en mayo de 2002, el Directo es sacado de El Salvador y enviado a Costa Rica casi de forma clandestina. Ese viaje, del que la sociedad salvadoreña nunca supo en tiempo real, se hizo por tierra en un Mitsubishi Colt del año 1992. Para reconstruirlo, hablé por separado con cuatro de las cinco personas que fueron en ese carro, y con el quinto no porque ya había fallecido.

A eso me refiero cuando proclamo que este libro es una apuesta por el periodismo. Descarté secuencias poderosas porque no pude confrontarlas, como tiene que ser, y comprobé que lo oficial —aquello que está en expedientes judiciales, fiscales o en reportajes periodísticos de medios de referencia— en un país como El Salvador tampoco es confiable.

Leila Guerriero, la genial periodista argentina a la que le debo lo poco que soy, escribió hace varios años un ensayo maravilloso titulado «¿Qué es el periodismo literario?». Habló de los tiempos y los esfuerzos dedicados por Susan Orlean para reportear y escribir El ladrón de orquídeas, y de los tiempos y los esfuerzos dedicados por Martín Caparrós para escribir El interior, y luego reflexionó sobre por qué esos gurús hicieron lo que hicieron: «Lo hicieron, creo yo, porque solo permaneciendo se conoce, y solo conociendo se comprende, y solo comprendiendo se empieza a ver. Y solo cuando se empieza a ver, cuando se ha desbrozado la maleza, cuando es menos confusa esa primigenia confusión que es toda historia humana —una confusa concatenación de causas, una confusa maraña de razones— se puede contar».

Yo no soy ni nunca seré Susan ni Martín ni Leila, por razones obvias para cualquiera que termine de leer Carta desde Zacatraz. Pero retomo esos ejemplos, esas enseñanzas, y en este libro trato de explicar, con mis limitaciones y mis fortalezas, un problema complejo y multidimensional como es el de las maras. Lo hago a través de la historia de vida del primer pandillero mediático que parió El Salvador: Gustavo Adolfo Parada Morales, (alias) el Directo.

No hallarán todas las respuestas, pero espero que sí algo de luz.

Roberto Valencia

San Salvador, Centroamérica

27 de marzo de 2018

[email protected]

MAPAS Y GRÁFICOS

INTRO

En cualquier momento se abrirá la puerta.

En esta sala sin ventanas —cuadrícula de baldosas jaspeadas, paredes desnudas de tono apastelado, luz de barra fluorescente— solo se escucha el zumbido del aire acondicionado. A cada lado hay una mesa, como las de los maestros de escuela pública, y un par de sillas de plástico blancas, de esas que abundan en playas y piscinas. La única puerta, a mi derecha, está a dos metros.

Hoy es 11 de septiembre de 2012. Tras meses de gestiones, esta mañana podré al fin entrevistar a Gustavo Adolfo Parada Morales, nombres y apellidos del Directo, asesino múltiple, el pandillero que a finales de los noventa acaparó portadas de periódicos y generó debates como nunca antes —y nunca después— lo ha logrado ningún otro marero en El Salvador. Desde junio del año pasado está preso en el Centro Penitenciario de Seguridad Zacatecoluca, una cárcel que por su aparente inexpugnabilidad y por su dureza se ha ganado el sobrenombre de Zacatraz. La Dirección General de Centros Penales me dejará reunirme con él de dos a cinco de la tarde, desde hoy martes hasta el viernes.

Doce horas de conversación suenan a eternidad, pero tengo razones para la inquietud. En febrero de 2002 también hablé con Gustavo Adolfo, entonces un joven de veinte años recién cumplidos. La plática resultó espesa como un atol. Todas sus respuestas fueron frases cortas, la mirada siempre esquiva, los hombros encogidos. Después de todo lo que había leído y escuchado sobre él, sobre el enemigo público número uno, aquella figura triste y empequeñecida resultó un pequeño desengaño: un serial killer que apenas se atrevía a mirar los ojos de su interlocutor.

Pero ha pasado más de una década desde aquella primera entrevista. Se abre la puerta y aparece el Directo, flanqueado por dos custodios uniformados y con los rostros cubiertos con gorros navarone. Nos damos la mano y nos sentamos a cada lado de la mesa. Sé lo que me responderán, pero pregunto a los guardias si pueden quitarle las esposas.

—Mi nombre es Roberto, soy periodista, trabajo en un periódico llamado El Faro, y estoy aquí porque…

—A usted lo recuerdo… —interrumpe.

—¿¡!?

—Estuvo una vez en Tonaca y hablamos —el tono suave pero firme, los ojos clavados en los míos.

No me ha dado tiempo ni a mostrarle el ejemplar de El Diario de Oriente en el que se publicó aquella entrevista hostil. Lo he traído con la esperanza de que le ayude a recordar.

—Para ese día que usted llegó, yo ya había decidido no hablar nunca más con periodistas, pero la jueza que nos presentó para mí es una gran persona. Ella me lo pidió, y por eso acepté hablar con usted.

Sonrío sin sonreír. Le explico que quiero platicar largo, que he hablado con mucha gente que lo conoce, que quiero escribir un libro. El Directo no solo tolera la idea; parece agradarle. En la actualidad acumula tres condenas que suman casi medio siglo. Creo que cree que no tiene nada que perder.

En mayo de 1999, dijo en una entrevista1 que su pandilla, la Mara Salvatrucha, era lo mejor que le había pasado en la vida, que adentro había encontrado comprensión, unidad, buenos amigos.

Hoy, los que fueron sus homeboys2 lo creen un traidor que merece la peor de las muertes.

1Dominical Vértice, de El Diario de Hoy, 9 de mayo de 1999.

2Al final de este libro (en la página 371) encontrarás un glosario de palabras características del mundo de las maras.

CAPÍTULO I

SECUENCIA UNO El día de la bestia

24 de enero de 1982.

El militar llegó sin uniforme, con una pistola en la cintura y una granada en su mochila. Como siempre que le daban descanso, el militar aspiraba a un banquete de sexo, guaro y comida casera. Aquel fin de semana, del cuartel escapó directo a la colonia Panamericana de la ciudad de San Miguel, a un mesón ubicado en el cruce de las avenidas Costa Rica y México. Era una casa humilde con un coqueto tejado de tejas, un piso de altura, las paredes repelladas y coloreadas, y cuatro puertas a la calle: una para cada pieza en alquiler, en las que residían cuatro familias. En el mesón vivía su hermana con un señor mayor al que todos conocían como don Mario. La pareja tenía una beba y, a cambio de algún dinero, el militar los había convencido de que dieran posada a su jovencísima novia-amante.

La granada explotó pasadas las once de la noche. El militar y don Mario murieron en el acto; a la beba, rajada por el vientre y con las vísceras expuestas, la evacuaron con vida para morir en el hospital San Juan de Dios; la hermana y la novia-amante, conmocionadas pero sin heridas mortales.

Cuando estalló la granada, una embarazada de dieciséis años trataba de conciliar el sueño en la pieza contigua. Esa joven se llamaba Dora Alicia Morales, y vivía con su madre y sus tres hermanas. El muro contuvo milagrosamente la explosión. Ni Dora Alicia ni nadie de su familia tuvieron siquiera un rasguño, pero vieron y vivieron las consecuencias. Pasada la medianoche le sobrevinieron dolores tan fuertes que también terminó encamada en el San Juan de Dios. De allí saldría con su hijo en brazos.

Ella está convencida de que aquel bombazo aceleró el parto, de que la granada que puso fin a la vida de tres personas fue el detonante para el nacimiento de una.

Así se lo contaron a Gustavo Adolfo infinidad de veces, tantas que convertirá su turbulenta venida al mundo en una preciada anécdota de vida. Con treinta años de edad, ese bebé convertido en el Directo plasmará sus reflexiones en una carta que entregará a un periodista que lo visitará en Zacatraz. En esa carta recordará el episodio de la granada que tantas veces le recrearon su madre, su abuela y sus tías: «No es que yo haya peleado la guerra con arma en mano, pero sí con un nacimiento provocado con la explosión de una granada, y con un estómago vacío por temor a salir en busca de alimentos».

Para esa carta falta todavía un libro entero.

La guerra civil bullía. Los cinco grupos armados aglutinados bajo la sigla FMLN, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, habían desatado en enero de 1981 la Ofensiva Final, con la que pretendían tomar el poder en El Salvador antes de que Ronald Reagan asumiera la presidencia de Estados Unidos. La guerrilla tuvo contra las cuerdas en los primeros rounds a unas Fuerzas Armadas aturdidas, pero la inexperiencia le hizo tirar la toalla.

Nadie lo sospechaba entonces, pero la guerra civil apenas daba sus primeros pasos, con los dos bandos convencidos de su victoria. Esas convicciones se tradujeron en 12 años de odio y muerte, y un saldo no inferior a los 75 000 muertos. Por más de una década (1980-92), El Salvador, un pequeño país subdesarrollado de apenas veinte mil kilómetros cuadrados, se convirtió en uno de los escenarios más cruentos de la Guerra Fría, cita ineludible para los corresponsales de guerra que querían robustecer su currículos.

El contraataque gubernamental a la Ofensiva Final fue feroz. En su obsesión por destruir los baluartes guerrilleros y su colchón social, las fuerzas de seguridad realizaron ejecuciones masivas y operativos de tierra arrasada. Hubo masacres inenarrables en Guazapa, en Armenia, en Cacaopera, y la que se llevaría todos los créditos: El Mozote, en los municipios de Meanguera y Arambala, en Morazán. A mediados de diciembre, soldados del Batallón Atlacatl, la más sanguinaria de las unidades élite del Ejército, asesinaron y quemaron a un millar de niños mujeres ancianos.

El terror no era nuevo: se había apoderado del país desde mediados de la década de los setenta. La barbarie ni siquiera respetó al arzobispo Óscar Arnulfo Romero, de quien se dice que habría ganado el Premio Nobel de la Paz en 1979 si el Vaticano no hubiera hecho lobby a favor de la madre Teresa de Calcuta.

En ese contexto de locura homicida, ejecuciones sumarias y cuerpos en las cunetas que nadie levantaba por temor a acabar igual, en ese contexto del todo vale, que chafarotes como el militar en sus días de licencia salieran de los cuarteles armados hasta los dientes podría sonar a anécdota intrascendente. Salvo si te llamas Dora Alicia y tu hijo vino al mundo la noche en la que estalla una de esas granadas.

El embarazo no había sido deseado. Nacida en el seno de una familia humilde, Dora Alicia creció en un ambiente enrarecido —disfuncional, lo definirá ella—: padres separados, pobreza extrema, la calle como escuela, un padrastro maltratador… Estudió hasta aprender a leer y escribir en el Centro Escolar Dolores C. Retes, pero ella valora más lo que aprendió de los suyos: ese oficio tan salvadoreño que el poeta Roque Dalton bautizó como los vendelotodo. De lo que alardeará toda su vida no es de resolver logaritmos o de haber leído a los clásicos, sino de que a los ocho años sabía preparar conserva de coco y dulce de nance, y de que ella misma los salía a vender.

Con quince años, la guerra la llevó a vivir a casa de unos familiares en Santa María, un pequeño pueblo en el departamento de Usulután, y allí conoció a William Nelson Parada. Luego todo sucedió demasiado deprisa: se gustaron, se besaron, cogieron, se fueron a vivir al vecino pueblo de Santa Elena, se embarazó. Más luego todo terminó igualmente deprisa: la madre de William Nelson, que nunca vio con buenos ojos a la joven, alentó a su hijo a irse indocumentado a Estados Unidos, como hicieron cientos de miles que huían de la guerra1. El joven partió al norte con un coyote al que se le pagó con la venta de una vaca.

Dora Alicia, con más de tres meses de embarazo, regresó obligada junto a su madre y hermanas al mesón de la Panamericana que explotaría medio año después.

El 8 de febrero, catorce días después del parto, la abuela, Juana Isabel Ascencio, se acercó con el bebé en brazos a la Oficina del Registro Civil de la Alcaldía de San Miguel. En el folio 66 del libro primero del año 1982, manuscrita y firmada por el jefe del registro, quedó inscrita la partida de nacimiento de Gustavo Adolfo Morales —así, solo el apellido materno—, nacido el 25 de enero de 1982 a las doce horas y treinta y cinco minutos, hijo de Dora Alicia Morales Granados, residente en la colonia Panamericana, de profesión u oficio domésticos y nacionalidad salvadoreña.

Para entonces el Directo no significaba nada en San Miguel.

La Mara Salvatrucha no significaba nada.

SECUENCIA DOS Las maras no eran lo que son

Mara es un salvadoreñismo que la Real Academia Española tolera desde el año 2001. La primera definición recogida en su diccionario fue «pandilla de muchachos», pero en la edición de 2014 se cambió por «pandilla juvenil organizada y de conducta violenta, de origen hispanoamericano».

La palabra se usa en El Salvador al menos desde la década de los setenta, como sinónimo de grupo de amigos, de gente, pero en las últimas dos décadas ha adquirido connotaciones tan negativas que incontables salvadoreños han renunciado a utilizarla para referirse al grupo cercano de amistades. También se está perdiendo el uso como sinónimo de gente, pueblo.

En México la utilizan erróneamente en masculino; los maras, dicen.

En círculos especializados hay cierto consenso para usarla solo para definir las pandillas asentadas en el Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador) y quizá una estrecha franja del sur de México; es decir, para referirse a la particularísima evolución que tuvo el pandillerismo juvenil en esas sociedades. Así delimitadas, pandillas o gangas habría en todo el continente americano, en el mundo entero, pero las maras hoy por hoy serían irreproducibles en Sudamérica, en Europa, ni siquiera en Estados Unidos, por más que se empeñen académicos agoreros, periodistas sensacionalistas y Donald Trump.

Barrio 18 y Mara Salvatrucha, las pandillas que terminaron polarizando el fenómeno en El Salvador, tienen su origen en el área metropolitana de Los Ángeles, la meca mundial del pandillerismo. Igual sucede con otras pandillas que a inicios de los noventa lograron germinar en territorio salvadoreño, como La Mirada Locos 13, San Fer 818, Crazy Riders 13, Playboys 13, Pacoimas, White Fence… semillas sembradas por migrantes que huyeron a Estados Unidos, fueron brincados en alguna de esas gangas angelinas y luego deportados2. Casi todas desaparecieron, eliminadas o absorbidas, al igual que ocurrió con las pandillas autóctonas.

El Barrio 18 también se conoce como la pandilla 18, la 18 o la Eighteen Street Gang. Sus miembros, al menos los más empoderados, denostan que los identifiquen como Mara 18, denominación imprecisa pero extendida. La 18 se fundó a mediados del siglo xx en el área de Rampart, en Los Ángeles. Su crecimiento exponencial —la pandilla latina más nutrida del mundo, dicen varias investigaciones serias— se atribuye a que, si bien la mayoría de sus integrantes eran chicanos o mexicanos, desde el inicio supo abrirse a otras nacionalidades y etnias. Su oferta de hermandad eterna sedujo a cientos de migrantes salvadoreños expulsados de su país por la represión estatal primero y por la guerra después.

Más de trescientos mil salvadoreños se instalaron en Los Ángeles. La mayoría migró en el quinquenio 1977-1982, cuando la represión alcanzó las mayores cotas de insania, aunque el flujo nunca ha cesado. En 2004 había casi tres millones de salvadoreños en Estados Unidos, según estimaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, un éxodo bíblico si se tiene en cuenta que la población de El Salvador es de seis millones y medio.

La masiva migración salvadoreña nutrió la 18, nutrió —en mucha menor medida— otras gangas californianas, y alcanzó para crear una pandilla nueva, una en la que ser salvadoreño y estar orgulloso de serlo eran valores esenciales: la Mara Salvatrucha.

Los primeros grupúsculos salvatruchos se hicieron notar a finales de los setenta, pero no es hasta bien avanzados los ochenta que la Mara Salvatrucha (o MS-13, cuando se ganó el derecho de agregar ese número) se convirtió en un actor relevante. Lo logró, además, en las mismas calles del Downtown angelino en las que la presencia de la Eighteen Street Gang era más agresiva. De ahí para delante, su crecimiento fue, si cabe, más espectacular.

Las dos pandillas eran latinas, con un buen número de miembros que compartían acento e historias de vida. Las dos terminaron bajo el paraguas de la Mafia Mexicana, la eMe, una poderosa pandilla carcelaria surgida a finales de los cincuenta en California, que logró alinear y someter a la mayoría de las pandillas latinas que operaban en las calles. Las dos son sureñas, y las dos portan con orgullo el 13 que las identifica como tal. «Si alguna vez la Mara Salvatrucha tuvo un hermano en Los Ángeles, se llamó Barrio 18», dicen los periodistas José Luis Sanz y Carlos Martínez en su crónica «El viaje de la Mara Salvatrucha». Pero nada de todo eso evitó que en las postrimerías de los ochenta la relación se envenenara: un odio maléfico que viajó a Centroamérica cuando el Gobierno estadounidense encendió la centrifugadora de las deportaciones.

—Es cierto que la 18 fue antes que la Mara —me dirá el Directo en Zacatraz—, pero pasaron un montón de años sin ser sureños. La MS surgió después, pero se hicieron sureños en menos tiempo.

La memoria es juguetona y selectiva. Yo tengo grabada una secuencia que vi hace más de veinte años en un documental sobre la Guerra Fría. Narraba la visita del presidente estadounidense Richard Nixon a Moscú en 1959, en el marco de la Exhibición Nacional Norteamericana. En un improvisado debate que ha pasado a la historia como el Kitchen Debate, Nixon y Nikita Jrushchov, su homólogo de la Unión Soviética, intercambiaron opiniones sobre los logros de cada uno de los países, centrados en las mejoras de la vida cotidiana de la clase obrera. Un sonriente Jrushchov reconoció los avances de su invitado, pero rápido los matizó como el resultado de dos siglos de capitalismo, mientras que la URSS le pisaba los talones transcurridos apenas cuarenta y dos años desde el triunfo de la revolución bolchevique. Ahora que oigo al Directo hablar sobre los logros del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha, aquella imagen del orgulloso Jrushchov ha venido a mi mente. Y así lo he recogido en mi libreta.

—Hace algunos años —le comentaré, el tono de la plática es distendido—, un veterano de la 18, guatemalteco él, me contó que el 13 de MS-13 es un castigo.

—¿Castigo? No, nada que ver —responderá.

—Me dijo que unos emeeses una vez quemaron una bandera mexicana en Los Ángeles, que la Mafia Mexicana dio la orden a todas las pandillas sureñas de acabarse a los emeeses, y que, después de acumular varios muertos, para levantar la luz verde, la MS tuvo que pagar mucho dinero y aceptar el 13 en el nombre, como castigo.

—Esa historia de la bandera de México quemada sí la he escuchado. Y sí pasa eso de que se prende la luz verde contra clicas o contra barrios enteros, pero lo de llevar el 13 como castigo es paja. O sea, Sur 13 es de la Mafia Mexicana, y todos los que están dentro de la Mafia son sureños, pero para ser sureño no es así nomás, ni es algo que te lo ponen por castigo. Hay que hacer méritos. De lo que yo hablé con gente que venía del norte, el 13 no es un castigo, porque… no sé cómo decirte… si no servís como pandilla, no te dan el 13.

La sociedad estadounidense, país primermundista con una institucionalidad sólida, ha tratado de contener su problema de gangas. A escala local y estatal se han priorizado los esfuerzos tendentes a la inclusión y a la prevención, como el trabajo que realiza la Oficina de Reducción de Pandillas y Progreso Juvenil de la alcaldía angelina. A escala federal, se ha puesto más énfasis en la acción represiva. En diciembre de 2004 el FBI creó el MS-13 National Gang Task Force, y un año después, el National Gang Intelligence Center. Han abierto oficinas en El Salvador y Guatemala, y mantienen agentes en esos países para tratar de medir los flujos de información, dinero y personal entre los integrantes de las clicas con presencia en territorio estadounidense y centroamericano.

Pero al igual que dos bloques de hielo no se comportan igual en el Trópico y en el Ártico, esas pandillas tuvieron una evolución diferente fuera de Estados Unidos. «La MS-13 y el Barrio 18 tienen más miembros en Centroamérica y México, y los informes señalan que están más estructuradas que sus contrapartes en Estados Unidos», concluye un dosier del Congreso de Estados Unidos3.

Si la cifra de cuarenta mil dieciocheros y emeesesactivos suena escandalosa en un país como Estados Unidos (de más de trescientos millones de habitantes), los datos de El Salvador son terroríficos: en un país de seis millones de habitantes, se estima en sesenta mil los mareros, acolchonados por un tejido social de unas cuatrocientas mil personas, entre chequeos (jóvenes en período de pruebas para ganarse un lugar), jainas (novias o compañeras de los pandilleros), mascotas (niños que caminan con la pandilla), simpatizantes y familiares directos que sirven de apoyo. Son cifras oficiales del Gobierno en 2015.

Para alcanzar esos números monstruosos se necesitaba el caldo de cultivo de la posguerra: más de la mitad de la población con menos de dieciocho años, tres de cada cuatro niños en situación de pobreza, veinte asesinatos diarios, desigualdad social insultante, cientos de miles de armas de fuego al alcance, cuerpos de seguridad desmantelados por su rol represivo, institucionalidad raquítica, familias desintegradas por el éxodo bíblico, tejido social desgarrado, impunidad a todos los niveles… La paz se le atragantó a la sociedad salvadoreña, y las pandillas se multiplicaron en ese entorno de violencia.

En aquella sociedad de la primerísima posguerra abundaban personas como Francisco, migueleño, reclutado por el Ejército en 1984 —con dieciséis años— e integrado en la sanguinaria unidad de élite Batallón Atonal. Cuando lo obligaron a darse de baja, curtido en el manejo de armas, no tardó en conseguir un trabajo a su medida: guardaespaldas de un coyote de El Tránsito, un pueblo cerca de San Miguel. Al poco de comenzar, un ladrón quiso entrar en la casa de su patrón. Francisco le disparó. «Yo cuetié a un baboso y, enverlo cómo quedaba, sufriendo, vine y lo terminé, ¿va? Como no sabía…». Aquello ocurrió con los Acuerdos de Paz recién firmados, primerísima posguerra. «Yo no sabía que no se podía hacer eso, porque había estado de alta, ¿va? No sabía que si hacía una cosa de esas trabajando, defendiéndome, me podían llevar a la cárcel. Si ese día me pude haber escapado, pero me fui a la casa, como yo trabajando estaba». Pasó seis años encarcelado. Recuperó la libertad en 1998. En 1999 comenzó a trabajar, escopeta al hombro, como vigilante de seguridad.

Y sobre aquella sociedad, sobre el cóctel de violencia-ignorancia-impunidad-miseria que era El Salvador a inicios de los noventa, Estados Unidos derramó cientos de pandilleros con récord criminal.

Las deportaciones arrancaron en los ochenta, de a poco, como quien se sacude con elegancia el polvo del saco. Tuvieron un punto de inflexión en 1992, después de los disturbios raciales en Los Ángeles ocurridos tras la absolución de los policías blancos que habían dado una paliza brutal a Rodney King. Se convirtieron en política de Estado en 1996, cuando se aprobó el Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsability Act, de aplicación retroactiva y que permitía la deportación de migrantes con ciudadanía y menores de edad. Unos cuatro mil salvadoreños con récord criminal, pandilleros la mayoría, fueron deportados entre 1993 y 1996.

La guerra aún no había finalizado cuando los primeros cuerpos tintados con letras y números góticos se dejaron ver en El Salvador, envueltos en ropas flojas, cachuchas, pañoletas y tenis caros. Figuras cuasi hollywoodenses, los bajados —su vestimenta, sus tatuajes, sus maneras— fascinaron en una sociedad gris como la salvadoreña.

Héctor Atilio Brizuela Silva es psicólogo del Juzgado de Menores de San Miguel, pero en 1989, recién licenciado, trabajaba en la cárcel de adultos. Ahí vio por primera vez a pandilleros deportados, tres figuras intimidantes que no pasaban desapercibidas. «Era un lujo verlos… tremendos ñeques, supongo que de haber pasado por cárceles en Estados Unidos. Incluso los políticos (los presos políticos, afines a la guerrilla) los respetaban. A muchos los huevitos se les hacían así —el psicólogo Héctor Brizuela une las yemas de sus dedos y deja un espacio en el que apenas cabría una chibola— solo de verlos. Nadie se metía con ellos».

El pandillerismo, en términos generales, no se censuraba en aquellos primeros años; se toleraba, incluso se promocionaba. Se hablaba sin rubor de la «moda mara».

En abril de 1993, cuando la selección de fútbol venció 2 por 1 a México en las eliminatorias del Mundial, con goles del Papo Castro Borja y de Renderos Iraheta, las cámaras del Canal 4 enfocaron unos segundos eternos a un grupo de aficionados con una gran pancarta alusiva a la Mara Salvatrucha. Los comentaristas saludaron con orgullo la entrega y el amor patrio de esos salvadoreños incondicionales. Como psicólogo del Departamento de Prevención del Delito de la Fiscalía General de la República, Arístides Borja retrataba en mayo de 1995, en un reportaje publicado en El Diario de Hoy, una juventud que «soñaba y fantaseaba» con los pandilleros: «La moda es la mara, y es un logro, un triunfo, pertenecer a una. Para ellos es un trofeo estar marcados, y significa poder». El psicólogo Héctor Brizuela está convencido de que los medios de comunicación de referencia abonaron el terreno: «En los primeros años, La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy hacían grandes desplegados sobre la vestimenta de los pandilleros, que si los tenis Domba, que si cómo hablaban… hasta publicaban fotos para aprender su lenguaje de señas. Los periódicos empujaron a los jóvenes».

En aquellos primeros años de la posguerra, la preocupación más vívida para las autoridades en materia de seguridad pública no eran las maras, sino las bandas del crimen organizado armadas como comandos y especializadas en secuestros y en el robo de mercadería o vehículos, bandas integradas con frecuencia por exsoldados y exguerrilleros4.

Jaime Martín Santos Flores, sargento de la Policía Nacional Civil, confirma que en aquellos años las pandillas tenían poco peso en la agenda policial: «Al principio solo eran jóvenes que se reunían y cuando mucho andaban una navaja, ¿verdad?». La figura del pandillero se vinculaba más con problemas de orden público: con peleas entre ellos mismos, multitudinarias y sangrientas a veces; con robos y asaltos, molestos para el ciudadano que los sufría, pero en las antípodas de considerarse un asunto de seguridad nacional.

Rolando Elías Julián Belloso, médico, comandante guerrillero en Morazán, y responsable de la delegación policial de San Miguel entre 1995 y 1999, recuerda las pandillas originarias y la eclosión posterior. «Pues hablando en español —dice—, lo que pasó fue que miles de bichos se fueron analfabetos a Estados Unidos y regresaron pandilleros».

Un detallado reportaje de la agencia Associated Press publicado en marzo de 1996 bajo el titular «Salvadorans take gang culture back to homeland» hablaba ya de diez mil activos. «Los grafitis de pandillas están en todas partes —reportó Douglas Engle, el periodista que firma la nota—. Después de la Coca-Cola, las pandillas parecen ser la más visible importación desde Estados Unidos».

Otro reportaje, escrito por Larry Rohter y publicado en agosto de 1997 por The New York Times, se recreaba en la resignación y la pasividad con la que el Estado salvadoreño asumió el torrente. Recogía testimonios de deportados que contaban la facilidad que tenían para levantar clicas allá donde caían. Una de las historias era la de Edwin Castillo, oriundo de Quezaltepeque, exiliado en Houston en 1983. Castillo migró con once años, se hizo emeese, lo encarcelaron, lo deportaron en 1996, y regresó a su Quezaltepeque natal. «Pero una vez de vuelta a casa —señala el reportaje—, Castillo y los demás deportados consultados dijeron lo mismo: que es sencillo reclutar a adolescentes locales para las pandillas. El desempleo es alto, estudiar es caro, las diversiones son mínimas, y las drogas, en gran parte gracias a las pandillas, están cada vez más disponibles».

El artículo «The children of war», firmado por la estadounidense Donna DeCesare y publicado en la edición de julio de 1998 de la revista de NACLA, cifraba para entonces en treinta mil los pandilleros en El Salvador, la mayoría eran ya emeeses o dieciocheros.

Pandillas angelinas y sociedad salvadoreña se acoplaron como dos buenos amantes; como el curtido y las pupusas, parecían hechos el uno para el otro.

El proceso se comprende mejor con un nombre propio: Carlos José Romero, Gato Negro, el emeese más sonado hasta que irrumpió el Directo. Su padre migró a Los Ángeles en los primeros años del conflicto. Trabajó duro en un carwash y, cuando juntó la plata suficiente para el coyote, mandó traer a su hijo. Una historia rutinaria. En el entorno hostil de calles angelinas, el adolescente Carlos José terminó seducido por una Mara Salvatrucha en expansión. Se brincó. Delinquió. Pasó más de una ocasión por el sistema correccional de menores en Estados Unidos. Se tatuó pecho, espalda y brazos. Lo deportaron con dieciséis años. Activo de la MS-13, Carlos José regresó al cantón Hato Nuevo de San Miguel, donde residía su madre, una sencilla trabajadora de limpieza en un motel. Se rebautizó como Gato Negro y no le costó que le dieran el pase para levantar la Coronados Locos en su cantón. Trabajó en un carwash en las cercanías del puente Urbina. Pronto lo dejó porque ganaba una miseria y se dedicó a robar, sobre todo a empresarios ganaderos de la zona de Santa Rosa de Lima. En 1996, con diecisiete años, pasó por el Juzgado de Menores. El psicólogo Héctor Brizuela lo trató: «Respetuoso, estudiado, un joven que hablaba perfectamente inglés y español, astuto para saber quién poseía dinero». Bajo libertad asistida por portación de arma de fuego, Gato Negro y otro emeese intentaron atracar un camión repartidor en la colonia 15 de Septiembre. Una patrulla abortó el robo. Se desató una balacera. Pidieron refuerzos. Ese día murieron tres policías y alguno más resultó herido. Gato Negro y el otro pandillero terminaron irreconocibles de tanto plomo en el cuerpo. El comisionado Julián Belloso lo recuerda como uno de sus casos más delicados: «El Gato Negro era un hijoeputa, pero lo matamos, a ese lo matamos; me mató a dos policías y me hirió a cuatro, ese hijoeputa sí me jodió, pero al Gato Negro lo matamos, ese hijoeputa no iba quedar vivo».

SECUENCIA TRES El niño Gustavo Adolfo

Mediados de 1982.

El bebé Gustavo Adolfo pasó los primeros meses de vida recostado en una cesta de mimbre, entre rábanos, cebollas y repollos. Por horas lo vigilaba alguna vendedora del mercado mientras su madre vendía verduras por la parte vieja de San Miguel.

Ubicada en las faldas del imponente volcán Chaparrastique, San Miguel era —aún es— la urbe más importante de la zona oriental de El Salvador5. Conocida con inmerecida pomposidad como la Perla de Oriente, y como Sanmaicol en el argot pandilleril, la ciudad tenía a inicios de los ochenta —aún mantiene— un aroma de pueblón del que no ha sabido o no ha querido desprenderse: predominio de casas tejadas de una planta, calles y pasajes sin asfaltar, un mercado, una iglesia y un hospital dominantes, pocos semáforos, y esa sensación de que todos conocen a casi todos.

El bebé y Dora Alicia vivieron sus primeros meses en una pequeña e insalubre bodega-taller en el centro. Ahí trabajaba un joven que los recibió pura amabilidad: compraba leche en polvo, chineaba y cuidaba al recién nacido, adulaba a la madre… Dora Alicia volvió a quedar embarazada antes de que Gustavo Adolfo cumpliera seis meses.

Con diecisiete años, madre soltera, el segundo en camino y abandonada por segunda vez, Dora Alicia quiso dar un giro en su vida. Ana, una conocida de la familia, la convenció para ir a Chiquimulilla, en Guatemala, cerca de la frontera con El Salvador, donde le aseguró que no le faltaría trabajo.

Ilusionada, hizo el viaje en autobús con el bebé Gustavo Adolfo en brazos, a finales de septiembre de 1982. El Salvador acababa de ser azotado por Paul, un huracán cuyo nombre ha desaparecido de la conciencia colectiva, pero no la devastación que generó: más de seiscientos muertos, la mayoría por un descomunal deslave del volcán de San Salvador sobre la colonia Montebello y alrededores. Para ir de San Miguel a Guatemala, hay que atravesar El Salvador, viaje en el que Dora Alicia fue testigo de la magnitud de la catástrofe, aún fresca.

La estancia en Chiquimulilla también resultó catastrófica. Trabajó a destajo en una pupusería mientras su panza se agrandaba, y peor le fue cuando nació Vanesa. «La mujer que nos había acogido, Ana, me quiso prostituir, pero la denuncié y la metieron presa», dirá.

Derrotada, se tragó el orgullo y regresó cabizbaja a la nueva casa de la abuela Juana, que se había adueñado de un predio junto a las vías del tren. Aquella casucha levantada en La Línea, sin agua ni luz ni baño, fue lo más parecido a un hogar que tendría el niño Gustavo Adolfo. La Línea era un conjunto de casuchas entre las colonias Panamericana y Santa Julia, bautizado así por una obviedad: se extendía sobre un tramo de la línea del tren, en desuso por los rigores de la guerra.

El Directo recordará por siempre con nostalgia los regaños infinitos de su madre y de sus tres tías, su paso por el kínder Graciela Flores Viuda de Grimaldi, el hambre que acechaba por temporadas, los partidos de fútbol en cualquier predio baldío, las estrecheces, la afición por el Club Deportivo Águila, una pedrada de su hermana Vanesa que le abrió la cabeza, las escapadas para matar pájaros y garrobos con hondillas, su pasión naciente por el dibujo, la playa El Cuco, el trompo, las chibolas, la piscucha… pero también los disparos, los cadáveres que dejaban aquellos disparos, y los llantos de los familiares que a la mañana siguiente levantaban aquellos cadáveres. Policías y soldados usaban con relativa frecuencia un predio junto a La Línea para ejecutar a guerrilleros y simpatizantes.

En La Línea conoció a José Antonio Martínez Yánez, un niño un año mayor a quien todos llamaban Choco por un pequeño defecto en un ojo que hacía que se le viera como dormidito. Ahora puede sonar intrascendente esta amistad, pero no lo es.

El niño Gustavo Adolfo también conoció por aquellos años a su padre, William Nelson Parada, uno de los cientos de miles de salvadoreños que habían migrado a Estados Unidos huyendo de la guerra y de la pobreza. Pero a diferencia de muchos compatriotas, él no se juntó con ninguna pandilla. Se quedó a vivir en Nueva Jersey y formó un familia al margen del hijo y la mujer abandonados en San Miguel.

En uno de sus viajes a El Salvador buscó a Dora Alicia y, quizá como un intento de redimir la sensación de culpa, se empeñó en que su hijo llevara el apellido Parada. En la mañana del 17 de mayo de 1990, la pareja se citó con el juez de lo laboral José Mauricio Guerra para certificar que eran los padres. Cinco días después, la efímera familia se presentó en el Registro Civil de la municipalidad, y en la partida de nacimiento original de Gustavo Adolfo se apostilló: «Para que use su apellido, por lo que en lo sucesivo podrá aparecer como Gustavo Adolfo Parada Morales».

El niño Gustavo Adolfo fue un estudiante aplicado. Cursó el primer grado en el Centro Escolar Unión Panamericana, a dos cuadras del viejo mesón que una granada estremeció en la víspera de su nacimiento. Aprobó con una nota promedio de ocho y con reseñas que resaltaban dedicación y respeto hacia compañeros y profesores.

Al año siguiente, ya en la Dolores C. Retes, también sacó holgado el curso. El expediente reflejaba algunas peleas, aunque nada extraño en un salvadoreño de diez años. Quizá por eso sorprendió tanto que un día de mediados de 1993 Dora Alicia se presentara airada para gritar que su hijo no estudiaría más allí. Seis años después, cuando el psicólogo, la trabajadora social y la educadora del Juzgado de Menores visitaron la escuela para preguntar por el niño Gustavo Adolfo, la maestra aún recordaba el episodio de aquella madre ensatanada.

«Él nunca se defendía, y los niños no lo dejaban en paz, así que lo saqué», dirá Dora Alicia años más tarde cuando vea el fruto de su vientre convertido en el Directo. «Siempre he sido una mamá desconfiada», dirá.

Cuando Dora Alicia alejó de las aulas al niño Gustavo Adolfo, en 1993, las pandillas eran como una bola de nieve que comenzaba a rodar ladera abajo. «Esos cipotes que luego se convirtieron en pandilleros al principio lo más que hacían era matar gatos a hondillazos. Así comenzaron», dirá la propia Dora Alicia.

Recién terminada la guerra, a la Panamericana llegaron algunos emeeses deportados, y adolescentes inquietos de la colonia se enrolaron gustosos en la «moda mara».

A muy finales de 1993 o inicios de 1994 surgió la Pana Di Locos (PDLS), una gota más en el océano de clicas de la Mara Salvatrucha que en los noventa salpicaron la ciudad y los cantones circundantes6. Lo peculiar del nombre tiene explicación: Pana por la colonia Panamericana, al más puro estilo angelino, donde la mayoría de las clicas hacen referencia expresa a la zona en la que se fundan; lo de Di era una deformación de la pronunciación del artículo The. Se pensó y se aprobó Panamericana The Locos, y la ignorancia y la comodidad no tardaron en transformarlo en Pana Di Locos, que se placaba PDLS.

Pandilleros que vivieron aquella época dicen con satisfacción que hubo meetings generales de la MS-13 en los que se congregaron hasta mil quinientos activos. Distintos policías consultados no bajan la cifra de ochocientos, y confirman que las reuniones eran a plena luz del día, por lo general los domingos, y en lugares como la finca La Eva o incluso el estadio Charlaix, uno de los lugares favoritos de esparcimiento para los migueleños. «Las pandillas crecían de tan rápido que te chocabas con ellos en todas partes», dice René, agente del servicio 121 de la Policía Nacional Civil destacado en la ciudad en 1996 y 1997.

Para cuando la Pana Di Locos daba sus primeros pasos, el niño Gustavo Adolfo tenía todavía once o doce años. Su vida era acarrear el agua que Dora Alicia utilizaba para lavar ajeno7, empezó a trabajar como aprendiz de albañil y hasta se inscribió en el turno de noche de la escuela: logró terminar el tercer grado, pero el llamado de la calle era cada vez más seductor.

Chamacos apenas tres o cuatro años mayor que él, los mismos con los que había crecido, eran ya emeeses, algo parecido a tocar el cielo. Los pandilleros toleran la compañía de niños, saben que son la garantía de continuidad, y Gustavo Adolfo se acopló gustoso. Pronto supo de las ventajas de estar en una hermandad como la Mara Salvatrucha: cerveza, marihuana, chicas, adrenalina, respeto. La Pana Di Locos incluso tenía su equipo de fútbol, con el que retaban a jóvenes de otras colonias. Todo era demasiado perfecto, demasiado apetecible.

Comenzó a caminar con pandilleros en 1994. Si no fuera por el grupo de exterminio Sombra Negra, que durante la primera mitad de 1995 borró del mapa la clica, no resulta muy aventurado especular con que se habría brincado antes. El Directo recordará así aquellos años: «Cuando vinieron los deportados de Estados Unidos… pues cada quien… de joven más que todo, ¿va? De pequeño uno quiere pertenecer a algo. Y si hay un equipo bueno y hay otro que es más o menos bueno, pues uno quiere pertenecer a este o al otro; entonces, cuando llegaron del norte y dijeron: “Yo soy de este grupo”, y otro dijo: “Yo soy de este otro”, pues todos nos quisimos meter. Yo crecí en la Panamericana, y llegaron deportados unos de la MS, de la Normandie creo, por eso terminé en la Mara Salvatrucha. Así comenzó la afinidad».

Y mientras la calle cada vez brillaba más, la vida familiar se oscurecía. Tuvieron que irse de La Línea porque la casucha fue el pago de la abuela Juana para que un coyote la subiera a Estados Unidos. Dora Alicia le gritaba como un hincha enloquecido. Las carencias se acentuaron. Nacieron Marcela y Marielos, dos hermanitas de padres distintos. Antes de haber cumplido los treinta tenía cuatro hijos con cuatro hombres diferentes. Terminada la guerra inició una relación más estable con Julio Villegas, un albañil más joven. Gustavo Adolfo tuvo por primera vez un padrastro, y la nueva realidad no le gustó. Los seis vivían en la colonia 14 de Julio, y no tardó en sumarse un hijo más, Julio César, una boca más.

En 1995 empezó a estudiar cuarto grado, otra vez en el turno de noche y siempre en la Dolores C. Retes, pero apenas asistió los primeros días. El panadero de la Panamericana, Eladio Sánchez, le dio trabajo primero como repartidor y luego como panificador. Aprendió el oficio, le alcanzó para algunos estrenos y para las lociones Morton con las que le gustaba acicalarse, pero los horarios lo vencieron. Duró poco más de medio año en la panadería.

Luego comenzó a llegar cada vez más tarde a casa. Dio el estirón y se demacró. Fumaba, se emborrachaba, flirteaba, de por vida repetirá que con trece años tuvo a su primera amante. Si en ese momento le hubieran concedido el deseo de con un chasquido saltar a los dieciséis o a los dieciocho años, habría hecho sonar sus dedos sin pensarlo. Necesitado de algún dinero, iba a veces a trabajar con el albañil Julio. Lo hacía a regañadientes y no porque no le gustara trabajar, más bien porque no le agradaba la compañía.

Un día de esos, regresaron a casa sudados y hambrientos. Se ducharon, se cambiaron. A comer iban cuando una de las hermanas pequeñas se acercó ilusionada, abrazó al albañil Julio, y le ensució con algún pringue el pantalón recién puesto. Enojado, sacudió a su hijastra hasta el llanto. Gustavo Adolfo reclamó a su madre por tolerar que el albañil Julio pegara a una niña que ni siquiera era su hija. Dora Alicia explotó. Se oyeron gritos, insultos, desprecios. El adolescente Gustavo Adolfo se envalentonó y dijo a su madre que se separara del albañil Julio, que él se encargaría de garantizar que todos en la casa tuvieran algo en el plato.

«Aquí el que se va sos vos», recibió por respuesta.

Y se fue.

Entre el albañil Julio y su hijo, Dora Alicia eligió al albañil Julio, un extraño.

Ocurrió algún día del primer semestre de 1996, quizá finales de 1995.

SECUENCIA CUATRO La Pana Di Locos

Algún día de 1996, quizá finales de 1995.

El adolescente Gustavo Adolfo metió lo más urgente en un bolsón y salió de la casa con el diablo adentro. Reprimió el llanto y se prometió a sí mismo que nunca más —que nunca más— volvería a llamar «madre» a su madre. Fue directo a la Panamericana, donde sabía que encontraría a alguno de sus bróderes, todos mayores que él. Lo recibieron como a un héroe, lo convencieron de que había tomado la decisión correcta y, antes de caer la noche, ya se sentía miembro de un nueva familia. Había que celebrar.

Alguien propuso ir a chupar al Triángulo, el nudo en el que confluyen la carretera Panamericana, la avenida Roosevelt y la Ruta Militar. En los noventa —también antes, también después—, el Triángulo y alrededores fueron el epicentro de la vida nocturna migueleña, escenario habitual de parrandas, peleas y balazos. Allí brillaba el Toni’s, la barra show de referencia, junto a otros puteros más calle; había bares dignos de llamarse así y chupaderos de mala muerte, la mítica discoteca L. A., restaurantes medio decentes y puestos de comida para matar el hambre, un constante ir y venir de carros, taxis y taxistas de sobra, y el alma del lugar: la gasolinera El Triángulo, abierta veinticuatro horas y que vendía cerveza y guaro a precio de supermercado. Gustavo Adolfo nunca había estado tan tarde en el Triángulo, pero aceptó gustoso lo que podría interpretarse como su bautismo en la adultez.

La voz que más pesaba en el grupo era la de un bajado que tenía por aka el Pobre, que bien podría ser el padre de varios por la diferencia de edades. Pasaron las horas y el grupeto inicial se redujo hasta que, además del Pobre, solo quedaron el Greñas, el Spay y Starky. Tomaron y fumaron mota. Rieron. Le contaron intimidades sobre la Pana Di Locos, sobre el pasado glorioso, sobre los planes ambiciosos de resucitar la sigla PDLS. Al muy final, cuando sintieron que el Triángulo ya no daba más de sí, hicieron a Gustavo Adolfo la pregunta que llevaba toda su corta vida deseando escuchar: «¿Vos querés ser de la Mara?». El «sí» fue inmediato.

Sabía lo que le esperaba. El rito de iniciación en la Mara Salvatrucha son trece segundos de paliza propinada por los que serán sus homies. El candidato no puede defenderse, debe resistir la golpiza con estoicismo, cubrirse, esquivar y tratar ante todo de no caer al suelo. Los golpes directos en el rostro están prohibidos. Lo llaman brinco,zapateada, los putazos… Pero en aquel momento deseaba ansioso aquella tortura más que el niño crédulo que espera el amanecer de Santaclós.

Los cinco se encaminaron de regreso a la Panamericana y se detuvieron en el parquecito que está frente a la entrada principal del cementerio, en plena avenida Roosevelt. El Pobre eligió un espacio junto a la estatua de la Virgen de Nuestra Señora de la Paz, la patrona de El Salvador. Gustavo Adolfo se colocó en medio, firme, con las piernas flexionadas y los brazos de boxeador en guardia. El Greñas, el Spay y Starky alrededor, en un triángulo imaginario con el aspirante adentro. Alejado un par de metros, el Pobre se encargaría del conteo.

¡Uno! Los tres se abalanzaron como jaguares hambrientos. Los primeros golpes fueron los más dolorosos. ¡Dos! Patadas puñetazos codazos. ¡Tres! No hubo piedad ni por niño ni por enclenque. ¡Cuatro! Una patada en la pierna lo tiró al suelo. ¡Cinco! ¡Seis! Patadas futboleras, puñetazos rabiosos en pecho brazos espalda vientre. ¡Siete! Gustavo Adolfo no oía nada, solo sufría, desorientado. ¡Ocho! Dolor, le faltaba el aire. ¡Nueve! ¡Diez! ¡Once! Golpes más golpes con odio absurdo sobre el bulto de carne infantil retorcido. ¡Doce! A los agresores les flaqueaban las fuerzas, el agredido trataba de respirar. ¡Trece!

El Greñas, el Spay y Starky se acercaron y lo levantaron con firme delicadeza. Lo felicitaron, lo abrazaron y le ofrecieron sus manos en forma de garra, un puño con los dedos índice y meñique extendidos, al límite de la dislocación. Lo llamaron homeboy. Gustavo apenas podía respirar. Tosía puro tuberculoso. Sangraba. Trataba en vano de que en su cara se impusiera una sonrisa. Reponerse le costó unos segundos eternos.

—Bien duro me dieron. Estaba bien morrito y, tomado yo y tomados ellos… quedé con algunos golpes marcados, estuve algunos días jodido —me dirá el Directo en Zacatraz cuando cuente cómo fue su ingreso en la Mara Salvatrucha.

En su calidad de palabrero, Pobre le dio la bienvenida y lo bautizó: famélico como se veía aquellos días, le impuso un aka epíteto: el Flaco.

En apenas unas horas Gustavo había perdido una familia y ganado otra.

Aquella noche durmió en la calle, adolorido como un perro apaleado, pero feliz.

La Pana Di Locos era una caricatura de clica cuando el Flaco ingresó. No existían más panas que los tres más uno que participaron en la zapateada. La PDLS no paraba, no mataba, no violaba, no controlaba. En los años posteriores a la firma de la paz había llegado a aglutinar a medio centenar de homies, pero la Policía Nacional Civil y sobre todo la Sombra Negra los habían neutralizado.

El grupo de exterminio Sombra Negra comenzó a operar en la segunda mitad de 1994 y actuó menos de un año. Hubo antes y después incontables estructuras similares, con un listado de víctimas aún mayor, pero ninguna dejó tanta huella en la mitología popular.

Tenía una firma ritual en sus asesinatos: tiro de gracia en la nuca a hombres con manos amarradas en la espalda y ojos vendados. No solo mataban a criminales y pandilleros: amenazaron a jueces, a fiscales, a políticos y a defensores de derechos humanos. Las amenazas se concretaban en hojas volantes, con frecuencia leídas en emisoras locales, al más puro estilo de los escuadrones de la muerte de la década anterior. En sus comunicados reivindicativos se presentaban como justicieros eficaces frente a las leyes blandas de la democracia. Tenían la complicidad de gran parte de la sociedad que aplaudía —aplaude— a los asesinos que dicen asesinar a delincuentes. Al respaldo social, quién sabe si causa o consecuencia, se le sumaba el respaldo empresarial y político.

El gobernador del San Miguel, Mario Bettaglio, del partido ARENA, los definió en público como un «mal necesario», y a sus miembros los llamó los «Robin Hood de los migueleños». Bettaglio no tuvo reparo en criticar la Operación Ogro que en 1995 desmanteló la banda. El responsable de la delegación policial migueleña, el entonces subcomisionado César Baldemar Flores Murillo (nombrado en 2016 subdirector general de la Policía Nacional Civil), y tres de sus subordinados fueron detenidos y procesados, aunque la sentencia fue absolutoria.

Cuando a finales de 1994 la Sombra Negra asesinó a cuatro pandilleros de la Pana Di Locos en la colonia El Tesoro, contigua a la Panamericana, el operativo incluyó una decena de hombres armados con fusiles y con gorros navarone, dos furgonetas sin placas, el cierre al tráfico de una arteria importante a plena luz del día sin que apareciera una sola patrulla policial a verificar, y un interrogatorio de cerca de una hora a una veintena de pandilleros. No se preocuparon lo más mínimo por la presencia de testigos, y hasta llevaron en un fólder las fichas policiales y las fotografías de sus objetivos prioritarios.

En aquellos años, en las filas de la Policía Nacional Civil había sicarios y ladrones y torturadores y bandosos y colaboradores de las pandillas. De alguien vestido con el uniforme azulón un marero podía recibir una paliza de muerte o ser asaltado o ser raptado y abandonado frente a la destroyer del enemigo. Pero los uniformados también vendían armas a la clica, o se dejaban sobornar para poder transar droga sin sobresaltos. La relación entre los pandilleros y la jura siempre ha sido compleja, tensa y cambiante. Hay quien ironiza con que en El Salvador las pandillas dominantes son tres: las letras, por la Mara Salvatrucha; los números, por el Barrio 18; y las tres letras, por la PNC.

La Policía Nacional Civil se improvisó en 1992 con los jirones de la Guardia Nacional, la Policía de Hacienda, la Policía Nacional y de los cinco grupos armados que conformaban la guerrilla. Nació en medio de una explosión de violencia social sin precedentes. Tuvo que lidiar con un marco jurídico importado, redactado en despachos con aire acondicionado, lejos de las calles, de unas calles llenas de gente violenta y con un arsenal a su disposición. Quizá no había alternativa para aquellos primeros años. Quizá todo lo que ocurrió en los noventa —la violación sistemática de derechos humanos, las torturas, los asesinatos extrajudiciales, la violencia que engendra más violencia, la fabricación de pruebas— era lo que tenía que ocurrir. Los policías suizos son el reflejo de la sociedad suiza. Lo sorprendente habría sido que la sociedad salvadoreña hubiera engendrado policías suizos.

El Pobre vivió la oscuridad de la Sombra Negra y salió ileso. En la tradición oral de las pandillas migueleñas eso le generaba un aura de divinidad, casi un Moisés, acreedor de un respeto indiscutible por ser de los que permanecieron cuando todos se corrieron, de los que se ocultaron para luego emerger y parar de nuevo la clica.

El Flaco se brincó cuando la Pana Di Locos remontaba el vuelo. Desde su zapateada no pasó mucho hasta la reunión en la que se tomó una decisión trascendental para el devenir de la renaciente clica. El meeting fue en las piscinas del turicentro El Capulín, en Moncagua, un pueblo a unos quince kilómetros, pero al que se accedía fácil porque los autobuses de la Ruta 90 van directos desde la Panamericana.

Aquel día el Pobre restauró la obligatoriedad de una cuota semanal para gastos de la pandilla y se fijó en cinco colones. También se acordó que cada uno de ellos llevaría al meeting semanal al menos a un joven dispuesto a ser brincado. Le dieron rango de misión, bajo amenaza de corrección a quien no cumpliera.

—¿Por qué tantos niños querían entrar en la pandilla? —preguntaré al Directo en Zacatraz.

—Ser pandillero era… era tener el apoyo de todos los de la pandilla, la compañía de las muchachas que andaban con nosotros… no sé… la forma de vestir, el respeto en la colonia… todo eso llamaba la atención, pero al final era la decisión de cada uno de los miembros. Y claro, cuando se entraba, uno tenía acceso a mota, a drogas, a armas…

—¿Salían todos en grupo?

—No, todos no, pero sí era fácil que treinta o cuarenta cayéramos de un solo en una discoteca. Y actuábamos como familia: si a uno un día no le alcanzaba para comprar unas cervezas, siempre había alguien que le compartía.

—¿Un pandillero tenía más éxito con las jóvenes no pandilleras?

—Eso no ha cambiado. Todas quieren ser jainas de los pandilleros. Por eso, imaginate, con trece o catorce años y tener, con tan solo quererlo, dinero, drogas, sexo, respeto… Y entonces no había nada de eso de tener que rentear o matar para la Mara. Más que nada era pagar la cuota semanal de cinco colones y luego estar ahí: si a mí me surgían problemas, mis homies tenían que estar ahí. Nada más.

—¿Qué tuvo que hacer para entrar en la Mara?

—Nada, la zapateada y ya. Es que antes todo era distinto.

—¿No tuvo que cumplir alguna misión?

—No, al principio era la zapateada y ya. En la Pana Di solo al final comenzamos a pedir que se hiciera algo para demostrar valor.

—¿Matar?

—No, nada que ver. Eran ondas como ir a la cancha de tu enemigo, tacharles el barrio y poner el tuyo; y alguna vez pasaba que salían y se armaba la bronca, porque a esas misiones no solo iba el que quería meterse en la Mara. Lo acompañaban homies armados.

—¿De qué vivía la pandilla? ¿Cómo compraba armas, drogas?

—Algunos asaltaban. Otros trabajaban. A otros, m’entendés, les daba dinero la familia. Cuando yo estuve en la Mara no había extorsiones, ni rentas a los buses ni nada de eso.

—Me describe la pandilla como un club de amiguitos.

—Así empezó todo. Y sí, algunos asaltaban, vendían droga o cosas así, pero no la extorsión; o sea, la extorsión no existía. Eso de «Si no me das tanto ahora, te mato mañana», eso no existía.

—Los pandilleros ya morían y mataban.

—Sí caían homies. Lo que más, por los grupos de exterminio, y después tomó protagonismo la guerra entre clicas.

—¿Purgas internas había, en el interior de cada clica?

—Bien escasas, yo vi una… dos… tres, tres vi. Ponele, en el tiempo que yo anduve ahí, tres nada más.

—¿Por qué razones se asesinaba a alguien de la propia clica?

—En la Pana Di hubo uno que intentó matar a la mamá de otro homie de la Mara, le dio con un machete a la señora, la hirió toda. Tenían una relación ellos, y de ahí que la quiso matar; eran problemas personales, de pareja, pero debía haberla respetado porque era la mamá de un homeboy. A otro hubo que matarlo porque era de la Mara, brincado, pero como no andaba tatuado, un día lo hallaron con los 18.

—¿Y con los enemigos? ¿Se hacía lo de agarrarlos vivos y torturarlos antes de asesinarlos?

—Entonces era una muerte rápida, a lo que se iba, pues. Los panas llegaban, se enfrentaban, mataban y ahí quedaba. No es como ahora, que se los llevan, los matan despacio y a muchos los entierran.

La Pana Di Locos se expandió como una plaga en los meses posteriores a la zapateada de Gustavo.

El grupito original post Sombra Negra se reunía en un par de cruzcalles de la Panamericana. En unas pocas semanas de 1996 los placazos de la PDLS y la pañoleta azul que los identificaba se regaron por El Tesoro y El Tesoro II, por El Pedrero y El Pedrerito, por la Santa Julia, la San Pablo, la Guatemala, por La Línea, por la parte baja de la Milagro de la Paz, por la lotificación Monte Grande… incluso se crearon células fuera de la ciudad, como en el cantón La Puerta o en pueblos como Moncagua y Quelepa.

—La Pana Di se multiplicó —me dirá el Directo—. Uno iba a la escuela y puñados traía. Y en las colonias, igual. En esa época todo el mundo quería pertenecer a la Mara. Era la fiebre en esos momentos.

La Mara Salvatrucha era el caballo ganador, y la PDLS cotizaba alto en el mercado de las clicas, aún entendidas como poco más que un grupo de amigos fanfarrones y con predisposición hacia la violencia y a la rebeldía mal dimensionada: algunos subían a buses sin pagar o pedían un colón a los vecinos, peseaban en los institutos, o robaban si identificaban a una presa fácil. Había peleas con heridos y algún que otro funeral, pero la inmensa mayoría de los aspirantes eran adolescentes que buscaban drogas, diversión y sobre todo éxito con las mujeres, revueltas con cierta dosis de adrenalina, como la que daba rifar el barrio a las pandillas enemigas, darse duro si había que hacerlo, y correrse de la jura.

Un reclamo fuerte era el hecho de que hubiera pandilleras; en la Pana Di Locos hubo tantas que realizaban sus propios meetings. A la que elegía ingreso por amor se la cogían en trencito los activos. Estar adentro era además compatible con los estudios, con el trabajo, con otras aficiones. Los más vivían con sus familias. Los menos comenzaron a compartir casas, que terminaban convertidas en destroyer.

Hubo días en los que los panaszapatearon hasta a treinta aspirantes, uno tras otro. El grupo se ensanchó tanto que los meetings se trasladaron a una cancha de fútbol que había por la Monte Grande. La Panamericana, El Tesoro, la Santa Julia… los bastiones placados con la PDLS comenzaron a sonar en el resto de San Miguel como zonas rojas, infestadas de mareros; algunos taxistas dejaron de entrar por temor. Clica adentro esos guiños se interpretaban como la señal de que les iba bien, muy bien. La cuota semanal subió de cinco a diez colones, luego a veinte y más luego a veinticinco.

Aportar dinero era obligación, pero cada quien decidía cómo. Si alguno trabajaba o sus padres lo mantenían, bien. Otros se rebuscaban: traficaban drogas a pequeñísima escala o de un solo se dedicaban a robar. Se hiciera lo que se hiciera, en aquellos inicios era una decisión personal y no una estrategia de la pandilla.

El primer hurto reseñable en el que el Flaco participó redunda en la inocencia de aquellos inicios si se compara con lo que terminará siendo la Mara Salvatrucha. Unos homeboys supieron de un encomendero de poca monta que vivía en El Tesoro II cuando esa colonia aún era tierra de nadie. En uno de sus viajes a Estados Unidos aprovecharon para colarse en la casa con nocturnidad, y le robaron muebles y electrodomésticos. Poca cosa. Al Flaco le tocó saltar y abrir desde adentro.

En aquellos inicios hubo peleas sangrientas, e incluso muertos en choques entre pandillas o en algún asalto en el que la víctima se resistió, iba mejor armada o tenía más puntería, pero existía un articulado de reglas no escritas que una década después resultarán increíbles: emeeses y dieciocheros y miradas8 podían juntarse en las discotecas Marquís, L. A. o Rose, o en el centro comercial Metrocentro, a sabiendas de que lo más que ocurriría sería un cruce de bravuconadas desafiantes. Eran zonas a las que llamaban «neutro», y sobre las que pesaban acuerdos tácitos de no agresión, por el temor compartido de que la seguridad privada de esos lugares vetara el ingreso a los pandilleros, como sucedió alguna vez para disgusto de unos y otros.