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Bravo es un androide niño de compañía que ha sido creado para cuidar de Isaac. Pero no es un androide normal: a veces tiene sentimientos y además le gusta jugar, y eso para la sociedad futurista en la que viven es una amenaza. Así que tienen que esconder a Bravo para que no les destruyan. Pero... ¿quién puede impedir que un niño juegue? La historia de ciencia ficción sobre un robot que quiere jugar en un mundo futurista donde hasta eso está prohibido.
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Seitenzahl: 106
Veröffentlichungsjahr: 2018
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A Óscar, que quiere ser ingeniero,
VEO LA LUZ por primera vez.
Soy un prototipo de androide niño de compañía, modelo 3X23.
Sé que mi función robótica será acompañar a un niño humano de nombre Isaac, hijo del ingeniero que me ha programado. Estoy a punto de conocerlo. En mi campo de visión entra un hombre alto con el cabello oscuro, rizado y alborotado. Me observa a través de unas gafas de visión interna. Lo reconozco como el ingeniero.
–Veo que todos tus circuitos funcionan –me dice–. ¿Puedes oírme?
–Puedo oírle –respondo.
–¡Excelente! –exclama eufórico–. Tu mecanismo parece perfecto. Ahora falta saber si puedes cumplir la difícil misión que te voy a encomendar. Eres un prototipo de robot niño de compañía y deberás encargarte de Isaac, que tiene nueve años.
No sé por qué me cuenta esto si ya lo sé, y él sabe que yo lo sé, pero asiento con la cabeza.
–Bien, veo que me entiendes. Enseguida va a venir mi hijo; quiero decir, Isaac. Debes llamar su atención y ganarte su confianza. Lo necesito.
El ingeniero baja la cabeza y resopla. No puedo identificar el significado de sus gestos.
–Isaac es bastante indómito...
«Indómito: que no se puede o no se deja domar. Difícil de sujetar o reprimir».
¡Vaya! Un niño complicado. ¿Estoy programado para esto? Tendré que rebuscar en mi memoria activa.
–Tus circuitos contienen una enorme cantidad de información y una memoria ampliable mayor que la de otros androides de compañía. Conoces juegos de manos y de magia, eso te servirá para llamar su atención, al menos al principio –me dice el ingeniero.
Vuelve a mirar al suelo y se queda un rato en silencio, muy serio.
–Es difícil para un niño criarse sin madre –eso no acabo de entenderlo, pero cuando el humano habla, yo callo–. Le hemos fabricado varias niñeras robot, pero siempre acababa cortocircuitándolas.
Suena mal esa última palabra, debo evitarla.
Un golpe seco nos interrumpe. Giro la cabeza 90 grados en dirección al estruendo. Hay un sillón caído en el suelo y, al lado, un niño con los brazos cruzados y una expresión rara en el rostro. «Enfado», me dice mi memoria implantada. Lo reconozco aunque no lo haya visto nunca: es Isaac. Ventajas de poseer un chip de última generación.
–¿Quién es este? –pregunta el niño mirándome.
Veo su rostro cada vez más enojado, se pone rojo como si se fuera a fundir su circuito de refrigeración. Algo que en realidad no podría ocurrir porque él es humano.
–Es tu nuevo amigo –le dice el ingeniero–. Lo he diseñado especialmente para ti. Te hará compañía, jugará contigo, estudiaréis juntos...
–Me vigilará –añade, cada vez más rojo–. Estoy harto de que me vigilen.
–Te divertirás con él. Ya verás la de cosas que sabe hacer. ¡Demuéstraselo! –me ordena–. Haznos algún truco.
Mis circuitos reaccionan a la orden. Saco unas pelotas de goma de colores de un bolsillo y las hago girar en el aire. Parece que consigo captar la atención de Isaac, de eso se trata. Veo que cambia su expresión: ya no está rojo y sonríe. Voy más allá y hago desaparecer la pelota de color rojo, luego la azul. El niño ríe y hace palmas.
–¡Es electrizante! –exclama–. ¿Y qué más sabe hacer? ¿Me podrá enseñar a hacerlo a mí?
Isaac hace muchas preguntas. Será que desconoce casi todo y que su memoria humana tiene menos capacidad que la mía.
–¿Y hará lo que yo le diga? –me mira con una sonrisa extraña mientras se lo pregunta a su padre–. Sé que la segunda ley de la robótica dice que un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos.
¡Vaya! Parece que Isaac sabe más de lo que aparenta.
–Bueno... –el ingeniero parece dudar–. He hecho algunas modificaciones, pero recuerda también que esa segunda ley añade que obedecerá excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley...
–Ya sé –replica el niño–. La primera ley dice que un robot no puede hacer daño a un ser humano o permitir que un ser humano sufra daño.
–Eso me tranquiliza: sé que nunca te lastimará, y tampoco a otros niños, le ordenes lo que le ordenes –suspira el ingeniero.
Isaac vuelve a mirarme, esta vez con más detenimiento. Me rodea y yo giro la cabeza siguiéndole.
–Parece casi humano –afirma–. Lo único que le falta es el pelo, pero si le pusiera una peluca podría pasar por un niño de verdad.
–Ya sabes que...
–Lo sé –interrumpe Isaac–. Siempre debe ser posible distinguir a un robot de un ser humano. Lo dice la cuarta ley robótica. También por eso lleva ese uniforme gris tan feo.
–Por si se te ocurre lo de la peluca, que sepas que tampoco puede cerrar los ojos: no tiene párpados. Como el resto de los androides que he diseñado hasta ahora.
El niño se acerca más a mí y lanza su mano en dirección a mis ojos.
–Es verdad –dice–. No los cierra. Pero sigue pareciendo humano. Sí, puede ser divertido.
–Prométeme que no lo estropearás y que harás buen uso de él. He invertido mucho tiempo y todos mis conocimientos para construirlo.
–Gracias, papá. Va a ser un juguete muy divertido.
Juguete. En mi memoria no aparece esa palabra aplicada a los robots. Dice la segunda ley robótica que somos herramientas diseñadas para lograr los objetivos humanos. No dice nada de juguetes.
El ingeniero también lo sabe, e intenta que su hijo lo entienda:
–¡No es un juguete!
Creo que el niño no le ha escuchado. Me agarra del brazo y le pregunta a su padre:
–¿Me lo puedo llevar al parque burbuja para que lo vean mis amigos?
El ingeniero parece dudar. No sé si es buena idea que me deje solo y fuera del laboratorio con el niño, pero no digo nada. Obedezco órdenes.
–Está bien. A ver qué pasa. Os observaré por el visor tridimensional. Pero no se te ocurra salir de la burbuja. ¡Y ten cuidado!
Se ve que no se queda muy tranquilo, porque le oigo murmurar:
–Alguna vez tenía que ser la primera y mejor que yo esté cerca. A ver qué pasa.
Sus palabras alteran levemente mis circuitos. Creo que esto significa que yo tampoco estoy muy tranquilo.
ME ENCUENTRO CON ISAAC en el parque burbuja, pegado a su casa. El ingeniero le ha dejado salir porque yo lo acompaño y el lugar es seguro: no pueden entrar humanos extraños ni animales dañinos ni aire contaminado, y está completamente vigilado por cámaras de seguridad.
El lugar está repleto de niños que gritan sin motivo y corren sin rumbo, como si se les hubiese fundido un circuito. Miro los árboles, una rara especie: están repletos de hojas verdes y apuntan unas florecillas blancas. No sé por qué me quedo mirándolas embobado. Se me estará soltando algún cable.
–¿Este chisme sabe jugar? –oigo que pregunta un chico pequeñajo.
Me mira con los ojos muy abiertos y yo hago lo mismo. Parece que se asusta, porque retrocede dos pasos.
–¡Pues claro que sabe! –salta Isaac–. Hasta hace trucos de magia.
–Eso habrá que verlo.
El que ha hablado es un grandullón que se ha plantado delante del grupo con un balón bajo el brazo.
–Seguro que no sabe jugar al fútbol. Solo hará tonterías de niños pequeños, como todos los mecanos.
¿Mecano? ¿Me ha llamado mecano? Será que Isaac no le ha dicho que soy un prototipo modelo 3X23, no un mecano.
–¿Por qué te lo has traído? –insiste el grandullón–. ¿Es que tu padre te ha obligado a venir con una niñera que te vigile?
Los demás ríen, debe de tener gracia el chiste; menos Isaac, que se está poniendo rojo.
El grandullón me mira fijamente, agarra el balón con las dos manos y me lo lanza con tal fuerza que mis reflejos no reaccionan a tiempo y caigo sentado en el suelo. Creo que me ha descolocado la base metálica del cuello, porque no puedo girar la cabeza para ver qué cara ha puesto Isaac. No me hace falta: antes de que me dé tiempo a levantarme, aparece en mi ángulo de visión, me tiende la mano y tira de mí para incorporarme. Después se dirige al grandullón.
–¡Como lo hayas roto te vas a enterar! –lo amenaza Isaac.
–¿Me voy a enterar de qué? –le suelta el otro.
No le da tiempo a terminar la frase. Isaac se abalanza sobre él y los dos ruedan por el suelo. Veo que se dan golpes y puñetazos, se tiran del pelo y se arañan. Deben de causarse dolor, y sé que eso es malo para ellos. No entiendo por qué continúan, así no me van a arreglar el cuello estropeado. ¿No sería mejor que jugásemos todos al balón?
Tampoco puedo intervenir, porque podría lastimar a alguno de los dos contendientes e incumpliría la primera ley de la robótica: un robot no puede causar daño a un ser humano.
Unas voces regañan a los niños, les obligan a parar y les dicen que se vuelvan a casa, castigados. Ellos obedecen de mala gana. Parece que en este parque no se puede hacer nada sin que te observen.
El ingeniero nos recibe muy serio. Por el visor tridimensional ha presenciado la pelea de Isaac con el grandullón. Lo ha visto todo y, claro, se ha enfadado. Será que los niños no saben aún que no sirve de nada pegarse: te haces daño y no resuelves el problema. Es fácil de comprender. Los humanos no adultos son bastante defectuosos.
–¡Castigado sin monitor espacial esta noche! –grita el ingeniero.
Isaac arruga la cara y se pone feísimo. Su padre se enfadará más, estoy seguro. De pronto empiezan a caerle lágrimas de los ojos. Se va a poner perdido: con lo sucias que tiene las mejillas, se le llenarán de churretes. Conclusión lógica: el castigo será mayor.
El ingeniero se acerca a su hijo y lo abraza, le acaricia el cabello y lo besa. ¿No debería regañarlo en lugar de besarlo? Creo que mi conclusión lógica no lo era tanto... o que los humanos no usan la lógica. No entiendo a los adultos tampoco.
–¡Ese niño casi rompe al androide! –protesta.
No está bien que me ponga como excusa.
–Pegarse no es la forma de solucionar los problemas –le dice el padre.
Bien, por fin escucho algo sensato.
–Quiero que te acuestes temprano y te contaré un cuento de esos antiguos que tanto te gustan –ahora el ingeniero sonríe–. Pero prométeme que no volverás a pelearte con nadie.
Me parece que los dos saben que no cumplirá la promesa, pero hacen como si se lo creyeran.
–Te lo prometo –asegura–. ¿Puedo jugar con el monitor espacial antes de cenar?
–Claro, aún tienes media hora.
–¡Un momento! –intervengo–. Hace cinco minutos, lo castigaste sin jugar.
El ingeniero debe de tener mala memoria, no hago más que recordárselo. Los dos me miran muy serios. Isaac aprieta los puños y temo un balonazo como el de antes. Afortunadamente, no tiene nada a su alcance con lo que golpearme.
–Tú no deberías dejar que los niños se pelearan –me regaña ahora el ingeniero–. Y menos ser motivo de disputas entre ellos.
–Primera ley de la robótica: un robot...
–Ya lo sé –me interrumpe–, un robot no debe hacer daño a un ser humano. Yo te programé así, pero deberías haber intervenido.
No sé cómo podría haberlo evitado, creo que falta información en mi memoria implantada. De pronto pienso que me gustaría que salieran lágrimas de mis ojos para que el ingeniero me abrazara.
Ni siquiera tengo párpados.
–Vamos, hazme otro truco de magia –me ordena Isaac.
Yo obedezco. Extraigo unas monedas del bolsillo y las hago girar entre mis dedos. Me acerco a él y saco dos monedas de detrás de su oreja derecha. Se ríe, quiere decir que le gusta. Lanzo una de ellas al aire y la recojo con mi nariz.
–¡Bravo! –exclama.
Interpreto que se dirige a mí, aunque mi memoria no tiene registrada esa palabra, no existe en el diccionario.
–Bravo puede hacer más trucos de magia si lo deseas –le digo.
Padre e hijo se miran y ríen a carcajadas.
–¡Se cree que le he llamado así! –dice el niño entre risas.
–Puede ser un nombre divertido –comenta el ingeniero–. «Bravo» es lo que se dice después de hacer bien malabares o una pirueta –me aclara el ingeniero–. Será un bonito nombre para un mago como tú.
«Yo no soy un mago», quiero decir, pero me quedo callado. Los robots no tenemos nombres así. Yo soy modelo 3X23, androide niño de compañía, aunque es demasiado largo para que lo repita Isaac. Me gusta más que me llamen Bravo.
–Bravo, Bravo, Bravo –grita el chico saltando alrededor de mí.