Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Un avión cargado de bombas se aproxima al Palacio Real de Madrid. Lo pilota uno de los mejores aviadores del mundo, y su objetivo es matar al rey de España. El piloto, al soltar su carga mortal, gritará simbólicamente "¡Muera la monarquía! ¡Viva la república española!", aunque sepa que nadie lo oirá, aparte de su fiel copiloto. El avión pica el morro al divisar el objetivo. La mano junto al disparador se inquieta, restriega por instinto la palma contra la tela de la pernera. Diez segundos, nueve... Blanco fijado... Ocho, siete, seis... Sin el Rey, todo será más fácil... Cinco, cuatro... Y entonces, allá abajo, surge lo inesperado. (Libro ganador del II Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil y del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, 2006)
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 294
Veröffentlichungsjahr: 2013
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Fernando Marías
Cielo abajo
II Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil
Bombardear o no bombardear... ¡He aquí la cuestión!
El mar de los sueños
La primera Constanza
¿La casualidades solo existen en las novelas?
Hombres Insecto, soles nocturnos
La tercera Constanza
Puerta del Sol, puerta de la muerte
Largo vuelo hacia el horizonte
La invencible ciudad de la gente
Atocha, laberinto del tiempo
La segunda Constanza
Cielo arriba
Fernando Marías
Créditos
Un avión cargado de bombas se aproxima al Palacio Real de Madrid. Lo pilota uno de los mejores aviadores del mundo, y su objetivo es matar al rey de España.
El piloto, al soltar su carga mortal, gritará simbólicamente: «¡Muera la monarquía! ¡Viva la república española!», aunque sepa que nadie lo oirá, aparte de su fiel copiloto.
El avión pica el morro al divisar el objetivo. La mano junto al disparador se inquieta, restriega por instinto la palma contra la tela de la pernera. Diez segundos, nueve... Blanco fijado... Ocho, siete, seis... Sin el rey, todo será más fácil... Cinco, cuatro...
Y entonces, allá abajo, surge lo inesperado. El piloto maldice, mira de nuevo para asegurarse, consulta en silencio con su compañero, estupefacto como él. Duda durante unas pocas décimas de segundo, lo suficiente para que el avión sobrepase el objetivo. A unos centenares de metros vira para intentarlo de nuevo, pero tiene ya la certeza de que no podrá disparar. El piloto ha desperdiciado una oportunidad única de cambiar la historia de España, y lo sabe. Sin embargo, también sabe que volvería a actuar igual una y mil veces.
En el cielo del invierno madrileño, el avión regresa a la base. Es el quince de diciembre de 1930. Pocas horas más tarde fracasará estrepitosamente la conspiración republicana contra Alfonso XIII, cuyo reinado, no obstante, tiene ya sus días contados. Cuatro meses después, en abril de 1931, los resultados de las elecciones democráticas obligarán al rey a abdicar, y partirá hacia el exilio. Nacerá la Segunda República española; casi en el acto, sus enemigos comenzarán a maquinar contra ella, y no cejarán hasta desencadenar la Guerra Civil.
Pero volvamos al mítico aviador.
¿Por qué renunció al bombardeo? ¿Qué divisó en el patio del Palacio Real?
Ricardo GARCÍA FONS, Historia de la aviación militar europea de entreguerras.
Los sueños son de agua. Flotas en ellos pero no los puedes agarrar.
Aunque al principio, como tantos otros, yo pensara que sí.
Tuve que dejar de escribir hace ya tiempo, en la primavera de 2003. Abandoné por indefensión, por miedo. Dejé de escribir por quiebra moral, y también económica. ¿Por qué restar importancia a este factor si, al fin y al cabo, es el esencial? Fui incapaz de resistir; perdí la guerra contra el mundo. Dos novelas y un libro de relatos, los tres condenados a cadena perpetua en un cajón. Manuscritos que nadie ha querido leer. Libros muertos en cuya calidad solo creo, o creía, yo. Libros de agua. Es curioso que así, precisamente, comenzara la que iba a ser mi tercera novela...
«Los sueños son de agua. Flotas en ellos, pero...».
El día de mi rendición era martes. El viernes anterior, un editor al que osadamente había hecho llegar mi «obra completa» me dejó un mensaje en el contestador: «He leído su libro de relatos; me gustaría que charláramos». Le telefoneé el lunes a primera hora, me dijeron que estaba reunido, que me devolvería la llamada. Y lo hizo al día siguiente, el martes en que me rendí, a media mañana. En las horas previas, y a lo largo de todo el fin de semana, que había pasado escuchando una y otra vez su mensaje, elucubré infinitas fantasías; la cabeza, ingobernable, se me escapaba hacia cielos altísimos de reconocimiento y gloria, y me esforzaba por traerla otra vez hacia abajo, de regreso a la tierra. Cuando por fin llamó el editor, lo escuché con la garganta seca y el corazón bombeando: pum-pum, pum-pum, pum-pum. Él habló y habló, encantador y riguroso en el comentario de cada cuento. Y yo callé; callaba y asentía, con una risita cómplice, innecesariamente aduladora, de la que me arrepentí en el acto. Me visualicé agarrándolo por las solapas: «Déjate de monsergas. ¿Me publicas, sí o no?».
La respuesta fue no.
Casi sin darme cuenta, el teléfono estaba otra vez colgado. «Adiós, encantado... Adiós», habíamos dicho, no sé en qué orden. ¿Qué había pasado? «En algunos de los cuentos se intuye a un posible futuro buen escritor. No deje de seguir mandándonos cosas. Las novelas, en cambio, no. Las novelas no nos han interesado tanto». Posible... Futuro... Tiempo sin fondo, sima sin fin. Y encima, solo se «me intuía» como buen escritor... Pum-pum… Entonces, sin un suspiro de advertencia, se apagó el flexo. Ese día vencía el aviso de corte del fluido eléctrico. Es lo malo de ir tirando así, con todo tu mínimo patrimonio a rastras, sin cuenta en el banco ni reserva en el calcetín. Que te corten la luz es llevadero, lo sé por experiencia; pagas con recargo al día siguiente, o cuando puedes, y enseguida te reactivan el servicio. Esta vez, sin embargo, tenía el dinero, el importe exacto en billetes y monedas en un sobre a mi lado. Pude haber bajado al banco de la esquina para hacer el ingreso, pero no había querido apartarme del teléfono. La llamada era lo más importante, lo único que contaba; además, era un juego conmigo mismo: éxito o fracaso a cara o cruz, lanzando al aire una imaginaria moneda. Cara: la respuesta del editor sería «sí» y aún tendría tiempo de pagar la factura. Cruz: ni libro ni luz; así, en verso. Y ahí me encontré: cruz, ni libro ni luz. En verso.
Corrí con el sobre en la mano escaleras abajo; algunas monedas se deslizaron fuera; rebotaron ruidosamente contra la madera de los escalones y cayeron por el hueco hasta el portal. El hombre de la compañía de la luz había desaparecido en el exterior, entre los viandantes. Me vi en la calle, y no figuradamente: al salir con tanta prisa, había cerrado la puerta sin coger las llaves. No era grave; al vivir solo tengo la cautela de guardar copias en casa de un amigo, y fui a buscarlas.
Durante el trayecto en metro, rememoré la conversación con el editor; y la angustia, entonces sí, me arañó las tripas. De pie, frente a la puerta del vagón, mirándome en el cristal mugriento, a merced de los reflejos de la velocidad en el túnel, tuve miedo por el futuro; miedo al futuro mismo. Conciencia del agua, una invicta sensación de derrota. Los soldados no mueren en las guerras, como se dice alegremente; eso no es exacto. Cada soldado muere en un instante concretísimo de una batalla también concretísima; tal vez en una escaramuza mínima, despreciada por la Historia pero fundamental para ese muerto, porque ese momento será el de su propia muerte. Y única: nunca tendrá otra. Los barcos no naufragan anónimamente en el océano; cada barco se hunde en una precisa ubicación de latitud y longitud, en esa y no en otra. En un instante preciso y en ningún otro. Pues bien, yo tampoco fracasaba en la vida de manera imprecisa. Me hundí en el desaliento ahí, en ese momento, un soleado día de mayo, bajo tierra, entre las estaciones de Gran Vía y Tribunal. Y a nadie le importaba, nadie iba a darme ánimos para que me sobrepusiera y volviera a intentarlo. No obstante, a un tiempo, miles de voces desconocidas, con su silencio legítimamente indiferente, me recordaban que nunca lograría ser escritor. Las oía, calladas y recias, insoslayables. Los sueños son de agua, pero el fracaso tiene puerta. La abres, la cruzas, la cierras a tu espalda. Y das el siguiente paso, titubeante, abrumado, incrédulo. Asustado y solo.
Sentí miedo. No por mi carrera literaria, que moría sin haber empezado, sino por la simple y terrible incertidumbre. Mientras me movió el afán de triunfo, toda necesidad quedaba relegada a un segundo plano. La miseria, me decía, llevaría aparejada antes o después el éxito, y en consecuencia carecían de importancia sus incomodidades y aflicciones. No me importaba ir tirando con trabajillos, picar de aquí y de allá, carecer de estabilidad... En algún momento las cosas adquirirían su sentido... Y de pronto, ese martes, todo se derrumbó; o más precisamente, fui consciente de que mi entorno, y mi vida entera, era un paraje en ruinas desde tiempo atrás, sin que yo hubiera sabido verlo.
Suerte de Enrique. Mi amigo de la infancia, el mismo que custodiaba la llave de seguridad que me disponía a recoger, también había alimentado, mucho tiempo atrás, vagas ensoñaciones de dedicarse algún día a cumplir los sueños de juventud, que en su caso consistían en hacer películas; pero, más inteligente o más afortunado que yo, había empezado la casa por los cimientos, trabajando en la empresa de decoración y reformas de casas antiguas que pertenecía a su padre. Se ganaba bien la vida, y, algún día, decía, estaría en disposición de entrar en el mundo del cine como debe hacerse, cheque en mano y sin depender de nadie. Enrique me vio tan agobiado aquel día que me convenció para que aceptara un empleo temporal en su empresa: tenía que acondicionar, para su posterior pintado, las paredes de un piso que se disponía a reformar. Por mi deprimido estado de ánimo, no me veía con fuerzas para sumarme a un equipo de ruidosos albañiles y fontaneros, pero mi amigo es sensible y cuidadoso con los detalles; si me lo había propuesto, era precisamente porque su cuadrilla estaba ocupada en otro lugar, y yo debería realizar mi trabajo a solas. Creo que esa circunstancia concreta fue la que me decidió a aceptar: un poco de dinero y un poco de soledad, lejos de todo. O a salvo de todo.
La casa se hallaba al comienzo de la calle Méndez Álvaro, junto a la glorieta de Atocha. Era un inmueble antiguo, de solo cuatro alturas, que acababa de quedar desocupado tras la marcha del último inquilino, el de la buhardilla. El dueño había esperado pacientemente, sin alquilar ninguna de las demás viviendas, y ahora por fin podía convertir los grandes pisos vacíos en modernos y rentables apartamentos.
Me vi ante la casa una fría mañana de noviembre, a las ocho. Por la plaza circulaba el tráfico habitual, y había mucho tránsito de peatones. Entré al portal con cautela, sintiéndome un intruso; como si lo que me disponía a hacer, arrancar el viejo papel pintado de las paredes, constituyera la violación de algún derecho sagrado. Al cerrar tras de mí la puerta, tuve la sensación de que el silencio se espesaba, adquiría corporeidad y empezaba a acecharme. A pesar de ello, subí los cuatro pisos. En el suelo del descansillo del último, ante la puerta de la única vivienda, la buhardilla, me aguardaban las herramientas: dos cubos, encajados uno en el otro, paletas y espátulas de diferentes tamaños y funciones, líquidos cuya utilidad desconocía... Se me antojaban dueños de mí y de mi futuro, amos inmisericordes de insaciable crueldad. Ni me acerqué a ellos. Saqué el llavero que me había dado mi amigo y utilicé una de las dos llaves para acceder a la casa.
Se componía de una sola habitación espaciosa, aparte del baño y la cocina, ambos reducidos pero bien equipados. Las paredes de la sala estaban forradas de papel pintado viejo, desgastado y feo, de un color que alguna vez fue azul. El primer paso de mi trabajo era arrancarlo. Una parte del techo se inclinaba, abuhardillado, albergando dos ventanas oblicuas y amplias que permitían una privilegiada vista de la glorieta y del museo Reina Sofía. Apenas había muebles: una mesa y una sola silla, una butaca con antiguas quemaduras de cigarrillo, una cómoda de madera vieja, con indicios de carcoma, libros y papeles diseminados por la única estantería, un televisor y un vídeo tan anticuados que nadie se los había llevado... Contra la pared del fondo había una cama individual, perfectamente hecha. ¿Quién la habría estirado? Me inquietó que hubiera podido ser el mismo inquilino, antes de partir. Ese detalle resumiría expresivamente una vida de rigurosa soledad: una persona vive sola, tal vez feliz o tal vez no, pero sin nadie a su lado; un día como otro cualquiera se levanta, se ducha, hace la cama y sale a la calle para no volver. Más tarde, una cuadrilla de trabajadores eliminará a conciencia sus vestigios. Y otro día, esa casa que fue suya, ya inmaculadamente restaurada, la comprará o alquilará alguien que cruzará el umbral satisfecho, imaginando dónde colocará los cuadros o enchufará la tele de plasma, pensando sobre cómo será su futuro allí. Yo era el primero de los intrusos. Sentí que era un profanador.
Me sobresaltó el móvil. Eché instintivamente mano al bolsillo, pero casi en el acto caí en la cuenta de que no era la melodía de aviso que llevo programada. Otro teléfono sonaba en la casa.
Provenía de la cómoda. Me acerqué y fui abriendo los cajones. Hallé el teléfono en el segundo, sobre alguna ropa de casa, sábanas o toallas, y junto a una vieja carpeta de cartón. Resultaba obsceno tener a mano el móvil de un desconocido. Por un instante, tuve la tentación de contestar, pero la deseché de inmediato. Deseé que saltara el buzón de voz, pero a la vez era incapaz de apartarme y empezar mi tarea. Abrí la carpeta. Contenía unos papeles y dos fotocopias de un carné de identidad de un tal Joaquín Dechén. Enrique había pronunciado en algún momento ese nombre; era el del inquilino saliente. Dechén me miraba desde ambas copias, en la típica actitud entre recelosa y estupefacta con la que todos posamos para las fotos de carnés y pasaportes. El buzón de voz saltó por fin, pero no dejaron mensaje. Lo preferí; de lo contrario, me habría tentado la curiosidad de escucharlo.
Tomé una espátula y humedecí un trapo en el grifo de la cocina. Me acerqué a la pared abuhardillada. La mojé y empecé a rascar. Bajo la capa de papel azul había otra con estrellitas grises. Ambos papeles, unidos, formaban una frontera temporal. Los rascaba juntos, como si fueran uno, pero entre la colocación del primero y el segundo podían haber transcurrido cinco o seis lustros. Jugué a calcular: el inquilino, dando por supuesto que hubiera sido el mismo todos esos años, habría puesto el azul en mil novecientos setenta y cinco, pongamos por caso; y el de las estrellitas en mil novecientos cincuenta y dos, si para entonces ya existía el papel pintado. El primero lo puso siendo un hombre de veintitantos años, y el segundo metido ya en la cincuentena. Yo mojaba y rascaba. Cada golpe de espátula destruía un poco más la frontera temporal, la convertía en despojos condenados al contenedor de basura; transformaba las vibraciones de una vida entera, la del inquilino ausente, en jirones de papel polvoriento, roto a mis pies. Debajo surgía la pared original de yeso, irregular y surcada por los arañazos del tiempo. Algunos de ellos parecían constituir palabras burdamente escritas. Y lo eran. Me aproximé y vi que no sería difícil descifrarlas. Entonces me sobresaltó otro timbrazo, largo y estridente. Este provenía del portero automático. Fui a contestar.
—¿Sí? —pregunté.
—Mensajero —respondió una voz envuelta en ruido de calle—. ¿Vive ahí Joaquín Dechén?
Para ser riguroso, debería haber dicho que la respuesta era sí y no; sí, porque esa había sido la dirección de Dechén y su hogar; y no, porque ya no lo era.
—Aquí es —opté por abreviar.
Y se oyó, a modo de asentimiento, un gruñido lejano, como si el mensajero se hubiera lanzado escaleras arriba, a grandes zancadas, sin esperar mi respuesta. Llegó al poco, respirando profundamente para recuperar fuelle. Algo en su aspecto me hizo solidarizarme con él. Creo que fue su edad; parecía mayor de lo que se supone debe ser un mensajero, pasaba de los treinta... Imaginé que era un universitario con título superior que no había encontrado trabajo, o un parado reciclado laboralmente de esta manera. Se abatió sobre mí una repentina oleada de cansancio. Allí estábamos los dos, siendo lo que no queríamos ser.
—¡Vaya escaleritas...! —se quejó a modo de saludo. Podía ser una frase adoptada para estimular la generosidad de las propinas.
—Vamos a poner ascensor —expliqué. Era cierto, estaba en los planes inmediatos del propietario, pero el mensajero me miró de arriba abajo con una sonrisita escéptica, como recelando de que yo, con mi trapo mojado y mi espátula, fuera capaz de acometer esa obra. Me alargó un paquete rectangular, dentro de un sobre de plástico.
—Para el señor Joaquín Dechén.
Dudé. ¿Debía cogerlo?
—Tranquilo, portes pagados —añadió él, malinterpretándome—. Firma aquí.
Hice un garabato, y el mensajero salió zumbando escaleras abajo. Permanecí unos instantes en el rellano, contemplando el paquete. «Otra tentación para mi curiosidad congénita», pensé mientras entraba a la casa. Primero había sido el móvil; una prueba que, al haber sido capaz de no contestar, podía considerar superada. Pero este paquete así, tan a mano, literalmente a mano, sin testigos... Rasgué con la espátula el sobre de plástico, convencido de que no implicaba violación de intimidad alguna. En el interior había otro sobre de papel blanco, normal, y el albarán de una imprenta, en el que se tomaba nota del encargo del señor Dechén, un trabajo de encuadernación en plástico imitación piel. Sin duda, se refería al contenido del sobre blanco, un libro. Pero el sobre estaba cerrado, sin identificación alguna: ni un nombre, ni un remite, ni una dirección, ni siquiera el logotipo y la dirección de la imprenta. Un sobre anónimo, que yo podía rasgar y más tarde reponer por otro igualmente anónimo... Lo rompí y saqué el libro. Las tapas de plástico verde contenían un puñado de folios escritos a mano con letra pulcra y bien legible, que imaginé obra del tal Dechén. Llegado a este punto, merecía leer las primeras líneas, solo las primeras. Cinco, me impuse, cinco líneas no traspasaban aún la frontera del fisgoneo. Y para sellar el compromiso, dije en voz alta y grave:
—Solo cinco. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí en tono no menos solemne.
Y con todo perfectamente claro y en orden, abrí el libro y leí:
Constanza..., Constanza..., Constanza...
En voz baja repito tu nombre y luego, por fin, me decido a escribirlo. Creo que es la mejor manera de empezar. Tu nombre, tú. Cada poco, cuando me asalte la duda, miraré las letras que lo componen para darme valor.
Poco me importa que estés muerta. ¿Acaso no lo estaré pronto también yo?
Fin de las cinco líneas. Cerré las tapas, arrepentido de no haberme concedido diez. Pero la palabra dada es la palabra dada.
Volví a mi tarea bajo la ventana, dispuesto a rascar y rumiando que más tarde debería buscar una razón que me permitiera leer otro poco. Recordé entonces las palabras raspadas en la pared. Si no me hubiera aproximado para leerlas, nada de lo que ocurrió a continuación habría pasado. Pero me acerqué y las leí.
Un nombre y una fecha, trazadas en dos líneas:
Constanza
7/11/36
No creo en las casualidades, tengo la seguridad de que todo sucede por algo... Y si a esos enigmas casi siempre indescifrables que, por ignorancia y miedo, llamamos casualidades, sumaba mi fascinación personal por las fechas... 7/11/36. Siete de noviembre de mil novecientos treinta y seis... Casi setenta años atrás, una mano había trazado en esa pared el mismo nombre de mujer que abría el libro verde. Me fijé bien, vi que antes del siete había un seis de trazo más tímido, tachado a rasponazos, como si el autor se lo hubiese pensado mejor. ¿Quién, y en qué circunstancias, y con qué sentimiento, se había agachado para escribirlo como yo ahora para leerlo? Esa mano había escrito en el yeso de la pared un siete de noviembre... Y el día que yo lo había descubierto, el día en que me hallaba ante las dos líneas, preguntándome quién pudo haberlas escrito sesenta y ocho años atrás, ese día era seis de noviembre. En cuestión de horas, el círculo de tiempo se cerraría. O se había cerrado ya, si atendía a la primera fecha que la mano intentó inmortalizar, seis de noviembre de 1936... Estaba, de una forma u otra, cerca del epicentro del aniversario de ese hecho, nimio para mí y tal vez trascendental en la vida de quien lo escribió.
¿Resistiría la tentación de leer más?
Constanza..., Constanza..., Constanza...
En voz baja repito tu nombre, y luego, por fin, me decido a escribirlo. Creo que es la mejor manera de empezar. Tu nombre, tú. Cada poco, cuando me asalte la duda, miraré las letras que lo componen para darme valor.
Poco importa que estés muerta. ¿Acaso no lo estaré pronto también yo?
He empezado diciendo tu nombre tres veces; las precisas y necesarias. Sería injusto pronunciarlo cuatro o dos. Tres, tres Constanzas. Ni una más. Ni una menos. Las que fuisteis, las que sois y habéis sido siempre en mi corazón. Aunque yo me dirija a ti, la primera, sin la que no habrían existido las otras. A ti, mi Constanza. A pesar de que nunca llegaste a saber, a sospechar siquiera, cuánto me habría gustado poder sentirme dueño del derecho de llamarte así...
Mi Constanza.
Escribo, aunque sé que no lo leerás. Es como si trazara letras transparentes en el aire. Vivo, desde hace mucho, cielo abajo. Es mi destino. No hay ni habrá otro. No podría haberlo aunque hallara fuerzas para intentarlo. Da igual que una vez sintiera el júbilo de volar.
Pasó. Mi tiempo de alas pertenece al lugar más terrible del pasado: el de la imposibilidad de olvidar. Me atormentan recuerdos vivos, cada uno a su manera: los hermosos porque los añoro; y los terroríficos, los que revuelven mi culpabilidad, porque cada mañana me señalan con el dedo.
Al principio, te oculté que no nací. A ti, que lo habrías aceptado con naturalidad, como de hecho lo aceptaste al saberlo, porque eras la generosidad personificada. Pero es verdad: no nací. Bien puedo decirlo así, porque nunca supe cómo ni dónde, ni por quién, fui alumbrado. Supuse después, ya que nadie llegó a confirmármelo, que mi madre fue una mujer soltera, abandonada, como a su vez haría ella conmigo, por el hombre que fue su pareja o su amante circunstancial. No tuve madre, aunque las siete religiosas del orfanato donde empecé a tener percepción del mundo cumplieron vagamente esa función insustituible. En cuanto a mi inexistente padre, adoptó a lo largo de los años el rostro cambiante de los sucesivos maestros encargados de la educación de los huérfanos. Nos hablaban del cielo y del Dios que habitaba en él. «Aunque seas huérfano, Él te ama, como a todos los niños», me repetían mis falsos padres, y también las madres. Pero mentían. Yo miraba hacia arriba y no veía nada milagroso. Y me sentía lo que era: un ser desvalido, escupido al mundo y abandonado a su suerte. Aterradoramente solo, como todos los niños del orfanato.
Sin embargo, cierto día tuve conocimiento de un prodigio que había tenido lugar en el cielo.
Fue en el año mil novecientos veintiséis. Contaba poco más de cinco años, y obviamente no podría recordar la fecha con tanta precisión de no ser porque el suceso quedó registrado en la Historia. Los periódicos de entonces mostraron en primera plana la fotografía de un cielo en blanco y negro, estático como el telón de fondo de un teatro, contra el que se sostenía, mágicamente anclado, un animal desconocido de alas de madera. Era la foto del avión bautizado Plus Ultra. Dos míticos aviadores españoles, Ramón Franco y Julio Ruiz de Alda, junto al mecánico Pablo Rada, habían atravesado el océano pilotando un artefacto volador hecho de poco más que tablas, tela y un motor. Una hazaña heroica, de resonancia universal, pionera de inexplorados caminos del aire. Fascinado, robé el periódico, recorté la foto y la guardé. Doblada en cuatro, y oculta bajo el colchón, fue mi primera pertenencia, la única durante mucho tiempo; el primer juguete de un niño que hasta entonces había carecido de sueños. En la oscuridad silenciosa de la gran habitación común, mientras los demás dormían, decidí que llegaría a ser un aviador legendario, capitán de gestas memorables, explorador de rutas aéreas cuya existencia nadie hubiera imaginado. Sobrevolaría océanos para enlazar continentes, pueblos, seres humanos... ¡Volaría, dueño del mundo sin límites!
Creo que no exagero si digo que ese sueño me mantuvo vivo y fuerte durante toda una década. Soñando con ser aviador, viví el final de los años veinte y el principio de los treinta, y dejé atrás la niñez para entrar en la adolescencia. Era costumbre que, cuando cumplíamos quince años, el director del centro decidiese nuestro destino según las cualidades que hubiéramos ido mostrando y lo anotase en una lista formada por dos columnas: columna uno, al cuartel; columna dos, al seminario.
Durante la jornada de la crucial selección, había detrás de él, amenazadores, dos montones de ropa; uno, formado por uniformes de soldado, y el otro, por sotanas; ambos amorosamente tejidos para nosotros por las monjas. Mi tendencia al aislamiento y al mutismo, donde podía permitirme soñar que volaba, fue interpretada como vocación religiosa, y mi nombre se incluyó en la segunda columna. Nadie, naturalmente, preguntó mi opinión.
Aparte de unas cuantas excursiones ocasionales por los alrededores, jamás había salido del orfanato. Aquel día de verano me echaron al mundo en una camioneta destartalada junto a otros tres huérfanos, todos camino de nuestros respectivos futuros inciertos. La carretera unía los pueblos de la comarca con Ávila, la capital de nuestra provincia, que nunca había visitado. Llevaba una bolsa con unas pocas pertenencias, entre ellas, la sotana negra. Mis compañeros se apiñaron en los primeros asientos, como para protegerse de los demás viajeros, mientras que yo busqué apartarme y me senté al final de la camioneta. Para darme ánimos, miré mi talismán, el recorte del avión mágico. Pero ello no impidió que se me humedecieran los ojos con lágrimas de inquietud y frustración. Antes al contrario, hizo que sollozara con desesperación repentina e imparable. Y esas lágrimas fueron mi destino.
Un pañuelo raído, pero limpio, apareció ante mis ojos. Lo tomé para disimular mis lágrimas bajo él, las sequé antes de elevar la vista.
Ante mí, se hallaba uno de mis compañeros. Al oírme llorar se había desplazado hasta el asiento junto al mío. Era un chaval callado como yo con el que, curiosamente, apenas había cruzado cuatro palabras en todos esos años.
—¿Qué te pasa? —preguntó muy despacio, con preocupación. También tenía los ojos enrojecidos. Ese detalle me alentó. Necesitaba confiar en alguien.
—Es que no quiero ser cura, quiero ser soldado —mentí; en realidad no lo deseaba, pero suponía que en el ejército, sirviendo en aviación, tendría alguna posibilidad de cumplir mi sueño.
El otro miró la sotana que asomaba de mi bolsa. Él vestía un remedo de uniforme militar cosido por las monjas.
—Pues yo sí. Yo quiero ser sacerdote —dijo; y a diferencia de mí, parecía totalmente sincero.
Creo que tuvimos la idea a la vez, durante esos intensos segundos en silencio. Ni siquiera necesitamos explicitarla. Sustituimos los deseos de llorar por una punzada de excitación eufórica: íbamos a pasar a la acción.
En el último pueblo, antes de llegar a Ávila, la camioneta se detuvo para recoger pasajeros. Mi nuevo amigo y yo bajamos y fuimos juntos hasta el bar de la plaza. Entramos al servicio.
Cuando volvimos al autobús, él llevaba mi sotana y yo su uniforme, que me quedaba pequeño y un poco ridículo. Y al rato, cuando el autobús entraba en la ciudad y se hacía inminente la separación de nuestros caminos, eché mano al bolsillo del pantalón y saqué el sobre cerrado y doblado en cuatro que me habían dado las monjas. Mi amigo lo miró. Sacó, con gesto marcado por algo parecido a la solemnidad, otro sobre igual, aunque sin doblar, del hatillo que llevaba. Los sobres contenían una carta de presentación del director del orfanato, la dirección donde debíamos presentarnos, una cartilla con nuestro nombre, en mi caso Javier Álvarez Pérez, la edad y algún otro dato. Los intercambiamos. Tragué saliva, lo recuerdo bien. No sé si por separarme de mi verdadero nombre y destino legítimos o por aceptar los del otro.
Ni el conductor ni los pasajeros de la camioneta, ni siquiera nuestros amedrentados compañeros de orfanato, demasiado abrumados por su propia salida al mundo, se dieron cuenta de nuestro acto. Y es que ninguno de los dos éramos nadie. No existíamos. Y no existiendo, ¿a quién podía importarle que cambiáramos nuestras identidades?
Al despedirnos nos abrazamos con intensidad nunca experimentada antes. Esa sensación nueva, la de enfrentarse, unidos, al mundo, debía ser, o al menos formar parte, de lo que maestros y monjas habían definido a lo largo de los años, siempre sin acabar de explicarse bien, como auténtica amistad. Qué poco me duraba mi primer amigo de verdad, pensé mientras se alejaba camino del seminario. Le deseé suerte, me la deseé a mí.
Adiós, padre Javier, que seas feliz.
Abrí mi sobre, el que había sido de él, y leí la dirección del cuartel y el nombre del cabo a quien me debía presentar. Hacia allí me encaminé, preguntando aquí y allá.
Una hora después, mediada ya la calurosa tarde, divisé el gran edificio de piedra gris. Un gran arco, flanqueado por dos garitas con centinelas en su interior, cubría la puerta principal. En el centro del amplio patio interior, rodeado de dependencias, se veía un mástil con la bandera española, roja, amarilla y morada, que en el orfanato había visto reproducida sobre carteles y fotografías, y que, a veces, en días especiales de orgullo patrio, el director ordenaba izar en la escuela.
Respiré hondo y me aproximé a la entrada.
Uno de los centinelas me dio el alto sin miramientos.
—Tú, chaval... ¿Dónde crees que vas?
—Vengo del orfanato de San Juan de Dios —expliqué, como si ese lugar fuese el centro del universo. El centinela dejó escapar una sonrisita, y miró por encima de mi hombro, con socarronería, hacia el otro centinela. Sus uniformes eran de verdad, y me sonrojé violentamente al comprender que el que yo llevaba, de una talla menor para colmo, no era sino una especie de disfraz, cosido con amor, pero ridículo.
Extendí el sobre hacia el soldado. Lo abrió, leyó por encima.
—Ah, ya... Vienes para las cocinas... ¿Cómo te llamas, chaval? —preguntó sin levantar la vista del papel; no porque recelase de mí, sino más bien por costumbre, por cumplir mecánicamente con su deber. Por supuesto, no imaginaba que yo desconocía el nombre del interior del sobre. No había tenido la cautela de leerlo, y en ese momento me maldije por ello. Callé, con el corazón martilleándome en el cuello y la cara sonrojada.
—¡Qué pasa! ¿No sabes ni cómo te llamas?
—Vengo del orfanato de San Juan de Dios —repetí, aterrado y empezando a temblar. Por esa estupidez iban a descubrirme, a mandarme de vuelta al seminario, a quitarme mi destino glorioso de aviador.
—¡Chist! —alertó de pronto la voz del otro centinela—. ¡El coronel!
Un coche negro apareció raudo por la esquina y se dirigió hacia la entrada. El centinela me devolvió el sobre y, ya firme, se dispuso a hacer los honores. Yo seguí allí parado, como un pasmarote.
—¡Venga, chaval! —me increpó entre dientes—. ¡Desaparece! ¡Adentro!
No tuvo que repetirlo. Entré al cuartel y me detuve a un lado, a salvo de todas las miradas. No fue difícil pasar desapercibido. La atención de los pocos soldados que circulaban por el patio quedó acaparada por la apresurada maniobra del coche negro, que aparcó ante la dependencia principal. Un oficial se apeó a toda prisa y abrió la portezuela trasera. El coronel, un hombre pequeño y rechoncho de barbita blanca, descendió y se dirigió apresuradamente hacia el interior.
Abrí el sobre y leí en voz alta:
—Joaquín Dechén. Joaquín Dechén. Me llamo Joaquín Dechén —repetí para memorizarlo.
Era la primera vez que oía mi nuevo nombre, el que había sido del otro. El nombre que me acompañaría hasta hoy, hasta ahora, mientras te escribo al lugar del cielo donde te halles.
Enseguida me indicaron dónde podía encontrar al cabo. Era un hombre muy activo, que organizaba el trabajo en las cocinas del cuartel. Echó un vistazo desinteresado a mi carta de recomendación, asintió.
—¿Sabes pelar patatas? —preguntó. Sí, sabía, había ayudado muchas veces en la cocina del orfanato, pero no me dio tiempo a decírselo. Continuó hablando como si yo no estuviera—. Bueno, es igual. Si no sabes, ya aprenderás. Venga, empieza. Mondas finas, aquí no se desperdicia nada.
Y señaló hacia un punto detrás de mi espalda. Me volví y quedé mudo. Una montaña de patatas cubría, literalmente, la mitad de la sala. Tenía que ser una broma; allí había, al menos, un millón de patatas.
—Cuando hayas llenado esos cubos... —el cabo me mostró tres recipientes enormes; él y yo, y otros dos como nosotros, podríamos introducirnos en cualquiera de ellos y desaparecer en el fondo—. ¡Ojo! Llenarlo de patatas bien peladas. ¡Con las mondas finas! Pues eso, cuando los hayas llenado me buscas y te enseñaré tu catre. ¡Venga, a ello!
Y salió, dejándome solo ante la inmensidad de la montaña.
Sopesé con mucho ánimo la primera patata, diciéndome que ese era el primer peldaño de la escalera que me llevaría al cielo de los pilotos. Saqué mi tesoro, la foto doblada del vuelo del Plus Ultra, y lo coloqué cerca, a la vista, para darme valor. Pegado en la pared había un mapa de España, viejo y lleno de grasa, que reproducía también una ampliación de Ávila, la provincia, con la ciudad señalada en su interior por un punto grueso.
Años después, sería capaz de leer los mapas como la cosa más natural, pero en aquellos primeros momentos todo lo que no fueran los muros del orfanato, los campos que los circundaban y los pueblos cercanos donde a veces pasábamos el día me fascinaba e imponía respeto a partes iguales. El mundo me parecía un tablero en blanco al que yo, intrépido explorador, iba sumando compartimentos cada vez más lejanos y extensos: el hogar de las monjas primero; la provincia que había recorrido parcialmente en camioneta después; y ahora, el cuartel, tan cercano a Ávila capital que los soldados, en sus horas de permiso, se llegaban andando hasta ella. Y tal vez, algún día... ¡Madrid! ¿Podía concebirse destino mejor para un futuro aviador que la capital de España?
Empecé a pelar patatas mientras canturreaba en voz alta para hacer menos aburrida la tarea. Una patata, dos... y así hasta diez; una patata, dos... y así hasta diez. Cuando hube repetido el paupérrimo entretenimiento cincuenta veces, y luego otras cincuenta, me permití asomarme al primero de los cubos, hacia cuyo interior había ido lanzando las patatas peladas como si fueran pelotas. Al comprobar, espantado, que ni siquiera había llenado la mitad de aquel pozo sin fondo, sentí que me derrumbaba. Puse la espalda contra la pared del cubo y me deslicé hasta el suelo, resoplando. Nada detendría mi determinación, me decía por un lado, pero por otro, veía mis manos pobladas de ampollas, doloridas. Deseé echarme a llorar, regresar con las monjas, morirme. Incluso renunciar a volar.
Entonces me sobresaltó el sonido de la corneta tocando diana. ¿Ya había amanecido? Por un ventanuco vi que sí, y también que había bastante movimiento en el patio. Me encaramé hasta una ventana más alta y amplia y, poniendo un pie sobre la montaña de patatas que reposaba pegada contra la pared, espié como pude.
