4,99 €
El rey sonajero: La extensa producción narrativa para niños y jóvenes publicada por Seve Calleja, llega con "El Rey sonajero" a su máxima expresión literaria accesible a unos lectores a quienes conoce bien por los colegios que el autor visita, por su vida familiar y por el instituto en el que ha impartido clases de literatura hasta 2013. Es un libro ideal para leer en alta voz a niños y niñas de 7 a 10 años, por su tono empático con la vida de las gentes de etnia gitana que retrata, por su estructura interna -que alterna la voz de un narrador objetivo y las de los dos protagonistas, quienes a su vez narran historias-, sus alusiones a los paralelismos entre realidad y ficción, y su lenguaje.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2016
© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es
© Seve Calleja
ISBN: 9788416873906
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!
Para quienes viven incómodos
en su tierra, la Tierra.
Como estrellas caídas, ya se van encendiendo poco a poco las luces a lo lejos. Y la ciudad parece un agujero negro al que hubieran echado una ristra de estrellas medio fundidas, pero que aún tienen luz y que titilan como si fuera la ciudad un árbol navideño recién enchufado.
Ya es invierno y se sienten los sopapos del aire. Sobre todo aquí arriba, sobre todo en el claro donde se hace la hoguera cada tarde. Pero no llueve, y eso siempre es un regalo para los acampados, una familia de gentes andrajosas, llegadas hace tiempo de la vendimia y de la remolacha.
Como todos los días a la puesta del sol, las mujeres preparan calderada de patatas, verduras, magro de cerdo, chorizo y caracoles. Y un poco más allá, parapetados entre un zarzal y un toldo hecho de lonas fijadas en el suelo con estacas, un grupo de hombres aún martillea el latón, aprovechando la última luz del día.
Los pequeñuelos lo salpican todo jugando al cucú entre carros y árboles. Y entre las ruedas de uno de aquellos carros, donde duermen los perros por la noche y donde más silencio y menos aire reinan, el viejo Andrés, como todas las tardes, se hace leer el periódico atrasado.
—Tú sigue, sigue buscando, que algo habrá para mí —le pide a su lector, un jovencito que ya sabe leer, y sumar con llevadas, y el nombre de los puntos cardinales, y el padrenuestro y muchas otras cosas, de haber ido tantos días seguidos a la escuela—. A ver qué pone ahí, mi marajá del alma.
Y el chico, Listín el Marajá, como lo llaman todos, husmea con el dedo y con los labios por la sección de anuncios por palabras:
—¿Aquí? —pregunta.
—Sí, ahí mismito, ¿qué pone? —le va guiando Andrés con la impaciencia de todas las tardes a la puesta del sol.
—Pone…: «Lucidores de perlita autónomos».
—¿Y qué es eso, mi alma? —insiste el viejo—. ¿Qué hay que saber hacer?
Listín el Marajá sufre como un demonio cada vez que no entiende lo que se le pregunta.
Y el viejo Andrés pregunta a cada línea del periódico.
—Mire, abuelo, aquí dice: «Gerente» —continúa Listín el Marajá.
—No, mi niño, eso no. Que eso es cosa muy alta. Lee en la letra pequeña —y le señala con una vara de abedul en dónde—: Por ahí, por ahí. Mira a ver lo que dice.
Y hace correr su vara por el papel como un maestro por el encerado. Y el jovencito se impacienta buscando con el dedo, y con la boca y con los ojos algún oficio bueno para su viejo Andrés.
Así hasta que anochece y la letra pequeña ya no se puede ver. Entonces, de las hojas del periódico se harán camisetas para aguantar el frío. Basta cubrirse el pecho con un pliego extendido bajo el jersey para guardar el calorcito del propio cuerpo. Con eso y con un plato de calderada hirviendo, se apretujarán luego en el mismo jergón dentro del carromato, y el viejo Andrés le cuchicheará sus planes y proyectos al muchacho hasta que se le duerma.
—Sí, abuelo, sí… —irá respondiendo Listín el Marajá hasta caerse de sueño. Porque eso sería señal de que estaba escuchando. Porque si no, el viejo preguntaría en seguida:
—¿Te has dormido, mi niño?
Y si no había respuesta, también él se dormía sin dejar de soñar en sus adentros hasta el amanecer.
Soñaba siempre Andrés el mismo sueño. Soñaba que era rey. Un rey llegado desde Oriente. Porque cuando era niño, una vieja adivina le leyó la bají en las rayas de la mano:
—Algún día serás rey, escrito está en tu mano. Esta raya lo dice. Y esta otra también. Dicen: un rey muy grande de un reino muy pequeño. Bien claro que está aquí, y bendito seas—le leyó la adivina.
«¿Cómo puede ser eso?», se preguntaría ya siempre Andrés, que nunca lo entendió y que nunca se atrevió a averiguarlo. Y desde aquella vez le pedía cada tarde a la vieja adivina: «Léeme otra vez la mano». Y ella, igual que hacía ahora Listín el Marajá con los periódicos que encontraba en los parques, recorría con sus dedos los montes y los valles de su mano, que Andrés de niño imaginaba un reino con palacios y súbditos, y ríos y praderas colmadas de caballos. Y así pasaba largos ratos, mirándose extendida la palma de la mano, aguardando su cetro y su corona, como si alguien hubiera de llegar el día menos pensado a entregárselos.
Se fue haciendo mayor sin olvidar su sueño, y mientras tanto transcurría su existencia como la de cualquiera: trenzó cestos de mimbre, esquiló bestias, labró el cobre y el bronce, conoció el frío del invierno y el calor estival lleno de moscas, lloró y cantó y amó como cualquiera, hasta que con los años se fue trenzando el trono imaginario que ocupan cuando viejos los hombres en el clan entre gitanos.
