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Clara, Julieta y Tobías vuelven con una nueva aventura, esta vez, durante la esperada Semana del Colegio. Los tres amigos están listos para que la Alianza Celeste triunfe en cada una de las competencias, pero cuando su mejor jugador se esfuma antes de la prueba final, el juego se convierte en un misterio real: ¿fue accidente?, ¿una conspiración de otra alianza?, ¿o simplemente nervios de última hora? Con humor, suspenso y mucha astucia, esta nueva aventura escolar demuestra que la verdadera competencia está en jugar limpio y no rendirse jamás.
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Seitenzahl: 81
Veröffentlichungsjahr: 2025
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I.S.B.N.: 978-956-12- 3808-4
I.S.B.N. digital: 978-956-12-3818-3
1ª edición: agosto de 2025
© del texto por Lorena Rodríguez Kittsteiner
Inscripción N° 2025-A-5862, Santiago de Chile.
© de las ilustraciones y portada por
Rebeca Peña Romero
© de la presente edición por
Empresa Editora Zig-Zag S.A.
Santiago de Chile.
Derechos exclusivos para todos los países.
Editado por Empresa Editora Zig-Zag S.A.
Isidora Goyenechea 3365, oficina 902, Las Condes.
Santiago de Chile.
@zigzageditorial@zigzaginfantilcl
El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
A pesar del madrugón, Clara entró al colegio sorprendida al ver que la actividad ya parecía llevar horas. El uniforme escolar había sido cambiado por poleras de colores: blanco, celeste, rojo y verde.
Varios estudiantes mayores saludaron con golpes de manos y palmadas en la espalda a un alumno de Cuarto Medio que se movía con una actitud confiada.
–¡Jorge! Vamos con todo, ¡campeón! –escuchó decir a alguien.
Clara se alegró al ver que ese Jorge, tan aplaudido, llevaba una polera celeste igual que ella.
La Semana del Colegio había comenzado y los jefes de alianza, estudiantes de los Cuartos Medios, habían designado encargados para cada prueba. Todos los niveles participaban, desde Primero Básico en adelante. Los cursos menores lo hacían acompañados por padrinos, elegidos entre los estudiantes de Séptimo hacia arriba, que se preocupaban de que supieran qué tenían que hacer y, sobre todo, de que fuera una buena experiencia.
Una profesora pasó junto a los que estaban con Jorge y les llamó la atención por llevar jeans que dejaban a la vista el elástico del calzoncillo.
–Está bien que vengamos sin uniforme, pero, chiquillos, no es para andar mostrando la ropa interior –les dijo.
Clara se quedó un momento viendo que se largaban a reír al escuchar el reclamo. Jorge jugaba con algo entre los dedos, pero lo guardó en el bolsillo para levantarse la polera con ambas manos y demostrar que sus calzoncillos estaban bien escondidos.
–¡Al fin llegaste! –Julieta venía de la sala del Cuarto Básico B, que tenía un gran letrero en la puerta que decía:
CUESTE LO QUE CUESTE¡GANA LA CELESTE!
Colgaba de su hombro un bolso con frascos de pintura y el entusiasmo le hacía dar saltitos ansiosos.
–Pensé que no alcanzaba a verte, me inscribí en la prueba de arte Me mata tu estilo y tengo que ir al taller ahora mismo.
–Apenas son las siete y media. ¿Qué apuro tienes? –dijo Clara, medio hablando, medio bostezando–. ¿Y para qué querías verme?
–Los jefes de alianza acaban de irse de la sala, falta alguien para la Yincana de los valientes y la señorita Inés te recomendó a ti.
–¿A mí? –los párpados se le abrieron dejando los ojos de Clara muy abiertos y despejados–, ¿segura que me nombró a mí?
Recordó la prueba: carrera en saco hacia atrás, subir por la trepa, rescatar un gran llavero y bajar con él, abrir una caja con la llave correcta, sacar un huevo del interior y correr con él en una cuchara, sin dejarlo caer. Al final, dejar el huevo sobre una cama de harina, intacto.
–Sí, dijo tu nombre. Tu madrina te espera en el Octavo B en cuanto toque el primer timbre.
Que la señorita Inés hubiera pensado en ella la llenaba de orgullo.
–¡Entonces tengo que practicar! –Giró sobre sus talonesy, dándole la espalda a la sala, dio saltos con los pies juntos hacia atrás.
A medio camino atropelló a alguien. Al voltear vio que era la profesora de Ciencias, Bernardita, que ese día parecía una promoción de unicornios. Llevaba una falda de tules de colores y un cintillo con corazones que rebotaban al final de unos resortes.
–Ay, Clara, ten más cuidado por favor.
Como siempre, el llamado de atención era suave, casi como un susurro.
–Señorita Berni, ¡perdón! No la vi… eh, ¡qué bonita su falda!
–Gracias. Te pido que mires hacia adelante mientras saltas. Y disfruta de la Semana del Colegio –terminó la frase y le sopló un puñado de estrellitas de colores que aterrizaron sobre su pelo.
En la sala, los bancos estaban apilados contra la pared, dejando un gran espacio libre al centro que era usado por sus compañeros para jugar fútbol. La pelota volaba libre sobre las cabezas. Pasó casi todo a la vez: un pase, una jugada de pecho, un cabezazo y el sonido del vidrio al quebrarse.
Clara puso los ojos en blanco y, sin perder la calma, salió con destino al taller de auxiliares. Tenía tiempo de sobra para avisar y llegar al Octavo antes del timbre.
–Es que mis compañeros parecen monos. ¿A quién se le ocurre jugar a la pelota adentro? ¿Harán lo mismo en sus casas? –hablaba sola, pero bastó una ojeada dentro de otras salas para ver escenas similares. Quizás era más común de lo que creía.
Como si una fuerza superior quisiera darle una nueva perspectiva, el jefe de la Alianza Celeste la pasó a llevar por tener los ojos y los dedos en el teléfono.
–¡Oye! Me pisaste –le dijo adolorida.
El joven levantó los ojos y respondió algo similar a “perdón”, aunque también pudo ser “canción” o “ratón”.
Quizás jugar a la pelota en la sala no era tan malo como convertirse en un zombi.
En el taller de auxiliares, José vaciaba un balde lleno de trozos de vidrio en un tanque de desperdicios.
–¡Buenos días, José! Veo que ya te avisaron del vidrio que se quebró en mi sala.
–Hola, Clara, no me digas que quebraron otro más –el auxiliar se pasó la mano por la frente–, sería el tercero. Y la Semana del Colegio está recién empezando.
Su cara no dejó ninguna duda, esos días no eran muy divertidos para los de mantención.
–Si quieres, los recogemos nosotros –ofreció ella.
–¡Ni se te ocurra! Ya hay una pareja de tortolitos en la enfermería con unos cortes. Estaban debajo de la ventana del Sexto A cuando un zapatazo hizo de las suyas. Voy enseguida para dejarlos en la calle y que se los lleve el camión, así me deshago de una vez de todos estos vidrios peligrosos.
–¿Y si te cortas tú? Tampoco es buena idea.
–Con guantes de seguridad no hay problema, pero gracias por la preocupación. Ya, ¡anda a pasarlo bien, chiquilla! –la despidió y salió a recoger más vidrios.
Al salir, Clara divisó al final del pasillo al adolescente del teléfono, que seguía pendiente de la pantalla.
–¿Qué le pasará, que anda con esa cara larga? –murmuró extrañada. No parecía aburrido o molesto; se veía preocupado.
En el pasillo de los Terceros Medios la cosa cambió. Las puertas estaban celosamente cubiertas por bolsas de basura que impedían ver hacia dentro.
De la sala que decía Alianza Celeste, se asomó una cabeza rubia con anteojos azules que la saludó.
–¡Hola! ¿También vas a participar en la carrera de autos? –Tobías tenía un brazalete como distintivo en el brazo derecho.
Como Clara era parte de la alianza, pudo entrar y ver lo que ahí se preparaba: un auto a pedales en el que cabía un niño pequeño, hecho por los estudiantes con cartón, madera, piezas de bicicleta y otros objetos.
–¡No sabía que fueras piloto para el Rallycross! –exclamó y se fijó en los detalles del auto. El asiento de plástico tenía un parecido notable con una pala de basura, pero la pintura con el número al costado le daba todo el estilo de la Fórmula Uno.
–Somos cuatro, uno por cada vuelta al circuito: parte Javier de Quinto, después sigue Natalia de Tercero, continúo yo y termina Emilia de Segundo –explicó el niño.
Además de los pilotos había otro grupo a cargo de los pits, que se encargaba de ajustar lo necesario después de cada vuelta. Juntos debían ganar la copa para la Celeste.
–¡No me pierdo la carrera! Pero ahora me tengo que ir, te veo después.
A las ocho, Clara corrió hacia el Octavo. En ese pasillo el hermetismo también se había tomado las salas y no se podía ver nada hacia adentro. Abrió la cortina negra y se asomó:
–¿Hola? Soy Clara, me dijeron que tenía que venir.
Tuvo suerte de ser notada de inmediato por una estudiante, que había llevado un paso más allá el color de la alianza tiñéndose el pelo de celeste. Al escucharla dijo en voz alta:
–¡Ey! Es una de los que rescataron a la bibliotecaria el semestre pasado.
La rodearon y el bombardeo comenzó enseguida.
–Se metieron al pozo, ¿no?
–Espera, ¡también caminaron por el techo!
–Sí, y recorrieron las cañerías.
–Salieron más allá del colegio, en la otra cuadra.
–No, volvieron y aparecieron dentro de la caldera.
Clara se sentía un poco confundida al escuchar cómo su aventura crecía y se distorsionaba.
–No fue tan así en realidad –alcanzó aresponder.
–Ya, pero ¿se metieron al pozo?
–Eso sí.
–¿Y recorrieron ahí abajo por los túneles?
–Eh, también.
–Listo, ¡tenemos una bombera para la Yincana de los valientes!
Aplausos, gritos. Sin que ella supiera cómo, se vio encima de un escritorio con un brazalete celeste en el brazo derecho, igual al deTobías.
–¡Este año ganamos! Con Jorge, que ha practicado el año entero para el Triatlón y con la detective todo terreno, la copa es nuestra.
–¿Todo terreno? –
