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Ómnibus Harlequin Internacional 77 Cómo pecar adecuadamente Bronwyn Scott Él era el último libertino… Sus amigos, tan libertinos como él en el pasado, ya habían sucumbido y eran personas respetables, por eso, cualquiera podría pensar que el depravado Riordan Barrett sería el siguiente. Sin embargo, esos finales felices no eran para él, toda la sociedad sabía que en ese cuerpo magnífico y pecaminoso no había ni un solo hueso que pudiera redimirse. Entonces, de la noche a la mañana, Riordan se encontró siendo conde y padre de dos pequeños, cuando solo tenía experiencia en el arte de la irresponsabilidad. El libertino necesitaba ayuda y contratar a una institutriz guapa y joven no sería un sacrificio demasiado grande… La delicada e inocente Maura Caulfield era la única mujer de Londres que parecía no conocer las escandalosas costumbres de Riordan. Sin embargo, eso no duraría mucho, él le enseñaría lo maravilloso que podía ser pecar... La institutriz y el jeque Marguerite Kaye Una rosa inglesa puede florecer en el desierto. El jeque y príncipe Jamil al-Nazarri gobernaba su reino sin esfuerzo… ¡aunque no tanto a su hija pequeña! Exasperado, contrató a una institutriz inglesa con la esperanza de que le inculcara algo de disciplina a la niña… Lady Cassandra Armstrong era la institutriz menos convencional que Jamil había visto jamás. Con un cuerpo sensual y una pasión impulsiva, Cassie resultaba tan atractiva como prohibida. Famoso por su honor inquebrantable, el jeque iba a poner a prueba su determinación, pues sus sentimientos hacia Cassie eran cualquier cosa menos honorables…
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Seitenzahl: 624
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 77 - noviembre 2023
© 2012 Nikki Poppen
Cómo pecar adecuadamente
Título original: How to Sin Successfully
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
© 2011 Marguerite Kaye
La institutriz y el jeque
Título original: The Governess and the Sheikh
Publicada originalmente por Harlequin Ibérica, S.A.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-1180-037-2
Para mi extraordinario marido y mis increíbles hijos, que tan pacientes son con mi dedicación a la escritura. Y para nuestra mascota, Apollo, que no lo es. Os quiero a todos.
Mayo de 1835 en Londres
Inauguración oficial de la Temporada
Según los rumores, Riordan Barrett podía conseguir que una mujer alcanzara el clímax con solo mirarla desde cinco metros. A una distancia más corta, las posibilidades eran infinitas, como las exuberantes curvas del apetecible cuerpo de lady Meacham. Riordan apoyó una mano en la espalda de la dama, planteándose esas posibilidades, mientras la acompañaba entre la multitud que se había congregado en Somerset House para asistir a la exposición anual de la Royal Academy que inauguraba la Temporada.
Lady Meacham le dirigió una mirada que le indicó claramente que pensaba lo mismo. Sabía lo que deseaba, lo que deseaban todas. Deseaba que los rumores fuesen ciertos, deseaba conocer el placer que lo había hecho famoso. Él también lo deseaba, deseaba dejarse arrastrar un rato. Era algo que hacía bien, sabía dejarse arrastrar por los placeres, conocía muy bien los vicios propios de un caballero, las cartas, las apuestas, la bebida... y las escapatorias de los dormitorios de las esposas de otros hombres o de las cortesanas. Las lady Meacham del mundo y él sabían el motivo. «Placer» solo era una forma menos desesperada de llamar a la «evasión».
Ya estaba desesperado y la Temporada acababa de empezar. ¿Cuándo había perdido el brillo la primavera londinense repleta de bailes y mujeres hermosas? Alejó esos pensamientos de la cabeza y acompañó a lady Meacham al último cuadro pintado por Turner, una imagen del incendio de la Cámara de los lores y de los Comunes. Si todo salía bien, esa tarde la pasaría en su cama, deleitándose con los voluptuosos encantos de lady Meacham y olvidando. Se inclinó para susurrarle al oído.
—Fíjese en que el pincel de Turner transmite la intensidad de las llamas, que los rojos y amarillos representan las temperaturas abrasadoras del infierno.
El leve roce de los dedos en el brazo de ella indicó que él sentía un fuego muy distinto. Inhaló el perfume de lady Meacham. Era caro y penetrante, él prefería uno más fresco.
—Es experto en la técnica del... toque, de las pinceladas —murmuró ella mientras se inclinaba un poco para que los pechos le rozaran la manga.
—Soy experto en muchas cosas, lady Meacham —replicó él en un tono insinuante.
—Puedes llamarme Sarah —ella le dio unos golpecitos con el abanico en el brazo—. ¿También pintas?
—De vez en cuando.
Hubo un momento en el que pintaba con mucho interés, pero la pintura había dejado de ocupar un lugar predominante en su vida por mucho que lo lamentara y que le sorprendiera. No podía recordar qué había pasado, solo sabía que ya no pintaba.
—Desnudos, Sarah. Pinto desnudos. A que es excitante...
Ella dejó escapar una carcajada por su descarada insinuación, que, además, le había confirmado que estaba deseando marcharse de la calurosa sala de Somerset House para estar en una casa mucho más cómoda en Picadilly... ante sus pinceles. Apoyó la mano en el brazo de él y la mantuvo un rato para transmitirle intimidad.
—No tienes ni la más mínima decencia, ¿verdad?
—Ni rastro, me temo —confirmó él tomándole una mano.
Los ojos de lady Meacham se iluminaron ante las posibilidades que daban a entender su frase y esbozó una sonrisa muy elocuente con sus carnosos labios.
—Es una virtud que me parece muy apreciable en un hombre.
Estaba anhelante y no era una conquista. Le decepcionó en cierto sentido haberla conseguido tan fácilmente. Aun así, debería sentir más emoción o deseo por el logro. Sarah Meacham era una pieza cotizada. Su marido estaba fuera de la ciudad con su mantenida y, según los rumores, ella estaba deseando tener su primer amante desde que el otoño pasado nació su segundo hijo. Se habían cruzado apuestas sobre quién sería ese amante.
Él había acudido a la ciudad para ganar esa apuesta. No podía permitir que se dijera que estaba perdiendo su destreza, que su hermano Elliot había conseguido, por fin, que fuese juicioso. El destino había dictado que Elliot, el heredero, tuviese que ser muy bueno y que él, el segundo, fuese muy malo, como un contraste natural a la bondad de su querido hermano. Por eso había interrumpido la visita a su hermano en Sussex y había vuelto antes a la ciudad, para seducir a otra esposa y demostrar a todo el mundo que era tan depravado como decían los rumores.
Todo era muy sórdido si uno se fijaba demasiado en los detalles o no había bebido lo suficiente. Durante el año anterior, había comprobado que cada vez necesitaba más de lo último para no hacer lo primero. Siempre llevaba su petaca de plata en el bolsillo de la levita y, en ese momento, se encontraba demasiado sobrio. Fue a sacar la petaca cuando un lacayo se acercó con una bandeja de plata y una nota lacrada.
—Perdón por la interrupción, milord, pero esto acaba de llegar y es muy urgente.
Miró la nota con curiosidad. No tenía inversiones o asuntos políticos que exigieran su atención. En resumen, no era el tipo de hombre al que un lacayo solía buscar con urgencia. Rompió el lacre, leyó las cuatro líneas escritas inconfundiblemente por Browning, el abogado de la familia, y volvió a leerlas con la esperanza de que le pareciesen menos increíbles, menos aterradoras.
—Espero que no sean malas noticias —intervino lady Meacham con una mirada que indicaba que estaba tan pálido como se sentía.
No eran malas noticias, era la peor noticia posible. Una noticia que sabría todo Londres al día siguiente aunque no la transmitiera él. No estaba dispuesto a fingir ante su última aventura en medio de la exposición. Reunió el juicio que le quedaba y dirigió una sonrisa desvergonzada a lady Meacham para disimular las sensaciones que lo alteraban.
—Lamento que tenga que cambiar de planes, querida —Riordan inclinó la cabeza con sorna—. Si me disculpas... Al parecer, soy padre.
Habría sacado la petaca, pero creyó que era inútil, que no había bastante brandy en el mundo para aliviar eso. Iba a necesitar ayuda y aceptaría cualquiera que pudiera recibir.
—Aceptaré cualquier cosa que tenga.
Maura Harding estaba sentada muy recta y con las manos enguantadas sobre el regazo. Intentó parecer cordial, no desesperada. No estaba desesperada. Hizo un esfuerzo para creérselo. Si no lo creía ella, no lo creería nadie. La desesperación la convertiría en una víctima muy fácil. La gente captaba la desesperación como los perros olían el miedo.
Según el pequeño reloj que llevaba prendido del pecho, eran las diez y media de la mañana. Había ido directamente a la agencia de colocación para jóvenes de buena familia de la señora Pendergast y necesitaba un empleo antes de que anocheciera. Hasta ese momento, todo había salido según lo previsto, pero la señora Pendergast la miró por encima de las gafas y vaciló.
—No veo ninguna referencia —comentó la señora Pendergast en tono de disgusto.
Maura tomó una bocanada de aire y se repitió la letanía que había estado diciéndose durante todo el viaje desde Exeter: «En Londres encontraré ayuda». No iba a darse por vencida solo porque no tuviera referencias. Ya sabía que sería un inconveniente.
—Es la primera vez que busco un empleo, señora.
Era la primera vez que empleaba un nombre falso, la primera vez que salía de Devonshire, la primera vez que estaba sola... La señora Pendergast arqueó las cejas con recelo, dejó la nota que Maura había escrito con esmero y la miró inexpresivamente.
—No tengo tiempo para jugar, señorita Caulfield.
El nombre falso le sonó... falso a Maura, quien se había pasado toda la vida siendo la señorita Harding. ¿Lo habría notado la señora Pendergast? ¿También le sonaría falso a ella? ¿Sospechaba algo? Era un desastre. No podía marcharse de allí sin un empleo. No conocía más agencias y conocía esa porque su institutriz habló de ella una vez.
—Tengo algo mejor que referencias, señora. Tengo conocimientos —replicó Maura señalando el papel—. Sé coser, cantar, bailar y hablar en francés. Incluso, pinto acuarelas.
Sus conocimientos, sin embargo, no impresionaron a la señora Pendergast. Cuando razonar no bastaba, había que rogar.
—Por favor, señora, no tengo a dónde ir. Tiene que tener algo. Puedo acompañar a una dama anciana o ser institutriz de una niña. Puedo ser cualquier cosa y tiene que haber alguna familia en Londres que me necesite.
No debería ser tan complicado... Londres era una ciudad muy grande, con muchas más oportunidades que el remoto campo que rodeaba a Exeter, donde todo el mundo se conocía, algo que ella quería evitar por todos los medios. No quería que la conocieran, aunque ya estaba dándose cuenta de que eso tenía consecuencias. En ese momento era una desconocida en un sitio desconocido y el plan que había trazado con mucho cuidado estaba en peligro.
—Es posible que tenga algo —reconoció la señora Pendergast mientras abría un cajón—. No es exactamente una situación... familiar. Ninguno de los niños lo considera así. Ya he mandado a cinco institutrices durante las últimas tres semanas y todas se han marchado —la señora Pendergast le entregó un informe—. El caballero en un hombre soltero que ha heredado dos pupilos, la tutela de los dos hijos de su hermano. Es un asunto endiablado. El nuevo conde es un libertino incorregible que se pasa las noches golfeando mientras los niños hacen lo que quieren. Además, está el asunto del hermano del conde —la mujer chasqueó la lengua y volvió a mirar a Maura por encima de las gafas—. Su muerte fue muy repentina y extraña. Como he dicho, todo el asunto es endiablado, pero si lo quiere, el empleo es suyo.
Claro que lo quería, no podía elegir en esas circunstancias. Estaba empezando a comprobar lo precipitada que había sido su huida, aunque también había sido necesaria.
—No pasará nada —replicó Maura—. Gracias, no se arrepentirá.
—Yo no me arrepentiré, pero es posible que usted sí se arrepienta. ¿Ha oído alguna sola de las palabras que he dicho, señorita Caulfield?
—Sí, señora.
Efectivamente, a pesar de la emoción, había oído casi todas las palabras. Había oído «nuevo conde», que tutelaba a dos niños y que la muerte del anterior conde tenía algunas sombras. La situación no parecía tan mala como la pintaba la señora Pendergast. Tenía un empleo y eso era lo único que importaba. La vida ya podía seguir según lo previsto.
—Muy bien. Entonces, le deseo suerte, pero no quiero volver a verla por aquí pase lo que pase. Es el único empleo que conseguirá sin referencias. Le recomiendo que encuentre la forma de salir airosa donde las otras cinco han fallado.
Maura se levantó disimulando la sorpresa. Evidentemente, se había perdido algo mientras lo celebraba por dentro.
—¿Otras cinco?
—Las otras cinco institutrices. Lo he comentado, señorita Caulfield. ¿Tampoco ha oído que es un libertino incorregible?
Maura levantó la barbilla para no mostrar su sorpresa. No había escuchado tan bien como había creído.
—Ha sido muy clara, señora. Gracias otra vez.
Que fuese un libertino era mala suerte. Quizá hubiese ido a peor al cambiar un libertino por otro, pero dudaba mucho que alguien pudiese ser tan libertino como Wildeham, el hombre que su tío le había elegido como esposo. Además, también dudaba mucho que fuese a ver al conde de Chatham. Los libertinos no solían pasar mucho tiempo en casa cuando podían ir a tantos sitios en Londres. Era muy difícil ser libertino quedándose en casa.
Una hora más tarde, un coche de alquiler la dejó en Portland Square, la casa que tenía el conde de Chatham en la ciudad, y se alejó con sus últimas monedas. Según sus cálculos, había sido un dinero bien gastado. Si no, habría tenido que andar durante horas y no habría encontrado la casa. Londres era imponente, por decirlo suavemente. Nunca había visto tanta gente amontonada y el tráfico, el olor y el ruido intimidarían a la más vigorosa de las personas del campo. Hizo visera con una mano y miró la casa. No se quedaba a la zaga. Tenía cuatro pisos y también era imponente, pero no podía echarse atrás. Recogió sus cosas del suelo y subió los escalones para afrontar su porvenir. Estaba prevenida y se centraría en los aspectos positivos. Uno era que su plan estaba saliendo según lo previsto y otro, la dirección. Cuando se marchó de Exeter, supuso que acabaría en la casa de una familia acomodada que querría que su hija ascendiera por lo escalones inferiores de la sociedad. Nunca había pensado encontrar un empleo en la casa de un conde. Aunque, naturalmente, nunca había pensado encontrar un empleo, como tampoco había pensado nunca en marcharse de Exeter. Durante el último mes se había encontrado con muchos «nuncas» imprevistos.
Era la hija de un caballero y la nieta de un conde a la que habían educado para esperar algo más, pero esas suposiciones habían caído por tierra. Aunque podría haberlas mantenido en su sitio. Su tío le había dejado muy claro que podría vivir con ciertos lujos y casarse con alguien con un título, pero a cambio de un precio que no estaba dispuesta a pagar.
Incluso en ese momento, con Exeter a una semana y muchos kilómetros de distancia, ese precio hacía que le dieran escalofríos a pesar del calor. Su falta de colaboración había hecho imposible que se quedara y por eso estaba allí. Era una desconocida que estaba sola y preparada para empezar su vida desde cero, lo cual era una forma de decir que había cortado los lazos con la familia de su tío. Se había tratado de que cortara los lazos con ellos o consigo misma y no había sido capaz de hacer ese sacrificio irreversible. No había marcha atrás aunque estaba segura de que su tío lo intentaría. No permitiría que la encontrara. Desaparecería en la casa de conde y su tío acabaría dándose por vencido, encontraría otra manera de satisfacer sus obligaciones con el odioso barón Wildeham.
Levantó la aldaba con forma de cabeza de león y la dejó caer. Oyó unas carreras, unas risas y un estruendo. Hizo una mueca al oír que algo se hacía añicos y también oyó un alarido.
—¡Yo iré! ¡Me toca a mí abrir la puerta!
La puerta se abrió y vio a un hombre con el pelo oscuro despeinado, descalzo y con los faldones de la camisa fuera de los pantalones. Nunca había visto un mayordomo así. Sin embargo, no tuvo tiempo para fijarse mucho porque dos niños aparecieron por el pasillo como una centella. Intentaron parar, resbalaron y... se desató una reacción en cadena. Acabaron formando un montón en el suelo con ella debajo entre un revoltijo de piernas y brazos y mirando a los ojos más azules que había visto en su vida. Aunque los dos niños no paraban de revolverse, pudo notar que esos ojos azules correspondían a un cuerpo viril y musculoso, que estaba encima de ella de la forma más inadecuada.
—He venido por el puesto...
Se dio cuenta inmediatamente de que «puesto» no era la palabra más indicada, aunque, dada la situación, se alegró de haber podido pensar algo coherente cuando tenía toda esa virilidad musculosa tan estrechamente pegada a ella.
—Ya lo veo.
Los ojos azules dejaron escapar un brillo malicioso que le indicó que sabía muy bien que las circunstancias eran muy poco ortodoxas y que no le importaba gran cosa. Fuera quien fuese, debería estar abochornado. Ningún tutor o lacayo digno de tal nombre se permitiría un comportamiento así si apreciaba su empleo. Sin embargo, era evidente que a ese hombre tan atractivo y desaliñado no le importaba lo más mínimo. Se rio, seguramente de ella, y se levantó para ayudar a los niños. Al parecer, a todos les había parecido que el accidente había sido muy divertido y los niños hablaban a la vez.
—¿Has visto cómo he dado la vuelta a la esquina?
—¡Yo me agarré al poste de la barandilla y me tirachiné al recibidor!
¿Tirachiné? ¿Podía saberse qué palabra era esa?
—Fue impresionante, William. ¡Parecías la bala de un cañón! —intervino el hombre de ojos azules con un entusiasmo desproporcionado.
—¡Hemos roto el florero de la tía Cressida! —exclamó la niña entre risas nerviosas.
—No te preocupes —el hombre le revolvió el pelo—, era muy feo.
¡Era increíble! ¿Se habían olvidado de ella? Maura estaba trajinando con la falda y el equipaje para intentar levantarse cuando una mano se acercó a ella.
—¿Está bien?
El tono fue natural y simpático, un indicio más de que ese hombre no se tomaba nada en serio.
—Me recuperaré.
Maura se estiró la chaqueta y se alisó el vestido para intentar devolver cierta formalidad al encuentro.
—Soy la nueva institutriz. La señora Pendergast me ha dado el empleo esta mañana. Me gustaría hablar con lord Chatham, por favor.
Sus ojos brillaron con más malicia, si eso era posible.
—Está hablando con él —replicó él inclinando levemente la cabeza—. El conde de Chatham a su servicio.
—¿Es usted el conde? —preguntó Maura intentando no quedarse boquiabierta.
Se suponía que los condes libertinos no eran hombres atractivos y musculosos que coqueteaban con la mirada.
—Eso ya está claro. ¿Cómo deberíamos llamarla a usted?
Él entrecerró los ojos con aire burlón y esbozó una sonrisa que, probablemente, conseguiría que a todas las mujeres les flaquearan las rodillas. Ella prefirió pensar que le flaqueaban las rodillas porque la habían tumbado en la puerta de la casa. Él se volvió hacia los niños, que lo miraban como si fuese un héroe.
—No podemos llamarla «nueva institutriz». Eso no es un nombre ni es nada.
Todos se rieron hasta que la niña empezó a dar palmadas.
—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! La llamaremos «Seis» —la niña hizo una reverencia muy elegante—. Hola, Seis, yo soy Cecilia y tengo siete años. Él es mi hermano William. Tiene ocho años —la niña volvió a reírse—. Seis, siete, ocho, somos números seguidos. Es divertido. Tío Ree, ¿has entendido el chiste? Seis, siete, ocho...
—Lo he entendido, cariño. Es muy bueno.
El conde sonrió con indulgencia a la niña y le tomó la mano, un gesto tierno que impresionó a Maura.
—Creo que deberíamos entrar —propuso Maura al darse cuenta de que estaban llamando la atención de la gente que pasaba por la calle.
—Es verdad, discúlpeme —el conde los acompañó al recibidor con los restos del florero de la tía Cressida—. Ahora podemos presentarnos adecuadamente y... —frunció el ceño como si buscara las palabras adecuadas—...y tomar un té. Tendrá que disculparme, es como si mis modales estuvieran por el suelo, como el florero.
Él se pasó una mano por el pelo y le resultó atractivo. No estaba preparada para eso, no había previsto que le gustara, se dijo Maura mientras se preparaban para tomar el té en la sala, con los niños incluidos. Se había esperado un hombre con sienes canosas, ojos lascivos y manos largas, como el barón Wildeham, el amigo de su tío. Llevaron el té y ella miró discretamente hacia la puerta.
—¿Van a acompañarnos los pupilos? —preguntó Maura al ver cuatro tazas.
Él conde la miró con extrañeza y señaló hacia los niños.
—Ya están aquí... —entonces, él se rio con naturalidad—. La señora Pendergast no se lo dijo, ¿verdad? Es una vieja tramposa, no me extraña que me consiguiera alguien tan deprisa.
Maura se sentó muy recta y a la defensiva.
—Dijo que los pupilos eran muy jóvenes.
—Es verdad. Necesito una institutriz para Cecilia y William —le explicó el conde mientras le indicaba que sirviera el té.
Ella se alegró de tener algo que hacer mientras reordenaba las ideas. No eran dos jóvenes a las que introduciría en la sociedad, como había esperado. Eran dos niños ligeramente precoces que se deslizaban por los pasillos en calcetines. Podría apañarse. Al fin y al cabo, había ayudado a su tía con los dos primos pequeños. Solo tenía que reajustar los planteamientos.
—¿Cómo le gusta el té, milord?
—Me gusta solo y puede llamarme Riordan o señor Barrettt si lo prefiere.
Ella captó cierta tristeza en su voz. ¿Qué había dicho la señora Pendergast sobre la muerte de su hermano? El nuevo conde parecía un heredero a disgusto. Ojalá hubiese escuchado con más atención.
—Como sabe muy bien, ninguno de los dos nombres es adecuado —replicó ella entregándole el té con una sonrisa para quitarle hierro a la discrepancia—. Le llamaré lord Chatham.
Ella volvió a sonreír y buscó otro tema de conversación. ¿Qué hizo su institutriz el primer día? Dio un sorbo de té y se devanó los sesos para pensar en el próximo paso.
—¿Lord Chatham? —preguntó él arqueando una ceja.
Ese gesto hizo que se fijara en sus ojos, que eran dos llamas azules, intensas y burlonas.
—Creo que sería lo mejor bajo estas circunstancias.
Sabía que era lo mejor. Era un hombre peligroso por su apostura y su tendencia a prescindir de la etiqueta. Lo había comprobado en solo media hora. Ni siquiera se había puesto la levita o se había metido los faldones de la camisa. Para su sorpresa, él se rio, se inclinó hacia delante y sonrió con malicia por encima de la taza de té.
—En el porche no estaba bajo ninguna circunstancia, estaba debajo de mí.
—¡Lord Chatham! Hay niños en la habitación.
Sin embargo, a los niños parecía no importarles. Estaban riéndose. Se había dado cuenta de que se reían mucho, estimulados, sin duda, por el atrevimiento incontenible de su tutor. Estaba muy bien reírse, pero tendrían que aprender a dominarse un poco.
—Ya lo sé... —él se frotó la barbilla pensativamente, aunque ella tuvo la sensación de que estaba provocándola—. Si vamos a mantener las formas, tendré que llamarle algo que no sea Seis.
Él sonrió otra vez. Coqueteaba descaradamente con esos ojos muy azules sin decir nada que pudiera considerarse reprochable.
—Quiero llamarla Seis —intervino Cecilia en tono abatido—. Si no, se estropeará la broma.
Lord Chatham volvió a arquearle una ceja con una leve sonrisa mientras esperaba su reacción. Era un demonio muy apuesto. El labio inferior de Cecilia empezó a temblar y ella sintió pánico. No quería ser la institutriz que hacía llorar a uno de los niños a la media hora de conocerlos.
—Sexo está bien —dijo ella precipitadamente antes de taparse la boca con una mano ante su error.
—¿De verdad? —preguntó lord Chatham con una sonrisa de oreja a oreja—. Me alegro de saberlo.
Ella se puso roja como un tomate. ¿Qué le había pasado a su lengua? No había hecho nada bien desde que llegó.
—Seis —se corrigió tajantemente antes de dirigirse a Cecilia—. Puedes llamarme Seis si quieres, Cecilia. Será nuestro nombre especial.
Cecilia la miró con una sonrisa y ella paladeó el dulce sabor de la victoria, hasta que lord Chatham intervino otra vez.
—¿Y yo? A lo mejor también debería llamarla con un nombre espacial. ¿La llamaré...?
Dejó la pregunta flotando en el aire para provocarla, para que lo interrumpiera si no quería que él diera la respuesta, aunque la daría en cualquier caso. Lo había aprendido en media hora.
—Señorita Caulfield —contestó ella precipitadamente—. Llámeme señorita Caulfield.
La situación estaba desmandándose. Debería imponer su autoridad antes de perder todo el control. No quería que Chatham creyera que podía manipularla con una sonrisa.
—Cecilia, ¿por qué no subes a jugar con William mientras me instalo? Luego, podemos pasar la tarde conociéndonos mientras damos un paseo por el parque.
Maura se dio cuenta del error inmediatamente. Eso significaría que tendría que quedarse con el atrevido lord Chatham.
—Le pido que me disculpe por el desliz de mi lengua.
—No tiene que disculparse, señorita Caulfield —lord Chatham se dejó caer contra el respaldo y la miró burlonamente—. Según mi experiencia, los deslices de las lenguas pueden ser muy interesantes.
Ese comentario fue la gota que colmaba el vaso. Ella intentó arquear una ceja.
—No tiene modales, lord Chatham. Durante la última hora, ha estado tumbado encima de mí, ha coqueteado conmigo y me ha sacado de mis normalmente sólidas casillas. Empiezo a entender por qué se marcharon las otras cinco institutrices.
—No lo crea. Ni siquiera ha pasado de la superficie.
El buen humor que había brillado en sus ojos se había esfumado por el comentario de ella. Se levantó fría y distantemente.
—El ama de llaves le enseñará sus aposentos —añadió él.
Se oyó un estruendo, un alarido y el llanto desconsolado de un niño. Luego, se oyeron las voces de las doncellas que recogían los restos del último desastre. Maura miró al techo.
—Me parece, lord Chatham, que no necesita una institutriz, que necesita un milagro.
—Y la señora Pendergast la ha mandado a usted —él se rio—. Bienvenida a la residencia Chatham, señorita Caulfield.
Estaba retrasándose. Riordan miró el reloj que había en la repisa de la chimenea. Las agujas solo habían avanzado un minuto desde la última vez que lo miró. Le gustaría que la señorita Caulfield se diera prisa. Tenía hambre y se arrepentía de haber sido tan brusco con ella esa misma tarde. No podía saber dónde se había metido. Aun así, estaba retrasándose. Cuando le mandó la invitación, había dejado muy claro que quería cenar a las siete en punto y eran las siete y cinco.
La verdad era que no acostumbraba a cenar con institutrices, no había cenado con las otras cinco, pero tampoco habían sido guapas y jóvenes... ni habían dominado sus pensamientos durante toda la tarde. Habían sido unas viejas secas y estiradas que pensaban demasiado en lo que era correcto y demasiado poco en vivir. No le extrañaba que no hubieran aguantado. Si había algo que sabía hacer bien, era divertirse, y estaba decidido a que los niños se divirtieran después de todo lo que habían pasado. En ese sentido, estaba haciendo muy bien su nuevo papel de figura paternal. Había sido el primero en reconocer que le gustaban los niños, pero que, sencillamente, no sabía cómo criarlos. Elliot, su hermano, había sido el maduro de los dos. Elliot fue quien se ocupó de Cecilia y William hacía cuatro años, cuando el padre de los niños murió por unas fiebres repentinas. En ese momento, Elliot también había fallecido. Nadie se había imaginado jamás que los niños acabarían con él y con la ayuda que pudiera improvisar.
El susurro de unas faldas en la puerta le indicó que había llegado su último intento de conseguir esa ayuda.
—Siento llegar tarde. Había esperado cenar con los niños y la cita me sorprendió.
Ella lo dijo con cierta frialdad para indicar que lo había perdonado por su brusquedad.
—La invitación —le corrigió él con una sonrisa para intentar apaciguar su gélido saludo.
Lo había esperado, sobre todo, después de la frialdad de él cuando se despidió esa tarde. También había esperado enmendarlo con la cena. No podía permitirse que se marchara otra institutriz. Sabía qué quería al invitarla a cenar, pero, a juzgar por cómo se había vestido, ella no sabía cómo interpretarlo. ¿Era trabajo? ¿Era una cena de bienvenida para conocerse? Ella, evidentemente, había decidido que era lo primero y se había puesto un vestido de algodón verde oscuro con encaje blanco y un corte recatado. Estaba muy bien hecho y era muy adecuado para tomar el té en casa de un terrateniente o ir de compras por el pueblo, pero distaba mucho de ser medianamente elegante para cenar en Londres con el mayor libertino de la ciudad. La sencillez del vestido y la humildad de la tela contrastaban tremendamente con su vestimenta de etiqueta.
—¿Va a salir esta noche?
Ella lo miró fugazmente, como si quisiera calibrar la gravedad de su error. Era fácil saber lo que pensaba, no porque fuese transparente, sino porque no temía ser franca. Le había gustado su descaro de esa tarde aunque hubiese acabado con un regusto amargo.
—Sí, pero no tengo que llegar a ninguna hora, puedo llegar cuando quiera.
Salir había perdido gran parte de su atractivo desde hacía un mes, desde que murió su hermano. El luto habitual por un hermano era de tres meses si el hermano había muerto de una forma convencional, no como Elliot. Por eso, Londres estaba encantado de que él siguiera su rutina social después de las dos semanas que necesitó para recoger a los niños en Chatham Court. Aunque sospechaba que tanta benevolencia se debía más bien al anhelo de cotilleos de la sociedad. Si se quedara tres meses en el campo, las arpías de lengua afilada podrían divulgar menos rumores sobre la muerte de su hermano y la Temporada sería mucho más insulsa.
El mayordomo anunció la cena y él le ofreció el brazo a la señorita Caulfield con el placer íntimo de que esa muestra de modales la desconcertara tanto como su anterior falta de los mismos.
—Cuánto protocolo... —comentó ella sentándose en la silla que él había separado—. Siento no haberme vestido adecuadamente para la ocasión. No estaba segura...
Ella se calló y él se la imaginó en su habitación debatiéndose entre el vestido de algodón o el único de seda que tenía.
—Ha hecho bien en reservar al vestido de seda para una ocasión mejor —comentó él con desenfado mientras se sentaba.
—¿Cómo lo ha sabido?
Ella le dirigió una mirada penetrante y él supo lo que estaba pensando. Habría apostado cualquier cosa a que se imaginaba que había agujeros secretos en las paredes de su cuarto. Era una idea muy mundana para una institutriz, o para cualquier joven, y eso le dio qué pensar. Se rio para aliviar sus temores.
—No tema, señorita Caulfield. Es muy sencillo. Para entender a las mujeres, un hombre tiene que entender su ropa.
Él lo aprendió hacía mucho tiempo y le había sido muy útil desde entonces. Ella se puso la servilleta de lino sobre el regazo y lo miró con desconfianza. Los lacayos empezaron a servir la sopa mientras admiraba el efecto de la velas en los rasgos de la señorita Caulfield. Esa mañana había llevado casi todo el pelo tapado por un sombrero, pero esa noche lo llevaba recogido con un bonito recogido que permitía intuir lo largo y tupido que era, además de permitirle ver la delicada curva de su cuello. Eso le bastó para imaginarse lo que sentiría al soltárselo y pasárselo entre los dedos.
—La luz le da un tono muy bonito, entre rojizo y dorado, a su pelo —comentó él mientras se marchaban los lacayos.
—¿Y qué le dice eso de mí? —le preguntó ella mirándolo penetrantemente con sus ojos verdes.
—No se cree lo que he dicho sobre la ropa, ¿verdad?
Él dejó la cuchara. Estaba empezando a divertirse. Siempre le había resultado muy fácil observar y sacar conclusiones y a la mayoría de las mujeres les gustaba ese juego de las adivinaciones.
—Se lo demostraré. Suele llevar tonos de verde. Tiene sentido al ser pelirroja y tener los ojos verdes. Le gustan los verdes sobre todo, ¿verdad?
—Sí.
Sus modales eran impecables aunque estuviera desconcertada. Además, tomó una cucharada de sopa sin derramar una sola gota. Esa institutriz estaba muy bien educada.
—Ahora está intrigada. Lo sé porque se ha inclinado ligeramente hacia delante —siguió él bajando la voz para darle un carácter íntimo a la conversación.
A ella le brillaron los ojos. Era una buena señal.
—De acuerdo, si es tan listo, dígame por qué una institutriz tiene un vestido de seda.
Sin embargo, tuvieron que esperar mientras servían el pescado.
—Tiene más de uno —contestó él cuando se marcharon los lacayos.
No estaba seguro de por qué lo sabía, pero le pareció lo acertado. Había nacido para llevar telas buenas y adornos delicados. Le tomó una mano y trazó un círculo en la palma.
—Dígame que es verdad. No es la institutriz típica.
Una mujer que llevaba vestidos de seda y se imaginaba agujeros secretos en las paredes de su cuarto era un misterio apasionante. Ella se puso tensa y retiró la mano.
—Usted no es el conde típico.
Ella se centró en el pescado. Había tocado un punto sensible. Era misteriosa, pero no sorprendente. Su ropa estaba demasiado bien cortada. Lo había visto al instante. Una joven guapa y bien vestida que era descarada con un hombre al que debería considerar superior indicaba que era algo más que esa señorita Caulfield que ella quería dejar ver.
—Me alegro, señorita Caulfield. Nunca me ha interesado lo típico.
Lo dejaría así. No tenía sentido ahuyentarla. Si creía que había adivinado algo más, podría verse obligada a marcharse y eso era lo que menos quería del mundo. Necesitaba que se quedara una institutriz y estaba dispuesto a pasar por alto cualquier secreto que pudiera tener.
La señorita Caulfield se terminó el pescado impecablemente. Siempre se fijaba en las mujeres cuando comían el pescado. Era la ocasión perfecta para comprobar si eran lo que decían ser. La señorita Caulfield lo era con creces. Al contrario que muchas farsantes, había conservado el trozo de pan en la mano izquierda y el tenedor en la derecha y no había tocado ni una vez el cuchillo, algo vedado. Cualquiera con un refinamiento auténtico sabía que el jugo del pescado estropeaba los cuchillos si no eran de plata y eso confirmaba lo que había captado antes, que tenía unos modales excelentes en la mesa, como si todos los días comiera a la luz de las velas con porcelana, cristal y el conde de rigor.
Cuando sirvieron la carne, sus pensamientos habían tomado un rumbo más erótico. No podía contemplar sus modales sin contemplar también su apetecible boca y la columna de su cuello. Eso hizo que sus ojos bajaran hasta su escote y que se le avivaran toda una serie de pensamientos ilícitos, casi todos consistentes en la forma de quitarle ese vestido y de tumbarla en la mesa.
—¿Es todo de su agrado? —preguntó él en un tono más seductor que considerado—. ¿Quiere más vino?
Estaba coqueteando intencionadamente y acariciaba provocativamente el tallo de la copa de vino vacía mientras se preguntaba si le llamaría la atención por ello. Lo hizo. Fue valiente y atrevida. Casi ningún empleado se habría atrevido a hacerlo. No le interesaba la gente sin agallas.
—Dígame una cosa, lord Chatham, ¿coquetea con todas las mujeres que conoce o solo con las institutrices?
Él tomó la frasca de vino y le rellenó la copa. Fue una excusa para acercarse a ella.
—Le aseguro que no estoy coqueteando. Si estuviera coqueteando con usted, señorita Caulfield, lo sabría.
Sin embargo, claro que estaba coqueteando con ella, aunque no a su estilo, y los dos lo sabían. Se rio y le rellenó la copa.
—Un brindis, señorita Caulfield. Por... por nuestra relación.
Maura chocó delicadamente la copa con la de él. Era imposible no dejarse llevar por la simpatía de lord Chatham. Se dio cuenta de que él no podía evitarlo, pero ella, sí. Podía tener sensatez suficiente por los dos. Quizá no estuviese cortejándola a su estilo, pero la sociedad no pensaría lo mismo. No le extrañaba que la señora Pendergast hubiese dicho que era un libertino incorregible. Seguramente, las mujeres se desmayarían a su paso y, seguramente, a él no le faltaría compañía femenina. Era apuesto, atractivo y encantador, podría conseguir la mujer que quisiera sin esforzarse demasiado.
Sin embargo, no la conseguiría a ella si eso era lo que se había propuesto con ese coqueteo liviano. Lo dejaría muy claro con los quesos y la fruta, cuando la cena tocara su fin. Sería el toque perfecto para terminar la velada. Probó el punzante queso cheddar y se puso manos a la obra.
—Creía que el propósito de la cena era hablar de los niños. Hemos llegado al final y no hemos hablado de los niños.
No pudo haber sido más directa...
—¿Qué quiere saber de los niños?
Él se rellenó la copa de vino otra vez y ella se preguntó si era la tercera o la cuarta. El vino desaparecía de su copa como si fuese agua.
—Podríamos empezar con su horario y seguir con su educación.
Era la conversación más increíble que había tenido. No debería ser ella quien hiciera las preguntas, había esperado que le dijeran lo que tenía que hacer.
—¿Su horario? —lord Chatham clavó un trozo de queso como si la pregunta lo hubiera enojado y adoptó un tono gélido, como el de esa tarde—. No tienen horario, señorita Caulfield. Sus vidas han dado un vuelco, han perdido a su tutor y han conocido a cinco institutrices en las mismas semanas. No han tenido estabilidad en sus vidas desde que mi hermano murió.
Ella se negó a sentirse intimidada.
—Lo han tenido a usted. Habrá impuesto algún orden en sus vidas ya que no había institutriz.
Los padres de ella habían participado activamente en su vida.
—Alguno, pero no me atrevería a llamarlo horario —lord Chatham se dejó caer contra el respaldo dando vueltas a la copa, vacía otra vez—. Observo que la decepciono. Es posible que su criterio sea demasiado elevado —él no estaba coqueteando y su tono era de censura consigo mismo—. No se olvide de que soy un soltero con costumbres de soltero. Si supiese criar a unos niños, usted no estaría ahí —dejó la copa en la mesa y se levantó—. Si me disculpa... Es más tarde de lo que pensaba y esperan mi presencia en otro sitio, aunque le parezca muy tarde. No se prive del queso y la fruta por mi ausencia.
Inclinó levemente la cabeza y se marchó. Seguramente, fue la despedida más rotunda que había presenciado y, sin duda, la más grosera.
¡Costumbres de soltero! Efectivamente, todo lo que hacía y decía le recordaba a sus costumbres de soltero, hasta su despedida en la mesa. Al parecer, lo esperaban en el baile de los Rutherford y en la fiesta del duque de Rutland antes de reunirse con unos amigos en un garito de St. James. No volvería hasta primera hora de la mañana. Estuvo a punto de reprenderlo por su comportamiento tan poco paternal, pero ya lo había enojado una vez y, además, sabía que no era el único hombre que pasaba las noche en la ciudad mientras dejaba a sus hijos en manos de otra persona. Aun así, no aprobaba esa paternidad laxa de la aristocracia. A ella la habían criado de otra manera y estaría eternamente agradecida. También estaría agradecida por la cama.
Empezó a quitarse las horquillas y a dejarlas cuidadosamente en un joyero. Había sido un día agitado y estaba más que cansada. Sonrió mientras seguía con su rutina para acostarse. Se puso un camisón blanco y echó una ojeada al cuarto. Era más pequeño que el que tenía antes, pero era un cuarto agradable en el tercer piso. Tenía una ventana con cortinas nuevas que daba al jardín. El papel de las paredes era de flores rosas y la colcha de la cama, rosa y blanca. En un rincón había un armario para la ropa y una cómoda con cajones en otro. Sería suficiente y, después de un día en un coche de correos, le parecía el paraíso. Quizá no fuese la vida que le correspondía por nacimiento, pero no le había ido mal ese día. Había conseguido un empleo, había recorrido las calles de Londres y había conocido al misterioso conde de Chatham. No estaba mal para una chica de buena familia de Devonshire, pero tendría que andarse con cuidado. El conde coqueteaba y criaba a los niños con la misma despreocupación con la que había vivido, pero eso no significaba que no pudiera ver más allá de lo que parecía. Ya había comentado que no era la institutriz típica.
Ella no había querido delatarse, pero tenía hábitos que no podía dominar. Esperaba que no hubiese adivinado nada más y que no le interesara seguir adivinando cosas, que se conformara con que hiciera bien su trabajo con los niños. No quería por nada del mundo que alguien sintiera curiosidad por sus orígenes. Se metió en la cama y se deleitó con las sábanas frescas y la almohada mullida. Lord Chatham y ella tenían algo en común, los dos tenían secretos. No le importaba que él los tuviera siempre que le permitiera tenerlos a ella.
Cuando se bajó del coche de correos esa mañana, se acordó de que debería haber sido el día de su boda. Si se hubiese quedado en Devonshire, en esos momentos estaría casada con Wildeham y sometida a sus obscenidades para toda la vida, un destino mucho peor que estar en manos del conde de Chatham. Apagó la vela de la mesilla.
—Un brindis, lord Chatham. Por nuestra relación —susurró Maura.
Acton Humphries, conocido en Devonshire como el barón Wildeham, observó la escena desde su posición favorita, recostado en el diván de Lucas Harding con una copa de brandy en la mano. Ya habían cenado y Harding, en el extremo opuesto de la habitación, tenía un pisapapeles de cristal entre las manos. Podría partir la cabeza del mensajero con el pesado objeto y estaba lo bastante furioso como para hacerlo. Estaba congestionado y no sería la primera vez que se dejaba llevar por un arrebato de furia.
—¿Quiere decir que mi sobrina ha sorteado su vigilancia y se ha escapado? —preguntó Harding cuando el mensajero terminó su relato.
Acton se incorporó para unirse a la conversación.
—Entenderá lo inusitado que parece. La señorita Caulfield es una joven de buena familia que jamás ha salido de Exeter y ustedes, caballeros, son unos profesionales —comentó lentamente aunque sin disimular su enojo.
Acton estaba tan furioso como Harding por lo que había pasado últimamente. Su larga relación con Lucas Harding se había cargado de cierta tensión durante la última semana, desde que fue evidente que la ingrata sobrina de Harding había desaparecido cuatro días antes de que fuese a convertirse en la baronesa Wildeham.
—Lo siento, pero no tenemos mejores noticias.
El mensajero se movió con nerviosismo al notar la furia que bullía debajo del mal disimulado tono contenido.
—¿Mejores noticias? ¡No tienen ninguna noticia! —bramó Harding.
Acton pensó que la explosión estaba justificada. La desaparición de Maura había puesto a su tío en una situación complicada y lo había dejado en ridículo. Tenía que casarse con él a cambio de que condonara una deuda de juego que su tío había adquirido algo imprudentemente. Harding nunca se había imaginado que su caballo, Captain, podría perder contra Júpiter, el de Acton, y él, Acton, estaba deseoso de que le pagara con una esposa en vez de con dinero, sobre todo, si esa esposa era la apetecible Maura Harding. Sin embargo, en ese momento, Harding no tenía ni esposa que ofrecer ni dinero y el plazo estaba a punto de vencer. Si no recuperaba pronto a Maura, se quedaría sin nada. Acton sabía muy bien que si se quedaba con su casa, Harding, su esposa, sus dos hijos mayores y los gemelos se quedarían en la calle. Maura era una contraprestación justa a cambio de la estabilidad de su tío. Él se había ocupado de ella desde que tenía dieciséis años y ¿le pagaba así? Acton nunca toleraría esa insumisión. Servir a la familia era una de las obligaciones de una mujer. Casarse con él se había convertido en la obligación de Maura a cambio de haber vivido cuatro años bajo el techo de su tío.
—Encuéntrela —añadió Harding serenándose un poco—. Amplíe el radio, vuelva a las casas de postas para ver si alguien se acuerda de algo.
Acton discrepó para sus adentros. Si ella hubiese ido a una casa de postas, las posibilidades de encontrarla disminuían. Cientos de viajeros pasaban por allí y la memoria de la gente se iba desvaneciendo con el paso del tiempo. Los guardias podían acabar siguiendo una pista falsa. Sin embargo, sabía que Harding había creído sinceramente que la encontrarían en un pueblo cercano o buscando un empleo en Exeter. Se había equivocado y el rastro estaba perdiéndose. Había llegado el momento de hacer las cosas a su manera.
—¿Y en Londres? —preguntó Wildeham—. Parece una posibilidad lógica si alguien quiere esconderse y todavía no lo hemos intentado allí.
Solo habían pasado unos días y, según sus cálculos, acabaría de llegar. Su rastro en Londres, si estaba allí, todavía estaría reciente.
—Es improbable, Wildeham —replicó Harding negando con la cabeza—. Maura, que yo sepa, no tiene dinero o tiene muy poco. Aunque hubiese podido pagarse el coche, no tendría dinero para vivir en la ciudad. Es la hija de un caballero, la han criado para casarse, no para trabajar.
Wildeham entendió el argumento de Harding. Si una chica como Maura creía que podría encontrar un empleo en Londres, se defraudaría enseguida. La ciudad devoraría a una chica como ella y eso le preocupaba mucho. No quería que Maura muriera, la quería viva y penitente, muy penitente. Se movió en el asiento para acomodar la erección incipiente. La penitencia hacía que se imaginara a Maura de rodillas delante de él. Si había alguien que iba a devorar a alguien, ese iba a ser él. Se había pasado horas imaginando las fantasías que haría realidad cuando fuese suya. Se arrepentiría de haber huido. No había nada como la emoción de azotar un trasero blanco, liso e intacto... Pero estaba distrayéndose. Tenía que centrarse en la situación.
Maura Harding había huido y cada vez estaba más seguro de que se había marchado a Londres. Su tío solo veía una chica guapa y bien educada, pero él había tenido la ocasión de ver mucho más. Harding y el alguacil podían hablar lo que quisieran sobre buscar en los pueblos más grandes de Devonshire, pero nunca habían visto el genio de Maura, nunca la habían visto intentar abofetear a un hombre que la había arrinconado en la despensa, nunca habían conocido a lo que podía llegar su lengua, y no al estilo francés, como a él le gustaba. Esa pequeña perra le había mordido cuando intentó besarla y casi le había arrancado la lengua. No le parecía mal. Le gustaba cierta violencia y siempre la devolvía. Nada excesivo, claro, pero lo suficiente para dejar claro cuál era el sitio de cada uno. Cuanto más se resistiera Maura, más la desearía e iba a conseguirla. Había llegado el momento de hacer las cosas a su manera.
—¿Seguís hablando de buscarla por los alrededores? —preguntó interrumpiendo a Harding y al alguacil.
Estaba impacientándose con sus elucubraciones, aunque esa especie de búsqueda del tesoro podía llegar a ser divertida de una forma algo sadomasoquista.
—Es lo más probable —contestó Harding con un suspiro—. No ha podido llegar muy lejos.
—Haz lo que quieras. Al fin y al cabo, se trata de tu dinero. Yo tengo mi encargado de asuntos complicados como este. Lo mandaré a Londres para ver qué encuentra. Podemos apostar cincuenta libras para quien la encuentre primero.
Harding sonrió con indulgencia, como si él no fuese quien iba a perder algo más que cincuenta libras si la chica no aparecía.
—De acuerdo, cincuenta libras.
—Entonces, me retiro —Acton se levantó—. Tengo que trazar algún plan. Saluda a tu esposa de mi parte, Harding.
Todavía era pronto y podía llamar a Paul Digby, un hombre fuerte como un toro. Ya lo había utilizado antes para algunos trabajos sucios. Además, tenía cerebro, algo poco frecuente en hombres de su tamaño. Podía encontrar a cualquiera si se lo proponía. Si Maura estaba en Londres, iban a encontrarla enseguida.
Maura recibió la mañana con actitud positiva y un plan. No había esperado tener que trabajar con niños cuando solicitó el empleo, pero se adaptaría. No era tan mayor como para haberse olvidado de lo que era tener siete u ocho años. Se había levantado temprano, había pedido que llevaran el desayuno al cuarto de juegos y había escrito el horario del día. Repasó mentalmente el horario mientras iba al cuarto de juegos. Desayunarían, darían algunas lecciones por la mañana, darían un paseo por la tarde, repasarían lo modales para tomar el té y jugarían un rato antes de cenar. Todo ordenado y eficiente... e inútil. Cuando vio el cuarto de juegos, todos sus planes se esfumaron. Había todo tipo de juguetes tirados por el suelo o amontonados de cualquier manera en un rincón. También había ropa arrugada encima de los muebles. Tomó una camisa y la sacudió. No se había esperado algo así.
El día anterior no tuvo tiempo de ver las habitaciones de los niños. Los niños la había recibido perfectamente arreglados, habían dado un paseo por el parque y a la vuelta estaba esperándola la invitación para esa cena tan inusitada con lord Chatham. Sin embargo, no se había preocupado y debería haberlo hecho. Nada la había preparado para eso y eso trastocaba sus planes.
—¡Seis! —Cecilia asomó la cabeza por la puerta que conectaba el cuarto de juegos con su dormitorio—. ¡Has venido temprano! —Cecilia fue corriendo hasta la puerta de William—. ¡Will, Will! ¡Seis está aquí!
—He pensado que podía venir para desayunar y que siguiéramos conociéndonos —le explicó Maura con una sonrisa.
El día anterior habían empezado con buen pie aunque William se mostró menos entusiasta que Cecilia. El niño estuvo muy callado y retraído durante el paseo.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —le preguntó Cecilia agarrándola de la mano y balanceándole el brazo.
—Vamos a desayunar y a jugar a una cosa —contestó Maura mientras destapaba a William—. Arriba, dormilón. Van a traer el desayuno dentro de un minuto.
—¿Aquí? —preguntó William—. El tío Ree nos deja desayunar abajo cuando queremos. El desayuno se sirve hasta las once.
Eso era interesante aunque podía suponer muchos problemas.
—¿Vuestro tío desayuna con vosotros?
—No —contestó William con tristeza—. Suele quedarse en la cama hasta mediodía.
—¿Desayunáis solos? —preguntó Maura mientras recogía algunas cosas para que no pareciera un interrogatorio.
Tenía que saber esas cosas porque no quería alterar un rito familiar si desayunaban juntos.
—Sí —contestó Cecilia con orgullo—. Nos ponemos lo platos y comemos lo que queremos de lo que queramos. Pero las sillas son altas y los pies no me llegan al suelo.
Que unos niños comieran lo que quisieran sin supervisión alguna no era un rito familiar, era un desastre garantizado. Llegaron las bandejas con el desayuno y Maura preparó la mesita que había en el centro del cuarto.
—Mmm, huele bien.
Cecilia fue corriendo detrás de ella y hasta William fue a la mesa mientras ella ponía los platos.
—¿Qué es eso? —preguntó William al ver unas tiras de pan tostado junto a un huevo pasado por agua en la huevera.
—Son huevos y soldados —Maura dejó un plato delante de cada uno y se sentó—. ¿No los habíais visto antes?
Los niños negaron con la cabeza.
—¿Soldados? —preguntó William.
—Las tiras de pan tostado son los soldados —Maura tomó una cucharilla y cascó la parte superior del huevo—. Tomas una tostada y la mojas en el huevo. Mmm, intentadlo.
Los huevos y soldados fueron un éxito.
—Es mejor que las gachas que nos daban las otras institutrices —Cecilia hizo una mueca de disgusto—, pero es tan bueno como los desayunos con papá Elliot —Cecilia hizo una pausa para tragar el trozo de tostada—. Era el hermano del tío Ree, pero ahora está muerto, como nuestro padre. Espero que el tío Ree no se muera.
La niña lo dijo con naturalidad e inocencia infantil, pero Maura sintió compasión por ellos. Tres figuras paternales en ocho años eran muchos cambios.
—¿Por qué se llaman huevos y soldados? —preguntó William antes de comerse el último trozo.
—Mi madre me contó que los huevos y soldados eran de Humpty Dumpty —Maura les recitó el poema para niños—. Las tostadas son los soldados del rey y el huevo pasado por agua es el pobre Humpty Dumpty, que no se puede arreglar otra vez —todos se rieron y Maura recogió los platos—. ¿Quién quiere jugar a una cosa?
—Las otra institutrices no jugaban a nada —replicó William con escepticismo.
—Pues Seis, sí... y me gusta —intervino Cecilia mirando a Maura con preocupación—. No te marcharás, ¿verdad?
—No, claro que no —entre otras cosas, no podía, no tenía a dónde ir—. ¿Quién sabe lo que es la lava?
—Es esa cosa caliente que sale de los volcanes —contestó William con una sonrisa—. Papá Elliot me habló del Etna, en Italia. Ese ruido y los temblores tienen que ser muy emocionantes. Me gustaría ser explorador y ver uno algún día. Papá Elliot me contó que casi destruyó un pueblo la última vez que entró en erupción.
—El pueblo se llamaba Bronte —añadió Maura—. Podemos jugar a que el cuarto de juegos es el pueblo y que nosotros somos exploradores que hemos venido a rescatar a la gente —Maura se agachó y recogió una muñeca de trapo—. Ya está sana salva. ¿Alguien sabe cómo se llama?
—Es Polly —contestó Cecilia.
—¿Puedes dejar a Polly en un estante para que no le llegue la lava? —Maura le dio la muñeca—. Toda la alfombra es la lava y tenemos que poner a salvo a todo lo que hay encima. ¿Cecilia puedes encargarte de salvar a la muñecas? William, tu puedes encargarte de salvar la cosas del pueblo, como los juegos y los soldados. ¡Hay que andar deprisa para que la lava no nos queme los pies! Yo me ocuparé de los libros.
Los tres empezaron a corretear para salvar a los habitantes del pueblo, pero, algunas veces, los salvadores se quemaban. Cecilia era la que más gritaba por la cercanía de la lava imaginaria. Hasta William participó y les contó una historia muy complicada sobre sus soldados, que habían ido a ayudarlos, pero que un repentino terremoto los había dejado aislados en la ladera izquierda de la montaña.
Tardaron casi una hora, pero cuando rescataron a la última persona, el cuarto de juegos estaba ordenado.
—Vaya... —Maura se dejó caer en una silla para niños—. Ha sido complicado, pero lo habéis hecho muy bien, equipo de rescate. ¿Veis que bonito ha quedado el cuarto de juegos?
—Nos has engañado —se quejó William con recelo—. No era un juego, era un truco para que recogiéramos.
—¿Te has divertido? —replicó Maura.
—Sí... un poco —reconoció William, quien se había divertido mucho.
—Entonces, ha sido un juego —dijo una voz masculina desde la puerta.
—¡Tío Ree!
Los niños fueron corriendo para abrazarlo. Maura se levantó e intentó arreglarse un poco el pelo porque sabía que tendría un aspecto desaliñado después de salvar a los habitantes del pueblo. Además, lord Chatham iba impecablemente vestido con pantalones de montar marrones, botas y una levita azul marino que realzaba sus ojos.
—He oído el jaleo y he subido para ver qué pasaba —él la miró por encima de las cabezas de los niños.
—Lo siento si hemos hecho demasiado ruido —se disculpó Maura precipitadamente.
—No ha sido demasiado ruido, ha sido demasiado temprano.
Estaba un poco pálido y tenía unas leves ojeras.
—El tío Ree se acuesta tarde y se levanta tarde —explicó William—. Quiero ser como él. Por eso me quedo en la cama —añadió el niño con orgullo.
A Maura se le ocurrieron otras conductas que podía imitar. También podía imaginarse por qué había estado fuera hasta esa hora de la mañana. Después de haberle trazado círculos en la palma de la mano durante la cena, probablemente se habría dedicado a las actrices y cortesanas.
—Había un volcán y estábamos rescatado a la gente del pueblo —Cecilia dio unos saltos con un pie—. Hemos salvado a Polly la primera. Además, hemos desayunado huevos y soldados.
Lord Chatham le sonrió y a ella le pareció completamente irresistible.
—Una mañana muy productiva... —él miró por la ventana—. Ya que estoy levantado, ¿quién quiere ir al parque? Will, podemos intentar hacer navegar al barco que te regalé. Cecilia, lleva la cometa, creo que habrá suficiente viento para volarla.
Los niños, emocionadísimos, empezaron a ir de un lado a otro mientras recogían sus cosas.
Ella empezaba a detestar que hiciese eso. ¿Cómo se atrevía a ser encantador justo después de recordarle lo poco encantador que debería parecerle? Se había pasado toda la noche de juerga, un comportamiento censurable, y luego se ofrecía para representar el papel de padre complaciente. Además, sin contar en absoluto con lo que había programado ella. ¿Iba a permitir que apareciera allí y le alterara el día? Dio un paso adelante porque no había previsto salir al parque.
—Lord Chatham, su ofrecimiento es muy generoso y bien intencionado, pero debo oponerme con todos mis respetos. Todavía no hemos dado la lección —le explicó en voz baja—. Ayer, usted y yo hablamos de la necesidad de tener un horario.
Lord Chatham se encogió de hombros.
—La lección puede esperar, pero un día soleado en Londres, no. Nunca se sabe cuándo volveremos a verlo. Tenemos que aprovecharlos cuando se presentan —le guiñó un ojo—. También debería darse prisa, señorita Caulfield, no está preparada. La lección llegará sola, ya lo verá —añadió él en tono conspirador.
Ella entendió que no había discusión posible. Sabía discutir porque su tío era famoso por sus arrebatos y diatribas y ella podía mantenerse con firmeza. Sin embargo, la táctica de lord Chatham no se parecía nada a la de su tío y esa primera vez la pilló desprevenida. Chatham, al revés que su tío, no gritaba para conseguir lo que quería, se limitaba a engatusar. Quizá hubiese pospuesto la conversación sobre el horario por el momento, pero llegaría porque los niños necesitaban un horario. No conseguiría casi nada si se dedicaba a improvisar excursiones cuando se levantaba temprano. Tener un horario también garantizaba la seguridad de ella. No podía salir mucho por la ciudad, al menos, por el momento. Si alguien estaba buscándola, no quería que la encontrara. Aunque ese día podía ser una excepción. Era demasiado pronto para que hubieran seguido su rastro tan lejos. Contaba con que la estrechez de miras de su tío hiciera que la buscara por los alrededores de su casa.
Enseguida quedó claro que no iba a ser algo habitual. Ella había pensado que irían a la plaza que había enfrente de la casa, donde había paseado el día anterior con los niños, pero cuando vio la calesa de lord Chatham con dos caballos grises, comprendió que se había equivocado.
—William, siéntate a mi lado —lord Chatham los colocó con su encanto omnipresente—. Un caballero siempre se sienta de espaldas al cochero y las damas se sientan mirando hacia delante.
Ella sintió cierto alivio. Prefería sentarse al lado de Cecilia. Sus muslos u otras partes del cuerpo no se chocarían accidentalmente por los movimientos del carruaje. Había temido por un momento que tuviera que sentarse al lado de él. No le desagradaba, al contrario, pero alguien en su posición no podía permitirse esa atracción. Era su empleada y él era un libertino, según la señora Pendergast. Además, su comportamiento durante la cena lo había confirmado.
Se sentó al lado de Cecilia y comprobó que era peor. Tenía que mirarlo a los ojos azules, a las amplias espaldas, a las piernas largas que tenía estiradas y cruzadas sobre los tobillos, demasiado cerca para evitar el contacto casual.
—¿Adónde vamos?