Juego de Piratas - Seve Calleja - E-Book

Juego de Piratas E-Book

Seve Calleja

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Beschreibung

Juego de Piratas: Pedro esconde un antiguo diario íntimo que no sabe a quién pertenece, tiene un amigo forofo de los juegos de rol y problemas en casa. Suficientes motivos como para convertirse, siquiera durante un tiempo, en pirata. En un pirata como los que se ponen en juego con los dados. Tras fugarse de casa y refugiarse en el garaje de su amigo, Pedro tendrá ocasión de ir desgranando el enigmático diario hasta adivinar quién lo había escrito, e incluso le sobran tiempo y ganas de ponerse a escribir su propio diario a medida que va descubriendo el significado de la familia, la amistad y de sí mismo, distinto del que poseía antes de jugar a los piratas. Seve Calleja da cuenta de su profundo conocimiento acerca de la literatura de marineros prófugos, corsarios y bucaneros, ese género que Stevenson y Salgari hicieron grande. Pero, en esta novela, la referencia a la piratería se vincula a los juegos de rol, mundo en el que se mueven los jóvenes protagonistas cuyos problemas de comunicación y relación centran la mirada del autor.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Seve Calleja

ISBN: 9788416873920

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

Juego de piratas

Seve Calleja

Juego

Para Joan y Maria E., invitados al juego por quien tanto sabe de piratas, tesoros y secretos.

Gesticular, hablar en el mismo tono de voz que emplearía tu personaje y, en definitiva, tratar de sentir las mismas cosas que tu alter ego. Ésa es la esencia del rol.

Del prólogo de Piratas

Índice

PRIMERA PARTE. El mapa del tesoro

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

SEGUNDA PARTE. Un viaje a la isla

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

PRIMERA PARTE

El mapa del tesoro

1

Cuando a mi madre le entra la manía del orden, la casa entera se pone a temblar. Y los temblores duran todo el fin de semana. Dice que en casa hay demasiadas cosas, la mayoría inservibles. Y le da por vaciarnos los altillos y por llenar bolsas y más bolsas para el reciclado. Porque, además, nos ha tocado en suerte una madre ecologista.

Pero mi madre es buena gente, en serio. Aunque los dos tengamos nuestros más y nuestros menos, y hasta hace poco no hiciera más que insultarme llamándome cochino cada vez que entraba en mi habitación y acabara, bajo cualquier pretexto, excavando en mis armarios. Eso sí, siempre solía llamar muy educadamente. Quiero decir que siempre avisaba antes de pasar aunque nadie le diera permiso, y así era como empezaban las broncas.

La última, que yo recuerde ahora mismo, fue por querer regalar al club de la parroquia toda la colección de Natura. ¿Para qué la querrían en la parroquia?, quise saber. ¿O no era eso una forma de desplazar el problema?, como suele decir mi padre. Y eso que no me cansaba de explicarle una y mil veces que el traje de surf tenía que estar colgado sin guardar, así como estaba, bien extendido y sin arrugas, para que no se deteriorara, que era un Rip Curl. Recuerdo que una vez hasta le leí la etiqueta, sin que viniera a cuento.

–Mira –le dije–, wash in cool or luke warm water do not dryclean, ¿te das cuenta, mamá?, aquí lo pone bien claro.

Pero ni aun así. No debió de entender porque se limitó a decir:

–¡Déjame de historias, cariño! –y cuando mi madre dice cariño con ese tono suele significar otra cosa muy distinta.

Todavía quedaban las guitarras, las camperas, los discos y los compactos –porque es que no le entraba en la cabeza que son cosas distintas–, la máscara antigás que me trajeron de Londres y que, por horrorosa que le resultara colgada junto al sombrero segoviano que ella me regaló, no dejaba de ser una reliquia de la Segunda Guerra Mundial.

Y estoy seguro de que cuando ya no le quedaba más por revisar, aún podía quejarse de los pósters que guardaba sobre el armario, a ver, ¿dónde iba a ponerlos si no me quedaba un palmo de pared libre? Y menos mal que esa vez las cosas ocurrían sin estar mi padre delante. Porque, cuando estaba él, entonces la discusión podía acabar en terremoto. Y es que o le daba la razón por ser su marido o el pobre acababa salpicado hasta las cejas. Porque él siempre ha sido peor que nadie con sus pertenencias; lo guarda todo, lo necesita todo, todo lo sobrevalora.

Tampoco mi padre es mala gente. Aunque no estuviéramos casi nunca de acuerdo con lo que a él le gusta llamar la letra pequeña. Porque en la grande, en lo importante, quiero decir, todos dicen que somos igualitos. Todos significa la abuela y mi hermanita.

Pues bien, en uno de esos temblores domésticos, a mi madre le dio por hacer limpieza general: fuera estas camisetas, y estos jerséis y estas playeras; y todo esto, al club de tiempo libre, o sea, un montón de juegos prácticamente sin estrenar, como si el club parroquial fuera un bazar; y esta chaqueta, a Cáritas, pero si está nueva, cariño; por eso, cielo mío. Así surgía una de las habituales trifulcas entre marido y mujer. Y ahí era donde yo no quería saber nada. Por eso me escabullía como podía y como había visto hacer a mi propio padre, que en eso sí era un experto.

Fue en una de éstas cuando, aprovechando la ausencia de algunos de nosotros, nuestra madre se puso a llenar bolsas para el reciclado con todo lo que pillaba por medio.

Todavía hoy reconozco, aunque no quiero que nadie lo sepa, que al llegar luego a casa y entrar en mi cuarto, aquello era una maravilla de tan limpio como estaba. Parecía el escaparate de una tienda de muebles. Casi me daba reparo entrar y tocar nada. ¡Pero qué había pasado allí! ¡Y mis discos! ¡Y la otra guitarra! ¡Pero si no eran mías las revistas que había aquí, que eran de Iñigo, y como no aparecieran el tío me mataría!, pensé asustado.

–¡Mamá! –grité, casi a punto del sofocón.

Si alguien alguna vez, en el andén de una estación, por ejemplo, a punto de ir a coger el tren, se da cuenta de que le han robado la bolsa en la que llevaba la documentación, el billetero y todo lo de valor, seguro que reconoce enseguida la sensación que yo sentí en aquel instante.

–¡Mamá! –volví a vociferar.

Aquél no parecía mi cuarto. Era otra cosa. Era, no sé, una copia falsa. No sabría qué palabra elegir; hay cientos para explicar lo que parecía mi habitación entonces, después de la operación «Tormenta del Desierto» de mi madre. ¡Qué horror! ¡Si ni tan siquiera tenía a mano la máscara antigás para no caer asfixiado en el pasillo!

–¡Madre! –quise elegir un tratamiento más distante con el volumen de voz al máximo.

Fue entonces cuando, al abrirse la puerta de su dormitorio, comprobé que lo de mi cuarto era sólo una batallita comparándolo con la que había estallado allí, en la habitación donde dormían ellos.

–¡Eso es una falta de respeto! –voceaba él.

–¡Que no me levantes la voz! –se defendía atacando ella.

–Tú verás lo que haces –le amenazaba él–. No voy a consentirlo.

Y otras tantas frases que parecían tomadas de uno de esos culebrones que ponen en la televisión.

–¡Eso es muy relativo! –se le oía a papá.

–¡Ah, pues tú verás cómo resuelves el dilema! –ahora era mamá la que amenazaba, a juzgar por su airado tono de voz.

–Si no me dejas otra opción... –se quedaba en suspenso mi padre.

Los dos hablaban de invasión. Él, de invasión de la intimidad con tanto orden y tanta limpieza. Ella, de invasión del dormitorio con tanto papelote y tanto libro.

–Las cosas como son, cariño –se le oyó entonces decir, con un tono de voz menos severo esta vez, a mi madre.

A partir de ahí, ya dejaba de interesarme aquella historia, porque era capaz de adivinar el desenlace por mí mismo; y porque mi batalla particular podía darse por perdida de antemano. Frente a aquel tanque devastador que podía ser mi madre, yo ya no tenía nada que hacer.

Fue así como me vi, instantes después, hurgando entre las bolsas para el reciclaje, por si aún había posibilidad de recuperar objetos y recuerdos de valor. Y tenía que darme prisa, no apareciera mamá en misión de reconocimiento. De modo que me puse a salvar de la quema todo lo que me pareció importante, poco voluminoso, fácilmente disimulable entre libros, en altillos o bajo la cama. Y, sobre todo, las revistas de Iñigo, los libretos de Bob Marley, Jim Morrison, Tracy Chapman, y otras muchas de mis pertenencias de las que no tengo por qué dar explicaciones ni entrar en detalles sobre ellas.

Y de esta manera, revisando ya con más calma lo recuperado, encontré el cuadernillo este que escondo como una joya robada. Porque eso sí que no era mío. Podía ser de cualquiera. Incluso suyo. Y suyo significaba tanto de él como de ella. Aunque eso no me preocupaba de momento, pues ya tendría ocasión de averiguarlo, que para eso no hacía falta ser Sherlock Holmes; bastaba ser su ayudante. Además, ¿de quién iba a ser más que del pobre papá, tan víctima como yo de aquel expolio?

Sí, sin duda, aquel cuaderno había permanecido entre las pertenencias de mi padre. Aunque, a primera vista, no pareciera su letra, ni su estilo, eso suponiendo que papá tuviera estilo propio.

Calma, me dije, ten un poco de paciencia, amigo Watson, que un caso como éste no se resuelve tan pronto. Había que estudiarlo detenidamente, las posibles fechas, los nombres... Y no caer fácilmente en la trampa de las falsas apariencias. Por ejemplo, lo más fácil hubiera sido pensar que aquel cuaderno pertenecía a papá, puesto que había sido rescatado de entre lo que mamá había arrojado a la basura. Y, como sin duda no era mío ni de ninguno de mis conocidos, tenía que ser propiedad de papá. Eso, como digo, era lo más fácil de pensar, lo primero que cualquiera daría por sentado, ¿o no? Pero ¿por qué no tener en cuenta otras circunstancias? Como, por ejemplo, la de que mi madre también tenía una historia personal y, por lo tanto, el cuaderno bien pudiera ser suyo o de alguna de sus viejas amistades. ¿O no? Y ése fue el camino que elegí, el menos evidente, el menos corto. ¿No dicen que no siempre es la línea recta el camino más corto entre dos puntos? Pues eso hice.

A partir de entonces, ya sólo iba a ser cuestión de tiempo, de paciencia, de olfato y de haberse tragado un montón de películas policíacas, de ésas que papá y mamá alquilaban en el videoclub pensando en la abuela y con las que todos, menos ella, terminábamos dormidos. Con una pequeña dosis de todo eso, decidí suponer que aquel cuaderno podría ser de un antiguo novio de mi madre. Porque lo que sí saltaba a la vista, y no había que ser un lince, era que su dueño o dueña usaba letra y ortografía de 1.° de Bachillerato, y eso como mucho. Saltaba a la vista: ¡hechar con hache, adios sin acento, tí acentuado... y una presentación así, tan redondita y tan limpia! También se advertía que era bastante antiguo, aunque ahora no me apetezca detenerme a explicar por qué.

No sé si a los grandes detectives como Sherlock Holmes o Hércules Poirot les ocurriría lo que a mí aquella tarde mientras manoseaba el viejo cuaderno que había logrado recuperar de la basura de mi propia casa. Me refiero a lo del perro de Pavlov, que nos habían explicado no hacía mucho en clase, eso de que si se le ponía un plato de comida delante, el animal empezaba a segregar jugos gástricos y luego, sólo con ver otra vez el plato, aunque estuviera vacío, el pobre seguía relamiéndose de gusto o algo así, es que no me acuerdo bien de cómo era la historia. Lo cierto es que, ante aquel cuaderno lleno de enigmas por resolver, se me estaba haciendo la boca agua sólo de imaginar a quién podría pertenecer. Porque, en cuanto descubriera la identidad de su autor o autora, mi venganza podía ser terrible. Sobre todo si la autora era mi madre, que acaso sin querer, cegada por su manía del orden y la limpieza, había echado a la basura sus recuerdos más íntimos creyéndose que eran los nuestros. De mi padre y míos, quiero decir.