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Lola tiene quince años, muchas ganas de comerse el mundo y pocas de aguantar a su familia.Pero la pandemia pone su vida del revés... De la noche a la mañana, su abuela se traslada a vivir a su casa y Lola pasa muchas tardes con ella; al principio, sin ganas. La abuela ha comenzado a olvidar y no quiere que su gran y secreta historia de amor caiga en el olvido. Por ello, cada día le cuenta a Lola los recuerdos de su vida, para que con ella su historia continúe viva. Y Lola descubre muchas cosas de su abuela, como su fascinación por Campos de Castilla, de Antonio Machado.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A los abuelos que se fueron
1
Fue un tiempo extraño, todos lo sabemos. Un tiempo que ha dejado una huella de fango en los corazones de la gente y que yo viví con una intensidad terrible y, a la vez, emocionante. Ahora, se ha transformado en una historia llena de ternura que me acompañará el resto de mis días para suavizar la realidad angustiosa que vivimos.
Me llamo Lola, como mi abuela, aunque eso era antes de que estallara la pandemia. Ahora las dos nos llamamos Leonor. Es la verdad que deseo contaros, desde el principio, para que ella viva en el recuerdo de quienes la conocimos y también de quienes lean estas líneas.
Antes del confinamiento, yo era una adolescente ingenua, infantil, despreocupada, consentida y un tanto frívola. No debo culpar a nadie de mi superficialidad; la vida aún no me había puesto a prueba y muchos adultos navegaban en la misma inconsciencia. Hasta que llegó el virus y el mundo se volvió del revés. Parecía el final, pero, en realidad, fue el auténtico comienzo.
–La abuela se va a quedar con nosotros, de momento.
Era enero y papá lo dijo muy serio para no dar margen a mis protestas. ¡Menudo rollo tenerla en casa! Yo la quería, nos llevábamos bien, pero de ahí a soportarla las veinticuatro horas había una enorme diferencia. No pregunté por qué, me daba igual, solo me interesaba que no me desplazara de mi habitación, de mi feudo.
–¿No pensaréis instalarla en mi dormitorio? –salté con voz de adolescente que desprecia el mundo.
–Pues sí, lo habíamos pensado –respondió mi padre sin mover un músculo de la cara.
–¡Ni hablar! Para eso está el cuarto de estudio, aunque mamá tenga que llevarse el ordenador a otro sitio.
–¿Quieres que la abuela duerma en el sofá?
–No pienso moverme de mi habitación –zanjé, dejándole con la palabra en la boca.
No se atrevió a contradecirme. ¿Qué clase de hija impone su despotismo a un padre apesadumbrado?
Ahora recuerdo aquella conversación y no me reconozco. Había otras muchas preguntas que debía haber hecho antes y otras respuestas más correctas, menos despreciables.
Si hubiera preguntado, papá me habría contado que la abuela comenzaba a dar señales de desmemoria, de demencia senil o de algo más grave, y prefería no dejarla sola en su casa.
La abuela Lola apareció al día siguiente, con una maletita de tela y su eterna sonrisa en los labios.
–No quiero molestaros –le dijo a mi madre–. Tu marido se ha empeñado en que me venga con vosotros. No he logrado convencerlo de lo contrario.
–Estamos encantados de que te quedes en casa –contestó mamá–. Y Lola también, ¿verdad, hija?
Esbocé una sonrisa falsa. Auguraba que la presencia de la abuela trastocaría nuestra vida familiar; no imaginaba hasta qué punto. Aunque nada resultó como había previsto.
–Gracias, estaré muy bien en esta habitación. No habría consentido que sacarais a mi nieta de la suya. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Agaché la cabeza y enrojecí. Mi padre me estaría mirando y me diría, sin palabras, que la abuela era más generosa que yo. Mejor, así no me sentiría culpable de que durmiera en un incómodo sofá cama. Era su elección.
Después de las vacaciones de Navidad, me costaba alejar la pereza. Siempre me ocurría cuando comenzaban de nuevo las clases: las sábanas se me pegaban y me suponía un esfuerzo atroz regresar al estudio y los deberes; retomar el ritmo de los libros no era fácil, y yo me esforzaba poco.
«Puede hacer mucho más», «Si trabajase sería brillante», decían de mí los profesores. Yo me conformaba con el aprobado y gastaba el tiempo en escuchar música encerrada en mi habitación, vaguear y quedar con mis amigos. La adolescencia me había pillado por sorpresa. No entendía por qué me encontraba tan cansada, por qué los cambios de humor ni por qué la rebeldía sin causa. Mis padres me dejaban hacer lo que me daba la gana, eran muy permisivos conmigo y, con tal de no verme enfadada, me consentían. Debían de estar tan perplejos como yo ante mis repentinos arrebatos. Decían que de niña era adorable y cariñosa. Era la verdad. Nada que ver, entonces, con el cardo en que me había convertido.
–Siempre estuviste un poco chifladilla –me dijo la abuela el día que llegó con la maleta a casa–. ¿Te acuerdas de que el abuelo te llamaba «mi loca»?
Claro que me acordaba, pero me pareció que no venía a cuento el comentario. «Loca» contenía la primera sílaba de mi nombre y la primera sílaba de mi apellido: Lola Casado. «Mi Loca» para el abuelo Ernesto. Hacía años que nadie me llamaba así, desde que él falleció.
–Eras muy graciosa de pequeña –insistió ella–. No parabas, de acá para allá. Un torbellino.
–Ya no soy tan graciosa –dije con sorna, aunque ella no se percató del tono agrio de mis palabras.
–Eso dicen de los adolescentes, no debes hacer caso. Lo de estar un poco loca no está mal, es mucho más divertido –susurró, como si estuviese contando un secreto.
No la dejé seguir hablando y me refugié en mi habitación; lo último que me apetecía era perder la tarde con una octogenaria. Así era yo antes del desastre; ahora ya no sé muy bien quién se esconde detrás de este nuevo nombre, pero quiero pensar que me parezco poco a la adolescente despreocupada de entonces. Solo me interesaban mi grupo de amigas, la música indie pop, el equipo de voleibol y que Lucas se fijara en mí. Así de simple y a la vez de complicado, porque siempre andaba discutiendo con ellas, cuando ponía la música alta mis padres protestaban, el equipo iba el último de la clasificación y Lucas me hacía poco caso. Por eso andaba siempre medio enfadada con el mundo.
Pero la abuela lo cambió todo.
Por las mañanas, cuando cada uno se marchaba de casa, mis padres al trabajo y yo al instituto, mamá llevaba a la abuela Lola al centro de día donde se quedaba hasta que la recogía a media tarde. Prefería estar allí a quedarse sola en casa o acompañada de alguna cuidadora.
–En el centro no se está mal –me contaba–. Es como ir al colegio. Hay algunos viejecillos que dan pena, que casi ni se mueven. Pero en mi grupo hacemos gimnasia, jugamos a las cartas, leemos y hasta bailamos.
–¿Y qué bailáis? ¿Valses? –me burlé–. Porque con la música moderna se os puede romper la cadera.
Ella rio, ajena a mi broma. No me percataba de que, en el fondo, esa actitud era envidiable. Jamás la escuché quejarse, era optimista por naturaleza, y casi todo le parecía bien. Por eso, las extrañas reacciones que le provocaba su enfermedad nos desconcertaron hasta no reconocerla.
–¡Estos garbanzos están duros! –gritó, dando un golpe en la mesa, aquel primer sábado.
Mis padres y yo nos miramos, incrédulos.
–Bueno, es que son de bote y… –intentó responder mi madre.
–Ha sido ella –dijo señalándome–. Quiere que me siente mal la comida y que me marche de aquí.
–¡Qué lista! ¡Lo has adivinado! –le contesté, sin tener en cuenta la situación.
Mis padres me miraron mal y yo reaccioné levantándome de la mesa y escondiéndome en mi guarida. Al rato, mi padre llamó tímidamente a la puerta. Ni siquiera me regañó, muestra evidente de mi dominio sobre él.
–Verás –habló en voz baja–: la abuela va a tener más arrebatos como ese, pero no se lo debemos tener en cuenta: no es ella, es su enfermedad.
–Pues vaya marrón.
–Tendremos que armarnos de paciencia. ¿Serás capaz?
–Lo intentaré –dije condescendiente, como si le hiciera un favor.
Me dio las gracias, a pesar de que yo no había pedido disculpas.
Al día siguiente, el domingo, mi mundo comenzó a moverse de manera imperceptible hasta que se dio la vuelta por completo. Parece tan lejano, tan distinto… como si hubieran pasado varias décadas.
–Vamos a salir tu padre y yo a hacer unas compras. Te quedas con la abuela. No hace falta que te sientes a su lado; basta con que estés un poco pendiente de ella.
Bufé como un gato enfadado, aunque el encargo no podía ser más sencillo. Mi madre hizo como si no me hubiera oído. Mejor no enfrentarse conmigo. Cerré la puerta. Si quería algo, que llamara. Y llamó.
Aún no habían pasado ni dos minutos desde que mis padres se marcharon cuando la abuela golpeó la puerta con los nudillos.
–¿Puedo pasar? –preguntó con una dulce vocecilla.
Volví a bufar, me levanté rabiosa y abrí.
–Estoy estudiando –mentí para alejarla.
–Solo va a ser un momento –dijo, acomodándose sobre mi cama–. Quería hablar contigo un rato.
«Yo, no», pensé. Pero a ella le daba igual.
En ese momento me percaté de que llevaba un libro en las manos. Era un volumen pequeño, de tapas oscuras, bastante desgastado.
–¿Lo has leído? –me preguntó mostrándome la cubierta.
«Campos de Castilla, de Antonio Machado», leí. Negué con la cabeza. No, no lo había leído, aunque sabía que era un libro de poesía. Sofía, la profe de Lengua, nos había comentado algo en clase que ya no recordaba, acerca del autor.
–Es un poemario muy especial para mí –me explicó–. El libro lo tengo desde que tenía tu edad. Me lo regaló…
Se detuvo y noté que se emocionaba.
–¿Sabes? Yo viví en Soria durante unos cuantos años. Fueron los mejores de mi vida –suspiró–. De aquellos tiempos solo me queda este libro viejo, tan viejo como yo. Y los recuerdos. Dicen que perderé la memoria, pero yo no quiero olvidarme de Soria. ¿Quieres ser tú mi memoria?
–¿Tu memoria?
–Me gustaría contarte algo, ahora que me acuerdo bien. Cuando se borre de mi mente, permanecerá en tus pensamientos. Quiero regalarte mis recuerdos hermosos.
«¡Pues vaya regalo!», estuve a punto de exclamar. Ella siguió hablando, sin hacer caso de mi rostro pétreo. Me tumbé en la cama (al menos podría dar una cabezadita mientras la abuela me largaba su rollo), sin comprender que los recuerdos de un tiempo azul son el tesoro más valioso que alguien puede ofrecer.
–Antes voy a leerte una de las poesías.
Cerré los ojos, resignada. La voz de la abuela surgió cálida y suave como una caricia; no parecía ella quien hablaba, sino otra persona más joven, más vital. Era agradable escucharla con los ojos cerrados. El poema hablaba de un lugar evocador, un río, árboles...
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria –barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra–.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!
Cuando acabó, se quedó en silencio, las dos permanecimos mudas. Ella, como prisionera de un hechizo, y yo, sin saber bien qué decirle. Quizá la abuela esperaba que yo reaccionara, que le dijera lo bueno que me había parecido el poema; sin embargo, la somnolencia que me provocó aquella situación de calma me impedía pronunciar palabra. No se lo tomó a mal y continuó con el propósito que la había llevado a mi habitación aquella tarde.
–Describe un paseo precioso que hay en Soria, junto al río –consiguió que no pudiera dormirme del todo–. Antonio Machado caminaba por allí con su mujer, es muy romántico. Los enamorados ponen sus nombres en los chopos…
–¡Pobres árboles! Eso es una cursilada, abuela –fue lo único que se me ocurrió decir.
En lugar de ofenderse, se echó a reír. En condiciones normales, nunca se enfadaba; por eso el numerito de los garbanzos era una mala señal.
–Puede que tengas razón. Entonces yo era una adolescente como tú y estaba enamorada.
–¿Del abuelo Ernesto?
–¿Qué Ernesto?
Me incorporé; la pregunta de la abuela no tenía sentido. Vi su mirada fija en un lugar invisible, me dio miedo sacarla de allí, así que no me moví hasta que ella habló.
–No conoces Soria, ¿verdad?
–No, pero, si quieres, iremos juntas este verano, abuela.
–Este verano –suspiró.
Se puso en pie y, muy despacio, con el libro entre las manos, se encaminó hacia su habitación como si alguien la estuviese llamando y debiera acudir. Yo agradecí que se fuera, y cerré la puerta.
No cabía duda de que, si la abuela necesitaba algo, vendría enseguida. Esperaba que me dejase tranquila el resto de la tarde. ¿Debía contarle a mi padre que la abuela no se acordaba de su marido?
Quizá se tratara de un olvido fugaz.
2
Lucas llegó tarde a clase, como de costumbre. Lo malo era que a primera hora había clase de Lengua, con Sofía, y la profe, que era puntual, no soportaba a los tardones. Me dio rabia que no apareciese antes; así habría podido hablar con él, preguntarle por su fin de semana e intentar quedar con cualquier excusa. Cuando apareció, Sofía ya había empezado a corregir y Lucas se llevó una buena bronca. Todos los días se llevaba alguna, humillarlo parecía el objetivo de todos los profes; eso decía él mismo, y yo le creía. Yo creía cada palabra suya, como si fuese poseedor de la única verdad. Él solía revolverse, contestar de mala manera, hacerse el rebelde, reclamar justicia y echar la culpa a otro; pero esa vez se calló, no respondió. Entonces salté yo, abogada de pleitos pobres, como diría mi madre, y respondí por él.
–Los profes la tenéis tomada con Lucas. ¡Ya está bien! –grité.
Se hizo un silencio sepulcral. Sofía no toleraba esas contestaciones y se puso muy seria, algo inusual en ella.
–Lucas sabe que tengo razón y que lo aprecio; pero no debo pasar por alto este retraso.
Lo dijo mirando a Lucas, no mirándome a mí. Él asintió, le daba la razón a la profe. Yo me sentí ridícula. Mi pierna empezó a moverse de manera compulsiva (es lo que me ocurre cuando estoy nerviosa). Ahora ella me cogería manía por haberme pasado de chula. Para colmo, me pidió la tarea y no la había hecho.
–Con lo inteligente que eres, si trabajases más… –me dijo.
Y me sonó como una venganza. Era la frase de siempre, me desquiciaba escucharla en cada clase. No me daba la gana estudiar más ni hacer los deberes ni esforzarme para sacar un notable cuando con un aprobado era suficiente sin necesidad de dar un palo al agua. ¿Era tan difícil de entender?
–Gracias por lo de antes.
No esperaba que Lucas se me acercase al terminar la clase para agradecerme la absurda defensa que me había puesto en evidencia.
–Me ha extrañado que no respondieras.
–A Sofía no. Me dio clase también el curso pasado, cuando llegué al instituto. Me trataba siempre bien, me comprendía. Ella se preocupa de verdad por nosotros. ¿No te has dado cuenta? No regaña sin motivo.
–No, para mí todos los profes son iguales: el enemigo. Se trata de pasar inadvertida, que no me vean y que me aprueben.
–Con Sofía no te resultará fácil. Sabe quién trabaja y quién no, quién se ha enterado de las explicaciones y quién no, y hará todo lo posible para que aprendas y no te conformes con poco.
–¡Pues vaya rollo! Prefiero al de Inglés, que le da lo mismo lo que hagamos con tal de que no molestemos.
–A final de curso habrás aprendido poco inglés y mucha lengua.
–Hablas como un profe –me reí.
–Tienes razón: no parezco yo –rio también.
Desde ese día, me dediqué a observar a la profe. ¿Sería verdad lo que decía Lucas? Al día siguiente, levanté la mano para corregir un ejercicio y lo hice bien. Me regaló una sonrisa sincera, que yo le devolví. Al menos no me había cogido manía por la contestación, y aquello me hizo pensar que Lucas sabía reconocer a las buenas personas gracias a esa sensibilidad especial que poseía. No solo era guapo, rebelde e inteligente; también irradiaba un encanto propio de la gente que se preocupa por los demás. Su rostro ovalado, sus ojos verdes y su cabello liso y oscuro completaban la lista de sus cualidades. Me gustaba mucho, tanto que no era capaz de disimularlo.
–Se te nota demasiado que estás por Lucas –me soltó Alicia, mi mejor amiga.
–¿Y qué? –respondí ofendida.
–Nada. Pero no eres la única.
–¡Vaya! –salté fastidiada–. ¿Cuántas más? ¿Crees que lo sabe?
–¿Lo tuyo o lo de las otras?
Alicia creía saberlo todo sobre Lucas; tuvo la suerte de ser su compañera de mesa. Nos colocaron por orden alfabético y le tocó al lado; me habría cambiado por ella, pero no era posible. Pensé, ingenua de mí, que al menos me beneficiaría. Mi mejor amiga me podría ayudar a conseguir la atención de Lucas, la amistad de Lucas, el amor de Lucas. De nuevo, nada salió como había planeado.
–A las seis hemos quedado unos cuantos en el parque del río. ¿Te apuntas? Vendrá Lucas.
Sabía de sobra la respuesta; por eso me miró con picardía y luego se rio. Alicia era la dueña de la clase, la más divertida, la líder de las chicas. Siempre me arrastraba adonde ella quería, y yo me dejaba porque era más cómodo. Era alta y parecía la mayor de clase; a mí me sacaba unos cuantos centímetros, aunque las dos nacimos en julio del mismo año. Siempre estaba contenta, como si viviera en el país de las maravillas, sobre todo si se hacía lo que ella ordenaba. Nos conocimos en primero, al llegar al instituto, y no me había separado de su lado desde entonces. Hasta jugábamos en el mismo equipo de vóley. Ser su amiga me daba fuerza, como si me hubiesen elegido los dioses para ser su compañera de aventuras, su lacayo, su guardaespaldas, su sombra. A su lado me desdibujaba, aunque no me importaba, porque disfrutaba de la compañía, de la alegría contagiosa y de la complicidad de alguien tan especial como ella.
Pasé la tarde esperando a que llegasen las seis, sin otra ocupación que escuchar a todo volumen el último disco de Conan Gray y hacer unos pocos deberes de Lengua para que Sofía no me volviese a pillar. A las cinco, los planes se torcieron.
–Lola, tengo que salir un momento –me dijo mi madre–. Te quedas con la abuela…
–¿Cómo? –salté furiosa–. He quedado a las seis, así que me iré aunque no hayas llegado.
–No serás capaz.
–Haz la prueba –desafié a mi madre.
Se marchó dando un portazo, y aquel gesto me cargó de razón. Me iría a las seis menos cuarto para llegar a tiempo, hubiera regresado mi madre o no. Tampoco le iba a pasar nada a la abuela por quedarse sola un rato, ni que fuese una niña pequeña. Mis reflexiones me exculpaban, así que a la hora prevista me dispuse a marcharme. La abuela seguía en su habitación, quizá durmiera la siesta. Di unos golpes en la puerta, pero no respondió.
–¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
Como no respondía, abrí despacio para no despertarla. La encontré sentada en la cama con el libro de Machado en las manos. Leía moviendo los labios, hasta que se percató de mi presencia.
–Ven, Lola –me llamó–. Verás qué buena memoria tengo. Este poema puedo recitarlo sin mirar. Compruébalo.
Me tendió el volumen abierto.
–«Al olmo viejo, hendido por el rayo…».
Recitaba despacio y sin mirarme. Cada vez le ocurría más: fijaba la mirada en un punto de la pared, en un lugar lejano que solo ella conocía. La vi tan abstraída que no quise interrumpirla. No se enteraría de si me encontraba a su lado o no. Pensé que no me necesitaba para nada, que le bastaban sus recuerdos. Miré el reloj, llegaba tarde. Deposité el libro sobre la mesilla y me escapé en silencio, sin escuchar cómo acababa la poesía.
Corrí hasta el lugar del parque donde solíamos quedar. Mis amigos pensarían que ya no acudiría a la cita, pues yo no solía llegar tarde. Se habrían marchado y a saber dónde estarían, me decía, al tiempo que renegaba de mis obligaciones como nieta sin tener muy claro a quién culpar.
–Mierda.
Como temía, ya no estaban en el banco de siempre. Mi tendencia a dramatizar olvidaba que no sería difícil localizarlos: nunca salíamos del parque, y podía escribir a Alicia para preguntar dónde se habían metido. Respiré cuando vi un grupo a lo lejos y corrí para que no se me escaparan. Al llegar, me di cuenta de que Alicia y Lucas no se encontraban allí. Pregunté a Marina por ellos y me señaló otro banco, detrás de unos árboles. Advertí la sonrisa maliciosa que dibujaron sus labios, pero preferí no interpretar.
–Pensaba que ya no vendrías –dijo Alicia nada más verme.
Se levantó y me abrazó, como hacíamos cada mañana y cada tarde, aunque nos hubiésemos visto unas horas antes. Lucas no se movió del banco.
–He tenido que ocuparme de mi abuela. Un rollo –conté.
–¿Sabes que los de primero de bachillerato se van a quedar sin viaje a Italia? –me preguntó Lucas–. Mi hermano está muy cabreado. Todo el curso esperando el viaje y, al final, nada.
–Es por lo del virus ese, ¿verdad?
–Sí, han desaconsejado visitar Italia. Están buscando otro destino. Lo importante es que vayan juntos a alguna parte.
–Si nos pasa a nosotros lo mismo, me da algo –comenté–. Menos mal que nuestra excursión es en mayo y a Granada. Esa no nos la chafa nadie. ¡Qué ganas tengo!
–Uf, falta mucho todavía. De momento, hay que hacer el examen del jueves –dijo Alicia.
–¿El jueves? ¿De qué? –en mi despiste habitual, no me había enterado.
–De Mates, tía. Que estás en la luna.
Reí de manera escandalosa, como también era habitual en mí.
–Te voy a llamar Lol en vez de Lola –rio Lucas.
–¿Lol?
–Sí, Laughing Out Loud. Porque te ríes muy alto y mucho. Esto del bilingüismo nos está trastocando.