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Aquel hombre estaba dispuesto a todo por su hija… Hacía ya años que Colin McCarthy había tenido que irse del pueblo por culpa del tiránico padre de Abby Hopewell. Ahora Colin era un hombre divorciado volcado totalmente en el bienestar de su hija, hasta que una tormenta hizo que se encontrara de nuevo con la mujer a la que creía que no volvería a ver jamás. Abby nunca había perdonado a Colin por abandonarla, pero cuando apareció en su puerta con su hija se dio cuenta de que no podía darles la espalda. Lo único que sabía era que no podía volver a confiar en él… a pesar del deseo que había vuelto a surgir entre ellos sólo con verse… un deseo que la tentaba a poner en peligro su corazón una vez más.
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2008 Kate Welsh
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Compartir un amor, n.º 1743- septiembre 2022
Título original: For Jessie’s Sake
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1141-104-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
COLIN McCarthy había regresado a Hopetown y el mundo de Abby Hopewell se había vuelto del revés.
La vida que había conocido, que tan cuidadosamente había rediseñado, había quedado reducida a cenizas.
Allí estaba de pie en el reluciente vestíbulo de Cliff Walk, chorreando sobre el suelo de madera pulida que tan cuidadosamente ella había restaurado. Y lo que era aún peor, seguía siendo tan atractivo como la última vez que lo vio.
Seguía teniendo aquella abundante mata de cabello de color caoba y los mismos turbulentos ojos azules. Abby seguía sintiendo la misma electricidad cuando estaba en su presencia, la abrumadora necesidad de sentir sus brazos alrededor.
Apretó el puño debajo del mostrador de recepción. Seguía siendo el mismo hombre que le había hecho el amor por primera y única vez; el mismo que pocos minutos después de terminar se había mostrado con ella como un extraño de gélido corazón.
—Abby —dijo Colin, mirándola fijamente, evidentemente tan sorprendido de verla como ella a él. Por un momento su expresión se volvió amable y encantadora, a continuación ardiente y ávida igual que ocurriera aquella única vez… pero entonces apretó los labios y su mandíbula se endureció. Sus ojos adoptaron un aire gélido.
—¿Qué hace una ilustre Hopewell trabajando como recepcionista en una aislada posada? —añadió.
El cambio la dejó tan perpleja como ocurriera en el pasado. Lo único que había hecho había sido admitir que lo amaba; darle todo lo que era… todo lo que tenía para dar. Él era quien había cambiado, quien le había hecho daño.
Sin embargo, oír el tono de su voz volvió a partirle el corazón, recordándole el momento más doloroso de su vida.
Había salido del dormitorio de Colin aquella lejana noche en que hicieron el amor, sintiéndose todavía amada aunque preparada para sentir cierta incomodidad. Habría tenido sentido. Lo que no había anticipado había sido la dureza con que Colin iba a echarla de su lado, ignorando sentimientos que creía mutuos.
Abby se había pasado años preparándose para ese momento, pero su repentina aparición la había pillado por sorpresa. Buscó en su interior la calma que necesitaba desesperadamente y trató de sofocar la sensación de añoranza que siempre había provocado en ella.
No estaba menos nerviosa, pero sí tenía el control, lo que demostró hablando con un tono sereno y tranquilo.
—Lo cierto es que Cliff Walk es un establecimiento que goza de gran prestigio y reconocimiento. Y dado que resulta que soy socia y la directora gerente —dijo con el tono más frío que pudo encontrar—, tengo todo el derecho a pedirte que salgas de aquí. Buenas noches.
Los Hopewell no tenían el dinero que habían tenido antes de la muerte del padre de Abby y la posterior querella que había dejado su patrimonio prácticamente arruinado. Pero tampoco estaban en tan mal estado económico como para tener que soportar a alguien tan detestable bajo su techo.
Bajó la vista entonces a los recibos que había estado clasificando cuidadosamente. Habían quedado revueltos como hojas en una ventisca cuando Colin abriera la puerta. Con un resoplido de fastidio, Abby se puso a reordenarlos en montoncitos, fingiendo como si él no estuviera allí. Sólo esperaba que no viera cómo le temblaban las manos.
Entonces una vocecilla alegró la intempestiva noche haciendo que el corazón de Abby se ablandara.
—¡Qué bien, papi! Yo lo sabía. Es un palacio. ¡Y me has traído para que conozca a Blancanieves!
Abby levantó la vista y se encontró con un pequeño querubín de cuatro años que se abrazaba a la pierna de Colin debajo del chubasquero chorreante de éste. Sin previo aviso, la niña se soltó y atravesó a la carrera el vestíbulo en dirección al mostrador de estilo victoriano tras el que Abby permanecía clavada sobre su silla.
La niñita parecía totalmente encandilada. Al igual que Abby, tenía el pelo negro como el azabache y le llegaba por los hombros, aunque el de la pequeña parecía que no había visto el peine en una semana. Al contrario que Abby, que a menudo maldecía el tono tan claro de su piel, la niña tenía una tez suavemente aceitunada, moteada de restos indeterminados de comida. Tenía unos ojos grandes de un intenso color castaño, casi negro, y un moretón en el izquierdo. Justo en ese momento los tenía abiertos como platos y la miraban con gesto adorable. La niña llevaba la ropita arrugada, mojada por la lluvia y de un estilo más adecuado a un niño que a una niña.
Era adorable.
Y si su padre no fuera la peor escoria de la tierra, ella podría haber sido su mamá. Tanto había sufrido aquella noche de la graduación en el instituto que, nueve años después, Abby seguía aborreciendo el mes de junio.
Y a Colin McCarthy, por supuesto.
—¿Vives en este palacio? —preguntó la hija de Colin, confundiéndola al parecer con algún personaje de cuento de hadas.
Colin se acercó y posó las manos en los hombros de su hija con gesto protector.
—La señorita sólo dirige esta posada, Jessie. Vive en una casa muy grande y muy bonita junto al río.
—Lo cierto es que sí que vivo aquí —contestó Abby a la niña, complacida de poder contradecir al padre—. Así estoy disponible si un huésped me necesita para algo en mitad de la noche. La casa de la que habla tu papá es Hopewell Manor. Es donde crecí y está a menos de un kilómetro de aquí por la carretera que sale de Torthúil. Así que somos vecinos.
El querubín se cruzó de brazos.
—Mi papá dice que Torhool —pronunció la niña con cuidado— es una palabra irlandesa. ¿A que sí, papi?
Colin asintió, sin apartarse de su hija.
Jessie McCarthy era una delicia. Abby trató de contener una enorme sonrisa al sentir cómo le atravesaba el corazón una nueva flecha de dolor. Si había una hija, ¿habría también una madre? ¿Una esposa?
Abby miró hacia la puerta, pero no entró nadie más. ¿Dónde estaría?
—Torthúil significa «fructífero» —dijo Jessie, atrayendo la atención de Abby nuevamente.
—Y cuando era una granja era ciertamente fructífera —convino Abby—. Yo solía ir andando hasta allí a comprar canastos de fresas a tus abuelos. Y de moras. A veces me daban una jugosa manzana o un melocotón que me comía de vuelta a casa.
Los recuerdos brotaron de su boca y sólo esperó que Colin no lo hubiera advertido. Por aquel entonces, parte de los motivos de sus largos paseos había sido la posibilidad de verlo, aunque sólo fuera fugazmente.
Y así se lo había confesado aquella fatídica noche de junio.
—No me gusta ese sitio —declaró Jessie—. Esa casa me da miedo. Yo quiero quedarme aquí. Así podré ser una princesa, como tú.
—Yo no soy una princesa —objetó Abby.
—Eso no es lo que yo recuerdo —murmuró Colin.
Abby lo fulminó con la mirada. Cualquiera diría que había sido ella la que lo había herido a él y no al revés. No sólo la había apartado cruelmente de sí después de que ella le entregara su cuerpo y su corazón, sino que por su culpa había perdido la amistad de la hermana de él, Tracy.
Los padres de Colin debieron de enterarse de lo sucedido entre ellos aquella noche; probablemente lo hubieran oído hablar con su amigo, Harley Bryant, mintiendo sobre cómo ella se le había ofrecido y él la había rechazado. Fuera como fuera, sus padres habían prohibido a Tracy volver a verla. Perder la amistad de su amiga más íntima había sido devastador de por sí, pero, además, la separación había llevado a Tracy a una espiral de desesperación que había acabado con su vida en cuestión de meses. Colin no había podido regresar a casa para asistir al funeral de Tracy arrebatando a Abby la oportunidad de hablar con él y decirle que la muerte de su hermana había sido culpa de él.
Abby necesitaba desesperadamente decirle lo que pensaba de él en ese momento y lugar, pero no quería lastimar a su dulce hijita. Además, ya no estaba segura de querer que supiera que los acontecimientos del pasado aún la perseguían. No quería darle la satisfacción.
Colin se inclinó hasta quedar a la altura de los ojos de Jessie.
—Gatita, ¿por qué no vas a explorar por esa habitación de ahí? —dijo él, señalando hacia la sala de estar—. Pero no toques nada, ¿vale?
—Vale —dijo la niña con voz cantarina antes de hacer lo que le decía su padre.
Colin la observó alejarse y acto seguido se volvió hacia Abby.
—No sabía que la casa estaba en un estado tan calamitoso. De haberlo sabido, habría buscado otro alojamiento.
A ella siempre le había gustado el padre de Colin y sintió que lo correcto era darle el pésame por la pérdida.
—Antes de que sigas déjame decirte que siento mucho la muerte de tu padre. Era un buen hombre.
—Yo también siento tu pérdida —dijo él, aceptando las condolencias con un asentimiento de la cabeza—. La muerte de mi padre es parte de los motivos por los que he regresado, para tomar posesión de Torthùil. Pero no era seguro quedarse allí con Jessie. Podríamos haber ido a la ciudad, pero… —un aparatoso trueno acompañado de un brillante relámpago iluminó el vestíbulo, y Jessie llegó corriendo y dando gritos de miedo a refugiarse en los brazos abiertos de su padre. Colin la tomó en brazos y la abrazó fuertemente—. No pasa nada, Jess. Ya pasó.
Abby los miró fijamente durante un momento, recordando lo que era sentirse arropada por aquellos brazos en una clase muy diferente de abrazo. Colin desplazó la mirada hacia ella de nuevo y Abby desvió la suya.
Por enfadada que estuviera, Abby no podía enviar a aquella criatura de nuevo a la tormenta. Había muchas posadas a lo largo de la carretera que llevaba a Hopetown, pero su cuñado la había llamado para advertirle de lo peligroso que era conducir esa noche. La mirada de Colin le decía que él también estaba al corriente de las malas condiciones de la carretera.
Abby suspiró en señal de rendición.
—No sería capaz de expulsar a un perro en medio de esta tormenta, y mucho menos a una pareja con una niña. ¿Está tu mujer en el coche?
La pregunta de Abby lo tomó por sorpresa. Todos sus amigos en Los Ángeles y, por supuesto, su familia conocían la historia de su inoportuno matrimonio. Jessie y él llevaban tanto tiempo solos que ya se le había olvidado que la mayoría de la gente suponía que había una mamá en la vida de Jessie.
—Sólo estamos Jessie y yo. Somos McCarthy e hija, ¿verdad, colega? —dijo él, dando a su hija una cariñoso apretujón.
Jessie, olvidado el pánico de momento, levantó la cabecita del hombro de su padre y le dio un beso en la mejilla. Una sonrisa de oreja a oreja afloró en su rostro cuando miró a Abby, asintiendo vigorosamente.
—Papá y yo somos colegas. Lo hacemos todo juntos.
Abby se quedó mirando fijamente durante un momento y al cabo asintió.
—Tengo una habitación con dos camas —sonrió a Jessie—. Imagino que Jessie no querrá estar lejos de su colega en una noche como ésta.
Colin frunció el ceño.
—Si nos dices cuál es la habitación, dejaré a Jessie y saldré a la camioneta a buscar nuestras cosas.
—¿Y vas a dejarla sola en la habitación? —Abby sacudió la cabeza—. Ve ahora. Yo me quedaré aquí con ella.
Colin vaciló un momento. Aunque Jessie se retorcía de ganas de que la dejara en el suelo para poder hablar con «Blancanieves», él no estaba muy seguro de querer dejar a Abby con su hija.
—Por el amor de Dios, no le pasará nada porque la dejes conmigo —dijo Abby con un suspiro.
Colin lo pensó aún un poco más y finalmente asintió escuetamente.
—Está bien. Sólo tardaré unos minutos.
Dejó a Jessie en el suelo y se zambulló de nuevo en el diluvio que caía fuera. Se encontraba en el borde del porche de estilo victoriano perfectamente restaurado cuando el cielo se abrió una vez más. Pestañeó. A lo lejos juraría haber visto lo que parecía una villa de la Toscana. Varias hileras de viñas se hicieron visibles cuando un nuevo rayo iluminó el cielo, pero la oscura noche se apresuró a ocultarlas.
¿En qué demonios se había convertido aquel lugar?
Un ensordecedor trueno le recordó su misión. Sin más demora, Colin agachó la cabeza y salió corriendo bajo la lluvia torrencial. Se metió en la cabina de la camioneta para resguardarse mientras reunía todo lo que necesitaban. Echó la mano hacia la parte trasera y tomó el equipaje de fin de semana. En ese momento se percató de los juguetes de Jessie y de su perro de peluche en el suelo. Sonrió ampliamente mientras lo tomaba también. «No puedo dejarte aquí, Guau-guau».
Jessie tenía once meses cuando una de sus tías le regaló por Navidad aquel peluche. Jessie lo había visto debajo del árbol y había dicho «guau-guau», sus primera palabras después de «pa-pá». Desde entonces no se había separado de él. Colin no sabía que era porque Angelina había desaparecido de sus vidas para siempre más o menos por aquel entonces. El apego al peluche no había dejado de preocuparle porque le daba por pensar que había un vacío en la vida de Jessie que él no había sido capaz de llenar.
Se había casado con Angelina cuando ésta se enteró de que estaba embarazada. El condón había fallado y ella se había mostrado terriblemente amargada a causa del embarazo y la consiguiente interrupción de su carrera como actriz. Afortunadamente él había logrado apelar a su estricta educación católica para convencerla de que llevara el embarazo a término.
Angelina se había casado con él sólo por motivos legales y por el seguro. Nunca habían vivido juntos como marido y mujer. Ella había hecho alguna que otra visita a Jess durante casi un año, hasta que decidió cortar todo lazo con ellos y regresar a su Brasil natal donde la aguardaban el estrellato y una serie de televisión.
Jessie había sido suya y sólo suya desde que saliera del hospital, y desde entonces se habían hecho inseparables. Colin emitió una suave carcajada mientras metía sus otros juguetes en la bolsa y pensó y recordó cómo lo habían mirado todos en la obra cuando volvió al trabajo tras el nacimiento. Jessie y una joven niñera lo esperaban en la cabina de su camioneta aparcada fuera de la ruinosa caravana en que vivieron por aquellos tiempos. La caravana tenía muy mal aspecto, pero había renovado y desinfectado el interior para el tiempo que le tuviera que durar, convirtiéndola así en una guardería rodante.
Los chicos se habían quedado mirándolo fijamente como si hubiera perdido la cabeza, pero él se había limitado a llevarse a Jess y la caravana a todas las obras de renovación en las que había participado desde entonces. Había sido su hogar lejos de su hogar hasta hacía una semana. Su pequeña era realmente su colega. Y tenía más de cincuenta tíos y tías honorarios en las personas que trabajaban en la obra.
Pero nunca había tenido una madre.
Un nuevo rayo rasgó el cielo, recordándole que lo que sí tenía su hija era un padre y probablemente lo estuviera echando de menos. Se metió a Guau-guau dentro del chubasquero y, levantó la bolsa del equipaje: una vieja bolsa del gimnasio de la universidad de Los Ángeles y una maleta con ruedas de Blancanieves totalmente nueva.
«Blancanieves», pensó con los dientes apretados mientras corría hacia el porche. Precisamente lo que se le había ocurrido cuando vio a la niña de la propiedad vecina a Torthúil. Había ido de picnic un día con su familia en el nacimiento del río. La corriente la había arrastrado dentro de su flotador, alejándola de los demás. Ella reía feliz y despreocupadamente cuando él la pescó literalmente en el río cerca ya del dique de Torthúil. Y el parecido con la princesa de cuento de hadas no había hecho sino aumentar conforme Abby había ido creciendo.
El mayor parecido lo había alcanzado al llegar a la adolescencia. Fue entonces cuando él se dio cuenta de que el afecto por la amiga de su hermana se había convertido en algo más. Mucho más. Sabía que era demasiado joven para él y se había alistado en el ejército nada más graduarse en el instituto al verano siguiente, con la esperanza de poner distancia entre los dos.
Pero tal como decía un viejo refrán de su madre, la ausencia sólo había servido para que los sentimientos arreciaran dentro de su corazón; de no ser así, jamás se habría dejado llevar como lo hizo cuatro años después cuando regresó a casa para la graduación de su hermana Tracy. También había sido la graduación de Abby. Él había imaginado que Abby seguiría siendo tan inocente como su alter ego de los cuentos. Pero se había equivocado. En su ausencia se había convertido en toda una maestra de la seducción.
Colin entró en el vestíbulo y se quedó de piedra. Jessie estaba alegremente sentada un escalón por debajo de Abby mientras dejaba que ésta le cepillara el pelo. El hecho en sí era casi un milagro ya que para cepillar el cabello primero había que desenredarlo. Era una de las pocas manzanas de la discordia entre ambos. Jessie no quería cortarse el pelo, pero tampoco quería que le quitara los enredos.
—Cuando termine, te haré una trenza —dijo Abby—. Si te acuestas con la trenza, no se te enredará tanto. También ayuda un almohadón de satén. Le daré uno a tu papá para que se lo ponga a tu almohada esta noche. Y en el cuarto de baño de la habitación hay suavizante que te dejará el pelo suave y así se te enredará menos. Ya está. Ahora, la trenza —dijo, desgranando cada sílaba mientras sus dedos volaban entre el pelo de Jessie, trenzándolo con gran destreza.
En cuestión de segundos una trenza perfecta caía sobre la espalda de su pequeña.
—Esto ya está —continuó Abby—. Vale, pelo cepillado y trenzado, manos y cara lavadas. Parece que sólo falta que te pongas el pijama, tomes unas galletas y te cepilles los dientes antes de ir a la cama.
—¿Me vas a dar galletas? —preguntó Jessie con voz soñadora—. ¿Seguro que esto no es un palacio? ¿Qué galletas tienes?
Después de lo que había estado pensando en el coche, ver a Abigail Hopewell ocupándose de su hija con tanto amor hizo que casi se le doblaran las rodillas. La verdadera madre de Jessie jamás había demostrado el afecto natural que Abby parecía derrochar sin esfuerzo. Entonces recordó lo que ésta le había hecho y se dio cuenta de que no debería dejar que se acercase ni a un kilómetro de su hija. Si no fuera porque temía por la seguridad de la pequeña en Torthúil, se la llevaría de allí tan rápido que Abby apenas vería la polvareda que levantaría.
—Vamos a ver. Creo que Genevieve ha hecho galletas de mantequilla. Y tenemos mucha leche, claro —estaba diciendo Abby a Jessie.
—Jessie es alérgica a la leche —gruñó él.
Jessie frunció el ceño, preguntándose qué le ocurría a su padre, porque muy pocas veces ponía ese tono de voz. Al mismo tiempo, Abby desplazó la vista de él a Jessie, alarmada.
—Lo siento, tesoro, no lo sabía, pero no pasa nada. También tengo leche de soja. ¿Te gusta?
—Sí. ¿Puedo tomar un poco, papi?
Realmente era algo insignificante, pero veía a Jessie tan emocionada con la idea de las galletas, y de pasar un rato más con Abby, si su intuición era correcta, que se sintió desplazado. Él era el héroe de Jessie y quería seguir siéndolo.
—Claro, colega —dijo él con el tono más alegre que pudo encontrar—. Pero tengo aquí a alguien que estaba muy asustado en el coche. Estoy seguro de que agradecerá unos cuantos achuchones —dijo él, sacando el perro de peluche.
—¡Guau-guau! —chilló Jessie, que salió corriendo hacia él, reconfortando el corazón de Colin con su sonrisa de agradecimiento.
Abby se puso de pie también, pálida. Cuando habló su tono era frío como el hielo.
—Llevaré las galletas a vuestra habitación. Si no te importa buscarla tú solo, está al final de la escalera a la izquierda. Número diez —le entregó la llave.
Cuando sus manos se rozaron Colin sintió la familiar y traicionera oleada de deseo que le recorría el cuerpo, algo que recordaba a pesar del tiempo transcurrido. Y si su intuición no le fallaba, Abby también lo había sentido, a juzgar por la mirada que vio en sus ojos cuando los levantó hacia él.
Colin retiró la mano y frunció el ceño. Aquello no iba a salir bien. Tenía sus motivos para haber regresado y Abby no tenía nada que ver con ellos.
—La encontraremos —le aseguró él. Y una vez allí, atrancaría bien la puerta para protegerse de lo que todavía era capaz de hacerle sentir aquella mujer—. Sobre lo de las galletas, no queremos que te molestes. Jessie no lo necesita. Estoy segura de que no sueles hacer de camarera.
Abby arqueó una de sus cejas perfectamente modeladas. Sus ojos verde esmeralda se habían vuelto duros como el granito y le habían dicho que aunque sentía la misma atracción del pasado no quería nada con él.
—Lo cierto es que suelo servir yo misma a los huéspedes. Es mi trabajo. Y me encanta. Subiré con la leche y las galletas en unos minutos. Ah, y hay cuarto de baño dentro de vuestra habitación, de modo que no tendrás que preocuparte en caso de que Jessie tenga que levantarse por la noche.
Colin observó cómo se alejaba, y estuvo tentando de sacarle la lengua a su espalda como si fuera un niño. Se pasó una mano por el pelo. Dios, había perdido al menos quinientos puntos en la escala de madurez desde que entrara por la puerta de la posada. ¿Por qué estaba dejando que le hiciera aquello?
«Porque ella siempre te ha provocado cosas. Ésa fue la causa de todos los problemas para empezar. Ni siquiera ha tenido que esforzarse nunca».
—No es Blancanieves, ¿sabes? —dijo Jessie, maravillada—. ¿Pero no crees que es maravillosa?
A Colin se le ocurrían muchas otras palabras, pero intentó mantener un tono sosegado.
—Venga, vamos arriba, es hora de meterte en la cama.
Y de pensar en una forma de deshacerse de la poderosa atracción que parecía seguir sintiendo por Abby. De una vez por todas.
ABBY puso un vaso de leche de soja con sabor a vainilla y un plato con galletas en una bandeja. También añadió un pequeño jarrón de cristal con una rosa que había cortado anteriormente del jardín para que no se estropeara con la tormenta. Echó un vistazo al conjunto y asintió con gesto aprobador. Quería que fuera una noche especial para Jessie después de la decepción que se había llevado con Torthúil. Además, creía de verdad que todas las niñas deberían sentirse como una princesa, al menos, una vez en la vida.
Sonrió al recordar cuando ella y sus hermanas tenían esa edad. Todos aquellos mágicos rituales de irse a la cama: la leche con galletas, los cuentos, los besos y los juguetes de dormir. Siempre tenían a su madre y a Hannah Canton, su leal y afectuosa ama de llaves, pendientes de ellas. Al parecer Jessie no tenía a nadie más que a su padre que, claramente, no sabía ni cómo evitar que se le enredara el pelo.
Con ese pensamiento en la cabeza, Abby se detuvo al pasar por el armario de la ropa blanca. Sacó una funda de almohada satinada y se la puso debajo del brazo. Después continuó su camino hacia el final del pasillo como si fuera un soldadito de plomo.
Se quedó paralizada delante de la puerta de la número diez, temerosa de enfrentarse con Colin otra vez. ¿Qué le estaba ocurriendo? Aquel nerviosismo no se parecía en nada a la furia más que justificada que quería sentir. Que debería sentir. A pesar de lo que le había hecho, aquello era atracción. Peligrosa atracción. Su inquebrantable amor por él no había disminuido un ápice, ni siquiera después de haber sido rechazada tan cruelmente delante del amigo de Colin. Ella había albergado la esperanza de que Colin hubiera ido a Hopewell Manor y le hubiera dicho que sólo lo había hecho para proteger su reputación de la lengua viperina de Harley. Pero cuando se enteró de que se había ido de la ciudad antes de lo previsto, no le había quedado más remedio que enterrar sus ingenuos y apasionados sueños.
Se había obligado a salir con otros desde aquella horrible noche. Uno de esos hombres había sido un estudiante de ciencias políticas cuando estaba en el segundo año de universidad, y el otro un director de hotel que se había hospedado en Cliff Walk durante el primer Festival Artístico celebrado en Hopetown dos años atrás.
En ambos casos se había sentido ligeramente atraída por ellos y había intentado que la relación avanzara al siguiente nivel, pero invariablemente se había quedado paralizada llegado el momento del acto físico. Ninguno de los dos se había tomado bien que les pidiera un poco más de tiempo. Los dos habían ignorado cruelmente sus necesidades. Y al final había decidido mostrarse tan fría y distante como la habían acusado de ser. El miedo a cometer otro error, a confiar en su propio juicio, sencillamente la había paralizado.
Había aprendido la lección no una, sino tres veces; simplemente no estaba hecha para vivir una historia de amor. La pasión era una emoción indisciplinada y peligrosa, y no estaba dispuesta a arriesgarse a que volvieran a romperle el corazón. De manera que había puesto todo su esfuerzo en labrarse una vida tranquila y segura para ella sola.
¿Qué le importaba que algunas personas pensaran que era demasiado tranquila? ¿Demasiado estéril? ¿Qué le importaba que sus ex novios hubieran dicho que era una reina de hielo? ¿Y qué más le daba que ese título le fuera que ni pintado en el presente? Ella se sentía cómoda.
Segura.
Abby irguió la espalda, negándose a seguir titubeando. Se miró al espejo que había en el pasillo, y le resultó grato comprobar que su gesto sereno estaba en su sitio. No podía dejar que Colin viera lo que le hacía sentir. Se relamería de gusto o trataría de sacar alguna ventaja.
Inspiró profundamente. Preparada para verlo, golpeó suavemente con los nudillos en la puerta. Cuando ésta se abrió, el corazón de Abby empezó a martillearle las costillas, pero fue Jessie la que apareció en el umbral.
—Hola. Papá se está cambiando porque dice que se ha mojado hasta los calzoncillos. ¿Es para mí eso?
Abby trató de apartar de la mente la visión de Colin sin calzoncillos.
—S… sí —tartamudeó, la mente puesta en la perturbadora aunque atractiva visión—. Y te he traído la funda de almohada que te prometí.
Jessie inspiró profundamente, un gritito ahogado mezcla de reverencia y gratitud hacia ella. Después tomó la funda y se la llevó a la mejilla.
—Ay, señorita Abby. Qué suave y sedosa.
—Por eso es buena para que no se te enrede el pelo, porque resbala sobre el tejido —explicó ella con una sonrisa.
La puerta del baño se abrió justo en el momento en que Jessie se lanzaba a los brazos de Abby, envolviéndola en un entusiasmado abrazo. Abby consiguió que la bandeja no se le cayera y entonces oyó la voz de Colin.
—Jessie, ¿a quién has…? —se quedó paralizado en el umbral del cuarto de baño, frunciendo el ceño.
Abby no pudo evitar quedarse mirándolo fijamente. Estaba desnudo de cintura para arriba. Se había subido la cremallera de los vaqueros, pero el botón estaba suelto y llevaba una toalla sobre uno de sus fuertes y musculosos hombros. Seguía teniendo aquellos condenados abdominales como tabletas de chocolate.
Con gracilidad innata, se encaminó hacia ellas y le quitó la bandeja de las manos. Cuando sus dedos se rozaron, Abby apartó las manos de un tirón, lo que casi hizo que volcara el vaso.
—Lo… lo si… siento —Abby retrocedió hacia la puerta—. Espero que te gusten las galletas, Jessie. El desayuno se sirve a las nueve. Que disfrutéis de vuestra estancia en Cliff Walk.
Salió al pasillo y cerró tras de sí. Con el corazón martilleándole en el pecho, apoyó la frente sobre la fría superficie de la puerta y tomó aliento profundamente en un intento por sosegarse. Tenía que controlarse. No podía dejar que su mera presencia la turbara de esa manera. No era más que una rata con ropa de hombre. Muy poca ropa, a buen seguro, pero una rata. No importaba la ropa que llevara o dejara de llevar.
No importaba lo mucho que afectara a su sentido común.
Decidida a hallar la calma entre sus turbulentos pensamientos, Abby cerró la posada y se retiró a la torre en la que estaba situada su habitación. Antes había sido la habitación de la criada, pero ella lo había convertido en su refugio. Se detuvo en lo alto de las escaleras, a la espera de sentir la familiar paz de espíritu que siempre la embargaba, pero en vez de sentirse reconfortada como habitualmente ocurría, una soledad opresiva pareció apoderarse de ella. Todos los que la rodeaban tenían a alguien en sus vidas menos ella. Cuando se encontraba en momentos de bajón emocional su refugio era un lugar, no una persona.
Pero así era como ella quería que fuera, se recordó. Así era como tenía que ser. En vez de revolcarse en la autocompasión, comenzó a desabrocharse la blusa mientras se acercaba a la cómoda. Seguro que todo era por la tormenta, se dijo. O la conmoción de volver a ver a Colin.
O puede que sólo se debiera a la sensación del abrazo de agradecimiento de Jessie, que rápidamente se iba desvaneciendo. O al roce de las manos de Colin.
Desechando aquellas inútiles observaciones, Abby se quitó la ropa de trabajo, se puso unas mallas y se colocó encima de la esterilla de yoga delante de los altos ventanales victorianos. Tras una purificadora inspiración, se colocó en la primera posición, sin hacer caso a los rayos y los truenos, y buscó su centro interno, la paz.
Al cabo de una hora había realizado todas las posturas que dominaba y había tratado de realizar alguna que no dominaba tanto. Tras una ducha, se metió en la cama y tuvo que reconocer la verdad.
El pasado seguía persiguiéndola.
Se dijo que aparte de tener un padre que esperaba que sus hijos se ganaran su amor, los primeros años de su vida habían transcurrido con tranquilidad. Los problemas habían empezado el día que decidió pasar en casa de Tracy la noche de la graduación de las dos, nueve años atrás.
Habían estado picoteando algo de comer a medianoche en la cocina de Torthúil y ella se había quedado fregando los platos después. Al terminar, había apagado la luz cuando oyó la voz de Colin que se colaba a través de la antepuerta de malla de la puerta trasera de la granja de los McCarthy.
Abby llevaba años amándolo en silencio y ya estaba harta de que no le hiciera caso y la tratara como si fuera una niña. De modo que adoptó lo que creyó resultaría una postura sexy con la esperanza de que viera lo mucho que había crecido en su ausencia.
Había pronunciado su nombre con un tono seductor a lo Marilyn Monroe cantando Happy Birthday, Mr. President y la esperanza había brotado en su apasionado corazón al ver que su joven soldado parecía nervioso. Entonces se puso de puntillas y acercó sus labios hasta quedar a tan sólo unos milímetros de los de él.
Tenía que admitir en defensa de Colin que éste inspiró para tomar fuerzas y trató de apartarla, pero había sido demasiado tarde. Ella había saboreado la victoria. De modo que fue descendiendo con el dedo índice por su torso y aquellos abdominales tan seductores. Y la pasión explotó entre los dos…
Abby se incorporó de un salto en la cama. La tormenta aullaba en el exterior, pero ella estaba empapada. En sudor. Había regresado adonde juró que no volvería jamás.
Y todo porque Colin McCarthy estaba bajo su techo.
Colin estaba sentado en un sillón junto a la ventana observando cómo dormía Jessie. Él no podía disfrutar de ese lujo. Haber vuelto a ver a Abby había traído consigo el recuerdo de los dolorosos acontecimientos que habían señalado un cambio decisivo en su vida.
¿Pero qué había ocurrido con la vida de ella?
Parecía muy distinta. Sin embargo, con Jessie se había mostrado tan dulce y cariñosa como la recordaba con sus hermanas pequeñas. En el rostro de Abby siempre había habido una sonrisa. Sus ojos siempre habían resplandecido de alegría. Siempre se había mostrado algo pícara, audaz ante la vida de una manera que siempre lo había hecho pararse a disfrutar con las pequeñas cosas cuando ella estaba en la granja de los McCarthy, lo cual era muy a menudo.
Era la nueva frialdad de sus ojos lo que le había sorprendido, casi tanto como su presencia en la posada. La última vez que había visto aquellos ojos estaban llenos de dolor y lágrimas. Colin cerró los suyos, tratando de olvidar lo que había provocado aquellas lágrimas, y el precio que él se había visto forzado a pagar por los dos al día siguiente.
Al ver que el truco no funcionaba, se dio cuenta de que necesitaba hacer algo que había estado evitando desde que tomara la decisión de volver a Hopetown. Necesitaba hacer examen de su papel en el desastre que sobrevino a aquellos felices momentos robados en los que tuvo a Abby en su cama. Colin se obligó a examinar cómo había manejado su error.
