Comedy Queen - Jenny Jägerfeld - E-Book

Comedy Queen E-Book

Jenny Jägerfeld

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COSAS QUE TENGO QUE HACER PARA SOBREVIVIR: - Raparme el pelo.  - No cuidar a ningún ser vivo. - No leer libros. - Llevar solo ropa de colores. - No pensar demasiado (a ser posible, nada). - No salir a pasear. No salir al bosque. - ¡SER LA REINA DE LA COMEDIA! ¿Una lista para sobrevivir? ¿no es algo absurdo? pero es que Sasha se siente terriblemente sola y perdida. Sasha Rein es una niña que vive en Estocolmo y que sabe que las cosas pueden torcerse de verdad porque su madre ha muerto. Ella quiere ser "normal", que no la compadezcan. No quiere llorar. Rodeada del cariño, del respeto y la paciencia de su padre, su tío y de su amiga Salma, finalmente Sasha entiende que no se pueden esconder las emociones oscuras sin ocultar también la alegría, la creatividad, la curiosidad, la esperanza. «Lo malo no es estar triste, enfadado o preocupado; el peligro radica en quedarse a solas con todos esos pensamientos y emociones difíciles. Porque en esas circunstancias puedes llegar a pensar que tus problemas no tienen solución, que siempre vas a encontrarte mal y que estás solo o sola en el mundo. Quizás no recuerdes que las cosas pueden cambiar, que volverás a sonreír, aunque en ese momento no te lo parezca». Jenny Jägerfeld Gato Sueco ha seleccionado Comedy Queen como una de las obras más representativas de Jenny Jägerfeld para introducir a esta gran autora de alcance internacional a los lectores españoles. 

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Seitenzahl: 227

Veröffentlichungsjahr: 2026

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1

«Funny Bones»

Mi madre me dijo una vez que hay personas que tienen «funny bones». Lo que, traducido, significa algo así como que tienen la risa en los huesos. Yo lo interpreto como que son graciosas hasta la médula, como si estuvieran hechas de una pasta especial, salada, divertida. Mi madre quería decir que su gracia era algo innato. Son esa clase de personas capaces de contar cualquier chiste malo y aun así hacer que la gente se ría. O ni siquiera les hace falta contar un chiste; les basta con, por ejemplo, limitarse a decir: «¿Me pasas la leche?», pero lo dicen con tanta chispa que la gente a su alrededor no puede evitar troncharse.

Luego, según mi madre, hay otro tipo de personas: aquellas que pueden llegar a ser graciosas con el tiempo. Por ejemplo, haciendo acopio de chistes y bromas con el propósito de estudiarlos, aprender cómo se construyen y ponerse a practicar, practicar y practicar. Y a través de la práctica, detectan qué es lo que hace reír a la gente y lo repiten.

Por último, está la tercera clase de personas, las que nunca tendrán gracia alguna, por mucho que lo intenten. (Creo, por cierto, que mi profesora Cecilia pertenece a esa categoría).

Yo mataría por tener la gracia en los huesos. Quiero ser de esas personas que son graciosas sin esfuerzo, que son capaces de levantarse en medio de la clase y soltar:

—Pues veréis, mi padre me llevó a un museo de arte y fue una experiencia más o menos tan alucinante como meterme un dedo la nariz.

De modo que tanto Cecilia como mis compañeros prorrumpan en un:

—¡AAAH - JA, JA, JA, JA, JA, JA!

Es decir, que se desternillen y tengan que sujetarse la tripa porque les duele de tanto reír. Y que, en medio del ataque de risa, aún logren decir:

—¡Sasha, para, por favor... no podemos más!

Aunque en realidad quieren que continúe, y yo les hago caso, continúo, con total cara de póquer, sin contagiarme lo más mínimo de sus risas:

—A ver, estábamos ante un cuadro que era como si alguien hubiera TIRADO de cualquier manera la pintura sobre el lienzo. En serio, como si, al ir al baño, le hubiera dado al bote una patada sin querer. Pero mi padre, ahí, con voz muy solemne: «Lo que el artista quiere transmitirnos en esta obra es... lo difícil que es ser humano». Y yo voy y digo: «¿De verdad? Más bien parece que quiera expresar lo difícil que es ser ARTISTA».

Y ¡BUM!

Los demás, Cecilia incluida, estallan en carcajadas, se caen de la silla, no pueden ya articular palabra, ruedan por el suelo entre gritos histéricos.

Sospecho, por desgracia, que no tengo tanta sal en los huesos, o sea, que no poseo una gracia innata. Por ver la botella medio llena, tampoco pertenezco a la tercera clase, los que son más sosos que una calabaza. Porque, sin duda, hago a veces reír a la gente con lo que digo. (Voy a empezar a anotar exactamente con qué). Creo que pertenezco a la segunda clase: aquellos que pueden aprender a ser graciosos.

QUIERO tener la gracia en los huesos. TENGO QUE CONSEGUIR que eso ocurra. Pienso que es posible, a pesar de que no la tenga de manera innata. Mi plan es reemplazar mis huesos medio sosos por huesos salados, ¡uno a uno! Y si hay una cualidad que me define, es la tenacidad. Mi padre dice que es cierto, pero que mi tenacidad va en la dirección equivocada. Es decir, que me equivoco en los objetivos que elijo. Que debería centrarme más en los estudios. Justo en este momento, por ejemplo, anda por la cocina rezongando que aún no me sé todo ese rollo de la corteza y el núcleo terrestres. Perdón, pero no me parece tan importante. Me cuesta imaginarme una situación en la que mi vida dependa de mi conocimiento sobre las capas de la corteza terrestre. Y si es así... ¡ahí está Google!

En cambio, mi vida sí que depende de que logre tener la risa en los huesos. No exagero lo más mínimo. Es verdad. De lo contrario, no seré capaz de sobrevivir.

2

Como diseñada por un payaso

Cecilia está al frente de la clase hablando sobre la corteza terrestre con un tono que parece como si ella misma estuviera ANONADADA por lo interesantísimo que es lo que está contando.

—¡La corteza terrestre tiene entre 5 y 70 kilómetros de grosor!

A su lado, en la pantalla, brilla una imagen del globo terráqueo en corte transversal. En el centro hay una especie de núcleo blanco, luego varias capas en naranja y rojo fosforescente. Arriba del todo está la corteza terrestre. La Tierra tiene un aspecto muy poco serio en esta imagen. Parece una pelota de colorines. Un poco aterrador que vivamos en un planeta que podría haber sido diseñado por un payaso. Trato de inventar un chiste: «¡Oh, cómo me apetece un batido y una bolsa de cortezas terrestres bien crujientitas!».

No, tal vez sería más gracioso decir «costras terrestres». Pero la gente diría: «¡Puaj! ¡Qué asco!», y no quiero darle asco a nadie.

A mi lado se sienta Salma, quien garabatea en el papel que nos ha dado Cecilia. A Salma todos —Cecilia incluida— la llaman Salmonete. Todos, menos yo. Para mí, ella es Salma, porque rima con «alma». Y, de todas las personas que conozco, ella es la que tiene un corazón más grande. Me inclino hacia Salma para echar una ojeada a lo que está dibujando; su pelo rubio y rizado me hace cosquillas en la cara. Ha transformado el globo terráqueo en un señor con sombrero, bigote y una de esas lentes que cuelgan de una cadenita. ¿Cómo se llama eso? ¿Maráculo? ¿Malaco? ¿Monóculo? ¿Culo de mono? Algo así. De la boca del monigote sale un bocadillo de diálogo que dice: «Soy un hombre de mundo». Le sonrío a Salma porque me ha hecho gracia. Ella me devuelve una risita. Tiene una risa adorable, como la de una niña pequeña a la que estén haciendo cosquillas. Le susurro:

—¡Se me acaba de ocurrir una cosa!

—¡Ah! ¿El qué? —me pregunta, también en voz baja.

—¡Voy a ser humorista! ¡De las que hacen monólogos!

Salma no puede contestarme a esto porque de repente Cecilia se ha plantado justo frente a nuestros pupitres.

—A ver, Sasha Rein y Salmonete Sköld, ¿os estáis enterando?

Levantamos la vista hacia ella, que hace una pausa dramática.

—¡En algunos lugares no hay más que CINCO KILÓMETROS entre nuestros pies y lo que se llama el manto! —exclama con ojos grandes y redondos y la boca abierta, como una presentadora de programas infantiles—. ¿Cuántos kilómetros, Sasha, Salmonete?

—Cinco kilómetros —respondemos obedientemente al unísono.

De todas formas, es bueno tener una maestra que se implica tanto en las clases. Bosse, que fue nuestro profe en cuarto, se pasaba la mayor parte del tiempo toqueteando su teléfono, con aire triste. La idea de Bosse sobre la enseñanza era ponernos una película sobre cualquier tema, salir a «recoger unos papeles» y no volver a aparecer hasta que la lección terminaba. Bosse se puso enfermo el otoño pasado y entonces nos trajeron a Cecilia. Me cae bien Cecilia. A algunos de mis compañeros (es decir, a Tyra) les molesta que siempre lleve la misma ropa. Una camiseta blanca o gris y unos vaqueros azules que a la gente (es decir, a Tyra) le parecen demasiado ajustados. Un típico comentario de Tyra, dicho mientras mastica chicle con la boca abierta y juega compulsivamente con su largo pelo castaño es: «En serio, ¿tan difícil es comprarte pantalones de tu talla? ¿O es que le gusta que le sobresalgan las lorzas por la cintura?».

Disculpa, pero ¿a quién le importa qué pantalones lleve Cecilia? No da la clase con el trasero, ¿verdad?

Tyra es mi compañera de clase, aunque eso de compañera es un decir, porque no me hace compañía en absoluto. Sé que a muchos les pasa lo mismo. ¿Qué palabra deberíamos usar? ¿Enemiga de clase? No, eso es demasiado fuerte. Hay que encontrar un término neutral. ¿Persona de clase? ¿Criatura de clase? ¿Vecina de clase? Eso es: Tyra es mi vecina de clase. No es una solución muy brillante, pero tampoco está mal.

Como sea, mi padre opina que Cecilia parece «estable». Lo cierto es que consigue que la gente se calle. Ese no era precisamente el punto fuerte de Bosse, que digamos.

Cecilia golpea la pantalla blanca con el puntero y hace que todo el globo terráqueo tiemble como un flan. Nisse da un respingo.

—¿Sabéis cuánto son cinco kilómetros?

No espera respuesta.

—Bueno, pues cinco kilómetros son CINCO MIL METROS, ¡la distancia que hay desde aquí hasta FRUÄNGEN, aproximadamente!

Fruängen es un barrio de mi ciudad, Estocolmo. No tengo claro exactamente dónde queda, pero bueno. Mis compañeros de clase, o mejor dicho, mis vecinos de clase, la miran hipnotizados. Cecilia produce ese efecto en la gente.

—¡El manto alcanza temperaturas de VARIOS MILES de grados! ¿Os lo podéis creer? ¡Aquí, solo un poco por debajo de nuestros pies, flota una masa líquida superardiente!

Cecilia golpea con el zueco el suelo de linóleo beis y todos miramos a ese punto.

—¿A CUÁNTOS grados está esa masa, Nisse?

Señala a Nisse con el puntero. Parece una luchadora de esgrima desafiando a alguien a un duelo. Solo que Nisse no tiene espada. Ni respuesta, parece.

—Eh… ¿a un montón? —replica Nisse inseguro.

—¡Sí! A VARIOS miles, de hecho.

Cuando Cecilia se gira un instante hacia el globo terráqueo, Salma me pasa una nota con el dibujo de un emoticono sonriente y una frase debajo: «Vas a ser la mejor humorista del mundo».

Me pongo muy contenta. Y espero que tenga razón.

Desconecto. Miro por la ventana el árbol que está justo enfrente. Ramas desnudas y delgadas cubiertas por una fina capa de nieve. Tengo cosas más importantes en qué pensar que en una insípida corteza terrestre. Si quiero ser graciosa hasta la médula, necesito concentrarme. Trabajar duro y metódicamente. ¿Qué cosas hacen gracia? Una forma de que se te ocurran chistes podría ser anotar varios temas que puedan dar juego para después desarrollarlos.

Miro distraída el papel con la Tierra en corte transversal. Le doy la vuelta y escribo:

COSAS QUE ME HACEN GRACIA / QUE ME SACAN DE QUICIO:

Aquella vez que Salma se preguntaba por qué a la gente le ha dado por llevar esas barbas de hámster y yo me quedé en plan «Eh, ¿qué?» y finalmente resultó que se refería a barbas de HíPSTER.

Cuando los auriculares se me enredan.

La gente que habla sin parar durante una película: «¿Quién es ese? ¿Qué hace esa? ¿Adónde van ahora? Y yo: «¡Por favor! ¡Atiende a la película y lo verás!».

Lo que todo el mundo hace en las redes sociales. Por ejemplo, subir fotos de sí mismos en las que salen divinos y escribir lo mal que se ven solo para que les echen flores (Tyra). O #etiquetar #cosas #superabsurdas. O cuando describen su estado con palabras «profundas» como: «Totalmente destrozado/a. Nadie lo entendería…» Y vas y les dices: «¡Dios, ¿qué te ha pasado?!» Y ellos: «Nada. No quiero hablar de ello». ¡VALE! ¡ENTONCES NO HABLES! (Por eso he dejado TODAS las redes sociales. Excepto YouTube: la necesito para ver vídeos de monólogos humorísticos).

Cuando papá entra en el cuarto y me dice no sé qué, y yo: «Sí, sí, claro, claro», y luego cuando sale no cierra la puerta y tengo que gritarle: «¡Cierra la puerta!» y entonces él vuelve y empuja la puerta, pero sin cerrarla del todo, y yo: «¡AAAAAAH! ¡¿Es que estás sordo?!».

Cuando mamá está

Me detengo en mitad de la frase. Levanto el boli del papel. Porque iba a escribir: «Cuando mamá está de mal humor y quiere que hable con ella en alemán y ni siquiera me responde si no lo hago».

Eso es lo que pensaba poner. Pero no lo escribo. Porque eso ya no me saca de quicio. Cómo desearía que me pudiera volver a sacar de quicio. Lo deseo tanto que casi se me rompe el corazón. Hablaría alemán todo el rato, aunque se me dé fatal. No haría otra cosa, si eso me la devolviera. Ich würde immer Deutsch sprechen*.

A veces se me olvida que está muerta. Como ahora, durante los segundos que he tardado en escribir: «Cuando mamá está».

Por supuesto que es un alivio no pensar en ella todo el tiempo. Pero cuando la recuerdo, se me abre un vacío en el pecho, un agujero sin fondo que se expande en todas las direcciones, hasta el infinito, como si en él cayeran pedazos de mi corazón. Caen y desaparecen. No sé si alguna vez los recuperaré. Si mi corazón alguna vez volverá a estar entero.

Borro las palabras. Borro «Cuando mamá está». Hago tanta fuerza con la goma que rompo el papel.

3

El arte de acariciar un conejo

Vuelvo a casa atravesando del parque de Aspudden. Salma y yo solemos volver de clase juntas, pero los martes ella tiene clase de banyo. Sí, como lo oís. De todos los instrumentos del universo, va y elige el BANYO. Pero ¿quién soy yo para meterme con sus gustos? Una vez dijo que quiere más a su banyo que a su hermano pequeño, aunque no creo que sea verdad. Eso fue después de lo que ella llama el TRAUMA DEL BANYO. Su hermano embadurnó con mantequilla de cacahuete todo el instrumento. Imagino que eso le influyó a la hora de decirlo. Desde entonces lo llama el «Destrozabanyos».

Salma guarda su tesoro en un estuche negro brillante con cierres dorados y el interior forrado de terciopelo verde. No creo que ni la corona del rey esté en un estuche más elegante.

Hace un día claro y frío, y el sol brilla tan bajo en el horizonte que me deslumbra su luz amarillenta. Los árboles aún están pelados y se ven grandes parches de nieve aquí y allá. Si tengo tiempo, siempre me paro a hacer una visita a los conejos del parque. Acariciar animales me pone de muy buen humor y me relaja muchísimo, como si el corazón se me ablandara. Bueno, no me ocurre con TODOS los animales. No creo que me sintiera ni feliz ni relajada haciéndole mimos a un cocodrilo o un escorpión, pero ya me entendéis.

Los conejos viven en cuatro pequeñas casetas, cuatro en cada una de ellas. Hay una hembra de lo más simpática y mimosa a la que llamo «Cookie Dough», como el helado en tarrina, aunque en realidad se llama Pistacho. La verdad es que no sé cómo se les ocurrió ponerle ese nombre, ya que los pistachos son verdes, y Cookie Dough no lo es. No, parece como si estuviera hecha de cremoso helado de vainilla con tropezones de galleta. Lo que además la convierte en una preciosidad es que es un cruce de conejo carnero y otra cosa, quizás de conejo de Gotland, y eso hace que una de sus orejas le cuelgue como la de un conejo carnero y la otra la tenga tiesa. Me identifico con ella porque también yo soy mitad carnero: nací tres minutos antes de la medianoche del 20 de marzo, justo en el límite entre los signos del zodiaco Piscis y Aries. Pero por suerte, mis orejas no cuelgan ni son puntiagudas. Son unas orejas humanas normales y corrientes.

Cuando llego, veo a Cookie Dough de inmediato, mordisqueando una pajita de heno. Sus gruesos y blancos mofletes se mueven con frenesí. Seguro que no tiene un padre que le diga que coma DESPAAACIO, como a otras. (Por si no lo habéis pillado: me refiero a mí misma).

—¡Hola, Cookie Dough! —exclamo.

Ella deja de masticar y me mira. A lo mejor son solo imaginaciones mías, pero cada vez que la llamo Cookie Dough parece agradecida. Es como si quisiera decir: «¡Por fin! ¡Por fin alguien se da cuenta de que no soy VERDE!».

Trepo por la pared del recinto y me pongo en cuclillas, a un medio metro de ella. Los otros conejos se apartan de un brinco, nerviosos, pero ella no. Ella se queda y sigue masticando su pajita, centímetro a centímetro, hasta que desaparece en su boca. El hocico rosa claro se le arruga cuando olfatea el aire. Me quito el guante y extiendo la mano. Cookie Dough la olisquea como si fuera un perro. Luego, le acaricio con cuidado el pelaje con manchas color galleta. Es increíble lo suave que es. Más suave que el forro del estuche donde Salma guarda el banyo. Mucha gente no sabe cómo acariciar conejos. A menudo se asustan y huyen. El secreto es no hacer movimientos bruscos, sino pasarles la mano muy muy despacio. Porque, aunque los conejos se mueven a un ritmo frenético, no les gusta que los demás hagan lo mismo. Lentamente, alcanzo otra pajita de heno y se la ofrezco a Cookie Dough.

—Ven, pequeña —la llamo.

Entonces ella, con dos saltitos que hacen que su colita de algodón se levante, salva el trecho que la separa de mí y se sienta junto a mi pierna. Yo apoyo la mano y poco a poco me voy sentando con las piernas cruzadas. Noto el frío del suelo a través de mis vaqueros, noto los restos de nieve y sé que me voy a mojar, pero no me importa. Cookie Dough se acurruca en mi pantorrilla y la calienta con su grueso cuerpecito de conejo. Es mi amiga. A ella le he confiado secretos que ni siquiera le he contado a Salma. Tu mejor amiga puede entender muchas cosas, pero hay algunos límites. Está claro que no se sabe hasta dónde llega el grado de comprensión de Cookie Dough, pero es una campeona a la hora de escuchar. Me pregunto si es porque tiene las orejas tan grandes y largas. La acaricio una y otra vez. Mi padre dice que envidia a los animales, porque no se comen el tarro con cosas del pasado ni sienten angustia ante el futuro. Disculpa, pero ¿y él QUÉ sabe? Igual Cookie Dough está angustiadísima porque su amiga Avellana ahora pasa más tiempo con Anacardo, y le DESESPERA no saber quién va a ser su compañero de saltos esta tarde.

La madre de Cookie Dough también vivía en el parque de Aspudden; me lo contó una persona que trabaja aquí. Pero una mañana, hace dos años, apareció tiesa en el suelo, así sin más. No saben exactamente de qué murió. Estaba más sana que una manzana y no era muy mayor. Seguramente sucedió algo que la mató del susto, tal vez un depredador, un animal que ni siquiera llegó a hacerle nada, porque no tenía heridas. Pero al verlo y, de puro miedo, su corazón dejó de latir. A veces pienso que mi madre también murió de miedo. Pero no de un depredador, más bien le daba miedo la vida.

Siento el corazoncito de Cookie Dough a través de su pelaje. Es increíble lo rápido que late. Yo querría que ese corazón latiera eternamente.

Como siempre hago, le susurro a su oreja:

—Cookie, preciosa mía. Prométeme que seguirás viva la próxima vez que nos veamos. ¿Me lo prometes?

Entonces ella, de pronto, se aleja dando saltitos hacia la caseta de madera donde se acurrucan sus otros tres compañeros.

Me levanto de golpe y los conejos se ponen tan nerviosos que corretean unos por encima de otros.

—¡TIENES que prometérmelo! ¡Tienes que hacerlo!

Cookie Dough se da la vuelta sin ni siquiera mirarme, enseñándome el culete y el rabito esponjoso. No parece que se sienta obligada a prometerme nada.

Escribo en la nieve con el dedo:

¿ES

Luego lo borro con la palma de la mano. La nieve se alisa. Escribo:

TODO

Borro de nuevo, escribo:

CULPA

Borro, escribo:

MÍA?

Borro lo que he escrito, me levanto y me alejo sin mirar atrás.

4

La lista

Tengo un plan muy simple. Mi madre fracasó en la vida. Y murió. Hay muchas causas de su fracaso. Yo me propongo tener éxito en la vida y entiendo que una forma de conseguirlo es no repetir las cosas en las que ella se equivocó. Aprender de sus errores y hacer justo lo contrario. Por eso he hecho una lista con siete puntos importantes, a modo de soluciones a mis problemas. La he escrito con letra diminuta y luego la he guardado en mi enorme despertador con forma de Darth Vader; la he dejado escondida en el compartimento de las pilas.

COSAS QUE TENGO QUE HACER PARA SOBREVIVIR

Todo el mundo insiste en lo parecidas que somos. Éramos, quería decir éramos. ¿Es que creen que eso me hace sentir MEJOR? Pero claro, es difícil cambiar de cara: no creo que mi padre consintiera que me la operase. Ahora bien: tanto mi madre como yo tenemos el pelo largo y castaño. O, mejor dicho, ella lo tenía. (¡Oh, Dios! ¡Tenía, tenía! ¿Tanto te cuesta usar el tiempo verbal correcto?).

1. Raparme el pelo.

Mi madre intentó cuidar a una criatura (a mí). Y le salió mal.

2. No cuidar de ningún ser vivo.

Mi madre leía una barbaridad. Siempre había montones de libros en la sala de estar y al lado de su cama. ¿Eso hacía que fuera más feliz? No. Se hundía en las desgracias de las personas. ¡Personas que ni siquiera existen!

3. No leer libros.

Mi madre siempre vestía de negro. Sí, como lo oís. ¿A quién le puede quedar bien eso?

4. Llevar solo ropa de colores.

Mi madre pensaba demasiado. Se arrepentía de las cosas que había dicho y hecho. Pensaba constantemente en el pasado. Pensaba demasiado en lo que los demás pensaban.

5. No pensar demasiado (a poder ser, nada).

Mi madre daba largos paseos por el bosque. Podía salir a caminar durante horas, sumida en sus cavilaciones.

6. No salir a pasear. No salir al bosque.

Pero lo más importante de todo: mi madre estaba deprimida y lloraba casi a todas horas. Hacía llorar a los demás. Todavía les hace llorar, aunque ya no esté viva. A veces, cuando mi padre se ducha, lo oigo llorar. Él cree que no se le oye, pero claro que lo oigo. Por eso yo no voy a llorar nunca. Jamás. Y no voy a hacer llorar a los demás, voy a hacerlos reír. ¡Esa es mi misión!

7. ¡Ser la reina de la comedia!

5

Una salchicha rojimetálica arrancacabelleras

Para abrir la puerta de nuestro piso hay que empujarla lo más fuerte que puedas, al mismo tiempo que levantas el pomo y giras la llave en la cerradura. A veces no se abre hasta el tercer intento. Hoy tengo tanta prisa por entrar que me excedo en el golpe que le doy con la cadera. Gimo de dolor.

—Vaya con vuestra puerta... —jadea Salma, que acaba de subir las escaleras detrás de mí.

Ambas estamos sin resuello después de haber venido desde el cole pedaleando a toda pastilla. (Por cierto, qué palabra tan rara: «resuello». Suena como «degüello». ¿Podría hacer algún chiste a partir de ahí?).

—Ya lo sééé —digo antes de volver a arremeter contra la puerta en plan jugadora de hockey.

Fijo que un día de estos me voy a fracturar la cadera. A ver quién es el guapo que les explica a los de la ambulancia cómo me he lesionado: «Eh... digamos que… estaba intentando abrir una puerta».

Entramos en el vestíbulo, nos quitamos los abrigos y dejamos los cascos de la bicicleta en el suelo. Debajo del casco, Salma lleva su gorra de siempre. Nunca se pone gorro de lana, aunque haga cinco grados bajo cero. Es una gorra de la marca «OBEY» con estampado de leopardo en la visera, y le queda tan ajustada que le sobresalen las orejas, rojas como un tomate por el frío. Salma la adora: si por ella fuera, la tendría puesta a todas horas. Pero Cecilia le obliga a quitársela en clase. Casi todas las clases empiezan con ella diciendo:

—A ver, Salmonete, gorra fuera.

Salma siempre pone gesto enfurruñado, pero se la quita de todas formas. A Cecilia no se le discute. Bosse, en cambio, sí le dejaba llevarla. Esa era una de sus pocas ventajas: podías entrar con una armadura y él no se habría dado ni cuenta.

Junto las manos emocionada:

—¿Estás lista? —pregunto.

—¡Sí! ¿Y tú? —dice Salma, aunque más bien suena algo así como: «¡Sitú?», porque siempre habla muy atropellada.

—¡Más lista que nunca!

Miro el reloj. Faltan dos horas para que mi padre vuelva a casa, y eso nos viene de perlas. Vamos a nuestro estrecho cuarto de baño, en el que apenas cabemos las dos. Salma sin querer tira el vaso con los cepillos de dientes, que caen en el lavabo.

ahora solo hay dos cepillos.

El vaso de los cepillos ni siquiera puede llamarse «vaso», sino que es un inestable cacharro de plástico naranja que se cae cinco veces al día, así que le digo que no se moleste en recogerlos. Revuelvo los armarios y los cajones en busca de la maquinilla de cortar el pelo y finalmente la encuentro en una cesta de mimbre debajo del lavabo. Es de color rojo metalizado, está cubierta de polvo y tiene restos de pelitos castaños en el peine. Soplo para quitarlos. Hace tiempo que mi padre no se afeita la cabeza.

Ya no hay nadie que le ayude con la nuca.

Encuentro tres peines diferentes, lo que significa que, además del pelo al cero, se pueden elegir otras tres longitudes: aproximadamente tres milímetros, un centímetro y dos centímetros y medio.

—Empecemos con el peine más largo —digo, y lo coloco en la maquinilla. Luego se la paso a Salma, que la conecta al enchufe que hay sobre el espejo.

—¿Estás del todo segura? —Salma me mira fijamente con sus ojos bondadosos, tan azules como el cielo vespertino—. ¡Tienes un pelo tan bonito!

Me pasa los dedos por el cabello, o lo intenta al menos, porque se queda atrapada casi de inmediato. Mi pelo es famoso por enredarse con los gorros, los cascos y el sudor.

Pronto los nudos en el pelo no serán más que un recuerdo.

—Te lo regalo —repongo con tono magnánimo.

Ella se ríe. Tomo nota mentalmente de la ocurrencia. ¿Quizá podría hacer un chiste a partir de ahí?

No le he contado lo de la lista. Ni a ella ni a nadie. Solo le he dicho que estoy cansada de mi pelo. Me siento sobre la tapa del inodoro. Salma enciende la maquinilla, que zumba y vibra. Luego se coloca frente a mí y exclama:

—¡Vamos allá!

Me acerca la maquinilla a la cara, a la frente, la aprieta, sin brusquedad pero con firmeza contra mi cuero cabelludo y la mueve de delante hacia atrás. Siento cómo el pelo va cayendo poco a poco y me acaricia suavemente la mejilla, la oreja, el cuello. Con el rabillo del ojo, veo cómo una largo mechón castaño oscuro aterriza en mi hombro. Salma está muy concentrada, levanta la maquinilla y me la pasa de nuevo por la cabeza, esta vez desde la sien en dirección a la oreja.

¡CRRROC!

Salma pega un grito al mismo tiempo que siento un dolor agudo justo encima de la oreja, como si alguien estuviera arrancándome la cabellera.