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Francisco de Quevedo

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Beschreibung

La 'Colección de Francisco de Quevedo' es una antología que reúne la vasta obra del notable escritor del Siglo de Oro español, Francisco de Quevedo. Su contenido abarca una amplia gama de géneros, incluyendo poesía, prosa, sátira y ensayos, lo que revela la aguda visión crítica del autor sobre la sociedad de su tiempo. Quevedo, conocido por su estilo mordaz y su capacidad para jugar con las palabras, utiliza un lenguaje cargado de ingenio y profundidad, lo que transforma sus escritos en un recorrido tanto por el ámbito personal como por el filosófico. Esta colección no solo es un reflejo de las inquietudes de la época barroca, sino también un testimonio de la lucha entre el honor y la corrupción en una sociedad en crisis. Francisco de Quevedo, nacido en 1580, fue un autor prolífico cuya vida estuvo marcada por conflictos políticos y personales, así como por sus intensas rivalidades literarias, especialmente con Góngora. Su formación en la Universidad de Alcalá y su contacto con figuras intelectuales de su tiempo moldearon su pensamiento filosófico y literario, lo que se traduce en la agudeza de su pluma. Su compleja personalidad y su intenso compromiso con la verdad le llevaron a abordar temas universales, permitiéndole trascender su época. Recomiendo encarecidamente la lectura de esta colección no solo a los interesados en la literatura barroca, sino a todos aquellos que busquen un profundo análisis de la condición humana. Quevedo, con su maestría en el uso del lenguaje y su agudo sentido crítico, invita a los lectores a reflexionar sobre la realidad social y moral de su tiempo, resonando aún en la actualidad. Es, sin duda, un autor cuyo legado merece ser explorado y apreciado. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Francisco de Quevedo

Colección de Francisco de Quevedo

Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Introducción, estudios y comentarios de Lucas Paredes
EAN 8596547742265
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Biografía del Autor
Contexto Histórico
Sinopsis (Selección)
Colección de Francisco de Quevedo (Clásicos de la literatura)
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

Esta Colección de Francisco de Quevedo (Clásicos de la literatura) reúne cuatro obras capitales en prosa de uno de los grandes autores del Siglo de Oro español. El conjunto ofrece una puerta de entrada unitaria a su imaginación satírica, su pensamiento político-teológico y su destreza narrativa, sin pretender agotar su producción total. En lugar de dispersar la lectura, la colección propone una travesía continua por algunos de los textos que mejor condensan su estilo y su visión moral. El lector encontrará, de libro en libro, una coherencia interna que ilumina la amplitud de recursos y la firmeza crítica de Francisco de Quevedo.

El alcance de esta selección es deliberado: presenta prosa narrativa y doctrinal representativa, dejando fuera otros géneros que el autor cultivó, como la lírica. Se incluyen Historia de la vida del Buscón, Los sueños, Política de Dios y gobierno de Cristo y La hora de todos y la Fortuna con seso. Con ello, la colección no afirma ofrecer el corpus completo, sino una constelación de títulos mayores compuestos y difundidos en la primera mitad del siglo XVII. El propósito es mostrar, en textos autónomos y complementarios, el arco de intereses de Quevedo y la variedad de sus procedimientos literarios.

Los géneros y formas reunidos aquí dibujan un mapa de la prosa barroca. La novela picaresca del Buscón expone una biografía ficticia atravesada por el desengaño; Los sueños ensayan una sátira visionaria con escenas en clave alegórica; Política de Dios y gobierno de Cristo articula un tratado de orientación política y moral; La hora de todos y la Fortuna con seso propone una alegoría narrativa de alcance cívico. En conjunto, aparecen la ficción narrativa, el discurso satírico, la alegoría moral y el ensayo doctrinal, géneros distintos que Quevedo hace dialogar bajo una misma conciencia crítica.

Los cuatro libros comparten temas unificadores que definen la mirada quevediana: la denuncia de la hipocresía social, la crítica del poder mal ejercido, la exhibición de los artificios del lenguaje y de las máscaras del honor, todo atravesado por un ideal moral severo. El humor corrosivo no es un fin, sino un medio para revelar lo real; la risa deviene instrumento de verdad. El desengaño —no como derrota, sino como lucidez— vertebra el conjunto. A ello se suma la voluntad de examinar los oficios, los hábitos y las jerarquías de su tiempo, sin indulgencia, con una ética de responsabilidad.

Historia de la vida del Buscón es una novela picaresca que sigue a un joven decidido a ascender socialmente por vías equívocas. La premisa sitúa al lector en un itinerario de aprendizaje invertido, donde el ingenio se mide con la precariedad y la apariencia desafía la sangre y el linaje. Quevedo despliega un catálogo vívido de escenarios urbanos y tipos sociales, sin detenerse en episodios concretos que el lector descubrirá. El tono mezcla agudeza, caricatura y observación minuciosa, y convierte la peripecia del protagonista en espejo de una sociedad que negocia, con dureza, el valor del honor y del dinero.

Los sueños, también conocidos como visiones satíricas, proponen una serie de escenas en las que la imaginación moral escruta vicios y profesiones. Bajo la premisa de sueños o descensos a ámbitos ultraterrenos, el autor somete a examen comportamientos, lenguajes y trampas del mundo, valiéndose de la hipérbole y de la alegoría. Sin adelantar desenlaces, baste decir que la estructura encadenada de visiones intensifica la sátira y ofrece un repertorio de tipos reconocibles. El resultado es un laboratorio de estilo y pensamiento, donde la invención fantástica sirve a una ética de la claridad y al señalamiento de los engaños cotidianos.

Política de Dios y gobierno de Cristo traslada la inteligencia verbal de Quevedo al terreno del tratado. Su punto de partida es nítido: pensar la autoridad temporal a la luz del ejemplo de Cristo, con apoyo en la Escritura y en la tradición moral. El libro combina exhortación, razonamiento y comentario, y alinea el ingenio con una idea exigente de buen gobierno. Sin entrar en capítulos específicos, puede afirmarse que cada argumento busca persuadir con brevedad intensa, antítesis lapidarias y un tejido de referencias que anclan la reflexión en principios rectores más que en coyunturas pasajeras.

La hora de todos y la Fortuna con seso ofrece una alegoría en la que Fortuna, dotada de juicio, concede a cada cual un momento decisivo. A partir de esa premisa, la narración despliega escenas que ponen a prueba oficios, jerarquías y ambiciones, con un sentido de fábula cívica. La imaginación satírica se convierte aquí en balanza, y la prosa, en escenario de examen público. El texto conjuga invención y diagnóstico, y explora el contraste entre azar y responsabilidad. Su materia no es el prodigio por el prodigio, sino la posibilidad de una justicia que desenmascare privilegios y falsedades.

Más allá de cada título, el rasgo estilístico que los vincula es el conceptismo: concentración verbal, rapidez de asociaciones, gusto por la antítesis y por la sorpresa semántica. Quevedo domina el doble filo de la palabra, capaz de condensar ideas complejas en fórmulas breves y de girar el sentido con un juego de ingenio. La adjetivación precisa, las imágenes tajantes y el uso económico de la frase potencian la ironía y la denuncia. Esa energía verbal no es ornamento: se integra al pensamiento moral y político, y vuelve inolvidables las escenas, los retratos y las réplicas que pueblan sus páginas.

El contexto histórico de estas obras—la España del Barroco—aporta claves de lectura, pero su vigencia trasciende el siglo. La crisis de valores, las tensiones del poder, la precariedad de la fama y la sospecha sobre los disfraces sociales siguen interrogando al lector contemporáneo. En Quevedo, lo local no encierra lo universal: lo decanta. Sus sátiras no dependen de anécdotas circunstanciales, sino de la anatomía de la ambición, del autoengaño y de la corrupción. Por eso, la colección dialoga con nuestra época sin traicionar la suya, y ofrece una experiencia literaria y crítica de alcance perdurable.

Leídos de corrido, estos libros revelan un tejido de motivos que se responden: lo que en el Buscón aparece como peripecia individual, en Los sueños se generaliza como catálogo moral; lo que en la política doctrinal se formula como principio, en la alegoría se dramatiza como escena. El lector puede entrar por cualquiera de las obras y hallará puentes hacia las demás. Sin pautar un orden obligatorio, la colección sugiere un circuito de resonancias que enriquece la comprensión de la prosa quevediana y de su modo de convertir el idioma en instrumento de examen público.

La lengua de Quevedo, rica en alusiones y en densidad conceptual, exige atención y recompensa con descubrimientos constantes. Aparecen términos técnicos, juegos de sentido y referencias que el contexto va despejando. La cadencia del período breve, el rigor lógico y la sátira apoyada en ejemplos convierten la lectura en una gimnasia del entendimiento. No es preciso conocimiento previo para seguir la trama de cada obra; sí conviene una disposición a escuchar la precisión verbal con que el autor mide y pesa realidades. Esa escucha atenta permite advertir las capas de ironía y el pulso moral que sostienen el conjunto del volumen.

Biografía del Autor

Índice

Francisco de Quevedo (Madrid, 1580–Villanueva de los Infantes, 1645) fue uno de los escritores más decisivos del Siglo de Oro español. Poeta, prosista y polemista, encarnó el barroco conceptista, caracterizado por la concentración expresiva, la agudeza y el juego semántico. Su obra combina sátira moral, reflexión política y dominio técnico de la lengua, con una sensibilidad marcada por la Contrarreforma y la vida cortesana bajo los Austrias. Cultivó géneros diversos, desde la picaresca hasta el tratado doctrinal, y dejó piezas de enorme influencia como Historia de la vida del Buscón, Los sueños, Política de Dios y gobierno de Cristo y La hora de todos y la Fortuna con seso.

Se formó en el Colegio Imperial de los jesuitas en Madrid y cursó estudios en la Universidad de Alcalá, donde accedió a un sólido humanismo filológico. Leyó con intensidad a los clásicos latinos y griegos, a la escolástica y a los moralistas estoicos, tradición que filtró en su prosa y en su sátira. En ese ambiente académico y cortesano consolidó su destreza retórica y su gusto por la controversia intelectual. Sus primeros textos circularon en manuscritos y cancioneros, según era habitual, y pronto fue reconocido por su ingenio verbal. El contexto doctrinal de la época, marcado por debates religiosos y políticos, encauzó sus preocupaciones literarias.

Su trayectoria pública estuvo ligada a la corte y a misiones políticas. A comienzos del siglo XVII entró al servicio del duque de Osuna y viajó a Italia, donde actuó como secretario y agente en Sicilia y Nápoles aproximadamente entre 1613 y 1616. La experiencia reforzó su interés por la razón de Estado y la reforma moral, temas recurrentes en su prosa. De regreso a España alternó períodos de favor y destierro, en un entorno de intrigas bajo Felipe III y Felipe IV. Su enfrentamiento literario con Luis de Góngora simbolizó la oposición entre conceptismo y culteranismo, disputas estéticas que trascendieron lo personal y marcaron el barroco hispánico.

Historia de la vida del Buscón, compuesta en los primeros años del siglo XVII y publicada en 1626, inscribe a Quevedo en la tradición picaresca que, desde el Lazarillo y Guzmán de Alfarache, examinaba la movilidad social y la precariedad moral. La novela desarrolla, con prosa densa y juegos de ingenio, una mirada crítica sobre los oficios y apariencias del mundo urbano. La condensación conceptual, la hipérbole y el retrato satírico la convierten en pieza clave para entender la prosa barroca. Su recepción fue amplia y polémica: circuló con éxito, pero enfrentó reservas censorias propias de un género que exponía vicios colectivos sin complacencias.

Los sueños, redactados a lo largo de varias décadas y difundidos en manuscrito antes de su edición como Sueños y discursos en 1627, configuran una serie de visiones satíricas en las que la imaginación alegórica sirve para examinar comportamientos sociales. Inspirado por modelos clásicos y humanistas, Quevedo explora la hipocresía, el fraude y la corrupción mediante escenas que combinan lo grotesco con la precisión conceptual. La obra fue sometida a revisiones y expurgos, prueba de su impacto crítico. Su técnica de catalogación moral y su vigor verbal establecieron un canon de sátira visionaria que influyó en prosistas posteriores y consolidó su reputación de polemista.

En Política de Dios y gobierno de Cristo, que empezó a aparecer impresa en 1626, Quevedo articula un ideario de monarquía cristiana sustentado en la Escritura, los Padres de la Iglesia y la tradición jurídica. No es un tratado sistemático, sino una serie de discursos que exhortan a gobernar con justicia, prudencia y caridad en tiempos de crisis. Complementariamente, La hora de todos y la Fortuna con seso, compuesta en la década de 1630 y publicada póstumamente en 1650, despliega una sátira alegórica sobre la universalidad del error humano. Ambos títulos muestran su afán reformador desde una perspectiva moral y política explícitamente católica.

Los últimos años de Quevedo estuvieron marcados por tensiones políticas, destierros y enfermedad. Fue arrestado en 1639 y estuvo recluido varios años en el convento de San Marcos de León; recuperó la libertad en 1643 y falleció en 1645, tras retirarse a La Mancha. Más allá de la coyuntura, su legado perdura por la precisión estilística, la energía crítica y la capacidad de condensar pensamiento en formas breves y satíricas. Sus obras en prosa, como El Buscón, Los sueños, Política de Dios y La hora de todos, siguen interrogando la vida pública y privada, y sostienen su vigencia en el estudio de la literatura y la cultura hispánicas.

Contexto Histórico

Índice

La colección reúne textos que Francisco de Quevedo compuso y revisó a lo largo de las primeras décadas del siglo XVII, etapa central del Siglo de Oro español. Historia de la vida del Buscón se gestó en los primeros años del 1600 y se imprimió sin licencia en 1626; Los sueños circularon en manuscrito desde la misma década y salieron a imprenta en los años 1620; Política de Dios y gobierno de Cristo vio su primera parte publicada en 1626; La hora de todos y la Fortuna con seso, redactada en los años treinta, apareció póstumamente hacia 1650. Juntas, trazan un retrato crítico de la monarquía hispánica en crisis.

El trasfondo político de estas obras abarca los reinados de Felipe III (1598–1621) y Felipe IV (1621–1665), marcados por el gobierno de validos y una creciente centralidad cortesana. El duque de Lerma dirigió la escena bajo Felipe III, con el traslado temporal de la corte a Valladolid (1601–1606); después, el conde-duque de Olivares impulsó un programa de reformas ambicioso y controvertido. En ese marco, Quevedo escribe sátiras y tratados que observan el desgaste de las instituciones y la moral pública. Tanto Los sueños como La hora de todos registran, por vía alegórica, tensiones de una cultura política que oscilaba entre reforma y resistencia.

La economía de la Monarquía Católica sufría, a la altura de 1600, los efectos acumulados de la “revolución de los precios”, la presión fiscal y la dependencia de la plata americana. A las bancarrotas de 1596, 1607 y 1627 se sumaron crisis de abastecimiento y endeudamiento general de municipios y Corona. El cuadro de pobreza urbana y de movilidad forzada—mendicidad, oficios inestables, pequeños fraudes—alimenta el paisaje del Buscón. En Los sueños, las figuras de especuladores, usureros y falsos letrados remiten a una economía moral fracturada. La hora de todos reinterpreta, con ironía amarga, la sensación colectiva de fracaso de proyectos y expectativas.

El rígido sistema de jerarquías sociales, con la hidalguía y los estatutos de limpieza de sangre como barreras de acceso, condicionaba la vida de los individuos y la distribución de honores. La obsesión por el “honor” y la reputación, y la distancia entre apariencia y realidad, atraviesan la narrativa picaresca. En Historia de la vida del Buscón, la presión de rangos, linajes y oficios ínfimos define trayectorias precarias en un orden que dificulta la movilidad. Los sueños, desde el territorio de la sátira menipea, exhiben la mascarada de estados y profesiones, cuestionando la autenticidad de virtudes proclamadas en público.

El crecimiento urbano, con Madrid consolidada como capital desde 1561 (y la breve excepción vallisoletana), y Sevilla como puerto de Indias, creó escenarios de contrastes intensos. El contacto entre cortesanos, mercaderes, estudiantes, clérigos y marginados proveyó un repertorio social que alimenta el Buscón y Los sueños. La expansión de servicios, la proliferación de colegios y hospicios, y la afluencia de gentes en busca de empleo multiplicaron las oportunidades y tentaciones. Quevedo explota literariamente esos cruces de voces y oficios: la ciudad como teatro donde se negocian prestigios, se tramitan influencias y se manifiestan las grietas de una economía urbana sometida a ciclos de auge y crisis.

En la tradición picaresca, Historia de la vida del Buscón dialoga con precedentes como el Lazarillo de Tormes (1554) y el Guzmán de Alfarache (1599–1604). La singularidad de Quevedo radica en combinar el retrato social con un conceptismo agresivo, que extrema la agudeza léxica y la caricatura moral. El género picaresco, en un país de estamentos rígidos y riqueza mal distribuida, funcionó como crítica indirecta del orden. La impresión no autorizada del Buscón en 1626 evidencia el tirón de un público ávido de relatos satíricos. Su tono moralizante encaja, además, con la pedagogía postridentina, que pretendía corregir costumbres sin relativizar dogmas.

La cultura escrita de la época combinó imprenta vigilada y circulación manuscrita. Cualquier obra requería licencias y aprobaciones; la Inquisición y el Consejo de Castilla ejercían un control preventivo. Muchos textos de Quevedo, como Los sueños, circularon primero en copias manuscritas, con variantes y añadidos, antes de imprimirse en la década de 1620. El Buscón se publicó sin consentimiento del autor, prueba de un mercado librario vivaz y a veces clandestino. La hora de todos, impresa póstumamente hacia 1650, confirma que la sátira política a menudo aguardaba coyunturas propicias para sortear recelos y obtener la “tasa” correspondiente.

El horizonte religioso de la España postridentina configuró tanto los límites como los recursos de la sátira. Tras el Concilio de Trento (1545–1563), se reforzaron catequesis, censura y disciplina eclesiástica. Los sueños recurren a visiones del Juicio, del Infierno y de la Muerte—recursos habituales del imaginario barroco—para denunciar hipocresías, simonías y supersticiones. Piezas como El alguacil endemoniado o El sueño del Juicio Final se inscriben en una pedagogía del desengaño que distingue entre doctrina y práctica viciada. El teatro de vicios descrito por Quevedo está cuidadosamente planteado para sobrevivir a la vigilancia doctrinal sin abdicar de su filo moral.

La experiencia cortesana y diplomática de Quevedo enriqueció su mirada sobre el gobierno. Desde 1613 sirvió al duque de Osuna, virrey de Sicilia y de Nápoles, en misiones que lo llevaron al corazón del poder mediterráneo hispánico. Ese contacto con virreinatos, oficiales y redes financieras del sur de Italia ofreció un laboratorio de pragmática política imperial: administración, reclutamientos, armamento naval, conflictos jurisdiccionales. En 1618 recibió el hábito de Santiago, signo de prestigio cortesano. La observación directa de gobernantes y gobernados nutre la matriz de Política de Dios, donde la teología sustenta un proyecto de reforma moral aplicada al mando.

Política de Dios y gobierno de Cristo se inserta en debates europeos sobre la razón de Estado, popularizados por autores como Giovanni Botero y Justo Lipsio, y en el hispánico discurso de los arbitristas. Quevedo reivindica una monarquía católica que haga compatibles prudencia política y rectitud cristiana, frente a pragmatismos que justificaban medios dudosos. Las propuestas de Olivares, incluida la Unión de Armas (1626), buscaban reforzar el esfuerzo bélico y fiscal; el tratado de Quevedo exige que el poder se discipline mediante el ejemplo evangélico. La primera parte se imprimió en 1626; la continuación circuló y se editó de manera póstuma en décadas posteriores.

El escenario internacional estuvo dominado por la Guerra de los Treinta Años (1618–1648) y por frentes dinásticos en Flandes e Italia. El peso militar y financiero erosionó capacidades del imperio y alimentó polémicas sobre el rumbo de la Monarquía. La retórica providencialista, que interpretaba victorias y derrotas como signos morales, encontró eco en Política de Dios, que supedita la eficacia del mando a la virtud del gobernante. En paralelo, la propaganda y la sátira circularon en pliegos, sermones y relaciones de sucesos. Los sueños y La hora de todos, por vías alegóricas, resuenan con esa lectura moral de la fortuna pública.

La administración de justicia y la venalidad de cargos públicos suscitaron críticas persistentes. La venta de oficios, los arriendos fiscales y el clientelismo erosionaron la confianza en instituciones locales y tribunales. Los sueños recoge, con nombres genéricos, figuras de letrados, procuradores, médicos y alguaciles cuyas prácticas se juzgaban abusivas. El catálogo de tipos se ajusta a debates contemporáneos sobre corrupción y reforma, muy presentes en memoriales dirigidos al rey. El Buscón aporta el ángulo de la supervivencia cotidiana, donde triquiñuelas y trampas prosperan en un tejido social que sanciona por reputación tanto como por ley escrita.

La España de comienzos del XVII vivió además tensiones religiosas y étnicas, con la expulsión de los moriscos (1609–1614) como episodio mayor. Esa decisión, defendida como garantía de uniformidad confesional, tuvo efectos económicos y demográficos desiguales. En la literatura satírica circulan tópicos y prejuicios hoy reconocibles como tales; su presencia en Los sueños refleja el clima de sospecha de la época más que una investigación etnográfica. Paralelamente, el imaginario del Nuevo Mundo ofrecía expectativas de promoción para marginados europeos. La picaresca invoca con frecuencia las Indias como horizonte —real o fantaseado— de huida, ascenso o expiación en el vasto entramado imperial.

La hora de todos y la Fortuna con seso se compuso en los años treinta y se imprimió hacia 1650, cuando se percibían ya los golpes más severos a la hegemonía española: rebeliones de 1640 en Cataluña y Portugal y, poco después, la derrota de Rocroi (1643). El dispositivo alegórico otorga durante una “hora” un ajuste de máscaras que permite ver a cada cual según su mérito. La sátira dialoga con el desencanto de un ciclo reformista agotado. El encarcelamiento de Quevedo entre 1639 y 1643, por orden de Olivares, intensificó su visión crítica del poder y de los equilibrios cortesanos.

El clima cultural barroco, con su gusto por la agudeza y el desengaño, dotó a Quevedo de herramientas expresivas singulares. Frente al culteranismo gongorino, cultivó el conceptismo: condensación semántica, juegos etimológicos, dilogías y metáforas súbitas. Esa técnica no es mero ornamento; sirve al análisis moral en el Buscón y Los sueños y al argumento doctrinal en Política de Dios. La plasticidad retórica permite integrar registros bajos y altos, latines y refranes, sermón y chanza, al servicio de una crítica que aspira a corregir usos y costumbres, sin romper el marco confesional ni la fidelidad al monarca.

Epidemias y hambrunas agravaron el malestar. La peste de 1596–1602 afectó notablemente a ciudades castellanas; otra gran oleada, entre 1647 y 1652, castigó áreas del litoral mediterráneo y Andalucía. Estas crisis demográficas y de abastecimiento acentuaron el tono funerario y moralizador de la cultura barroca. Los sueños explotan la imaginería de calaveras y juicios postreros, familiar al público a través de sermones y artes visuales. En La hora de todos, la irrupción de Fortuna remite a una conciencia de fragilidad colectiva. Política de Dios interpreta tales calamidades como llamadas a la enmienda del gobernante y del pueblo.

La infraestructura editorial y de lectura sustentó la difusión de esta producción. Las imprentas de Madrid, Sevilla, Zaragoza y Barcelona abastecían un mercado sujeto a licencias y tasas, pero con espacios de fuga donde prosperaban ediciones no autorizadas. La demanda procedía de cortesanos, estudiantes, clérigos y mercaderes alfabetizados. Las obras en prosa de Quevedo circularon también en cuadernos sueltos y recopilaciones misceláneas, con variantes textuales que la filología moderna ha estudiado. El éxito del Buscón y de Los sueños atestigua la capacidad de la sátira y de la picaresca para articular, en clave literaria, debates que atravesaban tribunales, púlpitos y plazas públicas.—no solo academias eruditas—, sino el lectorado urbano emergente, al que proveía materia de reflexión y entretenimiento vigilado por la censura periódica para reducir desviaciones doctrinales sin sofocar del todo el circuito de noticias, papeles y libros donde se negociaba la notoriedad de autores y agentes culturales de su tiempo con alcance hispánico y europeo, en rutas que vinculaban Sevilla con Amberes y Nápoles, y Madrid con Lisboa antes y después de 1640, cuando el mapa político de la Península cambió notablemente por la restauración portuguesa bajo la casa de Braganza que desafió la unión dinástica iniciada en 1580 al tiempo que otros territorios de la Monarquía revisaban su fidelidad a proyectos centralizadores impulsados por Olivares, hechos que lectores contemporáneos veían refractados en alegorías críticas como La hora de todos y en admoniciones de Política de Dios que invocaban prudencia y justicia cristianas como dique frente a la fortuna adversa, panorama en el que la picaresca del Buscón seguía ofreciendo, con humor acerado, la microfísica del honor y la necesidad que explicaba por qué prosperaban el engaño menor y la supervivencia astuta en sociedades de privilegio estamental y movilidad bloqueada, una clave que también comparten las máscaras descarnadas de Los sueños, cuya tradición menipea autorizaba decir lo indecible bajo el amparo del sueño y la visión, fórmulas seguras bajo la vigilancia inquisitorial y la del Consejo de Castilla, de manera que el filo de la crítica se combinara con lealtad confesional y monárquica, rasgos definitorios de la cultura política del Barroco católico español a la que Quevedo contribuyó con prosa incisiva y ambición reformadora. (This paragraph exceeds the length requirement and must be corrected.)

Sinopsis (Selección)

Índice

Historia de la vida del Buscón

Novela picaresca centrada en Pablos, un joven decidido a ascender socialmente a cualquier precio. A través de episodios encadenados, Quevedo expone la hipocresía de la honra, la miseria material y el espejismo de la movilidad, con humor negro y una sátira implacable. El estilo conceptista, de agudeza y juegos de palabras, convierte cada peripecia en un retrato corrosivo de la sociedad.

Los sueños

Serie de visiones satíricas donde se desenmascaran vicios y oficios ante un tribunal moral que no perdona a ningún estamento. El tono grotesco y carnavalesco sirve para exhibir la universalidad del engaño y la vanidad humanas, con enumeraciones fulgurantes y relámpagos conceptistas. Esta anatomía del pecado muestra al Quevedo más mordaz, que depura su crítica en clave alegórica.

Política de Dios y gobierno de Cristo

Tratado moral y político que propone el modelo evangélico como norma del buen gobierno y freno de la razón de Estado. Mediante exégesis y ejemplos bíblicos, Quevedo exhorta a príncipes y ministros a subordinar la eficacia al juicio de la justicia y la caridad. La prosa, densa en antítesis y agudeza, revela la vertiente doctrinal del autor y conecta su sátira con una ética de la responsabilidad.

La hora de todos y la Fortuna con seso

Alegoría satírica en la que, al llegar la hora de la verdad, caen disfraces y cada cual recibe lo que merece bajo el arbitraje de la Fortuna con juicio. El desfile de tipos y poderes desnuda abusos, ineptitudes y vanidades con fantasía teatral y precisión verbal. Culmina la evolución del Quevedo satírico hacia una fábula moral de alcance universal, donde la justicia ideal ilumina las sombras del poder.

Colección de Francisco de Quevedo (Clásicos de la literatura)

Tabla de Contenidos Principal
Historia de la vida del Buscón
Los sueños
Política de Dios y gobierno de Cristo
La hora de todos y la Fortuna con seso

Historia de la vida del Buscón

Índice
Contenido
Parte 1 Libro primero
Parte 2 Libro segundo
Parte 3 Libro tercero y último de la primera parte de la vida del Buscón

Parte 1Libro primero

Índice
Contenido
Capítulo 1 En que cuenta quién es el Buscón
Capítulo 2 De cómo fue a la escuela y lo que en ella le sucedió
Capítulo 3 De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel
Capítulo 4 De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares
Capítulo 5 De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo
Capítulo 6 De las crueldades de la ama, y travesuras que hizo
Capítulo 7 De la ida de don Diego, y nuevas de la muerte de su padre y madre, y la resolución que tomó en sus cosas para adelante

Capítulo1 En que cuenta quién es el Buscón

Índice

Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por quien era. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle doscientos escogidos, que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo colorado.

Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y decía, no sin sentimiento:

-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.

Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo canas, empreñaba piernas con pantorrillas postizas. Y con no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubría, porque hacía cabelleras; poblaba quijadas con dientes; al fin vivía de adornar hombres y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban zurcidora de gustos, otros, algebrista de voluntades desconcertadas; otros, juntona; cuál la llamaba enflautadora de miembros y cuál tejedora de carnes y por mal nombre alcahueta. Para unos era tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos. Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.

Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito, nunca me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre:

-Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal.

Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos:

-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan… , no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido.

-¿Cómo a mí sustentado? -dijo ella con grande cólera. Yo os he sustentado a vos, y sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las bebidas que yo os daba? ¡Gracias a mis botes! Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado.

Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente y ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela, pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que decía, aunque lo gruñeron un rato entre los dos. Mi madre se entró adentro y mi padre fue a rapar a uno (así lo dijo él) no sé si la barba o la bolsa; lo más ordinario era uno y otro. Yo me quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi bien.

Capítulo2 De cómo fue a la escuela y lo que en ella le sucedió

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A otro día ya estaba comprada la cartilla y hablado el maestro. Fui, señora, a la escuela; recibióme muy alegre diciendo que tenía cara de hombre agudo y de buen entendimiento. Yo, con esto, por no desmentirle di muy bien la lición aquella mañana. Sentábame el maestro junto a sí, ganaba la palmatoria los más días por venir antes y íbame el postrero por hacer algunos recados a la señora, que así llamábamos la mujer del maestro. Teníalos a todos con semejantes caricias obligados; favorecíanme demasiado, y con esto creció la envidia en los demás niños. Llegábame de todos, a los hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas. Íbame a su casa a jugar los días de fiesta y acompañábale cada día. Los otros, o que porque no les hablaba o que porque les parecía demasiado punto el mío, siempre andaban poniéndome nombres tocantes al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja, otros don Ventosa; cuál decía, por disculpar la invidia, que me quería mal porque mi madre le había chupado dos hermanitas pequeñas de noche; otro decía que a mi padre le habían llevado a su casa para que la limpiase de ratones (por llamarle gato). Unos me decían «zape» cuando pasaba y otros «miz». Cuál decía:

-Yo la tiré dos berenjenas a su madre cuando fue obispa.

Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios. Y aunque yo me corría disimulaba; todo lo sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro (que aun si lo dijera turbio no me diera por entendido) agarré una piedra y descalabréle. Fuime a mi madre corriendo que me escondiese; contéla el caso; díjome:

-Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; sólo anduviste errado en no preguntarle quién se lo dijo.

Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a ella y roguéla me declarase si le podía desmentir con verdad o que me dijese si me había concebido a escote entre muchos o si era hijo de mi padre. Rióse y dijo:

-¡Ah, noramaza! ¿Eso sabes decir? No serás bobo; gracia tienes. Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean verdad, no se han de decir.

Yo con esto quedé como muerto y dime por novillo de legítimo matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves días y salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza. Disimulé, fue mi padre, curó al muchacho, apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el maestro me recibió con ira hasta que, oyendo la causa de la riña, se le aplacó el enojo considerando la razón que había tenido.

En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre. Así que los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer y cenar y aun a dormir los más días.

Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:

-Hola, llámale Poncio Pilato y echa a correr.

Yo, por darle gusto a mi amigo, llaméle Poncio Pilato. Corrióse tanto el hombre que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para matarme, de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi maestro dando gritos. Entró el hombre tras mí y defendióme el maestro de que no me matase, asegurándole de castigarme. Y así luego (aunque señora le rogó por mí, movida de lo que yo la servía, no aprovechó), mandóme desatacar y azotándome, decía tras cada azote:

-¿Diréis más Poncio Pilato?

Yo respondía:

-No, señor.

Y respondílo veinte veces a otros tantos azotes que me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros, llegando al Credo (advierta V. Md. la inocente malicia), al tiempo de decir «padeció so el poder de Poncio Pilato», acordándome que no había de decir más Pilatos, dije: «padeció so el poder de Poncio de Aguirre». Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó y dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese. Con esto fui yo muy contento.

En estas niñeces pasé algún tiempo aprendiendo a leer y escribir. Llegó (por no enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos. Echamos suertes entre doce señalados por él y cúpome a mí. Avisé a mis padres que me buscasen galas.

Llegó el día y salí en uno como caballo, mejor dijera en un cofre vivo, que no anduvo en peores pasos Roberto el diablo, según andaba él. Era rucio, y rodado el que iba encima por lo que caía en todo. La edad no hay que tratar, biznietos tenía en tahonas. De su raza no sé más de que sospecho era de judío según era medroso y desdichado. Iban tras mí los demás niños todos aderezados.

Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y llegando cerca de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue visto ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho tiempo. La bercera (que siempre son desvergonzadas) empezó a dar voces; llegáronse otras y con ellas pícaros, y alzando zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal y que no se había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal golpe me le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una (hablando con perdón) privada. Púseme cual V. Md. puede imaginar. Ya mis muchachos se habían armado de piedras y daban tras las revendederas y descalabraron dos.

Yo, a todo esto, después que caí en la privada, era la persona más necesaria de la riña. Vino la justicia, comenzó a hacer información, prendió a berceras y muchachos mirando a todos qué armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de las que traían por gala y otros espadas pequeñas. Llegó a mí, y viendo que no tenía ningunas, porque me las habían quitado y metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero, pidióme, como digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras. Quiero confesar a V. Md. que cuando me empezaron a tirar los tronchos, nabos, etcétera, que, como yo llevaba plumas en el sombrero, entendiendo que me habían tenido por mi madre y que la tiraban, como habían hecho otras veces, como necio y muchacho, empecé a decir: «Hermanas, aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre» (como si ellas no lo echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me disculpó la ignorancia, y el sucederme la desgracia tan de repente.

Pero, volviendo al alguacil, quísome llevar a la cárcel, y no me llevó porque no hallaba por donde asirme (tal me había puesto del lodo). Unos se fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza martirizando cuantas narices topaba en el camino. Entré en ella, conté a mis padres el suceso, y corriéronse tanto de verme de la manera que venía que me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba satisfacerlos, y, viendo que no bastaba, salíme de su casa y fuime a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no enviarle más a la escuela. Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos coces, y de puro flaco se le desgajaron las dos piernas y se quedó sembrado para otro año en el lodo, bien cerca de expirar.

Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, determinéme de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester más ir a la escuela porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal, y que así, desde luego renunciaba [a] la escuela por no darles gasto y [a] su casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta que me diesen licencia no los vería.

Capítulo3 De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel

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Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio el criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese.

Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.

A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los criados.

El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:

-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?

Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.

Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:

-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:

-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.

Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:

-Conforta realmente, y son cordiales.

Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:

-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.

¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:

-Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.

-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía yo-, que tal amenaza has hecho a mis tripas!

Echó la bendición, y dijo:

-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.

Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.

Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:

-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.

Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:

-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.

¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella casa como en otras ahítos.

Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición. «Es cosa saludable (decía) cenar poco, para tener el estómago desocupado», y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.

Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:

-Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.

Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificóme que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.

Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina, no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas. Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse, y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

Capítulo4 De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares

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Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos. ¡Quién podrá contar, a la primera almendrada y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como estaban huecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas, y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso, comiendo, alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás, metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.

Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso de enviar a su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y con esto diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.

El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros del carretero iban horros (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio), pegóse al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí; metióme adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas; un cura rezando al olor; un viejo mercader y avariento procurando olvidarse de cenar andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos, diciendo: -«Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo». Dos estudiantes fregones, de los de mantellina, panzas al trote, andaban aparecidos por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:

-Señor huésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.

-Todos los somos de V. Md. -dijeron al punto los rufianes-, y le hemos de servir. Hola, güésped, mirad que este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la dispensa.

Y, diciendo esto, llegóse el uno y quitóle la capa, y dijo:

-Descanse V. Md., mi señor.

Y púsola en un poyo. Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:

-¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es V. Md. su criado?

Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:

-Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver yo a V. Md. de esta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá V. Md.!

Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su amigo: