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Los Padres del monacato primitivo solían acompañar espiritualmente a sus discípulos mediante cartas. Auque no poseemos una abundante cantidad de ellas, las que hemos reunido en este volumen nos permiten conocer cómo los guiaban y qué actitudes concretas les recomendaban. Se reúnen en un solo volúmen todas las cartas que han sido publicadas en varias oportunidades y por separado. Se pretende brindar la posibilidad de tenerlas ordenadas y facilitar la búsqueda y lectura de los diferentes temas que se tratan.
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Seitenzahl: 340
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Padres del desierto Cartas / Padres del desierto. - 1a ed - Munro : Surco Digital, 2023. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-47923-9-6 1. Monasterios. 2. Espiritualidad Cristiana. 3. Vida Comunitaria. I. Título. CDD 230
© 2023 SURCO Digital
Munro – Prov. Buenos Aires – Argentina
www.surco.org
Primera edición digital, enero 2023
ISBN: 978-987-47923-9-6
© Diseño de tapa: SURCO digital
Imagen de tapa: Escenas de vida eremítica. Paolo Uccello. 1460 (Florencia, Italia).
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723
Todos los derechos reservados.
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Los Padres del monacato primitivo solían acompañar espiritualmente a sus discípulos mediante cartas. No poseemos una abundante cantidad de ellas, salvo el caso de los reclusos Barsanufio y Juan, pero cuyas epístolas no incorporamos en esta publicación.
Los textos que ahora ofrecemos han sido publicados, en castellano, o bien en una obra específica, como es el caso de las Cartas de san Antonio; o bien, en diversos números de Cuadernos Monásticos. Al ofrecerlos ahora confiamos en poder brindar una modesta colaboración para quienes deseen tenerlos reunidos en un solo volumen.
Deseo expresar mi sincero agradecimiento a quienes han colaborado para poder llevar a buen término esta obra.
Enrique Contreras, osb
San Antonio ocupa un lugar único, de privilegio, en el ámbito del monacato cristiano primitivo como cabeza de todos los monjes cristianos. Su vida (hacia 251-356) y su fisonomía nos son conocidas sobre todo por la célebre obra que le consagró san Atanasio: la Vita Antonii. Los apotegmas nos aportan otros rasgos interesantes, que para nada contradicen el relato del obispo de Alejandría, sino que colocan felizmente al Padre de los monjes en medio de otros ancianos de su tiempo, sus émulos, en la imitación y la búsqueda de Cristo en el desierto1.
“Siete Cartas atribuidas a Antonio nos son conocidas en versiones latinas, georgiana y siríaca, como así también en fragmentos coptos2. Ellas son citadas por Shenute de Atripé, que tenía diez años al morir Antonio. Son, con mucha probabilidad, las cartas que san Jerónimo leyó en griego3. ¿Pero son realmente de Antonio? Un buen número de historiadores las dejan de lado, a menudo demasiado rápidamente4. Su acceso es dificultoso. Sin embargo, críticos cada vez más numerosos las aceptan, y la tesis de Rubenson ha demostrado su importancia… Su oscuridad se adapta bien a lo que se esperaría de un hombre no formado en la retórica griega; su origenismo es sorprendente; uno y otro aspecto explican su débil difusión: fue necesario el nombre de Antonio para que esos textos se difundieran. Sin embargo, las Cartas, en una cierta medida, pueden armonizarse con la imagen de Antonio que nos transmiten la Vida y los apotegmas”5.
Es posible que la influencia origeniana Antonio la haya recibido vía Dídimo el Ciego, que sabemos fue visitado por el santo abba:
«El beato Antonio, cuando descendió de la Tebaida a Alejandría para llevar el testimonio de la fe de Atanasio contra los arrianos, consoló a Dídimo con estas magníficas palabras: “No te ofenda, dijo, oh Dídimo, estar privado de ver con los ojos, porque te faltan aquellos ojos que tienen los ratones, las moscas y los lagartos; pero alégrate, tienes los ojos que tienen los ángeles, con los cuales ven a Dios, por los cuales para ti se enciende la gran luz del conocimiento”»6.
Y el mismo Dídimo el Ciego, según testimonio de Paladio, decía:
“El bienaventurado Antonio entró tres veces en esta celda para verme e invitado por mí para hacer una oración, inmediatamente se puso de rodillas aquí mismo, sin que tuviera yo necesidad de repetírselo, dándome con ello una lección práctica de obediencia…”7.
No sabemos en qué período dictó Antonio sus cartas. Pero es posible, sobre todo a la luz de la Carta séptima, que haya sido en una etapa en que la controversia arriana no había llegado a sus momentos más álgidos. Tal vez, entre los años 340-3508.
Las cartas de Antonio esperan una edición crítica. El supuesto original copto existe solo en fragmentos, y la versión griega que menciona Jerónimo se ha perdido por completo. Poseemos de ella una traducción latina, atribuida tradicionalmente a Valerio de Sarasio9. Un artículo reciente sostiene que la traducción latina “debe considerarse como una composición temprana, realizada en algún momento entre los siglos V y VII”; ella sería, además de la traducción siríaca10, del siglo V, de la primera carta de Antonio y de la versión georgiana, algo posterior, uno de los primeros testimonios de las cartas de Antonio11.
En el año 1981, se publicó la versión castellana del epistolario antoniano, la cual fue realizada por la Hna. M. Reyes Ordoñez; la efectuó a partir del texto francés aparecido en la colección Spiritualité orientale. En fecha reciente apareció también una edición digital (epub), publicada por la Editorial Santidad (Castellón de la Plana, España, 2021), que reproduce la traducción de 1981.
Dada la particular situación del epistolario antoniano, ya que se carece de un texto original, sea este copto o griego, solo podemos ofrecer una versión provisoria. Para realizar la cual se ha optado por seguir principalmente la traducción al inglés del Prof. Rubenson. Hemos incluido también, en letra más pequeña, la traducción castellana realizada por M. Reyes Ordoñez.
Cartas: traducción de M. Reyes Ordoñez en: San Antonio, Cartas, Burgos, Monasterio de Las Huelgas, 1981 (Col. Espiritualidad Monástica, 8).
Chitty: The Letters of Saint Antony the Great (Translated with an Introduction by Derwas J. Chitty), Oxford, SLG Press, 1975.
Epistolae: PG 40,977-1000 (versión latina de Valerio de Sarasio a partir del texto griego perdido). Letters: Samuel Rubenson, The Letters of St. Antony. Monasticism and the Making of a Saint, Minneapolis, Fortress Press, 1995 (Studies in Antiquity and Christianity).
Lettres: Lettres de S. Antoine. Version géorgienne et fragments coptes. Traduits par Gérard Garitte, Louvain, Imprimerie Orientaliste L. Durbecq, 1955 (Corpus Christianorum Orientalium, Vol. 149. Scriptores Iberici, Tome 6).
Saint: Saint Antoine. Lettres. Introduction, par dom André Louf, ocr. Traduction française par les Moines du Mont des Cats, Maine & Loire, Abbaye de Bellefontaine, 1976 (Spiritualité orientale et vie monastique, nº 19).
Saint Antoine: Père Matta El-Maskîne, Saint Antoine ascète selon l’Évangile suivi de Les vingt Lettres de saint Antoine selon la tradition arabe (traduction), Bégrolles-en-Mauges (Maine & Loire), Abbaye de Bellefontaine, 1993 (Spiritualité orientale. Série monachisme primitive, 57).
SCh: Sources Chrétiennes, Eds. du Cerf, Paris.
VA: Vita Antonii; ed. Gerhardus Johannes Marinus Bartelink en: Athanase d´Alexandrie. Vie d’Antoine, Paris, Eds. du Cerf, 1994 (SCh 400).
A: versión árabe
C: versión copta
G: versión georgiana
L: versión latina
S: versión siríaca
1 Cf. Les Sentences des Pères du désert. Collection alphabétique. Traduite et présentée par Dom Lucien Regnault, moine de Solesmes, Solesmes, Abbaye Saint-Pierre de Solesmes, 1981, p. 13.
2 Cf. M. Geerard, Clavis Patrum Graecorum, Turnhout, Brepols, 1979,n° 2330.
3 Jerónimo, De viris inlustribus 88: “El monje Antonio, sobre cuya vida Atanasio, obispo de Alejandría, ha escrito un magnífico volumen, es autor, en lengua egipcia, de siete cartas, llenas de contenido y sentido apostólico, enviadas a los diversos monasterios, traducidas al griego. La principal es la que dirigió a los Arsenoitas. Vivió bajo el mandato de Constantino y sus hijos, y llegó a la edad de 105 años” (ed. en Texte Und Untersuchungen Zur Geschichte Der Altchristlichen Literatur 14,1 [1896], p. 45).
4 Así H. Dörries, considera como improbable en boca de un copto la expresión: “espíritu que ve a Dios” (Carta 6,1 [en la trad. castellana de M. Reyes Ordoñez]). Así también J. Roldanus (1968) y M. Tetz (1983), no toman en cuenta las Cartas.
5 Citamos parcialmente a: Vincent Desprez, Saint Anthony and the Beginnings of Anchoritism: I, en The American Benedictine Review 43:1 (1992), pp. 71-72. Cf. Atanasio di Alessandria. Vita di Antonio. Antonio Abate. Detti – Lettera (Introduzione, traduzione e note de Lisa Cremaschi), Milano, Paoline, 22001, pp. 85-87.
6 Rufino, Historia Eclesiástica 2,7 (Rufino di Concordia. Scritti vari, Roma, Ed. Città Nuova – Società per la conservazione della Basilica di Aquileia, 2000, pp.272-273 [Col. Scrittori della Chiesa di Aquileia, V/2]). Esta visita posiblemente tuvo lugar en el año 338; cf. VA §§ 69-71; pp. 314-320, pero que, sin embargo, no refiere el encuentro con Dídimo; y Jerónimo, Epístola 68,2: “… citado en la ciudad por san Atanasio, obispo de Alejandría, para tratar el modo de refutar a los herejes, y como acudiera a él Dídimo, hombre eruditísimo pero privado de la vista, en medio de las conversaciones que estaban manteniendo sobre las Escrituras santas, admirado Antonio del talento de su interlocutor y alabando su agudeza de espíritu…” (sigue, con algunas variantes, el texto citado por Rufino; la carta es del año 397 y estaba dirigida a Castriciano, un piadoso ciego de Panonia; trad. en Cartas de San Jerónimo. I, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, pp. 645-646 [BAC 219]). Ver A. de Vogüé, Histoire littérarire du mouvement monastique dans l’antiquité, 3. Première partie: le monachisme latin. Jerôme, Augustin et Rufin au tournant du siècle (391-405), Paris, Les Éditions du Cerf, 1996, p. 304, nota 451.
7 Paladio, Historia Lausíaca, cap. 4,3 (ed. G. J. M. Bartelink en: Palladio. La Storia Lausiaca, Verona, Fondazione Lorenzo Valla - Arnoldo Mondadori Editore, 1974, p. 28 [Vite dei Santi, II])
8 Así, L. Cremaschi, op. cit., p. 87.
9 Su versión la habría realizado en 1475; y más tarde fue impresa en París (año 1516). Por lo tanto, es esta versión latina la que, junto con una traducción georgiana de los siglos VI-VIII, sigue siendo el principal testigo de las siete cartas de Antonio (cf. Peter Tóth, ‘In volumine Longobardo’. New Light on the Date and Origin of the Latin Translation of St Anthony’s Seven Letters, en Studia Patristica 64 [2013], p. 48).
10 Ed. de F. Nau, La version syriaque de la première lettre de saint Antoine, en Revue de l’Orient Chrétien 14:3 (1909), pp. 284-288 (trad. francesa), y 289-297 (versión siríaca).
11 Peter Tóth, art. cit, p. 57.
Texto12
1Ante todo, los saludo en el Señor13.
Los saludo en el Señor.
Creo que las almas, tanto de varones como de mujeres, que Dios en su misericordia ha reunido por medio de su propia Palabra, son de tres tipos:
Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre aquellas a quienes llama el amor de Dios, hombres o mujeres.
2Algunas fueron alcanzadas por la Palabra de Dios, en virtud de la ley de la promesa y del discernimiento del bien inherente en ellas desde su primera formación14. 3Ellas no dudan, sino que reaccionan con prontitud, como hizo Abraham, nuestro padre. Ya que él se ofreció a sí mismo por amor, en virtud de la ley de la promesa, Dios se le apareció y le dijo: 4“Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1). 5Y él fue, sin dudar para nada, sino respondiendo a su llamada. 6Este es el modelo para el comienzo de este género de vida. Y subsiste todavía en aquellos que siguen este modelo. 7Dondequiera y cuandoquiera que las almas lo mantienen y se ajustan a él, fácilmente adquieren las virtudes, puesto que sus corazones están prontos a dejarse guiar por el Espíritu de Dios. 8Este es el primer tipo.
Algunos son llamados por la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural inscrita en él, según la cual Él mismo lo había modelado al principio. Y revelándose a él le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré” (Gn 12,1). Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad reciben en herencia una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer tipo de vocación.
9El segundo tipo lo encontramos en aquellos que oyen que la ley escrita da testimonio de todo el sufrimiento y castigo preparado para el malvado 10y anuncia las santas promesas para los que progresan. 11Por los testimonios de la ley escrita, sus pensamientos se levantan y ellos tratan de entrar en sus llamadas. 12David también da testimonio de esto al decir: “La ley del Señor es perfecta, vivifica el alma”(Sal 18 [19],8)15. 13Y en otro lugar dice: “La revelación de tu palabra ilumina y hace sabios a tus hijos” (Sal 118 [119],130); 14y lo mismo, más veces de las que somos capaces de dar cuenta.
He aquí el segundo. Algunos oyen la Ley escrita, que da testimonio acerca de los sufrimientos y suplicios preparados para los impíos y de las promesas reservadas a quienes dan fruto en el temor de Dios. Estos testimonios despiertan en ellos el pensamiento y el deseo de obedecer a su vocación. David lo atestigua diciendo: “La ley del Señor es perfecta y vivifica el alma” (Sal 18 [19],8); y en otro lugar dice: “La revelación de las palabras ilumina e instruye al ignorante” (Sal 118 [119],130). Así como en otros muchos pasajes que podríamos citar.
15El tercer género lo encontramos en aquellos corazones que son duros desde el comienzo y que persisten en las obras de pecado. Dios misericordioso, les envía aflicciones y castigos, 16hasta que, a través de sus aflicciones, ellos se dan cuenta, se arrepienten y vuelven. Y si se arrepienten con todo su corazón, entran en la llamada y alcanzan las virtudes, como los demás, de los que ya he escrito.
Y he aquí el tercer tipo de vocación. Algunos, cuando aún están en los comienzos, tienen el corazón duro y permanecen en las obras de pecado. Pero Dios, que es todo misericordia, trae sobre ellos pruebas para corregirlos hasta que se desanimen y, conmovidos, vuelvan a Él. En adelante lo conocen y su corazón se convierte. También ellos obtienen el don de una conducta gloriosa como los que pertenecen a las dos categorías anteriores.
17Estas son las tres puertas16 para las almas que se arrepienten hasta que obtienen la gracia y la llamada del Hijo de Dios.
Estas son las tres formas de comenzar en la conversión, antes de llegar en ella a la gracia y la vocación de hijos de Dios.
18Pero creo que, aquellos que han entrado con todo su corazón y se han preparado para resistir todas las pruebas de los enemigos hasta vencerlos, 19antes han sido llamados por el Espíritu, que les alivia todo, para que el trabajo del arrepentimiento les sea dulce. 20Él establece para ellos una regla sobre cómo arrepentirse en sus cuerpos y en sus almas, 21hasta que les ha enseñado el camino para volver a Dios, su propio Creador. 22También les da el control sobre sus almas y cuerpos, en orden a que ambos puedan santificarse y heredar juntos.
Los hay que comienzan con todas sus fuerzas, dispuestos a despreciar todas las tribulaciones, a resistir y mantenerse en todos los combates que les aguardan y a triunfar en ellos. Creo que el Espíritu se adelanta a ellos para hacerles el combate ligero, y dulce la obra de su conversión. Les muestra los caminos de la ascesis, corporal e interior, cómo convertirse y permanecer en Dios, su Creador, que hace perfectas sus obras. Les enseña cómo hacer violencia, a la vez, al alma y al cuerpo para que ambos se purifiquen y juntos reciban la herencia.
23Primero el cuerpo, a través de muchos ayunos y vigilias, por la ascesis y los ejercicios corporales, 24corta todos los frutos de la carne17. 25En esto, lo guía el Espíritu de arrepentimiento, que prueba [al cuerpo] a través de estos [medios], para que los enemigos no lo vuelvan atrás18. 26Luego, el Espíritu que los guía comienza a abrirles los ojos del alma, para mostrarles el camino del arrepentimiento, para que también ella pueda ser purificada.
Primero se purifica el cuerpo por los ayunos y vigilias prolongadas; y después el corazón mediante la vigilancia y la oración, así como por toda práctica que debilita el cuerpo y corta los deseos de la carne. El Espíritu de conversión viene en ayuda del monje. Él es quien lo pone a prueba por miedo a que el adversario no le haga desandar el camino. El Espíritu-director abre en seguida los ojos del alma para que también ella, junto con el cuerpo, se convierta y se purifique.
27El espíritu19 también comienza a discriminar entre ellos y comienza a aprender del Espíritu cómo purificar el cuerpo y el alma por el arrepentimiento. 28El espíritu es enseñado por el Espíritu y nos guía en las acciones del cuerpo y del alma, purificando a ambos: 29separando los frutos de la carne, de lo que es natural al cuerpo -[aspectos] que [antes] estaban mezclados, y en lo cual consistió el pecado- 30y devuelve a cada miembro del cuerpo a su condición original, 31libre de todo lo ajeno, que pertenece al espíritu del enemigo.
Entonces el corazón, desde el interior, discierne cuáles son las necesidades del cuerpo y del alma. Porque el Espíritu instruye al corazón y se hace guía de los trabajos ascéticos para purificar por la gracia todas las necesidades del cuerpo y del alma. El Espíritu es quien discierne los frutos de la carne, sobreañadidos a cada miembro del cuerpo desde la perturbación original.
32El cuerpo es así puesto bajo la autoridad de la mente y enseñado por el Espíritu, como atestiguan las palabras de Pablo: “Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (1 Co 9,27). 33Luego, la mente lo santifica en [cuanto a] la comida, la bebida y el sueño, y, en una palabra, en todos sus movimientos, 34incluso separándose a sí misma de la unión [sexual] natural, por su propia santidad.
Es también el Espíritu quien, según la palabra de Pablo, conduce los miembros del cuerpo a su rectitud primera: “Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (1 Co 9,27); rectitud que fue la del tiempo en que el espíritu de Satán no tenía parte alguna en ellos y el cuerpo se hallaba bajo la atracción del corazón, instruido, a su vez, por el Espíritu. El Espíritu es, en fin, quien purifica el corazón del alimento, de la bebida, del sueño y, como ya he dicho, de toda moción e incluso de toda actividad o imaginación sexual, gracias al discernimiento llevado a cabo por un alma pura.
35Creo que hay tres movimientos en el cuerpo20. 36Hay uno natural, inherente, que no opera sin el consentimiento del alma, caso contrario queda en suspenso. 37Luego, hay otro movimiento como resultado de agobiar el cuerpo con demasiada comida y bebida. La temperatura de la sangre, a causa de la excesiva comida, estimula el cuerpo, que ahora se mueve por la glotonería. 38Por eso dice el apóstol: “No se emborrachen con vino, en el cual hay exceso” (Ef 5,18). 39Y el Señor instruye a sus discípulos en el Evangelio diciendo: “Estén atentos, no sea que en cualquier momento sus corazones se emboten con los excesos, la embriaguez y los placeres” (Lc 21,34). 40Precisamente porque buscan el nivel de la santidad21, deberían decir: “Castigo y someto mi cuerpo” (1 Co 9,27)22. 41El tercer movimiento viene de los malos espíritus, que nos tientan, movidos por envidia, y buscan disuadir a quienes tratan de santificarse.
Yo señalaría tres clases de mociones violentas. La primera reside en el cuerpo, está inserta en su naturaleza, formada al mismo tiempo que él en el primer instante de su creación. Sin embargo, no puede ser puesta en movimiento sin que el alma lo quiera. De ella solo se sabe esto: que está en el cuerpo. He aquí la segunda: cuando el hombre come y bebe con exceso sigue una efervescencia de la sangre que fomenta un combate en el cuerpo, cuyo movimiento natural es puesto en acción por la glotonería. Por eso dice el Apóstol: “No se emborrachen con vino, en él está la liviandad” (Ef 5,18). Del mismo modo, el Señor en el Evangelio prescribe a sus discípulos: “Que sus corazones no se emboten por la comida y bebida” (Lc 21,34) o las delicias. Más que nadie, quien guarda el celibato debe repetirse: “Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (1 Co 9,27). En cuando a la tercera moción, proviene de los espíritus malos que nos tientan por envidia y buscan manchar a quienes se comprometen en el celibato.
42Si el alma persevera en estos tres caminos y guarda lo que el Espíritu ha enseñado a su mente, purifica a ambos [mente y cuerpo] de los tres tipos de aflicción. 43Pero si la mente rechaza los testimonios que el Espíritu le ha dado, entonces los malos espíritus dominan la constitución [natural] del cuerpo23 y agitan esos movimientos 44hasta que el alma queda exhausta y clama poder recibir ayuda, y se convierte y adhiere al testimonio del Espíritu, para ser curada. 45Entonces cree y este es su descanso24: permanecer con Dios que es su paz.
Volvamos, hijos míos queridos, a cuanto se refiere más de cerca a estas tres clases de mociones. Quien permanece en la rectitud, persevera en el testimonio que el Espíritu da en lo más íntimo de su corazón y permanece vigilante, se purifica de esta triple enfermedad en su cuerpo y en su alma. Pero si no tiene en cuenta estas tres mociones, de las que da testimonio el Espíritu Santo, los espíritus malos invaden su corazón y siembran las pasiones en el movimiento natural del cuerpo. Lo turban y entablan con él un duro combate. El alma, enferma, se agota y se pregunta de dónde le vendrá el auxilio, hasta que se serene, se someta de nuevo al mandamiento del Espíritu y cure. Así aprende que sólo puede hallar su reposo en Dios, y que permanecer en Él es su paz.
46Esto he dicho sobre el arrepentimiento del cuerpo y del alma y cómo éstos se santifican. 47Y cuando la mente acepta esta lucha25, entonces ora en Espíritu y comienza a quitarse las aflicciones del alma26, que le han sobrevenido por su propia concupiscencia. 48El alma está luego en comunión con el Espíritu, ya que guarda los mandamientos que ha recibido. 49Y el Espíritu le enseña cómo curar todas sus aflicciones, y como quitarse una por una, de la cabeza a los pies, todas aquellas que están mezcladas con lo que es natural al cuerpo; como también aquellas que son independientes del cuerpo, pero se han mezclado con este por la [propia] voluntad.
Esto, queridos, para indicarles cómo el cuerpo y el alma han de ir unidos en la obra de conversión y purificación. Si el corazón sale vencedor del combate, ora en el Espíritu y aleja del cuerpo las pasiones del alma que proceden de la propia voluntad. El Espíritu, que viene a dar testimonio de sus propios mandamientos, se convierte en el amigo de su corazón y le ayuda a guardarlos. Le enseña cómo curar las heridas del alma, cómo discernir, una tras otra, las pasiones naturalmente insertas en los miembros, de la cabeza a los pies, y también las que, procedentes del exterior, han sido mezcladas al cuerpo por la voluntad propia.
50Sienta una regla para los ojos, para que puedan ver recta y puramente, y nunca más tengan nada ajeno en ellos; 51y para los oídos, para que puedan oír en paz y nunca más deseen oír algo malo, o calumnia alguna de los hombres, 52sino más bien todo tipo de benevolencia y misericordia hacia toda la creación, porque en ambos [ojos y oídos] estuvo antes enferma [el alma].
Así es como el Espíritu conducirá la mirada a la rectitud y pureza, y la retirará de cuanto le es extraño. El inclinará el oído solo a palabras decorosas; y el oído, no cediendo al deseo de oír hablar de caída y debilidades humanas, pondrá su gozo en conocer el bien y la perseverancia de cada uno, y la gracia dada a las criaturas; cosas de las que, estando enfermo, se había desinteresado hasta entonces.
53También enseña a la lengua su propia pureza, puesto que su aflicción es grande. Porque el que habla está enfermo y da a la lengua sus propias obras. Así, las aflicciones se multiplican por este miembro, que es la lengua. 54Esto lo confirma el apóstol Santiago, que dice: “Si alguno piensa que sirve a Dios y no controla su lengua, sino que se engaña en su propio corazón, su culto es vano” (St 1,26). 55Y en otro lugar dice: “La lengua es un pequeño miembro, pero corrompe al cuerpo entero” (St 3,5). Y hay más como esto de lo que puedo citar. 56Pero si el espíritu se fortalece por el Espíritu, primero se purifica a sí mismo; luego, examina sus palabras y da de ellas a su lengua, para que estén libres de hipocresía y de la propia voluntad. 57Así se cumplen las palabras de Salomón: “Mis palabras son palabras de Dios. No hay nada torcido o perverso en ellas” (Pr 8,8). 58Y en otro lugar dice: “La lengua del sabio sana” (Pr 12,18b), etcétera.
El Espíritu enseñará a la lengua a purificarse, porque ella es la que puso al alma gravemente enferma. Por medio de la lengua expresa el alma la enfermedad que padece; incluso la atribuye a la lengua, pues ésta es su órgano. En efecto, por la lengua le han sido infligidas graves enfermedades y heridas; por la lengua ha sido herida. Lo atestigua el apóstol Santiago cuando dice: “Si alguien pretende conocer a Dios y no frena su lengua se engaña en su corazón, su culto es vano” (St 1,26). En otro lugar afirma: “La lengua es un miembro pequeño, pero mancha todo el cuerpo” (St 3,5). Cuando el corazón está, entonces, fortificado con el poder que recibe del Espíritu, él mismo queda primero purificado, santificado, enderezado, y las palabras que confía a la lengua están exentas del deseo de agradar, así como de toda voluntad propia. En él se cumple lo que dice Salomón: “Mis palabras son de Dios; no hay en ellas dureza o perversión” (Pr 8,8); y en otro lugar dice: “La lengua del justo cura las heridas” (Pr 12,18).
59Y también los movimientos de las manos, si están desordenados por la voluntad del alma, ahora se hacen firmes por el Espíritu, y se orientan a inclinarse hacia la pureza, por oraciones y actos de misericordia27. 60Y en ellos se cumple la palabra sobre la oración, que declara: “Sea el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde” (Sal 140 [141],2); y también: “Las manos diligentes hacen a uno rico” (Pr 10,4).
Viene después la curación de las manos, que en otro tiempo se movían de forma desordenada, a gusto de la voluntad propia. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirá la palabra: “El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde” (Sal 140 [141],2), y esta otra: “Las manos de los diligentes distribuyen riquezas” (Pr 10,4).
61También el vientre se purifica en su comida y su bebida, si bien acostumbra a ser insaciable en estas cosas, una vez que se ha orientado hacia ellas por la voluntad del alma. Por el deseo y la avidez de la comida y la bebida, 62no pocos han caído con los demonios; y de ellos dice David: “No banqueteo con el de mirada altanera e insaciable corazón” (Sal 100 [101],5).
Después de las manos el Espíritu purifica el vientre en cuanto a comida y bebida. David decía sobre esto: “Con el de ojos engreídos y corazón arrogante no comeré” (Sal 100 [101],5). Pero si el deseo y la gula en cuestión de comida y bebida toman preponderancia, y las voluntades propias que lo trabajan lo hacen insaciable; a todo esto, vendrá a añadirse todavía la actividad del diablo.
63Pero a quienes buscan la pureza28, el Espíritu les asigna esta regla de purificación: moderación en lo que se refiere al poder del cuerpo, 64despojado de toda codicia o deseo. 65En ellos se cumple esta palabra de Pablo: “Sea que coman o beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo a gloria de Dios” (1 Co 10,31).
Al contrario, el Espíritu se hace cargo de quienes buscan una cantidad conforme a la pureza, y les señala una cantidad suficiente para sostener su cuerpo sin conocer el atractivo de la concupiscencia. Entonces se realiza en ellos la palabra de Pablo: “Ya coman, ya beban o hagan cualquier cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10,31).
66Luego, con respecto a los pensamientos sexuales que se mueven desde abajo del vientre29, la mente es de nuevo enseñada por el Espíritu a distinguir entre los tres tipos de movimientos antes mencionados, y cómo esforzarse en su purificación, 67con la ayuda del Espíritu. Así, todos los movimientos se extinguen por el poder del Espíritu, que pacifica el cuerpo entero y sofoca los movimientos. 68Esta es la palabra dada por Pablo: “Mortifiquen sus miembros [de todas las cosas] que son terrenales: fornicación, impureza y malos deseos” (Col 3,5), y lo que sigue.
Si los órganos genitales producen pensamientos de fornicación, el corazón, instruido por el Espíritu, discierne la triple moción de que he hablado antes. Gracias al Espíritu que le ayuda y fortifica, se hace dueño de esas mociones. Las apaga con la fuerza del Espíritu, que da la paz al cuerpo entero, e interrumpe su curso. Como dijo Pablo: “Mortifiquen sus miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones y malos deseos” (Col 3,5).
69Y luego también los pies, que antes no caminaban del todo de acuerdo con la voluntad de Dios; la mente, unificada bajo la autoridad del Espíritu30, los hace andar de acuerdo con la voluntad del Espíritu, 70para que puedan servirle en las buenas obras, y así, el cuerpo entero pueda ser cambiado y puesto bajo la autoridad del Espíritu. 71Y pienso que [ya desde] ahora, esta morada ha tomado algo de aquel otro cuerpo espiritual que se recibirá en la resurrección de los justos31.
A continuación, el Espíritu se entrega a la purificación de los pies, que antes no caminaban en la rectitud y perfección de Dios. Pero una vez colocados bajo el impulso del Espíritu, éste realiza su purificación y los hace caminar según su voluntad. Avanzan en la práctica de las buenas obras. Todo el cuerpo es así transformado, renovado, entregado al poder del Espíritu. Ese cuerpo, totalmente purificado, a mi modo de ver ya ha recibido una parte del cuerpo espiritual que deberíamos recibir en el momento de la resurrección de los justos.
72Esto he dicho por lo que concierne a las aflicciones del alma que se han mezclado con lo que es natural al cuerpo, en las cuales el alma cambia, de modo que llega a ser la guía de los malos espíritus que trabajan en sus miembros.
He hablado de las enfermedades del alma que se han infiltrado en los miembros naturales del cuerpo; las que lo hacen tambalearse y lo ponen en movimiento. Porque el alma sirve de lugar de paso a los espíritus malos que actúan en el cuerpo por medio de ella.
73Pero también digo que el alma tiene algunos [movimientos] exclusivamente propios, que examinaremos a continuación: 74el orgullo, es una aflicción separada del cuerpo; la jactancia es otra, como también la insolencia, el odio, la envidia, la ira, la pusilanimidad, la impaciencia y el resto32.
He indicado también la existencia de otras pasiones que no vienen del cuerpo y que ahora tenemos que enumerar: a esas pasiones pertenecen los pensamientos de orgullo, la jactancia, la envidia, el odio, la cólera, el desprecio, la relajación y todas sus consecuencias.
75Si [el alma] se entrega a Dios de todo corazón, Dios misericordioso le da el Espíritu de arrepentimiento y le muestra cómo arrepentirse de cada una de ellas, 76y también [le muestra] como los enemigos la frenan y la poseen, impidiéndole arrepentirse.
Si alguien se entrega a Dios de todo corazón, Dios tiene piedad de él y le concede el Espíritu de conversión. Este Espíritu da testimonio ante él de cada uno de sus pecados para que ya no vuelva a caer en ellos. A continuación, le revela los adversarios que se levantan ante él y le impiden librarse de ellos, luchando vigorosamente con él para que no persevere en su conversión.
77Si el alma resiste y obedece lo que el Espíritu le enseña sobre el arrepentimiento, entonces el Creador tiene misericordia del esfuerzo de su arrepentimiento, por los trabajos del cuerpo, como ayunos prolongados, vigilias, mucho estudio de la Palabra de Dios y muchas oraciones; como también la renuncia al mundo y a las cosas humanas, la humildad y la contrición33. 78Y si ella persevera en todo esto, entonces Dios misericordioso ve su paciencia en las tentaciones y tiene misericordia y la ayuda34.
Si a pesar de todo conserva el ánimo y obedece al Espíritu, que le exhorta a convertirse, el Creador se apresurará a tener piedad del trabajo de su conversión. Y viendo las aflicciones que impone a su cuerpo: oración incesante, ayunos, súplicas, estudio de la Palabra de Dios, alejamiento del mal, huida del mundo y de sus obras, humildad y pobreza de corazón, lágrimas y perseverancia en la vida monástica, -viendo, digo- su trabajo y su paciencia, el Dios de misericordia tendrá piedad de él y lo salvará.
12 Trad. de la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso; notas de Ana Laura Forastieri, ocso y Enrique Contreras, osb.
13Cartas, pp. 1-10; A: Saint Antoine, pp. 81-86; G: Lettres, pp. 1-5 (faltan los vv. 1-11); L: PG 40,977-981. La trad. castellana de Cartas en varios pasajes, siguiendo a Saint (pp. 39-50), opta por las variantes del texto siríaco (ed. Nau, pp. 284-297).
14 Similar expresión aparece también en 1,30; 2,10 y 5,40.
15 S añade: “El testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al ignorante” (Sal 18 [19],8b), en vez de citar el versículo del Sal 118 (119).
16Introductiones (así L y G). Entradas en S. Tres formas en A.
17 Rubenson opta por seguir la versión latina, distinguiendo entre corpus y carnis.
18 La versión árabe evita el tema de la prueba diciendo: “En este estadio, el Espíritu de arrepentimiento reconforta al hombre y le enseña que no se vuelva a lo que dejó atrás, y que no se adhiera en nada a los asuntos del mundo”.
19 L: sensus (cf. sin embargo, 3,6: mens; 7,31: habitudo).
20 Este pasaje, hasta el final del versículo 41, se conserva también en griego, en un dicho de la colección alfabética de los Apophthegmata Patrum: «Dijo abba Antonio: Pienso que el cuerpo tiene un movimiento natural, adaptado a él, pero que no actúa si no lo quiere el alma; indica solamente en el cuerpo un movimiento sin pasión. Pero hay otro movimiento, que proviene de la alimentación y del abrigo del cuerpo por la comida y la bebida; es así que el calor de la sangre excita el cuerpo para la acción. Por ello dice el Apóstol: “No se embriaguen con vino, en el que está la impureza (Ef 5,18)”. Y también el Señor en el Evangelio amonesta a los discípulos diciendo: “Miren que no se entorpezcan sus corazones con la crápula y la ebriedad (Lc 21,34)”. Hay todavía otro movimiento para los que combaten, que procede de las trampas y la envidia de los demonios. Hay que saber, por tanto, que hay tres movimientos del cuerpo: uno es natural, el segundo viene de la abundancia de alimentos, el tercero viene de los demonios» (Antonio 22; PG 65,84 AB).
21 A: agrega: revistiendo el hábito monástico.
22 Esta cita falta en el correspondiente texto griego de los Apotegmas de los Padres.
23 Así, L; G: Luego los malos espíritus invaden la constitución [natural] del cuerpo; S: los malos espíritus toman dominio y difunden en la masa del cuerpo todas las pasiones; A: los malos espíritus prevalecen sobre él y corrompen su cuerpo.
24 Ver también Carta 5,9.
25 Así G (añadiendo: este “género de” lucha) y L; S: si el corazón vence en esta contienda; A: cuando la mente recibe esta gracia.
26 S añade: desde el cuerpo.
27 G y S añaden (probablemente influidos por la sentencia siguiente): para que esos actos puedan realizarse por ellas.
28 L añade: a causa del Señor.
29 G: desde el vientre. S y A evitan toda alusión a la sexualidad y en cambio se refieren generalmente a las tres mociones antes mencionadas en la carta.
30 S se desvía en gran medida de las demás versiones añadiendo explicaciones y suavizando lo que debió haber sido un párrafo muy condensado y duro en el original. L: La mente, que se pone bajo la voluntad del Espíritu…; A: el corazón que se ha llenado de la gracia.
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