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La bibliotecaria ha desaparecido, y Clara, Tobías y Julieta se proponen descubrir qué le ha ocurrido. Deben arriesgarse a ser castigados por no estar en clases, o peor aún, a encontrarse con el fantasma que –dicen– habita en el pozo detrás del colegio. Pero nada es peor que la posibilidad de que la bibliotecaria no vuelva y de quedarse sin la hora del cuento para siempre. Estos tres estudiantes de 4º básico elaborarán un plan infalible, explorarán los rincones ocultos y descubrirán los secretos mejor guardados del colegio. Valentía, imaginación y amistad, con un toque de humor y otro poco de romance, son los ingredientes infaltables en una buena novela de detectives, y son los que dejarán a sus lectores enganchados a esta aventura, hasta la última página.
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Seitenzahl: 67
Veröffentlichungsjahr: 2024
I.S.B.N.: 978-956-12- 3756-8
I.S.B.N. Digital: 978-956-12-3779-7
1ª edición: septiembre de 2024
© 2024 por Lorena Rodríguez Kittsteiner
Inscripción N° 2024-A-7644. Santiago de Chile.
© de las ilustraciones y portada por
Rebeca Peña Romero
© de la presente edición por
Empresa Editora Zig-Zag S.A.
Santiago de Chile.
Derechos exclusivos para todos los países.
Editado por Empresa Editora Zig-Zag S.A.
Isidora Goyenechea 3365, oficina 902, Las Condes.
[email protected] | www.zigzag.cl
Santiago de Chile.
El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Diagramación digital: ebooks [email protected]
1.
Clara entró a la carrera a la sala de clases del Cuarto B. Venía con la mochila abierta y detrás de ella quedaba un reguero de cuadernos que comenzaba en la puerta de la biblioteca.
–¡Tobías, Julieta! No está la señorita Beatriz, ha desaparecido –sentenció.
Sus amigos la miraron extrañados. Por las mañanas Clara entraba sin apuro y organizaba sus útiles antes de que sonara el timbre. Era la primera vez que la veían así.
–¿Por qué dices que desapareció? –preguntó Tobías–. Es temprano, quizás solo está atrasada.
–Y se te cayeron los cuadernos, Clara, ¿cómo vas a trabajar en clases? –Julieta miraba hacia fueramoviendo la cabeza en señal de desaprobación.
La voz del profesor de Inglés los distrajo. Ese día el horario colgado junto a la puerta decía con grandes letras azules “Biblioteca”, sin embargo, míster Eduardo estaba de pie y comenzaba aescribir en la pizarra:
Lesson number 3
–Good morning, kids, hubo un problema y me pidieron que tomara este curso, así que vamos a aprovechar para repasar lo aprendido en la clase de ayer.
Julieta levantó la mano y comenzó a sacudirla.
–¡Míster Eduardo, míster Eduardo! –Saltaba en la silla, ansiosa por que le dieran la palabra.
–Julieta, ¿qué pasa, que no puedes esperar?
–¿Por qué viene usted en lugar de nuestra profesora jefe? ¿Dónde está la señorita Inés para que nos salude y pase la lista? ¿Qué le pasó a la señorita Beatriz? ¿Por qué no vamos a la biblioteca a la hora del cuento?
–Son demasiadas preguntas, Julieta. Cuando pueda, la señorita Inés les contará lo que tengan que saber. Ahora saquen el cuaderno para comenzar a trabajar.
Clara no tenía su cuaderno de Inglés. En realidad no tenía ningún cuaderno, así que pidió permiso para ir por sus cosas.
Divisó al final del pasillo a dos auxiliares que conversaban con el encargado de mantención. Desde donde estaba, podía ver que uno de ellos estaba empapado y que hablaba de una fuga en las calderas de agua. No se detuvo a averiguar de qué se trataba. En el suelo podía ver dibujado el camino que había hecho más temprano: como Hansel y Gretel en el cuento, había dejado un sendero a su paso; solo que en lugar de migas había usado libros, cuadernos y lápices.
–¿Cómo me pudo pasar esto? –murmuró irritadamientras recogía uno a uno sus útiles, pero en cuanto los recuperó todos se olvidó del disgusto y caminó a paso rápido hasta la puerta de la biblioteca.
Al llegar esa mañana, había pasado por allí para devolver un libro, pero le extrañó ver la puerta con llave y la luz apagada. Se había asomado por la ventana por si veía a la bibliotecaria, pero no solo estaba vacío: nada estaba en su sitio, el escritorio que siempre desbordaba de librosestaba en el suelo, partido en dos. El computador y su montón de cables coronaban el desastre. Y sobre la silla estaba la cartera de la señorita Beatriz.
–¿Qué estás haciendo?
Clara dio un salto al escuchar la voz de Tobías.
–¡Tobi! Nunca más me asustes así, suficientescosas malas pasan hoy para que además me mueradel corazón.
–Como te demorabas tanto, míster Eduardo me pidió que viniera a buscarte. ¿Qué miras?
El niño pegó la nariz al vidrio y forzó la vista. El interior de la biblioteca estaba algo oscuro y él había dejado sus anteojos en la sala.
–No hay nadie –dijo, dando por terminado el misterio.
–Mira bien. –Clara puso los ojos en blanco y apuntó a la ventana.
Entonces Tobías se acercó de nuevo y usó ambasmanos para hacer una pantalla entre el vidrio y su cara. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, se giró hacia su amiga.
–¿Qué pasó ahí adentro? ¡La mesa está rota!
–No sé, pero la señorita Beatriz sí llegó esta mañana. Su cartera está sobre la silla.
Tobías entonces puso atención en el detalle y, muy preocupado, respondió:
–Clara, entonces no desapareció porque ella quiso. Algo le pasó.
2.
En el patio, Julieta comía una manzana mientras escuchaba a sus amigos. Lo que decían parecía muy grave: si algo le había pasado a la bibliotecaria, no tendrían más la hora del cuento y eso era algo en lo que no quería ni pensar.
–No sería la primera vez que algo espantoso le pasa a alguien en este colegio –murmuró–. Mi hermana me contó que hace muchos años un niño se murió y a veces aparece detrás del gimnasio.
Los ojos de Tobías se abrieron enormes detrás de sus anteojos. Clara, en cambio, cruzó los brazos y miró a su amiga con desconfianza.
–No creo, tu hermana siempre inventa cosas para asustarte. Si alguien se hubiera muerto, lo sabríamos. Y además, nunca he visto un fantasma detrás del gimnasio –remató.
–Es que no sabes que es un fantasma, porque, si te lo encuentras, crees que es un niño cualquiera. Aparece vestido con el buzo del colegio. El año pasado ella y sus amigas lo vieron.
–¿Y cómo supo tu hermana que no era una persona viva? –preguntó Clara aún más incrédula.
–Porque si le hablas, abre la boca para responder, pero en lugar de palabras…, le sale agua.
–¿Por qué le pasa eso? –intervino Tobías con la voz algo temblorosa.
–Por la forma en que se murió. –Julieta mantuvo el suspenso un instante–: Se cayó al pozo y se ahogó.
–¿Qué pozo…? –Tobías abrió los ojos más de lo que él hubiera querido.
–Detrás del gimnasio, allí donde termina el estacionamiento, hay un viejo pozo. Antes, cuando mi papá era alumno, el colegio sacaba agua de ahí, pero ya no. Eso sí, sigue disponible y se usa cuando hace falta –explicó Julieta con voz experta.
El recreo terminó con el sonido del timbre, que tenía la bocina justo al lado de los Cuartos Básicos. Aunque el año iba bastante avanzado, no habían podido acostumbrarse al campaneo metálico y agudo con que se marcaban los cambios de hora durante la jornada. Era lo que más extrañaban de la sala de Tercero: la distancia con el timbre.
El siguiente bloque de clases pasó sin que nadie les dijera algo sobre la desaparición de la bibliotecaria. El profesor de Educación Física los mantuvo ocupados con varias vueltas a la cancha y, cuando pensaron que no podrían mover las piernas nunca más, organizó un juego de pelota que los dejó, ahora sí, agotados y sedientos.
Casi no tuvieron recreo, porque el fin de la clase lo destinó a hablar con el curso sobre la importancia del respeto y la honradez. A medida que el profesor hablaba, se hacía evidente que su preocupación era, en verdad, la desaparición de algunas prendas de ropa desde los camarines del gimnasio, y no tuvieron ninguna duda de que estaba realmente molesto cuando simplemente siguió su monólogo a pesar del timbre. Apenas alcanzaron a correr al baño a tomar agua y lavarse las caras antes de volver a la sala para comenzar con la siguiente hora.
Cuando la profesora de Ciencias entró y abrió todas las ventanas, los niños se encogieron de hombros sin darse por enterados del olor que traían de la clase previa. Con la nariz encogida, repartió en las mesas algunos materiales: dos papas, dos clavos, dos monedas, un trozo de cable con las puntas descubiertas y una ampolleta de linterna.
