Cartas robadas - Seve Calleja - E-Book

Cartas robadas E-Book

Seve Calleja

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Beschreibung

Cartas Robadas: Desde lejos, las vidas de la gente llegan a parecerse unas a otras; transcurren, como trenes, cada cual por sus raíles y algunas veces se entrecruzan, convergen e incluso pueden llegar a chocar unas con otras, como trenes. Una manera así de ver la vida es la que irá descubriendo Pablo, un joven académicamente fracasado que consigue un empleo temporal de cartero y podrá vivir solo en un piso prestado, desde cuya salita de estar mira pasar la vida y se ensimisma jugando a imaginar la de otros a través de unas cartas robadas y de una ventana que da a la plaza, poblada de transeúntes y de magia. Una historia donde el amor, la soledad y los sueños se hacen una madeja que toca desmadejar a quien la lea.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Seve Calleja

ISBN: 9788416873890

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

CARTAS ROBADAS

“El mundo está lleno de Pablos,

todos distintos y todos dedicados

a conocer las cosas”

Cesare Pavese, El Camarada

UNO

A mi edad, cuando se ha repetido curso ya tres veces— dicen de mí que por vagancia aunque yo más bien creo que la culpa fue de la hepatitis— y a uno no le queda otra salida que mirar el reloj a cada rato y apartarse de la caja registradora para poder fumar a escondidas o salir un instante al patio trasero a respirar un poco de aire fresco, y así un día tras otro hasta el viernes por la tarde, y poder cambiarse de niqui a diario, y maldecir por lo bajo la estampa de tres o cuatro monstruos que te amargan la existencia con su tiza y sus fórmulas, cuando a mi edad, en vez de poder elegir campus, uno tiene que empecinarse con la Física y Química de 2º, la verdad, a cualquiera le darían ganas de mandarlo todo al cuerno o pedir plaza de reservista voluntario en el ejército, que para eso creo que cumplo todos los requisitos, más de 18 años y más de 1,55 al menos ya tengo, y ponerse a la cola a que a uno lo tallen, lo rapen y lo pongan en un tren a Cádiz, por si a lo mejor, a la vuelta de unos años, soplan mejores vientos aquí arriba.

Porque lo mío, más que nada, ha sido mala suerte, ha sido una cadena de casualidades a las que me agarro para sobrevivir como aquel pobre Lázaro de 3º de ESO, al que aún le quedaban ganas de contárselo todo con pelos y señales al Vuesa Merced ese, yo creo que para justificarse. A que al final va a resultar que nos parecemos bastante aquel antiguo y yo, no te digo. Seguramente por eso me leí el libro de un tirón, que nadie lo hace, y hasta entregué un trabajo de sobresaliente, porque eso de la literatura no se me daba tan mal y porque el pringado del pícaro me cayó bien desde el principio. Con un canto en los dientes se daría más de uno, como me decían en casa los dueños de la tienda de ultramarinos, que me ofrecían el puesto de cajero mientras no me saliera otra cosa mejor. No, gracias. Y menos aún eso otro de las Nuevas Profesiones, otros tres años de volver a empezar para acabar un día con una cartulina de gemólogo o mecánico dentista y con el nombre envuelto en una orla. No, ni hablar. Prefiero estar aquí por ahora, vestidito de azul y de amarillo con el emblema de la trompetita coronada bordada en el bolsillo de la camisa, tirando de un carrito amarillo también con el que aún me tropiezo al andar por falta de costumbre. Con un canto en los dientes, ya lo sé. Pero si no me quejo de trabajar en Correos, aunque, en realidad, sólo sea de simple eventual. Y no con un canto, contra una pared me hubiera dado con tal de no aguantar otro año entero las chirigotas de la gente de clase y las miraditas de alguno otro que yo me sé. ¿De qué puedo quejarme, si a los ya casi veinte, con un refugio propio, carné del INEM, un sueldo a fin de mes y los pies un poco doloridos, los sábados y domingos me saben a crema pastelera? Si es la pura verdad.

¡Hago lo que nunca había hecho en mi vida!, como estar ahora mismo con este tomo de la Enciclopedia Animal en el regazo, mirándole a los ojos a un batracio que como me descuide un poco me hipnotiza, qué simpático bicho el sapito partero, tan gris él, tan burlón y asqueroso, se parece al conserje del instituto, y un poco a mi padre cuando se repantiga frente al televisor y se queda dormido con el informativo.

En la Europa continental hay un extraño tipo de sapo, conocido como partero, cuya puesta no necesita agua. El macho arrolla los cordones de huevos en sus patas como si fueran brazaletes. Transporta de un lado a otro este ornamento más bien desgalichado, con un aspecto que recuerda al de una dama pudiente de ojos saltones, excesivamente enjoyada, hasta que los huevos están a punto de abrirse; corre entonces hasta el agua más próxima e introduce en ella las patas traseras para que los renacuajos recién salidos pasen al líquido directamente. Nadie ha descubierto todavía cómo sabe el sapo que los renacuajos están a punto de salir. Cuando se tiene la fortuna de dar con uno de estos animales cargados con las sartas de huevos, hay que tener buen cuidado de no molestarlos, porque son seres nerviosos que se desprenden sin dudarlo del cargamento que transportan.

Pero qué pinto yo aquí leyendo la vida de los sapos. Bueno, sí, reconozco que, de un tiempo acá, me divierte leer. Será porque tía Eufemia no me ha dejado ni tele, ni teléfono, ni nada. Sólo una enciclopedia y mil retratos. Y ahora me sobra tiempo, y me distraigo leyendo. Y creo que ha sido por llamarse Pablo el protagonista, fíjate qué bobada, por lo que me he zampado casi de un tirón una novela, ahora que no me obliga nadie, ahora que mi trabajo consiste precisamente en leer, clasificar, embarriar y repartir de portal en portal la correspondencia. Ahora que por fin puedo vivir solito. ¿O no era eso lo que tanto anhelabas? Di. Porque aunque no sean más que unos meses, la verdad es que vivo como un mandinga puesto a prueba. Como el mesopotámico Gilgamesch o como aquel Humphey Van Weydey de Jack London, creo, que para el caso da lo mismo. A uno lo conocí por obligación y al otro por mi gusto, pero los dos me cayeron igual de bien, seguramente porque los dos se parecían bastante a mí, por tener que vivir rodeados de Enkidus y capitanes Larsen, y de reinas Listar y gente de esa calaña. Y me da lo mismo que ellos fueran héroes y yo no, si al final he conseguido vivir solo, igual que un rey, que un náufrago. Con un canto en los dientes se daría más de uno de 2ºB. Eso ya lo sé. Claro que también los hay que se mueren por sacarse cuanto antes el carné de conducir o escalar el Himalaya y siguen soportando a capitanes Larsen de por vida. Y conste que lo mío es sólo una prueba antes de pasar a las páginas a todo color. Una prueba en blanco y negro, que ya es bastante por ahora. Y por eso me he leído casi de un tirón la novela que tengo en la mesilla. Por eso y porque su protagonista también se llama Pablo, que ya es casualidad, aunque no nos parezcamos demasiado, ya digo. Él toca la guitarra y viaja, ¿y qué?, y yo he conseguido por fin que tía Eufemia, que ahora vive con nosotros, quiero decir, en casa de mis padres, me deje ocupar su piso por lo menos hasta el verano. Qué ansias de ser mayor, fue su único reparo. Allá él, refunfuñó mi padre, que es su hermano. Mi madre no dijo nada pero asintió a los mohines de su esposo y todos tan contentos.

Al principio, al entrar en la casa había que quemar sándalo, o derramar un frasco de colonia, o ponerse a hacer gambas a la plancha, da igual, cualquier cosa con la que disimular el olor a rancio, a humedad concentrada que te daba en el morro con sólo abrir la puerta. Es un primer piso casi todo interior menos una salita de estar con un balcón sin tiestos que da a una plaza poblada de palomas y gentío vespertino, un baño sin bañera y un sinfín de retratos sobre un aparador vestido de tapetes de ganchillo. Era lóbrego y frío, y, sin embargo, me resultó en seguida un lugar entrañable, como creado para esconderse del mundo una temporadita, como un transiberiano averiado en mitad de la tormenta, desde donde uno puede escuchar músicas celestiales hasta en sueños, como me ocurría a mí casi todas las noches. Se me antojaba, y no sé bien por qué, un lugar de reposo alejado de exámenes, de pasillos ahumados con ese olor a pies y a goma de borrar tan insoportable, de tablones de anuncios con bici seminueva que se vende barata, Seminario de Matemáticas-Examen de Pendientes, Luis idiota, y listas, listas y chinchetas aupando tres o cuatro papeles diferentes a la vez. Un lugar alejado de cuanto odiosamente echaba en falta. Y sin embargo, y no sé bien por qué, el primer día que entré, ya vestidito de lobo de mar gualda y azul, cuando cerré la puerta tras de mí, tuve que hacer esfuerzos para aguantarme las ganas de llorar, qué tontería. Seguramente fue por no saber vivir ni tocar la guitarra como el Pablo italiano del libro de Pavese, qué tontería. O a lo mejor por verme así, de pronto, como enjaulado, condenado a aguantar el bullicio de la plaza, su volar de palomas, los arrullos de músicas y risas sin poder alcanzarlos siquiera con los dedos, o con los labios, sólo a hurtadillas con los ojos detrás de unos visillos encogidos y mustios. O porque era una tarde de sábado soleado y yo, un pobre mandinga, un Pablo gris y anónimo. Sí. Lo más probable es que fuera por eso.

DOS

Ya se llamaba la Plaza de la Música antes de que instalaran el quiosco de forja, y hubo un tiempo en que estuvo bordeada de potentes tilos que prolongaban la sombra de los soportales circundantes, y fue plaza de mercado y recinto ferial, sin otros aderezos que una fuente de piedra sobre cuya peana había una estatua. Una antigua tarjeta postal descolorida muestra a la estatua erguida sobre los cuatro caños de la fuente, como puesta a cuidar los chorros incesantes del agua cantarina.

Hoy ya no están ni la fuente ni los tilos. Los arrancó un estacionamiento subterráneo disimulado bajo el pavimento de un enlosado nuevo. Y la estatua, sobre pedestal nuevo, se desplazó a una esquina de la plaza, que se sigue llamando todavía la Plaza de la Música y que es cruce obligado de unas calles a otras y rotonda de bares y comercios y casi a todas horas, un lugar obligado de recreo, cuajado de palomas y transeúntes, escaparate de miradas que, sentadas a la sombra de los arcos en pequeñas terrazas de café, se estudian unas a otras, se buscan, se saludan, se entretienen.

Es el lugar ideal del músico ambulante de los atardeceres del buen tiempo, que espiga unas monedas extendiendo a sus pies un paño, una cajita o la funda de su instrumento. Y hay días en que una flauta a este lado y un organillo o un violín a ese otro se disputan a porfía la atención del paseante. Y más aún con buen tiempo. Entonces, igual que el vagabundo temporero o el paseante solitario desmigajan su pan a las palomas antes de que los niños y los perros las espanten correteando tras ellas, así los violines, las flautas, las guitarras o los acordeones forasteros se procuran su sitio y postulan a porfía cosquilleando el aire de la Plaza de la Música a la hora del paseo vespertino.

Sin embargo, no importaba que aún fuera muy temprano y hubiera apenas gente a esas horas en las que el chirriar de persianas y el trajín de furgones de reparto ocupan gran parte de la plaza, ni que lloviera a cántaros y la gente, camino del mercado, apresurada, apenas se parara a escuchar, para que siempre, cada mañana, arrimado a la estatua, Feo hiciera sonar su flauta solitaria, como tomando posesión de su rincón perpetuo. Por eso, como a la vieja estatua o como a las palomas ronroneantes, la gente al pasar solía mirar a Feo como a algo acostumbrado, patrimonial, inherente a la Plaza de la Música. Y aunque apenas cayeran monedas en la caja de puros desgastada que siempre había a sus pies, era considerado por todos algo propio, algo municipal, igual que las palomas o que la vieja estatua, por más que fuera el quiosco ochavado de forja modernista el centro de la plaza. Igual que las campanadas del reloj de la torre, igual que los ensayos del órgano eclesial, la indefinida melodía de Feo pertenecía desde siempre a todos en el pueblo.

Porque hacía mucho ya que, al llegar el buen tiempo, anticipándose al flujo vacacional de forasteros, aparecía en la plaza con su atuendo elemental de camiseta y pantalón vaquero, su piel cetrina y su estar siempre allí como otra estatua. Y sólo cuando hacía sonar su flauta minúscula de caña se sentía levemente su presencia. Interpretaba siempre la misma melodía sin apartar un punto sus ojos de su caja de puros. Y cuando sesteaba, lo hacía en el mismo banco siempre, a los pies de la estatua. Verlo allí era el anuncio de que pronto llegarían los demás instrumentos pasajeros, ante los que la flauta enmudecía y se escondía entre las manos de su dueño, como si prefiriera aprender de otras músicas. Sin darse cuenta, eran ellas las que lo arrinconaban como a la estatua la arrinconó el quiosco. La destreza aprendida de saber interpretar célebres partituras iba haciendo más pequeña la música de Feo. Pero aún así, allí permanecía él, junto a su estatua. Y sólo si no estaban los demás, volvía a sonar su flauta, igual que hacen los grillos cuando se acerca alguien, que esperan a estar solos.

Y así fue mucho tiempo, según dicen.

Hasta que una mañana, mientras él ensimismado arrancaba migajas a un mendrugo de pan y lo iba sembrando por el suelo de palomas, un infortunio le arrebató la flauta.

—¡Mi flauta! —cuentan que sollozaba escarbando como un chucho rabioso por entre los parterres de madreselva y prímula que bordean el quiosco— ¿Quién me la ha quitado? —susurraba mientras hundía sus dedos extendidos por entre las ranuras de los bancos del parque.

¿A quién podría interesar un instrumento como aquél, que parecía labrado toscamente por su dueño en un trozo de caña de bambú y que sus propios dedos habían ya ratonado? ¿Sería acaso un barrendero? ¿Quién, si no, podría haber sido a tan tempranas horas en una plaza apenas transitada?

Buscó por todas partes: hurgó en las papeleras, escarbó en la basura de tiendas y cafés, se perdió por el pueblo durante una semana; hasta que, derrotado y con esa expresión de enajenado que siempre lleva puesta por careta, regresó al mismo banco de la plaza. Y desde entonces, según cuentan, la estatua y Feo si hicieron casi iguales, y arrinconados permanecían largas horas viendo pasar la gente como dos pasmarotes. Y mientras que la una parecía no mirar a ningún lado, los ojos del flautista, que pocas veces habían levantado la mirada, revoloteaban desde entonces como moscas de agosto escudriñando en las manos de la gente y hasta en las bocas de los perros su única y preciada pertenencia.

Se supone que la estatua había estado aguardando a que fuera de noche; y que fue al sonar la última de las doce campanadas cuando, de un brinco mudo, se acercó a Feo.

—Ten —le dijo.

—Gracias— respondió con la inercia del mendigo.

Lo que pareció siempre un trozo indefinido de metal y que fundido a su mano tanto podía significar bastón o dardo, era, en realidad, una flauta: una flauta griega, una especie de antiguo flageolet cuyos seis orificios taponados por la mugre y el orín la hacían parecer ahora rama seca.

—¿Me la das? —inquirió Feo, sorprendido no de que el bronce hablara sino de su regalo—. Gracias— exclamó nuevamente, dispuesto a llevársela a los labios en cuanto se cercioró de que nadie podía oírle.

Entonces una música dulce y afilada revoloteaba por el aire de la plaza. Y era como si de repente Feo, aquel torpe flautista de una sola melodía machacona, las conociera todas. Tanto podía emular el sonido del agua de un arroyo como el resbalar del viento en las fachadas o los reclamos de un ave enamorada. Sus dedos, inyectados de júbilo, se habían puesto a dar brincos sobre el bronce como pulgas de mar sobre la arena. Sólo de vez en cuando dejaba de tocar para expresar su gratitud y su alegría a la estatua. Y sólo cuando sus carrillos se sintieron exhaustos de soplar, se dejó caer Feo sobre el banco desde donde la estatua había estado presenciando el concierto.

—Todos me llaman Feo. Llámame así si quieres.

—Yo carezco de nombre. Ponme tú uno.

¿No sabría él historias ni leyendas antiguas? ¿Ignoraría quiénes fueron Eurídice y Orfeo? Porque en tal caso sí que hubiera encontrado uno oportuno en ellas. Sabía, de tanto verla, que aquella efigie con la que conversaba tenía un hermoso rostro, desfigurado apenas por el paso del tiempo. Un rostro del color de la plata renegrida.

—Quiero llamarte Gris, si te parece— fue todo lo que dijo.

La noche transcurría como cuando las nubes llevan prisa cargadas de tormenta. Y en tanto dio de sí, permanecieron juntos sin que las campanadas del reloj de la torre lograran importunarlos. Sólo al despuntar las primeras luces la estatua, después de darle un beso, regresó al pedestal.

—Ten tu flauta —inquirió Feo alargando su mano temeroso de quedarse sin ella.

Pero la estatua, aupada ya en su peana, se había vuelto inmóvil y había dejado a Feo con su brazo extendido como un Colón mirando a las Américas.

—¡Me la ha dado! ¡Ahora es mía! —decía abrazado al bronce como a un puñal clavado en su contento.

Y pegándola otra vez a sus labios, trataba inútilmente de hacerla sonar. No sonaba, y él buscaba el porqué en los ojos de su amiga la estatua.

El reloj de la torre ya había dado las seis. Recostándose en su banco, se arrebujó sobre sí mismo el desdichado Feo y trató de dormir como si hubiera de encontrar en sus sueños lo que el amanecer le arrebataba.